Chapter 10
Unos cuantos mujiks bestiales, serviles por naturaleza y por hábito, rodeaban a la dama, siendo sus defensores y sus sayones, y el resto de la tripulación componíanlo marineros rusos, españoles, italianos u holandeses, unos pobres muchachos ignorantes y aventureros, que asistían, mudos de estupor, a los dramas de que eran protagonistas, incapaces de otra protesta que la de su resistencia física, vencida por el número, y la de la huida en la primera ocasión que se ofrecía. Cuando uno de ellos, más avisado, sabedor de que en el mundo había jueces y tribunales de justicia y de que, desaparecido para siempre el viejo despotismo feudal, la sociedad defendía a los débiles contra los caprichos de los poderosos, llenábanle las manos de oro, con oro sanaban sus heridas, y luego, como a un testigo peligroso, abandonábanle en la primera ocasión que se ofrecía.
La tarde tenía una yerta serenidad de maravilla. El mar era azul, muy claro; en el cielo, casi blanco, el sol, un sol pálido y amarillento, se apagaba lentamente. Al horizonte, grandes montañas de hielo se perfilaban extrañas en las postreras reverberaciones solares, con la apariencia de quimérico alcázar de diamante.
El _Afrodita_, sereno, majestuoso, navegaba sobre las quietas aguas del mar del Norte. En la proa, Venus victoriosa surgía de las espumas, y su gracia frágil, alada, pedía el mar de peridotos, y la lluvia de flores de una evocación boticellesca. El _yacht_ era todo blanco, un soberbio navío creado por la moderna industria para recreo de soberanos y plutócratas. En la proa, una a modo de tienda de campaña, formada por tapices de Smirna, chinescos bordados y estofas indias, defendía del aire helado el diván donde Vanda reposaba, menuda, vibrante, perversa y cruel como una bestezuela sanguinaria y lasciva.
Proseguía el suplicio. El látigo sutil, insaciable, pintaba un enrejado azul sobre las espaldas del desdichado; los músculos, crispados de dolor, se anudaban, formando gruesos bultos bajo la piel macerada. Los gritos resonaban, unas veces violentos, estridentes, desesperados; otras, tenues, apagados, temblorosos como gemidos de agonía. Al fin, saltó la sangre; por las espaldas rodaron gruesas gotas rojas. La víctima, no pudiendo resistir más, desplomose al suelo, y allí quedó retorcido, los brazos en alto sujetos al palo, la cabeza caída hacia atrás, los ojos cerrados y entreabiertos los labios.
Vanda sonreía.
II
Despertó sobresaltada. Su primer pensamiento fue el de un motín, una súbita rebeldía conque la tripulación sacudía su yugo, y su primer gesto fue echar mano del minúsculo revólver que dejaba siempre a la cabecera del lecho. Pero la presencia de Georgette y de sus _mujiks_ hízole comprender su error, y aturdida aún por el sueño interrogó:
--¿Qué pasa?
--¡Que nos hundimos!
Saltó del lecho y, rápidamente, sin hacer caso de sus siervos--¿no ha sido Cleopatra la que dijo que un esclavo no es un hombre?--, comenzó a vestirse.
No había concluido aún, cuando bajó un marinero, mandado por el capitán. Había que darse prisa; el barco hundíase rápidamente, y antes de media hora se iría a pique. De vez en cuando escuchábanse sordos ruidos, y en el silencio sonaba siniestro el gluglu del agua al invadir las bodegas.
Envuelta en amplia bata, por los hombros una gran capa de pieles, Vanda subió a cubierta. La noche era serena, glacial. En la frialdad azul del cielo rutilaban las constelaciones árticas y la luna brillaba blanca y yerta. Al horizonte, las montañas de hielo, heridas por la claridad lunar, subrayaban fantástica apariencia de aladinesco alcázar. Arriba, sobre cubierta, todo en confusión; el capitán daba sin cesar órdenes, y los marineros, aturdidos, corrían de un lado a otro. Misteriosas sacudidas agitaban el barco con estremecimientos rápidos, secos, violentos, y crugidos agoreros sonaban con extrañas y escalofriantes intermitencias de silencio. Las hélices enmudecieron, y el barco, inmóvil, cabeceaba de tarde en tarde.
La rusa encarose con el capitán, que salía a su encuentro. Con voz dura, metálica, en que vibraba concentrada ira, interrogó:
--¿Qué sucede?
--Que hemos chocado contra un banco de hielo y nos hundimos.
Ella aseguró, con ese impulso dominador de los que no están hechos a encontrar obstáculos:
--¡No puede ser! Tiene que salvarnos.
Con serenidad afirmó el marino:
--Es imposible. He hecho cuanto había que hacer, y todo ha sido inútil.
--¡Tiene usted que salvarnos, tiene usted que salvarnos!--repitió Vanda tercamente.
El se encogió de hombros, y sonrió entre compasivo e irónico.
Irritada, enloquecida por aquella fuerza mayor que su voluntad, apostrofole:
--¡Usted tiene la culpa! ¡Todo esto es un complot, una traición para perderme!
Tornó él a sonreír. Más enfurecida amenazó:
--¡Cuando lleguemos a tierra, sabré castigar las traiciones...
--Dudo que llegue nadie--interrumpió su interlocutor--. Yo por lo menos no llegaré.
Como para subrayar la trágica verdad de sus palabras, las luces del barco apagáronse súbitamente.
--El agua ha entrado en las máquinas--afirmó sin perder su serenidad--. Dentro de diez minutos, nos iremos a fondo. Si quiere salvarse, es preciso que se embarque enseguida en un bote.
Vanda bajó la cabeza, vencida, y encaminose a la escalerilla. Cuatro marineros, empuñados los remos, esperaban ya en una barca. La Orloff descendió seguida de Georgette. Azor saltó tras ella.
Los remos hendieron el agua, y el barco comenzó a alejarse. El agua estaba quieta, tranquila; veíanse flotar en la argentada superficie grandes pedazos de hielo, semejantes a cristalinos sillares que espantable tormenta hubiese arrancado a los palacios de la sumergida ciudad de Is. Una calma impasible pesaba sobre el mundo; una calma de muerte, impregnada de trágica desolación; y así, bajo la luz blanca de la luna, había en la noche un horror de planeta muerto, una sensación abrumadora de cesación, de acabamiento. De improviso, viose a lo lejos la fantasmagórica silueta del _yacht_ que se alzaba un instante, y luego, rápido, hundíase en el mar. Formose un remolino horrendo, las aguas rugieron con hervor de catarata, la barca corrió hacia el sombrío abismo abierto para tragar al buque. Vanda, caída en el suelo, sintió una sacudida espantosa; luego, violentos cabeceos; oyó un grito de angustia suprema, y al fin, nada. El Afrodita había desaparecido, y el bote flotaba quieto sobre el mar de hielo. En la catástrofe habíanse perdido los remos, los víveres y el timón. En sus sitios, los cuatro marineros yacían aturdidos por el golpe. Georgette Lebrun había desaparecido tragada por las aguas. Azor nadaba junto al barco.
III
Amanecía. Por tercera vez, en el cielo blanquecino elevábase el sol, un sol anaranjado, frío, sin rayos ni reverberaciones, que parecía próximo a apagarse de un momento a otro. El barco, perdidos remos y timón, permanecía quieto, con la rara apariencia de una nave de juguete sobre la luna de un espejo. Las aguas yacían inmóviles, grisosas; grandes masas de hielo flotaban a flor de agua; entre ellas veíanse sobrenadar trozos de maderamen del sumergido buque, y al horizonte alzábase, roto en prodigiosas estalactitas, como gótica catedral de embrujamiento, el murallón de hielos. Tirados en el suelo, envueltos en trozos de manta y en sus recios capotones, dormían tres marineros; en la proa uno solo, sentado, los codos en las rodillas y el rostro en la palma de las manos, contemplaba desesperadamente la solitaria lejanía. Era el mismo mocetón que Vanda hiciera azotar días antes; pero ahora en su rostro juvenil, demacrado por el hambre, la boca se crispaba en una mueca de ansiedad y de deseo, mientras los ojos de niño grande, redondos, dilatados de horror, tenían una mirada cruel de carnívoro, de hiena desenterradora de cadáveres. Aquellas pupilas, antes tan claras y luminosas, parecían arder en un fuego malsano de vesania, mientras la boca se estiraba voraz, insaciable.
La rusa, que, sentada en la proa, dormitaba extenuada por el largo ayuno, tiritando bajo sus pieles, abrió lentamente los ojos, y sus miradas mortecinas tropezaron con las pupilas fosforescentes del hombre. Sintió miedo, el oscuro presentimiento de no sé qué nuevo y horrendo peligro, y rápidamente abatió los párpados fingiendo dormir. Su rostro estaba muy pálido, como traslúcido, con tonos amarillentos de marfil antiguo; sus labios de coral, descoloridos, se fruncían amargos, y dos círculos cárdenos cercaban sus ojos, que se apagaban en la atroz maceración de sus mejillas.
Mientras, un fuego maldito ardía en las entrañas del marinero; el hambre de pan y la sed atroz, rabiosa, exasperada por algunos sorbos de agua salada que en su ansiedad había bebido, transformábanse en un hambre de amor furiosa, vesánica, en una lujuria ardiente, monstruosa, una lujuria macabra de bestia agonizante en un largo suplicio de ardores.
Cautelosamente deslizose hacia la hembra, con gestos perezosos, sordos y lánguidamente elásticos de fiera próxima a caer sobre su presa.
Vanda sintió una respiración quemante, que le abrasaba el rostro en un aliento seco, febril, con emanaciones violentas de animal feroz. Dio un grito e intentó incorporarse; pero era ya tarde. El marinero, caído sobre ella, forcejeaba por poseerla. La víctima defendíase furiosamente en un esfuerzo supremo de ira, con los dientes y con las uñas, mientras él, enloquecido, indiferente para el dolor, luchaba por adueñarse de su presa. En la yerta paz de la mañana, el grupo bárbaro y trágico, debatíase con violentas sacudidas, que hacían oscilar la barca como si fuese a volcar. Azor, a los pies de su ama, gruñía amenazador y enseñaba los dientes. Al fin, Vanda, sintiéndose desfallecer, pidió auxilio:
--¡Aquí, Azor!
El perro, de un salto, cayó sobre el forzador. Entonces sucedió algo horrible, inhumano; hombre y bestia formaron confusa masa; agitábanse en tremendas palpitaciones de dolor; los dientes fuertes y blancos del animal, hicieron presa en una mano de su enemigo, que lanzó un alarido de dolor, pero no renunció a la batalla, sino que, por el contrario, enardecido, batallaba por estrangular al perro.
Los otros tres marineros se habían despertado, y estúpidos, embrutecidos, contemplaban, con los ojos agrandados de estupor, la salvaje refriega. La heroína, perdidas las fuerzas, medio desnuda, permanecía rota, tronchada, incapaz de moverse. Y hombre y perro forcejeaban caídos en el suelo, mientras el barquichuelo, en los furiosos vaivenes, se inclinaba hasta tocar con sus bordes el agua que se deslizaba en él helada y cortante. Al fin consiguió el hombre sacar un cuchillo y de un tajo abrir el vientre al perro, que cayó pesadamente al mar. Entonces, echose sobre la mujer, y ensangrentado, jadeante, chorreando agua, la poseyó.
IV
Borrachos de aguardiente, presas de un ataque de delirio, chillaban, aullaban, cantaban y trataban de danzar unos danzones absurdos que hacían tambalearse la barca como si fuera a hundirse. Eran como fantasmas trágicos, como esos monstruosos fantasmas que contemplamos en las láminas de los libros que anuncian el fin del mundo por la locura universal. En las caras lívidas, consumidas, llenas de oquedades, las bocas se deformaban en muecas de agonía, en muecas de una ansiedad plena de angustia, mientras las pupilas, dilatadas de espanto, tenían una fijeza de obsesión. Al través de los trajes desgarrados, aparecían los cuerpos esqueléticos, las carnes amoratadas por el frío...
Ni un soplo de aire, ni un barco en lejanía, ni una ola, nada. Una paz suprema, una paz de mundo muerto, una paz de cataclismo que dormía en las aguas quietas, en el cielo blanco, en el sol que se extinguía y en el muro infranqueable de hielos.
¡Cinco días más! ¡Cinco días de frío, de hambre, de soledad y de calma, sobre todo de calma, de aquella calma yerta, abrumadora, lapidaria, calma de panteón, de cementerio, de _nada_, peor que todas las borrascas!
Vanda, acurrucada en un rincón, sentíase morir. La habían robado sus pieles, sus mantas, sus abrigos, y, aterida, agonizaba de frío, de hambre y sed. Desde la mañana de su derrota, había perdido todo prestigio, aquella superioridad que le daba fuerzas para imponerse y vencer, y convirtiose en una bestezuela humilde y castigada, en que saciaban todos sus apetitos, sus crueldades, su brutalidad, la ferocidad inconsciente que dormía en sus almas primitivas, todas aquellas cosas exacerbadas hasta el paroxismo por el hambre.
Como una cohorte de endemoniados chillaban y brincaban con gestos violentos, inacordes, rotos, bruscos; sus voces roncas se apagaban o se agudizaban extrañamente. John, el más joven, cayó al suelo y siguió retorciéndose. Sus gestos siguieron siendo los mismos, pero haciéndose más violentos; sus risas trocáronse en aullidos, y palpitante de dolor comenzó a llorar, apretándose el estómago con las manos. Nino, el italiano, el más viejo de los cuatro, un esqueleto apergaminado, con dos fuegos fatuos por pupilas, propuso:
--¡La ley del mar!
Todos asintieron, resignados de antemano con su suerte:
--¡La ley del mar!
De improviso, una voz opaca propuso:
--¡Ella primero!
--¡Es la más blanca!
--¡Será la más tierna!
--¡La más sabrosa!
--¡Ella tiene la culpa de todo!
El coro de voces alzábase amenazador en el silencio de la naturaleza, como la fatídica condenación de la asamblea de una tribu primitiva.
Avanzaron hacia ella. Loca de terror, Vanda les vio llegar. Un grito supremo se escapó de su pecho, y desmayose, mientras el cuchillo se alzaba sobre su cuello y unos dientes impacientes se clavaban en su brazo.
EL DEMONIO
O toi, le plus savant et le plus beau des Anges, Dieu trahi par le sort et privé des louanges,
Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!
Ô Prince de l'exil, a qui l'on a fait tort, Et qui, vaincu, toujours te redresses plus fort,
Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!
Toi qui sais tout, grand roi des chosses souterraines, Guériseur familier des angoisses humaines,
Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!
Toi qui, même aux lépreux, aux parias maudits, Enseignes par l'amour le goût du Paradis,
Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!
Les Letanies de Satan,
Charles Baudelaire
EMBRUJAMIENTO
El Laberinto estaba ingeniosamente distribuido en numerosas salas y pasadizos tortuosos, con el fin de ocultar a todas las miradas el vergonzoso ser nacido de un deseo inmundo y que había de habitar allí.
OVIDIO
I
EL PARAISO TERRENAL
Llegaron a la caída de la tarde, un día en los comienzos del mes de septiembre. El crepúsculo espléndido tenía en su magnificencia y en su lentitud la tristeza punzadora de ciertas agonías, esas inacabables agonías de muchachas pálidas y soñadoras a que la tisis presta la alegre neblina de las ilusiones color de rosa. En el ambiente tibio, perfumado de aromas campesinos, había una gran quietud. Envuelto en la claridad violeta del atardecer, el parque dormía callado y misterioso. Era un viejo jardín galante cortado a la moda del siglo XVIII. Tenía sus macizos de arrayanes, sus calles de rosales, su laberinto de bojes poblado de rotas estatuas de mármol, su fontana, su cascada y sus puntiagudos cipreses que destacaban las negras siluetas sobre la palidez dorada del cielo. Pero el tazón de mármol, presidido por alado Cúpido, estaba vacío ahora; las aguas del estanque hallábanse cubiertas de nenúfares, y sólo algunos tardíos capullos blancos florecían en un rosal. Al través de los árboles, divisábase la casa con su presuntuosa arquitectura Luis XV, sus conchas, hojarascas, lazos y delfines, llena de desconchaduras, de manchas de humedad y de goteras que trazaron negros surcos sobre el gris sucio de la fachada. Las persianas cerradas estaban rotas, despintadas, carecían de listones, y la puerta, adornada de clavos, permanecía hermética, con goznes y cerrojos oxidados por las injurias del tiempo, de la lluvia y del sol, en complicidad con el abandono.
Mientras José Ignacio forcejeaba por abrir la verja, Fuencisla, sentada sobre la pila de muebles y enseres que constituían su ajuar, contemplaba, por encima de los barrotes, un poco pasmada, entre sorprendida y satisfecha, la hermosura del parque, que se destacaba, como un oasis, en la hosca aridez de la llanura.
Vulgar, insignificante, resultaba Fuencisla el tipo perfecto de la muchacha pueblerina que pasa de niña a mujer, de mujer a madre, de madre a abuela, pare, cría, muere en perenne negación espiritual, sin pensar jamás, sin afrontar la vida, acostumbrada a obedecer al padre, al marido, al hijo, sin haber tenido sino una confusa noción de las cosas. Corta de estatura, apaisada, los senos flojos y el vientre hinchado bajo las frondosas sayas de percal y los refajos multicolores, tenía el pelo rubio, lacio, áspero; el cutis tosco, malsano el color, los labios resecos, resquebrajados, y los ojos grisosos, opacos, un poco embobados, siempre bajos en humildad temerosa. El ademán muy tímido, muy apocado, las manos perennemente cruzadas sobre la tripa, las pupilas abatidas al suelo y el andar de palmípedo, acababan de subrayar la vulgaridad casi animal del conjunto. Su habitual estupor redoblárase ahora ante la grata sorpresa. Las ocho leguas que había tenido que recorrer, la idea, abrumadora para su apocamiento, de alejarse del terruño nativo, la voz popular que marcaba con un estigma de brujería la posesión y, sobre todo, las palabras de la _señora_, había llevado la turbación a su harto cuitado ánimo. Incapaz de ninguna rebeldía, no había chistado, limitándose a obedecer, a ojos cerrados, la voluntad de José Ignacio. Pero en el largo viaje, en los interminables paréntesis de silencio que su seca concisión castellana dejaba entre sobrios y espaciados períodos de conversación, el temor, un temor supersticioso, asaltábale y veía las futuras noches del caserón como algo pavoroso en que brujas y trasgos celebrarían ritos, danzas y conciliábulos, y el mismísimo diablo vendría, con su rabo y sus cuernos, a infestar la casa de olor a azufre.
Pero José Ignacio llegaba ahora a interrumpir sus divagaciones. Con tipo clásico de labriego castellano, enjuto, anguloso, la color cetrina, los ojos negros y negro y ondulado el pelo; el servicio militar y la permanencia en las ciudades (capitales provincianas de segundo orden), habíanle hecho perder algo del empaque rural, aunque dejándole intacta la alegría inocentona, una alegría meramente física que le llevaba a pueriles expansiones de contento, traducida en gritos, brincos y cabriolas, que contrastaban extrañamente con su mutismo de otras veces.
--¿Ves qué hermoso?
María Ignacia sonrió:
--¡Sí que es hermoso!
--¿Llevaba razón?--interrogó con sobriedad muy de la tierra de Castilla.
Limitose ella a volver a sonreír con su sonrisa franca de humilde contento.
No es que ella se hubiese metido a discutir con su marido la conveniencia del viaje; su respeto de mujer y esposa cristiana vedábale tal género de polémicas; pero en la vaguedad de un gesto, en la indecisión de sus escasas palabras y, sobre todo, en el silencio turbado con que respondía a las razones que él hallaba para aquel éxodo, leía José Ignacio la inquietud de su compañera.
Hacía ya días que la marquesa--la noble dama recluida desde la muerte de su hija, de aquella divina María de la Luz, apenas entrevista rara vez envuelta en un aura de elegancia y de perfumes, en su caserón con honores de palacio y de convento, en Segovia--, habíales llamado a su presencia. Era Fuencisla hija de antiguos servidores campesinos; madrina de su boda fue _la señora_, y contenta de su modestia y recato siguiola protegiendo después de su matrimonio. Pese a la proverbial bondad de la dama, no las tenían todas consigo cuando se encaminaron al palacio. Aquella aristócrata severa, perpetuamente enlutada, que no salía jamás como no fuese para hacer una breve visita a _El Laberinto_, la finca trágica en que María de la Luz se agostó en plena juventud, les imponía. Endomingados, Fuencisla con su atavío de paleta, sus huecas sayas y su pañuelo de colorines; José Ignacio, más currutaco, a la moda de la ciudad; iba ella francamente cohibida con susto de pájaro bobo; él fingiendo, con chabacanería aprendida en la vida cuartelera, un aplomo que estaba muy lejos de sentir. La señoril magnificencia del palacio, sus enormes galerías, sus salas adornadas de tapices, cuadros sagrados y retratos de familia, acabaron de hacerles perder todo aplomo. Pero cuando su turbación llegó a los límites del atontamiento, fue cuando se vieron en presencia de la _señora_. Aquella dama, pálida y triste, con su sola presencia imponía respeto. Más que vieja, envejecida por una secreta pena que había derrumbado de un hachazo el robusto tronco de su vida, permanecía hundida en su butaca, la nevada cabeza caída sobre el pecho, y las manos, largas y blancas, de una aristocrática elegancia insuperable, abandonadas sobre el regazo como dos prodigiosos juguetes de marfil. Tenía la palabra afectuosa, impregnada de un vago matiz de desencanto y amargura, el gesto reposado y la mirada dulce, pero con una bondad indiferente, impuesta, como si su espíritu estuviese muy lejos y no le importase nada de nada.
Habíales hablado llena de benevolencia afectuosa. Ella necesitaba un guardián para su finca _El Laberinto_, y había pensado en ellos. El cargo era cómodo, bien retribuido; la casa del guarda, buena, alegre; quizás necesitase alguna obra, pero ella haría lo que fuera menester; trabajo ninguno, puesto que no quería que se tocase ni a una flor, ni a un árbol, ni a una piedra, (y esto significaba condición especialísima) ni muchísimo menos a la casa. Aquello era terreno vedado; jamás bajo ningún pretexto pondrían los pies allí. Ellos tendrían las llaves, pero sólo para un caso de fuerza mayor, un incendio, un robo... Por lo demás, podían aprovechar los frutos del huerto, amén de, en el pequeño corral asignado al guarda, tener gallinas, cerdos, etc., etc.
José Ignacio, gorra en mano, escuchaba. Había ido recobrando el aplomo y, ante la perspectiva del paraíso de ociosidad y bienestar que se le abría, contenía a duras penas su júbilo. Fuencisla, azorada, escuchaba a su protectora con un sentimiento de honda gratitud, que su timidez le impedía exteriorizar.
La marquesa quedóseles mirando un instante, y luego interrogó:
--¿Qué les parece a ustedes?
La paleta balbuceó palabras incomprensibles de agradecimiento. El, más resuelto, aseguró:
--¿Qué quiere la señora que le digamos? ¡Que bendeciremos su nombre toda la vida!
La dama interrumpió sus efusiones. Antes de decidirse era preciso decirles toda la verdad, los inconvenientes lo mismo que las ventajas, su conciencia se lo exigía así. No es que creyese en semejantes historias; sin embargo, ya sabían ellos la fama de hechicería que pesaba sobre _El Laberinto_. Cosas de la leyenda popular, así todo... Para ella fue cruel aquella finca, pero...
--La muerte de mi pobre hija, de mi pobre María de la Luz, ha sido la desgracia más grande de mi vida, y allí tuvo lugar. Verdad que allí o en otro lado hubiese muerto lo mismo, si esa era la voluntad de Dios. ¡Nunca, nunca sufrirá nadie lo que yo sufrí con la agonía de mi María de la Luz; pero, como Job, he repetido muchas veces: «Dios me lo dio, él me lo ha quitado; bendito sea su Santo Nombre». ¡Quién sabe si fue mejor para la salud de su alma que El se la llevase que no siguiera vegetando en este mundo de miseria y pobredumbre.--Hizo una pausa, durante la cual esforzose en dominar su emoción, y luego con voz serena prosiguió:--En fin, esto son penas mías, que sólo a mí atañen; lo demás, todas esas historias de fantasmas y apariciones me parecen paparruchas indignas de un buen cristiano...
Al verles silenciosos, al parecer perplejos, encarose con ella:
--Conque, Fuencisla, usted dirá?
La lugareña balbuceó:
--Yo, lo que la señora mande.
--¡No, no!--protestó con gran viveza la marquesa--. Yo no mando nada. Eso ustedes sabrán lo que les conviene.