Chapter 1
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EL PECADO Y LA NOCHE
ANTONIO DE HOYOS Y VINENT
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MADRID RENACIMIENTO SOCIEDAD ANONIMA EDITORIAL PONTEJOS, 3 1913+
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley.
Imp. José F. Zabala.--Valverde, 40, Madrid.
INDICE
Las Ciudades Sumergidas
La Noche del Walpungis
Hermafrodita
FICHAS ANTROPOMETRICAS
El Hombre de la Música Extraña
Una Hora de Amor
La Santa
La Caja de Pandora
Los Cómplices
La Domadora
EL DEMONIO
Embrujamiento
Las Preciosas Ridículas
Madame d'Opporidol
Miss Decency
Ninón
La Noche.--¿Peligroso? Yo misma no sé cómo me las compondría si alguna de estas puertas de bronce se abriesen sobre el abismo... Hay aquí, todo alrededor de esta sala, dentro de cada una de esas cavernas de basalto, todos los males, todas las enfermedades, todos los horrores y todas las catástrofes que afligen a la humanidad desde el comienzo del mundo. ¡Bastante trabajo me ha costado encerrarles con ayuda del Destino, y no sin trabajo mantengo el orden entre todos esos indisciplinados personajes!... Ya se ve lo que sucede cuando alguno logra escapar y se presenta sobre la faz de la Tierra.
MAURICIO MÆTERLINCK
LAS CIUDADES SUMERGIDAS
Agua, fuego, lodo. Quiméricas nubes de maravilla que dormís sepultadas por una venganza de la Naturaleza; ciudades en que florecieron los siete pecados, en que las manos bíblicas trazaron sus misteriosos conjuros y las voces de los Profetas fulminaron anatemas; ciudades de pecado y de abominación en que las cortesanas bailaron desnudas en los templos y las reinas se prostituyeron a los mercenarios; ciudades de leyenda en que reinó la Lujuria, en que los apóstoles fueron lapidados y la hija del Rey de Is evocó al Demonio. Los hombres os han hecho salir a la superficie, han arrancado la lava que el cielo escupió sobre vosotras, y cínicas, desnudas en vuestra liviandad, vais surgiendo en los lúbricos frescos de vuestros lupanares y en los libertinos mosaicos de vuestros baños patricios. Algunas veces, en las estancias recatadas de una habitación, surge una momia en un espasmo de lubricidad grotesca.
Y su gesto es el mismo gesto de siempre.
Y el Demonio ha vuelto a reinar sobre la Tierra.
LA NOCHE DEL WALPURGIS
I
--¿Will we go in?
--As you like.
Se miraron burlones y echáronse a reír. En los ojos de ambos brillaba el mismo deseo, la misma perversa curiosidad de seguir la aventura equívoca hasta el fin. Pese a los disfraces innobles que les sirvieran para, en las propicias promiscuidades del Carnaval, embarcarse con rumbo a aquella Citerea canalla, los dos tenían una elegancia frívola, alada y aristocrática de personajes de la Comedia Italiana.
Bajo el blanco atavío de Pierrot (un Pierrot de percal, sórdido y sucio), conservaba Jimmi la nobleza de su figura vagamente andrógina, pero no afeminada, si no más bien pueril, resuelta y petulante, con una gracia de héroe niño o de arcángel insexuado. Eso era, un arcángel. El rostro correcto, voluntarioso; la boca pálida y sonrosada; los ojos azules, cándidos, luminosos, y los largos y lacios cabellos de oro que escapaban del gorro de punto negro, dábanle extraña semejanza con esos vagos ensueños del hermafroditismo cristiano. Revestido de larga túnica transparente y un nimbo de oro en torno a la cabeza, pequeña y bien moldeada, o pertrechado de argentada coraza, casco incrustado de pedrerías, flamígera espada entre las manos y grandes alas blancas, hubiese servido a un Sandro Botticelli o a un Filippo Lippi para uno de los ambiguos personajes que se yerguen sobre sus cándidos paisajes, un Gabriel amenazador o un vengador San Miguel.
Frente a él, Nieves Sigüenza, más actual, más perversa, más complicada, tenía un encanto ultramoderno, acre y voluptuoso de flor del mal, el inquietante encanto de esos iconos que asomando entre las vestiduras de oro muestran el rostro de marfil bajo su cabellera de negro jade. Era el suyo de una blancura de hostia, absoluta, cegadora, sin matices ni claroscuros, sólo interrumpida por la sangrienta sonrisa de los labios, rojos como cerezas, gruesos, golosos, sensuales. Nimbando aquella eucarística palidez, la cabellera de ébano, pesada, espesísima, retorcíase en pequeños rizos. Los ojos...
...son regard qui voltige et butine Se pose au bord de tout, prand a tout un reflet.
Sus ojos, grandes y luminosos, tenían bajo la sombra de las largas pestañas negrísimas, una líquida transparencia de ámbar. El contraste con las cejas aterciopeladas, de fino trazo, hacíanles aún más dorados, más claros, dándoles la cabalística apariencia de dos grandes y tostados topacios. Y aquellas pupilas de reina fabulosa miraban unas veces con burlesco descoco de pilluelo y reflejaban otras una melancolía casi dolorosa.
Y completando la figura frágil y graciosa de marquesa del siglo XVIII, en tren de aventuras, bajo el hórrido capuchón de satín rosa, lazado de verde manzana, asomaban los detalles de la mujer elegante: los zapatos de terciopelo negro, hebillados de diamantes; las medias de transparente seda, las manos finas, blancas, cuidadas, de uñas como pétalos de rosa.
Tornaron a consultarse con los ojos y tornaron a reír. Al deseo que se leía en las pupilas de Nieves, respondían con su curioso deseo las de Jimmi. Se habían quitado las caretas, y con pueril inconsciencia, como si ignorasen los peligros que les rodeaban en el antro prostibulario donde su enfermizo e inquieto decadentismo les llevara en busca de sensaciones raras, sin prestar mientes a la curiosidad que su presencia despertaba, ni leer los malos deseos--odios, concupiscencias, envidias, lujurias--que se asomaban en las miradas como se asoman los criminales a las rejas de la cárcel y las fieras a los barrotes de la jaula, reían alegres.
Los tres toreros, en pie ante ellos, esperaban su respuesta.
Eran tres figuras muy diferentes. _Joselete_, el matador, representaba el tipo clásico del espada, el torero que pintaron Goya y Lucas: bien plantado y arrogante, pero tosco y vulgar, bronceado de rostro, de pelo negro, áspero y rizado, ojos negros y brillantes y dientes blanquísimos de salvaje; el traje _de señorito_ que vestía despegábase del cuerpo fuerte, musculoso, que perdía la mitad de su plebeya belleza encerrado en el antiestético atavío, y solo rimaban bien con su persona el grueso calabrote de oro que pendía sobre el chaleco, sosteniendo enorme herradura de pedrería, y las sortijas con gruesos brillantes ostentadas en las manos grandes y ordinarias. El segundo, _el Serranito_, era un torero de Zuloaga: alto, delgado, esbelto, casi aristocrático dentro del atavío gris claro, tenía una distinción un poco cansada de raza. Su rostro era enjuto, alargado, y en la morena palidez los ojos muy abiertos, grandes, negros y profundos como la noche--ojos de petenera o de saeta--, lucían melancólicos y soñadores con la serena tristeza del alma mora. Sobre la frente noble, libre del cordobés echado a la nuca, caían los sombríos cabellos, apenas ondulados. Por último, completaba la trilogía Pepe, _el Marrón_, el picador. Era el tal un bruto; ni en el rostro de gruesos belfos, chata nariz y frente estrecha, a que el pelo cerdoso, espesísimo, recortado en el centro y peinado en tufos sobre las sienes robaba toda nobleza, había el menor vestigio de inteligencia; ni en los ojillos pequeños, turbios y saltones, vivacidad ninguna; ni en la sonrisa que rasgaba los morrudos labios de negro cimarrón sobre los dientes sucios, negros, podridos por el tabaco, el alcohol y el mercurio, la menor simpatía. Era un animal salvaje que no pensaba sino en comer, dormir y las hembras. ¡Las hembras! A la evocación de la mujer sus labios se cubrían de saliva y sus ojos rebrillaban como los de los chacales en la noche. ¡Las hembras! Ninguna idea sentimental, pasional, ni aun utilitaria, despertaba su evocación en él, sino tan sólo una lujuria feroz, rabiosa, exasperada, de fiera en celo. Vestía de corto, y el castizo atavío marcaba más lo innoble de su figura; cuadrado de torso, tenía las piernas y los brazos demasiado cortos, peludas y gruesas las manos, y el cuello de toro, ancho, formidable, con venas como sogas.
Como pasaba el tiempo y Nieves, en vez de responder, limitábase a mirar a su amigo y a reír luego, _Joselete_ reiteró su invitación:
--¿Acepta _usté_?... La _convío_ con _er_ amigo a beberse una botellita de _Agustín Blázquez_.
Pero venía un chulo--un chulo clásico de los de la antigua escuela: traje perla, pantalón de talle, pañuelo azul al cuello y onda rizada sobre la frente, a sacarla a bailar:
--Oiga usted, joven... ¡como me diga que sí, nos vamos a marcar una polca usted y yo que ni los de la aristocracia!
Nieves ladeó la cabecita, estirando los labios con una mueca deliciosamente pueril, de chiquilla voluntariosa a quien ofrecen algo que desea, pero que quiere hacerse rogar. Y luego, de improviso, soltó el fresco chorro de su risa cristalina y echose en los brazos de su improvisado galán, con una entrega absoluta, como si en lugar de la efímera posesión del baile, tratasen de otras más trascendentales posesiones; echose con uno de esos impulsos de abandono frecuentes en ella y que le hacían semejar a esas gatas mimosas que gustan de la caricia, y al sentir la mano de su amo, cierran los ojos, esconden las uñas y se dan con una pasividad de muerte. Volviendo el rostro hacia sus interlocutores, ofreció:
--Vuelvo ahora mismo... Un par de vueltas...
Bailaban lentamente; el organillo, en un rincón, cantaba las cadenciosas notas de una polca popular--uno de esos números zarzueleros que se pegan al oído y que tararean las modistas al ritmo de la máquina y las cocineras acompañadas por el chisporrotear de los sarmientos al quemarse--, y Nieves, a los lánguidos acordes de la música, se movía con ritmo voluptuoso. El chulo mantenía uno de los brazos rígido, sosteniendo en su mano abierta la de su pareja, mientras que con la otra, colocada un poco más abajo de la cintura frágil de la dama, la oprimía contra sí. Danzaba pausadamente, muy serio, la cara casi contraída por la atención, los ojos en alto, como si desempeñase papel importantísimo en algún sagrado rito. Danzaba muy despacio, marcando el compás con todo el cuerpo, deteniéndose un instante para, al atacar el piano de manubrio una nota más viva, girar rápido y recomenzar otra vez el lento balanceo. Nieves reía ante la gravedad de su pareja, tratando de distraerle y de hacerle perder el compás. Sus ojos pícaros buscaban los del galán, y sus labios, purpúreos y codiciables, se le ofrecían con impudor burlón.
Pasaban las demás parejas--chulos pálidos, descoloridos, la color enfermiza y los ojos grandes y tristes de bestias de amor, cernidos de libores; señoritos achulados, guasones, chabacanos; horteras de cursilería agresiva, presumiendo de chulos, de Don Juan y de elegantes; artesanos de una alegría ruidosa, grosera, molesta, llevando entre sus brazos hembras de enjalbegados rostros, en que el bermellón de los labios formaba un contraste casi macabro con el albayalde de las mejillas--; y los miraban curiosamente, con ironía un tanto despectiva.
Los amplios salones de «La Dalia», _sociedad recreativa de baile_, hallábanse de bote en bote. Bien acreditados estaban los festejos que en honor de madama Terpsícore verificábanse en el local; famosos eran los _grandes bailes_ con que celebraban Gervasio, _el Rubio_, y Froilán Cascajares, _el Chicuelo_, su beneficio; bailes que ellos, con singular galantería (y advirtiendo que el ambigú corría por cuenta de los organizadores), dedicaban «A las señoritas siguientes: a las hermanas Frascuelo, a Rosario (la _Descarada_) y su hermana Petra, a Vicenta (la _Modista_) y sus tres primas, a Lucía R., a Juanita y su hermana Sinforiana, a Josefina Gómez, y a los señores siguientes: a los cuatro amigos de Gervasio, a Ramón (el _Chofer_), a la pareja de baile Fuentes-Oñoro, al distinguido matador de novillos-toros _el Pelusa_, a Diego y Nemesio y a Don Romualdo Cazorro y a toda su distinguida clientela.» Pero aquel no era un baile así como así, si no un festejo de carnaval, un _Gran baile de trajes_, organizado por la _Sociedad recreativa El Jipi-Japa_, y dedicado a todas las _artistas de varietés_ y camareras de Madrid, y como tal, la concurrencia, además de numerosa era de _èlite_.
Las dos grandes salas que formaban _la sociedad_ hallábanse adornadas para tan trascendental acontecimiento, además de las bombillas eléctricas (pocas y de no muy rutilantes resplandores), y de los carteles de toros que, pegados sobre el papel oscuro, con flores doradas de los muros, constituían el habitual decorado, por policromas guirnaldas, tejidas con cadenas de papel, cruzadas en todas direcciones. En el primer salón hallábase la cantina (_ambigú_ llamábanlo pomposamente), con cuantos bebestibles inventaron la naturaleza y la química, y en el segundo el organillo, y a su lado Serafín, _el de la Polita_, que muy fachendoso, con su abotinado pantalón tórtola y su negra americana de altas hombreras, no cesaba de dar vueltas al manubrio.
Los disfraces eran pocos y vulgares, y si de algo pecaban, no podía decirse ciertamente que fuera de lujosos. De hombres apenas veíase algún horterilla vestido de patudo bebé, o tal cual tendero de comestibles, que en plena madurez ya, desahogaba su vehemente necesidad de hacer el burro, escondiendo la redonda panza en astrosa indumenta de diablillo, ocultando el curtido rostro, de grandes bigotes negros, en una careta de perro, arrastrando mugriento rabo y adornando su frente con dos cuernos (además de los que por clasificación le correspondían) de pelote y percalina. Con el sexo débil ya era otra cosa. No que abundasen los disfraces, pero los que había presentábanse más limpios y cuidados que los masculinos. Fuera de unos cuantos trajes de niño chico que permitían lucir las pantorrillas a sus dueñas, de un par de atavíos de torero en traje de calle que servían para mostrar formas de exuberancia tentadora, de algún disfraz de albañil que hacía las veces de válvula al androginismo grosero de tal cual prójima, lo que dominaba eran los mantones de Manila. Las arreboladas rosas, los purpúreos geráneos y los claveles de color de fuego envolvían los cuerpos, que bajo el gayo iris y entre los pliegues blandos, suaves, moldeadores del crespón, aparecían más garbosos, más finos, más llenos de ritmo y elegancia. Y entre aquella orgía de colorines, los rostros asomaban con una inquietante semejanza de combinación de espejos cóncavos y convexos. Efectivamente, fuera de unas cuantas mujeres que, sudorosas, despeinadas, el moño torcido y las ropas en desorden, bailaban, denunciando en su falta de gracia, en la torpeza de sus movimientos tardos y pesados y en su antiestética indumentaria, su calidad de criadas o menegildas, y fuera también de unas pocas que, más modositas y recatadas e inseparables de un mismo varón toda la noche, podían clasificarse entre el comercio modesto, las demás eran iguales. Gordas o flacas, altas o bajas, rubias o morenas, todas se parecían con un extraño aire de familia. Parecían la misma; la misma, con zancos o en cuclillas, con peluca rubia o negra, en los huesos o con exagerados rellenos, pero la misma siempre. Todas tenían el mismo rostro blando, fofo, embadurnado de rojo; las mismas mejillas marchitas bajo el carmín; iguales labios chorreando bermellón; idénticos ojos pintarreados; peinados semejantes.
Bailaban las unas muy lento y muy ceñido, casi con tanta solemnidad como sus parejas ventilaban las otras por los rincones sus diferencias con algún galán; dos o tres, echándoselas de rumbosas (¡ellas tenían siempre cinco duros para gastárselos con un hombre!), obsequiaban en el _bufet_ a sus chulos; no unos chulos así como así, a la antigua, sino chulos _modernistas_, de los de _jersey_ y gorra con vistosas insignias de fantásticos _clubs_, chulos _sportsmants_, como si dijésemos maestros en artes mecánicas, _chauffeurs_ y aviadores.
Acababa la polca; el organillo emitió algunas notas vertiginosas y calló súbitamente con un golpe seco, sin que las armonías se prolongasen en sonoras ondas, como sucede con otros instrumentos musicales. Nieves volvió al grupo en que los tres toreros esperaban su respuesta. Jimmi la interrogó:
--Con que tú dirás... Estos señores aguardan tu contestación.
Sonriendo picaresca, mientras los ojos de princesa remota les desafiaban cínicos y tentadores, formuló:
--¿De veras tienen tanto empeño en que vaya?
_Joselete_ se encargó de dar una respuesta galante:
--¡Figúrese usted!... ¡Siempre hay ganas de ver una mujer bonita de cerca!
Conquistada por el piropo rió, aceptando.
--¡Pues vamos allá!
II
_Joselete_ palmoteó:
--¡Chico!... ¡Vino!--Y como el camarero, previniendo el objeto de la llamada, entrase trayendo en una bandeja de zinc dos botellas de _Agustín Blázquez_ y algunos chatos y empezase a romper los lacres trabajosamente para descorchar, el torero se la arrancó de las manos:
--¡Esto se _jace_ así!
Formó un anillo con los dedos, y, girando rápidamente la botella, saltó el lacre.
Nieves, encantada de todo aquello, conceptuándolo muy castizo, muy típico y hasta muy _chic_, palmoteó:
--¡Bravo! ¡Bravo!
_La Ansiosa_, sin hacer caso de los demás, prisionera por completo de su nuevo amor, inclinose hacia Jimmi, descansando sobre el brazo del Pierrot la enorme mole de sus ubres bovinas:
--¡Chaval! ¡Gitano! ¡Que te voy a querer!...--Y en el rostro enharinado de luna llena, los ojos grandes y salientes, voltearon voluptuosos.
Sin entusiasmo ninguno por su conquista, sino por el contrario, harto de su pesadez, Jimmi se dejó besar. Una aceituna disparada con certero tino por la _Pechuguita_, que pueril, cínica y procaz, con su rostro pálido y demacrado de cortesana enferma de tuberculosis, su flequillo de paje y sus ojos burlones de golfo callejero, atalayábase entre Don Simeón y Gorritua, vino a interrumpir el idilio, acompañado de amicales apóstrofes:
--¡Ladrona! ¡Ansiosa!
Habían salido del baile Nieves y Jimmi con los tres toreros, cuatro prójimas que estaban con ellos, más algunos amigos que se les incorporaron. Ambularon por unos cuantos callejones silenciosos y desiertos para llegar por fin al colmado que había de ser escenario de la juerga. Una vez allí, en vez de penetrar por la tienda, cruzaron el portal, internáronse por un pasillo largo y oscuro, atravesaron un patinillo lóbrego, húmedo y sórdido, donde, de unas cuerdas, pendía ropa puesta a secar; luego otro pasillo, otro patio, y, por fin, llegaron a los reservados, construidos al fondo de la casa para mayor garantía de discreción. Al ver el lugar, casi temeroso, donde les conducían, el Arcángel anunciador buscó con sus ojos inquietos los de su amiga, pero ella, posando de valiente, sacole la lengua con un gesto delicioso de burla, y se echó a reír.
Ahora, en el gabinete con tabiques de madera que les servía de cenáculo y en que apenas cabían las trece personas que formaban el elenco, a la menguada luz de la bombilla eléctrica, prensábanse en torno de la mesa cargada de botellas.
Nieves, deliciosa de inconsciencia, en sus labios carmesíes una sonrisa de chicuela que, prisionera en la jaula de las fieras, creyese dominar a los leones con una caricia de sus manitas de marfil, presidía entre _Joselete_ y el _Marrón_. Frente a ella, Jimmi era disfrutado como una presa--presa de juventud, de gracia y de vida--por la _Ansiosa_ y Pilar la _Redicha_. La _Ansiosa_ ponía en la conquista toda la abundosa exuberancia de sus pechos colosales y de sus caderas formidables; la Pilar, en cambio, no era fea; un poco agarbanzada también, tenía, sin embargo, una arrogancia castiza, una gracia muy madrileña, que vivía en el ritmo entero de su persona, en sus ojos de gacela, grandes y oscuros, y en su boca fresca y reidora. El _Serranito_, sentado junto a su querida, permanecía mudo, melancólico y soñador, con los ojos fijos en el espacio y los labios plegados por un rictus casi doloroso. Ella, la _Vinagre_, era una mujer alta y delgada, artificialmente rubia; tenía los ojos grises, fríos; la nariz larga y recta y los labios crueles; arropada en el mantón alfombrado parecía friolenta; era muy antipática; apenas bebía, y hablaba escupiendo las palabras con chasquidos secos, como si siempre estuviese irritada con una irritación contenida, rabiosa. Los demás--un sastre aficionado a los toros, un pelotari bilbaíno, de cabeza amelonada, pelo rizado, apenas cubierto por la boina de inverosímil pequeñez, rostro enjuto y anguloso y lacios bigotes, y dos chulos sietemesinos, esmirriados y descoloridos--habíanse instalado a la buena de Dios.
Todos reían; Nieves, contenta de sentir rugiente a su lado la bestia del deseo, aquel deseo animal, salvaje, feroz, que tantas veces evocase nostalgia ante las almibaradas palabras y las románticas razones de sus admiradores. ¡Ah, el encanto de sentirse deseada hasta la violencia, hasta el crimen! Los demás reían borrachos, estúpidos: la _Vinagre_, con risa casi estridente; el _Serranito_, con una sonrisa pálida, que sólo brillaba en los labios, mientras las pupilas tristes seguían el vuelo de un ensueño.
_Joselete_ y el _Marrón_ hacían la corte a su manera a la aristocrática muñequilla, y ella, inquietante y perversa, complacíase en excitarles con miradas lánguidas, sonrisas prometedoras, algún furtivo apretón de manos y tal cual fortuito pisotón; pero mientras ellos, cada vez más excitados, se inclinaban hacia ella, los ojos dorados de reina de Saba, buscaban los melancólicos ojos del gitano y tropezaban a veces con las frías miradas de la _Vinagre_.
La _Ansiosa_ se inclinó hacia Jimmi:
--¡Tu boca, mi nene!... ¡gitano! ¡lucero! ¡cielo!... ¡me vas a querer tú a mí!--Y trató de morder los rojos labios del chiquillo.
El la rechazó impaciente:
--¡No seas sobona!
--¡No me quieres!--gimió ella, con su vozarrón de vaca.
Jimmi se sintió chulo:
--¡Que te voy a querer! ¡_Amos_, tú estás _chalá_!
Mientras tanto, _Joselete_ formalizaba en toda regla el sitio que tenía puesto a Nieves:
--Porque si usted quisiese, prenda, iba a ver lo que es un hombre.
Ella rió hermética, y mientras el torero, en rapto de mal contenida pasión, se inclinaba para besar su mano, buscó con los ojos al _Serranito_.
La _Vinagre_, alerta siempre por los rabiosos celos que todas las mujeres despertaban en su desconfiado espíritu de mujer madura, interceptó la mirada, y encarándose con la traviesa dama, apostrofó:
--¡Cochina! ¡puerca! ¡bribona! ¡púa!
Todos la miraron asombrados por el exabrupto, y el matador, contemplándola severo, interrogó:
--¿Qué es esto? ¡_Pa_ gritar a la plaza de la Cebada! ¡A ver si va a poder ser que te calles y no metas el remo!
La _Pechuguita_ intervino a su vez:
--¡Mujer! ¡no eres tú nadie chillando! ¿Qué mosca te ha _picao_!
--¡Que qué mosca me ha _picao_! ¡Que el _Serranito_ es mío, mío y mío, y _na_ más que mío, y no me da la pajolera gana que venga ninguna señora con su pan _comío_ a _camelármelo_! ¿estás tú?--Calló un instante, roja de ira, y luego, con risa epiléptica y voz chirriante, ahogándose de coraje, siguió:--¡Señoras! ¡señoras! ¡Ja! ¡Ja! ¡Aparte usted, hija, que me tizno! ¡Señoras! ¡Y luego, en cuantito que ven unos pantalones!... ¡catapum! ¡adiós, señorío! ¡Señoras! ¡me río yo de _tantismo_ señorío! ¡Más señora soy yo, que me lo gano con mi cuerpo _pa_ gastármelo con un hombre a quien quiero, que otras que yo me sé, que andan por ahí presumiendo _pa_ luego venir a quitarnos lo nuestro!... Pues...
Joselete cortó airado, empuñando una botella en ademán de tirársela a la cabeza:
--¡A ver si va a poder ser que te calles, burra, o te rompo los morros de un botellazo!
Y como rezongando siempre, la prójima obedeciera, se encaró galante y rendido con Nieves: