Ralph Denham's Adventures in Burma: A Tale of the Burmese Jungle
Chapter 2
Cuando volvían a casa con los chicos delante, cuchichearon Rafael y Carolina sobre la conveniencia de averiguar si aquella noche había alguna función de Nacimiento, y en caso de haberla, llevar a los chicos a que la viesen. Con objeto de examinar los carteles, se detuvieron los cuatro en una esquina, y Rafael y su mujer separaron la vista de los carteles, horrorizados, viendo a la cabeza del de los Bufos de Arderíus una litografía que, entre otras indecencias, representaba a una porción de mujeres y hombres casi como su madre los parió. Y su horror se convirtió en espanto cuando vieron que a Carlitos se le encandilaban los ojos contemplando a las suripantas, y a Rafaelita le sucedía poco menos contemplando a los suripantos.
-Niños -dijeron a los chicos-, esas porquerías no se miran.
-¡Sí, porquerías! -dijo Rafaelita-. ¡Qué cosas tiene usted, mamá! Pues bien guapos son esos jóvenes que están ahí pintados.
- ¡Y bien guapas las jóvenes que están junto a ellos!-añadió Carlitos.
Rafael y Carolina quisieron mudar de conversación, pero no lo consiguieron sin que antes oyeran a los chicos decir:
-¡Qué gusto dará el ver esa función!
Así que llegaron a casa, Rafael y Carolina, que iban muertos con lo que habían observado en los chicos, se encerraron a solas con el tío cura.
-Tío -dijo a éste Rafael -, venimos con un clavo en el corazón.
-¿Pues qué es lo que os pasa, hijos?
-Lo que nos pasa es que hemos notado en los chicos una cosa que nos tiene muertos.
-¿Y qué cosa es esa? Siempre será alguna simpleza.
-¡Buena simpleza nos dé Dios!
-Pero vamos, ¿qué es lo que habéis notado en los chicos?
-¡Una friolera! Que a Carlitos se le van los ojos tras de las buenas chicas, y a Rafaelita tras de los buenos chicos.
-¡Toma! Eso ya lo sabía yo. Por eso os escribí diciéndoos que me parecía conveniente traerlos. Carlitos se iba encalabrinando con la hija del maestro, y a Rafaelita le sucedía lo mismo con el hijo de la maestra.
-¡Qué horror, Dios mío!
-Pero, hijos, ¿qué horror ni qué ocho cuartos ha de haber en que a los muchachos les gusten las muchachas y a las muchachas les gusten los muchachos, con tal que la cosa no pase de lo honesto y regular? Si eso es pecado, es un pecado natural de que vosotros mismos no os libraríais cuando erais jóvenes.
-(¡Nos ha chafado el tío cura!)-dijeron para sí Rafael y su mujer.
-Pero, tío -añadió Rafael- ¿no decía usted que la gente de Valpacífico era santa?
-No dije tal cosa; lo que dije fue que era casi santa, y eso repito ahora.
-¿Con que por lo visto, allí pasa lo que en Madrid y en todas partes?
-En punto a gustar los hombres de las mujeres y las mujeres de los hombres, el pueblo más santo de la tierra, que sin disputa lo es Valpacífico, tiene gran punto de semejanza con el pueblo menos santo, que no sé cuál es.
-Pero ¿y lo que prometió Dios a Santa Teresa?
-Lo cumplió. Dios dijo que complacería a la Santa en todo lo justo, y, por tanto, en todo lo posible; y cuando Dios consiente que allí, como en todas partes, los hombres gusten de las mujeres y las mujeres gusten de los hombres, Dios sabrá que no debe impedirlo ni condenarlo. Ese es el pecado que lleva a los pies del confesor a los habitantes de Valpacífico; ése es el pecado que sólo lo es de nombre, cuando no pasa de los límites honestos y, por tanto, justos; ése es el pecado que sin duda cometisteis vosotros, puesto que os quisisteis y os casasteis, y ése es el pecado que vosotros tenéis el deber de absolver en vuestros hijos si incurren en él.
-¿Conque es decir que nuestros hijos no abrazarán el estado religioso? -exclamó Rafael con asentimiento de su mujer.
-Pero abrazarán el estado de gracia si se casan y son buenos padres de familia, porque casarse y ser eso, no es menos santo que ser vuestra hija monja y vuestro hijo cura, pues es tanto como ser buenos ciudadanos y buenos servidores de Dios.
VI
Pasaron algunos años, y Carlos y Rafaela eran lo que al tío cura no espantaba que fuesen: esposos y padres. Cuando el tío cura espiró descubriendo por la ventana de su alcoba la ermita levantada sobre la piedra donde se había sentado Teresa de Jesús, pensó en sus sobrinos Rafael y Carolina, y sonrió de alegría, pensando que cuando muriesen dejarían lo que él no dejaba: hijos, nietos, y acaso bisnietos que pidiesen a Dios el perdón de sus pecados.
Yo creo que la anciana que lea a sus hijos y sus nietos este cuento, sentada en medio de ellos al amor de la lumbre, no será menos feliz que la anciana que se le lea a su gato y a su criada, mientras ésta le prepara una taza del chocolate que le ha enviado el hijo cura con los bizcochos que le ha enviado la hija monja.
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