El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa
Part 20
Así, los conceptos fundamentales de la civilización resultan ser supervivencia griega conservada por aquella poesía, y no principios cristianos; desde que las costumbres más influyentes, no estaban determinadas por los tales principios sino por aquellos conceptos: _verbi gratia_, el culto de la mujer libertada de la tiranía matrimonial; el gobierno laico; la caballería; el desafío judicial; la tolerancia; la despreocupación religiosa...
Dichos poemas, que resultan los principales de la civilización cristiana, fueron _La Canción de Rolando_, _Los Nibelungos_, _El Romancero_ y hasta aquella _Divina Comedia_ cuyo autor rimaba en lengua provenzal con acabada maestría[84].
Dos o quizá tres siglos antes que el resto de Europa, aquella comarca tuvo un idioma propio: vale decir, el fundamento de una civilización original, procedente, como este mismo fenómeno, del ingerto latino en los antiguos vivaces troncos locales de origen especialmente céltico. Fué aquella la lengua llamada romana, catalana, provenzal, lemocina u occitánica (lengua de _oc_) según las regiones donde la hablaban; pero siempre el elemento común, o agente práctico de fraternidad, que congregaba en una misma civilización aquellas comarcas después enemigas. El común origen pagano, estaba, además, patente, en la otra institución congénere del desafío judicial que la Iglesia no había podido suprimir. Civilización de paladines, su éxito estuvo patente en el triunfo de las primeras cruzadas. El Cid murió el mismo año de la conquista de Jerusalem.
Aquella democracia hizo también la felicidad del pueblo. Honradas las artes, que como la pedagogía bajo el reinado de don Alfonso el Sabio, tuvieron por premio el título de nobleza, trabajo y dinero abundaron con profusión inusitada desde los más felices tiempos de la antigüedad. Entonces fué cuando se organizaron las corporaciones obreras, bajo un carácter análogo al de las _collegia_ romanas, con el fin de resistir, como hoy, por medio de la huelga y del _boycott_, la imposición de gravámenes excesivos o la depreciación perjudicial de los jornales. El paganismo iba resucitando, como se vé, en aquellas justicieras instituciones. La misma protección a los herejes albigenses, causa de la guerra con el papado, era un acto de independencia laica y de amparo a la libertad de conciencia.
La democracia cuyo espíritu dominaba sobre toda la costa europea del Mediterráneo, conquistada por aquella civilización de los trovadores, asumió formas políticas decididamente republicanas, en las ciudades libres que habían suprimido el feudalismo y que eran generalmente antipapistas: repúblicas municipales, sin duda, pero con representación exterior, que es decir, con tratados de paz, de guerra, de comercio, como verdaderas entidades nacionales. Así aliábanse con los monarcas poseídos de análogo espíritu liberal, como lo hicieron a mediados del siglo XII, contra los moros de España, Génova, Pisa, Marsella, Narbona y Montpellier, con Raymundo Berenguel III, conde de Barcelona.
Fué, asimismo, esa época famosa por sus grandes enamorados, a la vez que ilustres héroes, como el antiquísimo Marcabrú, el _Mambrú_ de las coplas; o aquel Pedro Vidal quien por el amor de su dama, Loba de Penautier, echóse a correr los montes disfrazado de lobo, hasta morir como tal entre los colmillos de engañada jauría; o aquel Guillermo de Tours que hízose enterrar vivo al lado de su amada difunta.
La fidelidad constituyóse, al mismo tiempo, en virtud específica del paladín, casto, por lo mismo, como ninguno. En la primitiva _Canción de Rolando_, para nada figura el amor. La primera divisa personal que la heráldica recuerda, fué este verso mandado grabar por San Luis rey de Francia en su anillo nupcial:
_Hors cet annel pourrions trouver amour,_
La cortesía floreció como el gracioso dogma de ese culto de la mujer. Las más dulces expresiones del amor, hasta hoy conservadas por nuestros idiomas, son invenciones de aquellos poetas. La boca de la mujer denomináronla por su sonrisa, según vemos en el Dante, buen trovador a su vez:
_Quando leggemmo il disiato riso Esser bacciato da cotanto amante..._
Ninguna otra literatura fué tan rica en creaciones métricas y en obras prototípicas, desde el endecasílabo serventesio hasta los poemas épicos cuyo tipo es el _Romancero_, y las primeras novelas cuyo modelo está en _Amadís de Gaula_.
La música enriquecióse con docenas de instrumentos nuevos, entre los cuales la viola, madre del violín, engendró el maravilloso ser viviente que es este instrumento, convirtiendo, así, la voz del arte en palabra: vale decir, alcanzando uno de los resultados más bellos, al consistir el objeto de aquél en la espiritualización de la materia. La tradición greco-romana transformóse enteramente, con la introducción de las diafonías y la elevación de las tercias naturales a consonantes; y al empezar el siglo XIV, el _Ars Contrapuncti_ de Felipe Vitri formuló en leyes vigentes hasta hoy, la técnica de aquella construcción de la melodía. Guido d'Arezzo, el inventor del soneto, inició el sistema de la tonalidad. Por último, la polifonía nació con los motetes de los trovadores...
Pero esta civilización suscitada y organizada por medio de la música, como aquella del helenismo cuya influencia restauraba, exige mayor detención en el estudio de sus detalles.
Los músicos de los templos paganos destruídos por el cristianismo, diéronse a vagar con su arte, propagándolo en el pueblo, tal como sucedió después con los artistas de Bizancio tomada por los turcos; siendo, respectivamente, unos y otros, los agentes de la trova y del Renacimiento. Por otra parte, en Provenza, la liturgia fué durante los primeros tiempos cristianos una amalgama greco-latina; de manera que aquellos músicos hallaron empleo en los cantos corales que usaban las dos lenguas alternativamente. La modalidad del canto eclesiástico, fué a su vez una ligera modificación de la música vocal pagana mezclada con melodías hebreas; de modo que el canto llano consistió en una aplicación de las reglas de la prosa numérica enseñada por los retóricos romanos y que constituyó el sistema fonético de la elocuencia latina. Nuestros canónigos salmodian algunos de sus oficios con el mismo tono que daba Cicerón a sus discursos; y el acompañamiento de las primeras trovas, fué un compás de recitado, como el de la guitarra en las milongas campestres.
Los maestros de músicas usaban, precisamente, un instrumento llamado _monocordio_ cuyos sones estaban designados con las letras del alfabeto, continuando, así, el sistema de la notación griega. El sonido más grave, o _proslambanómenos_ de los antiguos, correspondía al _la_ grave de nuestra llave de _fa_ y hallábase designado por la A mayúscula. De aquí nació la primera escala moderna, atribuída a Odón, abad de Cluny, la ya citada famosa abadía de Borgoña; pues en los comienzos del siglo X, o sea cuando estaba acabando de formarse la lengua provenzal, aquel monje habría designado los sonidos con los nombres convencionales de _buc_, _re_, _scembs_, _caemar_, _neth_, _niche_, _assel_. El canto litúrgico enriquecióse por su parte, agregando a las dos voces tradicionales de la antigua armonización vocal u _organum_, que había sobrevivido intacta cinco siglos, el _triplum_ y el _cuadruplum_, o sea una tercera y una cuarta partes.
Mas esa evolución religiosa de la música, enteramente natural entonces, al ser las iglesias los únicos teatros líricos, vamos al decir, no convirtió en mística la poesía trovadora. No solamente carecía ella de sentimiento religioso, sino que satirizaba con frecuencia la relajación del clero, llegando hasta celebrar los derechos del amor libre.
Y es que, pagana por sus orígenes greco-latinos, así como por las instituciones célticas del duelo judicial y del culto a la mujer, aquella civilización tuvo de agentes inmediatos a los árabes, exaltadísimos cuanto platónicos amadores, y autores directos del arte de trovar bajo sus formas características: el poeta errante, acompañado por su juglar; el amor, absolutamente desinteresado de sensualismo; hasta el instrumento clásico, o sea el rabel de tres cuerdas, y las justas en verso, fuentes de nuestras payadas. Todo fué, pues, pagano, en aquella civilización de los trovadores y los paladines.
Al mismo tiempo, la arquitectura, o sea el arte social por excelencia, transformó a su vez la construcción latina en aquellos edificios romanos que dieron a la Europa gótica su primer tipo verdaderamente nacional, pronto llevado a la perfección por las gallardas iglesias ojivales. Y esta fué la única arquitectura genuina que el Occidente cristiano tuvo y tendrá.
Todo ello procedía de la libertad espiritual inherente a la civilización griega, así renacida. El Romancero va a decirnos cómo la entendían los paladines:
_Ese buen rey don Alfonso El de la mano horadada, Después que ganó a Toledo En él puso su morada._
* * * * *
_Elegido ha un arzobispo, Don Bernardo se llamaba, Hombre de muy santa vida, De letras y buena fama, Y de que lo hubo elegido Por nombre le intitulaba Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas: Todo cuanto el rey le diera_ _Se lo confirmara el papa. Desque ya tuvo el buen rey Esta tierra sosegada, A la reina su muger En gobernación la daba. Fuése a visitar su reino, Fué a Galicia y su comarca. Después de partido el rey, La reina doña Constanza Viendo su marido ausente Pensamientos la aquejaban No de regalos de cuerpo, Mas de salvación del alma. Estando así pensativa El arzobispo llegára, En llegando el arzobispo Desta manera le habla: --Don Bernardo, ¿qué haremos, Que la conciencia me agrava De ver mezquita de moros La que fué iglesia santa, Donde la reina del cielo Solía ser bien honrada? ¿Qué modo, dice, ternemos Que torne a ser consagrada, Que el rey no quiebre la fe Que a los moros tiene dada? Cuando esto oyó el arzobispo De rodillas se hincaba: Alzó los ojos al cielo, Las manos puestas hablaba: --Gracias doy a Jesucristo Y a su Madre Virgen santa, Que salís, reina, al camino De lo que yo deseaba. Quitémosela a los moros Antes hoy que no mañana, No dejéis el bien eterno Por la temporal palabra. Ya que el rey se ensañe tanto Que venga a tomar venganza Perdamos, reina, los cuerpos, Pues que se ganan las almas. Luego aquella misma noche Dentro en la mezquita entraba; Limpiando los falsos ritos A Dios la redificaba, Diciendo misa este día El arzobispo cantada. Cuando los moros lo vieron Quejas al rey le enviaban; Mas el rey cuando lo supo Gravemente se ensañaba: A la reina y al perlado Malamente amenazaba; Sin esperar más consejo A Toledo caminaba. Los moros que lo supieron Luego consejo tomaban; Sálenselo a recibir Hasta Olias y Cabañas, Llegados delante el rey De rodillas se hincaban: --Mercedes, buen rey, mercedes Dicen, las manos cruzadas; Mas el rey que así los vido Uno a uno levantaba: --Calledes, buenos amigos, Que este hecho me tocaba, Quien a vos ha hecho tuerto A mí quebró la palabra; Mas yo haré tal castigo_ _Que aína habréis la venganza. Los moros cuando esto oyeron En altas voces clamaban: --Merced, buen señor, merced, La vuestra merced nos valga: Si tomáis venganza desto A nos costará bien cara, Quien matare hoy a la reina Arrepentirse ha mañana. La mezquita ya es iglesia, No nos puede ser tornada, Perdonedes a la reina Y a los que nos la quitaran, Que nosotros desde agora Os alzamos la palabra. El buen rey cuando esto oyera Grandemente se holgara, Dándoles gracias por ello Perdido ha toda su saña._
El Cid, excomulgado por el papa, procederá de esta manera:
_El papa cuando lo supo Al Cid ha descomulgado; Sabiéndolo el de Vivar, Ante el papa se ha postrado: --Absolvedme, dijo, papa, Sino seráos mal contado. El papa, padre piadoso, Respondió muy mesurado: --Yo te absuelvo, don Ruy Díaz, Yo te absuelvo de buen grado, Con que seas en mi corte Muy cortés y mesurado._
Y esto, no una sola vez, sino de costumbre, a juzgar por estos reproches del monarca:
_Cosas tenedes el Cid, Que farán fablar las piedras, Pues por cualquier niñería Façeis campaña la iglesia._
La cruzada contra los albigenses fué el episodio mortal que arrasó por segunda vez la renacida cultura griega. Y es que eso representaba, propiamente hablando, el conflicto de dos civilizaciones.
El cristianismo, al entenderse con los hombres del Norte, sus campeones naturales hasta hoy, había tomado una dirección que constituye una tendencia de raza; pues aquí está el origen del irreducible antagonismo entre la civilización helénica y la gótica. La primera busca su satisfacción espiritual por el camino de la belleza; la segunda, por el camino de la verdad. Ambas saben instintivamente, que sin ese estado de tranquilidad, tan necesario al espíritu como el agua a la sed (por esto es que instintivamente lo saben y lo buscan) no hay civilización posible. Ambas lo han demostrado en la historia, con la creación de civilizaciones cuyo éxito y cuya firmeza dependieron de ese estado; pues solamente la serenidad del alma torna amable el ejercicio de la vida. La civilización, como forma de la actividad humana, es una marcha hacia el bien, materializado en mejoras físicas y morales; mas la raza helénica, obedeciendo a sus inclinaciones naturales, creía que la educación conducente a ese objeto, consistía en la práctica y el descubrimiento de la belleza: al ser ésta una emoción noble, un estado superior de la vida, induce por simpatía a la verdad y al bien, prototipos de ese mismo estado. Y prefiere la belleza, porque los otros dos principios son inmateriales y mudables; es decir, menos eficaces sobre el espíritu. Cada época tiene su verdad y su bien, a veces contradictorios con los de otras épocas; al paso que, una vez alcanzada, la belleza es permanente. Ella constituye, además, un resultado personalísimo de cada artista, y con esto erige la libertad ilimitada del pensamiento y de la conducta, en condición esencial de éxito.
La raza gótica, más metafísica y disciplinada, prefiere, como ya lo enuncié, el camino de la verdad cuya investigación exige un sistema de actividad colectiva; pero como la verdad es variable en las fórmulas que de ella va encontrando la investigación, dicha raza halló la seguridad necesaria a su espíritu en el dogma que le ofrecía un concepto definitivo de verdad, al ser una comunicación divina. Por esto es que los pueblos protestantes son también los más cristianos, al mismo tiempo que los más jerárquicos y morales.
Ambas tendencias concurren al mismo fin, desde que su objeto es dilucidar las leyes de la vida para aprovecharla mejor: una por el descubrimiento de la armonía que esencialmente la constituye; otra por el de las causas que la determinan. Aquélla, revelando la vida superior latente en nosotros: que es decir, proponiendo modelos más armoniosos y por lo tanto mejor acondicionados para subsistir; ésta, esclareciendo la ley del fenómeno vital cuya lógica trascendente nos abre el secreto del porvenir, al darnos la clave del pasado y del presente. Su propósito es, como se vé, un ideal, y éste consiste a su vez en aquel triple arquetipo de bien, belleza y verdad, que es la razón suprema de nuestra vida. Pues todas nuestras actividades, están determinadas por alguno de esos tres móviles. Los genios son los agentes de aquella razón en toda su integridad arquetípica; y por ello escapan a la ley de raza. Representan la vida integral de una humanidad futura en la cual habrán desaparecido las actuales causas de separación. En ellos coinciden la belleza y la libertad, móviles característicos de la raza helénica, con la verdad y la disciplina peculiares a la raza gótica. Así es como Wagner resulta un hermano de Eskilo.
Ahora bien, nosotros pertenecemos al helenismo; y entonces, la actividad que nos toca en el proceso de la civilización, ha de estar determinada por la belleza y por la libertad para alcanzar su mayor eficacia; puesto que ambas son nuestros móviles naturales. En la conformidad de los actos con la índole de cada cual, estriba el éxito de la vida. Cada hombre y cada raza nacen para algo que no pueden eludir sin anularse. Y así lo dicen las conocidas palabras de nuestro libertador: _Serás lo que debes ser, y sino, no serás nada_.
Entre las deidades helénicas, Hércules, además de ser el antecesor de los paladines, fué uno de los grandes liróforos del panteón. Y con esto, el numen más popular del helenismo. Más directamente que cualesquiera otros, los héroes y los trovadores de España fueron de su cepa; pues sabido es que las leyendas medioevales, con significativa simbólica alusión al carácter de la raza, considerábanlo creador del estrecho de Gibraltar y fundador de Ávila. La herencia nos viene, pues, continua, explicando esto, mejor que ningún otro análisis, la índole caballeresca y las trascendencias de nuestra historia.
Arruinada en Provenza durante el siglo XIII, aquella civilización de los trovadores y de los paladines, estos últimos siguieron subsistiendo en España, donde eran necesarios mientras durase la guerra con el moro; de suerte que al concluir ella tuvieron en el sincrónico descubrimiento de América, la inmediata y postrera razón de su actividad. Así vinieron, trayendo en su carácter de tales, los conceptos y tendencias de la civilización que les fué peculiar y que rediviva en el gaucho, mantuvo siempre vivaz el linaje hercúleo.
Y no se crea que esta afirmación comporta un mero ejercicio del ingenio. Nuestra vida actual, la vida de cada uno de nosotros, demuestra la existencia continua de un ser que se ha transmitido a través de una no interrumpida cadena de vidas semejantes. Nosotros somos por ahora este ser: el resumen formidable de las generaciones. La belleza prototípica que en nosotros llevamos, es la que esos innumerables antecesores percibieron; innumerables, porque sólo en mil años son ya decenas de millones, según lo demuestra un cálculo sencillo. Y de tal modo, cuando el prototipo de belleza revive, el alma de la raza palpita en cada uno de nosotros. Así es como Martín Fierro procede verdaderamente de los paladines; como es un miembro de la casta hercúlea. Esta continuidad de la existencia que es la definición de la raza, resulta, así, un hecho real. Y es la belleza quien lo evidencia, al no constituir un concepto intelectual o moral, mudable con los tiempos, sino una emoción eterna, manifiesta en predilecciones constantes. Ella viene a ser, así, el vínculo fundamental de la raza.
El ideal de belleza, o sea la máxima expansión de vida espiritual (pues para esto, para que viva de una manera superior, espiritualizamos la materia por medio del arte), la libertad, propiamente dicho, constituyó la aspiración de esos antecesores innumerables; y mientras lo sustentamos, dámosles con ello vida, somos los vehículos de la inmortalidad de la raza constituída por ellos en nosotros. El ideal de belleza, o según queda dicho, la expansión máxima de la vida superior, así como la inmortalidad que es la perpetuación de esa vida, libertan al ser humano de la fatalidad material, o ley de fuerza, fundamento de todo despotismo. Belleza, vida y libertad, son, positivamente, la misma cosa.
Ello nos pone al mismo tiempo en estado de misericordia, para realizar la obra más útil al mejoramiento del espíritu: aquella justicia con los muertos que según la más misteriosa, y por lo tanto más simbólica leyenda cristiana, Jesús realizó sin dilación alguna, apenas libre de su envoltura corpórea, bajando a consolarlos en el seno de Abraham. Son ellos, efectivamente, los que padecen el horror del silencio, sin otra esperanza que nuestra remisa equidad, y lo padecen dentro de nosotros mismos, ennegreciéndonos el alma con su propia congoja inicua, hasta volvernos cobardes y ruines. La justicia que les hacemos es acto augusto con el cual ratificamos en el pasado la grandeza de la patria futura; pues esos muertos son como largos adobes que van reforzando el cimiento de la patria; y cuando procedemos así, no hacemos sino compensarles el trabajo que de tal modo siguen realizando en la sombra.
Así se cumple con la civilización y con la patria. Movilizando ideas y expresiones, no escribiendo sistemáticamente en gaucho. Estudiando la tradición de la raza, no para incrustarse en ella, sino para descubrir la ley del progreso que nos revelará el ejercicio eficaz de la vida, en estados paulatinamente superiores. Exaltando las virtudes peculiares, no por razón de orgullo egoísta, sino para hacer del mejor argentino de hoy el mejor hombre de mañana. Ejercitándose en la belleza y en la libertad que son para nuestra raza los móviles de la vida heroica, porque vemos en ella el estado permanente de una humanidad superior. Luchando sin descanso hasta la muerte, porque la vida quieta no es tal vida, sino hueco y sombra de agujero abierto sin causa, que luego toman por madriguera las víboras.
Formar el idioma, es cultivar aquel robusto tronco de la selva para civilizarlo, vale decir, para convertirlo en planta frutal; no divertirse en esculpir sus astillas. Cuanto más sabio y más bello sea ese organismo, mejor nos entenderán los hombres; y con ello habráse dilatado más nuestro espíritu. La belleza de la patria no debe ser como un saco de perlas; sino como el mar donde ellas nacen y que está abierto a todos los perleros. Detenerse en el propio vergel, por bello que sea, es abandonar el sitio a los otros de la columna en marcha. De ello nos da ejemplo el mismo cantor cuyas hazañas comentábamos. Penas, destierro, soledad, jamás cortaron en sus labios el manantial de la poesía. Y hasta cuando en la serena noche alzaba la vista al cielo, era para pedirle el rumbo de la jornada próxima, junto con aquella inspiración de sus versos que destilaba en gotas de poesía y de dolor la viña de oro de las estrellas.
NOTAS:
[83] Horacio lib. III, od. XXX.
_Exeji monumentum aere perennius._
He alzado un monumento durable como el bronce.
[84] Así en los ocho versos finales del Canto XXVI del Purgatorio, atribuídos por el poeta a Arnaldo Daniel, trovador del siglo XII.
ESTE LIBRO DESTINADO A CONMEMORAR EL PRIMER CENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA ARGENTINA, SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN LOS TALLERES DE OTERO Y CIA., CALLE PERÚ N.° 858, EL DIA 12 DE JULIO DE 1916.
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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
Las palabras en itálicas están indicadas con _sub-índices_ las palabras en negritas con el =signo igual= y si[n] en la discusión de los ejemplos musicales representa la nota "si natural".