El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa

Part 19

Chapter 193,687 wordsPublic domain

_Me le escapé con trabajo En diversas ocasiones; Era de los adulones, Me puso mal con el juez, Hasta que, al fin, una vez Me agarró en las eleciones._

_Ricuerdo que esa ocasión Andaban listas diversas; Las opiniones dispersas No se podían arreglar; Decían que el juez, por triunfar, Hacía cosas muy perversas._

_Cuando se riunió la gente, Vino a proclamarla el ñato, Diciendo con aparato Que todo andaría muy mal, Si pretendía cada cual Votar por un candidato._

_Y quiso al punto quitarme La lista que yo llevé; Mas yo se la mezquiné, Y ya me gritó--¡Anarquista! Has de votar por la lista Que ha mandao el Comiqué._

_Me dió vergüenza de verme Tratado de esa manera; Y como si uno se altera, Ya no es fácil de que ablande, Le dije--Mande el que mande, Yo he de votar por quien quiera._

--_En las carpetas de juego Y en la mesa eletoral, A todo hombre soy igual, Respeto al que me respeta; Pero el naipe y la boleta Naides me lo ha de tocar._

_Ahi no más ya me cayó A sable la polecía; Aunque era una picardía, Me decidí a soportar, Y no los quise peliar Por no perderme ese día._

Esos ñatos representan todo un sistema en nuestra política rural. Mulatos leguleyos, con cuatro cerdas alazanas por bigote, pringado de cacarañas sudorosas el rostro donde la avería nasal estampa por definición el sello repugnante del calavera, quién no los ha visto pasar hamacándose en sus tordillos de paso, o con un gallo de pelea bajo la manga del guardapolvo, mientras la oreja baya provoca deslices con el señuelo de su clavel querendón.

Así también se pinta sólo el comandante que va encontrando en la renitencia política de los gauchos prendidos por su malandrín, pretexto para mandarlos a la frontera. Oficialote brutal, peludo, con los ojos abotagados de siesta borracha, su voz aguardentosa parece resoplar el calor de la mala entraña.

--_Cuadrate, le dijo a un negro, Te estás haciendo el chiquito, Cuando sos el más maldito Que se encuentra en todo el pago. Un servicio es el que te hago Y por eso te remito._

A OTRO

_Vos no cuidás tu familia Ni le das los menesteres; Visitás otras mujeres, Y es preciso, calavera, Que aprendás en la frontera A cumplir con tus deberes._

A OTRO

_Vos también sos trabajoso; Cuando es preciso votar Hay que mandarte llamar Y siempre andás medio alzao; Sos un desubordinao Y yo te voy a filiar._

A OTRO

_¿Cuánto tiempo hace que vos Andás en este partido? ¿Cuántas veces has venido A la citación del juez? No te he visto ni una vez, Has de ser algún perdido._

A OTRO

_Éste es otro barullero Que pasa en la pulpería Predicando noche y día Y anarquizando a la gente. Irás en el contingente Por tamaña picardía._

A OTRO

_Dende la anterior remesa Vos andás medio perdido; La autoridá no ha podido Jamás hacerte votar. Cuando te mandan llamar Te pasás a otro partido._

A OTRO

_Vos siempre andás de florcita, No tenés renta ni oficio; No has hecho ningún servicio, No has votao ninguna vez, Marchá... para que dejés De andar haciendo perjuicio._

A OTRO

_Dame vos tu papeleta[80] Yo te la voy a tener; Ésta queda en mi poder, Después la recogerás, Y ansí si te resertás Todos te pueden prender._

A OTRO

_Vos porque sos ecetuao Ya te querés sulevar; No vinistes a votar Cuando hubieron eleciones, No te valdrán eseciones, Yo te voy a enderezar._

He dicho ya que la descripción del fortín donde fué a dar Picardía, es una mera redundancia; no obstante, hay en ella una silueta de oficial bribón que merece los honores de la cita:

_De entonces en adelante, Algo logré mejorar, Pues supe hacerme lugar Al lado del ayudante._

_El se daba muchos aires, Pasaba siempre leyendo, Decían que estaba aprendiendo Pa recebirse de flaire._

_Aunque lo pifiaban tanto, Jamás lo ví dijustao. Tenía los ojos paraos Como los ojos de un santo._

_Muy delicao, dormía en cuja[81] Y no sé porqué sería, La gente lo aborrecía Y le llamaban_ LA BRUJA.

_Jamás hizo otro servicio Ni tuvo otras comisiones, Que recebir las raciones De víveres y de vicios._

Parientes del coronel o de algún personaje notorio, aquellos favoritos, temporalmente sustraídos a la protesta social por alguna sonada trapacería, eran los regalones del cuerpo donde procuraban restaurar, con la fama perdida, su agotamiento de calaveras. Mezcla de truhán y de seminarista, el tipo aquél parece salirse, literalmente, de las escasas redondillas donde la mano maestra lo ha clavado como un insecto, sin necesitar más que esos cuatro alfileres para revelarnos completa su anatomía.

Un breve romance sirve luego de introducción a la payada entre Martín Fierro y el negro. Obsérvese cómo sin perder nada de su estructura local, el idioma adquiere, naturalmente, la manera narrativa del antepasado español:

_Esto cantó Picardía Y después guardó silencio. Mientras todos celebraban Con placer aquel encuentro. Mas una casualidá, Como que nunca anda lejos, Entre tanta gente blanca Llevó también a un moreno, Presumido de cantor Y que se tenía por güeno. Y como quien no hace nada, O se descuida de intento, Pues siempre es muy conocido Todo aquel que busca pleito, Se sentó con toda calma, Echó mano al estrumento, Y ya le pegó un rajido[82] --Era fantástico el negro-- Y para no dejar dudas Medio se compuso el pecho. Todo el mundo conoció La intención de aquel moreno: Era claro el desafío Dirigido a Martín Fierro, Hecho con toda arrogancia, De un modo muy altanero. Tomó Fierro la guitarra, Pues siempre se halla dispuesto, Y ansí cantaron los dos En medio de un gran silencio._

La payada es una composición muy desigual: dijérasela un resumen de todas las buenas y malas cualidades de nuestro poeta. Como lance filosófico, resulta en muchas partes forzado y lleno de violentas pretensiones literarias. Aunque el negro afirma que fué educado por un fraile, como suele, efectivamente, suceder, pues el servicio del cura es ocupación de negritos, su sabiduría nos resulta desplazada. En cambio, cuando los payadores hacen gala de sus conocimientos campestres, el asunto recobra todo su interés; las réplicas son oportunas y originales. Así el negro en su exordio:

_Mi madre tuvo diez hijos, Los nueve muy rigulares; Tal vez por eso me ampare La Providencia divina: En los güevos de gallina El décimo es el más grande._

Y Fierro en su réplica final:

_La madre echó diez al mundo, Lo que cualquiera no hace, Y tal vez de los diez pase Con iguales condiciones: La mulita pare nones Todos de la mesma clase._

O en otra parte:

_Moreno, alvierto que tráis Bien dispuesta la garganta; Sos varón, y no me espanta Verte hacer esos primores: En los pájaros cantores Sólo el macho es el que canta._

A lo cual el negro contesta:

_A los pájaros cantores Ninguno imitar pretiende; De un don que de otro depende Naides se debe alabar, Pues la urraca apriende a hablar, Pero sólo la hembra apriende._

Los temas propuestos, hállanse asimismo, llenos de grandeza épica; el canto del cielo, el canto de la tierra, el canto del mar. Adviértese que el poeta se ha engrandecido con su propio asunto; y aunque, dados los protagonistas, era sumamente difícil no incurrir en vulgaridad o amaneramiento, ideas y expresiones alcanzan con frecuencia el tono debido, sin dejar de ser enteramente gauchas. Para salvar esta dificultad, quizá la más grande en todo el poema, le basta con ser natural y veraz como de costumbre. Así evidencia, lo cual es un timbre de honor para nuestra raza, que el alma gaucha era capaz de concebir en los grandes fenómenos naturales una trascendencia filosófica, y conserva al género, directamente derivado de los trovadores, su inclinación característica.

Mas el estilo va desmayando a la par del asunto, como sucede en casi todas las composiciones análogas. Los consejos finales del cantor, recuerdan con desventaja aquellos otros del viejo Viscacha, tan llenos de observación pintoresca y de gracia proverbial. La moraleja es la debilidad de la fábula; y cuando nuestro poeta hace moral con palabras, no con actos, renuncia a la eficacia práctica del ejemplo que constituye todo el sistema docente en la materia, así como al don más característico de su estética. Pero este mismo defecto revela su sinceridad. Es que no se trata de una obra preceptuada, sino de un manantial que ha corrido a despecho de su propio creador. Sus sinuosidades, sus estancamientos, sus vueltas sobre sí mismo, su lodo y sus guijarros, su turbulencia y su claridad, hay que apreciarlos en conjunto, puesto que así constituyen su ser. La vida heroica de la raza, sintetizada en una grande empresa de justicia y de libertad, constituye su mérito y determina su excelsa clasificación. Pero ella no transcurre, naturalmente, sin dolores y sin miserias; es decir, sin los episodios ingratos que constituyen las piedras brutas sobre las cuales, arrastrándose, talla el arroyo su cristal. La limpieza del establo famoso, es también uno de los trabajos de Hércules. Los mismos númenes creadores coronan su obra primordial, construyendo un hombre de barro. Y nosotros somos ese limo, y nuestras lágrimas son aquella agua que se le escapa por los poros en divina clarificación. No achaquemos al arquitecto la vileza del material con que está obligado a construir. Él es, por el contrario, quien lo exalta, amoldándolo a la belleza prototípica que está en él, como están en el seno maternal la forma y el destino de la primera copa; ordenándolo con su ciencia nativa, elevándolo con el ímpetu de sus alas, del propio modo que la golondrina lleva un poco del barrizal a la cornisa de la torre.

NOTAS:

[72] Otras cuarenta como las cartas de la baraja usual entre los gauchos que desechan los ochos y los nueves. En el preludio de la primera parte había dicho, precisamente, que su pensamiento jugaba "con oros, copas y bastos".

[73] Nombre de la caña que solía ser el asta de la lanza: la lanza misma por antonomasia.

[74] Indio. Ver el Tomo II.

[75] Girar en las patas sobre un cuero, sin salir de él, es la prueba más completa de buena rienda que puede dar un caballo. La expresión "como trompo en la boca", significa que siendo de boca tan blanda, gira como un trompo.

[76] Como si estuviera jugando sólo al juego del monte.

[77] Para asar la carne, ensartábanla los gauchos en un palo o en un espeque de fierro.

[78] Las piernas; por lo mucho que se destacan las del animal, siendo rojas, cuando corre.

[79] Equívoco entre "arrimarle los huesos", o sea acostarse con ella, y poner huesos en la puerta del horno, para que allá encendidos, preserven con su lento calor la entrada del aire. De aquí la respuesta que da la moza.

[80] La libreta del enrolamiento militar.

[81] Cama de madera. Es una generalización a esta clase de lechos, del cabezal que recibe aquel nombre en castellano.

[82] Rasgueo.

X

=El linaje de Hércules=

Monumento, ya se lo erigió el poeta en esa perpetuidad de la fama con que el verso del otro dió parangón al metal[83]. Mas el pueblo le debe todavía aquella prenda de su gratitud. Martín Fierro necesita su bronce. Éste será la carne heroica en la cual hemos de encerrar su espíritu para que así rehabite entre nosotros una materia, al fin, análoga. Porque, efectivamente, él mismo habíasela formado. De tierra pampeana y de sol nuestro, de trabajo y de dolor que nos pertenecen, estaba construído aquel antecesor. Como en la aleación donde se combinan la rojura y la palidez de los sendos metales, el furor de la llama original ennoblecía su raza. Y de arder así, habíase puesto moreno. Mas la substancia de ese sol y de esa pena refundidos en su ser, comunicábanle aquella sensibilidad musical que da el oro al timbre de la campana. Adentro estaba el gran corazón, expandiéndose a badajadas que dolían de golpear el propio pecho, para resonar en palabras armoniosas el lenguaje del alma. Y éste era, a su vez, la anunciación de la aurora. El metal aun denso de terráquea pesadumbre parece que va dilatando el cielo en vibraciones de luminosa sonoridad, como el busto del nadador sobre las aguas concéntricas; su canto de gloria promueve las innúmeras voces del aire, que con alegría infantil, parece reir, granizado en perlas; pero la gravedad de su tenor, comunícale al mismo tiempo elocuencia de vocablo rotundo; la índole mineral estalla en resonancias de combate; el tono heroico emana de su fortaleza, bien que pronto conmovido en voces de canción o exaltado en alegre intrepidez de gorgeo; allá muy lejos, sobre las montañas y las arboledas, que son las costas del aire, desmenúzase el són en cristales de agua esplayada; y de este modo la tierra y el cielo unen sus voces en la vibración de aquel pedazo de materia cuya facultad maravillosa es, sin embargo, la más elemental de las propiedades.

Así la poesía en el alma de ese gaucho; la poesía de la raza, que bien merece, a mi ver, una caracterización monumental. Inconsciente de su mérito, como la pampa cantada de su belleza, esta ingenuidad nativa es otra razón para decretarle el triunfo póstumo que ni siquiera sospechó. El hombre del campo encontrará en ello una enseñanza. Cuando colgó de un horcón de su rancho el cuaderno ordinario junto con la guitarra compañera, hizo como aquellas aves que adornan con flores sus nidos. Y entonces la estatua de la ciudad, realzará la delicadeza de sus sentimientos como un certificado ilustre. Por ella sabrá que el autor de los versos amados, si habla como él, es también un grande entre los hombres. Vinculado a la vida superior del espíritu con los habitantes de la ciudad, esta unión de todos en el mismo noble culto, dará un concepto superior al sentimiento fraternal de la ciudadanía. No sólo con símbolos generales del trabajo campestre, hemos de realzar dicho esfuerzo. Poca es la influencia que ellos tienen sobre el alma del pueblo, escasamente inclinado a generalizar. La individualización de la estatua con que celebramos al poeta y al héroe, ofrécele, en cambio, una prolongación objetiva de aquellas vidas excelentes, con las cuales siéntese contemporáneo, o sea naturalmente inclinado a concebir la idea de la inmortalidad. No es lo mismo decir a un labriego, "este monumento representa el trabajo de la agricultura o de la ganadería", que llevarlo ante la estatua de un hombre y hacerle ver en ella al general San Martín que nos dió libertad, o al poeta Hernández que compuso los versos de Martín Fierro. Mejor todavía si la efigie es sencilla y su actitud natural; si no está el personaje encaramado en esos decorativos corceles, o envuelto en esos mantos teatrales con que la impotencia retórica disimula una irremediable incapacidad de grandeza. Mejor, porque en vez de un ídolo habremos representado un hombre, es decir, el elemento que necesitamos valorar. Así procedía el arte ejemplar de los griegos; pues aquellos sus dioses de mármol proponían a la raza modelos superiores de su propio tipo, en la plenitud de una vida superior que ennoblecía la materia por medio del espíritu. Las estatuas dispuestas en actitud extraordinaria, que es decir, sugestiva de seres originariamente superiores a los mortales, fueron creaciones del despotismo oriental introducidas por su congénere romano, cuando la expansión de la conquista comunicó aquel vicio, por contacto, a los jefes de las legiones. Ellas representaban el derecho divino, la naturaleza predestinada de los reyes que lo encarnan, resultando, así, distintos de sus súbditos por razón de calidad. La estatua fué símbolo de aquella pretensión que sujeta la condición humana a la fatalidad del nacimiento, y con ello organiza el mundo en un sistema inconmovible de servidumbre: arriba, los amos; abajo los siervos. Y esto, sin esperanza de cambio, desde que ambas posiciones son, para unos y otros, resultados de sus distintas naturalezas.

El cristianismo, religión oriental a su vez, robusteció aquel principio no bien su alianza con los emperadores indújolo a renegar el helenismo en el cual primero habíase injertado para poder prosperar. Y los pontífices cubiertos de mitras asiáticas, envueltos en oro hasta disimular completamente la forma humana como las momias de los faraones, sometidos al rigor de movimientos hieráticos que repetían las actitudes sobrehumanas de los dioses--tanto más temibles cuanto eran más diversos de la triste humanidad, más lejanos en su misterio--encarnaron el dogma de obediencia con terrible perfección. Para mejor dominar los espíritus, impusieron, so pena de condenación irrevocable, creencias que ellos mismos declaraban absurdas, como lo es la naturaleza distinta atribuída a los reyes; pues sólo cuando el hombre abdica su razón, que es el móvil de la libertad, resulta perfecta la obediencia. Y así quedó interrumpido en el mundo el desarrollo normal de la civilización helénica.

Pero ésta era un producto natural de cierta región y de cierta raza, predestinadas por causas que ignoramos, a realizarla sobre la tierra; y seguro que no bien se hallara en condiciones de reaccionar, tomaría otra vez la dirección interrumpida.

Esto sucedió cuando la Iglesia, creyendo poseer el Occidente como dominio propio en el cual eran feudatarios los reyes, empezó a maniobrar para apoderarse del Oriente cuya infidelidad contrariaba sus pretensiones al imperio universal. Empeñada en este propósito, descuidó por cerca de tres siglos su dominio europeo, al paso que ocupaba y empobrecía en lejanas guerras sus más fieles campeones. Al mismo tiempo, su unidad tradicional con el cesarismo habíase roto por la base, al volvérsele enemigos los emperadores germánicos. Por último, una corrupción sin precedentes, hacía del pontificado la corte más disoluta de Europa. Grecia no existía por entonces en la antigua península, ni en las tierras del Asia Menor, ni en aquella Sicilia de los filósofos, pues las tres eran posesiones musulmanas. Sólo quedaba la antigua zona de Provenza, donde los últimos herejes conservaban a ocultas la protesta viva del helenismo. Maniqueos y carpocracianos, seguían representando allá la expansión extrema de aquel fenómeno, o sea el ideal racionalista y comunista de la sociedad sin gobierno político, adaptado a las formas cristianas: el mismo que los gnósticos del siglo II habían formulado en Egipto para conciliar la nueva religión con el paganismo expirante, en un común propósito de civilización progresiva. Y tan poderosa era aquella raíz, que apenas Sicilia cayó en poder de Federico II de Hohenstaufen, volvieron a florecer en ellas la cultura y el racionalismo paganos, bajo el estímulo de aquel emperador enemigo de los papas cuya figura fué el prototipo precoz de los grandes soberanos del Renacimiento.

La Provenza empezó a restaurar aquella civilización helénica, tipificándola a su vez en dos personajes de ralea hercúlea: el trovador y el paladín. Ambos representaron el ideal de justicia reasumida como un bien personal, inherente a la condición humana, o sea lo contrario de la gracia bajo cuyo concepto el dios del papa formulaba dicha justicia en mandamientos penales emanados de su divina superioridad; y el culto de la mujer, a quien la Iglesia consideraba como la representación de uno de los enemigos del alma.

Los mismos soberanos pusiéronse a la cabeza de aquel vasto movimiento. Jaime II de Aragón reconoció a la sombra de la mujer el mismo derecho de asilo inviolable que a las iglesias; y con la sola excepción de los asesinos, sus leyes prohibían prender bajo ningún otro pretexto a todo el que fuese acompañando una dama.

El trovador fué el consejero de los reyes y hasta el rival afortunado, como aquel Beltrán de Born que arrebató al conde de Tolosa, a Alfonso de Aragón y a Guillermo de Bretaña, los tres príncipes más poderosos de la región, el amor de Matilde de Montañac. Fué también el crítico a quien todo se permitía, el postulante de nobleza que ganaba con sus versos; el fundador de una democracia intelectual donde todos los esfuerzos, sin excluir los del artesano y el comerciante, abrían campo a los más ilustres destinos.

Al mismo tiempo, la ciencia florecía en la persona de sabios tan eminentes como Raymundo Lulio. El latín transformábase en idiomas de genuina vitalidad como aquella fabla catalana, la más antigua de todas sus congéneres, que ya era corriente en Arles allá por el siglo IX. Toda la costa del Mediterráneo, desde el Portugal hasta la Liguria, experimentaba su influencia; y aquellos trovadores que habían suscitado con las cruzadas, cuyos agentes los más activos fueron, la primera expansión intercontinental de la Europa cristiana, resultaron los antecesores de los grandes navegantes, cuya fama culminaría en la empresa del ligur Cristóbal Colón.

Los juegos florales y los tribunales de honor, instituciones civilizadoras, si las hay, estableciéronse en toda Europa. Bajo aquel impulso de cultura, la Universidad de París llegó a contar cuarenta mil alumnos. En la caballeresca y poética Borgoña, que era uno de los focos civilizadores, la famosa abadía de Cluny alcanzó esplendor sin igual en la ciencia y en el arte. Y como los trovadores eran cumplidísimos caballeros que abonaban en el combate la doctrina heroica elogiada por sus canciones, la caballería resultó fruto natural de aquel magnífico florecimiento. El torneo fué el tribunal del honor, correspondiente a la corte de amor donde sentenciaba la gracia. Aquellas dos formas superiores de la vida exaltada en belleza, restablecieron la palestra antigua, escuela de análogas costumbres. El mundo entero reconoció su influencia. Hasta los sarracenos enemigos contra los cuales guerreaba en Palestina la Cristiandad, apreciaban como era debido semejantes instituciones; y así, Saladino pidió al rey de Inglaterra, su digno rival, que lo armase caballero.

Pues aquel célebre paladín del corazón de león, contemporáneo por cierto, sintetizó en su persona los dones epónimos, siendo el representante invencible de la caballería y el poeta de las coplas durante varios siglos populares.

Los poemas épicos de la Cristiandad, nacieron entonces, como debía suceder, al tratarse de la época heroica por excelencia. Su poesía que formulaba, a la vez, el ideal dominante y los dechados de las costumbres, establece de una manera palmaria la vinculación con el helenismo. Pues no fué sino la adaptación cumplida de la Ilíada y de la Odisea, que todavía en el siglo XIV engendraba la _Crónica Troyana_ conservada por el códice gallego de la Biblioteca de Madrid.