El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa

Part 18

Chapter 183,471 wordsPublic domain

Dos cuadros de salvaje grandeza componen la narración del protagonista, resumiendo la vida de los bárbaros. El primero es la proclama que termina el parlamento donde se ha decidido una invasión:

_Volvieron al parlamento A tratar de sus alianzas, O tal vez de las matanzas, Y conforme les detallo, Hicieron cerco a caballo Rescostandosé en las lanzas._

_Dentra al centro un indio viejo Y allí a lengüetiar se larga; Quién sabe qué les encarga, Pero toda la riunión Lo escuchó con atención Lo menos tres horas largas._

_Pegó al fin tres alaridos Y ya principia otra danza; Para mostrar su pujanza Y dar pruebas de jinete, Da riendas rayando el flete Y revoliando la lanza._

_Recorre luego la fila, Frente a cada indio se para, Lo amenaza cara a cara, Y en su juria aquel maldito, Acompaña con su grito El cimbrar de la tacuara._[73]

Siguen luego los preparativos del malón:

_Primero entierran las prendas En cuevas, como peludos; Y aquellos indios cerdudos Siempre llenos de recelos, En los caballos en pelos Se vienen medio desnudos._

_Para pegar el malón El mejor flete procuran; Y como es su arma segura Vienen con la lanza sola, Y varios pares de bolas Atados a la centura._

_De ese modo anda liviano, No fatiga el mancarrón; Es su espuela en el malón, Después de bien afilao, Un cuernito de venao Que se amarra en el garrón_.

* * * * *

_Caminan entre tiñeblas Con un cerco bien formao; Lo estrechan con gran cuidao, Y agarran, al aclarar, Ñanduces, gamas, venaos, Cuánto ha podido dentrar._

El baile de las chinas con que se festeja el regreso de la expedición, el relato de la peste, son también cosas épicas; pero veamos el episodio que motiva la fuga del protagonista.

Un día que se halla meditando como era su costumbre ante la tumba de Cruz, oye lamentos de mujer a lo lejos. Era una cautiva a quien maltrataba el amo feroz, atribuyéndole el hechizo de una cuñada. Ennoblecido por su propio dolor, el paladín no podía vacilar. Ante la mujer azotada y cubierta con la sangre de su hijito degollado por el salvaje para mayor tortura, el corazón del bravo recobra todo su brío. La narración de esta pelea, es sencillamente magnífica. Por su movimiento, sus incidentes, su grandeza trágica, las tres figuras de la mártir, del gaucho y del salvaje lacertoso y astuto, puede figurar entre los más bellos episodios de la épica. Aunque es el tercer combate singular del poema, resulta completamente distinto de los otros. Es también el más duro, dada la ferocidad del adversario:

_Porque el indio era valiente: Usaba un collar de dientes De cristianos que él mató._

Obsérvese esta variante que evita la monotonía del episodio: en el combate análogo de la primera parte, Fierro se defiende con las bolas. Ahora es el indio quien maneja aquella arma cuya esgrima conocía, pues, el gaucho, hijo del desierto a su vez. Así, la descripción del tipo es completa hasta en sus menores detalles, sin que éstos resulten nunca excesivos. El ingenio del poeta corre parejas con su gallardía.

_Se debe ser precavido Cuando el indio se agazape. En esa postura el tape[74] Vale por cuatro o por cinco. Como tigre es para el brinco. Y fácil que a uno lo atrape._

_Peligro era atropellar Y era peligro juir; Y más peligro seguir Esperando de este modo, Pues otros podían venir Y carniarme allí entre todos._

* * * * *

_Y como el tiempo pasaba Y aquel asunto me urgía, Viendo que él no se movía, Me juí medio de soslayo Como a agarrarle el caballo A ver si se me venía._

* * * * *

_A la primer puñalada El pampa se hizo un ovillo; Era el salvaje más pillo Que he visto en mis correrías Y a más de las picardías Arisco para el cuchillo._

* * * * *

_Me sucedió una desgracia En aquel percance amargo: En momentos que lo cargo Y que él reculando vá, Me enredé en el chiripá Y cai tirao largo a largo._

* * * * *

_Ni por respeto al cuchillo Dejó el indio de apretarme; Allí pretende ultimarme Sin dejarme levantar, Y no me daba lugar Ni siquiera a enderezarme._

* * * * *

_Bendito Dios poderoso, Quién te puede comprender, Cuando a una débil mujer Le diste en esa ocasión La juerza que en un varón Tal vez no pudiera haber._

_Esa infeliz tan llorosa, Viendo el peligro se anima, Como una flecha se arrima Y olvidando su aflición, Le pegó al indio un tirón Que me lo sacó de encima._

Semejante episodio era común en las peleas campesinas. La intervención de la mujer acentuaba la índole caballeresca del combate. Éste continúa con mayor encarnizamiento cada vez. Mas, ahora, llega su turno al indio avieso:

_Me hizo sonar las costillas De un bolazo aquel maldito; Y al tiempo que le dí un grito Y le dentro como bala, Pisa el indio y se refala En el cuerpo del chiquito._

* * * * *

_En cuanto trastabilló, Más de firme lo cargué; Y aunque de nuevo hizo pié, Lo perdió aquella pisada, Pues en esa atropellada En dos partes lo corté._

Aquella esgrima de las bolas era desconcertante y terrible. Las tres piedras y las tres sogas servían a la vez, cubriendo ventajosamente la guardia. La bola más pequeña, o manija, asíala el guerrero con los dedos de su pié izquierdo desnudo. Una de las dos mayores, tensa en su cordel, manteníala con la mano izquierda a la altura de la cabeza. La tercera quedaba floja y colgando en la mano derecha, con lo que venía a ser el elemento activo del combate. Obligado a retreparse para aumentar la tensión de aquella cuerda, el indio acentuaba en su fiero talante la impresión del peligro. Ambas las manos combinaban sus movimientos para disparar el doble proyectil; y todavía, si se descuidaba el adversario, bastábale aflojar de golpe la manija, que, con la tensión, iba a dar en la pierna de aquél, descomponiendo su firmeza. Así, era difícil entrarle con el cuchillo, mientras no se lograra cortarle una de las sogas.

Era, precisamente, lo que había pasado antes del oportuno resbalón.

Y el desenlace de la lucha se precipita en estas estrofas cruzadas ya por el soplo de la agonía sangrienta y de la fatiga mortal, expresadas con vigor tremendo:

_Lastimao en la cabeza La sangre lo enceguecía; De otra herida le salía Haciendo un charco ande estaba; Con los pies la chapaliaba Sin aflojar todavía._

_Tres figuras imponentes Formábamos aquel terno: Ella en su dolor materno, Yo con la lengua de juera, Y el salvaje como fiera Disparada del infierno._

_Iba conociendo el indio Que tocaban a degüello; Se le erizaba el cabello Y los ojos revolvía, Los labios se le perdían Cuando iba a tomar resuello._

Esa respiración anhelosa, que absorbe los labios como en un _rictus_ de agonía, era el detalle más imponente de semejantes luchas. Quien ha presenciado el fenómeno, difícilmente lo olvidará: la expresión de la boca determina toda la fisonomía de la fiera.

Muerto el salvaje, era forzoso evitar con la fuga la venganza inexorable. El gaucho ofrece a la cautiva su cabalgadura; él se acomoda en la del enemigo, y entonces, como un himno de victoria, el elogio del caballo levanta el ánimo con soberbia digresión. A semejanza del árabe antepasado, la libertad que recobra parece corporificarse en un canto al primero de sus bienes y al mejor de sus cariños:

_Yo me le senté al del pampa, Era un escuro tapao; Cuando me veo bien montao, De mis casillas me salgo, Y era un pingo como galgo Que sabía correr boliao._

_Para correr en el campo No hallaba ningún tropiezo; Los ejercitan en eso, Y los ponen como luz: De dentrarle a un avestruz Y boliar bajo el pescuezo._

_El pampa educa el caballo Como para un entrevero. Como rayo es de ligero En cuanto el indio lo toca, Y como trompo en la boca, Dá güeltas sobre de un cuero_[75]

_Lo varea en la madrugada, Jamás falta a este deber; Luego lo enseña a correr Entre fangos y guadales; Ansina esos animales Es cuánto se puede ver._

_En el caballo de un pampa No hay peligro de rodar; Jué pucha... y pa disparar Es pingo que no se cansa; Con proligidá lo amansa Sin dejarlo corcobiar._

_Pa quitarle las cosquillas, Con cuidao lo manosea; Horas enteras emplea, Y por fin, solo lo deja, Cuando agacha las orejas Y ya el potro ni cocea._

* * * * *

_El animal yeguarizo, Perdonenmé esta alvertencia, Es de mucha conocencia Y tiene mucho sentido: Es animal consentido, Lo cautiva la pacencia._

Atraviesan el desierto, entre mil penurias, hasta alcanzar la seguridad en tierra de cristianos. Y aquí, bajo la trivialidad aparente de la narración, despunta uno de los rasgos más nobles de aquella poesía tan llena de puro sentimiento y de salud moral:

_Ahi mesmo me despedí De mi infeliz compañera:_ "_Me voy, le dije, ande quiera,_ "_Aunque me agarre el gobierno,_ "_Pues infierno por infierno,_ "_Prefiero el de la frontera._"

Cualquier romántico vulgar habría aprovechado el percance para una aventura amorosa, después de todo natural en aquel hombre afligido por un celibato de cinco años. Por pasividad gaucha y por gratitud, la mujer tampoco habría resistido. Pero la generosidad del paladín, ignora estas complicaciones pasionales. Ni una sombra de egoísmo empañará su buena acción. Ni siquiera en ósculos dolorosos sabría cobrar al débil el precio de su hazaña. Modelo de varón, su castidad, como el aseo de la espada, es la belleza de su fuerza.

Pasemos el canto XI, mero eslabón narrativo del encuentro con los hijos, así como el XII que narra los dolores del primero de aquéllos en la cárcel, para llegar cuanto antes a los siete siguientes, obra maestra de picardía gaucha en la cual es difícil decidir lo mejor, tal resulta de completa.

Pero, aun cuando el citado canto XII sea tan débil, ofrece una vez más la prueba, que no quiero desdeñar, de la propiedad perfecta, casi digo de la moralidad con la cual Hernández trató su tema. Obsérvase, efectivamente, mayor corrección, o mejor dicho, cultura que la habitual, así en el lenguaje como en las reflexiones del narrador. A primera vista, eso parece falso y desagrada. Después se nota que es una influencia del ambiente urbano, aun cuando haya sido en el presidio. Así puede comprobarlo cualquiera con los gauchos que salen de la cárcel: son, a no dudarlo, más ladinos. Sin contar lo que debe contribuir al indicado efecto, la concentración del alma en su triste soledad.

Volvamos al chisporroteo de la verba picaresca, en lo que sigue.

Trátase ante todo, de la tutela ejercida sobre el segundo hijo de Martín Fierro por el famoso viejo _Viscacha_, nuestro tipo proverbial por excelencia.

No es el caso de transcribir su retrato y sus consejos que todos sabemos de memoria, su enfermedad y su acción corruptora sobre el joven pupilo, a quien un juez bribón ha colocado bajo la férula de semejante zorrocloco, para usurpar a mansalva su mezquino haber.

Insistiré, apenas, sobre un detalle que demuestra la veracidad del poema, como resultado de una observación genial, equivalente, en el caso, a la más exacta conclusión científica.

La enfermedad del viejo empezó por un tubérculo axilar, para transformarse luego en la fiebre delirante que ocasionó su muerte. Ahora bien, el doctor don Arturo Ameghino, tuvo la bondad de precisar el diagnóstico que yo me sospechaba.

Es evidente que se trata de un tumor golondrino cuya infección hubo de convertirse en septicemia, propagada por el desaseo del sujeto y por el alcoholismo predisponente. Esta última circunstancia es la que determina el delirio típico, caracterizado por el acto de arañar las paredes y por las visiones terroríficas.

Mi fe inquebrantable en que todo cuanto dice el poema es verdad, habíame indicado el buen camino; pues el poeta verdaderamente digno de este nombre, todo lo sabe, desde que nace poseyendo el secreto de la vida. Una observación, para otros insignificante, enséñale las recónditas analogías que forman la trama oculta de los fenómenos; y así es como se adelanta a los resultados idénticos del análisis, más allá de su propia conciencia. Mientras los demás saben porque han estudiado, él siente, como un resultado de armonía, la ley trascendental en cuya virtud la vida obra.

La divertida descripción del inventario que practica el alcalde, patentiza una vez más el poder asombroso de aquel verbo, capaz de producir el más alto interés cómico con la enumeración de semejante congerie. Están todos los rasgos típicos del paisano ratero que corta las argollas de las cinchas y entierra las cabezas de los carneros robados, para ocultar, así, las señales denunciadoras de las orejas. El consabido episodio de vida rural anima aquella descripción, no bien puede resultar monótona. Véase cómo sobreviene esta disgresión, tan oportuna entre los comentarios sobre las trapacerías del viejo:

_Se llevaba mal con todos, Era su costumbre vieja El mesturar las ovejas; Pues al hacer el aparte, Sacaba la mejor parte Y después venía con quejas._

_Dios lo ampare al pobrecito, Dijo en seguida un tercero; Siempre robaba carneros, En eso tenía destreza: Enterraba las cabezas, Y después vendía los cueros._

_Y qué costumbre tenía Cuando en el jogón estaba; Con el mate se agarraba Estando los piones juntos: Yo tallo, decía, y apunto,[76] Y a ninguno convidaba._

_Si ensartaba algún asao,[77] Pobre, como si lo viese: Poco antes de que estuviese, Primero lo maldecía, Luego después lo escupía Para que naides comiese._

_Quien le quitó esa costumbre De escupir el asador, Jué un mulato resertor Que andaba de amigo suyo; Un diablo muy peliador Que le llamaban_ Barullo.

_Una noche que les hizo Como estaba acostumbrao, Se alzó el mulato, enojao, Y le gritó, viejo indino, Yo te he de enseñar, cochino, A echar saliva al asao._

_Lo saltó por sobre el juego Con el cuchillo en la mano. ¡La pucha el pardo liviano! En la mesma atropellada Le largó una puñalada Que la quitó otro paisano._

_Y ya caliente,_ Barullo, _Quiso seguir la chacota; Se le había erizao la mota Lo que empezó la reyerta. El viejo ganó la puerta Y apeló a las de gaviota._[78]

Los tres versos finales de la penúltima estrofa, describen el movimiento vivísimo de tres personajes. La propia mímica de esa acción, sería menos expresiva. Por esto, la lectura del poema en los fogones rurales, causa el efecto de una representación teatral. Es de oir las interjecciones, las carcajadas que lo comentan. Y este sólo efecto de la lectura sobre aquellos iletrados, es ya una obra de civilización. Así, por medio de la filosofía y del arte, enseñó la lira antigua a los pastores bravíos el encanto del hogar y, consecutivamente, el bien de la patria.

Aquella verba cómica encuentra acto continuo nuevo pretexto en las penas de amor del muchacho abandonado que se prenda de una viuda desdeñosa, para entretenernos con inagotable gracia.

Es común en nuestras campañas que los gauchos jóvenes se casen con viudas ya provectas. El hijo de Martín Fierro adolece de la misma inclinación, y para libertarse de la ingrata, recurre a las brujerías de un adivino. La consabida farmacopea que ha de curar el cojijo amoroso, es otra obra maestra de ironía gaucha. Trátase de un verdadero esbozo de comedia moral, enderezada contra las supersticiones populares; pues los más grandes épicos jamás desdeñaron la oportunidad de criticar malas costumbres, si ella les salía al paso, al ser sus poemas síntesis prácticas de los tres principios cardinales: belleza, bien y verdad. Así el Dante, entre muchos pasajes análogos:

* * * * *

_Tempo futuro..................._

* * * * *

_Nel qual sará in pergamo interdetto Alle sfacciate donne fiorentine L'andar mostrando con le poppe il petto._

Con profunda lógica de conjunto, que a la vez completa el esbozo cómico, el cura, uno de esos divertidos clérigos de campaña para quienes son diezmo pascual las gallinas gordas y las viudas de buen pellizcadero, interviene con decisiva eficacia:

_Ansí me dejaba andar, Hasta que en una ocasión, El cura me echó un sermón Para curarme sin duda,_ _Diciendo que aquella viuda Era hija de confisión._

_Y me dijo estas palabras Que nunca las he olvidao: Has de saber que el finao Ordenó en su testamento Que naides de casamiento Le hablara en lo sucesivo, Y ella prestó juramento Mientras él estaba vivo._

_Y es preciso que lo cumpla Porque ansí lo manda Dios; Es necesario que vos No la vuelvas a buscar, Porque si llega a faltar Se condenarán los dos._

_Con semejante alvertencia Se completó mi redota; Le ví los pies a la sota, Y me le alejé a la viuda, Más curao que con la ruda Con los grillos y las motas._

_Después me contó un amigo, Que al Juez le había dicho el cura Que yo era un cabeza dura Y que era un mozo perdido; Que me echara del partido Que no tenía compostura._

Y así anduvo vagando el infeliz, hasta que la casualidad le ocasionó el encuentro con su padre.

Análoga es la historia de _Picardía_, el hijo huérfano de Cruz.

Explotado por un patrón sin conciencia, fúgase con una compañía de volatines; en Santa Fe, encuentra unas tías que lo protejen; mas son tan beatas, que no tardan en acobardarlo con sus rezos; entonces vuélvese jugador, despoja de su pacotilla a cierto napolitano chamarilero y la intervención policial ocasionada por este episodio, inicia sus desventuras. Persíguenlo, mándanlo a la frontera, y de allá ha vuelto más desvalido que nunca.

Esta narración es, sobre todo, abundante en personajes típicos. Primero, el protagonista, muchachón despejado y crápula que conoce al dedillo todas las malas artes de vivir, desde la maroma hasta el naipe floreado, sin bien conserva un fondo intacto de moral en la salud de su propia alegría. De este modo, apenas la existencia le ofrece coyuntura favorable, arrepiéntese para hacer honor al nombre que sin saberlo llevaba. Después, la habitual caracterización en dos rasgos:

_Un nápoles mercachifle, Que andaba con un arpista, Cayó también en la lista Sin dificultá ninguna: Lo agarré a la treinta y una Y le daba bola vista._

Los gringos buhoneros, solían acompañarse con uno de esos músicos ambulantes, para atraer clientela y jugar a medias en las pulperías. Ya dije, al tratar de la poesía gaucha, que ambos personajes, adecuados naturalmente a nuestro medio y nuestras costumbres, reproducían la clásica pareja provenzal y arábiga del trovador con su juglar. El arpista, generalmente santiagueño, era también un poco brujo: condición de juglar a su vez; soliendo contribuir no poco al prestigio de su profesión, la lengua quichua que en sus ensalmos usaba. El despojo del malaventurado comerciante, chispea de malicia gaucha:

_Lo hubieran visto afligido Llorar por las chucherías: "Ma gañao con picardía", Decía el gringo y lagrimiaba, Mientras yo en un poncho alzaba Todita su merchería._

Ahí se presenta la policía, y esto forma un trozo que es necesario citar completo para gozar debidamente su refocilo:

_Pero poco aproveché De fatura tan lucida: El diablo no se descuida, Y a mí me seguía la pista Un ñato muy enredista Que era oficial de partida._

_Se me presentó a esigir La multa en que había incurrido: Que el juego estaba prohibido, Que iba a llevarme al cuartel... Tuve que partir con él Todo lo que había alquirido._

_Empecé a tomarlo entre ojos Por esa albitrariedá. Yo había ganao, es verdá, Con recursos, eso sí; Pero él me ganaba a mí Fundao en su autoridá._

_Decían que por un delito Mucho tiempo anduvo mal; Un amigo servicial Lo compuso con el juez, Y poco tiempo después Lo pusieron de oficial._

_En recorrer el partido Continuamente se empleaba; Ningún malevo agarraba, Pero traiba en un carguero, Gallinas, pavos, corderos. Que por ahi recoletaba._

_No se debía permitir El abuso a tal extremo. Mes a mes hacía lo mesmo, Y ansí decía el vecinario, "Este ñato perdulario Ha resucitao el diezmo"._

_La echaba de guitarrero Y hasta de concertador; Sentao en el mostrador Lo hallé una noche cantando, Y le dije, co...mo quiando Con ganas de oir un cantor..._

_Me echó el ñato una mirada Que me quiso devorar; Mas no dejó de cantar Y se hizo el desentendido, Pero ya había conocido Que no lo podía pasar._

_Una tarde que me hallaba De visita, vino el ñato, Y para darle un mal rato Dije juerte:--Ñato...ribia No cebe con la agua tibia... Y me la entendió el mulato._

_Era el todo en el jujao, Y como que se achocó, Ahi no más me contestó: --Cuando el caso se presiente, Te he de hacer tomar caliente, Y has de saber quen soy yo._

_Por causa de una mujer Se enredó más la cuestión; Le tenía el ñato afición, Ella era mujer de ley, Moza con cuerpo de güey Muy blanda de corazón._

_La hallé una vez de amasijo, Estaba hecha un embeleso; Y le dije--Me intereso En aliviar sus quehaceres, Y ansí, señora, si quiere, Yo le arrimaré los güesos[79]._

_Estaba el ñato presente Sentado como de adorno. Por evitar un trastorno Ella, al ver que se dijusta, Me contestó--Si usté gusta Arrímelos junto al horno._

_Ahi se enredó la madeja Y su enemistó conmigo; Se declaró mi enemigo, Y por aquel cumplimiento, Ya solo buscó el momento De hacerme dar un castigo._

* * * * *