El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa

Part 17

Chapter 173,695 wordsPublic domain

_Se tiró al suelo al dentrar, Le dió un empellón a un vasco[69] Y me alargó un medio frasco Diciendo--Beba, cuñao. --Por su hermana, contesté, Que por la mía no hay cuidao._

--_Ah, gaucho, me respondió, De qué pago será criollo! Lo andará buscando el hoyo? Deberá tener güen cuero? Pero ande bala este toro No bala ningún ternero._

_Y ya salimos trensaos, Porque el hombre no era lerdo; Mas, como el tino no pierdo, Y soy medio ligerón, Lo dejé mostrando el sebo[70] De un revés con el facón._

Hemos presenciado el peculiar combate con los indios y el duelo campestre. La pelea decisiva con los gendarmes de campaña, ofrece mayor interés, quizá; pues lo curioso es que las situaciones semejantes, en vez de agotarlo, enriquecen el ingenio de este hombre. La vida del paladín es una sucesión de combates, y aquí está su enorme dificultad descriptiva. No conozco sino Cervantes que la haya vencido con desembarazo igual.

Con aquel nuevo delito, el gaucho aíslase más todavía. Sólo de tarde en tarde llega a las casas de su amistad. Durante la noche, duerme a medias en pleno campo, buscando las viscacheras para abrigarse los pies en su hueco, mientras con el resto del cuerpo afuera, la playita circundante, despejada por los roedores, da campo a su visión y tabla sonora a su oído.

_Me encontraba, como digo, En aquella soledá, Entre tanta escuridá, Echando al viento mis quejas, Cuando el grito del chajá Me hizo parar las orejas._

Obsérvese la sugestión de noche en el desierto, de congoja insomne y de triste desamparo que inspiran los cuatro primeros versos:

_Me encontraba......... En aquella soledá, Entre tanta escuridá, Echando al viento mis quejas..._

Esos momentos de purificación al rigor de la propia amargura, son, como la música triste, predisponentes de heroísmo.

Así atento, como el caballo con las orejas empinadas, según su exacto símil, el gaucho pronto conoce que vienen en su busca. El apronte para combatir, está narrado en una sola estrofa que describe con admirable precisión todos los movimientos del caso. Su vivacidad es tal, que recuerda la expresión de una pantomima:

_Me refalé las espuelas Para no peliar con grillos; Me arremangué el calzoncillo Y me ajusté bien la faja, Y en una mata de paja Probé el filo del cuchillo._

Y luego, la lucha, de cuya descripción tomaré estos episodios:

_Me juí reculando en falso Y el poncho adelante eché, Y cuanto le puso el pié Uno medio chapetón, De pronto le dí el tirón Y de espaldas lo largué._

* * * * *

_Pegué un brinco y entre todos Sin miedo me entreveré; Hecho ovillo me quedé Y ya me cargó una yunta, Y por el suelo la punta De mi facón les jugué._

_El más engolosinao Se me apió con un hachazo; Se lo quité con el brazo, De no, me mata los piojos; Y antes de que diera un paso Le eché tierra en los dos ojos._

_Y mientras se sacudía Refregandosé la vista, Yo me le juí como lista Y ahí no más me le afirmé, Diciendolé ¡Dios te asista! Y de un revés lo voltié._

Por lo mismo que es valeroso, no oculta su miedo:

_Por suerte, en aquel momento Venía coloriando l'alba; Y yo dije, si me salva La Virgen en este apuro, En adelante le juro Ser más güeno que una malva._

Entonces interviene Cruz, como dije más arriba. La amistad que sellan con numerosos tragos al porrón confortante, inspira a aquél la narración de su vida. La introducción de esta historia es un soberbio reto al destino:

_Amigazo, pa sufrir Han nacido los varones: Estas son las ocasiones De mostrarse el hombre juerte, Hasta que venga la muerte Y lo agarre a coscorrones._

* * * * *

_A mí no me matan penas, Mientras tenga el cuero sano; Venga el sol en el verano, Y la escarcha en el invierno. Si este mundo es un infierno ¿Por qué aflijirse el cristiano?_

La narración de la pelea, ha concluído, entretanto, con un rasgo épico que podríamos llamar de familia, tan característico es él en la epopeya caballeresca.

_Yo junté las osamentas, Me hinqué y les recé un Bendito, Hice una cruz de un palito Y pedí a mi Dios clemente, Me perdonara el delito De haber muerto tanta gente._

En el antiquísimo poema _Gualterio de Aquitania_, que remonta probablemente al siglo IX, el héroe procede lo mismo con los cadáveres de diez campeones que lo atacaron. Después de reunirlos y llorar sobre su triste suerte, agradece a Dios la protección que le ha prestado, y le ruega que un día le haga encontrar aquellos héroes en el cielo.

Ignoro si Hernández conocía este poema, aunque supongo que nó. No eran éstas sus lecturas habituales, ni solían ellas figurar en la erudición de sus contemporáneos; pero, aunque así hubiera sucedido, el hecho de cuadrar tan bien aquel rasgo a su protagonista, demuestra la naturaleza épica de la composición, así como el espíritu caballeresco del gaucho. Éste era, como he dicho, un paladín, hasta en sus detalles más típicos. Así, el ya mencionado relato de Cruz, formula los habituales conceptos caballerescos, en aquél su altivo menosprecio a la adversidad.

El estoicismo de ese otro empecatado, anima todo el poema. Tal vemos en la segunda parte:

_La junción de los abrazos, De los llantos y los besos, Se deja pa las mujeres Como que entienden el juego. Pero el hombre que compriende Que todos hacen lo mesmo, En público canta y baila, Abraza y llora en secreto._

He aquí el fundamento heroico de la urbanidad, que el _bushido_ japonés, el más perfecto código del honor, ha corporificado en esa discreta florecida de la sonrisa, ante la cual retraen sus garras todas las fieras interiores: supremo resultado de aquel arte de la vida que los griegos practicaron a su vez, y que impone a todos los actos el deber de belleza, como una delicada consideración hacia nuestros semejantes.

Al mismo tiempo, el buen humor inagotable de aquella poesía que nunca deja prolongarse las miserias y los dolores, como en natural reacción de salud, anima todo el relato salpicándolo de incidentes cómicos. Su naturalidad es tal, que el narrador se contradice en sus apreciaciones, según la diversa índole de sus recuerdos, exactamente como pasa en la conversación habitual.

Comentando su felicidad perdida, al lado de la mujer que amaba, hace Cruz estas reflexiones:

_Quién es de una alma tan dura Que no quiera una mujer! Lo alivia en su padecer Si no sale calavera;_ _Es la mejor compañera Que el hombre puede tener._

_Si es güena, no lo abandona Cuando lo vé disgraciao; Lo asiste con su cuidao Y con afán cariñoso, Y usté tal vez ni un rebozo Ni una pollera le ha dao._

Y cien versos más allá, cuando ha concluído de narrar su infiel desvío:

_Cuando la mula recula, Señal que quiere cociar; Ansí se suele portar, Aunque ella lo disimula: Recula como la mula La mujer para olvidar._

* * * * *

_Las mujeres, dende entonces, Conocí a todas en una. Ya no he de probar fortuna Con carta tan conocida: Mujer y perra parida, No se me atraca ninguna._

El proyecto de emigrar a tierra de indios y la ejecución consiguiente, cierra esta primera parte del poema con rasgos épicos de la mejor ley. Las penurias que pasarán ambos gauchos en el desierto, son, para sus almas decididas, pretexto de viriles jactancias.

_Si hemos de salvar o nó, De esto naide nos responde. Derecho ande el sol se esconde, Tierra adentro hay que tirar;_ _Algún día hemos de llegar... Después sabremos a donde._

* * * * *

_Cuando se anda en el disierto Se come uno hasta las colas.[71] Lo han cruzao mujeres solas Llegando al fin con salú, Y ha de ser gaucho el ñandú Que se escape de mis bolas._

* * * * *

_Y cuando sin trapo alguno Nos haiga el tiempo dejao, Yo le pediré emprestao El cuero a cualquiera lobo, Y hago un poncho, si lo sobo, Mejor que poncho engomao._

Estas gallardas estrofas cuya desembarazada entereza conforta como un trago de vino, no excluyen la desolación inherente a tan desesperada aventura. La despedida a la civilización que esos dos perseguidos abandonan, está impregnada de tristeza viril.

_Cruz y Fierro, de una estancia Una tropilla se arriaron; Por delante se la echaron Como criollos entendidos, Y pronto, sin ser sentidos, Por la frontera cruzaron._

_Y cuando la habían pasao, Una madrugada clara, Le dijo Cruz que mirara Las últimas poblaciones, Y a Fierro dos lagrimones Le rodaron por la cara._

Un literato, habría elegido la hora crepuscular de la tarde; pero como se trataba de prófugos que iban arreando caballos ajenos, el viaje debía ser nocturno, determinando esto su entrada matinal a las tierras libres. Por otra parte, nada más triste y más poético a la vez que esas albas claras en el desierto; así como nada más acertado que ese adjetivo de apariencia trivial. El fenómeno de la claridad en la llanura solitaria, es, sin duda, lo único preciso; y dada la estrofa, resulta naturalmente el contraste necesario y sugestivo con aquel llanto que la abruma como una fárfara titilante sobre los ojos del cantor. Si en esa madrugada serena, cuando todavía no hay un alma viviente en los ranchos que así sugieren ausencia y abandono, encapuchados de paja como mendigos bajo su poncho viejo; si entonces, digo, cantó, como es seguro, el gallo matinal, fácilmente se infiere la desolación del cuadro. Quién no lo ha experimentado durante alguna trágica noche de vela, en la calma como submarina de la luna, o en esas albas donde parece suspirar aún la agonía de la sombra. El canto del gallo es, entonces, la expresión misma de la angustia y de la soledad.

Pero el desdén del efectismo, siquiera aprovechado cuando se presenta con naturalidad, está patente en la terminación del poema. Éste pudo concluir con mayor eficacia artística, en la estrofa citada; pero nó. El poeta no olvida su móvil benéfico; y prefiere rematarlo con tres sextinas más, que lo recuerdan sin mayor eficacia.

Este detalle, que subordina el éxito de la obra poética a su efecto útil, y la ausencia del amor, que sólo figura como elemento secundario, constituyen al poema en un vínculo actual con los primeros romances del ciclo caballeresco, o sean sus composiciones épicas por excelencia; determinando, además, la filiación directa de la nuestra con las análogas que florecieron en España.

La poesía castellana prefirió siempre, entre los diversos géneros de los trovadores, el romance religioso y guerrero, o sea la forma primitiva de las leyendas caballerescas, destinadas a exaltar las hazañas de los paladines. Aquellos hijos del Hércules progenitor, que en tiempo del paganismo, precisamente, fué un paladín de España, hallábanse todavía guerreando contra los infieles, cuando ya la amenaza que éstos comportaban, había desaparecido en el resto de la Europa meridional, dejando, así, el campo libre a una civilización más amable, en la cual predominó, naturalmente, la poesía del amor. Los temas heroicos siguieron, pues, siéndoles habituales; y sólo cuando el triunfo dióles la necesaria quietud, la poesía amatoria inspiró sus cantos. Pero, entonces, fué una importación italiana que únicamente los poetas eruditos cultivaron, y que no tuvo influencia alguna sobre el espíritu popular. Nuestro poema siguió el mismo camino. Su urdimbre fundamental, es también la guerra contra infieles. El amor, repito, comporta en él un detalle de expresión austera y trágica, como que no resulta sino una fuente de dolor. El encanto de la vida consiste para el paladín nacional, como para el Campeador de España, en el goce de la libertad.

Paladín, afirmo, porque este gaucho, a semejanza de las viejas espadas laboriosas, Belmung, Tizona y Durandal, lleva relumbrando bajo el rudo cuero que lo envuelve, aquel acero de su alma, donde lucen el aseo y la integridad, el temple y la firmeza, la intrepidez y la lealtad, alegremente relampagueados por el reflejo de su desnudez viril; pues con tales prendas formado, su carácter dió a la raza aquella perfecta encarnación de la poesía y de la equidad, que sobreponiéndose al destino en sublime paradoja, es decir, realizando otra hazaña romancesca, nos proporciona el encanto de vivir en la familiaridad del postrer caballero andante.

NOTAS:

[58] Precisemos el detalle topográfico. Hernández paraba en el _Hotel Argentino_, esquina formada por las calles 25 de Mayo y Rivadavia. Dicho edificio consérvase tal como era; y resulta curioso que el fundador de nuestra épica, iniciara su obra en el mismo casco histórico donde los conquistadores echaron los cimientos de Buenos Aires.

[59] Calificación referente a la frase "es el número uno entre los mejores". Un moro de número, quiere decir, pues, un caballo de primer orden.

[60] Pueblo de la Provincia de Buenos Aires. El comentario de esta estrofa, una de las más típicas, se hará en las notas del poema.

[61] Quinientos azotes en una remesa. Castigo que era casi una sentencia de muerte.

[62] _Spilanthes uliginosa_ Sw. Compuesta, tribu de las radiadas.

[63] Cada uno consta de cinco quejas, con las cuales se llora la destrucción de los navíos.

[64] La lazada con que se arma o prepara el lazo para operar con él. Llevar en la armada es tener cogido ya al animal dentro de ella, antes de ceñirla.

[65] Con guarda en forma de _Ese_.

[66] Sobre la frente.

[67] Las sandalias de oro de los dioses suministran un epíteto habitual a la poesía homérica.

[68] Salvo la especie de décima en que narra la desesperación de la negra. Los primeros cinco versos parecen volvernos a la sextina habitual. El resto adopta la estructura de la décima. Estas irregularidades eran frecuentes en los payadores a quienes arrastraba el raudal de la improvisación; y la que nos ocupa en el caso, resulta, pues, una propiedad más, en vez de constituir defecto. Sólo hemos de verla reproducirse en el canto IX de la segunda parte, donde ya es inexplicable falla.

[69] Vasco no es, aquí, un consonante forzado. Los dueños de las pulperías eran casi siempre vascos.

[70] Es decir, las tripas, donde hay sebo y no grasa.

[71] El trozo más despreciable de la res.

IX

=La vuelta de Martín Fierro=

En su prólogo a la segunda parte del poema, dice Hernández que ella se llama _La vuelta de Martín Fierro_, porque este nombre le dió el público mucho antes de haber él pensado en escribirla. Es la historia de muchas segundas partes en los libros de aventuras que alcanzan la gran popularidad. Y la de Martín Fierro había sido enorme: once ediciones en seis años, con cuarenta y ocho mil ejemplares. Ningún libro argentino obtuvo antes ni después un éxito parecido; y ya he dicho que, al presente, sólo pueden comparársele las grandes tiradas de Europa donde se cuenta con millones de lectores.

Semejante revelación, a buen seguro inesperada, influyó por suerte nuestra en el ánimo del autor, y _La vuelta de Martín Fierro_ completó de una manera definitiva su empresa.

La verdad es que él mismo no se había conformado con las despedidas eternas, diciendo al final de la primera parte:

_Y siguiendo el fiel del rumbo Se entraron en el disierto; No sé si los habrán muerto, En alguna correría; Mas espero que algún día Sabré de ellos algo cierto._

Y Martín Fierro volvió, pero ya viejo y aleccionado por aventuras terribles. El poema iba a ser, ahora, una descripción en grandes cuadros, efectuada por diversos protagonistas, bien que con la misma vivacidad pintoresca y abundancia de poesía natural. Esto requería, desde luego, mayor extensión; pero como el interés y la variedad de dichos relatos son mucho mayores, apenas se nota aquella circunstancia.

Entretanto, el favor del público ha robustecido en el poeta la conciencia de su genio. El preludio revela, con estrofas que son vaticinios, este nuevo estado de ánimo:

_Lo que pinta este pincel Ni el tiempo lo ha de borrar; Ninguno se ha de animar A corregirme la plana; No pinta quien tiene gana Sino quien sabe pintar._

* * * * *

_Pero voy en mi camino Y nada me ladiará; He de decir la verdá, De naides soy adulón; Aquí no hay inmitación, Esto es pura realidá._

_Y el que me quiera enmendar Mucho tiene que saber. Tiene mucho que aprender El que me sepa escuchar. Tiene mucho que rumiar El que me quiera entender._

_Más que yo y cuantos me oigan, Más que las cosas que tratan, Más que lo que ellos relatan, Mis cantos han de durar. Mucho ha habido que mascar Para echar esta bravata._

Sabe que el dolor es la suprema garantía de eternidad en el corazón de los hombres, porque el hilo de lágrimas con el cual fecundamos para la vida superior nuestro mísero polvo, jamás se corta:

_Brotan quejas de mi pecho, Brota un lamento sentido; Y es tanto lo que he sufrido Y males de tal tamaño, Que reto a todos los años A que traigan el olvido._

Esta solidaridad cordial, es la fuente de su poesía, y así lo resume diciendo con original ocurrencia poética:

_Y empriestenmé su atención Si ansí me quieren honrar, De nó, tendré que callar, Pues el pájaro cantor Jamás se para a cantar En árbol que no da flor._

La nota picaresca termina el preludio con estos otros versos, en los cuales reconocemos aquel lenguaje que tan bien sabe aparejar la belleza del sentimiento a la intencionada burla del filósofo amable. Así, en la guitarra, la profundidad sorda de las cuerdas viriles, con el numeroso trino de los nervios delgados:

_Dejenmé tomar un trago, Estas son otras cuarenta;[72] Mi garganta está sedienta, Y de esto no me abochorno, Pues el viejo, como el horno, Por la boca se calienta._

El argumento es, como siempre, sencillo: la lógica natural de la vida narrada.

Cruz ha muerto entre los indios, de una peste que los diezmó, encomendando a su amigo un hijo cuyo paradero ignora; pero, aun con esto, y no obstante la existencia horrible que la barbarie y la desconfianza de las tribus impuso a ambos gauchos, empezando por tenerlos separados durante dos años, la inercia del desierto, verdadera parálisis moral conocida de todos cuantos en él vivieron, retiene al protagonista. Sólo tres años después, obligado a matar un indio para salvar una cautiva, el peligro lo impulsa a huir con ésta. Así vuelve a su pago, donde en unas carreras a las que acudió por tomar lenguas, encuentra sus hijos. Éstos cuentan sus vidas de padecimiento y de miseria, y cuando han concluído, un mozo guitarrero que anda por ahí, pide a su vez autorización para narrar la suya. Resulta ser el hijo de Cruz, _Picardía_ por sobrenombre. En esto, un negro payador interviene para lanzar el desafío característico. Martín Fierro acepta, y vence a su contricante; pero éste no ha buscado aquel lance, sino como una ocasión. Es el hermano menor de aquel negro a quien el gaucho mató en un jolgorio, y anda buscando venganza. Prontos ya para el combate ambos cantores, los demás consiguen separarlos. Entonces Fierro con sus dos hijos y Picardía, dirígense a la costa de un arroyo, donde pasarán la noche. Allá deciden mudar de nombre para borrar el pasado, y el poema concluye con una serie de consejos cantados a la luz de las estrellas por el gaucho ya anciano.

Hay más variedad de estructura en esta parte, conforme lo requería su mayor extensión; los episodios son también más abundantes, y ya he dicho que la verba poética conserva todo su encanto; pero los defectos son también más notables. La lección directa de moral, agrega su trivialidad inherente, al fastidio de largas series de estrofas sin colorido ni sabor. Así todo el canto XII destinado a narrar las penas del hijo mayor en la cárcel; así los ya citados consejos de Martín Fierro. Además de esto, Picardía repite con demasiada minuciosidad la descripción del fortín, que nada agrega al trozo análogo de la primera parte. Por el contrario, los detalles de la malversación de raciones que efectuaba la oficialidad, son excesivos y cargosos.

Después, los reparos literarios de la crítica, habían causado su habitual efecto. Hernández tuvo a ratos la preocupación de la belleza reglamentada que le predicaron. Hizo literatura de precepto y de epíteto, falseando la propiedad de expresión que es el mérito fundamental de sus personajes. Inútil agregar que ésos resultan siempre sus peores versos. Afortunadamente, aquellas lástimas no abundan; y el manantial genuino es tan abundoso, que arrebata todos los ripios en su corriente.

La tranquilidad de situación, la dicha del encuentro que es causa del cuádruple relato, dan predominio a la alegría. El elemento picaresco forma dos terceras partes de la narración.

Ello no quita que, al comienzo, la nota patética, alcanzando por momentos el tono de la más noble expresión, inspire el resumen prologal de las tristezas sufridas:

_En la orilla de un arroyo, Solitario lo pasaba; En mil cosas cavilaba, Y a una güelta repentina, Se me hacía ver a mi china O escuchar que me llamaba._

_Y las aguas serenitas Bebe el pingo trago a trago; Mientras sin ningún halago, Pasa uno hasta sin comer, Por pensar en su mujer, En sus hijos y en su pago._

Hay, efectivamente, una sugestión melancólica en ese curso del agua serena que parece ir deshilando nuestros pensamientos; en tanto el caballo acompasa con sus orejas los sorbos que vemos pasar uno a uno por el cuello tendido. Al lado suyo, con una pierna cruzada por descanso, el brazo izquierdo apoyado en la montura, las riendas flojas en la diestra, el caminante medita sus cosas tristes. En el claro silencio, algún pájaro que se detuvo a la brusca, blandeando el junco próximo, parece romperse en un grito, como si fuera de cristal. Y las improntas de los rastros, al ir llenándose de agua, recuerdan las copas inútiles que uno dejó sin apurar en el camino de la vida...

El poeta ha cantado así aquellas cosas de la tristeza:

_Y al que le toca la herencia Donde quiera halla su ruina; Lo que la suerte destina No puede el hombre evitar, Porque el cardo ha de pinchar: Es que nace con espina._

* * * * *

_Mas quien manda los pesares Manda también el consuelo. La luz que baja del cielo Alumbra al más encumbrao, Y hasta el pelo más delgao Hace su sombra en el suelo._

_Pero por más que uno sufra Un rigor que lo atormente, No debe bajar la frente Nunca, por ningún motivo: El álamo es más altivo Y gime constantemente._