El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa

Part 16

Chapter 163,528 wordsPublic domain

El miedo al indio, era el demonio de la pampa. Osamentas y ruinas formaban su siniestro cuadro, señalando con toda suerte de horrores el paso de la horda. Untados con enjundia de ñandú o de potro, para mejor resistir la intemperie y el hambre, venían clamoreando su alarido aterrador, fétidos y cerdudos los guerreros salvajes. No llevaban más provisiones que la raíz sialagoga del _Nim-Nim_[62] para templar la sed de sus marchas forzadas y colgado por ahí, algún hueso rico en tuétano. Los más valerosos tatuábanse para hacerse cara feroz o blasonar linaje, con listas rojas, negras y azules, a veces ribeteadas de blanco. Aunque el taparrabo solía ser su único traje de guerra, algunos llevaban casco y chaquetón de cuero crudo: procedían de Chile, siendo los más renombrados para herir de lanza. Ésta, larga hasta de seis varas como la pica de Ayax; la bola perdida, terrible proyectil despedido al revoleo, y el facón o el machete, constituían su armamento. Su olor y su grito, espantaban a los caballos del cristiano. Los suyos dejábanse montar por la derecha solamente; pues a semejanza de la tropa romana, así subían aquellos indios, obligados por la lanza en la cual apoyábanse para saltar. De ahí procedía la leyenda en cuya virtud dichos animales sólo al indio obedecían. Famosos eran esos corceles del desierto, con sus narices sajadas para que absorbiesen más aire en la carrera, sus corvejones hechos al fatigoso desmenuzamiento del médano, su docilidad al grito y a la pernada. En el regreso triunfal, sus ancas lucían por gualdrapa la casulla del cura o el mantón de espumilla de las mozas reservadas para los serrallos, donde imperaba, lascivo y brutal, el cacique de la lanza formidable. La arandela de plumas que esta arma solía tener, hallábase substituída en ocasiones por rizos de pelo rubio...

¿Y qué hacía el bárbaro, por último, con las cautivas cuya escapatoria recelaba, sino descarnarles las plantas de los pies, tornando la llaga en cepo? Durante la paz, vivía borracho con el aguardiente de las pulperías saqueadas. Todo su trabajo reducíase a ejercitar el caballo de combate, bolear por esparcimiento tal cual guanaco o ñandú, y ejecutar al amanecer, ante la puerta del toldo, su dura esgrima de lanza. Después, mandaba degollar una yegua; y en la misma herida caudal, desayunábase con largo trago de sangre.

Un episodio de guerra anima aquellos recuerdos en página magnífica. Toda ella, así como el lance singular que la termina, está llena de naturalidad, de viveza, de movimiento, revelando con desusado interés, la verdadera estructura del combate, que el individuo sólo percibe en conjunto, al comienzo, para no recordar, después, más que su propio caso. Como todos los valientes, nuestro gaucho experimenta la impresión del miedo y no la oculta, pues sabe que esto es inaceptable fanfarronada. Así el Héctor homérico, prototipo de bravos. El enemigo es, por otra parte, digno de él, y no le ahorra alabanzas.

_Una vez entre otras muchas, Tanto salir al botón, Nos pegaron un malón Los indios, y una lanciada, Que la gente acobardada Quedó dende esa ocasión._

_Habían estao escondidos, Aguaitando atrás de un cerro. ¡Lo viera a su amigo Fierro Aflojar como un blandito! Salieron como maiz frito En cuanto sonó un cencerro._

_Al punto nos dispusimos, Aunque ellos eran bastantes; La formamos al instante Nuestra gente que era poca, Y golpiándose en la boca Hicieron fila adelante._

_Se vinieron en tropel, Haciendo temblar la tierra. No soy manco pa la guerra, Pero tuve mi jabón, Pues iba en un redomón Que había boliao en la sierra._

_¡Qué vocerío, qué barullo, Qué apurar esa carrera! La indiada todita entera Dando alaridos cargó. Jué pucha!... y ya nos sacó Como yeguada matrera._

_Es de almirar la baquía Con que la lanza manejan; De perseguir nunca dejan Y nos traiban apretaos. Si queríamos de apuraos Salimos por las orejas._

_Y para mejor de la fiesta, En esa aflición tan suma, Vino un indio echando espuma Y con la lanza en la mano, Gritando_ "Acabau cristiano, Metau el lanza hasta el pluma".

_Tendido en el costillar, Cimbrando por sobre el brazo Una lanza como un lazo, Me atropelló dando gritos; Si me descuido... el maldito Me levanta de un lanzazo._

_Si me atribulo o me encojo, Siguro que no me escapo; Siempre he sido medio guapo, Pero en aquella ocasión, Me hacía bulla el corazón Como la garganta al sapo._

_Dios le perdone al salvaje Las ganas que me tenía... Desaté las tres marías Y lo engatusé a cabriolas. Pucha!... si no traigo bolas, Me achura el indio ese día._

_Era el hijo de un cacique Sigun yo lo avirigüé; La verdá del caso jué Que me tuvo apuradazo, Hasta que al fin de un bolazo Del caballo lo bajé._

_Ahi no más me tiré al suelo Y lo pisé en las paletas; Empezó a hacer morisquetas Y a mezquinar la garganta... Pero yo hice la obra santa De hacerlo estirar la jeta._

_Allí quedó de mojón Y en su caballo salté; De la indiada disparé, Pues si me alcanza me mata, Y al fin me les escapé Con el hilo de una pata._

La miseria continúa haciendo estragos, hasta que un doble episodio de iniquidad, decide la fuga del protagonista. El cantinero del fortín, asociado con el coronel, explotaba vilmente a la soldadesca. Véase con qué malicia socarrona, con qué viril menosprecio de la trapacería, refiere el gaucho su percance. Reir de la mala suerte, vengándose de los enemigos despreciables con la ironía, es también una condición de los bravos.

_Nos tenía apuntaos a todos, Con más cuentas que un rosario, Cuando se anunció un salario Que iban a dar, o un socorro; Pero sabe Dios qué zorro Se lo comió al comisario._

_Pues nunca lo ví llegar; Y al cabo de muchos días, En la mesma pulpería Dieron una_ buena cuenta, _Que la gente muy contenta, De tan pobre recebía._

_Sacaron unos sus prendas Que las tenían empeñadas; Por sus diudas atrasadas Dieron otros el dinero; Al fin de fiesta el pulpero Se quedó con la mascada_.

_Yo me arrecosté a un horcón, Dando tiempo a que pagaran; Y poniendo güeña cara Estuve haciéndome el pollo, A esperar que me llamaran Para recebir mi bollo._

_Pero ahí me pude quedar Pegao pa siempre al horcón; Ya era casi la oración Y ninguno me llamaba; La cosa se me ñublaba Y me dentró comezón._

_Pa sacarme el entripao, Ví al Mayor y lo fí a hablar; Yo me le empecé a atracar, Y como con poca gana, Le dije--Tal vez mañana Acabarán de pagar..._

_--Qué mañana ni otro día, Al punto me contestó; La paga ya se acabó, Siempre has de ser animal. Me raí, y le dije--Yo... No hi recebido ni un rial._

_Se le pusieron los ojos Que se le querían salir; Y ahí no más volvió a decir Comiendomé con la vista: --Y que querés recebir Si no has dentrao en la lista?_

Después de un sumario perfectamente inútil, las cosas quedan así.

_Yo andaba desesperao, Aguardando una ocasión Que los indios un malón Nos dieran, y entre el estrago, Hacermelés cimarrón Y volverme pa mi pago._

* * * * *

_Y pa mejor, una noche Qué estaquiada me pegaron; Casi me descoyuntaron Por motivo de una gresca; Ahijuna!...si me estiraron Lo mesmo que guasca fresca!_

_Jamás me puedo olvidar Lo que esa vez me pasó; Dentrando una noche yo Al fortín, un enganchao Que estaba medio mamao, Allí me desconoció._

_Era un gringo tan bozal, Que nada se le entendía; ¡Quién sabe de ande sería! Tal vez no juera cristiano; Pues lo único que decía Es que era_ pa-po-litano.

_Estaba de centinela, Y por causa del peludo, Verme más claro no pudo Y esa jué la culpa toda; El bruto se asustó al ñudo, Y fí el pavo de la boda._

_Cuando me vido acercar,_ "¡Quen vívore..." _preguntó._ "Qué vívoras" _dije yo;_ "¡Haga arto!" _me pegó el grito_: _Y yo dije despacito_ "Más lagarto serás vos".

_Ahi no más, Cristo me valga, Rastrillar el jusil siento; Me agaché, y en el momento El bruto me largó un chumbo; Mamao, me tiró sin rumbo, Que si no, no cuento el cuento._

_Por de contao, con el tiro Se alborotó el avispero; Los oficiales salieron Y se empezó la junción; Quedó en su puesto el nación Y yo fí al estaquiadero._

_Entre cuatro bayonetas Me tendieron en el suelo; Vino el Mayor medio en pedo. Y allí se puso a gritar: --Pícaro, te he de enseñar A andar reclamando sueldos._

_De las manos y las patas Me ataron cuatro cinchones; Les aguanté los tirones, Sin que ni un ay se me oyera, Y al gringo, la noche entera Lo harté con mis maldiciones._

_Yo no sé pa qué el gobierno Nos manda aquí a la frontera, Gringada que ni siquiera Se sabe atracar a un pingo; ¡Si crerá al mandar un gringo Que nos manda alguna fiera!_

_No hacen más que dar trabajo, Pues no saben ni ensillar; No sirven ni pa carniar, Y yo he visto muchas veces, Que ni voltiadas las reses Se les querían arrimar._

_Y lo pasan sus mercedes Lengüetiando pico a pico, Hasta que viene un milico A servirles el asao; Y, eso sí, en lo delicaos Parecen hijos de rico._

La caricatura es de mano maestra; y así en este desahogo natural del resentimiento, como en la alusión a los sueldos que constituye el réspice del Mayor, la sorna gauchesca caracteriza sus tipos con estupenda eficacia. Son ellos mismos quienes se ponen en ridículo, según el procedimiento cómico que el cuento picarezco enseñó con verdadera gracia artística a la novela y a la comedia de costumbres.

Hemos visto alternar hasta ahora la lírica con la sátira, el drama con el sainete. La tragedia va a presentarse, pues este cuadro de la vida integral resume todos los aspectos de la naturaleza y del espíritu:

_Una noche que riunidos Estaban en la carpeta, Empinando una limeta El Jefe y el Juez de Paz, Yo no quise aguardar más, Y me hice humo en un sotreta._

* * * * *

_Volvía al cabo de tres años De tanto sufrir al ñudo, Resertor, pobre y desnudo, A procurar suerte nueva, Y lo mesmo que el peludo Enderecé pa mi cueva._

_No hallé ni rastro del rancho, Sólo estaba la tapera; Por Cristo, si aquello era Pa enlutar el corazón: Yo juré en esa ocasión Ser más malo que una fiera._

_¡Quién no sentirá lo mesmo Cuando ansí padece tanto! Puedo asigurar que el llanto Como una mujer largué. Ay mi Dios, si me quedé Más triste que Jueves Santo!_

_Sólo se oiban los aullidos De un gato que se salvó; El pobre se guareció Cerca, en una viscachera; Venía como si supiera Que estaba de güelta yo._

No tiene el dolor acentos más sinceros. Aquel valiente que llora como una mujer ante las ruinas de su rancho, mientras silba el viento entre el pajonal que invadió los caballones de la chacra abandonada; aquel gato, el animal fiel a la casa, que viene maullando bajito, como todos lo hemos oído en la tristeza de las taperas, son otros tantos rasgos supremos de artista. Y cuánta verdad al mismo tiempo! El gato es el animal casero por excelencia. Cuando la gente abandona el hogar, él se queda. Para no separarse de las ruinas, comparte con las alimañas del campo la cueva o el matorral. No bien siente que alguno llegó, acude quejumbroso y macilento, como a pedir limosna. Y así representa la desolación del hogar perdido, la aproximación de miserias que el dolor humano busca como una humilde fraternidad. Pero ningún poeta habíalo cantado hasta entonces, y éste es el mérito absolutamente original del nuestro.

Poeta más que nunca, él, tan sobrio en sus expresiones, dedica una estrofa entera a ese pobre gato. Es que éste debe sugerir al abandonado todas las dichas del hogar destruído: el chico que solía mimarlo; tal vez la madrina que se lo regaló; la esposa que se fastidiaba cuando revolvía, jugando, los ovillos del telar; el rescoldo casero ante el cual ronroneaba a compás con la olla...

El don de la poesía consiste en descubrir la relación de belleza que constituye la armonía de las cosas. Así nos da la comprensión del mundo; y tal como la ciencia infiere por una vértebra petrificada las especies extintas y el medio donde se desarrollaron, ella descubre las relaciones trascendentales de nuestro ser, que son estados de belleza y de verdad, en el encanto de una flor o en el apego del animal desvalido. Éste es otro procedimiento de Hernández que me precisaba describir. Como gran poeta que es, él no sabe de recursos literarios ni de lenguaje preceptivo. Su originalidad proviene de la sinceridad con que siente y comunica la belleza.

Véase, para continuar con nuestro asunto, esta expresión tan genuina del dolor paterno, que, naturalmente, nada sabe de literatura:

_Los pobrecitos muchachos, Entre tantas afliciones, Se conchabaron de piones; Mas que iban a trabajar, Si eran como los pichones Sin acabar de emplumar._

Así lamentamos, en efecto, la suerte de los hijos, tendiendo a considerarlos en nuestro afecto, criaturas siempre incapaces de vivir sin nosotros.

El símil de los pichones implumes, es la expresión más tierna y delicada de aquel corazón, ablandado por el dolor, como un nido.

_Y la pobre mi mujer Dios sabe cuánto sufrió. Me dicen que se voló Con no sé qué gavilán, Sin duda a buscar el pan Que no podía darle yo._

De tal modo es clara su noción de justicia. El mismo golpe rudísimo de aquel adulterio que ni la deshonra le merma, no alcanza a suprimirla. Hombre ante todo, y por ello héroe más perfecto, no se le ocurre exigir, como a los apasionados de la tragedia preceptista, una fidelidad atroz. Compadece, por el contrario, a la infeliz, y ni siquiera le perdona, porque, en su miseria, no ha podido ofenderlo.

_Qué más iba a hacer la pobre Para no morirse de hambre_

añade luego en ese lenguaje vulgar del dolor, que salido directamente del corazón, constituye la suprema elocuencia. Eskilo en _Los Persas_, tiene dos soliloquios formados de puros ayes[63]. El estribillo del baile criollo denominado _El Llanto_, canta a su vez:

_¡Ay, ay, ay, ay, ay! Dejame llorar, Que sólo llorando Remedio mi mal._

Entonces, cuando ese hombre tan generoso, tan bueno, tan valiente, tan justo que ni el máximo dolor altera su juicio, ni las peores miserias su buen humor, jura la venganza de tamaña iniquidad, comprendemos que tiene razón. La venganza confúndese con la justicia, y el protagonista, así engrandecido, va a ser el héroe que puesto de cara al destino, emprenderá por cuenta propia la tarea de asegurarse aquel bien, tomando por palestra el vasto mundo:

_Más tamién en este juego Voy a pedir mi bolada; A naides le debo nada, Ni pido cuartel ni doy; Y ninguno dende hoy Ha de llevarme en la armada._[64]

* * * * *

_Vamos suerte, vamos juntos Dende que juntos nacimos; Y ya que juntos vivimos Sin podernos dividir, Yo abriré con mi cuchillo El camino pa seguir._

La vagancia, a solas con el dolor, descompone su carácter. Una noche que ha caído a cierta diversión campestre, la embriaguez resultante de los muchos brindis, le da, "como nunca," por la provocación y la gresca. Las frases chocarreras viénenle una tras otra con la insistencia característica del ebrio. Pero oigamos de sus propios labios la relación de aquel duelo criollo:

_Supe una vez por desgracia Que había un baile por allí, Y medio desesperao A ver la milonga juí._

_Riunidos al pericón Tantos amigos hallé, Que alegre de verme entre ellos Esa noche me apedé._

_Como nunca en la ocasión, Por peliar me dió la tranca, Y la emprendí con un negro Que trujo una negra en ancas._

_Al ver llegar la morena Que no hacía caso de naides, Le dije con la mamúa --Vaca... yendo gente al baile._

_La negra entendió la cosa, Y no tardó en contestarme Mirandomé como a perro, Más_ vaca _será su madre._

_Y dentró al baile muy tiesa, Con más cola que una zorra, Haciendo blanquiar los dientes Lo mesmo que mazamorra._

--_Negra linda, dije yo. Me gusta... pa la carona. Y me puse a champurriar Esta coplita fregona:_

A los blancos hizo Dios, A los mulatos San Pedro, Y a los negros hizo el diablo Para tizón del infierno.

_Había estao juntando rabia El moreno dende ajuera; En lo escuro le brillaban Los ojos como linterna._

_Lo conocí retobao, Me acerqué y le dije presto: Po...r...rudo que un hombre sea. Nunca se enoja por esto._

_Corcobió el de los tamangos, Y creyendosé muy fijo, --Más_ porrudo _serás vos, Gaucho rotoso, me dijo._

_Y ya se me vino al humo, Como a buscarme la hebra, Y un golpe le acomodé Con el porrón de giñebra._

_Ahi no más pegó el de hollín Más gruñidos que un chanchito, Y pelando un envenao Me atropelló dando gritos._

_Pegué un brinco y abrí cancha Diciendolés: Caballeros Dejen venir ese toro, Sólo nací... sólo muero._

_El negro, después del golpe, Se había el poncho refalao, Y dijo: Vas a saber Si es solo o acompañao._

_Y mientras se arremangó, Yo me saqué las espuelas, Pues malicié que aquel tío No era de arriar con las riendas._

_No hay cosa como el peligro Pa refrescar un mamao; Hasta la vista se aclara Por mucho que haiga chupao._

_El negro me atropelló Como a quererme comer; Me hizo dos tiros seguidos, Y los dos le abarajé_.

_Yo tenía un facón con S[65] Que era de lima de acero; Le hice un tiro, lo quitó, Y vino ciego el moreno._

_Y en el medio de las aspas[66] Un planazo le asenté, Que lo largué culebriando Lo mesmo que buscapié._

_Le coloriaron las motas Con la sangre de la herida,_ _Y volvió a venir jurioso Como una tigra parida._

_Y ya me hizo relumbrar Por los ojos el cuchillo, Alcanzando con la punta A cortarme en un carrillo._

_Me hirvió la sangre en las venas, Y me le afirmé al moreno, Dandolé de punta y hacha Pa dejar un diablo menos._

_Por fin, en una topada, En el cuchillo lo alcé, Y como un saco de güesos Contra un cerco lo largué._

_Tiró unas cuantas patadas Y ya cantó pa el carnero. Nunca me puedo olvidar De la agonía de aquel negro._

_En esto la negra vino, Con los ojos como ají, Y empezó la pobre, allí, A bramar como una loba;_

_Yo quise darle una soba A ver si la hacía callar; Mas pude reflesionar Que era malo en aquel punto, Y por respeto al dijunto No la quise castigar._

_Limpié el facón en los pastos, Desaté mi redomón, Monté despacio, y salí Al tranco pa el cañadón._

_Después supe que al finao Ni siquiera lo velaron, Y retobao en un cuero, Sin resarle lo enterraron._

_Y dicen que dende entonces, Cuando es la noche serena, Suele verse una luz mala Como de alma que anda en pena._

_Yo tengo intención a veces, Para que no pene tanto, De sacar de allí los güesos Y echarlos al campo santo._

El cuadro es completo, sin una sola vacilación, a pesar de que ciertas expresiones parecen, desde luego, trivialidades de la impotencia o groserías procaces.

_Negra linda, dije yo, Me gusta pa la carona._

Este voto comenta la preferencia que los gauchos daban al cuero negro de vaca o de caballo, para hacer caronas; resultando, así, una ocurrencia tan graciosa como pintoresca en su género.

_Ahi no más pegó el de hollín Más gruñidos que un chanchito._

Los negros son gritones en la pelea, y su voz estridente parece guañir cuando se irritan; por esto, no por cargazón inútil, está citado el detalle; pues insisto en que todas las menciones del poema son exactas.

_Corcobió el de los tamangos._

Este calzado rústico, hecho con los retales y sobras de los cueros, usábanlo, sobre todo, los negros, que eran los más pobres entre la gente de campaña.

He dicho ya que la caracterización por el pié es bien conocida de los elegantes. El conde Berenguer en el _Romancero_, califica de "mal calzados" a sus enemigos:

_Pues que tales malcalzados me vencieron_, etc.[67]

Verdad es que nuestro poeta no lo había dicho antes; pero él escribe para hombres enterados de las cosas, a quienes una simple mención--el negro--ha evocado la figura habitual.

Y con cuánta viveza de acción, con cuánta verdad de colorido, con qué abundancia de rasgos típicos, el lector acaba de verlo.

_Yo tenía un facón con S, Que era de lima de acero; Le hice un tiro, lo quitó, Y vino ciego el moreno._

Parece que se viera la finta, y se oyera el breve choque del quite que hizo chispear los recazos. El tercer verso, o sea el que describe la acción, es instantáneo como un pestañeo.

La brutalidad del ebrio, está patente, porque es verdad, aun cuando resulte desfavorable al héroe, en ese intento de azotar a la negra para que dejase de llorar. Refrescado ya, es decir, cuando narra, él mismo la compadece, llamándola "la pobre". En aquel momento de rabia sanguinaria, predominaba el salvaje ancestral, para quien la mujer es solamente una hembra inferior.

El inmediato lance con un provocador entonado por la protección oficial, revela con qué arte se halla esto escrito en su aparente desgaire.

La descripción anterior, había adoptado la cuarteta, más breve y vivaz, a la vez que oportuna para evitar la monotonía[68]. Ahora, el poeta vuelve a su estrofa; mas, para no repetirse en un cuadro forzosamente análogo, sólo empleará dieciocho versos: