El Payador, Vol. I Hijo de la Pampa

Part 15

Chapter 153,627 wordsPublic domain

A los tres años de padecer en ese presidio semisalvaje, hecho un mendigo, harto de iniquidad, el gaucho deserta. Era la historia de todos los enérgicos, el comienzo de las vidas trágicas que Martín Fierro sintetiza en la suya. Cuando llega a su antiguo rancho, todo ha desaparecido. La cabaña está en ruinas. La mujer y los hijos se han ido quién sabe dónde. Él mismo es un desertor, obligado a la fuga. Entonces se echa a vagar, solitario y rencoroso por los campos, evitando las casas para no comprometer, durmiendo entre los matorrales como una fiera. Esto descompone su carácter manso y tórnale provocativo. En las fiestas y pulperías donde busca a ratos un poco de arrimo, el trago de alcohol convival inspírale ideas de muerte. Una noche, la partida policial que le persigue, llega a las inmediaciones de su guarida. Siéntela acercarse, pero no quiere huir. Él también tiene cuentas que cobrarle. Solo contra todos, pelea magnífico. De pronto, en el instante de mayor premura, entre las sombras que empiezan a disiparse, el sargento, gaucho perseguido como él en otra ocasión, siéntese conquistado por su coraje y le presta ayuda. Pronto derrotan entre los dos a los acobardados gendarmes, y dejando allá el tendal de muertos, marchan a campo traviesa, contándose sus mutuas desgracias. Cruz, el compañero, es también una víctima de la autoridad. El comandante de campaña sedújole la mujer, intentó matarle, una vez descubierto en adulterio, y desde entonces el gaucho tuvo que emprender la vida errante con sus habituales episodios. Un amigo bienquístale después con la autoridad, nómbranle sargento, y así anda a disgusto de aquella función poco honrosa, hasta que la actitud de Fierro en la pelea contra la partida, provoca su bello arranque. Esto no es raro, como fácilmente se recordará, en las leyendas caballerescas. Después de combatirse tres días, Oliveros y Roldán, mutuamente admirados, conviértense en amigos; y para sellar la fraternidad de las armas, el primero ofrece su hermana en matrimonio al segundo.

Los dos gauchos deciden emigrar a tierra de indios, puesto que no tienen cabida en la propia; y así desaparecen en el desierto, empujados por la suerte adversa, al azar de la barbarie desconocida. Este desenlace era también habitual. Aliados como aquéllos, tenían muchos los indios.

No puede darse, como se vé, argumento más sencillo, más dramático y más rigurosamente natural en su desarrollo psicológico. La poesía gaucha producía un fruto completo.

Es evidente, y ello confirma la espontaneidad del poema, que Hernández propúsose, tan sólo, relatar un episodio. La idea habíale venido como un esparcimiento natural a la vida forastera de la posada donde se hallaba en Buenos Aires, reuniendo elementos para la próxima rebelión entrerriana de López Jordán, la última, precisamente, de nuestras guerras gauchas.

La civilización hostil al gaucho, representada por el gobierno de Sarmiento contra el cual se alzó el caudillo entrerriano, actualizaba la crítica que Hernández propúsose realizar. Así el poema asumía caracteres de panfleto político, tal como sucedió con la _Comedia_ del Dante y el _Paraíso_ de Milton. Pero el hombre tenía, además, el genio que se ignoraba, y la enseñanza de la vida, que es la ciencia suprema. Los episodios fueron encadenándose, el raudal, una vez alumbrado, no pudo ya dejar de correr:

_Yo no soy cantor letrao, Mas si me pongo a cantar, No tengo cuando acabar Y me envejezco cantando: Las coplas me van brotando Como agua de manantial._

Así fué también una improvisación el _Facundo_, congénere, aunque antagonista.

Dice Hernández en una carta-prólogo a la primera parte del poema (su destinatario es el señor don Zoilo Miguens) que _Martín Fierro_ le ha "ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida del hotel"; porque, en efecto, allá entre sus bártulos de conspirador, lo improvisó en ocho días[58].

Don Antonio Lussich, que acababa de escribir un libro felicitado por Hernández, _Los Tres Gauchos Orientales y el Matrero Luciano Santos_ poniendo en escena tipos gauchos de la revolución uruguaya llamada _campaña de Aparicio_, dióle, a lo que parece, el oportuno estímulo. De haberle enviado esa obra, resultó que Hernández tuviera la feliz ocurrencia.

La obra del señor Lussich, apareció editada en Buenos Aires por la imprenta de la _Tribuna_ el 14 de Junio de 1872. La carta con que Hernández felicitó a Lussich, agradeciéndole el envío del libro, es del 20 del mismo mes y año. _Martín Fierro_ apareció en Diciembre.

Gallardos y generalmente apropiados al lenguaje y peculiaridades del campesino, los versos del señor Lussich formaban cuartetas, redondillas, décimas y también aquellas sextinas de payador que Hernández debía adoptar como las más típicas. El señor Lussich, testigo presencial de la producción, refiere, lo cual es por otra parte visible con la simple lectura, que aquélla salió de un tirón, sin enmiendas y sin esfuerzo. De ahí provienen los defectos, entre otros el habitual de la redundancia, que ha producido varias docenas de versos inútiles. Hernández resulta a su vez un payador, y hasta el primero de los payadores:

_Aquí me pongo a cantar Al compás de la vigüela, Que al hombre que lo desvela Una pena estrordinaria, Como l'ave solitaria Con el cantar se consuela._

Éste es el objeto de la composición. El gaucho va a contarnos sus penas extraordinarias (sin esta advertencia, su pretensión fuera baladí) y la estrofa en su sencilla fluidez, de un tirón, nos abre desde luego su alma.

La invocación a los númenes propicios, que es una costumbre épica, está en las dos siguientes:

_Vengan santos milagrosos, Vengan todos en mi ayuda, Que la lengua se me añuda Y se me turba la vista. Pido a mi Dios que me asista En una ocasión tan ruda._

Después, la condición de payador se precisa como en los prólogos de los trovadores. A semejanza del ave mencionada, el don del canto es la fuente de su lenguaje:

_Cantando me he de morir, Cantando me han de enterrar._

Es lo mismo que la copla popular dice de Santos Vega:

_Santos Vega el payador, Aquel de la larga fama, Murió cantando su amor Como el pájaro en la rama._

Luego, en la octava estrofa, la situación del cantor, la intensidad de su poesía, la divagación musical con que introduce el tema como en ciertas composiciones beethovenianas, surgen de estos seis octosílabos que bastan para anunciarnos un gran poeta:

_Me siento en el plan de un bajo A cantar un argumento. Como si soplara un viento Hago tiritar los pastos. Con oros, copas y bastos Juega allí mi pensamiento._

Examinemos al detalle esta estrofa, pues ello nos revelará de una vez por todas el secreto de aquella poesía, en la cual la música y la sugestión, la fuerza y la originalidad, hállanse refundidas en síntesis perfecta, con maestría pocas veces alcanzada por los mejores poetas de nuestra lengua. La estrofa, musicalmente hablando, presenta la misma forma de los recitados gauchos.

Una rotunda combinación de _enes_ y de _tes_, recuerda en los dos primeros versos el bordoneo inicial. El tercero, acelera el compás. En el cuarto, entra ya la prima con la estridencia, y la sequedad restallante de los vocablos _tiritar_ y _pastos_; el silabeo claro y corrido del quinto, indica que ya se está punteando la frase culminante, en estrecha simultaneidad con el concepto de las palabras; por último, el sexto verso resume en el bordoneo, al cual vuelve, la entonación sentimental característica de las cuerdas gruesas.

Las palabras _siento_, _plan_, _cantar_, _argumento_, _viento_, _pensamiento_, son pulsaciones de bordona. _Bajo_ y _juega_, sonidos mates de la misma cuerda. _Tiritar_, _pastos_, _oros_, _bastos_, trinos y pellizcos de los nervios menores.

Ahora bien, seis versos tiene la estrofa en cuestión, y seis cuerdas la guitarra. En los acompañamientos criollos, una de ellas, generalmente la sexta, suena libre como el primer octosílabo sin rima en aquélla. Esto es un verdadero hallazgo que revela el producto genuino de una inspiración naturalmente acorde con sus medios expresivos. Inventada por los payadores, aquella estrofa no existe en la poética oficial. Su instinto de poetas, hubo de sugerirles como a los trovadores del ciclo provenzal, grandes inventores de ritmos, por idéntica razón, esa simetría en cuya virtud cada cuerda habla en cada verso como acabamos de advertirlo.

A este ajuste musical, reúne la estrofa una consumada eficacia sugestiva y psicológica. Dos versos bastan al poeta para caracterizar la adecuación del protagonista al paisaje:

_Me siento en el plan de un bajo A cantar un argumento._

El plan del bajo, o cañada, es el sitio poético de la pampa, pues asegura al caminante la sombra benéfica, y mantiene, con su mayor humedad, las hierbas más lozanas. Por su frescura y su agradable vista, es como un pequeño vergel que llama al descanso, y por esto lo prefieren los pasajeros. Allá en el silencio murmurado de brisa, al buen olor del trébol que la cabalgadura ramonea con pausa, es dulce platicar y cantar.

Parece que el corazón pusiérase acorde con el grato silencio, que la hierba humilde entendiera la copla sencilla del hijo de la tierra:

_Como si soplara un viento Hago tiritar los pastos._

Imposible expresar con mayor elocuencia la intensidad de aquel dolor. Cuando en el desamparo de nuestra pena, olvidados de los hombres, experimentamos la simpatía de la naturaleza, parece que la tierra natal nos ayuda a padecer.

Y la estrofa concluye con este rasgo de completa originalidad, acaso sin precedentes en la literatura, tanto por el símil gaucho de la baraja habitual, cuanto por lo inesperado de la aproximación metafórica,--aun cuando ella sea tan natural a la vez, dado el protagonista,--y lo exacto de la divagación psicológica así expresada:

_Con oros, copas y bastos Juega allí mi pensamiento._

Así comienza, en efecto, la actividad intelectual de producir. Despiertas como los pájaros en el bosque, las potencias de la mente van ordenándose con la propia sensibilidad de su armonía. El gaucho quiere decir, la cual es una promesa de máximo esfuerzo, que va a jugar con todas sus cartas; pero la imagen, llena de correspondencias como siempre que es exacta, evoca con los colores de la baraja sobre el césped, una brillante materialización de las ideas numerosas.

Oportuno es recordar, por último, que en la miseria semisalvaje de aquellas campañas, los naipes eran casi la única pintura al alcance del paisano. Éste inclinábase, naturalmente, a ilustrar con dichas láminas sus narraciones; que por ello, no por pasión de tahur, lo hacía. En más de un rancho ví, siendo niño, usar como adornos para decorar la pared, sotas y reyes de baraja.

Claro es que el poeta no realizó esas operaciones críticas para producir los dichos efectos musicales y psicológicos, del propio modo que el manantial no necesita la fórmula química del agua ni el estudio de la hidráulica para existir y correr. Aquello estaba en él, era su ser mismo así exteriorizado, y por esto el don de la poesía es una fuerza de la naturaleza.

La facultad de evocar paisajes y estados de alma por medio de dos versos, o sea el misterio de la sugestión verbal, que es el alma de la poesía así como el lenguaje musical es su materia, manifiéstase en Hernández con singular amplitud. He aquí otra estrofa cuya riqueza de rima corre parejas, a la vez, con la gallardía del verso. Martín Fierro enumera a Cruz las probabilidades con que cuentan, como experimentados gauchos que son, para la cruzada del desierto:

_No hemos de perder el rumbo, Los dos somos güena yunta; El que es gaucho va ande apunta, Aunque inore ande se encuentra. Pa el lao en que el sol se dentra Dueblan los pastos la punta._

Lo incierto del rumbo, sugiere ya la inmensidad vaga de la llanura; pero el detalle de las hierbas inclinadas hacia el sol poniente, precisa la emoción crepuscular en todo su desamparo silencioso y quieto. Nada más exacto como sugestión y como fenómeno. En aquella soledad absoluta, dicha impresión caracteriza efectivamente todo el paisaje.

Y aquí una observación respecto a esos rasgos de maestría: su fuerza sugestiva dimana, principalmente, de que todos son verdaderos. La fidelidad es la virtud por excelencia de ese cantor de la llanura, en quien resulta sobre todo elocuente la sinonimia latina entre las expresiones _cuerda_ y _fe_ que los antiguos expresaban con la misma palabra: _fides_. Es que su escuela fué el dolor, padre de la verdad:

_Ninguno me hable de penas Porque yo penando vivo..._

Así prosigue su canto, enderezado, por lógica natural, al recuerdo del bien perdido.

_Yo he conocido esta tierra En que el paisano vivía Y su ranchito tenía Y sus hijos y mujer... Era una delicia el ver Cómo pasaba sus días._

_Entonces, cuando el lucero Brillaba en el cielo santo, Y los gallos con su canto Decían que el día llegaba. A la cocina rumbiaba El gaucho, que era un encanto._

_Y sentao junto al jogón A esperar que venga el día, Al cimarrón le prendía Hasta ponerse rechoncho, Mientras su china dormía Tapadita con su poncho._

_Y apenas la madrugada Empezaba a coloriar, Los pájaros a cantar Y las gallinas a apiarse, Era cosa de largarse Cada cual a trabajar_.

La tercera estrofa es todo un cuadro familiar. El hombre laborioso toma su mate (el _cimarrón_, así denominado cuando era amargo) satisfecho del nuevo día cuyo sol le anticipan las llamas del fogón alegre, mientras al abrigo de la choza su mujer está todavía adormilada por gurrumina bajo el poncho conyugal. Ese rasgo de ternura viril, es sencillamente homérico. Héctor y Ulises, los mejores héroes de la epopeya antigua, son también los mejores esposos; y precisamente, la evocación del lecho conyugal, formado como el catre de nuestros gauchos, con correas tendidas sobre un bastidor, constituye el más bello trozo de la Odisea.

Una sola estrofa sintética, según el método característico de nuestro autor, presenta, en seguida, todo el movimiento de los trabajos rurales:

_Éste se ata las espuelas, Se sale el otro cantando, Uno busca un pellón blando, Éste un lazo, otro un rebenque, Y los pingos, relinchando, Los llaman desde el palenque._

Otra nos da, con expresión no menos breve, el movimiento y la brutalidad intensa de la doma:

_El que era pion domador Enderezaba al corral, Ande estaba el animal Bufidos que se las pela... Y más malo que su agüela Se hacía astillas el bagual._

Y luego, el incidente más grave de la operación, pues nada olvida:

_Ah tiempo!...si era un orgullo Ver jinetear un paisano. Cuando era gaucho baquiano, Aunque el potro se boliase, No había uno que no parase Con el cabresto en la mano._

_Bolearse_, era caer como si tuviese las manos trabadas por las bolas, es decir, volteándose sobre aquéllas, en golpe tremendo, para aplastar al jinete.

_El gaucho más infeliz Tenía tropilla de un pelo. No le faltaba un consuelo, Y andaba la gente lista. Tendiendo al campo la vista, Sólo vía hacienda y cielo._

_Cuando llegaban las yerras, ¡Cosa que daba calor! Tanto gaucho pialador Y tironiador sin yel! ¡Ah tiempo... pero sin él Se ha visto tanto primor!_

_Aquello no era trabajo. Más bien era una junción; Y después de un güen tirón En que uno se daba maña, Pa darle un trago de caña Solía llamarlo el patrón._

La sencillez democrática de aquellas costumbres y aquellos trabajos agradables, expresa en la sentida naturalidad de estos versos, el sano vigor de las repúblicas agrícolas y pastoras. La abundancia respectiva, acentúa esa impresión, y los cuatro primeros versos (treinta y dos sílabas tan sólo) de la siguiente estrofa, describen completamente el fundamental almuerzo criollo.

_Venía la carne con cuero, La sabrosa carbonada, Mazamorra bien pisada, Los pasteles y el güen vino... Pero ha querido el destino, Que todo aquello acabara._

Este cuadro de la vida feliz, antecede a la narración de las desgracias consabidas:

_Cantando estaba una vez En una gran diversión, Y aprovechó la ocasión Como quiso, el Juez de Paz. Se presentó, y ahí no más Hizo una arriada en montón._

_Juyeron los más matreros Y lograron escapar. Yo no quise disparar, Soy manso y no había por qué. Muy tranquilo me quedé, Y ansí me dejé agarrar._

_Allí un gringo con un órgano Y una mona que bailaba, Haciéndonos rair estaba Cuando le tocó el arreo. ¡Tan grande el gringo y tan feo, Lo viera como lloraba!_

_Hasta un inglés zanjiador Que decía en la última guerra, Que él era de Inca-la-Perra Y que no quería servir, Tuvo también que juir A guarecerse en la sierra._

_Ni los mirones salvaron De esa arriada de mi flor. Jué acoyarao el cantor Con el gringo de la mona. A uno solo, por favor, Logró salvar la patrona._

La patrona era influyente, como persona rica, y solía salvar, así, algún ahijado o peón de estima. Pues aquellos atentados para ajorar gente, revestían una violencia implacable. Ni los extranjeros de cierta importancia, como el inglés, cuyo oficio de abridor de zanjas comportaba, seguramente, algunos conocimientos de agrimensura, escapaban de la leva. Tenía, pues, razón para llorar el gringo organista, aunque con ello pusiérase en ridículo ante la bravura socarrona y estoica de los gauchos.

Para éstos, el atentado era en gran parte una venganza política:

_A mí el juez me tomó entre ojos En la última votación; Me le había hecho el remolón Y no me arrimé ese día, Y él dijo que yo servía A los de la esposición._

_Y ansí sufrí ese castigo Tal vez por culpas agenas. Que sean malas o sean güenas Las listas, siempre me escondo. Yo soy un gaucho redondo Y esas cosas no me enllenan._

¡La política! He aquí el azote nacional. Todo lo que en el país representa atraso, miseria, iniquidad, proviene de ella o ella lo explota, salvando su responsabilidad con la falacia del sufragio. La situación del gaucho ante esa libertad de pura forma cuyo fruto es la opresión legalizada del que la ejerce, Martín Fierro va a formularla:

_Él nada gana en la paz Y es el primero en la guerra. No le perdonan si yerra, Que no saben perdonar. Porque el gaucho en esta tierra Sólo sirve pa votar._

En ésta y en todas las tierras del mundo, para eso sirve el pueblo engañado por la política. Pobre siervo, a quien como al dormido despierto de las _Mil y Una Noches_, le dan por algunas horas la ilusión de la soberanía: ésta no le representa en el mejor caso, sino la libertad de forjar sus cadenas; y una vez encadenado, ya se encargan los amos de probarle lo que vale ante ellos. En todos los casos, el resultado es siempre idéntico; que el gobierno, al tener como función específica la imposición de reglas de conducta por medio de la fuerza, niega a la razón humana su única cualidad positiva, o sea la dirección de esa misma conducta. La ley que formula aquellas reglas, es siempre un acto de opresión, así provenga de un monarca absoluto o de una mayoría; pues el origen de la opresión poco importa, cuando lo esencial es no estar oprimido. Siempre es la fuerza lo que obliga a obedecer; y mientras ello subsista, basado en la ignorancia y en el miedo, que son los fundamentos del principio de autoridad, la libertad seguirá constituyendo un fenómeno puramente privado de la conciencia individual, o una empresa de salteadores. Si no nos abstenemos, si realizamos la actividad posible, porque el deber primordial consiste en que cada hombre viva su vida tal como le ha tocado, esto no debe comportar una aceptación de semejante destino; antes ha de estimularnos a la lucha por la libertad, que constituye de suyo la vida heroica. La democracia no es un fin, sino un medio transitorio de llegar a la libertad. Su utilidad consiste en que es un sistema absurdo ante el dogma de obediencia, fundamento de todo gobierno; y esto nos interesa esclarecerlo sin cesar, dadas las consecuencias que comporta. Tal es el sentido recto de la filosofía, que desde los estoicos hasta los enciclopedistas, nos enseñan los amigos de la humanidad.

Ya veremos cómo en el poeta, vidente y sabio aun a pesar suyo, puesto que encarnaba la vida superior de su raza, la misma lógica determina la vida de su héroe. Sigamos observando el desarrollo de este fenómeno.

Martín Fierro marcha a la frontera con sus compañeros de infortunio. Decidido a tomar las cosas por el buen lado, pues goza el optimismo de la salud, lleva su mejor caballo y sus prendas más valiosas.

_Yo llevé un moro de número,_[59] _¡Sobresaliente el matucho! Con él gané en Ayacucho[60] Más plata que agua bendita. Siempre el gaucho necesita Un pingo pa fiarle un pucho._

La enumeración de las prendas de ensillar, ofrece el habitual resumen sintético. Todo en una estrofa:

_No me faltaba una guasca, Esa ocasión eché el resto: Bozal, maniador, cabresto, Lazo, bolas y manea... El que hoy tan pobre me vea Tal vez no crerá todo esto._

_Ansí en mi moro, escarciando, Enderecé a la frontera. Aparcero, si usté viera Lo que se llama cantón... Ni envidia tengo al ratón En aquella ratonera._

_De los pobres que allí había A ninguno lo largaron; Los más viejos resongaron, Pero a uno que se quejó, En seguida lo estaquiaron Y la cosa se acabó._

_En la lista de la tarde El Jefe nos cantó el punto, Diciendo "quinientos juntos[61] Llevará el que se resierte; Lo haremos pitar del juerte, Más bien dése por dijunto"._

La vida no puede ser peor, dados la miseria y los duros trabajos en que los superiores emplean a la soldadesca para su beneficio personal. Las tribus encorajadas por la incapacidad de semejante tropa, invadían a su gusto, con saña feroz, cabalgando a vigor desde sus aduares aquellos guerreros cuyo tipo revive en dos estrofas con épica grandeza:

_Tiemblan las carnes al verlo, Volando al viento la cerda; La rienda en la mano izquierda Y la lanza en la derecha; Ande enderieza abre brecha Pues no hay lanzaso que pierda._

_Hace trotiadas tremendas Dende el fondo del disierto; Ansí llega medio muerto De hambre, de sé y de fatiga; Pero el indio es una hormiga Que día y noche está dispierto._