El Partido Carlista (1973)

Chapter 2

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El exilio de D. Javier y su Estado Mayor político es la respuesta, y la aceleración del golpe de Estado totalitario que asegura a Franco todo el poder político y militar, con el Decreto de Unificación, su consecuencia más inmediata.

El partido carlista conserva su capacidad de resistencia, pero, en parte por la imperiosidad de las exigencias bélicas y en parte por su propia inadecuación política, carece de capacidad de respuesta en el plano político.

D. Javier y los carlistas se niegan a aceptar el decreto unificador y a reconocer la legitimidad del nuevo estado totalitario surgido del mismo, expulsan de sus filas a quienes colaboran con él (Franco fracasa en su intento de neutralizar a Fal Conde, ofreciéndole el Ministerio del Interior, que éste rechaza), pero tiene que renunciar a su personalidad pública, sus estructuras, prensa y locales.

Sus acuerdos y esfuerzos por acortar la guerra y por humanizarla son torpedeados por el franquismo. El acuerdo entre D. Javier y el gobierno de Euzkadi para asegurar la paz del pueblo vasco, garantizando sus libertades, es anulado por el bombardeo de Guernica, que separará por años a las dos comunidades políticas más arraigadas de ese pueblo (nacionalistas y carlistas). Los intentados con la FAI habrán de limitarse a procurar salvar vidas de militantes combatientes en ambas partes.

Cuando la guerra concluye, las fuerzas republicanas son desmanteladas y perseguidas. El Carlismo, teóricamente vencedor, correrá la misma suerte.

5.- INTERREGNO

La guerra mundial priva al partido carlista de su cabeza. D. Javier participa en defensa de la democracia, pero, capturado por los nazis, es deportado al cambo de exterminio de Dachau, con lo que queda aislado de los carlistas.

Al término de la conflagración, el partido sólo existe en estado latente, pero su capacidad de supervivencia, asentada en su arraigo popular, le permitirá renacer nuevamente.

Es precisa su reorganización, pero sobre todo su evolución política, basada en una evolución mental colectiva. Las mentalidades políticas se han estancado en un contexto apolítico dominado intelectual y hasta espiritualmente por el Estado franquista, que impera hasta sobre los pensamientos del pueblo español.

Al Carlismo le sostiene un cierto complejo de frustración y una repulsa, más emocional y vivencial que intelectual en sus masas, respeto a la usurpación franquista.

Y es precisamente en sus núcleos universitarios (las AA. EE. TT.) donde ese sentido de oposición clandestina, pero inclaudicable, al régimen constituido, va, al propio tiempo, aflorando una insatisfacción e inquietud ideológica que, cuando llegue el momento, permitirá acelerar la marcha más de lo que superficialmente se hubiese podido esperar.

D. Javier, aclamado como legítimo sucesor de Alfonso Carlos por el pueblo carlista, actuará en España, para lograr la necesaria evolución y mentalización, personalmente y a través de su hijo Don Carlos Hugo, presentado a los carlistas en la Asamblea anual de Montejurra en 1957.

Y es D. Carlos quien, dando forma al pensamiento político del Rey, propone una nueva frontera, que va desplazándose según el impulso de una dinámica cada vez más vigorosa y generosa.

Las nuevas tesis irán plasmando en conceptos actuales a la antigua doctrina frente a las nuevas circunstancias.

6.- LA DOCTRINA PERFILADA

Es difícil, muy difícil, recuperar el sentido de una doctrina cuando ha de aplicarse a realidades sociológicas nuevas y esa doctrina ha quedado sepultada durante un período, más o menos largo, bajo un aluvión de erudicismos que se expresan en un léxico que, en buena parte, ha quedado desvirtuado para su correcta comprensión por el común de los españoles.

Se precisa valor, audacia, un profundo sentido vivencial de la propia ideología y una íntima comprensión de la realidad actual y de sus exigencias de futuro.

Cuando el Carlismo apareció históricamente en España, el planteamiento convivencial en que había de defender la libertad popular era el meramente territorial, con todo lo que ello representaba, pues implicaba el derecho a la propia personalidad y autogestión colectiva a nivel regional y la conservación y aprovechamiento de los bienes comunales en beneficio de los pueblos.

De ahí que en su inicial defensa de los fueros tuviese un sentido de Libertad Regional estricto. Libertad regional que hoy implica reconquistar la personalidad cultural, lingüística, administrativa y política de las regiones y que no sólo no ha perdido vigencia, sino que, ante las expectativas de futuro de la federación europea, ha adquirido un carácter de urgencia imperiosa.

Pero, triunfante la revolución capitalista burguesa, se ha originado la proletarización de grandes masas de la población en beneficio de los pocos poseedores de los recursos económicos, y este estado de indigencia colectiva, con la consiguiente pérdida de valores personales que acarrea y la exigencia común de recuperarlos, determina una nueva área de sociabilidad y la necesidad y derecho de estructurar los órganos sociales que la sirvan.

De ahí la exigencia carlista de Libertad Sindical, que, siguiendo sus íntimas convicciones de defensa de la personalidad popular, impone el reconocimiento por los poderes públicos de sindicatos libres, democráticos, independientes y con acceso real y efectivo a las decisiones socio-económicas, así como de su arma de lucha, la huelga, en tanto no se haya devuelto a los pueblos el control y la propiedad de los medios económicos de producción.

Finalmente, la expansión de las ideologías y su utilización por los partidos de cuadros en detrimento de los derechos populares, ha forzado a las masas a elaborar sus propias ideologías y a utilizarlas en defensa propia.

Adquirida por el pueblo la conciencia de sus ideologías, su mantenimiento significa hoy ya un derecho irrenunciable y, como tal, el Carlismo, cuya razón de ser histórica se debe a la defensa de esos derechos, reclama hoy también la Libertad Ideológica, plasmada operativamente en la existencia de partidos políticos.

Bien entendido que el Carlismo sostiene que las tres áreas de sociabilidad descritas (territorial, económico-profesional e ideológica) y las tres Libertades que suponen no se excluyen mutuamente y, así como el hombre es complejo en su personalidad, en sus intereses y relaciones, así su representación y participación en el gobierno de la comunidad requiere el respeto y garantía de esa misma complejidad.

Estas tres libertades son los tres pilares en que el Carlismo asienta las condiciones para la existencia de una auténtica democracia, y en ella su concepto monárquico aparece como garantía de independencia, que asegure la justicia de la que emerge la auténtica paz social (ya Carlos VII se presentaba al pueblo como “el Rey de las Repúblicas sociales”).

Porque el Carlismo no entiende su concepción del presente y su proyecto de futuro tan sólo como un entramado de libertades. La libertad, por sí sola, puede ser un mero juego dialéctico o político. La libertad existe y se postula en función de algo, esto es, como posibilidad de ejecución de un ideal. En este caso, del que sintetiza el propósito final del Carlismo: construir una sociedad que realice la Justicia en su máxima plenitud posible y en todas las formas y niveles en que ha de estar presente.

Las libertades que el Carlismo suscribe y propugna son un punto de arranque y un cauce, no un punto de llegada y un ideal autosuficiente. La libertad se reclama para hacer viable la Revolución social a la que orienta su dinámica.

Revolución social que tiende primordialmente a la transformación cualitativa del orden socio-económico, a fin de crear una estructura que permita la participación proporcional, para todos los integrantes de la comunidad, en el disfrute y en la gestión de los bienes de naturaleza económica, que son necesariamente un patrimonio colectivo.

Y que, al mismo tiempo, conduzca de manera progresiva a la desaparición de las situaciones de privilegio de los intereses de clase o de grupo y de los monopolios de cualquier forma de poder que determinan la actual discriminación, a nivel nacional e internacional, entre los miembros de la sociedad y entre las diversas naciones.

Cambio éste que estará ordenado, en definitiva, a crear las condiciones estructurales necesarias para permitir el progreso que las aspiraciones, las necesidades y la dignidad de la persona humana exigen.

El Carlismo entiende que sin esta voluntad y esta acción ordenadas a renovar en un alcance de plenitud humana las realidades sociales y económicas de nuestra sociedad, carece de finalidad y de sentido cualquier acción que termine en el simple ejercicio de la libertad.

De ahí que sostenga que esta exigencia de transformación pasa por una necesidad de socialización de la riqueza nacional y de los bienes productivos, de democracia empresarial y económica, por medio de la autogestión, de revisión de la estructura de la propiedad, que lleve a una distribución y aun control comunitarios de la riqueza, y de la elevación y dignificación de todas las funciones sociales que hacen posible la vida colectiva.

La cuestión religiosa, que tanta importancia ha tenido, por la vivencia cristiana del Carlismo, ha sido nuevamente expresada y perfilada. Frente a los intentos de atribuirle el carácter de grupo religioso, ha sido preciso que, sin negar la esencia cristiana de su filosofía política, y precisamente por eso, rechace taxativamente la aconfesionalidad de los partidos político, y exija la separación de Iglesia y Estado.

Y en este orden de cosas, la similitud de sus tesis con las mantenidas por el Concilio Vaticano II, le han permitido afirmar su andadura, mientras los “tradicionalistas” que se sentían incapaces de asimilar las nuevas ideas se apartaban de sus filas, librándole de su lastre.

Es en el campo político y como grupo político, como el Carlismo se reconoce responsable del desarrollo de los valores cristiano de los que es portador. De ahí su defensa de la dignidad de las persona, la libertad colectiva y la justicia social.

En su crítica del capitalismo, la exigencia de una revolución social, que derribe las estructuras sociales y políticas del Estado tecnocrático-capitalista, y en el concepto social de la propiedad, para que deje de ser el soporte de una casta monopolizadora de los resortes del poder, es precisamente su mística de inspiración cristiana la que le lleva a ocupar posiciones similares a las del marxismo.

Pero se parte de éste en cuanto a la concepción carlista de la trascendencia religiosa del hombre, (distancia que hoy en día se ha visto acortada por las nuevas posiciones alcanzadas por cristianos y marxistas, tomando unos en consideración la realidad social vigente para plasmar sus principios, y conscientes los otros cada vez más de la dimensión espiritual del hombre), su oposición a la praxis totalitaria de la sociedad, bien sea por medio del Estado o por medio del partido, de algunas acepciones socialistas y el planteamiento de la autogestión que propugna el Carlismo como remedio de asegurar la libertad en la función creadora de los hombres.

7.- HISTORIA DE UNA EVOLUCIÓN

Recuperar la vena popular soterrada y formular con el pueblo una doctrina de la que éste es portador, constituye una larga y no fácil empresa. Pero a ella se han dedicado totalmente D. Javier, D. Carlos Hugo y toda su familia, y de ello dan testimonio los continuos contactos, cursillos de formación, tomas de posición y discusiones a todos los niveles del partido, que concilio una gran democracia interna con una rigurosa disciplina, libremente aceptada, garantía de su libertad colectiva.

Gracias a esto, el Carlismo ha evolucionado, conscientemente y con decisión, pese a los esfuerzos del Régimen franquista por condicionarle y encasillarle en una cómoda inoperancia.

Sus seguidores se convierten en militantes, capaces no sólo de consagrarse a la tarea política, sino también de iniciativa en una guerra en la que la oposición al régimen es mucho más ideológica que afectiva.

El Carlismo ha vencido sus viejas contradicciones internas, a la par que los elementos reaccionarios, enquistados en sus filas para utilizarle en su propio beneficio, le abandonan. Ha conquistado su libertad colectiva y su dinámica social.

Desde este momento, multiplica sus contactos con otras fuerzas militantes y con ellas comparte sus tesis, en una común oposición al totalitarismo.

En Diciembre de 1968, su creciente actividad desemboca en el reconocimiento de la autonomía regional, dentro de su organización, para la Rioja, y en la exigencia por parte de D. Javier de esa autonomía cultural, administrativa y política para todas las regiones en la futura España.

Tal hecho resulta insoportable para el franquismo que, minado por una grave crisis interna, reacciona expulsando de España a D- Javier, a D- Carlos y a todos los miembros de su familia presentes en el territorio (expulsión culminada con la de Doña Cecilia en 1971), lo que provoca una nueva tensión política que, unida a la citada crisis, fuerza al gobierno a proclamar el estado de excepción durante un mes.

Desde entonces, las Asambleas Populares carlistas, los Montejurra 69, 70, 71 y 72, acentúan su carácter de fuerza revolucionaria y el partido reclama para el país con acentos cada vez más agudos y comprometidos las libertades formales y sociales precisas para impedir que España caiga otra vez en los antagonismos que la condujeron a la guerra civil.

El Carlismo concibe que sólo construyendo las nuevas estructuras es como pueden ser efectivamente derribadas las actuales.

-Construir una sicología de responsabilidad e iniciativa política, para acabar con el fatalismo y el servilismo característicos del régimen de opresión.

-Construir un espíritu de libertad, anegado por treinta años de coacciones y conformismo.

-Construir el pluralismo sobre el acuerdo de aquéllos cuyas metas sociales son comunes para promoción del pueblo, y destruir el monolitismo del partido único totalitario.

-Construir un partido popular, para terminar con el dominio de las castas establecidas, que pretenden reducir al pueblo a un papel de comparsa menor de edad…

El subjetivismo se convierte así en objetividad. Cambiar las estructuras es, en primer lugar, cambiar los condicionantes que afectan a la personalidad humana.

Este es el sentido y dignidad profundos de la politización. Y en ello está comprometido el Carlismo de hoy.

8.-EL PARTIDO CARLISTA

Para promover el desarrollo ideológico que la mística y la vivencia carlistas implican, se precisa un instrumento de lucha y de incidencia en la vida política española. Tal instrumento es el Partido Carlista.

Se presenta como un gran partido de masas, muy organizado y democrático, en oposición radical y declarada al régimen imperante, y clandestino en la medida en que éste no admite los partidos políticos en España-

Su organización es extensa y abarca todo el territorio español, y su actividad, constante, aun cuando implique la persecución, el exilio o la cárcel.

En la medida en que la situación de semi-clandestinidad lo permite, su jerarquía es en parte designada por el Rey y en parte elegida democráticamente por la base.

Su manifestación más genuina se da en concentraciones populares (en Montejurra se dan cita anualmente decenas de miles de carlistas), pero su labor de politización se verifica a lo largo y a lo ancho de todo el cuerpo social y en los cursillos para militantes.

Dado que el Carlismo no es un partido monolítico y dogmático, la autoridad moral (que trasciende a las personas) de la Dinastía permite aunar en un esfuerzo común a las diferentes mentalidades presentes en su comunidad política y, con su jerarquía indiscutida, posibilita, con su disciplina de partido de masas comprometido, la formulación de una doctrina política que sea respuesta a la problemática de hoy y proyecto de futuro.

El desenvolvimiento doctrinal es, en fin, constante, y se realiza a través de los Congresos del Pueblo Carlista, que, compuestos por compromisarios elegidos por la base en Asambleas democráticas, van marcando la línea político-ideológica del Partido.

Esta es, en resumen, la plasmación actual de esta primitiva explosión popular en la que D. Miguel de Unamuno, que tan virulentamente fustigó al Carlismo oficial de su tiempo, supo percibir una “protesta contra todo mandarinato, todo intelectualismo y todo charlamentarismo, contra todo aristrocratismo y centralización unificadora”, “con su fondo socialista y federal y hasta anárquico”, del que “puede decirse que nació contra la desamortización, no sólo de los bienes del clero y los religiosos, sino de los bienes del común” y del que pudo afirmar con toda razón que “fue un movimiento más europeo que español, un irrumpir de los subconsciente en la conciencia, de lo intra-histórico en la historia”.

Y es el compromiso consciente con su historia lo que proyecta al Carlismo hacia el futuro.

(El presente texto ha sido redactado por la Junta de Gobierno del Partido Carlista y aprobado por el pleno de la misma en la reunión del 28 de enero de 1973, tras el dictamen de la Comisión Ideológica. Su contenido, publicación y difusión ha sido autorizado por Don Javier de Borbón Parma y Don Carlos Hugo de Borbón Parma)

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