El Partido Carlista (1973)

Chapter 1

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“El Carlismo se perfila como una solución de hoy y de futuro. Para ello debemos presentar un Carlismo posible. La evolución es una necesidad. Evolución nuestra y de la sociedad actual, ya que ésta no responde en absoluto a los principios de justicia y libertad” (D. Javier al Pueblo Carlista. 6-12-1970)

PRESENTACIÓN

En el transcurso de su ya larga historia, el Carlismo ha sido objeto y víctima de numerosas visiones deformantes y tergiversadas.

Deformaciones y tergiversaciones producidas desde dentro y desde fuera. Desde dentro, por quienes, una y otra vez, han tratado de utilizarlo al servicio de sus propios intereses, Desde fuera, por quienes, en el ardor de la lucha política, procuraban restarle fuerza y confinarle en el ostracismo político.

Pero su auténtica vena popular, a menudo soterrada, le ha permitido llegar a nuestros días y mostrarse hoy con una faz renovada que ha sorprendido a muchos, habituados al tópico y cómodos seguidores de la inercia.

En base al tópico y a la inercia era como se intentaba encasillar al Carlismo, pese a que nadie puede alzarse con el derecho a definir a una comunidad social sino quienes se sienten solidarios con su existencia y vinculados a sus fines, es decir, quienes en realidad la componen.

Y es en el ejercicio inalienable de este derecho como ha surgido este trabajo.

Trabajo nacido de la reflexión consciente sobre nuestra historia como comunidad política, cuya existencia se acerca a los 150 años, de la vivencia actual de esa historia y de nuestra voluntad de futuro.

No nos condiciona el pasado, por serlo; ni nos oprime el presente, por sufrirlo; ni, en fin, nos arredra el futuro por ignorarlo.

Procuramos buscar en nuestras esencias y expresar nuestra razón de ser en palabras de hoy y de acuerdo con las necesidades y exigencias de hoy, sin que pretendamos dogmatizar, sino mantener firme el timón en la singladura que, junto a muchos otros, recorremos.

No tratamos de negar ni encubrir errores, pues errores ha cometido, no cabe duda, los carlistas como personas y el Carlismo, como comunidad política.

Sólo los muertos no yerran… pero se descomponen. Y el Carlismo sigue vivo y vigente.

La brevedad de este trabajo nos ha forzado a algunas simplificaciones, que pueden ser más o menos discutibles.

Pero así es como nos vemos, como nos sentimos y como, aquí y ahora, pensamos.

Y esa posible discusión puede ser, si se hace con honradez, un primer paso para un diálogo fecundo con quienes, aún sin compartir la totalidad de nuestro ideario, se sienten movidos por los principios de justicia y libertad.

Porque con los otros, como dijo Don Javier, el diálogo no es posible.

“No hay otro Carlismo. Este es el Carlismo de ayer, renovado hoy y dispuesto a proyectarse al futuro con la evolución de los tiempos” (D. Javier al Pueblo Carlista. 6-12-1970)

1.-SUS ORÍGENES

Históricamente significó en su inicio un movimiento popular y antioligárquico, vertebrado por el resurgir del sentimiento comunitario de Democracia Regional, tan vigente en las Españas de los siglos XV y XVI, y que el centralismo había ido ahogando en los siguientes.

Este despertar se produce con motivo de la crisis iniciadora de la era moderna.

La causa determinante de la aparición histórica del Carlismo se encuentra en un conflicto externamente dinástico, pero de hondas implicaciones políticas.

No se trata, como con meditada superficialidad se ha pretendido hacer creer en múltiples ocasiones, de la adscripción personal a un Rey o a una Reina, y ni siquiera de la preferencia por una u otra Ley de sucesión al Trono.

La chispa inicial que enciende la hoguera tiene una profundidad mucho mayor. Lo que se ventila es la posibilidad de modificar una Ley fundamental, como era la sucesoria, sin la participación del pueblo y, con ello, la reivindicación de las antiguas libertades populares, ya muy mermadas y a punto de ser definitivamente conculcadas por las oligarquías burguesas partidarias de Doña Isabel.

Tiene, por tanto, el Carlismo desde su origen un doble carácter dinástico y político.

Su carácter político resulta contradictorio para aquéllos que desconocen su génesis, y presenta cuatro aspectos fundamentales:

-El aspecto dinástico, que situándole anclado en fórmulas aparentemente periclitadas provenientes del pasado (la monarquía), le permite superar las sucesivas crisis padecidas durante casi siglo y medio y proyectarse, con vigencia actual, cara al futuro.

Y esto es así precisamente porque su dinámica histórica le ha llevado (intuitivamente al principio, más racionalmente después) a recuperar el sentido primitivo de la institución monárquica, con su vinculación paccionada Rey-Pueblo, al servicio de los intereses sociales y en garantía de defensa y potenciación de los fines comunitarios.

-El aspecto ideológico, que le muestra en sus orígenes con un carácter conservador, receloso de las ideas, entonces modernas, importadas del extranjero, y declarada y reiteradamente contrarrevolucionario, y hoy le lleva a abrirse a las ideas básicas imperantes en el mundo y a declararse explícitamente revolucionario.

Tal aparente antinomia desaparece si se tiene en cuenta que las ideas pregonadas por la Ilustración implicaban una revolución que quebraba las estructuras morales, sociales y políticas del pueblo, conculcando sus nexos comunitarios y sus libertades, so capa de la defensa de una abstracta Libertad, y el Carlismo, conformado por el pueblo y dimanante de él, se oponía a tales ideas en legítima defensa de su propia personalidad colectiva.

Y en 1972, triunfante y asentada en la sociedad la “revolución” liberal-capitalista y burguesa, el Carlismo, en congruente actitud con su trayectoria histórica y en permanente reivindicación de la personalidad y libertades populares, se proclama revolucionario frente a las oligarquías monopolizadoras del poder social.

-El aspecto político, que en 1833 le impele a combatir encarnizadamente a los partidos políticos entonces imperantes y ahora le hace presentarse como tal partido político en la palestra española.

Cuando los partidos dominantes son unos partidos de cuadros, defensores de unos intereses de casta, y que utilizan el sufragio como medio de embarcar al pueblo y servirse de él, el Carlismo, en defensa decidida de las libertades forales, soporte de la democracia regional y de las libertades sociales y los grupos populares que las encarnan, se opone obstinadamente a la democracia formal de tales partidos.

Pero hoy en día va más allá de la simple repulsa de los partidos de cuadros. Proclama la necesidad y validez de los partidos que, por proporcionar una cultura de base y sirviéndose de los medios de información a su alcance, permiten al pueblo la toma consciente de posiciones ideológicas y su integración real en los mismos, por su estructura y más aún por su ideología y mística.

El Carlismo defiende, pues, el concepto de “Partido de masas” y se reconoce a sí mismo como tal.

-El aspecto sociológico, que junto con las masas populares que conforman y dan vida y vigencia al Carlismo, en reivindicación de sus libertades concretas y reales, señala la incorporación al mismo de otros grupos, minoritarios, sí, pero importantes por su influencia, que en diversos momentos de su historia han llegado casi a desvirtuar la ejecutoria popular y liberadora del partido.

Tales grupos, de extracción social primordialmente aristocrática o burguesa, se unen a la Causa carlista por motivaciones distintas, sino antagónicas, a las que impulsan a las masas. Su ideología es fundamentalmente conservadora, e incluso reaccionaria, y su principal punto de unión con las corrientes populares se da en el motivo religioso, si bien con enfoques diametralmente opuestos.

Mientras para el pueblo la Religión representa una vivencia que, a la vez, constituye un nexo social que permite una comunidad de ideas y de valoraciones en su desenvolvimiento colectivo y en su devenir histórico, para los grupos oligárquicos incrustados en el Carlismo significa un apoyo moral, elevado a la categoría de dogma político, para mantener sus posiciones privilegiadas en una sociedad estamental rígidamente jerarquizada y amparada por una Iglesia galicanizada.

Y, dada la elevada extracción social de tales grupos y su nivel cultural y económico, no puede extrañar que, en ocasiones, su influencia haya sido desproporcionada respecto a su magnitud y que su dogmatismo ideológico y sus intereses privativos hayan provocado varias crisis en el seno del Carlismo, hasta que éste ha conseguido desprenderse de tal lastre y recuperar su norte en defensa de las libertades populares.

Y ha sido el factor dinástico, con su fuerza vinculante Rey-Pueblo, el que ha hecho posible esta desalienación progresiva.

2.- SUS IMPLICACIONES

El partido carlista, que va a atravesar la historia moderna de España entre luchas, persecuciones, vaivenes y contradicciones, tendrá en su desenvolvimiento implicaciones militares, sociológicas y políticas.

Implicaciones militares. La primera manifestación del Carlismo se produce a través de sucesivas guerras que ocupan buena parte del siglo XIX.

Y estas guerras presentan unas características muy especiales. Constituyen el primer exponente en la historia moderna de lo que hoy se conoce con el nombre de “guerra revolucionaria”.

No se producen por el enfrentamiento de dos Estados (guerra internacional), ni tampoco por el de dos fracciones del ejército y de la sociedad dentro del mismo Estado (guerra civil).

De un lado, el Estado constituido, con todo su aparato militar y coercitivo, y con el apoyo interno de quienes detentan el poder político, económico e incluso moral (jerarquía eclesiástica) y el externo de las potencias extranjeras co-beligerantes (Inglaterra, Francia, Portugal), que, gracias a estos apoyos, acabará por alzarse con la victoria, más política que militar. Victoria precaria, por otro lado, ya que la paz social quedará ausente de España.

De otro, el pueblo en armas. Un pueblo no masificado, vertebrado en sus instituciones propias y en defensa de sus libertades concretas, que aporta un voluntariado numeroso, animoso y agresivo y que se agrupa alrededor de sus Reyes (Carlos V, Carlos VI, Carlos VII) y de sus caudillos militares, para derribar con el esfuerzo bélico las estructuras capitalistas, oligárquicas y centralistas adueñadas del Estado.

Por otra parte, la motivación ideológica de las guerras carlistas es tan nítida que, aún concluidas las mismas con la derrota en el campo de batalla (lo que hubiese puesto fin a una mera motivación dinástica), ha permitido al Carlismo pervivir hasta nuestros días y proyectarse como partido político con voluntad de futuro.

Finalmente, hay un dato más. La participación popular fue tan intensa y extensa que, aun aquellas regiones en que la carencia de jefes militares con capacidad de organización impidió la formación de unidades más estructuradas, se cubrieron de “partidas” guerrilleras.

Y si bien es cierto que no faltaron los militares de carrera en todos sus grados en las filas carlistas, quienes más adhesiones concitaron fueron los jefes natos de extracción popular, que inundaron materialmente todos los escalones de la jerarquía militar desde el modesto jefe de “partida” hasta el generalato (Zumalacárregui, Cabrera).

-Implicaciones sociológicas. El partido carlista es esencialmente popular. Es lo que hoy se denomina “partido de masas”. Hay pocos “privilegiados” en su seno. En su origen lo constituyen masas campesinas y algunas preindustriales, así como antigua nobleza provinciana y pequeña burguesía ciudadana.

Sin embargo, junto a esta masiva afluencia popular, se incorporan en un principio al Carlismo también algunos sectores nobiliarios y de alta burguesía, beneficiarios del poder en la sociedad estamental del “Antiguo Régimen” y de mentalidad reaccionaria y rabiosamente nacionalista, que esperaban del triunfo de D. Carlos la conservación de sus antiguos privilegios y la exaltación de sus propias interpretaciones religiosas.

Son éstos los que, por su nivel de formación cubren en buena parte los puestos directivos del ejército carlista, y de entre ellos salen los que, cuando ven en peligro la supervivencia de sus prerrogativas, por la inseguridad del triunfo militar, tratan de garantizarlas, allanándose al pacto que les permita instalarse en la sociedad constituida, que decían combatir.

Es sintomático, sin embargo, que el pueblo que en todo momento mantiene su adhesión incondicional al Rey y a los caudillos militares de extracción popular (Zumalacárregui, Cabrera, Ollo, Rada, Tristany…), achaca indefectiblemente las derrotas y los desalientos, a veces injustamente, a los jefes pertenecientes al grupo citado, lo que indica su clara desvinculación respecto a ellos.

Este sector ideológico, que en los tiempos de bonanza no tiene inconveniente en integrarse en la sociedad imperante para salvar los “principios”, es el que, una y otra vez, en los momentos cruciales, revierte al Carlismo y, con su bagaje intelectual e incluso económico, consigue ocupar posiciones totalmente desproporcionadas a su peso específico.

Y es así como su influencia acentúa el carácter contradictorio que ha marcado al Carlismo a la hora de tomar opciones políticas en muchos momentos de su historia debilitándolo.

-Implicaciones políticas. El pueblo carlista comparte una ideología poco formulada, pero vivida. Su primer grito, su primigenio lema, su genuina voz de guerra fue “Rey y Fueros”.

Frente a la revolución “liberal” que derribaba lo que quedaba de una sociedad estamental y anacrónica, pero en beneficio exclusivo de una casta burguesa y centralistas, y que otorgaba el poder político a los que ostentaban el poderío económico, la palabra Rey significaba la garantía de justicia e independencia de quien, por no estar vinculado a una clase o a un grupo particular, se debía a todos y a todos debía de amparar.

Y Fueros era la reivindicación gritada de las libertades concretas, las libertades regionales y comunales que, si bien estaban ya muy disminuidas, e incluso en ciertos aspectos desvirtuadas, era preciso revitalizar.

Frente al liberalismo burgués que proclama la libertad de los privilegiados, de los grandes terratenientes (que se van a enriquecer aún más al atribuirles el Estado los bienes comunales y eclesiásticos, tras la desamortización, y que van a constituir, en un contexto de “capitalismo salvaje”, la oligarquía más poderosa), el Carlismo defiende las libertades sociales auténticas y rechaza a los partidos burgueses de cuadros que se sirven del pueblo en su propio y exclusivo beneficio.

El origen extranjero del liberalismo y su posición antirreligiosa, así como la influencia reaccionaria y nacionalista del grupo de los “apostólicos”, ya señalado, junto a la vivencia religiosa del pueblo y la conciencia de defensa de su propia personalidad, introducen en el lema dos nuevos elementos: “Dios y Patria”.

Sin embargo, remitida la virulencia política que en un tiempo presentó la cuestión religiosa y apagados los fervores nacionalistas que un día se extendieron por toda Europa, recobra hoy su primitiva importancia el lema original “Rey y Fueros”, que, en palabras actuales, se puede traducir por “Justicia y Libertad”.

Justicia y Libertad que hallan su garantía en el pacto entre el Pueblo y la Dinastía, que implica un mutuo compromiso para hacer triunfar en el campo político, más allá de las armas, el lema del Carlismo.

3.- DINÁMICA HISTÓRICA

El Carlismo ha sido derrotado militarmente, políticamente reprimido sin piedad. Sus cuadros, fusilados, encarcelados, exiliados…

Se ha visto intoxicado ideológicamente por grupos de intelectuales dogmáticos, que se han introducido en sus filas y pretendido desvirtuarlo.

Pero ha sido siempre su fidelidad dinástica la que le ha dado cohesión y le ha salvado de convertirse en una “milicia del capitalismo”, restituyéndole su carácter de partido popular (que atrajo la atención y el interés de Carlos Marx por su auténtica dinámica nacida del pueblo).

Su nacimiento tiene lugar mediante una guerra, pero una guerra peculiar.

La Guerra de la Independencia tuvo un carácter nacionalista. La de 1823, ideológico.

La primera guerra carlista reúne ciertas condiciones de las dos anteriores, pero es, además en cierto sentido, la primera manifestación no formulada de la lucha de clases que el liberalismo capitalista desencadenó y más adelante definió y proclamó el marxismo.

Es la lucha de las clases populares en defensa de sus derechos personales y sociales contra la casta que pretende arrasarlos, a fin de consolidar políticamente su status privilegiado, basado exclusivamente en su poder económico.

No obstante, las diferencias entre el planteamiento marxista y el carlista son importantes:

-El Marxismo parte de una masa desarraigada y proletarizada en su lucha contra la oligarquía político-económica que la oprime. El Carlismo, de un pueblo vertebrado y personalizado que se niega a dejarse avasallar por esa oligarquía.

-El Marxismo busca la mentalización de esa masa en función de la opresión que sufre, para que recabe sus derechos humanos. El Carlismo tiene conciencia de esos derechos y defiende la personalidad del pueblo, negándose a abdicar de ellos.

-Para el Marxismo, lo que identifica a las masas internacionalmente es su condición de proletarios. Para el Carlismo, su condición de hombres, capaces de relación social a diversos niveles, y con derecho, por tanto, a preservar la diversidad de sus personalidades colectivas.

-El Marxismo se apoya en un principio filosófico derivado de su peculiar interpretación dialéctica de la Historia. El Carlismo, en una vivencia cristiana en su lucha contra una ideología que trata de ahogarla.

-El Marxismo, en fin, se produce como reacción contra un hecho ya consumado: el triunfo del liberal-capitalismo. EL Carlismo se opone desde el principio a la consumación de ese triunfo, que intuye como anti-popular.

El desenvolvimiento histórico posterior del Carlismo es alternativo. Tendrá momentos de auge y otros de decaimiento, desviaciones y frenazos. Pero su propia persistencia como grupo político, demuestra lo arraigado de sus convicciones y vivencias.

Las crisis que le debilitan, sin embargo, le hacen perder su capacidad de formular un lenguaje propio capaz de expresar un diagnóstico y soluciones a los padecimientos del pueblo español en términos de problemática política, primero, de diálogo político, más tarde.

Surgirán otros grupos populares, otros partidos de masas, para recoger poco a poco aquellas tesis, perfilándolas de cara a la situación: los anarquistas, particularmente, y los socialistas, comunistas, ciertos grupos demócratas…

La incidencia política del dogmatismo antirreligioso con que todos estos grupos se presentaban hasta hace muy pocos años, determinado por la colaboración de la Iglesia con las estructuras capitalistas, hace que el Carlismo, vivencialmente cristiano, se oponga a ese dogmatismo y, alienado por esta Iglesia, desarrolle otro de signo contrario, que le impide entrar en contacto con ellos y formar contra la opresión capitalista el frente común que por sus planteamientos socio-políticos hubiese sido natural.

En la década de los años treinta, la situación social alcanzó el punto de ruptura.

La extrema injusticia que caracteriza al campo socio-económico, particularmente al régimen de propiedad, y la opresión política que traduce aquel régimen y que reprime implacablemente cualquier intento de rebeldía popular, va a abocar a la guerra civil.

4.- CRISIS Y GUERRA CIVIL

El Carlismo ha desaparecido prácticamente como partido político. Sólo queda de él una fuerza popular y dispersa, fiel a una Dinastía, y que se halla aún organizada desde un punto de vista guerrero, según viejas tradiciones de lucha y clandestinidad.

Desde el punto de vista político, el Carlismo ve, como siempre en los tiempos de crisis, acudir a él a elementos ultra-conservadores, que intentan imprimirle un carácter reaccionario, valiéndose de una vivencia profundamente religiosa.

En esta falsa interpretación de la política tiene bastante responsabilidad la Iglesia de aquellos días.

También desde el punto de vista dinástico se perfilaban tiempos de crisis. Muerto D. Jaime III sin descendencia, y sin ella igualmente D. Alfonso Carlos I, la Dinastía carlista, en su rama directa, está destinada a la desaparición.

Pero incluso esta grave situación, que en un partido pura y simplemente monárquico implicaría probablemente la extinción, le sirve al Carlismo para aplicar la teoría de la legitimidad de ejercicio de los Reyes (que ya en tiempos de Juan III, padre de Carlos VII, había pasado su Rubicón) y perfilar más adelante, basado en ella, la doctrina política del Pacto Rey-Pueblo.

Así, D. Alfonso Carlos, muy anciano ya, llama a su lado a D. Javier de Borbón-Parma, su presunto heredero, por cuanto es el primer Príncipe de la Casa de España a quien, permaneciendo fiel a los postulados políticos e ideológicos del Carlismo, corresponde la sucesión según el derecho de sangre.

Nombrado D. Javier Príncipe Regente del Carlismo, sin perjuicio de sus derechos al Trono, se responsabiliza de su destino político y quisiera reconstruirlo como partido popular, con su instrumento de análisis propio, su propio proyecto político y su ideología, capaz de expresar en lenguaje moderno su mística cristiana y popular.

Para ello precisa también una estructura política renovada. Pero falta tiempo.

La tormenta se cierne sobre España, radicalizada sobre las cuestiones no sólo sociales, sino religiosas, ya que la Iglesia se presenta entonces como soporte moral de cierto régimen político-social.

Es difícil resolver el dilema. Las libertades sociales y religiosas se garantizan mutuamente en un contexto político abierto al diálogo. Pero en el contexto no político y fanático de la España de 1936 son desgraciadamente antagónicas.

Esquemáticamente (pues los matices son múltiples), o se defiende la libertad religiosa a costa de la libertad social, o ésta a costa de aquélla.

Sería preciso no tener que escoger, pero no hay opción, pues es tarde ya para el golpe de Estado que el Carlismo había preparado para permitir a las fuerzas populares concluir un acuerdo sobre un programa mínimo común, que salvase ambas libertades, reconciliándolas.

EL Carlismo escoge la libertad religiosa. El Jefe-delegado, D. Manuel Fal Conde, y la Junta de Guerra de Navarra, concluyen un acuerdo con los Generales Sanjurjo y Mola, jefes supremos e indiscutidos del alzamiento militar, en el que se estipula que el Carlismo conserva su independencia política.

En virtud de tal acuerdo, el 18 de Julio de 1936, D. Javier y Fal Conde firman un telegrama dando la orden de levantamiento a los tercios. La respuesta es inmediata. Cien mil voluntarios, a lo largo de tres años de guerra, dejarán constancia de la capacidad de sacrificio y entrega del Carlismo, así como el de su firme rechazo del revanchismo y la persecución.

Pronto constituyen un peligro para el poder militar, que ha sido asumido por un hombre, Franco, incorporado a última hora a la conspiración, y que, de acuerdo con los regímenes que le apoyan (nazi y fascistas), está decidido a asentar su poder personal en una dictadura de ese signo.

Surgen las dificultades políticas. Los tercios, a los que se ha atribuido un mando militar, han sido integrados en el ejército. Pero el Carlismo quiere conservar su independencia en cuanto a la opción política futura, que sólo concibe de acuerdo con las grandes libertades a las que los fueros sirven de garantía.

D. Javier se entrevista con Franco en Burgos para exigirle respeto a la óptica política carlista, contradictoria con la actitud fascista, que es ya la del poder militar, y le manifiesta su firme decisión de cumplir con el pacto que su familia tiene con el pueblo carlista y de conseguir que en la construcción del futuro de España participen todos los españoles.