Part 33
Los vulgares habitantes del _Pandemonium_, que eran espíritus incorpóreos, a pesar de ocupar tan vasta extensión y de su infinito número, se veían reducidos a un limitado espacio; y en la batalla, cuando quedan aplastados por las montañas, las armas se les introducen por los cuerpos, y sus padecimientos son mayores porque con el pecado su sustancia se ha dilatado más y héchose más sensible. Esto acontecía a ángeles incorruptibles, cuyas armas contribuían a su mayor derrota, pues sin ellas, como espíritus que eran, hubieran salido ilesos, contrayéndose o desapareciendo; y aun como espíritus, serían espirituales a medias, porque la contracción y el movimiento son propiedades de la materia; pero sin el embarazo de la armadura nada hubiera quedado de ellos, y hubiera recibido los golpes la materia que los cubría. Cuando Uriel desciende en un rayo de Sol, es corpóreo, y corpóreo también Satán cuando teme que Adán pruebe en él su esforzado aliento.
La mezcla de espíritu y materia que resulta en la narración de la guerra celeste es una verdadera incongruencia, y el libro que a ella se refiere, es a mi juicio el favorito de los estudiantes, y el que más pronto olvidan según van adquiriendo gusto y conocimientos.
Después de la intervención de los agentes inmateriales, sobre que no debe insistirse más, entra la de los personajes alegóricos, que no tienen existencia real. El poner en relieve las causas por medio de estos otros agentes, el atribuir una forma dada a las ideas abstractas y comunicarles animación y vida, ha sido siempre privilegio de la poesía; pero la mayor parte de esos seres ideales luego que representan su papel natural, no vuelven a figurar. Así la Fama cuenta proezas, y la Victoria corona a un general o sigue tal estandarte, pero ni una ni otra pueden hacer más: darles una existencia real o atribuirles una intervención material, es despojarlos de su carácter alegórico, o atormentar al entendimiento para que suponga efectos irrealizables. En el _Prometeo_ de Esquilo vemos la _Violencia_ y la _Fuerza_ y en el _Alcestes_ de Eurípides la _Muerte_ que se presentan en la escena y toman parte en la acción como personas del drama; pero no hay ejemplo alguno que pueda justificar un absurdo.
La Muerte y el Pecado, alegorías de Milton, seguramente son personificaciones falsas. El Pecado es la madre de la Muerte y puede muy bien ser portero del Infierno; pero cuando detienen en su viaje a Satán, viaje que se describe como verdadero, y cuando la Muerte le provoca a combate, no es ya posible la alegoría. Que el Pecado y la Muerte hubiesen mostrado el camino del Infierno, nada tenía de extraño; lo inverosímil es que allanen el camino construyendo un puente, porque los obstáculos que encuentra Satán se pintan como reales y materiales, y el puente no puede ser más que imaginado. El Infierno, morada de los espíritus rebeldes, se localiza tan puntualmente como la mansión del Hombre. Está situado en cierta región lejana del espacio, separado de aquellas donde reinan la armonía y el orden por medio del inmenso vacío que llena el Caos; pero el Pecado y la Muerte levantan una enorme mole de rocas amasadas con asfalto; obra demasiado sólida para arquitectos tan ideales.
Esta desmañada alegoría es, a mi juicio, uno de los mayores defectos del poema, defecto que no tiene disculpa, porque consiste en la opinión que el autor se había formado de la belleza de su obra.
También en cuanto a la narración en sí, hay algo en qué reparar. Satán es conducido en el Paraíso con sobrada lentitud a la presencia de Gabriel, y se le deja ir muy tranquilamente. La creación del Hombre se supone una consecuencia del vacío que había quedado en el Cielo por la expulsión de los ángeles rebeldes, y Satán hace mención de ella como de un rumor que corría por el cielo antes de su caída.
Difícil era en verdad hallar sentimientos que correspondiesen al estado de la inocencia, y sin embargo, de vez en cuando algunos suelen anticiparse. El discurso que Adán se forja entre sueños no parece muy propio de un ser nuevamente creado. Tampoco hallo gran propiedad en su respuesta al Ángel cuando este le reprende por la curiosidad que muestra: es el razonamiento de un hombre que conversa con otros hombres. Hubieran podido omitirse algunas nociones filosóficas, y sobre todo de falsa filosofía; así como que en una comparación hable, el Ángel del tímido ciervo, cuando el ciervo no era todavía tímido, y antes de que Adán pudiera comprender la comparación.
Observa Dryden que en medio de su sublimidad, Milton peca de hinchado a veces; lo cual quiere decir que adolece de desigualdad. En toda obra hay una parte que necesariamente depende de las demás: un palacio no puede estar sin galerías, ni se da un poema sin transiciones. Por demás sería exigir que el ingenio esté siempre a la misma altura, como si pretendiéramos que el sol se mantenga constantemente en el mediodía. En las grandes obras hay cierta alternativa de partes luminosas y opacas, como en el mundo se suceden el día y la noche. Después de recorrer los ámbitos del cielo, no debe parecer mal que descienda Milton a contemplar la tierra; porque ¿qué otro autor se ha remontado nunca a tanta altura, ni ha sabido sostener su vuelo por tanto tiempo?
Tan empapado estaba en los poetas italianos, que con mucha frecuencia se valía de ellos; y como todos aprendemos algo de los demás, su afán por imitar la ligereza de Ariosto le sugirió la malhadada imitación del _Paraíso de los Locos_; invención que no carece en sí de mérito, pero demasiado ridícula para ingerida donde se halla.
Sus juegos de palabras, de que abusa en demasía, sus equivocaciones, que Bentley procura disculpar con el ejemplo de los antiguos; y el empleo innecesario que con tan poco gusto hace del tecnicismo artístico, no hay para qué detenerse a mencionarlos, porque fácilmente se advierten y han sido generalmente censurados, además de que guardan tan pequeña proporción con el conjunto, que apenas llaman la atención de los críticos.
Tales son los defectos del admirable poema del PARAÍSO PERDIDO. El que pretenda valerse de ellos para que sirvan de contrapeso a sus innumerables bellezas, no mostrará tanta imparcialidad ni celo, como ruindad y escasez de juicio, y merecerá, no que se le censure por su cándida intención, sino que se le compadezca por su falta de sensibilidad.
DE BLAIR
Milton se trazó a sí mismo un rumbo nuevo y extraordinario en la poesía. Apenas abrimos su PARAÍSO PERDIDO nos sentimos trasladados a un mundo invisible, y rodeados de seres tan pronto celestes como infernales. Los ángeles y demonios no son la máquina, sino los principales actores de su poema; y lo que en otra composición cualquiera sería maravilloso, en esta se reduce a un curso natural de acontecimientos. Un asunto tan ajeno a los intereses de este mundo puede dar fundamento a los aficionados a discusiones materiales, para dudar de si el PARAÍSO PERDIDO debe propiamente contarse entre los poemas épicos. Califíquese como quiera, es uno de los más sublimes esfuerzos del genio poético, y en condiciones tan características del poema épico como la majestad y la sublimidad, igual al más excelente que merezca esta denominación.
Hasta qué punto anduvo acertado el autor en la elección de su argumento, es muy cuestionable: desde luego puede decirse que ofrece grandes dificultades. A ser de índole más humana y menos teológica, más en conexión con las vicisitudes de la vida, con la manifestación de los caracteres y las pasiones de los hombres, quizá sería este poema, al menos para la generalidad de los lectores, más agradable e interesante. Pero el asunto se acomodaba perfectamente a la sublime grandeza de su talento; solo él podía ponerse a su altura; y al llevar a cabo tan arduo empeño, mostró una fuerza tal de imaginación y de invención, que verdaderamente es maravillosa. Admira, en efecto, que de la escasa materia que la Sagrada Escritura le ofrecía, sacase una obra tan completa y tan regular en todas sus partes, y acumulase en su poema tantos y tan variados incidentes. Hay en él trozos áridos e ingratos; ocasiones hay en que el autor, más que poeta, parece un metafísico o un teólogo; pero el conjunto de la composición es interesante; sorprende y embelesa la imaginación, y seduce y conmueve más, a medida que se adelanta en su lectura, lo cual seguramente prueba gran mérito en una composición épica. La artificiosa variedad de objetos, y la escena que colocada tan pronto en la tierra, como en el infierno o en el cielo, no llega a hacerse monótona, producen, juntamente con la unidad de plan, un todo tan armónico como perfecto. ¡Qué dulce, qué tranquilamente respiramos con Adán y Eva en el Paraíso! ¡Con qué atención seguimos a Satán en su empresa, con qué ansiedad presenciamos el combate de los ángeles en el cielo! La inocencia, la pureza, la ternura de nuestros primeros padres al lado del orgullo y ambición de Satán, ofrecen un bello contraste que domina en todo el poema: únicamente la conclusión es demasiado trágica para un poema épico.
La naturaleza del asunto no admite gran desarrollo en los caracteres; pero tales como se pintan, se sostienen y hacen muy agradables por su propiedad. Satán, en particular, es una figura gigantesca, y el carácter mejor trazado de todo el poema. Milton no le representa conforme a la idea que tenemos de un espíritu infernal, sino que se propuso darle cierta apariencia humana, es decir, mixta, y no enteramente exenta de buenas cualidades. Es valeroso y fiel para con los suyos; en medio de su impiedad siente algunos remordimientos; hasta se muestra algo compadecido de nuestros primeros padres, y se disculpa del daño que les ocasiona con la necesidad de su situación. Obra por ambición y despecho, más bien que por natural malicia: en una palabra, no es peor que muchos conspiradores o jefes de partido de los que figuran en la historia. Los diferentes caracteres de Belzebú, Moloc y Belial, están pintados de mano maestra en las elocuentes arengas que pronuncian en el libro segundo. En cuanto a los ángeles buenos, aunque no carecen de dignidad y propiedad, tienen un colorido más uniforme que los espíritus infernales, a pesar de que la nobleza de Miguel, la afable condición de Rafael y la inquebrantable fidelidad de Abdiel, constituyen diferencias muy características. El empeño de presentar a Dios en el esplendor de su omnipotencia y de referir los diálogos que median entre el Padre y el Hijo, era demasiado grave y difícil, y fue en el que, como debía presumirse, quedó más deslucido nuestro poeta. Pero los caracteres verdaderamente humanos, la inocencia y amor de nuestros primeros padres, están pintados con sumo acierto y delicadeza. En algunos de sus diálogos con Rafael y Eva, Adán se muestra sobrado discreto y culto, atendida su situación; en Eva se advierte más verdad: su gracia, su modestia y su fragilidad son exactamente las de la mujer.
La cualidad más relevante y grande de Milton, es la sublimidad. En ella quizá sobrepuja a Homero, y en cuanto a Virgilio y los demás poetas posteriores a él, no cabe duda alguna respecto a su inferioridad. Los dos libros, primero y segundo del PARAÍSO PERDIDO son una no interrumpida muestra del género sublime. La vista del infierno y sus debeladas huestes, la apariencia y aspecto de Satán, el consejo de los caudillos infernales y el caos donde se lanza Satán para arribar a las playas de este mundo, forman otros tantos pensamientos sublimes que no ha concebido jamás la fantasía de ningún poeta. Ni carece tampoco de grandeza el sexto libro, particularmente en la aparición del Mesías, sin que por eso deje de haber en él algo de censurable y aun de indisculpable, como los sarcasmos de los demonios al ver los efectos de la artillería. La sublimidad de Milton es de diferente género que la de Homero; la de Homero es por lo general brillante e impetuosa; la de Milton más grandiosa y reposada; Homero nos entusiasma y arrastra; Milton nos deslumbra y arrastra más; el uno es más sublime en la descripción de los hechos; el otro en la de los objetos de suyo grandes y maravillosos.
Pero aunque Milton se distinga realmente tanto por su sublimidad, hay muchas bellezas, muchos cuadros dulces y deliciosos en toda su obra. Las escenas que pasan en el Paraíso están llenas de imágenes risueñas y encantadoras; sus descripciones son hijas de una fecundísima imaginación, y en los símiles se muestra casi siempre muy feliz, aunque alguna vez pequen de impropiedad, y pocas y muy raras sean o triviales o de mal gusto. En lo general nos ofrece imágenes tomadas de objetos sublimes o bellos, y si de algún defecto se resienten es de aludir a menudo a conocimientos científicos o a las fábulas de la antigüedad. La última parte del PARAÍSO PERDIDO preciso es confesar que decae algún tanto: parece que el genio de Milton participa del desfallecimiento de nuestros primeros padres. Rasgos, sin embargo, muy bellos del género trágico se hallan en los postreros libros, como el remordimiento y contrición de los dos culpables; y afectos conmovedores, como su despedida al Paraíso, cuando se ven obligados a abandonarlo. El último episodio del Ángel, que refiere a Adán la suerte de su posteridad, está felizmente ideado, aunque a trechos sea algún tanto lánguida la ejecución.
El lenguaje y versificación de Milton son de primer orden. Su estilo es altamente majestuoso y apropiado al asunto. El verso suelto es armonioso y vario, y ofrece el más perfecto ejemplo de la elevación que es capaz de alcanzar nuestra lengua en la poesía. No se sucede acompasadamente como el verso francés, en alterna, regular y uniforme melodía, que frecuentemente fatiga el oído, sino que es dulce, fluido y muchas veces enérgico, vario en su cadencia y mezclado con algunos sonidos desacordes, como conviene al vigor y libertad de la composición épica. De vez en cuando se tropieza con alguno prosaico y descuidado, pero en obra tan larga, y en lo general tan armoniosa, bien pueden perdonarse tan pequeñas faltas.
En suma, es el PARAÍSO PERDIDO un poema que abunda en perfecciones de todo género, y que con razón ha dado a su autor una fama no inferior a la de ningún otro poeta, a pesar de que tengamos que reconocer en él algunos lunares; que es propiedad de todos los grandes genios no ser siempre uniformes ni correctos. Da Milton con frecuencia en la teología y la metafísica; suele ser duro en su lenguaje; suele usar de voces técnicas y hacer gala de su erudición; pero muchos de sus defectos deben atribuirse a la época en que vivió. La fuerza y seguridad que ostentaba su genio, estaba, a nivel de lo más grande que se conoce; y si a veces se muestra inferior a sí mismo, otras se eleva sobre todos los poetas del antiguo y del nuevo mundo.
DE LORD OXFORD
Si el Rafael, el Satán y el Adán de Milton tienen tanta dignidad como el Apolo de Belvedere, su Eva ostenta toda la gracia de la Venus de Médicis, y su descripción del Edén el colorido de Albano. Su ternura inspira siempre ideas tan graciosas como las Madonas de Guido, y las tres gracias pueden denominarse el ALLEGRO, el PENSEROSO y COMUS. Rebosaba su alma en poesía, en sentimiento y en entusiasmo, y aprovechaba todas estas cualidades estudiando los mejores modelos. Así preparado, dio rienda suelta a su genio, que era demasiado impetuoso y sublime para dejarse aprisionar por el mecanismo de la rima, que si alguna vez le embarazaba para expresar todo lo que sentía, con más frecuencia le obligaba a añadir trivialidades que contribuían a que cobrase mayor aliento.
DE HAYLEY
El entusiasmo era la cualidad predominante en la imaginación de Milton. En política le había llevado a ser crédulo con sobrada generosidad, y a veces demasiado rigorosamente decidido; pero en poesía le exaltaba a un grado tal de sublimidad, que nadie ha podido excederle en ella, ni es probable que llegue nadie a sobrepujarle; pues aunque en todas las artes haya sin duda grados de perfección a que ningún mortal ha llegado aún, se requiere tal conjunto de dotes, unas dependientes de la naturaleza, otras de la fortuna, en un grande artista de cualquier género que sea, que el mundo no tiene motivo alguno para esperar producciones de un genio poético superior al del PARAÍSO PERDIDO. En él se ve la vigorosa y aguda originalidad de concepción que caracterizaba la inteligencia de Milton, y le hacía merecedor del más alto concepto; y así no solamente es digno nuestro autor de aplauso por haber ensanchado y ennoblecido la esfera de la poesía épica, sino de otro título mayor a nuestra gratitud, el de fundador del nuevo y encantador arte inglés, que tanta gloria ha dado a nuestro país.
Con justo encomio, pues, y con las más sinceras y felices expresiones han rendido un tributo de admiración a Milton, el elegante historiador de nuestra moderna jardinería lord Oxford, y los dos consumados poetas de Francia y de Inglaterra, De Lille y Mason, al celebrar su mérito y proclamarle como el benéfico genio que ha granjeado al mundo la más joven y amable de las artes.
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No sería justo ni honroso para el mérito de un poeta como Milton terminar las precedentes observaciones sobre su inmortal obra, sin observar que el libro sexto ha sido quizá juzgado con excesiva severidad. En la brillante y animada crítica que de él ha hecho Johnson, lo ha calificado como muy a propósito para ser «el favorito de los estudiantes.» Pero Mr. Hayley elocuentemente replica que «hasta la imaginación puede menospreciar una lógica austera, creyéndola facultad estudiantil, pero a los que gozan aun con sus desvaríos, lícito les es complacerse en su deleite. Ningún lector de verdadero instinto poético se ha fijado jamás en el sexto libro sin sentir una especie de embeleso, que bien puede condenar un ceñudo lógico, pero que nada perdería en llegar a participar de él.» Tampoco puede decirse del PARAÍSO PERDIDO que «se cree uno obligado a conocerlo, mas no halla deleite en él;» ni que «leemos a Milton para instruirnos, le cerramos fatigados y como rendidos, y volvemos la vista a otra parte para distraernos.» No hay tal: prestemos atención a su canto, y tal vez experimentaremos la misma sensación que nuestro padre Adán cuando después de oír la revelación del Ángel, quedó tan embebecido y suspenso, que por algún tiempo le estuvo atento, creyendo que seguía hablándole, y que todavía llegaban sus palabras a sus oídos.
EL PARAÍSO RECOBRADO[152]
TRADUCIDO POR ENRIQUE LEOPOLDO DE VERNEUILL
LIBRO PRIMERO
ARGUMENTO
El asunto de esto libro comienza por la invocación al Espíritu Santo. El poema representa en primer lugar a Juan bautizando en el Jordán: llega Jesús, que recibe a su vez las aguas del bautismo; y es reconocido como Hijo de Dios, no solo por la bajada del Espíritu Santo, sino también por una voz del cielo. Al ver esto Satán, que se halla presente, remóntase al momento a las regiones etéreas, donde reuniendo a sus infernales consejeros, les manifiesta sus temores de que Jesús sea aquella semilla de la mujer, destinada a aniquilar todo su poderío. Al propio tiempo les indica la urgente necesidad de averiguar la certeza del hecho, intentando, por medio de lazos y engaños, combatir y exterminar al Hombre de quien tanto deben temer. Satán se brinda a acometer por sí solo tamaña empresa, y aceptado su ofrecimiento, se pone en marcha para llevar a cabo su cometido. Dios, entre tanto, rodeado de su corte celestial, anuncia que ha resuelto someter a su Hijo a las tentaciones de Satán; pero predice que el tentador sufrirá la más completa derrota, lo cual celebran los ángeles, entonando un himno de triunfo. Jesús es conducido por el Espíritu al desierto, cuando pensaba en el principio de su elevada misión de Salvador de la humanidad: sumido en sus meditaciones, refiere, en un soliloquio, cuán divinos y generosos impulsos había experimentado desde su más tierna juventud, y cómo su madre, María, al observar en él tales disposiciones, le dio a conocer las circunstancias de su nacimiento, revelándole que era nada menos que el Hijo de Dios. Indica luego lo que sus propios estudios y reflexiones le habían sugerido en confirmación de esta gran verdad, fundándose particularmente en el reciente testimonio que acababa de recibir en el Jordán. Nuestro Señor pasa cuarenta días ayunando en el desierto, donde las fieras se humillan a su presencia, mostrándose inofensivas. Satán aparece después bajo la forma de un anciano campesino, y entabla conversación con nuestro Señor; manifiéstale su extrañeza por verle solo en tan peligroso sitio, y al propio tiempo aparenta recordar que él es la persona reconocida en el Jordán como Hijo de Dios. Jesús contesta lacónicamente: Satán le replica, enumerando las dificultades que ofrece vivir en el desierto; y excítale a manifestar su divino poder, si es realmente Hijo de Dios, trasformando algunas piedras en pan. Jesús reprueba su proceder, y le dice que ya sabe quién es. Satán se da entonces a conocer, y procura disculpar su conducta con una artificiosa defensa; pero nuestro Señor le reprende severamente, refutando todos los puntos de su justificación. Satán, con aparente humildad, intenta todavía sincerarse; finge admirar a Jesús por su virtud, y le pide permiso para conversar con él en otra ocasión, a lo cual contesta el Señor que obre según el permiso del Cielo. Desaparece entonces Satán, y termina el libro con una breve descripción de la noche en el desierto.
Yo, que en otro tiempo canté el feliz jardín, perdido por la desobediencia de un hombre, voy a cantar ahora el Paraíso, recobrado para la humanidad entera por la firme obediencia de aquel que a rudas pruebas sometido por todo género de tentaciones, humilló al tentador, frustrando sus asechanzas, y convirtió en Edén el salvaje desierto.
¡Oh tú! celeste Espíritu, que al glorioso eremita condujiste al desierto, futuro campo de su victoria, para combatir al Enemigo; y le llamaste a ti cuando hubo dado irrecusables pruebas de ser el Hijo de Dios: inspírame como solías hacerlo, que sin ti enmudeciera mi improvisado canto. Condúceme a las alturas o a los profundos abismos del universo todo; préstenme apoyo tus favorables alas, para que pueda referir actos en alto grado heroicos, que aunque secretos y relegados al olvido durante tantos siglos, no menos dignos son de haberse cantado ha mucho tiempo.
Ya el gran Precursor, con voz más imponente que el sonido de la trompeta, proclamaba el arrepentimiento, anunciando que el reino de los cielos estaba al alcance de todos cuantos recibieran el bautismo: poseídos de religioso temor, los habitantes de las comarcas vecinas acudían en tropel para ser bautizados; y con ellos llegó desde Nazaret a las orillas del Jordán, aquel que pasaba por hijo de José. Oscuro se presentaba entonces, desconocido y sin llamar la atención de nadie; pero avisado San Juan Bautista, por conducto divino, reconociole al punto como superior, más digno que él de alabanzas; y hasta hubiera querido resignar en sus manos su santo ministerio. No tardó en confirmarse este testimonio: entreabriose la celeste bóveda sobre el que acababa de ser bautizado, y descendió el Espíritu en figura de paloma; mientras que la voz del Padre proclamaba desde el empíreo que aquel era su muy amado Hijo. Oídas fueron estas palabras por el Enemigo, que vagando todavía por la tierra, no debía ser el último en acudir a tan famosa reunión; y consternado al escuchar la voz divina, contempló unos momentos con asombro al hombre glorificado a quien se acababa de dar tan augusto título. Poseído entonces de envidia y de rabia, emprende su vuelo a través de los aires, sin detenerse hasta llegar a su imperio; convoca a consejo a todos sus poderosos próceres, sombrío consistorio rodeado por diez capas de negras y espesas nubes; y una vez en medio de ellos, con miradas de temor y abatimiento, dirígeles estas palabras: