El paraiso de las mujeres Novela

Part 9

Chapter 9 3,785 words Public domain Markdown

No lo hacemos por venganza, sino por necesidad y conveniencia. Ya le dije que nuestra Revolución (semejante en esto á todas las revoluciones de los hombres) ha tenido que valerse de ciertos medios antihumanos, que benefician á la mayoría. La casta de los vencidos vigorosos se reproduce de un modo alarmante, como todo lo que pertenece á un género inferior. Pero no crea que nos infunde miedo. Nuestra ciencia ha encontrado el medio de extirpar á estos hombres la memoria y la ambición. Los hijos resultan más estúpidos y más forzudos que los padres. Pasadas unas cuantas generaciones, estas máquinas de músculos, sin iniciativa ni voluntad, resultarán perfectas.

En nuestra vida de familia ejerce un miedo salutífero la existencia de dicha clase inferior. Los hombres obedecen sin discusión á la esposa ó la madre, por miedo á perder las dulzuras de la vida de harén que llevan en sus casas. Tiemblan de que puedan enviarlos á engrosar el número de los hombres adormecidos interiormente, de los esclavos que sólo sirven para prestar sus fuerzas.

--¿Y el ejército?--preguntó el gigante--. Habla usted, profesor, de que ya no hay guerras ni puede haberlas, de que terminó la casta militar al perder los hombres el disfrute del gobierno, y desde que llegué aquí he visto por todas partes á esas muchachas de casco con aletas y espada al cinto, así como á las otras que tripulan las máquinas voladoras.

El profesor Flimnap miró á un lado y á otro, como si algún indiscreto pudiese entenderle, á pesar de que hablaba en inglés. Luego dijo, bajando un poco la voz:

--Eso que ha visto, gentleman, no es un ejército. Usted, que conoce, como unos pocos de nosotros, el gran poder destructivo de las materias explosivas, ¿qué importancia puede dar á nuestros regimientos, armados de flechas y lanzas, como en los reinados de los más remotos emperadores?...

Pero necesitamos mantener este ejército poco temible, porque los pueblos, aunque vivan en paz, quieren saber que existe una fuerza pública capaz de defenderlos. También debe tenerse en cuenta que la juventud, necesitada de los deportes para consumir una parte de su exceso de vida, considera la profesión militar como el más divertido y gallardo de los juegos.

Sin ejército no sabríamos qué hacer de todas esas muchachas de veinte años, fuertes, animosas, sanas, con una sangre rica que hace arder su piel ó hincha sus músculos. Andarían sueltas por ahí, perturbando la tranquilidad de la República; molestarían á los hombres tímidos, inclinados á la modestia y el recogimiento, y ¡quién sabe si acabarían por raptarlos!... Con el ejército, estas energías sueltas se canalizan hacia la gloria militar, y aunque la tal gloria no exista, su ilusión nos proporciona la tranquilidad. Más adelante, al entrar en años, las muchachas de la Guardia y las del casco con aletas, como usted dice, se hacen prudentes y mesuradas, se casan y forman una familia. ¡Pero si usted viese lo que dan que hacer mientras tanto á sus coroneles y capitanes, personas expertas que han tenido hijos y conocen las exigencias de la vida!...

A lo mejor, el jefe de una legión nota el malestar de sus soldados. Se muestran melancólicos y pálidos, parece que sueñan despiertos, aspiran el aire como si les trajese perfumes y músicas. Esta epidemia militar es más frecuente en la primavera que en el resto del año.

«Mañana, maniobras», ordena el jefe. Y al día siguiente salen al campo las tropas á disparar flechas y tirar lanzazos al aire; marchan larguísimas jornadas, duermen á la intemperie sobre el duro suelo, pasan ríos á nado, comen mal, y al fin, toda esta hermosa juventud vuelve abrumada de cansancio, pero sana de pensamiento y curada por algunos meses de su inquieta y misteriosa enfermedad.

Nosotros, gentleman, sostenemos un ejército por exigencias de la moral: para que no se perturben las abstinencias virtuosas que debe guardar la juventud.

--Pero yo--dijo el gigante--he visto hombres en ese ejército: atletas barbudos con traje de mujer y grandes cimitarras, que iban á caballo y eran mandados por oficiales hembras.

--Cierto--contestó el profesor--; pero esos hombres, en realidad, no pertenecen al ejército; más bien son esclavos, como los atletas que se dedican á los rudos trabajos de fuerza. Nuestro ejército es á modo de una aristocracia femenil, y no puede encargarse de las funciones de policía, que considera faltas de gloria.

Necesitábamos una fuerza pública que velase por la seguridad individual, que persiguiese á los ladrones y los homicidas, y hemos dedicado al hombre á esta función demasiado ordinaria. Además, cuando hay algún motín en las calles por causas frívolas de nuestra vida económica, esa tropa es la que restablece el orden entre silbidos y pedradas, lo que proporciona el resultado saludable de que los hombres sean nuevamente odiados por las mujeres.

--¿Y no sufre la vanidad femenil al verse dominada en la calle por un hombre á caballo y con armas, lo mismo que en los tiempos de la tiranía masculina?

--¡Oh, gentleman!--dijo el profesor con acento de reproche--. En la vida no puede ser todo perfecto y lógico. También entre ustedes, según he leído, hubo pueblos que encargaron su policía á gentes de otros países, y el extranjero podía perseguir y pegar al nacional en nombre del orden. Igualmente, en la tierra de los gigantes, cuando ocurran choques sociales, el rico no guarda con sus brazos la propia riqueza, puesta en peligro por la envidia revolucionaria de los pobres, sino que paga á otros pobres vestidos con un uniforme para que repelan y maten á sus compañeros de miseria.

Gillespie, desconcertado por esta lógica, quedó silencioso por algunos momentos. Luego añadió, con un deseo de tomar el desquite:

--Pero los guerreros masculinos están mandados por oficiales hembras, sin duda para mantener los privilegios del sexo. ¿No temen ustedes que esos atletas brutales falten al respeto á sus jefes y atenten contra ellos?

El profesor Flimnap se ruborizó y dijo con apresuramiento:

--No tema eso, gentleman. Ya le he hablado de nuestra ciencia, y con la misma ligereza que extirpa la voluntad y la memoria á los esclavos forzudos, puede extirpar también otras cosas. Crea usted que esos hombres de la cimitarra, á pesar de su aspecto terrible, sólo piensan en comer y en conservar su caballo limpio y brillante.

--Usted me ha hablado, profesor, de su flota, compuesta de buques que navegan sobre el agua y debajo del agua. Recuerdo que la escuadra del Sol Naciente remolcó mi bote hasta el puerto.

--Así es--contestó el catedrático--. Los Estados Unidos de la Felicidad tienen una flota numerosa, dividida en tres escuadras: la del Sol Naciente, que navega á lo largo de estas costas; la del Sol Poniente, que guarda el otro lado del mar, y la de las Islas. Los nuevos buques son un resultado del triunfo de la Verdadera Revolución. Al quedar suprimidos los cañones y los torpedos por los «rayos negros», nuestros navíos, cuando están sobre el agua, emplean las flechas, las piedras y otras armas arrojadizas de los tiempos remotos. Si pudiesen existir guerras bajo nuestro gobierno, éstas se desarrollarían en las profundidades submarinas, y para tales combates nuestros buques cuentan con un aparato poderoso, un cable metálico en forma de lazo, que se mueve á través de las aguas con la agilidad de una serpiente, subiendo, bajando, retorciéndose, hasta que envuelve al barco enemigo en sus anillos y lo inmoviliza, arrastrándolo prisionero.

Como todo buque tiene la misma arma agresiva, un combate naval es á modo de una lucha de pulpos en los abismos marítimos, entrelazando la maraña de sus patas metálicas, tirando el uno del otro, hasta que el más hábil ó el más forzudo consigue paralizar al adversario. Además, los navíos están armados con unos aparatos que hacen oficio de tijeras para cortar los cables metálicos del enemigo.

Adivino sus nuevas preguntas, gentleman. Quiere usted saber para qué sirve nuestra flota, y yo le diré que para lo mismo que sirve nuestro ejército. La juventud entusiasta, que no gusta de los uniformes de las tropas terrestres y desea viajes y aventuras, entra á prestar sus servicios en las tres escuadras de nuestra Federación ó en la flota aérea.

Si pregunta usted lo mismo á uno de nuestros gobernantes, le dirá que todos esos buques sirven para mantener la libertad de los mares. Pero yo me río un poco de ello. Cuando triunfó la Verdadera Revolución y los «rayos negros» volaron los navíos de guerra de entonces ó los acorralaron en los puertos, existió la libertad de los mares, á pesar de la falta de buques armados, lo mismo que ahora que mantenemos tres escuadras.

La supresión del armamento moderno ha acabado con las guerras, pero no con la profesión militar. Si no hubiese ejércitos, mucha gente joven se encontraría desorientada, no sabiendo qué hacer de sus actividades. Sería difícil viajar entonces por los caminos. Los que nacieron para héroes, cuando no pueden ser héroes acaban dedicándose á ladrones de carretera.

Hubo un largo silencio. Gillespie estaba pensativo, y al fin preguntó:

--¿Y nadie guarda memoria de cómo fueron los poderosos medios destructivos antes del triunfo de las mujeres?...

El profesor pareció dudar, pero al fin dijo con entereza:

--Nadie. Y si alguno lo supiera, aparte de nosotros los estudiosos, procuraría olvidarlo, por ser un secreto cuya revelación acarrea la muerte. No todos los armamentos fueron destruidos por los «rayos negros». Era tan enorme el material de guerra, que permanecieron intactas grandes cantidades en muchas poblaciones de la República. Estos cañones, fusiles, ametralladoras y demás herramientas mortíferas, así como grandes montañas de proyectiles, están guardados en los vastos gabinetes históricos de las universidades, y únicamente nosotros los conocemos.

Algunos gobernantes tímidos hablaron diversas veces de destruir todo esto, pero desistieron al fin, pensando que van transcurridos cincuenta años y la explosión é inutilización de tales materiales serviría para despertar la curiosidad de las gentes de ahora, que no tienen la menor idea de su existencia. Usted no sabe lo bien que ha trabajado nuestra instrucción pública para borrar el pasado.

Yo creo además que no representa peligro alguno la conservación de dicho armamento. ¿Qué podrían hacer con él los que intentasen utilizarlo? Dos mujeres con un pequeño aparato de «rayos negros» bastarían para destruir todas las armas antiguas, y con ellas á los imprudentes que pretendiesen usarlas.

El gigante todavía quiso saber algo más.

--¿Y los hombres se resignarán eternamente á su decadencia? ¿No temen ustedes que algún día surja entre ellos otro Eulame que los lleve á la reconquista de su antigua superioridad?...

Le parecieron tan disparatadas estas preguntas al profesor, que las acogió con grandes risas.

--Imposible, gentleman--dijo al fin--. Sólo puede emitir esa hipótesis el que no conozca cómo hemos organizado nuestra sociedad después de la Verdadera Revolución. Todos los malvados principios inventados por el egoísmo de los varones, cuando éstos dominaban á las hembras, los hemos resucitado nosotras ahora para su esclavitud moral. Las mujeres intelectuales que influyen en la organización presente (nuestros poetas, nuestros filósofos, nuestros moralistas) se muestran acordes en absoluto al enumerar y definir las virtudes masculinas. Un hombre honesto y de buena familia debe salir poco de casa, preocuparse únicamente de su administración, educar á los hijos pequeños, oir en silencio á su esposo femenino, sin contradecirle nunca; evitar las conversaciones sobre cosas públicas, que corresponden únicamente á las mujeres.

Así son los hombres de nuestras familias distinguidas, únicos varones que resultan temibles porque conservan íntegra su inteligencia. Dos generaciones educadas con arreglo á nuestro sistema han bastado para que los hombres no guarden el menor recuerdo de lo que fué su dominación en otros tiempos y se resignen á su estado actual, encontrando dulces placeres dentro de la vida doméstica y una felicidad pasiva en sentirse dirigidos por la mujer....

No le ocultaré, gentleman, que recientemente se nota cierta transformación en los hombres. Hay una juventud masculina que se burla de la mansedumbre de sus padres, de su falta de aspiraciones, de su esclavitud doméstica. Estos muchachos pretenden ir solos por las calles y miran á las mujeres audazmente, sin bajar los ojos ni cubrirse con el manto. Carecen de recato y de modestia. Los hay que hasta dan citas á los oficiales de la Guardia y pasean con ellos por las afueras de las ciudades.

Ahora empiezan á fundar círculos hombrunos, en los que discuten sobre su estado presente y forjan planes de emancipación, hablando pestes contra las mujeres. Ya existen dos clubs de esta clase, sólidamente constituidos uno de solteros y otro de casados.

Hasta hay jóvenes que escriben, usurpando la pluma a las mujeres. Esto indigna á nuestros venerables personajes del tiempo de la Verdadera Revolución que aún no han muerto, los cuales son partidarios del método antiguo y proclaman la necesidad de que el hombre, para ser virtuoso, debe vivir metido en su casa y no saber leer.

Algunos jovenzuelos audaces forman agrupaciones con el nombre de Partido Masculista. Su doctrina la titulan el Varonismo. Pero debo añadir que las mujeres se ríen de esto, y los diarios lo aprovechan como un tema de burlas é ironías para divertir á sus lectores.

Dentro de las casas la rebelión de los «varonistas» suele tener más importancia. A veces, la mujer, dueña absoluta del hogar, como lo exigen las buenas costumbres, se ve obligada á poner mal gesto y á infundir un poco de miedo á su compañero masculino, pues éste pretende usurparle sus funciones y grita que no quiere ser esclavo.

Me dirá usted que así empezaron las mujeres antes de la Verdadera Revolución; pero el caso no es el mismo. Solamente puede soñar con la conquista del poder quien posea las armas, y mientras los «rayos negros» hagan su trabajo destructor, nuestros antiguos déspotas no llegarán á conseguir que renazca el pasado.

VII

El más grande de los asombros de Gillespie

Siempre que el doctor Flimnap se presentaba con algún retraso en el alojamiento del gigante, creía necesario explicar el motivo de su tardanza.

--Esta mañana no pude venir, gentleman, porque asistí á una reunión de autores de la _Gran Historia de las Mujeres Célebres._ Necesitaba dar cuenta del estado actual del tomo cincuenta y cuatro, de cuya redacción estoy encargado. Falta poco para que lo termine, pero con la llegada de usted tuve que suspender tan importante trabajo.

Y como Gillespie mostrase cierta curiosidad por la enorme obra, el profesor le dió explicaciones sobre su carácter y sus tendencias.

Era el Padre de los Maestros el que la había ideado, con la noble ambición de hacer olvidar hasta los más remotos vestigios de la soberbia masculina. Momaren consideraba necesario demostrar al mundo actual que los grandes benefactores de la humanidad y del progreso habían sido siempre mujeres. Los creadores de religiones, los filósofos, los santos, los inventores, todos habían pertenecido al género femenino; pero los hombres, para apropiarse su gloria, falseaban las viejas crónicas, incorporando á su sexo estas hembras gloriosas.

Gracias á la revisión histórica ideada por Momaren, todo iba á quedar en su verdadero lugar, y las generaciones futuras se enterarían de que en ningún tiempo había existido un hombre verdaderamente célebre, pues los que aparecían en la Historia como tales eran mujeres que los varones habían cambiado de sexo.

Edwin, al oir mencionar al Padre de los Maestros, quiso saber por qué razón su máquina rodante y su litera tenían la forma de una lechuza.

--En nuestro país, gentleman--continuó el profesor--, procuramos dar á todos los objetos una forma artística y simbólica, de acuerdo con los gustos ó la profesión de sus dueños. La lechuza es el emblema de nuestra ciencia. A semejanza de este animal nocturno, el sabio vela mientras los demás seres duermen.

Flimnap quiso hacer un regalo á su protegido. Del mismo modo que ella gustaba de contemplar á Gillespie á través de una lente de disminución, deseó que éste emplease una lente de aumento para verla.

--Temo, gentleman, que sus ojos, acostumbrados á abarcar únicamente las cosas enormes, no lleguen á distinguir los detalles y delicadezas de una mujer pequeña como yo.

Y el profesor, al decir esto, se ruborizaba, bajando los ojos.

Al fin, una tarde, al salir del plato-ascensor, recomendó á dos servidores que cargasen con un disco de cristal llegado con ella. Era del tamaño de una rueda de carreta, y había sido labrado en el Palacio de Ciencias Físicas de la Universidad Central. Flimnap se excusó de traer con retraso esta lente, que había prometido para el día anterior.

--No es mía la culpa, gentleman. El profesor de Física tuvo esta mañana un hijo, y esto le ha hecho retrasar unas cuantas horas la entrega del cristal.

Aprovechó la ocasión Gillespie para preguntar algo que le traía preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. ¿Cómo habían conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo á los asuntos públicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad?

--¡Oh, gentleman!--dijo Flimnap--. Eso podía ser un problema en otra época, cuando la ciencia estaba aún en sus descubrimientos elementales. La maternidad entre nosotros no representa ya mas que una corta molestia. Un simple resfriado da más que hacer y obliga á mayores pérdidas de tiempo. Este progreso de la ciencia es el que más ha favorecido nuestra emancipación. Las mujeres sólo tienen que preocuparse por unas horas del acto maternal, é inmediatamente vuelven á sus trabajos, sin guardar huella alguna del accidente. Mi colega el profesor de Física debe estar á estas horas trabajando en su laboratorio.

--Pero ¿quién cuida á los hijos?--preguntó el gigante.

--Les cuidan los varones, como es su deber. Antes de venir aquí he visitado á la esposa masculina de mi colega el profesor de Física, que estaba en la cama con su pequeño. Son los hombres los que se acuestan para dar calor al recién nacido, mientras las mujeres vuelven á sus funciones, momentáneamente interrumpidas, para ganar el dinero que necesita la familia.

El gigante lanzó una carcajada que hizo temblar el techo de la Galería, levantando un eco tempestuoso. Después, al serenarse, contó al profesor que muchos pueblos salvajes, allá en la tierra de los gigantes, habían seguido la misma costumbre.

--Es que esas pobres gentes--dijo el sabio con sequedad--presentían sin saberlo el triunfo de las mujeres.

Su enfado por las risas del Gentleman-Montaña no duró mucho. Además, Gillespie, queriendo desenojarla, se colocó bajo una ceja la lente que le había regalado para que la contemplase. El enorme cristal estaba pulido con una perfección digna de los ojos de los pigmeos, los cuales podían distinguir las más leves irregularidades de su concavidad.

Vió Edwin á su amiga, á través del nítido redondel, considerablemente agrandada. A pesar de su obesidad era relativamente joven, sin una arruga en el plácido rostro ni una cana en la corta melena. Gillespie, que la creía de edad madura, no le dió ahora más de treinta años, y acabó por sonreir, agradeciendo la mirada de simpatía y admiración que el profesor le enviaba á través de sus anteojos de miope.

Luego se dió cuenta de que el profesor, á pesar de la severidad de su traje, llevaba sobre su pecho un gran ramillete de flores. Flimnap acabó por depositarlo en una mano del gigante, acompañando esta ofrenda con una nueva mirada de ternura.

Lo único que turbaba su dulce entusiasmo era ver que la cara del coloso se hacía más fea por momentos. Aquellas lanzas de hierro que iban surgiendo de los orificios epidérmicos tenían ya la longitud de la mitad de uno de sus brazos. Había dirigido en las últimas veinticuatro horas dos memoriales al Consejo que gobernaba la ciudad pidiendo que le facilitase una orden de movilización para reunir á todos los barberos y hacerles trabajar en el servicio de la patria. Pensaba dividirlos en varias secciones que diariamente cuidasen de la limpieza del rostro del Gentleman-Montaña, así como de la corta del bosque de sus cabellos.

Al fin su tenacidad había vencido la pereza tradicional de las distintas oficinas por las que tuvo que pasar su demanda.

--Mañana, gentleman, vendrán á afeitarle y á cortarle el pelo. ¿Dónde quiere usted que se realice la operación?...

El prisionero prefirió el aire libre. Era un pretexto para permanecer más tiempo fuera de aquel local, cuyo techo parecía agobiarle, á pesar de que se levantaba un metro por encima de su cabeza. Flimnap dió órdenes para la gran operación del día siguiente, poniendo en movimiento á la servidumbre del gigante. Pero estas órdenes, aunque el profesor recomendó á su gente el mayor secreto, circularon por la ciudad.

Cuando los carpinteros, poco después de la salida del sol, colocaron el taburete del Hombre-Montaña en medio de la meseta, al pie de la cual se extendía el caserío de la Ciudad-Paraíso de las Mujeres, una muchedumbre llenaba ya todo el declive, avanzando poco á poco hacia lo alto, á pesar de los jinetes que intentaban mantenerla inmóvil y á cierta distancia.

Los periodistas, siempre á caza de novedades, habían averiguado en la noche anterior las disposiciones de Flimnap, y todos los diarios de la capital anunciaron por la mañana el primer rasuramiento y la primera corta de cabellos del gigante después de su llegada á las costas de la República, lo que hizo que los desocupados acudiesen en grandes masas para presenciar tan curioso espectáculo.

Gillespie mostró extrañeza al salir de su alojamiento y ver á esta muchedumbre inesperada. Pero el día era hermoso, dentro de su encierro había una penumbra glacial, y creyó preferible sentarse al sol, teniendo en torno á su taburete un espacio completamente libre de gente.

El alarido con que le saludó la muchedumbre extendida colina abajo fué á modo de un saludo risueño. Sobre los miles de cabezas empezó á subir y bajar una nube de gorras echadas en alto.

--¡Excelente y simpático pueblo!--dijo Gillespie, saludándole con una mano.

Y mientras una nueva ovación acogía estas palabras, ruidosas como un trueno é incomprensibles para el público, el gigante fué á sentarse en su escabel.

La divertía contemplar cómo aquellos jinetes masculinos, barbudos y con cimitarra, mandados por oficiales hembras, repelían á la muchedumbre para que no avanzase hasta las puntas de sus zapatos. A un lado del gran espacio completamente libre vió Gillespie un grupo de hombres que iba descargando de cinco carretas varios cubos llenos de una materia blanca, así como ciertos aparatos misteriosos envueltos en fundas y una gran tela arrollada lo mismo que un toldo. Debía ser el primer grupo de barberos que entraba á prestar sus servicios.

Gillespie se sintió inquieto al darse cuenta de que el universitario no había llegado aún, á pesar de las promesas hechas el día anterior.

--¡Profesor Flimnap!--gritó varias veces.

La muchedumbre pretendió imitar su voz, lanzando varios rugidos acompañados de risas. El bondadoso traductor permanecía invisible. Gillespie, irritado por esta ausencia, empezó á agitarse con una nerviosidad amenazante para los pigmeos que se hallaban cerca de él.

De pronto se tranquilizó al ver que un hombre de larga túnica y envuelto en velos, que había permanecido hasta entonces inmóvil en la puerta de la Galería, se aproximaba á su asiento. Cuatro esclavos le seguían, llevando á hombros una larga escala de madera. La aplicaron á una rodilla del gigante, y el hombre subió sus peldaños con agilidad, á pesar de las embarazosas vestiduras, procurando que los velos conservasen oculto su rostro.