El paraiso de las mujeres Novela
Part 8
Los congresistas, al rehacer el mapa, dieron más terrenos á unos países y se lo quitaron á otros, fundándose en antecedentes históricos, geográficos y étnicos. Fué un trabajo de gabinete semejante á los que hacemos en la Universidad, é inspirado por la mejor buena fe. Pero los pueblos fuertes y rapaces se reían de sus consejos cuando los consideraban perjudiciales para su egoísmo, y en cambio los exhibían como obras maestras siempre que eran favorables á sus intereses. Por su parte, los pueblos adolescentes, ganosos de crecimiento, cuando tenían un vecino débil olvidaban á la Sociedad de las Naciones, apelando al eterno recurso de las armas.
Este período sirvió para demostrar que los hombres ya habían dado de sí todo lo que podía esperarse de ellos. El mundo estaba condenado á una guerra eterna. El egoísmo, la acometividad y la astucia se habían convertido en virtudes políticas, y los pueblos eran tanto más ilustres y gloriosos cuanto más cínicamente las ponían en práctica.
No quiero insistir en las miserias de aquel período. La humanidad estaba en una especie de callejón sin salida. Se realizaban grandes progresos materiales; pero el alma humana, merced á la enseñanza dada por los hombres, continuaba siendo un alma primitiva, un alma brutal, semejante á la de las fieras, y tal vez peor, ya que las fieras no conocen la hipocresía ni saben llorar sobre el cuerpo de sus víctimas.
Afortunadamente había en nuestro mundo algo más que hombres. Las guerras, con sus grandes matanzas y sus dolores colectivos, venían indignando á las mujeres.
No necesita usted de grandes esfuerzos mentales para formarse una idea aproximada de lo que éramos las mujeres en este país antes de que ocurriese la Verdadera Revolución. Por lo que he leído en algunos libros que trajo el viejo sabio compañero de Eulame, sé que las mujeres han llevado en la tierra de los gigantes, y tal vez llevan todavía, una existencia deplorable. Las rodean de grandes muestras de respeto y cariño, como si fuesen unos animales hermosos desprovistos de alma; los poetas cantan sus virtudes; pero los hombres se indignan y protestan en masa siempre que las mujeres piden una participación directa en el desarrollo y la dirección del país que habitan. ¡Mucho besar su mano y quedar ante ellas con la cabeza descubierta y acoger sus palabras con gestos galantes de protección ó admiración!... Pero apenas representan un obstáculo para el egoísmo del hombre, éste las repele ó las atropella, resucitando su animalidad de las épocas remotas.
Así, poco más ó menos, éramos nosotras en el tiempo de los emperadores. Los hombres, para sostener su despotismo, ensalzaban los méritos de la mujer recluida en la casa, llevando una existencia de esclava y administrando con economía la fortuna del marido. Las mujeres con el alma soñolienta, sin iniciativas, sin voluntad, y que apenas sabían leer y escribir, resultaban el tipo perfecto de la dama honesta.
Indudablemente serían así las que vió á través de los ventanales del palacio imperial el primer Hombre-Montaña que vino á nuestro país. Pero el progreso, que transformó fulminantemente en los tiempos de Eulame la vida de los hombres, también cambió con no menos rapidez la mentalidad de las mujeres. Leyeron, salieron á la calle, se interesaron por los asuntos públicos, frecuentaron las universidades. Las que eran pobres quisieron ganar su vida y no deberla á la gratitud amorosa de un hombre, considerando el trabajo como un medio de libertad é independencia. No vieron ya un misterio en los estudios científicos, que habían sido patrimonio hasta entonces de los hombres, y se asociaron lentamente para una acción común todavía no bien determinada.
Conozco los trabajos de las mujeres en este período de gestación revolucionaria. Los conozco no solamente por los libros, sino por algo más directo y viviente. Mi abuela fué una de las agitadoras en este período difícil y glorioso.
Le confesaré, gentleman, que no todas las mujeres tenían una idea exacta del papel que les tocaba desempeñar. Las había tímidas, contemporizadoras, sentimentales, de las que necesitan al hombre para vivir y consideran que el amor es la principal ocupación femenina.
No las critico ni las excuso; nadie puede decir con certeza quién tiene razón y quién no la tiene. ¡Cambiamos de creencias con tanta facilidad los seres humanos!... Antes de que usted viniese á este país yo pensaba de un modo, y ahora reconozco que veo las cosas de distinta manera.... Pero no nos salgamos de la lección.
Digo que eran muchísimas las mujeres convencidas de que los hombres gobernaban mal, pero que únicamente pretendían colaborar con ellos, participando de dicho gobierno. Se daban por contentas con que el tirano les dejase un hueco á su lado, cediéndoles una pequeña parte de su soberanía. Pero otras (y entre ellas mi valerosa abuela) odiaban al hombre, estaban convencidas de que éste había hecho todo lo que podía hacer, dando pruebas indudables de su incapacidad y su barbarie, y era inútil esperar que se corrigiese, empezando una nueva existencia. Mientras el hombre gobernase, las leyes serían injustas, la vida ordinaria una batalla de hipocresías y egoísmos, y la guerra la única solución de todas las cuestiones. Había que vencer al hombre, había que dominarlo, obligándole á bajar del pedestal que él mismo se había erigido. La única solución era tenerle en un estado dependiente é inferior, igual al de la mujer durante siglos y siglos.
Adivino en su rostro la curiosidad. Se pregunta usted cómo pudo realizarse esta maravillosa reversión en la preeminencia de los sexos.
Era empresa difícil ... pero al fin triunfamos, como va usted á ver.
VI
Donde el profesor Flimnap termina su lección
El hombre no sólo monopolizaba el gobierno, la justicia, la enseñanza y todos los medios de producción; guardaba además las armas, como un privilegio de su sexo. ¿De qué modo vencer á los hombres, cuando disponían de instrumentos destructores como jamás se conocieron en nuestra historia?...
Sus cañones del tamaño de casas, sus fusiles y ametralladoras, que lanzaban plomo con la misma rapidez que una máquina de coser da puntadas, podían suprimir instantáneamente las manifestaciones femeninas, por numerosas que fuesen. Además, la mujer, acobardada por tantos siglos de servidumbre, tenía miedo á los procedimientos de violencia. Sólo las jóvenes que habían cultivado sus músculos en los deportes al aire libre se reían de estos temores de las señoras de salón. Todas se mostraban acordes al lamentar los crímenes de los hombres, pero la situación angustiosa parecía sin remedio....
Y de pronto surgió el hecho providencial y decisivo, un descubrimiento científico que casi puede ser calificado de milagro.
Una de las mujeres nuevas dedicadas á la ciencia orientó sus estudios hacia una finalidad práctica y humanitaria. Quería terminar las guerras definitivamente, y el medio más seguro era conseguir la anulación de todos los descubrimientos industriales empleados por los hombres para exterminarse. Un día, para bien de la humanidad, inventó unos rayos prodigiosos, que debían haberse titulado «la aurora de la nueva vida», pero que la sabia mujer, poco dada á los términos imaginativos, designó áridamente con el nombre de «rayos negros».
Estos rayos, proyectados á largas distancias, hacían estallar todas las materias explosivas, aunque estuviesen preservadas por muros ó por envolturas metálicas. Hasta en el fondo del agua conseguían su objeto los rayos maravillosos.
La sabia genial era en la vida corriente una mujer de cortos alcances, y sólo presintió en su invención un medio de llamar al orden á los humanos, impidiéndoles que insistiesen en sus guerras; como si esto fuese posible quedando en manos del hombre la dirección de la Historia. El _Comité supremo de las reivindicaciones feministas_ vió más claro que esta química ilustre y simplona. Se fué enterando minuciosamente de sus trabajos, y á continuación la guardó presa, con toda clase de miramientos, en una cueva del Club Feminista, para que no pudiese revelar su secreto á los hombres.
¡Qué envidia siento al pensar en las mujeres que presenciaron la más estupenda de las revoluciones! ¡Cuánto me hubiese gustado ver lo que vió mi madre, que era entonces una niña!... Las muchachas más valerosas, acostumbradas á los deportes, montaron una mañana en varios aeroplanos, volando sobre toda la extensión del país. Cada avión llevaba un aparato de los inventados por la sabía providencial. Eran á la vista unas simples cajas de las que salían varios chorros de humo tenue y negro. Estas mangas, al descender del avión, iban pasando sobre la superficie de la tierra, y toda materia inflamable que tocaban, aunque estuviese defendida por paredes ú oculta bajo el suelo, hacía explosión inmediatamente. Así, en unas cuantas horas volaron todos los arsenales, polvorines y depósitos de municiones existentes en nuestro país.
Aquí, en la capital, el gobierno de los hombres, asustado por esta revolución catastrófica, intentó apresar al Comité feminista. Toda la guarnición marchó al asalto de nuestro Club. ¡Esfuerzo inútil! El Comité aguardaba tranquilamente en medio de la calle, armado de los famosos «rayos negros». Le bastó proyectarlos, para que una mitad de las tropas huyesen á la desbandada y la otra mitad quedase tendida en el suelo.
Los soldados vieron cómo sus fusiles estallaban entre sus manos antes de disparar y cómo se inflamaban las cápsulas en sus cartucheras, acribillándolos de heridas mortales. Los que estaban más lejos, espantados por el fenómeno, arrojaban las armas y se despojaban de sus bolsas de municiones, viendo en el propio equipo militar un peligro de muerte. Los oficiales, impulsados por el orgullo profesional, gritaban: «¡Adelante!», pero el revólver estallaba en su diestra, llevándoles la mano y el brazo. Los artilleros abandonaban las piezas para huir, en vista de que los armones llenos de proyectiles se inflamaban solos lo mismo que si fuesen volcanes, haciendo volar los miembros de los hombres despedazados.
Gracias á los «rayos negros», en unas cuantas horas se cambió el orden de la vida, y el Comité vencedor se instaló en el antiguo palacio imperial, decretando que había muerto para siempre el gobierno de los varones.
Mentiría si le dijese que este movimiento feminista fué unánime. Las prudentes, las contemporizadoras, las amigas del hombre, acudieron llorosas al Comité para suplicarle que no insistiese en su lucha contra los tiranos masculinos. Debo añadir que estas conservadoras, faltas de carácter y de dignidad sexual, eran en aquellos momentos la mayoría del país. Pero ¿qué revolución no ha sido hecha por una minoría y no se ha visto obligada á imponerse á la debilidad y el pensamiento miope de los más? El gobierno provisional del feminismo no prestó atención á estas tránsfugas que lamentaban la muerte de los varones de su familia ó temían por la existencia de los que aún se mantenían vivos, prefiriendo su egoísmo particular á los intereses del sexo.
El Comité triunfador hizo bien en no oirías. Las revoluciones no se miden por los dolores que originan, sino por los nuevos beneficios que aportan al bienestar y la libertad de los humanos.
No quiero entrar en los detalles de la Verdadera Revolución, pues esto alargaría mucho mis explicaciones. Baste decir que al día siguiente andaban fugitivos y aterrados por todo el territorio de la República los hombres, que horas antes se creían eternamente superiores. Era tal el terror infundido por los «rayos negros», que todo el que tenía armas se apresuraba á dejarlas abandonadas en medio de los campos. Los padres y los maridos miraron con nuevos ojos á las mujeres dentro de sus casas. Imploraban su protección para que intercediesen con el gobierno femenino.
Como usted adivinará, un movimiento de esta clase no podía quedar dentro de los límites de lo que se llamaba antiguamente Liliput. Las mujeres de Blefuscú enviaron una comisión por los aires para pedir á sus hermanas victoriosas que fuesen á libertarlas de una esclavitud de cuarenta siglos. Media docena de aparatos y un pelotón de voladoras resultaron suficientes para que el reino vecino quedase en poder de las mujeres, muriendo su monarca y los principales dignatarios.
En resumen: bastó una semana para que en todos los países triunfasen las mujeres, quedando los hombres en un servilismo igual al que habían infligido á nuestro sexo durante miles de años. Así fué lo que hemos convenido en llamar la Verdadera Revolución, tan distinta en sus resultados á las revoluciones hechas por los hombres.
Pero la muerte de la tiranía masculina no era suficiente. Había que organizar y gobernar la nueva existencia del mundo, y esto lo hicimos mucho mejor y con más rapidez que cuando reunían los hombres su inútil Sociedad de las Naciones para acabar con las guerras.
Como ya no quedaban armas explosivas, y las que se habían salvado de la destrucción resultaban inútiles gracias á los «rayos negros», no fué difícil evitar la reproducción de los exterminios humanos. No habiendo ya ejércitos de hombres, era imposible que resucitase la guerra.
He olvidado decirle que sobre el mar ocurrió lo mismo que en las ciudades. Los aviones del Comité, con sus temibles chorros de luz negra, suprimieron todas las islas movibles artilladas por los hombres. Apenas fueron volados unos cuantos de aquellos navíos colosales, las tripulaciones huyeron de los demás, dejándolos abandonados en los puertos. Algunos flotaron perdidos en el mar, pues los marineros, á la vista de uno de los aeroplanos femeniles, echaban al agua las embarcaciones menores, escapando del buque, que era para ellos un volcán próximo á hacer erupción. Los submarinos se apresuraron igualmente á ganar los puertos, vomitando toda su gente. Temían á los «rayos negros», capaces de buscarles en las mayores profundidades.
En una palabra, gentleman: acabó el ejército y la flota de los hombres en todas las naciones de nuestra raza. Murieron muchísimos al intentar la resistencia, y los supervivientes quedaron aterrados después de una derrota tan inesperada y completa.
La gran superioridad de nuestro sexo se hizo patente cuando el Comisé femenino, de acuerdo con las mujeres de los otros países, decretó la apertura de una Asamblea para reglamentar la victoria. Nunca se ha visto una reunión política en que se hablase menos y se adoptasen acuerdos prácticos con mayor rapidez.
Los hombres, que durante su larga tiranía se dejaron dominar siempre por oradores, creyendo que un varón de buena palabra sirve para todo y lo sabe todo, han tenido el cinismo de burlarse de las mujeres en muchas ocasiones, asegurando que somos habladoras.
Y sin embargo, nuestra Revolución se hizo sin discursos. Sólo después de pasados algunos años ha renacido la oratoria en este país.
Lo primero que acordaron las mujeres fué suprimir las naciones con todos sus fetichismos patrióticos provocadores de guerras. Ya no hubo Liliput, ni Blefuscú, ni Estado alguno que guardase sus antiguos nombres y diferencias. Todos se federaron en un solo cuerpo, que tomó el título de Estados Unidos de la Felicidad. La capital de esta confederación verdaderamente pacífica fué Mildendo, por haber partido de ella el movimiento libertador; pero se despojó de su nombre, que databa de los antiguos emperadores, para llamarse en adelante Ciudad-Paraíso de las Mujeres.
Al terminar la influencia de los hombres, disminuyó el descontento social y perdieron su fuerza amenazante las teorías sobre la supresión de la propiedad, el nuevo reparto de la riqueza y otras utopías. La mujer es profundamente conservadora y ama la propiedad y el orden. Ella ha sido la que, á pesar de su papel secundario, mantuvo al hombre en la razón durante miles de años y le impidió hacer tonterías irremediables. Sin ella no hubiese podido subsistir la sociedad. El hombre es tan vano y presuntuoso, que apenas discurre un disparate para remediar lo que tal vez no tiene remedio, intenta ponerlo en práctica, lo considera infalible por ser suyo, y se siente capaz de prender fuego al mundo entero á cambio de que triunfe su orgullo de autor.
Al gobernar las mujeres, solucionaron por el sentimentalismo y el instinto lo que los hombres no habían podido arreglar nunca valiéndose de su razón. Los más de los problemas sociales se resolvieron simplemente suprimiendo la envidia. Pero prescindo de entrar en detalles y vuelvo á lo que hicieron los primeros organizadores de la Verdadera Revolución.
Esta Asamblea, creadora de un mundo nuevo, se dió cuenta de que para consolidar su obra era preciso que las futuras generaciones ignorasen el pasado. Todo lo que hacía referencia al período de miles y miles de años durante el cual dominaron los hombres quedó suprimido. Se destruyeron los libros, los periódicos, los monumentos, todo lo que pudiera hacer sospechar á los varones del porvenir la autoridad despótica ejercida por sus antecesores. Únicamente en las bibliotecas de las universidades conservamos las obras de aquellos tiempos; pero sólo tienen permiso para leerlas los profesores de indiscutible lealtad que se dedican al estudio de la Historia.
Además, todos los que se habían considerado héroes y personajes importantes durante la dominación masculina fueron enviados á islas remotas, y murieron obscuramente, lo mismo que Eulame.
Quedaron en poder de las mujeres escuelas y universidades, y sólo se dió en ellas una instrucción de acuerdo con las órdenes del gobierno. Si usted pudiese hablar con las muchachas que frecuentan nuestros establecimientos de enseñanza, se convencería de que no tienen la menor sospecha de cómo fué el mundo antes de la Verdadera Revolución. Creen que las hembras han gobernado siempre y que los varones forman un sexo débil y tímido, necesitado de que lo protejan. De hablar usted nuestro idioma, el gobierno no me hubiese encargado que le contase la historia nacional, ni yo me habría atrevido á revelársela, á pesar de la simpatía con que le miro. Piense que le estoy comunicando secretos de Estado y que una imprudencia puede pagarse con la vida. Nosotros mismos, los profesores, sólo nos atrevemos á hablar da estos sucesos empleando el inglés, para tener la certeza de que ningún curioso puede entendernos.
Confieso que la Revolución causó muchas víctimas y que aun hoy el mantenimiento da sus reformas exige ciertas precauciones que tal vez parezcan poco humanitarias; pero ¡qué de beneficios nos trajo!... Hace cincuenta años que gobiernan las mujeres, y no ha habido una sola guerra ni asomo de motivo capaz de provocarla en lo futuro. Hemos suprimido las dos calamidades que excitaban la brutalidad de los hombres: la guerra y el alcohol. Nuestros gobiernos se suceden provocando luchas da palabra únicamente: sin choques sangrientos y sin revoluciones. Jamás fué tan bien administrada la fortuna pública.
Las buenas condiciones de ahorro y de modestia que hubo de aprender la mujer para la dirección del hogar durante la época de su esclavitud las emplea ahora en el gobierno. Los Estados Unidos de la Felicidad son administrados como una casa donde no se conoce el desorden ni el despilfarro. Todo marcha con una estricta economía, y sin embargo nuestro país no carece de comodidad y de opulencia. Sólo aceptamos como gobernantes á las mujeres que saben realizar el mismo milagro que realizaban en tiempos del despotismo masculino ciertas esposas á las que daban sus esposos poco dinero y no obstante mantenían su casa con un aspecto de abundancia y de regocijo.
Ningún país, durante los largos siglos de tiranía masculina, pudo alabarse como nosotras da no haber tenido en cincuenta años un solo gobernante ó un solo empleado que fuese ladrón. Todo lo dirigen las mujeres: las escuelas, las fábricas, los campos, los buques, las máquinas de locomoción terrestres y voladoras, y la vida es más dulce, más pacífica que antes. Esto demuestra la injusticia con que la mujer era mirada en aquellos tiempos nefastos de la tiranía hombruna, cuando se la consideraba apta únicamente para administrar una casa pequeña y cuidar los hijos. Al hombre corresponden ahora estas funciones secundarias.
Reconozco, gentleman, que nuestro triunfo no ha sido del todo generoso. Cuando se sufre una esclavitud de miles de años, el mal recuerdo y la venganza resultan inevitables. Hoy las mujeres se han acostumbrado á su situación dominante, y el amor y la vida íntima en la casa les hacen mirar con un cariño protector á los varones de su familia. Pero en los primeros años después de la Verdadera Revolución, los hombres lo pasaron mal. La autoridad tuvo que intervenir muchas veces para aconsejar prudencia y tolerancia á ciertas amazonas, que, acordándose de los malos tratos sufridos en otros tiempos, daban todas las noches una paliza á sus maridos.
Todavía quedan entre nosotras espíritus conservadores y tradicionalistas que guardan un odio implacable al antiguo tirano. Estas son, generalmente, mujeres intelectuales, que, dedicadas á un trabajo mental y sintiendo ambiciones puramente idealistas, no han tenido tiempo para pensar en el amor y se mantienen en laborioso celibato.
Yo he vivido también así, gentleman, pero no crea que he seguido sus costumbres.
A estas masculinófobas se las conoce en la calle y en todas partes por la tenacidad con que muestran su odio á los hombres. Algún día verá usted á Golbasto, nuestro poeta laureado, la mujer que cantó mejor el triunfo de la Verdadera Revolución. Es la única persona que admira y respeta Momaren, nuestro Padre de los Maestros.
El Consejo Ejecutivo le regaló una máquina rodante que tiene la forma de un águila con una lira en las garras, pero ella ha guardado este tributo de la gratitud nacional, y prefiere seguir yendo á todas partes, como otras señoras viejas de su época, en un carrito ligero tirado por tres hombres que están á su servicio, y á los que acaricia frecuentemente con el látigo.... ¿Qué piensa usted, gentleman? Adivino en su rostro hace rato que desea hacerme una pregunta....
Gillespie indicó con un movimiento de cabeza que así era, y viendo que el profesor Flimnap ponía los codos en su mesita y la frente entre las manos para escucharle, se decidió á interrumpir la interesante lección.
--Habla usted, querido profesor, de que las mujeres lo son todo en este país y monopolizan funciones y trabajos; pero yo he visto desde que llegué unos hombres atléticos que intervienen en la mayor parte de las operaciones. ¿Es que acaso no son hombres?
--Lo son--contestó Flimnap--; pero una sociedad bien organizada como la nuestra no podía consentir que las mujeres, mucho más inteligentes que los hombres, cargasen con los trabajos pesados y enojosos, mientras el sexo vencido vivía en la tranquilidad y la molicie. Es tolerable que no trabajen los varones que viven recluidos en el hogar como esposas é hijas y muestran una delicadeza necesitada de protección; pero hemos considerado necesario el aprovechamiento de la fuerza de todos los hombres atléticos y groseros, para manejar las máquinas peligrosas, para cargar los objetos pesados; en una palabra, para las funciones que exigen el músculo y no necesitan de la inteligencia.
Además, le revelaré que todos estos hombres forzudos son descendientes de los militares y los personajes masculinos que monopolizaban el poder antes de la Revolución. Ahora viven aparte, formando una casta especial, y, ¿por qué no decirlo?, están sometidos á la esclavitud, y sólo la muerte puede librarles de ella.