El paraiso de las mujeres Novela
Part 21
Y al decir esto se irguió, acariciándose con una mano las melenas mientras apoyaba la otra en la empuñadura de su espada, cuya hoja se extendía horizontalmente más allá de sus exuberancias dorsales.
--Yo siento expresarme así--continuó--porque usted es un hombre. Pero hay hombres de distintas clases. Hubiese usted sentido orgullo anoche y esta mañana al ver cómo desfilaban miles y miles de varones que han abrazado nuestra causa y desean morir en defensa del beneficioso régimen organizado por las mujeres.
El flamante capitán se interrumpió para mirar abajo, extrañándose de la soledad de la playa. Todos los servidores habían desaparecido.
--Esto no puede seguir así--dijo con autoridad--. Afortunadamente, yo vuelvo á ser alguien en los presentes momentos, y remediaré tal desorden. No le prometo volverle hoy mismo á la Galería de la Industria, donde usted se encontraba tan bien. Sería demasiado rápido el cambio y los señores del Consejo Ejecutivo podrían ofenderse. Pero yo hablaré a mi ilustre jefe Gurdilo, y es casi seguro que dentro de unos días ocupará usted su antigua vivienda. Mientras tanto, cuidaré directamente de su alimentación. Ahora manda su amigo Flimnap, y no morirá usted de hambre.
Sonrió el profesor al acordarse de sus preocupaciones pecuniarias algunos días antes, cuando intentaba ayudar á la alimentación del gentleman con sus modestos recursos.
Como era un guerrero influyente, podía regalar hasta la saciedad á su adorado gigante distrayendo una parte mínima de los grandes depósitos de materias nutritivas requisadas por el gobierno para las necesidades del ejército.
--Va usted á comer mejor que en los últimos días--dijo con el tono maternal que emplea toda mujer cuando se ocupa de la alimentación del hombre que adora--. ¿Le siguen gustando á usted los bueyes asados?... ¿Cuántos quiere para hoy, dos ó media docena?
Iba á contestar el coloso, cuando un ruido extraordinario vino del lado de la ciudad. Para el oído de Gillespie no era gran cosa: hubiese equivalido en el mundo de los seres de su estatura al ruido que produce el choque de dos guijarros, ó al de varias bolas de espuma de jabón cuando estallan. Pero el capitán Flimnap, que tenía más limitadas y por lo mismo más sensibles sus facultades auditivas, se estremeció de los pies á la cabeza, vacilando sobre la mano del gigante.
Escuchaba por primera vez estos ruidos pavorosos, y aunque había leído en las crónicas antiguas muchas descripciones del estruendo de las armas inventadas por los hombres, nunca pudo suponerlo tal como era en la realidad.
--¡Grandes dioses!--gritó--. ¡Son tiros! ¡Disparos de armas de fuego!... ¡Y suenan cerca de la Universidad!... Adivino lo que ocurre. También se han sublevado los hombres en la capital, intentando apoderarse de nuestro Museo Histórico. Pero el gobierno ha previsto el caso, y los sublevados, en vez de llevarse las llamadas armas de fuego, son recibidos en este momento por nuestras tropas, que emplean contra ellos las mismas armas.... ¡Otra vez disparos! ¡Gentleman, déjeme en el suelo inmediatamente! Necesito ir allá.... Allá no; al palacio del gobierno, donde me buscan tal vez á estas horas para pedirme datos.
Y era tal su nerviosidad, que el gigante temió que se arrojase desde lo alto de su mano. Dejó al profesor-guerrero en la arena, y vió cómo corría hacia su automóvil-tigre y cómo escapaba éste á toda velocidad hacia el puerto.
--¡Con tal que no olvide su promesa!--pensó el Hombre-Montaña, que empezaba á sentir el tormento del hambre.
El enamorado capitán era incapaz de abandonar un instante el recuerdo de su protegido, y á la caída de la tarde, cuando ya desesperaba éste de satisfacer su apetito, empezando á calcular la posibilidad de una invasión de la capital en busca de comida, vió cómo avanzaban por la playa unas cuantas máquinas rodantes, negras y sin adornos, de las que servían para el avituallamiento del ejército. Sostenido por dos de ellas reconoció un plato enorme, de los empleados en su servicio allá en la Galería de la Industria. Sobre este plato se elevaban, formando pirámide, cuatro bueyes asados. En los otros vehículos llegaban montañas de panes--cada uno de ellos del tamaño de un grano de maíz ante los ojos del gigante--, pirámides de frutas enormes para los pigmeos, pero que venían á ser del volumen de un cañamón, y montones de quesos. Una sección de atletas agregados al ejército traía en varios vagones una docena de toneles de agua.
Cuando toda esta gente se marchó, anunciando que volvería al día siguiente con nuevos víveres, el gigante, sentado en la arena, pudo saciar su hambre con holgura. Hacía mucho tiempo que no había saboreado una comida igual. Hasta encontró agradable la existencia á la intemperie, siempre que Flimnap cuidase de su alimentación. Luego pensó que su enamorado capitán acabaría por volverle á la Galería de la Industria, apreciada ahora por él como un palacio maravilloso.
Pasó la noche en un sueño profundo, á pesar de que llegaban hasta la playa los rumores de la ciudad en continuo movimiento.
--Mañana--pensó--á primera hora, cuando me traigan el almuerzo, se presentará Flimnap con nuevas noticias.
Pero transcurrieron muchas horas de la mañana sin que llegase el almuerzo ni el amable capitán. Pasado mediodía, cuando el coloso, mal acostumbrado por las abundancias de la noche anterior, empezaba á sentir el tormento del hambre, vió avanzar á través de la playa solitaria á un pigmeo que, sin duda, venía en su busca.
No llevaba uniforme militar ni le seguía vehículo alguno. Su vestidura estaba compuesta de túnica y velo, como la de todos los hombres que no eran esclavos.
Gillespie pensó inmediatamente que tal vez era Ra-Ra ó Popito, aunque sin decidirse por ninguno de los dos, pues se sentía desorientado por la inversión de sus trajes. Cuando el recién llegado, hombre ó mujer, estaba todavía á unos cuantos pasos, Edwin puso una mano en el suelo para que montase en ella, y así lo hizo el pigmeo. Llevaba la cara envuelta en velos, pero al quedar cerca de los ojos del coloso descubrió su rostro.
Experimentó Gillespie una sorpresa que no por haberse repetido muchas veces resultaba menos intensa. «¡Miss Margaret Haynes!...» Luego tuvo que pensar, como siempre, que miss Margaret, aunque pequeña, grácil y delicada, no era tan diminuta, y que esta beldad pigmea sólo podía ser Popito.
Vió una Popito llorosa y humilde, que en nada hacía recordar al doctor juvenil y seguro de sí mismo conocido días antes.
--¡Gentleman--gimió--, van á matar á Ra-Ra!
Y fué contando rápidamente todo lo que había ocurrido el día anterior en la Ciudad-Paraíso de las Mujeres.
Los hombres de la capital se habían mostrado menos audaces que los de otros Estados. Tal vez influía en ello la proximidad del gobierno y de los grandes medios defensivos acumulados por éste. Además, dicha vecindad resultaba corruptora. La mayoría de los varones, en vez de seguir á los que peleaban por la emancipación de su sexo, habían preferido ayudar al gobierno de las mujeres.
--Esto no es extraordinario, gentleman. También creo que en el mundo de los Hombres-Montañas las gentes dan su sangre y mueren por intereses completamente opuestos á sus propios intereses. Los pobres, vestidos con un uniforme, pelean por conservar á los ricos su riqueza; los soldados, cuando terminan las guerras, viven en la miseria, mientras los que se quedaron tranquilos en sus casas se reparten las cosas conquistadas; las mujeres ignorantes apoyan á los hombres que se oponen á las reivindicaciones del sexo femenino. Así son los absurdos de la vida.
El gigante asintió con un movimiento de cabeza, mientras Popito continuaba su relato.
La insurrección había tenido que retrasarse un día, hasta que, al fin, en la mañana anterior, Ra-Ra, con unos cuantos miles de esclavos y llevando como oficiales á muchos jóvenes de los clubs «varonistas», se lanzó al asalto de la Universidad para apoderarse de las armas depositadas en el Museo Histórico. Se creían seguros de obtener la victoria gracias á las máquinas productoras de una coraza vaporosa que neutralizaba el efecto de los rayos negros. Una ligera interrupción ocurrida á última hora en el mecanismo de estas máquinas había ocasionado el retraso del movimiento insurreccional.
Pero el gobierno estaba advertido de él, y un batallón de muchachas de la Guardia defendía la Universidad. Muchas de éstas se lanzaron espontáneamente á manejar las armas antiguas, inventadas por los hombres, siguiendo los consejos de un profesor que creía haber adivinado su uso leyendo libros rancios.
La mayor parte de los fusiles no funcionaron. En otros se rompieron los cañones, matando á las amazonas que los manejaban. Pero los muy contados que por casualidad pudieron enviar sus proyectiles contra los asaltantes pusieron á éstos en dispersión. Además, los hombres, que no habían escuchado nunca el estrépito de las armas de fuego, sufrieron el sobresalto propio de la falta de costumbre.
El resto de la Guardia atacó á flechazos á los insurrectos tenaces que no querían huir, y Ra-Ra, con muchos de sus oficiales, cayó prisionero.
--Hoy lo juzgan, gentleman, y es seguro que lo condenarán á muerte. Sólo usted puede salvarlo. No desoiga mi ruego.
Gillespie quedó mirando á Popito con una fijeza dolorosa. La pobre muchacha gemía, sin apartar de él sus ojos lacrimosos, como si fuese una divinidad en la que ponía todas sus esperanzas. Empezó á sentir la cólera de un celoso al ver que miss Margaret Haynes se preocupaba tanto de Ra-Ra y lloraba por su suerte.
--Yo seré su esclava--decía la joven--; pero sálvelo. Que él viva, aunque yo pierda mi libertad para siempre.
Luego pensó que Ra-Ra era una reducción de su persona, y esto le hizo encontrar más lógica la conducta de miss Margaret, ó sea de Popito. Pero ¿qué podía hacer él, pobre gigante, para salvarse á sí mismo?... Quedó pensativo, mientras la joven, imaginándose que aún intentaba resistirse á sus ruegos, los repetía con una expresión trágicamente desesperada.
--Le suplico, miss Margaret--dijo Edwin--, que calle un momento y me deje pensar.
Al oirse llamar así, creyó Popito que verdaderamente sus lamentos distraían al gigante, y permaneció silenciosa.
Por un fenómeno mental debido á la influencia irresistible de su egoísmo, Gillespie empezó á pensar, contra su voluntad, en el antiguo traductor convertido en guerrero. No le había enviado el almuerzo y seguramente tampoco le enviaría la comida. Los pigmeos, ocupados en su guerra de sexos, no se acordaban de él, y le dejarían morir de hambre. El Hombre-Montaña, después de llamar tanto la atención, había pasado de moda, como esos artistas viejos que hicieron correr las muchedumbres hacia su persona y acaban muriendo en un hospital. Además, el capitán Flimnap, arrogante y fanfarrón, parecía una persona diferente de aquel profesor Flimnap bondadoso y simple que había conocido. Entusiasmado por sus ridículas tareas militares, permanecería ausente, sin comprobar la exacta ejecución de sus órdenes. Nadie se cuidaba de su alimentación, y él necesitaba comer.
--¡Salve usted á Ra-Ra!--volvió á repetir Popito, considerando, sin duda, demasiado largas las reflexiones del gigante.
Este grito le hizo pensar de nuevo en el pigmeo revolucionario que era él mismo. ¿Podía dejarlo abandonado á la venganza de las mujeres?... ¿No equivalía esto á un suicidio?...
Además, miss Margaret estaba allí, arrodillada en la palma de su mano, tendiendo los brazos en actitud implorante, y no es correcto que un gentleman se deje rogar por una señorita que pide protección, y más si esta señorita es su novia.
Miró hacia el puerto, que dominaba en gran parte con su vista. Luego volvió los ojos hacia la cumbre de la colina ocupada por la Galería de la Industria.
--Miss Margaret--digo con inflexiones cariñosas de voz--, haré lo que usted me mande.
Pero reconociendo su error, se rectificó, añadiendo:
--Doctor Popito, salvaremos á Ra-Ra y nos iremos de este país, que va resultando poco agradable.
Luego hizo preguntas á la joven para conocer las últimas noticias de la revolución, y, sobre todo, si eran muchas las fuerzas militares que habían quedado en la capital. Popito, satisfecha de las promesas del gigante, habló con más tranquilidad.
Las nuevas recién llegadas eran malas para el gobierno. Los hombres habían suprimido la dominación de las mujeres en catorce Estados; la agitación iba en aumento en toda la República.
--Sin embargo, gentleman, yo no tengo el entusiasmo ciego de Ra-Ra, y veo más claramente que unos y otros. La revolución de los hombres ha fracasado. Su primera condición de éxito era la sorpresa, y ésta ha dejado de ser posible. Los hombres ya no pueden vencer en unos cuantos minutos, como vencieron las mujeres gracias á los rayos negros. Esto no es una revolución, es una guerra, y una guerra larguísima, igual á todas las del pasado. Se sabe que empieza ahora, pero nadie puede decir cuándo terminará. El invento de la coraza vaporosa hecho por los hombres les ha servido para poder utilizar las armas antiguas; pero estas armas son viejísimas, y aunque las ha conservado mucho la limpieza de los museos, estallan y revientan frecuentemente, por no poder resistir su ancianidad las funciones ordinarias de la juventud.
»Además, las municiones son tan antiguas como las armas, y los explosivos que duermen hace tantos años en el ataúd metálico de las cápsulas se inflaman de una manera caprichosa ó insisten en seguir silenciosos para siempre. De cada cien tiros sale uno. Las mujeres, por su parte, al ver la impotencia de los rayos negros, apelan á las armas de los hombres, aunque las manejan peor que éstos. El gobierno quiere fabricar nuevas municiones, y todas las universitarias dedicadas á la ciencia estudian desde hace dos días incesantemente para resucitar los secretos malignos y destructores de los varones, que voluntariamente fueron olvidados.
»Pero aunque los descubran, ¿cómo aprenderán las mujeres el manejo de tanta cosa peligrosa y mortífera? Las próximas batallas, ó tal vez las que se están dando en este momento, serán con armas blancas. Unos y otros apelarán á la espada, á la lanza, á la saeta, como antes que Eulame trajese los inventos de los Hombres-Montañas, y en esta lucha de músculos y de agresividad feroz, el hombre va á acabar por vencer á la mujer. ¡Pero esto tardará tanto!... Antes de que la guerra termine serán muchas las víctimas, muchísimas; entre las primeras figurará Ra-Ra, si usted no lo remedia ... y yo moriré.
Esto último no podía tolerarlo Edwin Gillespie.
--¿Morir usted, miss Margaret ... digo Popito?
Únicamente podría ocurrir una cosa tan absurda después que él hubiese muerto.
--¡Sálvelo usted!--insistió la joven--. Llévenos lejos de aquí. Este es un país donde no queda sitio para nosotros.
De la misma opinión era el gigante. Volvió á mirar en torno de él, y vió la playa desierta. Ni un solo carro de avituallamiento, ni un emisario que le trajese explicaciones acerca de su futura alimentación. Decididamente, le habían olvidado.
Gillespie, ruborizándose un poco, empezó á hablar con cierta dificultad, como si abordase un tema algo inconveniente:
--Miss, los compatriotas de usted me han dejado en un traje poco presentable. Verdaderamente, mi facha no es para acompañar á una señorita. Usted va á venir conmigo, y yo no sé dónde meterla, pues las ropas ligeras que me cubren en este momento carecen de bolsillos.
Quedó en actitud reflexiva, acariciándose la mandíbula inferior con la mano que tenía libre, mientras sostenía á la joven en la palma de la mano opuesta.
--¿Se siente usted capaz de viajar montada en mi cabeza?
Popito, á pesar de sus tristes preocupaciones, contestó con una pálida sonrisa.
Ella estaba dispuesta á seguir al gigante, arrostrando los mayores peligros, para salvar á Ra-Ra. Debía tratarla como á un camarada, sin miramiento alguno.
--Instálese usted ahí como pueda.
Y al decir esto, el gigante levantó su mano derecha, colocándola al nivel de la cúspide de su cráneo. Popito saltó entre los negros matorrales de la cabellera, buscando un lugar á propósito para sentarse.
--Agárrese con fuerza á un mechón--dijo Gillespie--. No tema hacerme daño. Todo lo que venga de usted es para mí una caricia.
Después de estas palabras galantes, añadió:
--Viajará usted un poco sacudida, pero la primera parte de nuestra expedición conviene que sea rápida. Vamos ahora, miss Margaret, á mi antigua vivienda. Necesito mi traje y otra cosa que guardo allá, sin la cual reconozco que valgo muy poco. Creo recordar el camino, pero, si me extravío, adviértamelo inmediatamente. Nos conviene llegar antes de que nuestros enemigos hayan adivinado mi intención.
Y empezó á marchar á grandes zancadas, procurando mantener rígido su cuello; pero esto no libró á la joven de un vaivén igual al de un navío en un mar tormentoso. Agarrada á dos mechones de cabellos y contrayendo sus brazos, se defendió de este rudo movimiento, á la vez que seguía con mirada atenta la marcha de su gigantesco portador.
--Muy bien, gentleman. Eso es. ¡A la derecha!... Ahora siempre de frente.
Habían llegado al puerto, y Gillespie, marchando por una avenida exterior de la ciudad, avanzó hacia la colina en cuya cúspide se elevaba su antigua vivienda. Las gentes del puerto, que estaban ayudando al embarque de material de guerra para las islas amenazadas de sublevación, se esparcieron por las calles gritando la terrible noticia.
--¡El Hombre-Montaña se ha escapado!... ¡El gigante se marcha de la capital!...
Y todos, al oir esto, pensaban lo mismo. El coloso era hombre, y por solidaridad de sexo iba indudablemente á unirse con los revolucionarios. Los pesimistas levantaban las manos hacia el cielo, exclamando:
--¡Sólo nos faltaba esta nueva calamidad!...
Cuando llegó la noticia al palacio del gobierno, ya pisaba Gillespie la cúspide de la colina. Al entrar en su antigua vivienda notó inmediatamente los efectos del abandono. Todo lo perteneciente á él estaba en la misma situación que lo dejó al salir de allí. Únicamente, en los extremos del edificio, las cocinas y la despensa mostraban un desorden semejante al de una ciudad entregada al saqueo. La servidumbre, antes de marcharse, lo había robado todo.
Sonrió el gigante al ver en el suelo sus pantalones y su chaqueta. Pero su satisfacción aún fué más grande al encontrar apoyado en la mesa el enorme tronco arrancado por él de la selva de los emperadores.
Se llevó una mano á la cabeza, buscando entre los mechones de su cabellera á Pepito, y ésta le gritó varias veces: «¡Estoy aquí!», para que su voz sirviese de guía á los dedos. El Gentleman-Montaña la dejó cuidadosamente sobre la mesa cubierta de polvo, diciendo con voz suplicante:
--Vuélvase de espaldas, miss. Siento mucho tener que vestirme en su presencia, pero nuestra situación no es para entretenernos en escrúpulos de buena crianza. Termino en un momento.
Y el gigante, levantando sus ropas del suelo, se vistió apresuradamente.
Luego, al empuñar con su diestra la enorme cachiporra, le pareció que se habían doblado su estatura y su vigor, sintiéndose capaz de suprimir de un golpe á cuantos pigmeos intentasen cerrarle el paso.
--Ahora va usted á viajar con más comodidad--dijo, tomando á Popito entre dos dedos y elevándola sobre la mesa.
La introdujo en el bolsillo superior de su chaqueta, donde otras veces había guardado á Ra-Ra. Ya no necesitaba mantener su cuello rígido ni marchar con cierta precaución, temiendo que Popito cayese desde la inmensa altura de la selva capilar que cubría su cráneo. Ahora podría moverse y correr cuanto quisiera, sin otro inconveniente que el de sacudir un poco á la joven dentro de su encierro.
Se lanzó fuera del edificio, en dirección á la ciudad, pero al dar los primeros pasos por la pendiente de la colina vió que se cruzaba en su camino una máquina rodante con cabeza de tigre, ocupada por militares.
El Hombre-Montaña levantó su garrote con intención de aplastar al vehículo y los que iban en él. Bastaba para esto un simple golpe dado con la parte gruesa del tronco. Pero reconoció al capitán Flimnap, que le gritaba, abriendo los brazos:
--¡Deténgase, gentleman! ¿Adonde va?... Le pido perdón por el olvido de que ha sido objeto. Los culpables son esas gentes de la administración del ejército, que, como no están acostumbradas al nuevo servicio, equivocaron mis órdenes. Pero vámonos á la playa; deben haber llegado ya doce furgones llenos de víveres. Tiene usted preparada una comida magnífica.
El gigante se encogió de hombros, como si no reconociese á su antiguo traductor.
Luego pasó sus pies por encima de la máquina rodante, con cierta lentitud para no aplastarla, y continuó marchando hacia la capital, sin hacer caso de los gritos que lanzaba Flimnap al verse abandonado.
XV
Que trata de muchos sucesos interesantes, como podrá apreciarlo el curioso lector
Inclinó la cabeza para hablar á Popito, que se había asomado á la abertura del bolsillo.
--Sepa usted, miss--dijo--, que vamos en busca de Ra-Ra. Dígame dónde lo tienen preso; guíe mis pasos.
Le fué indicando la joven las avenidas que debía seguir por las afueras de la ciudad. Marchaban entre grandes edificios levantados cuando la capital se ensanchó á consecuencia de la Verdadera Revolución.
La cárcel donde guardaban á Ra-Ra era un antiguo cuartel que las tropas femeninas habían abandonado por insalubre.
--Aquí--dijo Popito.
Y le señaló con sus gritos y sus manoteos un edificio de paredes sombrías, con las ventanas cerradas.
Ante el paso del gigante huían las gentes dando gritos. Sus pies sólo encontraban un desierto repentino, mientras á sus espaldas se iba levantando un bullicio enorme, pues el público se arremolinaba para seguirle entre vaivenes de audacia y de pavor.
Aquella cárcel estaba guardada por una tropa numerosa, compuesta de mujeres flecheras y hombres barbudos de la policía montada. Al ver aproximarse al gigante por el extremo de la avenida, ó sea á una distancia que habíese exigido de cualquier pigmeo mil pasos para correrla, todas estas tropas acudieron á las armas. Nadie pensó en huir. Las explosiones de entusiasmo y los cantos patrióticos de los días anteriores habían infundido á todos una audacia heroica.
Con sólo media docena de zancadas llegó el coloso á la puerta de la prisión, hundiendo sus pies en la muchedumbre armada. Las amazonas enviaron á lo alto una nube de flechas contra su pecho y su cabeza, mientras los jinetes de las cimitarras intentaban herirle en las pantorrillas. Pero él, con un golpe de su garrote, abrió anchísimo surco en la masa de enemigos, enviando por el aire docenas de éstos, y á continuación le bastaron varias patadas para desbaratar el resto de la tropa. Todos los que aún se mantenían de pie huyeron, dejando el suelo cubierto de camaradas inertes ó gimeantes.
Gillespie acometió inmediatamente á puntapiés, la gran puerta del edificio, y finalmente hizo de su cachiporra una catapulta, derribando á los primeros embates las dos hojas chapadas de acero.
--¡Ra-Ra, hijo mío--gritó á toda voz--, la salida está libre; huye y no perdamos tiempo!
Saltando sobre las hojas rotas de la puerta aparecieron bajo su arco varios hombres que parecían asombrados de su buena suerte y miraban en torno, no sabiendo por dónde escapar. Debían ser los compañeros de Ra-Ra. Éste apareció al fin, y al ver al gigante con su arma aplastadora y todo el suelo en torno de él cubierto de enemigos, gritó con entusiasmo:
--¡Victoria!... Marchemos inmediatamente contra el palacio y acabaremos en un instante con el gobierno de las mujeres. ¡Viva la emancipación masculina!...
Pero Edwin se había inclinado sobre él, tomándole con sus dedos, y lo elevó hasta el mismo bolsillo donde estaba oculta Popito. Al hacer este movimiento cayeron de su pecho muchas flechas que habían quedado medio clavadas en el paño de la chaqueta.