# El paraiso de las mujeres Novela

## Part 17

Book page: https://www.cyberlibrary.org/es/books/el-paraiso-de-las-mujeres-novela-10822/index.md

Declaró el profesor innecesaria la notificación, pues su gigantesco amigo había sido advertido por él de las decisiones del gobierno.

--En cuanto á lo del traje--continuó--, estos señores tendrán que esperar á que el Hombre-Montaña se haya levantado, si es que no prefieren tomarle medida mientras está tendido en su cama.

Uno del grupo, que parecía ejercer cierta autoridad sobre sus compañeros de oficio, acogió tal proposición con un gesto despectivo, expresando luego su extrañeza de que un hombre tan sabio como el profesor Flimnap creyese aún que los sastres geómetras tomaban medida á sus clientes como en los tiempos remotos.

--Nos bastará conocer el diámetro de uno de sus tobillos y de una de sus muñecas. Después, gracias á nuestros cálculos aritméticos, descubriremos las proporciones del resto de su cuerpo, cortándole un traje exacto. Además, esto no va á ser un uniforme ajustado, como el que usan los guerreros de la Guardia; es simplemente un vestido de hombre, con falda y velo.

Gillespie, que estaba en los postreros momentos de su sueño, cuando empiezan á despertar confusamente los sentidos mientras el resto del organismo yace sin voluntad, creyó que un insecto le estaba cosquilleando un tobillo y largó una patada, de la que se salvaron milagrosamente los dos sastres ocupados en tomarle medida.

--¡Quieto, gentleman!--dijo el profesor inclinándose sobre una de sus orejas--. Son los maestros cortadores, que se preparan á confeccionar ese nuevo vestido que tanto le divierte.

La comisión de sastres había traído todo lo necesario para hacer sin pérdida de tiempo el traje femenil del gigante. Tenían orden de no volver á la capital sin haber cumplido su encargo, y fuera de la Galería les esperaban varias carretas cargadas de piezas de tela, así como una numerosa tropa de costureros.

En el vasto declive comprendido entre el edificio y el cordón de tropas acampado abajo fueron desplegando dichas piezas de tela, que sus ayudantes cosieron rápidamente gracias á unas máquinas portátiles de vertiginosa celeridad. Así quedó formada una pieza única y enorme, que cubría todo un lado de la colina, y el más viejo de los maestros, consultando un cuaderno cuyas hojas llenaba de cálculos matemáticos, trazó con un pincel blanco sobre la tela las líneas que debían seguir los cortadores. Así como iban quedando separadas las diversas piezas del traje se apoderaban de ellas los ayudantes, haciendo trabajar de nuevo sus máquinas de coser. Todos los costureros eran hombres, pues las labores de aguja únicamente se consideraban compatibles con la debilidad del sexo masculino. En cambio, los maestros cortadores eran mujeres, así como los empleados del gobierno que vigilaban la operación.

Después de almorzar, Gillespie se asomó á la entrada de la Galería para ver este trabajo extraordinario. Pero desoyendo las instancias del profesor, no quiso salir completamente del edificio. Parecía que presintiese un peligro. Se consideraba más seguro teniendo sobre su cabeza el techo de la Galería y frente á sus ojos aquella entrada, por la que tenían que pasar forzosamente los que avanzasen en busca suya.

A media tarde quedó terminado el vestido. La noticia había circulado por la capital, y más allá de la línea de soldados se fué extendiendo una muchedumbre de curiosos. Éstos ya no mostraban la alegría ruidosa y protectora de la mañana en que los barberos de la capital afeitaron al gigante y le cortaron el pelo.

Circulaban entre los grupos noticias confusas y hasta contradictorias acerca del Hombre-Montaña; pero todas ellas estaban acordes en presentarlo como un insolente, enemigo del país que le había dado hospitalidad y escarnecedor de sus buenas costumbres. Algunos hasta afirmaban haberle oído horribles blasfemias contra la nación y contra el sexo que la gobernaba, como si fuesen capaces de entender su idioma. Cada vez que en el curso del día apareció el coloso junto á la entrada de su vivienda, no fué saludado por la muchedumbre con alegres aclamaciones y echando sus gorras en alto, como otras veces. Un silencio hostil acogía su presencia. Por encima de las cabezas sólo se veían pasar piedras, y los que las habían arrojado se lamentaban de que éstas no pudiesen llegar hasta el ser á quien iban dedicadas.

Gillespie adivinó instintivamente la agresividad contra él que parecía diluida en el espacio. Por esto no quiso escuchar en los primeros momentos los consejos conciliadores que le daba el profesor.

--Ya está acabado el traje, gentleman--decía Flimnap--. Hay que ponérselo inmediatamente, y con eso quedará terminado el conflicto con todo ese pueblo que no le conoce bien. Los empleados del gobierno quieren que salga usted de la Galería. Le será más fácil vestirse al aire libre, y los sastres podrán apreciar mejor su obra.

--No, no salgo--contestó Edwin enérgicamente--. El que desee verme que entre aquí. Me siento más fuerte bajo este techo.

Y al decir esto miraba el tronco enorme apoyado en la mesa.

Los enviados del gobierno, cada vez más sombríos y parcos en palabras, se consultaron con una mirada cuando salió Flimnap para decirles que el Hombre-Montaña deseaba cambiar de ropas dentro de su vivienda. Al fin aceptaron, exigiendo únicamente que el gigante saliese con su nuevo vestido de hombre, para que la muchedumbre se convenciera de que se habían cumplido las órdenes gubernamentales.

Una larga fila de cargadores entró en la Galería llevando á cuestas el nuevo traje, enrollado como un gran toldo.

Rió Gillespie cuando estos atletas lo extendieron bajo su vista. La exigencia de los pigmeos resultaba tan cómica, que ahogó en él todo intento de indignación. Pero volvió á fruncir el ceño cuando el profesor le pidió que se despojase de su chaqueta y sus pantalones, conservando únicamente la ropa interior.

--No me diga que no, gentleman--suplicaba Flimnap juntando las manos--. Siga mis consejos. Esto no es mas que una pequeña molestia, y representa la tranquilidad para usted y para mí. Los señores del gobierno le dejarán en paz si le ven sumiso á sus órdenes. Además, el traje viejo quedará aquí, á su disposición; este nuevo es únicamente para cuando se presente en público.

Gillespie, conmovido por la vehemencia del doctor, acabó accediendo á sus deseos. Se despojó de su antiguo traje, que en realidad estaba maltratado y con numerosas roturas, cubriéndose luego con la suelta túnica que le habían fabricado los sastres del país. Finalmente se echó sobre la cabeza un velo hecho de lona de la que fabricaban los pigmeos, y que más bien parecía la vela de un antiguo navío.

--Ahora debe usted salir, para que le vea la multitud--dijo Flimnap--. Es necesario; lo exigen así los representantes del gobierno.

--No--dijo rotundamente Gillespie.

Se convenció el profesor de que sería inútil su insistencia. Además, la negativa del gigante parecía quebrantar su propia credulidad. ¿Sí pretenderían engañarle á él también los enviados oficialas?... Los buscó fuera de la Galería, volviendo con uno de ellos, que mostraba un rostro sombrío, vacilando mucho antes de contestar á sus preguntas.

--Gentleman--gritó Flimnap--: el digno señor que me acompaña, así como los otros representantes del gobierno, afirman que puede usted salir de aquí sin miedo y mostrarse al público, pues su vida no corre ningún peligro. ¿No es así, señor?--añadió, dirigiéndose á su acompañante.

Este le contestó con unas cuantas palabras en el idioma del país, y su respuesta pareció satisfacer á Flimnap.

Al fin, el gigante, aburrido de tantas mediaciones y no queriendo que los pigmeos le creyeran miedoso de su poder, accedió á salir de la Galería.

Un zumbido inmenso se levantó del suelo saludando su presencia. La muchedumbre lanzó aclamaciones, pero éstas no iban dirigidas á la persona del Hombre-Montaña, como días antes, sino á su nuevo traje, en el que veían un símbolo de abdicación y de esclavitud.

Adivinando otra vez la hostilidad que le rodeaba, Gillespie quiso retroceder hacia su vivienda, pero un leve abejorreo sonó en torno á su cabeza. Al levantar los ojos, pudo ver las sombras fugaces que proyectaba en su evolución circular toda una escuadrilla de máquinas voladoras. Sintió un agudo latigazo en una muñeca y luego otro igual en la muñeca opuesta. A continuación, una especie de lombriz metálica, fría y cortante, se arrolló á su cuello. Los aviones arrojaban sus cables metálicos animados por una vida eléctrica, y éstos iban reptando sobre su cuerpo, enroscándose á todas las partes salientes en las que podían hacer presa sus anillos. En un instante se sintió prisionero é inmovilizado por este manojo de serpientes atmosféricas. Sintió que su cólera le daba una fuerza sobrehumana, y quiso retroceder para meterse en la Galería, tirando de sus adversarios aéreos.

Su primer movimiento hacia atrás hizo vacilar á las máquinas inmóviles en el aire; pero éstas, pasada la sorpresa, tiraron todas á la vez en dirección opuesta. El pobre gigante no pudo resistirse á las energías mecánicas conjuradas contra él; se sintió empujado brutalmente, hasta caer al suelo, y luego arrastrado un largo espacio, derramando sobre la huella que dejaba su cuerpo dos regueros de sangre. Los hilos metálicos partían sus carnes como el filo de un cuchillo.

Otra vez quedaron inmóviles en el espacio las máquinas voladoras al ver al coloso tendido en mitad de la ladera, cerca ya del cordón de tropas. No quisieron continuar su arrastre y aflojaron los cables para que sintiese menos su cortante tirantez.

Reconociendo la inutilidad de sus esfuerzos y humillado por su caída, Gillespie sólo supo llorar. La muchedumbre, al ver sus lágrimas, prorrumpió en una carcajada sonora. Nunca le había parecido tan gracioso el Hombre-Montaña.

El profesor, atolondrado por la caída del coloso, corrió detrás de él dando alaridos de indignación. Luego, al ver que lloraba, lloró igualmente; pero, á pesar de su pusilanimidad, pensó que las lágrimas no podían resolver nada y su dolor se convirtió en indignación.

El grupo de enviados del gobierno avanzaba hacia el caído, y Flimnap lo increpó.

--Esto es una infamia. Ustedes me han dado palabra de que el Gentleman-Montaña no corría ningún peligro.

Pero el más viejo repuso fríamente:

--El gobierno no puede dejarlo en libertad, para que se permita nuevas insolencias. Hemos cumplido las órdenes de nuestros superiores.

Otro representante, el más joven de todos, rió de las lágrimas de Flimnap.

--Creo, doctor--dijo--, que mañana mismo se verá usted libre del cuidado que le da el Hombre-Montaña. Según parece, los altos señores del Consejo Ejecutivo piensan suprimirlo, para que no se burle más de nosotros.

XII

De cómo Edwin Gillespie perdió su bienestar y le faltó muy poco para perder la vida

Flimnap pasó una segunda noche sin dormir. Tenía ante sus ojos á todas horas el rostro doloroso del gigante caído. Contemplaba sus manos cubiertas de sangre, su cuello surcado por dos profundos arañazos, su gesto de cólera impotente, que hacía recordar la desesperación pueril de un niño abandonado.

--¡Morir así!--murmuraba el vencido--. ¡Acabar á manos de este hormiguero de hombres-insectos!...

En medio de su desorientación, el profesor había encontrado una idea que consideraba salvadora. Los gestos y las palabras de aquellos enviados del gobierno le hicieron creer que la muerte del Hombre-Montaña era cosa decidida por el Consejo Ejecutivo. Veía agitarse á Momaren como una potencia irresistible que suprimiría todo movimiento de piedad en favor del gigante. ¿Por qué permanecer al lado del caído sin hacer nada? El gobierno tenía enemigos y el Padre de los Maestros también. Cuando todos perseguían al Hombre-Montaña, era conveniente buscar una nueva protección, explotando los rencores que separaban á unos de otros.

Había abandonado á Gillespie al cerrar la noche para correr á la capital en busca de Gurdilo. Pronto averiguó su domicilio. El famoso senador hacía alarde de una vida austera, procurando que todos conociesen la pobre casa que habitaba.

Flimnap fué recibido por él cuando estaba terminando, con una ostentación virtuosa, su cena frugal, en presencia de varios admiradores, todos femeninos. El áspero senador evitaba el trato con los hombres, acordándose de las desdichas de Momaren y otros personajes. Sus amistades íntimas eran siempre con gente de su sexo.

Cuando Flimnap quedó á solas con Gurdilo, en una pieza modestamente amueblada, se apresuró á hacer su propia presentación.

--Senador, yo soy el pedante de que habló usted ayer; el encargado de guardar al Hombre-Montaña.

El tribuno hizo un gesto despectivo al oir el nombre del coloso. Su opinión sobre él estaba formada, y todo lo referente á su persona lo tenía guardado en una carpeta llena de papeles puesta sobre una mesa próxima. Allí estaban los célebres datos estadísticos sobre las enormes cantidades de materias alimenticias que llevaba devoradas el intruso. Todo esto pensaba emplearlo al día siguiente en el segundo discurso que pronunciaría contra el Hombre-Montaña, ó mejor dicho, contra el gobierno que le había protegido.

--Usted no hará el discurso--dijo el universitario con autoridad--. Resulta inútil, por la razón de que mañana el gobierno va á dar muerte al gigante.

El temible senador, que se creía dueño de sus impresiones y hábil para ocultarlas en todo momento, casi dió un salto de sorpresa al escuchar á Flimnap. ¿Con qué derecho se atrevía el gobierno á disponer del Hombre-Montaña? Él consideraba al gigante como una cosa propia; se había ocupado de su persona antes que los demás, y ahora venía el Consejo Ejecutivo á inmiscuirse en el asunto, con el malvado propósito de robarle un gran triunfo oratorio.

Pensó que tal vez este profesor mentía por defender á su protegido, y dijo fríamente:

--¿Qué interés puede tener el gobierno en suprimir al Hombre-Montaña?

--El interés de servir á Momaren--contestó Flimnap--. El Padre de los Maestros quiere vengarse del Gentleman-Montaña, no solamente por lo ocurrido en su fiesta, sino también porque se imagina que el gigante protege á uno de sus mayores enemigos.

El profesor sabía lo que representaba para Gurdilo esta segunda insinuación. El ser más odiado por él en todo el país era Momaren. Desde su juventud les separaba una rivalidad de condiscípulos. Gurdilo había aspirado luego al alto cargo de Padre de los Maestros, y era Momaren quien lo obtenía. También deseaba vengarse de los sarcasmos y murmuraciones con que le había molestado este último en muchas ocasiones. El grave Momaren, que parecía incapaz de mezclarse en asuntos mezquinos, mostraba una malignidad extraordinaria al hablar del famoso senador. Seguro del apoyo del gobierno, no le inspiraban miedo sus discursos, y hasta se atrevía á criticar su existencia privada, dudando de su aparente severidad y acusándolo de hipocresía.

--¡Ah! ¿Conque es Momaren el que desea la muerte de ese pobre gigante?

Después de proferir tales palabras, el senador se mostró dispuesto á aceptar sin resistencia todo lo que dijese Flimnap.

Éste adivinó en su mirada una repentina simpatía por Gillespie. Bastaba que Momaren y el gobierno deseasen la muerte del Hombre-Montaña, para que Gurdilo mirase á éste como un cliente que nadie debía tocar.

En mucho tiempo no había sentido el senador un interés tan ardoroso como el que mostró escuchando al catedrático. Creía conocer todo lo que ocurría en el país, y ahora se convencía de que ignoraba lo más importante.

Flimnap le contó los amores de Pepito con Ra-Ra; cómo éste, valiéndose de una astucia todavía ignorada, conseguía entrar al servicio del gigante, y cómo el tal gigante, desconocedor de las costumbres del país, se había dejado engañar por el joven, sin suponer sus maquinaciones contra el orden social. Al no poder vengarse Momaren del revolucionario Ra-Ra, que andaba fugitivo, quería saciar ahora su odio en el pobre Hombre-Montaña. Además, su vanidad de autor atribuía una intención malévola al pobre gigante, el cual, por simple torpeza, había interrumpido su fiesta literaria.

Cuando Flimnap describió, con arreglo á sus informes, el momento en que Momaren y Golbasto cayeron al suelo bajo el salivazo gigantesco, el senador empezó á reir como un niño, pidiendo que le relatase por segunda vez la graciosa escena.

Ignoraba que Golbasto tuviera tal motivo para odiar al Hombre-Montaña.

--Ese poeta--dijo--es un intrigante. Le conozco hace mucho tiempo, y no sé cómo me dejé influenciar por sus palabras el otro día, cuando preparaba mi primer discurso contra el pobre coloso. Pero aún queda tiempo para hacer justicia, y Momaren no verá cumplidos sus deseos. Venga usted mañana al Senado y verá cómo el senador Gurdilo es el de siempre: un defensor de la inocencia y un enemigo de los hombres malos.

Los hombres malos eran Momaren y los señores del gobierno. La mejor prueba para Gurdilo de la inocencia de Gillespie consistía en verlo perseguido por ellos.

Quedó tan satisfecho de la visita de Flimnap, que hasta quiso borrar la mala impresión que podían haber dejado en él ciertas palabras de su último discurso.

--Lo de pedante y otras expresiones parecidas--dijo--no debe usted aceptarlo como verdades indiscutibles. Son libertades oratorias, hijas de la improvisación, que yo mismo empiezo por no creer. Los oradores somos así. Ahora que le conozco, querido profesor, declaro que es usted hombre de ingenio y que me ha hecho pasar un rato muy agradable. Hasta mañana.

Flimnap, contento de esta entrevista, que le proporcionaba un poderoso apoyo, pasó, sin embargo, la noche en dolorosa incertidumbre, sin poder apartar de su memoria al vencido gigante.

En las primeras horas de la mañana quiso verle, y se dirigió á la Galería de la Industria. Su vehículo, al llegar á la mitad de la colina, donde estaban acampadas las tropas, fué detenido por un delegado gubernamental, que se negó á dejarle pasar. En vano dió su nombre.

--Le conozco, doctor--dijo el funcionario--; pero el gigante está preso y nadie puede verlo sin una orden del gobierno.

--Soy el presidente del Comité encargado del Hombre-Montaña. Los altos señores del Consejo me designaron para ocupar dicho sitio.

--El Comité ha sido disuelto esta mañana, por ser ya innecesario--contestó el otro--. Puede usted leerlo en los periódicos.

Tuvo que retroceder Flimnap á la capital, paseando por sus principales avenidas mientras esperaba con impaciencia la hora de la sesión del Senado. El despego que le mostraban las gentes había ido en aumento, convirtiéndose en franca impopularidad. Los que el día anterior fingían no verle le miraban ahora con una fijeza hostil. Su decadencia iba unida á la del pobre Hombre-Montaña.

Los envidiosos de su antigua gloria se aproximaban únicamente para darle noticias alarmantes sobre la suerte de su protegido. Un compañero de Universidad le hizo saber que el gobierno enviaría un mensaje al Senado, al principio de la sesión, pidiendo permiso para matar al coloso inmediatamente.

Otro profesor que era verdaderamente amigo suyo le detuvo para comunicarle algo referente á la vida íntima universitaria. Popito había desaparecido, sin que el Padre de los Maestros encontrase el más leve rastro de su paradero. Todos presentían que esta fuga había sido para reunirse con el rebelde Ra-Ra. Momaren se hallaba á estas horas en el palacio del gobierno hablando con el ministro de Policía, y los aparatos de transmisión aérea enviaban órdenes por toda la República para la detención de los fugitivos.

No se interesó Flimnap por el paradero de Popito. Lo que á él le preocupaba era la suerte de su gigante.

Apenas se abrieron las puertas del Senado, el profesor corrió á sentarse en la primera fila de una tribuna. Sus ojos buscaron á Gurdilo entre los senadores. ¡Simpático personaje! El orador, enjuto, verdoso y de torva mirada, le parecía ahora de una belleza extraordinaria.

Ordenó el presidente la lectura de una comunicación enviada por el Consejo Ejecutivo. Era, como esperaba Flimnap, una solicitud para poder suprimir al Hombre-Montaña, fundándose en su falta de adaptación á las costumbres del país y en los enormes gastos que exigía su cuidado y su sustento.

Gurdilo pidió inmediatamente la palabra. Después de su último discurso, todos creyeron adivinar lo que iba á decir contra el gigante. Por primera vez el jefe de la oposición y el gobierno se mostrarían acordes. Y como esto significaba un suceso nunca visto, los senadores y el público avanzaron sus cabezas, deseosos de no perder una sílaba.

Flimnap, que era el único que sabía lo que el orador pensaba decir, se estremeció considerando lo difícil que resultaba su trabajo. ¿Llegaría á exponer con habilidad, y sin que el público protestase, todo lo contrario de lo que había afirmado dos días antes?...

Su confianza renació al ver la calma con que empezaba á hablar Gurdilo. El orador no había sido nunca amigo del Hombre-Montaña; lo hacía constar desde el principio de su discurso. Si el mismo día de la llegada del gigante al país se hubiese acordado su muerte, el acto le habría parecido muy oportuno é inspirado en una verdadera prudencia política, mereciendo su completa aprobación.

--Pero como estamos dirigidos por un gobierno inconsciente--continuó--, por un gobierno que no tiene opiniones propias y cada día obra de distinta manera, según los consejos del favorito que está de moda, se ha procedido en este asunto del Hombre-Montaña con una torpeza que hace inoportuna y perjudicial la petición que ahora nos dirige el Consejo Ejecutivo y que yo no aceptaré nunca.

El orador, después de indicar con estas palabras el nuevo rumbo que iba á emprender, se dedicó á la descripción de todos los gastos que llevaba hechos el gobierno para el sostenimiento del intruso. Al enumerar el considerable personal instalado en la Galería de la Industria para la vigilancia y manutención del Hombre-Montaña, aludió al Comité encargado de dirigir este servicio costoso y á su presidente Flimnap. Pero ahora no le llamó pedante, sino digno profesor y notable sabio, que merecía ser empleado en servicios más útiles á la patria.

Después abrió una cartera llena de papeles. Allí tenía almacenados todos los datos estadísticos sobre el costo de la alimentación del gigante. Leerlos equivalía á apoyar al gobierno, que solicitaba precisamente la destrucción del coloso por razones económicas. Pero el tribuno no estaba dispuesto á renunciar al regocijo que su lectura provocaría en el público; era duro para él privarse de un gran éxito de hilaridad, y empezó á dar á conocer los citados datos, confiando en sus habilidades oratorias, que le permitirían emplear después esta misma lectura como un arma contra los gobernantes.

Los senadores y el público lanzaron grandes carcajadas mientras él iba detallando su estadística alimenticia. El Hombre-Montaña devoraba cuatro bueyes cada día, dos por la mañana y dos por la noche, además de enormes cantidades de aves, pescados y frutas.

--Con una de sus comidas á mediodía--comentaba Gurdilo--podría mantenerse la guarnición entera de nuestra capital; con una de sus cenas habría bastante para la alimentación de toda la escuadra del Sol Naciente. Y el gobierno, que ha dispuesto este despilfarro monstruoso, nos pide ahora, de repente, la muerte de su antiguo protegido. ¿Qué secreto hay en el fondo de tal petición?... Todavía estaría derrochando el dinero del país para sostener al gigantesco intruso, si éste, por su bestialidad nativa y su ignorancia, no hubiese molestado inconscientemente á ciertos personajes, especialmente á uno que es el consejero secreto del gobierno y el verdadero autor de los errores que comete.

