# El paraiso de las mujeres Novela

## Part 16

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Flimnap corrió al palacio del gobierno, entrando en el ala ocupada por el Senado. Su amor por Gillespie le sugería las más atrevidas resoluciones. El tímido profesor, que pocos días antes era incapaz de la más pequeña iniciativa, se asombraba ahora de su audacia. Pensó hablar á Gurdilo, si es que aún no había empezado su interpelación al gobierno. No se conocían, pero él desde unos días antes era un personaje célebre, del que se ocupaban mucho los periódicos, y bien podía permitirse la libertad de hacer una visita á un compañero suyo de gloria. Dentro del Senado, al preguntar por el famoso orador, se convenció de que había llegado tarde. Gurdilo estaba ya en el salón de sesiones, y no admitía visitas que le distrajesen cuando preparaba mentalmente sus terribles discursos.

El catedrático subió á una de las tribunas destinadas al público, viendo abajo, entre las matronas que formaban el Senado, al temible Gurdilo, hacia el que convergían todas las miradas.

Nunca sufrió el pobre Flimnap una tortura igual á la de escuchar á este personaje confundido entre el público y sin poder contestarle. Después de su triunfo en el templo de los rayos negros, se consideraba tan tribuno como el célebre sanador; pero aquí no era mas que un simple oyente que podía ser encarcelado si osaba alterar con sus interrupciones la calma de la majestuosa asamblea.

La oradora senatorial, con la faz más amarilla que nunca, la mirada torva, la nariz encorvada y una voz silbante, atacó á Gillespie durante mucho tiempo, procurando que sus golpes al coloso cayesen de rebote sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo.

Hizo la historia de todos los Hombres-Montañas que habían llegado al país en el curso de los siglos. El primero, según el testimonio de viejos cronistas, acabó siendo un traidor al Imperio de Liliput que le había dado hospitalidad, pues se fué con los de Blefuscú, que eran entonces enemigos. Además, al regresar á su monstruosa patria, publicó, según vagas noticias traídas por Eulame, un libro en el que ponía en ridículo á todos los liliputienses.

Los colosos que habían llegado después eran gentes bárbaras y viciosas, sin educación universitaria y de una capacidad estomacal que acababa causando grandes escaseces y hambres en la nación. Cometían tales desafueros, que finalmente había que suprimirlos.

Y cuando se había aceptado como medida prudente el matar á estos intrusos, que se presentaban de tarde en tarde, con la regularidad de una epidemia, llegaba el último Hombre-Montaña, y el Consejo Ejecutivo, faltando á la tradición, le concedía la vida.

Aquí Gurdilo empezó á hablar irónicamente de la enorme influencia que unos cuantos profesores y fabricantes de versos ejercían sobre el gobierno actual.

--Ha bastado--dijo el orador--que un pobre pedante que enseña en nuestra Universidad la inútil lengua de los Hombres-Montañas, la cual de nada puede servirnos; ha bastado, repito, que descubriese en un bolsillo del tal gigante un libro del tamaño de cualquiera de nosotros, con unos versos disparatados, propios de su enorme animalidad, para que todos los falsos intelectuales que dominan nuestra organización universitaria, y son retribuidos exageradamente por el gobierno, viesen una ocasión de afirmar su influencia protegiendo á este colosal intruso como un compañero de letras. Y los altos señores del gobierno, que antes de ocupar sus cargos no conocían otra lectura que la del diario todas las mañanas, han aprovechado la ocasión para darse una falsa importancia de intelectuales, obedeciendo las indicaciones de sus protegidos que monopolizan la Universidad.

»No quiero hablar al ilustre Senado de los gastos que ha originado el Hombre-Montaña desde que vive entre nosotros. Esto será objeto de un discurso que pronunciaré otro día, cuando tenga completos los datos estadísticos que estoy reuniendo. Necesito saber con certeza cuántos bueyes come cada día, cuántas docenas de gallinas, así como las toneladas de pescado y de pan que lleva devoradas. No insisto en esto; pronto apreciará el Senado de qué manera el Consejo Ejecutivo derrocha el dinero de la nación, á pesar de que el gobierno de nuestro sexo ostenta el espíritu de economía como la mayor de las ventajas sobre todos los gobiernos anteriores.

»Hoy necesito hablar de otra cosa que considero de gran urgencia, pues equivale á un escándalo intolerable que pone en peligro el orden del Estado y los fundamentos de nuestra sociedad, haciendo completamente inútiles la sabiduría de aquella gran mujer que inventó los rayos libertadores y el heroísmo de las valerosas jóvenes que combatieron en la tierra y en el aire por el triunfo de la Verdadera Revolución.

»Yo mismo no comprendo cómo el ilustre Senado, la Cámara de diputados y los demás organismos nacionales no fijaron su atención en el aspecto subversivo que nos ofrece ese gigante desde que llegó. Tampoco puedo explicarme cómo los periódicos, que atisban el menor de nuestros defectos para publicarlo inmediatamente permanecen ciegos para el Hombre-Montaña.... Debo confesar, sin embargo, que yo también he vivido en esta ceguera inexplicable, y sólo anoche vi la realidad, gracias á la sugestión de un poeta eminente, el más grande de todos los poetas que hoy existen, y después de esto casi resulta inútil que os diga su nombre. Todos habéis adivinado que es Golbasto.... Con razón llaman á los poetas _videntes_. Golbasto ha _visto_ lo que ninguno de nosotros había logrado ver.

Se hizo un silencio profundo en toda la asamblea. Lo mismo los senadores que el público de las tribunas, esperaban anhelantes la revelación del gran descubrimiento del poeta, transmitido por el más temible de los oradores. Más de mil pechos jadeaban oprimidos por la emoción; el interés hacía respirar á todos con dificultad. Nadie apartaba sus ojos del tribuno, que parecía haber crecido repentinamente. Al fin, después de una larga pausa dramática, su voz resonó en el majestuoso silencio.

--Fíjese bien el honorable Senado en lo que representa el espectáculo antisocial y subversivo que presenció ayer el vecindario de nuestra ciudad. El Hombre-Montaña es un hombre, como lo indica su título.... ¡y, sin embargo, usa pantalones!

Una exclamación ahogada de todos los oyentes saludó este descubrimiento.

--¡Es verdad!... ¡Es verdad!--murmuraron los senadores y el público con asombro, como si pasase ante sus ojos un relámpago deslumbrante.

--Imagínese el ilustre Senado--continuó Gurdilo--qué efecto tan desastroso habrá producido ayer en el pueblo, y sobre todo en la juventud estudiosa de los colegios, ver á un hombre vestido de un modo que parece desafiar á la moral y á las conveniencias. Hace muchos años que en nuestras calles no se ha visto nada tan indecente.

»Bien sabido es que en el seno de nuestra sociedad algunos jóvenes insensatos y mal aconsejados pretenden trastornar el orden social con la utopía ridícula de que los hombres puedan sustituir á las mujeres en la dirección de los negocios públicos. Estos locos, enemigos de lo existente, deben haber gozado mucho ayer viendo á un hombre con pantalones, y los hombres prudentes y virtuosos de nuestras familias se habrán escandalizado con harto motivo al contemplar á uno de su sexo sin la túnica y sin los velos que corresponden á una matrona virtuosa. El traje de ese Hombre-Montaña significa el «varonismo» en acción, que desafía á todas nuestras leyes y costumbres, á todo nuestro glorioso pasado, á todas las hazañas y sacrificios de nuestros antecesores.

»Si se deja continuar este espectáculo subversivo, si no se le pone remedio, el llamado «partido masculista», insignificante y ridículo en el presente, crecerá hasta convertirse en una gran fuerza; los hombres querrán llevar pantalones, y nosotros, las mujeres que somos senadores, guerreros, funcionarios, en una palabra, todos los que desempeñamos un cargo público ó contribuímos á la buena marcha del Estado, todos los que somos cabeza de una familia, tendremos que vestirnos con faldas.

La suposición de que las mujeres pudieran alguna vez llevar faldas resultaba tan extravagante é inaudita, que todo el respetable Senado empezó á reir, y, animados por su hilaridad, los ocupantes de las tribunas lanzaron igualmente grandes carcajadas.

Hasta algunas señoras masculinas que, envueltas pudorosamente en sus velos, ocupaban la tribuna destinada á las esposas de los senadores encontraron muy original la paradoja de Gurdilo, celebrándola con discretas risas.

El orador continuó su discurso con arrogancia, seguro ya de que la asamblea en masa iba á apoyarle con sus votos.

Por el momento, no pedía nada contra el Consejo Ejecutivo. Su responsabilidad sería objeto de otro discurso. Lo que él solicitaba, como patriota, era que cesase cuanto antes el escándalo y el peligro para las buenas costumbres que significaba el modo de vestir del gigante. Los pantalones correspondían á las mujeres, y era un atentado contra las conquistas heredadas de la Verdadera Revolución que este intruso, siendo un hombre, se empeñase en vestir de modo diferente á todos los de su especie.

--Pido al Senado--terminó diciendo el orador--que le quiten al Hombre-Montaña lo que no le corresponde usar y que se envíe al Consejo Ejecutivo una ley para que mañana mismo lo vista con el recato y la decencia que exige su sexo.

La ovación al tribuno fué larga. El presidente tuvo que hacer sonar varias veces la sirena eléctrica de su mesa para conseguir que se restableciese el silencio.

--¿Acuerda el Senado--preguntó--que el Hombre-Montaña sea vestido como corresponde á su sexo inferior?

Algunos senadores rutinarios que veneraban el reglamento hablaron de votación, pero los más se opusieron, considerando que era inútil cuando todas las opiniones se mostraban unánimes. Y levantando una mano, votaron todos por aclamación la urgencia de quitarle los pantalones al Hombre-Montaña.

Flimnap abandonó la tribuna con el ánimo desorientado, no sabiendo ciertamente si debía entristecerse ó alegrarse por lo que acababa de oir. La intervención de Gurdilo le había hecho sospechar en el primer momento que tenía por objeto pedir la muerta de Gillespie. Pero al convencerse de que el senador sólo deseaba cambiar su vestidura, sin hablar para nada de hacerle perder la existencia, casi sintió gratitud hacia él. Le importaba poco que Gurdilo le hubiera llamado pedante y le aludiese con otras frases despectivas, sin hacerle el honor de citar su nombre. Los enamorados son capaces de los más grandes sacrificios á cambio de que la persona amada no sufra. Para él lo interesante era saber que el gentleman no iba á morir. Hasta pensó que ofrecería un aspecto más gracioso vestido con arreglo á las indicaciones del tribuno. Siempre le había causado un malestar indefinible verlo con pantalones, lo mismo que una mujer, contra todas las conveniencias establecidas por las costumbres y la gloriosa historia del país.

Al caer la tarde se dirigió á la vivienda del Gentleman Montaña. Después de salir del Senado había pretendido sin éxito alguno hablar con el presidente del Consejo Ejecutivo. Su personalidad gloriosa parecía disolverse así como iba decreciendo la curiosidad simpática por el gigante. Las gentes volvían á no conocerle. Varios periodistas pasaron junto á él sin pedirle su opinión. Los que antes le detenían en la calle haciéndole preguntas sobre el Hombre-Montaña casi lo atropellaban ahora con sus máquinas terrestres. La mujer de negocios que le había propuesto un viaje triunfal por toda la República dando conferencias en compañía del coloso volvió la cabeza al cruzarse con él.

En los salones de espera del jefe del Consejo aguardó inútilmente unas dos horas. Los empleados le ignoraban voluntariamente. Vió á Momaren que salía del despacho del presidente. Al cruzarse con el profesor, que le saludó con una profunda reverencia, el Padre de los Maestros sólo tuvo para él una mirada fría y un murmullo ininteligible. Al fin, Flimnap, convencido de que había pasado su período de gloria y de influencia, salió del palacio del gobierno.

Cerca de la altura en cuya cumbre estaba la Galería de la Industria, notó un movimiento extraordinario. Llegaban por diversas avenidas batallones de mujeres armadas con arcos y lanzas. Vió presentarse además un escuadrón de la Guardia gubernamental y numerosos destacamentos de la policía masculina y barbuda, que abandonaban la vigilancia de las calles para acudir á esta concentración guerrera.

Su corazón se oprimió con el presentimiento de que todo este aparato bélico era á causa de alguna otra inconveniencia cometida por el gigante. Sobre la cumbre de la colina flotaban varias máquinas voladoras. Otras iban aproximándose á toda fuerza de sus motores, viniendo de distintos puntos del horizonte. Una alarma reciente había puesto, sin duda, sobre las armas á todas las tropas que guarnecían la capital.

Flimnap consideró una gran suerte su encuentro con varios individuos del gobierno municipal que le habían acompañado el día anterior en la fiesta de los rayos negros. Todos estaban aún bajo la influencia de su triunfo oratorio, y le saludaron con afabilidad. Hasta parecieron alegrarse del encuentro.

--Es el Hombre-Montaña, que se ha vuelto loco--dijo uno de ellos--. Ha atacado á un destacamento de policía que fué esta tarde á registrar su vivienda en busca de un terrible criminal y ha matado á no sé cuántos con un tronco de árbol. Usted, doctor, puede hablarle; tal vez le haga caso. Si no le atiende, la guarnición dará un asalto á su vivienda. Correrá mucha sangre, pero le mataremos.... ¡Un gigante que parecía tan simpático!...

El profesor se adelantó al ejército, que ascendía poco á poco, con grandes precauciones, conservando su organización táctica para poder dar la batalla al coloso, y á los pocos momentos llegó á la Galería á todo correr del automóvil en que iba sentado.

Fuera del edificio estaba toda la servidumbre, aterrada aún por la tempestuosa explosión de cólera del Hombre-Montaña. Muchos de los atletas semidesnudos se aproximaron á Flimnap con los brazos en alto.

--¡No entre, doctor!--gritaban--.¡Le va á matar!

Vió también á un grupo de hembras membrudas y malencaradas, reconociéndolas como pertenecientes á la policía. Eran los agentes que habían intentado examinar los bolsillos del gigante después de haber registrado toda la Galería en busca de Ra-Ra.

Algunas de ellas tenían manchas de sangre en el rostro y en las ropas; otras, sentadas en el suelo, se quejaban de tremendos dolores en sus miembros. Pero estos dolores, así como la sangre, eran una consecuencia de las caídas que habían dado al huir del gigante. Su inmenso garrote, al chocar contra el suelo, esparcía un temblor igual al de un terremoto.

Flimnap, después de muchas preguntas, sacó la conclusión de que el gigante no había matado á ninguno de los que consideraba sus enemigos. Felizmente para éstos, su pequeñez les había hecho escapar del único golpe que el gigante tiró con su árbol contra el grupo de policías. Éstos, aterrados aún, repitieron la misma súplica de los servidores.

--No entre, doctor. Deje que llegue el ejército. Él sabrá dar á ese loco lo que merece.

Pero el doctor se lanzó dentro de la Galería con la confianza del amante que no puede temer á la persona amada, aunque la vea en un estado de ferocidad.

Gillespie, cansado de permanecer derecho, con la cachiporra en una mano, junto á la puerta de la Galería, había vuelto á ocupar su asiento ante la mesa, pero sin perder de vista la abertura de entrada. Al ver á Flimnap echó mano instintivamente al tronco enorme que le servía de bastón.

--¡Soy yo, gentleman!--gritó el profesor con voz temblona.

Y el gigante, al reconocerle, volvió á su actitud tranquila.

Fué para Flimnap una gran desgracia que los atletas de la servidumbre hubiesen abandonado la grúa monta-platos, pues se vió obligado á ascender por una de aquellas terribles rampas que le infundían pavor. Para mayor infortunio suyo, el gigante, al levantarse y empuñar su garrote contra la policía, había hecho esto con tal violencia, que una de sus rodillas, chocando contra una pata de la mesa, dejó medio rota y casi colgante la espiral arrollada en torno de ella.

El doctor, que remontaba, bufando de angustia, esta rampa interminable, sintió de pronto que crujía bajo sus pies é iba á romperse definitivamente, haciéndole caer de una altura igual á doce ó quince veces la longitud de su cuerpo. El terror le hizo pedir socorro con chillidos de angustia. Fuera del local, los servidores y los maltrechos policías se miraron con una expresión de inteligencia:

--¡Ya lo mata!... Le está bien, por no haber querido oir nuestros consejos.

Avisado por los gritos del profesor, Gillespie bajó su cabeza hasta el nivel de su asiento, sacándole con dos dedos de la espiral cimbreante. Luego, colocándolo en la palma de la otra mano, lo fué subiendo hasta cerca de su rostro.

--¿Qué ha hecho usted, gentleman?--preguntaba

Flimnap durante su ascensión, como si intentase reconvenirle.

Pero la cólera del gentleman duraba aún, y el profesor se asustó al ver la expresión de sus ojos.

Fué contando Gillespie todo lo ocurrido, que era igual, con ligeras variantes, al relato escuchado por el profesor al pie de la colina.

--Lo que siento--terminó diciendo el gigante--es no haber aplastado á toda esa canalla que pretendía registrarme. Pero otros llegarán; les espero, y van á tener peor suerte.

--¿Y Ra-Ra?--dijo el profesor.

Esta pregunta amenguó un poco la cólera de Gillespie. Después de haber hecho huir á los policías, y mientras su servidumbre medrosa escapaba también fuera de la vivienda, Ra-Ra le habló desde el fondo del bolsillo que le servía de refugio. Consideraba prudente no quedarse allí. Ya había hecho bastante el gigante para defenderle de sus enemigos. Debía dejarlo escapar antes de que llegasen fuerzas más considerables. Necesitaba mantenerse libre para la continuación de sus trabajos.

Y el Gentleman-Montaña, convencido por sus razones, le había dejado en el suelo para que huyese, aprovechando la confusión que reinaba en torno de la Galería.

Flimnap se abstuvo de recriminaciones. Lo urgente era evitar un combate entre el ejército asaltante y el coloso, todavía irritado. Y empezó á contar á éste lo que había visto.

De pronto, Gillespie, que escuchaba ceñudo las palabras del profesor, lanzó una ruidosa carcajada. Fué el relato del discurso de Gurdilo en el Senado lo que le hizo pasar sin transición de la cólera á la hilaridad. La idea de que toda la República confederada de los pigmeos se estaba ocupando de sus pantalones como de una manifestación subversiva y la seguridad de que iban á ponerle faldas iguales á las de Ra-Ra, hicieron que su risa se prolongase mucho tiempo.

Los grupos de afuera se imaginaron que el coloso feroz estaba saludando con carcajadas el cadáver del sabio.

Mientras tanto, Flimnap se esforzaba por que el gentleman le admitiese como mediador.

--Por fortuna, usted no ha matado á nadie, y los señores del gobierno municipal, que están abajo, me atenderán si yo les pido la paz en su nombre. ¿Qué es lo que usted deseaba? ¿Salvar á Ra-Ra?... Éste se ha ido, librando á usted del compromiso de protegerlo. Ahora lo interesante es conseguir que no le miren á usted como un rebelde. ¿Me autoriza para que trate en su nombre?...

El Gentleman-Montaña contestó con un gesto indiferente, y Flimnap quiso aceptarlo como si fuese de aprobación. Luego suplicó á su poderoso amigo que bajase la mano lentamente hasta depositarlo en el suelo, y salió corriendo de la Galería.

Cuando las gentes que estaban en las inmediaciones le vieron avanzar hacia ellas, mostraron el mismo asombro que si contemplasen un aparecido. ¡No lo había matado el gigante!...

El profesor siguió corriendo ladera abajo en busca de los señores del gobierno municipal. No tuvo que ir muy lejos. Las tropas habían formado un círculo en torno á la colina y ascendían, estrechando cada vez más su anillo para que el enemigo no pudiera escapar.

Los del gobierno municipal acogieron al profesor con frialdad. Debían haber recibido órdenes superiores durante su ausencia, cambiando de opinión respecto á su persona. Sin embargo, cuando Flimnap les dijo que el gigante ya no haría resistencia, dejándose registrar y obedeciendo á cuanto quisieran ordenarle las autoridades, todos se mostraron algo más efusivos con el mediador, agradeciendo sus buenos oficios.

Por indicación de Flimnap, el ejército cesó en su movimiento ascendente, manteniéndose lejos de la Galería. Su presencia podía excitar de nuevo la irritabilidad del coloso.

Un simple destacamento de la Guardia acompañó á las autoridades y al profesor cuando se aproximaron al edificio. Flimnap empezó á dar gritos á la servidumbre para que volviesen todos á ocupar sus puestos, como si no hubiese ocurrido nada. Detrás del rebaño doméstico entró él con sus ilustres acompañantes y la escolta.

Obedeciendo sus indicaciones, un grupo de atletas había corrido á lo alto de la mesa para manejar la grúa que subía los alimentos. Ocupando su plato-ascensor pudo llegar á la vasta planicie de madera, sin necesidad de trotar por las fatigosas espirales. Los del gobierno municipal le acompañaron en su ascensión, mientras toda la escolta avanzaba por las tres patas de la mesa que se mantenían intactas.

Flimnap presentó sus acompañantes á Gillespie; y como éstos no entendían el inglés, le pudo recomendar al mismo tiempo que fuese prudente.

--Estos señores se contentan con que permita usted el registro de sus bolsillos.

Accedió el coloso, sonriendo al pensar en la inutilidad de dicho registro. Además, el catedrático quiso hacerle admitir como un gran honor el hecho de que iban á ser las hermosas muchachas de la Guardia las que huronearían en sus bolsillos, en vez de aquellas hembras feas de la policía á las que había hecho pasar un mal rato.

Cuando los apuestos guerreros de la Guardia hubieron dado fin á su infructuoso registro, los del gobierno municipal se retiraron con una expresión de ambigüedad inquietante.

--Que todo continúe aquí lo mismo--dijo uno de ellos al profesor--. Mañana veremos qué es lo que dispone el Consejo Ejecutivo.

Este «mañana» inquietaba á Flimnap. Creyó prudente pasar la noche bajo el mismo techo que su amado gentleman, como si con ello pudiese apartar los peligros todavía indeterminados que le anunciaban sus presentimientos.

Dió órdenes á la servidumbre para que el gigante cenase como todas las noches. El desorden originado por la visita de los perseguidores de Ra-Ra no debía notarse en la buena marcha del servicio doméstico. Luego, cuando el gentleman iba á acostarse, Flimnap fingió que regresaba á la Universidad, despidiéndose de él hasta el día siguiente, pero se dispuso á pasar la noche en la cama del administrador del almacén de víveres, aunque estaba seguro de no dormir.

--¡Mañana!--pensaba--. ¿Qué pasará mañana?

Fuera de aquel enorme edificio se estaba condensando una nube de hostilidad que iba á estallar al día siguiente sobre la cabeza del gigante. Gran parte de las tropas habían quedado al pie de la colina vivaqueando. En lo alto permanecía inmóvil una escuadrilla de máquinas voladoras.

Durante la noche vió, al asomarse por tres veces, la fila circular de hogueras en torno de las cuales dormían los soldados, y sobre la techumbre del edificio los aviones, que abrían de vez en cuando sus ojos enormes, paseando sobre la tierra mangas de luz.

Poco después de amanecer, cuando el gigante estaba aún en su cama, se presentó un empleado del Consejo Ejecutivo, al que seguían varias mujeres que, á juzgar por sus trajes, pertenecían á la clase industrial de la ciudad. El funcionario manifestó á Flimnap que venía para notificar al Hombre-Montaña el acuerdo del gobierno obligándole á cambiar de traje inmediatamente. Luego presentó á los que le acompañaban, que eran media docena de sastres encargados de confeccionar los uniformes del ejército.

