# El paraiso de las mujeres Novela

## Part 11

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A partir de aquel momento mostré la terrible franqueza de los neófitos. Como poseía la verdad, consideraba necesario proclamarla á gritos, y bastó que un día, conversando con varios estudiantes hembras, dijera solamente una pequeña parte de lo que yo sabía, para que cayese sobre mí una serie de persecuciones que aún no ha terminado.

Momaren, el Padre de los Maestros, habló indudablemente del nieto de Ra-Ra al _Comité de supresión del antiguo régimen._ Es un Consejo secreto, que desde los tiempos de mi padre persigue todo aquello que puede hacer recordar las épocas pasadas, anulándolo con una crueldad fría ó implacable.

Tuve que huir, y he llevado hasta el presente una existencia vagabunda y aventurera. De vez en cuando la bondad de Flimnap me ha protegido. En los últimos días mi situación era angustiosa. El temible Consejo había averiguado por sus espías que yo estaba de vuelta en Mildendo, ó sea lo que llaman las triunfadoras Ciudad-Paraíso de las Mujeres. Varias veces estuve á punto de caer en manos de sus agentes. Si esto ocurre alguna vez, me llevarán á morir en un islote inmediato á la gran barrera, como murió mi abuelo. Pero la intervención de Flimnap sirvió, como ya dije, para que yo encontrase un refugio aquí, donde me considero casi seguro.

Tal vez se preguntará usted, gentleman, por qué razón vuelvo á la capital y me empeño en vivir en ella, estando aquí el terrible Consejo que me persigue. Nuestra vida nunca es rectilínea ni la gobierna la lógica. En el país de los Hombres Montañas es posible que ocurra lo mismo. Los hombres tenemos un corazón que es á la vez el origen de nuestras desdichas y de nuestras felicidades. No podemos existir sin la mujer, y vamos allá donde ella vive, aunque esto equivalga á marchar al encuentro del peligro.

Gillespie miró con nuevo interés al pigmeo. ¡Quién podía sospechar que este animalejo tuviese unos sentimientos iguales á los suyos!... Le pareció verse á sí mismo cuando se lamentaba á solas en Los Ángeles, después de la desaparición de miss Margaret.

La melancolía de Ra-Ra se transmitió á él. La imagen de su novia americana pasó por su recuerdo con tal intensidad, que hasta creyó verla corporalmente, aspirando su perfume. Pero á continuación cayó en una tristeza desesperada al contemplarse en este país inverosímil, sometido á una esclavitud ridícula, sujeto á los caprichos de una humanidad inferior.

Le tembló la mano á causa de tales emociones, y Ra-Ra tuvo que apretar sus piernas sobre el dedo que le servía de asiento y agarrarse á él para no caer.

Como Gillespie deseaba olvidar su propia situación, siguió haciendo preguntas para conocer toda la historia del pigmeo.

--¿Y cómo ha podido usted seguir vagando por esta tierra sin caer en manos de sus enemigos?... ¿Cómo logró mantenerse sin trabajar?

Ra-Ra, á pesar de la altura inaccesible en que se hallaba, bajó aún más la voz para decir misteriosamente:

--No soy yo el único que en este país conoce la verdad. Flimnap le contó el otro día, según creo, que los hombres ya no se muestran tan cobardes como al principio de la dominación femenina. Se sublevan contra el despotismo de las mujeres; quieren una existencia propia; desean «vivir su vida», como dicen los muchachos más rebeldes. Hasta hace poco tiempo esto era un simple anhelo de emancipación, indeterminado y declamatorio, que únicamente producía conflictos dentro de las familias. Los periódicos lo llaman el «varonismo», riéndose de él.

Pero yo, en los últimos años, he ido de ciudad en ciudad visitando los clubs de hombres y otras asociaciones secretas del «partido masculista». En mis conferencias les he hecho conocer el cuaderno que dejó mi padre. Reproducido por prensas clandestinas circula hoy ocultamente, y es leído como el libro sagrado del porvenir.

Miles y miles de hombres entusiastas, entre los cuales hay muchos que son esposas é hijas de altos funcionarios, se han encargado de mantenerme y ocultarme en mis excursiones de propaganda. Mi deber me ordena continuar estos viajes, pero los hombres nos dejamos esclavizar por el amor mucho más que las hembras, le concedemos mayor importancia, y yo hago traición á mi causa para vivir en esta capital, completamente inactivo durante algunas semanas, con la esperanza de poder hablar á una mujer.

Como si necesitase buscar una excusa á sus actos, Ra-Ra añadió:

--Pero aunque yo permanezca sin hacer nada, no por esto descansan mis compañeros. Hay entre nosotros hombres de ciencia que se dedican á peligrosos estudios; jóvenes abnegados que visitan los barrios populares para hablar á los embrutecidos siervos que ayudan con sus músculos á esta sociedad y conseguir que despierte en sus confusas inteligencias el orgullo del sexo. Contamos, además, con varones respetables y de gran talento que organizan silenciosamente las fuerzas de una rebelión futura.

Gillespie quedó asombrado por estas revelaciones.

--Comprendo, amigo Ra-Ra, que le busquen con tanto ahinco las señoras del Consejo secreto. Resulta usted más terrible de lo que parece con su túnica y sus velos de mujer. Ya le veo siendo llevado á morir en un peñón, sin agua y sin comida, cerca de la gran barrera de los dioses, si es que yo no le oculto antes en uno de mis bolsillos. Pero ¿por qué se muestran ustedes tan adversarios del gobierno femenil?... Según dice el profesor Flimnap, ya no hay guerras ni puede haberlas; las mujeres administran la fortuna pública con economía; no se nota la miseria ni la mortalidad de otros tiempos; tampoco hay gobernantes ladrones. ¿Qué más pueden desear los hombres?...

Ra-Ra, cediendo á sus hábitos de propagandista, se puso de pie sobre la mano del gigante para hablar con un ardor de tribuno.

--Queremos la libertad; queremos una vida interesante; la embriaguez del peligro; en una palabra, la gloria.

Deseo ser justo con mis enemigos y reconozco como verdad todo lo dicho por el profesor. Las mujeres administran bien, su gobierno es el de una buena dueña de casa que toma con exactitud la cuenta á su cocinera. Las gentes tal vez comen mejor y viven más tranquilas que en otras épocas; ya no hay guerras.... Estamos de acuerdo.

Pero el mundo se aburre de un modo mortal. No ocurre nada, nadie sueña, nadie aspira á cosas imposibles, nadie comete imprudencias. La vida se extiende ante los ojos como un inmenso campo de plantas alimenticias, en el que no hay una flor que resulte inútil ni un pájaro que deje de ser comestible.

Nosotros queremos que el mundo vuelva á su antigua existencia. La vida es monótona sin aventuras, sin héroes, y no vale la pena de ser vivida si le falta el condimento del peligro. La amenaza de una muerte inmediata da mayor sabor á los deleites presentes. Queremos la guerra, con sus acciones esforzadas y sus abnegaciones sublimes entre compañeros de armas; queremos la resurrección de las virtudes grandiosas y crueles que forman el heroísmo.

Usted debe reconocer como yo, gentleman, que únicamente las mujeres pueden aceptar esta vida de ave de corral, en la que el deseo de vivir en paz ahoga todo sentimiento noble y elevado, en la que los cacareos domésticos constituyen la función intelectual de la mayoría. No; nosotros deseamos conocer, como los hombres de otros tiempos, el vino y la guerra, los dos placeres divinos de los humanos; queremos vivir en un minuto todo un siglo de angustias y de orgullos.

¿Quién puede conformarse con esta sociedad que todos los días vive del mismo modo y al que tiene sed le ofrece agua ó leche?... Venga á nosotros el alcohol, que hace soñar cosas grandes y es padre del heroísmo. Venga á nosotros la guerra, madre de las esforzadas acciones....

En cuanto á mí, gentleman, lo que deseo con más vehemencia es poder meterle por la cabeza á Momaren, Padre de los Maestros, esta túnica y estos velos que ahora me cubren, arrebatándole á él para siempre los pantalones.

VIII

En el que el Padre de los Maestros visita al Hombre-Montaña

Cuando el profesor Flimnap regresó de su viaje á la antigua capital de Blefuscú, fué sin pérdida de tiempo á visitar al gigante para darle excusas por su ausencia.

Vivía en perpetuo asombro á causa de la enorme gloria que había caído sobre él, con acompañamiento de ganancias no presentidas ni aun en sus momentos de mayor ilusión. De todas las grandes ciudades le llegaban proposiciones para que fuese á relatar ante auditorios de muchos miles de personas sus pláticas con el Hombre-Montaña y lo que había podido averiguar acerca de las costumbres del remoto país de los gigantes.

Los libreros, que nunca habían querido vender sus pesados volúmenes sobre problemas filológicos é históricos, le pedían ahora que los enviase en grandes fardos, aprovechando la primera máquina voladora que saliese para el lugar de su establecimiento.

Hasta los más grandes diarios, siempre ignorantes de la existencia de Flimnap, pues se abstenían sistemáticamente de publicar su nombre, le solicitaban ahora como colaborador, dejando á su arbitrio el fijar la retribución por sus escritos.

--Todo esto lo debo á usted, gentleman--decía con entusiasmo, mirándole á través de su lente--.¡Si hubiese visto anoche con qué interés escucharon la descripción que hice de su persona más de veinte mil mujeres!...

Y para que olvidase su abandono del día anterior iba describiéndole el aspecto del enorme público y las salvas de aplausos con que fueron acogidos sus períodos más elocuentes.

--Gracias á usted--continuaba--soy célebre y tal vez sea rico. ¡Quién sabe si usted se enriquecerá también, como nunca lo hubiese conseguido allá en su país!

El buen profesor sentía despierta ahora su ambición, viéndolo todo con proporciones exageradas. Una mujer de negocios de la capital le había hablado aquella mañana de una empresa de ganancias fabulosas. Si el Consejo Ejecutivo dejaba en libertad por algunos meses al Hombre-Montaña, ésta y el profesor podían realizar una excursión por toda la República dando conferencias. Flimnap haría un relato de cuanto supiera sobre el pasado y las costumbres de su gigantesco amigo, y éste se mantendría á su lado para contestar con reverencias á las aclamaciones de la muchedumbre. La financiera prometía una verdadera fortuna para los dos como resultado del viaje.

Estaba tan seguro el profesor de una ganancia pronta y considerable, que hasta había encargado para él una máquina terrestre en forma de lechuza, aunque más pequeña que la que le prestó en diversas ocasiones el Padre de los Maestros.

A la mañana siguiente de su vuelta de la antigua capital de Blefuscú se presentó con un nuevo regalo para el coloso. Su amigo el profesor de Física, que apenas si se acordaba ya del accidente maternal de pocos días antes, le había fabricado un aparato para que Gillespie pudiese escuchar considerablemente agrandados los ruidos que resultan ordinarios en la vida de los pigmeos.

Era un cilindro de cristal no más grande que una uña del Hombre-Montaña. Al penetrar en la oreja aumentaba considerablemente su capacidad auditiva, haciendo oir la voz de los hombrecillos aunque éstos hablasen quedamente.

Apenas lo puso Gillespie en el pabellón de uno de sus oídos, la Galería, que ordinariamente estaba en silencio para él, se pobló de murmullos y gritos. Ya no vió agitarse á los pigmeos en torno de sus extremidades, como si fuesen mudos y sólo hablasen por señas; hasta de los términos más apartados del edificio le llegaron olas rumorosas semejantes á los murmullos que agitan los bosques, distinguiendo en ellas las palabras ininteligibles que profería su numerosa servidumbre.

--De este modo, gentleman--dijo el profesor--, podré conversar con usted sin tener que levantar mucho la voz, lo mismo que si hablase con un ser de mi especie. A veces siento el deseo de comunicarle cosas muy importantes para mí, cosas íntimas, cosas tiernas de la amistad, y no me atrevo. ¿Quién sabe si algún universitario conocedor de nuestro idioma vaga por debajo de la mesa y puede oirnos?... Ahora, como podré hablar en voz discreta, tal vez me atreva á decir lo que pienso con algo más de libertad.

El profesor dijo las últimas palabras mostrando una timidez de muchacha, lo que dió á su respetable persona cierto aspecto grotesco. Pero tuvo que abandonar pronto esta actitud para ocuparse de un asunto más importante que motivaba su visita matinal. Si lo había olvidado al principio, era á causa de la emoción que sentía siempre al hablar á solas con el gigante.

--Gentleman--dijo--, tengo que darle una buena noticia. El Padre de los Maestros, que rara vez se digna visitar á los personajes más importantes de nuestra República, vendrá esta tarde á verle. No habla bien nuestro idioma y lo lee también con cierta vacilación; pero yo estaré presente para servir de traductor entre los dos. Quiso en el primer momento que la entrevista fuese en la Universidad, y para ello habría tenido usted que entrar en el edificio pasando una pierna por encima de los tejados, y después la segunda pierna, hasta quedar de pie en el patio central. Pero el arquitecto universitario se ha opuesto, temiendo por la integridad de los techos, que son algo viejos. Seguramente se habría llevado usted con sus rodillas algunos aleros, y en este momento la Universidad no está para nuevos gastos. Como Momaren es amigo del gobierno, el implacable Gurdilo se opone en el Senado á todo proyecto de aumento de nuestra subvención. Además, yo he demostrado al Padre de los Maestros que es mucho más cómodo subir en su litera hasta lo alto de esta mesa, donde podrá conversar con el Gentleman-Montaña horas enteras. También resulta mejor para usted que obligarle á permanecer encogido en un patio, sin atreverse á hacer el más leve movimiento por miedo á irrogar perjuicios costosos.

Gillespie aceptó con gusto la visita. Había oído hablar tantas veces á su traductor de la influencia omnipotente del Padre de los Maestros y de su inmensa sabiduría, que consideró interesante conocer á tan alto personaje. Además se acordó de Ra-Ra y del odio concentrado y misterioso que mostraba contra el ilustre Momaren.

--Debe usted no olvidar--continuó Flimnap--que nuestro jefe es un gran poeta, el segundo poeta nacional, el que figura después de Golbasto, aunque este versificador sublime, cuando sufre algún apuro pecuniario ó desea un empleo para alguna amiga suya, no tiene inconveniente en declarar á gritos que Momaren es mil veces superior. Yo di á leer al Padre de les Maestros las poesías inglesas que encontré en su cuaderno de bolsillo. Las traduje á nuestro idioma, y creo que no resultan mal. Si lo dudase, me hubiese convencido anteanoche de que la traducción es buena viendo el entusiasmo con que acogió su lectura el inmenso público de mi conferencia.

Ahora, gentleman, en justa reciprocidad, espero que usted se dignará leer otra traducción que he hecho de las poesías de mi eminente jefe pasándolas del idioma nacional al inglés.

En vista de la conformidad del gigante, el catedrático fué hasta el borde de la mesa dando órdenes á gritos, y los atletas que maniobraban la grúa para subir los alimentos pusieron en actividad otra vez el plato que servía de ascensor. Una vez llegado éste arriba, seis de los hombres forzudos cargaron con un libro del mismo tamaño que el cuaderno empleado por Gillespie para sus notas.

Tenía el volumen unas tapas multicolores, cubiertas de diversas piezas de cuero formando mosaico. Sus hojas eran de triple pergamino, y las traducciones de Flimnap habían sido trazadas con brochas gordas, dando á cada letra el tamaño de la cabeza de un habitante del país.

Gillespie, poniéndose la rodaja de cristal sobre uno de sus ojos, empezó á leer. Los atletas sostenían abierto el libro con visible esfuerzo, pues resultaba este trabajo una empresa digna de su vigor. Mientras tanto, Flimnap iba pasando las hojas y daba explicaciones para que su amigo no tuviese la menor duda sobre el texto.

--¿Qué le parecen estos versos, gentleman?--preguntó cuando estaban ya en la mitad del volumen.

Hizo Gillespie un gesto evasivo. Machas de las imágenes del poeta no podía comprenderlas, aun después de las aclaraciones del traductor. Otras le parecían extravagantes, y tuvo que hacer esfuerzos para no saludarlas con una carcajada. Pero temiendo molestar al buen Flimnap, se apresuró á decir:

--Me parecen excelentes. Lo único que me extraña es ver en la mayor parte da estos versos algo así como una decepción amorosa, una melancolía de pasión sin esperanza. ¡Quién hubiese creído que el respetable Padre de los Maestros fuera capaz de tan frívolos sentimientos!...

El profesor sonrió levemente.

--Ha acertado usted, gentleman. El ilustre Momaren ha sido joven, como todos, y guarda la tristeza de un gran desengaño amatorio. Por eso muchos considerarnos á Golbasto como el primero de nuestros poetas heroicos y á Momaren como el más exquisito de nuestros poetas de amor.... Yo quisiera que usted le manifestase esta tarde la admiración y el entusiasmo que ha sentido al leer sus versos. Piense que es mi jefe; piense que tan poderoso personaje ha ordenado la producción de este hermoso volumen sólo por serle grato, haciendo trabajar en él durante cuatro días á todos los pintores y encuadernadores que dependen de la Universidad, y piense finalmente que el Padre de los Maestros es quien puede influir sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo para que le permitan viajar por toda la República acompañándome en mis conferencias, medio seguro de que los dos ganemos riquezas enormes.

Prometió Edwin á su traductor cumplir exactamente tales recomendaciones, y después de la comida de mediodía aguardó, con los codos en la mesa y la cabeza entre las manos, la llegada del jefe de la Universidad y su cortejo.

Durante tan larga espera se entretuvo escuchando, gracias á su aparato auditivo, los gritos y las canciones de los servidores, que se movían como insectos en el fondo de la Galería. Después que toda esta gente hubo comido cerca de las cocinas, el estrépito fué en aumento, cortándose de vez en cuando el vocerío de los pigmeos con las órdenes que gritaban sus diversos jefes. Al fin se cansó de este zumbido de colmena en desorden, y sacándose de la oreja el microfónico aparato, quedó envuelto en un dulce silencio, estremecido apenas por lejanos é indefinibles murmullos.

Se iba adormeciendo Gillespie, cuando le estremeció un gran ruido de muchedumbre, haciéndole volver á la realidad.

Vió cómo una masa de curiosos formaba semicírculo en torno á la fachada de cristal del edificio, completamente abierta, que le servía á él para entrar y salir.

Numerosos jinetes contenían á estos curiosos para que dejasen paso franco al ilustre visitante.

Avanzó primeramente un grupo de doctores jóvenes, que eran muchachas en traje masculino, llevando como único emblema de su grado el gorro universitario. Algunas de ellas, esbeltas y gallardas, tenían un andar marcial que revelaba su afición á los deportes, pero las más mostraban cierto parentesco físico con el doctor Flimnap. Las había enjutas de cuerpo, con un gesto ácidamente triste, como si el fuego del saber hubiese consumido en su interior toda gracia femenina. Otras eran gruesas, pesadas y miopes, contemplándolo todo con asombro infantil, lo mismo que si hubiesen caído en un mundo extraño al levantar su cabeza de los libros.

Detrás de este escuadrón estudioso apareció la litera en forma de lechuza, dentro de la cual iba el ilustre Momaren. El profesor Flimnap marchaba junto á la portezuela de la derecha, conversando con su ilustre jefe, honor público gozado por primera vez, que le hacía caminar titubeante, con el rostro empalidecido por la emoción. Cerraban la marcha graves matronas universitarias, con togas negras. Todas ellas ostentaban en sus birretes los varios colores de las catorce Facultades que clasifican la sabiduría entre los pigmeos.

El cortejo fué desapareciendo lentamente bajo la mesa. Sintió el gigante una ruidosa agitación junto á sus pies, pero hizo esfuerzos por mantenerlos inmóviles, temiendo provocar una catástrofe. La avalancha de visitantes se había fraccionado para tomar los cuatro caminos en espiral arrollados á las patas de la mesa.

Gillespie vió surgir por los escotillones á muchos servidores suyos, hombres y mujeres, que se colocaron en uno de los lados de la planicie de madera, esperando órdenes. Luego fueron saliendo de dos en dos los doctores jóvenes, yendo á situarse en el borde de la mesa, frente al gigante. Muchos de ellos llevaban lentes de disminución para examinarlo detenidamente. Otros, los más gallardos y de buen ver, reían y se empujaban con el codo, mirando á ojos simples la cara de Gillespie y haciendo suposiciones sobre sus enormidades ocultas, que provocaban el escándalo y la protesta de sus compañeras más graves y virtuosas.

Apareció, al fin, la litera del Padre de los Maestros, sostenida por ocho universitarios jóvenes, que jadeaban sudorosos después de esta ascensión en espiral. Se abrió la portezuela de la caja portátil y salió Momaren, con su birrete de cuatro borlas y una toga de cola larguísima, que se apresuraron á sostener dos aprendices de profesor.

Fué avanzando solemnemente sobre la mesa, y detrás de sus pasos todo el acompañamiento final de graves doctores, que no ocultaban las arrugas y las canas de sus rostros matroniles.

El profesor Flimnap corrió á colocar en el centro de la mesa un sillón, que era el mismo que él había ocupado al dar al gigante su lección de Historia. El alto personaje se sentó en él, teniendo á un lado al obsequioso traductor. Todo el cortejo universitario permaneció detrás, rígido y en profundo silencio, esperando que sonase la voz autorizada del maestro de los maestros. Hasta los doctores revoltosos cesaron en sus risas juveniles y sus atrevidos comentarios al sentarse Momaren.

Este se llevó á un ojo la lente facilitada por Flimnap, y al ver de cerca el rostro del gigante, reducido casi á las proporciones de un ser de su misma especie, no pudo reprimir un movimiento de sorpresa. Quedó contemplándole con una expresión reflexiva que revelaba intenso trabajo mental. Al fin murmuró, dirigiéndose á Flimnap, pero sin apartar su mirada del gigante:

--¿A quien se le parece, profesor?... Yo he visto esta cara en alguna parte.... No puedo recordar con exactitud, pero es absolutamente igual á una persona que he visto muchas veces.... ¿Quién será?

Flimnap murmuró palabras vagas para excusar su ignorancia. Lamentaba no poder ayudar á su ilustre jefe en este trabajo de la memoria. Pero aunque su voz era reposada y su gesto tranquilo, la inquietud hizo correr por su cuerpo ondas nerviosas de diversas temperaturas. Sabía perfectamente á quién se asemejaba el gigantesco gentleman, pero tuvo buen cuidado de no revelarlo al Padre de los Maestros.

Por su parte, Gillespie se mostraba tan impresionado como el traductor. Al ver que el poderoso visitante se ponía un vidrio ante un ojo para conocerle con más exactitud, él creyó del caso hacer lo mismo, por cortés reciprocidad.

Tomó la gran redondela de cristal que estaba sobre la mesa, y al colocarla en uno de sus ojos fué tal su emoción, que faltó muy poco para que el disco duro y transparente cayese como un proyectil, matando á varios doctores del cortejo.

--Debo estar soñando--se dijo el ingeniero--. Esto no puede ser. Resultan demasiadas sorpresas juntas para que yo acepte como realidad lo que veo en este momento.

Dos días antes se había contemplado á sí mismo en forma de pigmeo y vestido de mujer. Aquel Ra-Ra era otro Edwin Gillespie; tan exacta resultaba la semejanza. Y ahora....

--No hay duda; estoy durmiendo--volvió á decirse--. Esto es imposible.

Pero no necesitó de largas reflexiones para dar por falsa la idea del ensueño. Había que aceptar todos los caprichos de una realidad que parecía complacerse en provocar su asombro, ofreciéndole maravillosas semejanzas.

