El paraiso de las mujeres Novela

Part 10

Chapter 10 3,863 words Public domain Markdown

Al quedar de pie sobre un muslo del Hombre-Montaña, indicó con gestos su deseo de colocarse más en alto para hablarle. El gigante lo tomó entonces con dos dedos de su mano izquierda, lo depositó en la palma abierta de su mano derecha y lo fué subiendo lentamente, hasta muy cerca de su rostro. Esta ascensión desordenó las envolturas del hombre velado, quedando su rostro al descubierto.

--Gentleman--dijo en un inglés tan perfecto como el del profesor--, yo pertenezco á su servidumbre, y creo que de todos los presentes soy el único que conoce su idioma. No sé dónde está el doctor Flimnap; también me extraña su tardanza. Pero si el gentleman desea algo, aquí estoy para traducir sus deseos.

El hombrecito de los velos blancos tuvo que callar repentinamente para afirmarse sobre sus pies y no caer de una altura tan enorme.

La mano de Gillespie había temblado con la emoción de la sorpresa. El pigmeo que tenía junto á sus ojos presentaba una rara semejanza con su propia persona. Era un Edwin Gillespie considerablemente disminuido; sus mismos ojos, su mismo rostro, igual estatura dentro de las proporciones de su pequeñez. Hasta creyó que su voz tenía el mismo timbre, considerablemente debilitado. Parecía que era él mismo quien hablaba desde una larga distancia.

De todas las maravillas que había visto en la República de los pigmeos, ésta era la más asombrosa. Lamentó haber dejado dentro de la Galería, sobre su mesa, la lente de aumento regalo del profesor.

--¿Quién es usted?--preguntó el gigante--. ¿Cómo se llama? ¿A qué familia pertenece?...

El hombrecillo, á pesar de que estaba en las alturas, miró en torno con cierta inquietud, temiendo que alguien pudiese escucharle.

--Son demasiadas preguntas, gentleman, para que las conteste aquí--dijo con una voz extremadamente débil, persistiendo en su miedo de ser oído--. Bástele saber que mi protector es Flimnap, y que él me colocó entre sus servidores después de haberle prometido yo que nadie vería mi rostro. Únicamente al notar la impaciencia del gentleman, y con el deseo de serle útil, me he atrevido á faltar á mi promesa. Le suplico que no cuente nunca al profesor que me ha visto sin velos.

Iba á hablarle Gillespie, cuando llegaron á sus oídos los gritos de un grupo de pigmeos que se agitaba junto á sus pies, mientras otros subían ya por la escala de madera hasta una de sus rodillas.

Eran los barberos y sus servidores, que, una vez terminados los preparativos de la operación, querían empezarla cuanto antes. Algunos tenían tienda abierta en la capital, y deseaban volver pronto á sus establecimientos, donde les aguardaban los clientes. Estos trabajos extraordinarios y patrióticos por orden del gobierno no eran dignos de aprecio, pues se pagaban tarde y mal.

Gillespie habló rápidamente al joven vestido de mujer, para convencerse de que vivía cerca de él, en el mismo edificio.

--Cuando terminen de afeitarme--le ordenó--suba á mi mesa y conversaremos solos. Me inspira usted cierto interés y quiero preguntarle algunas cosas.

Suavemente bajó la mano, no hasta su rodilla, sino hasta el mismo suelo, procurando, que el joven no sufriese rudos vaivenes en tal descenso. Luego se entregó á los barberos que invadían su cuerpo. Flimnap no iba á venir, y era inútil retardar la operación.

Sintió cómo aquellos hombrecillos subían á la conquista de su rostro lo mismo que un enjambre de insectos trepadores. Tenía ahora una escala apoyada en cada una de sus rodillas; sobre los muslos se alzaban otras escalas más grandes, cuyo remate venía á apoyarse en sus hombros, y por todas ellas se desarrollaba un continuo subir y bajar de seres diminutos, agitándose como marineros que preparan una maniobra.

En cada uno de sus hombros se colocó un grupo de aquellos siervos medio desnudos que se dedicaban á los trabajos de fuerza. Manteniéndose sobre estos lomos, curvos, resbaladizos y cubiertos de tela en la que hundían sus pies, fueron desenvolviendo dos rollos de cable. Partieron de abajo unos silbidos de aviso, y poco á poco izaron, á fuerza de bíceps, una enorme lona cuadrada, que servía de toldo en el patio del palacio del gobierno cuando se celebraban fiestas oficiales durante el verano. Esta tela, gruesa y pesada como la vela mayor de uno de los antiguos navíos de línea, la subieron lentamente, hasta que sus dos puntas quedaron sobre los hombros del gigante, uniéndolas por detrás con varias espadas que hacían oficio de alfileres. De este modo las ropas del Hombre-Montaña quedaban á cubierto de toda mancha durante la laboriosa operación.

Los barberos eran mujeres y pasaban de una docena. El más antiguo de ellos, de pie en uno de los hombros y rodeado de sus camaradas, daba órdenes como un arquitecto que, montado en un andamio, examina y dispone la reparación de una catedral.

Empezaron los hombres de fuerza á tirar de otras cuerdas para subir al extremo de ellas grandes cubos llenos de un líquido blanco y espeso. Al mismo tiempo, por las escalas ascendían nuevos servidores llevando unas escobas de crin sostenidas por mangos larguísimos. Estas escobas fueron metidas en los cubos desbordantes de jabón líquido, y los servidores empezaron á embadurnar con ellas las mejillas del gigante, consiguiendo, después de una enérgica rotación, dejarlas cubiertas de colinas de espuma.

La muchedumbre rió al ver la cara del coloso adornada con estas vedijas blancas, y tal fué su entusiasmo, que, rompiendo con irresistible empuje la línea de jinetes, llegó hasta muy cerca de los enormes pies.

Mientras tanto, los maestros barberos empuñaban dos largos palos rematados por hojas férreas, á modo de guadañas bien afiladas, que iban á limpiar el rostro del gigante de su dura vegetación. Cada uno de los aparatos era manejado por tres barberos, que rascaban con energía este cutis humano más grueso que el de un elefante del país, llevándose una gruesa ola de espuma, con las cañas negras de los pelos cortadas al mismo tiempo.

Abajo, en torno de las piernas del Hombre-Montaña, el desorden iba en aumento. Los jinetes eran escasos para contener la creciente muchedumbre de curiosos. Además hacían mayor la confusión muchas familias de la alta sociedad, que, al enterarse por los periódicos de un espectáculo tan inesperado, llegaban ansiosamente sobre sus rápidos vehículos. Estas gentes privilegiadas se iban colocando junto al coloso, sin que los oficiales de la policía se atreviesen á hacerles retroceder.

Los barberos que trabajaban en una de las mejillas de Edwin, viendo su guadaña completamente cubierta de espuma, creyeron necesario limpiarla con un palo antes de continuar su labor.

--¡Atención los de abajo!--gritó el más prudente.

Y desde la considerable altura de los hombros del gigante se desplomó una bola espesa de jabón del tamaño de dos ó tres pigmeos. Este proyectil atravesó el espacio como un bólido semilíquido, cayendo precisamente sobre uno de aquellos jinetes barbudos y de voz atiplada que movían su alfanje para que retrocediese la muchedumbre. ¡¡Chap!!...

El caballo dobló sus rodillas bajo el choque, para volver á levantarse encabritado, emprendiéndola á coces con los curiosos más próximos. Mientras tanto, el guerrero vestido de mujer hacía esfuerzos por librarse de aquella envoltura pegajosa, en la que flotaban unos cañones duros, negros y cortos.

En el lado opuesto ocurría al mismo tiempo una catástrofe semejante. Acababa de llegar en su litera, llevada por cuatro esclavos, la esposa masculina del Gran Tesorero de la República: un varón bajo de estatura, cuadrado de espaldas, barrigudo, y que asomaba su barba de pelos recios entre blancas tocas.

--¡Ojo con lo que cae!--gritó otro barbero al limpiar su guadaña.

Y la nube de jabón vino á desplomarse precisamente sobre la litera de Su Excelencia, que se volcó bajo el golpe, derribando á dos de sus portadores.

Tales incidentes obligaron á los jinetes de la policía á dar una carga, haciendo retroceder á la muchedumbre. Volvió á abrirse un ancho espacio en torno al coloso, y sólo quedaron en este lugar descubierto los vehículos de las gentes distinguidas.

Así pudieron los barberos continuar tranquilamente el rasuramiento de Edwin, dejando caer sus proyectiles de espuma densa, que al esparcirse sobre la tierra hacían saltar inquietos y asustados á los corceles de los guardias. Cuando dieron por terminada esta operación, se dedicaron al corte de los cabellos del gigante, trabajo más rudo y peligroso.

Armados de un sable corvo que llevaban sostenido entre los dientes, iban trepando por las laderas del cráneo, agarrándose á los haces de cabellos como si fuesen los matorrales de una montaña. Luego, apoyándose solamente en una mano y blandiendo la cimitarra con la otra, daban golpes á diestro y siniestro en la espesa vegetación. Este trabajo divirtió más al público que el anterior, á causa de la destreza de los trepadores y del peligro que arrostraban. Podían matarse si perdían pie á tan enorme altura.

Un gran personaje distrajo momentáneamente la atención de los curiosos. Se abrió ancho camino en la muchedumbre para dejar paso hasta el espacio descubierto á un carruajito de dos ruedas, en figura de concha, tirado por tres esclavos melancólicos que llevaban por toda vestidura un trapo en torno á sus vientres. Estas bestias humanas iban guiadas por una mujer, seca de cuerpo, con nariz aquilina, ojos imperiosos y un látigo en la diestra. La corona de laurel que adornaba sus sienes sirvió para que la reconociesen hasta aquellos que habían llegado recientemente á la capital.

--Es Golbasto; es el poeta--decían todos mirándola con admiración.

Ella atravesó el gentío sonriendo protectoramente como un dios, pasó igualmente entre los oficiales hembras, que la saludaban como á una gloria nacional, y consideró que debía colocarse por su rango á la cabeza de todos los vehículos privilegiados, ó sea junto á las piernas del gigante.

Las gentes distinguidas dejaron de mirar al Hombre-Montaña para fijarse en el gran poeta, y esto hizo que Golbasto creyese necesario murmurar algunas palabras, como si fueran dirigidas á ella misma, para corresponder al homenaje mudo de sus admiradores. Sus ojos, acostumbrados á las vertiginosas alturas de la sublimidad ideal, se remontaron por los perfiles de la masa grosera del gigante hasta llegar á la cúspide donde trabajaban los barberos hembras.

--¡Qué audacia! ¡Qué seguridad!--dijo con una voz cantante que parecía exigir acompañamiento de liras--. Únicamente las mujeres son capaces de realizar un trabajo tan arriesgado.

Así como los barberos iban cortando la vegetación capilar, la amontonaban en haces, atando éstos con un cabello suelto, lo mismo que si fuesen gavillas de trigo. Ya eran tantos, que los segadores se movían con dificultad, y uno de ellos empujó involuntariamente uno de los haces, haciéndolo rodar por las laderas del cráneo.

Gritó, agitando su sable, para avisar el peligro; pero la pesada gavilla fué más rápida que su voz, y vino á caer sobre la poetisa, doblándola bajo su fardo asfixiante. Corrieron á salvarla los oficiales que habían echado pie á tierra y muchos de los curiosos privilegiados. La gloriosa mujer daba chillidos creyéndose herida de muerte, y la muchedumbre, á pesar de su admiración, acabó por reir de ella con alegre irreverencia.

Al verse sentada otra vez en su carruaje, libre de aquella avalancha fustigadora, igual á un haz enorme de cañas, el susto que había sufrido se convirtió en orgullosa cólera.

--¡Animal grosero!--gritó enseñando el puño á Gillespie, como si éste fuese el autor del atentado contra su divina persona--. ¡Hipopótamo-Montaña!... ¡Hombre habías de ser!... ¡Y pensar que un gran pueblo se interesa por ti!...

Enardeciéndose con sus propias palabras, dió un fuerte latigazo á una de las pantorrillas del gigante. Después envolvió en otro latigazo á sus tres corceles humanos, y éstos, que conocían el idioma de la flagelación, salieron al trote, haciendo pasar el carruajito entre la muchedumbre.

La agresividad de la poetisa casi originó una catástrofe.

El Hombre-Montaña, al sentir el escozor del latigazo en una pantorrilla, se llevó á ella ambas manos, inclinándose. Los que trabajaban en la cúspide de su cráneo perdieron el equilibrio, agarrándose á tiempo á las fuertes malezas capilares para no derrumbarse de una altura mortal. Dos hombres forzudos que estaban sobre un hombro cayeron de cabeza, y se hubieran hecho pedazos en el suelo de no quedar detenidos por un pliegue de la enorme lona que cubría el pecho del gigante.

La escala apoyada en una de sus rodillas perdió el equilibrio, derribando de sus corceles á tres de los jinetes barbudos y dejándoles mal heridos. Varios de sus compañeros desmontaron para llevarlos al hospital más próximo.

Descendieron los barberos de la cabeza del gigante, declarando terminada la operación. La caballería dió una carga para ensanchar el trozo de terreno libre y que el Hombre-Montaña pudiera levantarse, volviendo á su vivienda sin aplastar á los curiosos.

Así terminó el trabajo barberil, y la muchedumbre empezó á retirarse satisfecha de lo que había visto y proponiéndose volver á presenciarlo tan pronto como lo anunciasen los periódicos.

Comió Gillespie á mediodía, sin que el profesor Flimnap apareciese sobre su mesa. Varias veces giró su vista en torno, buscando al hombrecito de vestiduras femeniles que tan semejante era á él. Alcanzó á distinguir en diversos lugares de la Galería, entre los esclavos ligeros de ropas que formaban su servidumbre, otros varones encargados de labores menos rudas y que iban con trajes de mujer, lo mismo que el protegido del profesor Flimnap. Pero sentado á la mesa como estaba, por más que puso la lente aumentadora ante uno de sus ojos, no pudo reconocer al tal joven en ninguno de los hombres envueltos en velos que pasaban por cerca de él, ni tampoco entre los que se movían en el fondo del edificio, donde estaban las enormes despensas para su manutención.

Deseoso de verle, empezó á gritar lo mismo que en la mañana, seguro de que el traductor vendría en su auxilio.

--¡Profesor Flimnap!... ¡Que busquen al profesor Flimnap!

Los numerosos pigmeos se miraron inquietos al oir este trueno que hacía temblar el techo, profiriendo palabras incomprensibles. Al fin, por uno de los cuatro escotillones que daban salida á los caminos en rampa arrollados en torno á las patas de la mesa, vió aparecer al mismo hombrecillo que le había hablado horas antes.

Llegaba con el rostro oculto por sus tocas, y sin esperar á que Gillespie le preguntase, explicó á gritos la larga ausencia de Flimnap. Este había tenido que salir en las primeras horas de la mañana para la antigua capital de Blefuscú, pero volvería al día siguiente. Con las máquinas voladoras era fácil dicho viaje, que en otras épocas exigía mucho tiempo. El gobierno municipal de la citada ciudad le había llamado urgentemente para que diese una conferencia sobre el Hombre-Montaña, explicando sus costumbres y sus ideas.

--Esta conferencia--terminó diciendo el pigmeo--se la pagan espléndidamente, y como el doctor es pobre, no ha creído sensato rechazar la invitación. Parece que en otras ciudades importantes desean oirle también, y le retribuirán con no menos generosidad. Celebro que el ilustre profesor gane con esto más dinero que con sus libros. ¡Es tan bueno y merece tanto que la fortuna le proteja!...

Pero Gillespie no sentía en este momento ningún interés por su primitivo traductor. Lo que le preocupaba era enterarse de la verdadera personalidad del hombrecillo que tenía ante él.

Como si adivinase sus deseos, apartó el joven los velos que le cubrían el rostro, y Gillespie se llevó inmediatamente á un ojo la lente regalada por Flimnap.

Pudo ver entonces con dimensiones agrandadas, casi del tamaño de un hombre de su especie, á este pigmeo tan interesante para él. Era, efectivamente, un Edwin Gillespie igual al que meses antes vivía en California, pero grotescamente disfrazado con vestiduras femeniles. El gigante, después de contemplar tan maravillosa semejanza, dejó sobre su mesa la gran rodaja de cristal y puso un gesto severo, como si pretendiese intimidar al hombrecillo.

--¿Se ha fijado usted--le dijo--en la semejanza que existe entre nosotros dos?

--Sí, gentleman; al principio fué para mí un presentimiento más que una realidad. Las facciones de usted resultan tan enormes para nuestra vista, que la tal semejanza parecía diluirse en el espacio, y mis ojos no llegaban á abarcarla. Pero el doctor Flimnap tuvo la atención de prestarme una mañana la lente que usa, y pude apreciar el rostro de usted como si fuese el de un hombre de mi especie. Le confieso que nuestro parecido me causó un asombro igual al que usted muestra ahora.

Gillespie, que después de su primera extrañeza empezaba á sentirse algo ofendido por el hecho de que este animalejo humano se atreviese á parecerse á él, dijo con brusquedad:

--¿Quién es usted?... ¿Cómo se llama?...

--Mi nombre es Ra-Ra, y en cuanto á familia, tuve una en otro tiempo y fué de las más ilustres de este país; pero ahora me conviene no acordarme de ella.

Hubo tal expresión de melancolía en la voz del pigmeo al decir esto, que Gillespie no se atrevió á insistir acerca de su familia, y dió otro curso á su curiosidad.

--¿Cómo sabe usted el inglés? ¿Se lo ha enseñado el profesor Flimnap?

--No; me lo enseñó mi madre, que lo hablaba tan bien como el doctor. En mi familia era tradicional el conocimiento de esta lengua. El profesor Flimnap se interesa por mí porque conoció á mi madre y á otros de mi casa. Pero como el hecho de haber sido amigo de los míos casi representa un delito, el doctor me protege ocultamente y nunca habla de mis padres.

Calló un instante, como si las tristezas de su vida anterior le impusieran silencio. Pero vió tal curiosidad en las pupilas del coloso, que al fin siguió hablando.

--Yo vivía oculto: mi existencia era azarosa; de un momento á otro iba á caer en manos de los enemigos implacables de mi familia, y en tal situación llegó usted á este país. El profesor Flimnap se ha convertido, desde entonces, en un personaje que puede emplear á mucha gente en el servicio del Gentleman-Montaña, y me llamó, dándome la dirección de los hombres encargados del lecho y la despensa de usted. En este edificio, que sólo depende del profesor y del Comité presidido por él, me considero más seguro que si viviese en el Paraíso de las Mujeres.

Gillespie seguía mostrando la misma curiosidad en sus ojos, pues las palabras del pigmeo no llegaban á satisfacerla.

--¿Y por qué lo persiguen á usted?--preguntó--. ¿Quiénes son sus enemigos?

--Ya le he dicho que me llamo Ra-Ra, pero este nombre significa muy poco para el que no conozca la historia de nuestro país. El generalísimo Ra-Ra fué el más importante de los caudillos del emperador Eulame. A él debió éste sus mayores victorias. El generalísimo Ra-Ra fué mi abuelo. Cuando las mujeres hicieron lo que ellas llaman la Verdadera Revolución, mi glorioso ascendiente, á pesar da su vejez y de su historia heroica, fué desterrado á una isla desierta, cerca de la gran barrera de rocas y espumas, creada por los dioses, que nadie se atreve á pasar. Allí murió al poco tiempo.

Mi padre, que también era general, anduvo vagabundo por toda la República, ocultando su nombre y dedicándose á los más bajos oficios para poder vivir. En esa época de miseria, la madre del profesor Flimnap y el mismo profesor, que sólo tiene diez años más que yo, protegieron á mi madre. Abreviaré el relato de nuestras desventuras. Mi padre murió, mi madre murió también poco después, y yo, gracias al profesor, conseguí que no me dedicasen á los trabajos forzosos, como tantos otros desdichados de mi sexo.

No quise ser una máquina de músculos, pero tampoco me plegué á lo que exigía de mí el nuevo régimen para convertirme más adelante en la esposa masculina de cualquiera de las mujeres triunfadoras. Flimnap me llevó á vivir con él por algún tiempo, asegurando que yo era sobrino suyo. ¡Ojalá no hubiese entrado nunca en la Universidad Central!... Hice allí amistades que sólo han servido para complicar mi vida, dándola mayor tristeza.... Pero no; me arrepiento de lo que acabo de decir. La única satisfacción de mi existencia, la sola razón de que aún siga viviendo, proceden de una amistad que contraje durante mi época universitaria.

Luego mi conducta causó muchos disgustos al bondadoso Flimnap, y me obligó á huir de su lado. Yo sabía lo que un hombre no debe saber en este país. Conozco cosas que el gobierno de las mujeres necesita mantener secretas y que representan un peligro de muerte para aquel que las aprende.

Calló Ra-Ra, como si le turbasen los pavorosos recuerdos de su vida de perseguido; pero el gigante tenía los ojos fijos en él, animándole á que continuase su historia.

--Con usted, gentleman, me atrevo á hablar de lo que no hablaría con ninguno de mi especie. Este parecido inexplicable que nos une, á mí tan pequeño y á usted tan enorme y poderoso, me inspira confianza. Además, ¿qué interés puede tener usted en perderme? Los dos pertenecemos al mismo sexo; usted es hombre, y no creo que encuentre muy aceptable el gobierno de las mujeres.

Ya conocerá usted más adelante lo que es ese gobierno. Todas ellas aman lo nuevo, y como la llegada de usted está reciente, encuentran todavía cierto interés á su persona. Pero cuando transcurra algún tiempo, ¡quién sabe si su suerte será peor que la mía!...

A pesar de todo lo que le cuente el bondadoso y entusiasta Flimnap, este gobierno se muestra cruel con frecuencia, y el pueblo femenil es más inconstante que el de los hombres en sus entusiasmos y sus adoraciones. Yo soy de los pocos que conocen la verdad, y por lo mismo veo la tiranía femenina tal como es.

Se interrumpió un momento para mirar con inquietud en torno de él. No vió á nadie en la vasta planicie da la mesa; pero, á pesar de esto, le molestaba tener que expresarse á gritos para que le entendiese el gigante.

Ninguno de la servidumbre hablaba inglés, pero temió que anduviese por debajo de la mesa algún universitario vagamente conocedor del idioma y se apresurase á llevar una delación al Comité encargado de suprimir todos los recuerdos del viejo régimen.

El gigante, para tranquilizarle, lo tomó de nuevo sobre la palma de una mano, subiéndolo hasta la altura de sus ojos. Allí, Ra-Ra, á caballo en un dedo y con las piernas colgantes, pudo continuar su relato.

--Yo supe la verdad sobre los tiempos anteriores al gobierno de las mujeres por los documentos de mi familia. Mi padre dejó á mi madre un cuaderno en el que había descrito cómo era la vida antes de lo que llaman la Verdadera Revolución, y cómo el mundo, gobernado por los hombres, resultaba mejor y más noble que el mundo actual.

El cuaderno estaba redactado en inglés, que era la lengua sabia en los tiempos de Eulame, la que empleaban sus generales para los estudios secretos, la que mi abuelo había enseñado á mi padre y éste y mi madre me enseñaron á mí. Gracias á estar escrito en un idioma sagrado no pudieron enterarse de su contenido las gentes ordinarias entre las cuales pasó mi padre sus últimos años.

Mi madre nunca quiso dejármelo leer. La pobre adivinaba que su lectura acabaría con mi tranquilidad, haciéndome infeliz por todo el resto de mis años. Al morir ella lo recogí como única herencia, y sin saber por qué, á impulsos de un confuso instinto, no quise enseñárselo al profesor Flimnap.

Recuerdo aún las impresiones que experimenté cuando, viviendo al lado del doctor, leí por primera vez sus páginas. La verdad me deslumbró: un mundo nuevo fué abriéndose ante mis ojos. Era mentira que las mujeres hubiesen gobernado siempre el mundo; su triunfo databa de algunos años nada más. En cambio, ¡qué historia tan enorme y tan gloriosa la de la dominación masculina!...