El origen del pensamiento

Chapter 8

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--Le diré a usted--repuso sin inmutarse D. Laureano.--Hace ya muchísimo tiempo que no pienso en otra cosa. Mi felicidad mayor consistiría en poderla llamar esposa y presentarla en todas partes como tal... pero... pero el hombre pocas veces consigue lo que apetece con ansia. En la actualidad existen una porción de obstáculos que se oponen a la realización de mi proyecto... Por supuesto que espero vencerlos--añadió con un gesto soberbio de primer actor.--¡Vaya si los venceré!... Ahora, si usted me preguntase ¿cuándo? ¿cómo? yo le respondería: «Querido señor Ángel, soy ante todo un hombre sincero y leal. Si le dijese tal día, de tal manera me casaré con su hija, como yo mismo no lo sé, mentiría, y la mentira jamás ha manchado mis labios.»

Pausa. Romadonga vacía de un trago la copa que tiene delante, se limpia con el pañuelo los labios que jamás manchó la mentira, y prosigue:

--En estas circunstancias especiales, especialísimas, en que nos hallamos, ¿qué partido adoptar?... Conviene que meditemos.

Pausa y meditación.

--Si usted no lo tomase a mal... pero temo que usted lo tome en el sentido peor... yo, teniendo presente que a lo hecho no hay remedio y que mi entrada en su casa es más escandalosa y perjudicial a su decoro, le propondría que Concha se fuese a vivir independiente en un cuartito mientras no desaparezcan las circunstancias que me imposibilitan unirme a ella...

El señor Ángel se puso pálido y reclinó la frente sobre su mano, mirando fijamente al mármol de la mesa.

--¡Lo ve usted!... ¡Ya se está usted figurando una porción de atrocidades!

--No me figuro más que la verdad, don Laureano--profirió con voz alterada el pobre hombre sin abandonar su postura.

--Convengo en que a primera vista esta proposición parece fea; pero, créame usted, aceptándola, evitamos mayores males. Se mudará a un barrio lejano donde no la conozcan, cambiará de nombre mientras no pueda ostentar el mío honrosamente, se guardará el mayor sigilo posible...

El señor Ángel levantó sus ojos doloridos y exclamó con amargura:

--¡Proponer eso a un padre, D. Laureano!

--¡Vamos, señor Ángel, tenga usted mundo!--exclamó Romadonga dándole palmaditas cariñosas en el hombro.--Hoy la sociedad es muy distinta de cuando nosotros nos criamos. Lo que a nuestros padres les parecía imperdonable, ahora es cosa corriente... Mozo, échanos otra copa... Al contrario, en la actualidad se considera de mal gusto y hasta cursi esa virtud austera de nuestros mayores. Los tiempos cambian, amigo D. Ángel, y no hay más remedio que transigir y acomodarse al progreso. La vida se compone de transacciones.

--¡Proponer eso a un padre!--volvió a exclamar el pobre diablo, con la misma amargura, vaciando la copa en el estómago.

--No se fije usted en su condición de padre. Colóquese usted en un punto de vista más elevado. En seguida comprenderá usted que es el acuerdo más conveniente. Si usted se obstina en retenerla en casa y consigue que rompamos nuestras relaciones, un día u otro, créame usted, Concha caerá en la perdición. Usted, entregado a sus quehaceres, no puede vigilarla; yo sí. Y si llega a caer, como es probable, ¿no será para usted un remordimiento el pensar que la ha privado de acomodarse con un hombre que está en posición de sostenerla decorosamente? Además, usted se hará viejo, no podrá trabajar... Para ese caso Concha le podrá ayudar, mientras que de otra suerte...

Todavía prosiguió el viejo seductor por largo rato amontonando argumentos con la fluidez insinuante que caracterizaba su discurso.

Su elocuencia, secundada poderosamente por el manzanilla, logró al cabo marear, si no convencer, al sillero.

Una hora después salían ambos del café con sendas brevas en la boca, colorados, risueños; despidiéndose muy afectuosamente en la primer esquina.

VIII

Seis meses nada más bastaron para que el genio que dormía en el fondo del espíritu de D. Pantaleón Sánchez se levantase y echase a andar por la tierra. En este corto espacio de tiempo su mirada penetrante abarcó de una vez la existencia toda y sondó sus inefables arcanos. En el mundo no había más que hechos, hechos _constatados_, como decía un libro traducido del francés que Moreno le había dado.

Todas las supersticiones se borraron de pronto de su privilegiada inteligencia: no sólo la superstición de Dios, la del alma y la moral, inventadas por la debilidad de los hombres secundada por la ambición de los sacerdotes, sino ciertas nociones ridículas en que el género humano se había entretenido puerilmente hasta ahora; las ideas de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Risa inextinguible le causaban los que sostienen que se ignora el origen de estas ideas. Lo ignorarían ellos. Moreno y él sabían perfectamente a qué atenerse. Eran sensaciones, nada más que sensaciones, agradables o desagradables, como las que produce la humedad, el calor o la fetidez de las alcantarillas.

Las profundas observaciones que había llevado a cabo en los últimos tiempos sobre las cebollas, las patatas y otros ejemplares del reino vegetal, lo mismo que el estudio atento de algunos animales domésticos, le habían empujado tan fuertemente al análisis que no comprendía otro método. Lo que por medio del análisis no se hallara, inútil era buscarlo por otro procedimiento. Es así que ni el escalpelo ni el microscopio habían tropezado jamás con el alma ni con un Ser Supremo; luego, etc.

Esta inclinación al análisis despertó en su inteligencia poderosa una tendencia razonadora de tal precisión que ni el más pequeño argumento podía escaparse entre sus apretadas mallas. Caía sobre las ideas como un águila, las sujetaba entre sus garras, las examinaba por todas partes y sólo después que mostraba a sus oyentes todos los aspectos las dejaba escapar.

--Papá, ¿te parece que vayamos hoy al Retiro?

--No; está muy húmedo. La humedad es mala para el organismo. ¿Y por qué es mala para el organismo? Porque ataca los tejidos. ¿Y por qué ataca los tejidos? Porque les roba calórico. ¿Y de dónde procede este calórico? De la introducción del oxígeno en la sangre.

--¿Sabes una cosa, Carlota?--decía Presentación otra vez a su hermana.--Margarita está enamorada del chico de Roda. Ella misma me lo confesó ayer.

D. Pantaleón sonrió benévolamente.

--¿Sabéis por qué está enamorada? ¿A que no?

--Toma, porque le gusta. Es un chico muy guapo.

--No, hija, no es eso. Está enamorada porque es joven aún, y como es joven hay un desequilibrio entre la asimilación y la desasmilación. Ésta es la única y positiva razón de ese amor, como de todos los demás. La ternura de las mujeres, ese cariño que os impulsa a hacer locuras, a llorar, a quitaros la vida, no significa sino que los productos de la nutrición, la albúmina, la grasa, el azúcar y el almidón, entran con exceso en la sangre y no bastan para expeler el sobrante la urea, el ácido carbónico y las deyecciones intestinales.

--Pero, papá, ¿qué dices ahí?

--El amor no es más que un exceso de nutrición.

--Ésas no son cosas tuyas, papá--exclamó con indignación la hija menor.--Tú no eres capaz de inventar tales extravagancias. Eso viene del pelmazo de Moreno que, como no hay chica que le quiera, se venga diciendo borricadas de nosotras.

--Las mujeres, hija mía--repuso Sánchez con toda la calma y la autoridad del verdadero sabio,--no podrán jamás llegar a darse cuenta de estas profundas verdades. Yo he hecho mal en revelároslas sabiendo que hay una imposibilidad física para que las entendáis. Si no lo tomaseis a mal, os diría que vuestro cerebro pesa algunos gramos menos que el del hombre por término medio.

--¿También dice eso Moreno? Pues tiene mucha razón. ¡Cómo no ha de pesar menos mi cabeza que la de ese fenómeno! ¡Tendría que ver!

D. Pantaleón sonrió lleno de lástima, y con la flexibilidad peculiar de los grandes hombres se apresuró a llevar la conversación a otro asunto más adecuado a la capacidad craneana del sexo femenino.

Toda la vida había sido un hombre excesivamente sensible. Su mujer se reía de la facilidad que tenía para llorar. La música era su pasión más viva. Para él no había placer comparable a escuchar en una delantera del paraíso del teatro Real con su hija Carlota, aficionada también a la música, la _Sonámbula_ o la _Norma_, o cualquier otra ópera del género dulzón y pegajoso. Lloraba y moqueaba copiosamente en los pasajes más líricos, avergonzando no pocas veces a su hija.

--¡Papá, que te están reparando!

--¡Qué quieres, hija mía, esto enternece a una roca!

Después de la música lo que más le placía eran los dramas y novelas sentimentales. Había visto infinidad de veces _La huérfana de Bruselas_, _La aldea de San Lorenzo_ y _La carcajada_. Se sabía de memoria la comedia _Flor de un día_ y su segunda parte _Espinas de una flor_. Nunca le fue posible recitar aquellos famosos versos:

«Si oyes contar de un náufrago la historia, ya que en la tierra hasta el amor se olvida, etc.»

sin hacer pucheritos y que la voz se anudase en la garganta. Y lloraba también como un buey con las aventuras de las costureras sentimentales y reinas afligidas de las novelas por entregas.

Pues bien, Moreno le infundió en seguida un desprecio supremo hacia estos lirismos que retrasaban la marcha de la humanidad en el camino del progreso. Se avergonzó de haber empleado tanto tiempo en leer tales quimeras, cuando estaban ahí los hechos, los hechos _constatados_, la albúmina, el ácido úrico, el almidón, en triste e injustificado abandono. Y un día que se trató de la prensa en el café sostuvo con D. Dionisio Oliveros, el vate burocrático, una acalorada discusión. Entonces fue cuando profirió aquella frase felicísima que más tarde dio la vuelta al mundo en alas de la fama.

--Ha concluido el reinado de los poetas y comienza el de los fisiólogos. Llegó la hora de arrancarse la toga y ponerse la blusa del operador. El alma está hecha de sustancia gris, el corazón es un músculo encargado de dar movimiento a la sangre.

Y, sin embargo, después de escuchar tan grandes pensamientos, todavía D. Dionisio se obstinaba en escribir sonetos en la oficina.

Todos en la casa experimentaban los efectos benéficos de las corrientes científicas que soplaban en el privilegiado cerebro del jefe de la familia. Pero la que los sentía más a menudo era Carlota por su buena pasta. Mario se sustraía cuanto le era posible; inventaba cualquier pretexto para irse; se hacía el ocupado. Si esto no daba resultado, escuchaba distraído las disertaciones fisiológicas de su suegro: al cabo solía dormirse beatamente en la butaca. Presentación era mucho más expedita.

--Mira, papá, no me des más jaqueca con el ovario, la fecundación y todo eso. Son porquerías que no debo oír. El confesor me lo ha prohibido.

--Lo creo--respondía con acento profundo el sabio.--Pero si el confesor tiene interés en mantenerte en la ignorancia, mi deber de padre me obliga a disipar las tinieblas en que vives. Has de saber que los espermatozoos...

--¡Dale! Te digo, papá, que no quiero saber eso.

--Son unos microrganismos dotados de movimientos rápidos...

--¡Vaya, esto es insufrible! Me voy a coser a otro lado.

Aquella rebelión contra la ciencia producía en Sánchez grave desaliento. ¡Cuánto tiempo se necesita aún para que la humanidad marche exenta de preocupaciones por el camino de la experimentación! se decía tristemente.

Con su esposa no se atrevía a comunicar aquellos altos pensamientos que continuamente le embargaban. ¡Tenía un genio tan raro! No obstante, cierta noche, hallándose acostados, habló D.ª Carolina con admiración del talento y la bondad de una amiga suya que, dando lecciones por las casas, mantenía a sus padres ancianos y a una caterva de hermanos. La pobre, no teniendo tiempo a almorzar, llevaba algún fiambre en un papel y se lo comía en el portal de cualquier casa. ¡Y a pesar de eso siempre contenta y siempre ingeniosa!

D. Pantaleón se atrevió a decir con voz temblorosa:

--¿Sabes lo que es eso?

--¿El qué?

--¿Esa caridad y ese talento que te admiran?

--¿Qué es?

--Cloruro potásico.

--¿Cómo?

--Que no depende más que de una mayor cantidad de cloruro de potasa en el cerebro.

--Pero, hombre, ¿qué jerigonza es la que estás hablando?

--Para entenderlo es necesario que sepas que todas nuestras ideas y sentimientos dependen exclusivamente de los alimentos que ingerimos en el estómago. La albúmina...

--Mira, Pantaleón, déjame en paz, que quiero dormir. ¿Qué te importan a ti esas cosas? Bien se conoce que estás ocioso. Por ningún motivo nos ha convenido dejar la tienda.

--Únicamente te quería decir que la albúmina y la fibrina...

--¡Pues yo te digo que no quiero oír sandeces, ea!... Buenas noches.

Y se volvió del otro lado. D. Pantaleón suspiró hondamente y se volvió también para dormir.

Pero a los pocos días, lleno de celo científico y de buena fe, dijo otra vez a su esposa:

--Carolina, la otra noche estaba equivocado y te dije una falsedad.

--¿Qué falsedad?--preguntó la buena señora sorprendida.

--El talento de nuestra amiga Felipa no es cloruro potásico, sino ácido fosfórico.

--¿Volvemos a las andadas?--exclamó irritada.

--El hombre de ciencia debe rectificar con nobleza todos los errores.

--Tú no eres hombre de ciencia, sino de tejidos de algodón y de hilo y géneros de punto. A mí no me vengas con embelecos, porque no estoy de humor de oírlos, y además te prohíbo que digas borricadas a la niña, porque la tienes escandalizada. ¡Vergüenza es que necesite yo recordarte tu deber!

D. Pantaleón se abstuvo en adelante de verter ninguna de sus fecundas ideas delante de D.ª Carolina. ¡Era tan severa aquella señora en el seno de la intimidad!

Sin embargo, cuando llegó la necesidad supo mantener sus derechos de animal humano frente a su esposa y frente a toda la familia que trataba de vulnerarlos. Por consejo de Moreno había prohibido que le sirvieran en las comidas hortalizas, porque éstas no proporcionaban ningún ácido fosfórico al cerebro, cosa que ellos necesitaban grandemente para sus dificilísimas investigaciones sobre la naturaleza. A pesar de esta prohibición, la cocinera se obstinaba en mandar a la mesa patatas, coles, lentejas, incapaces de producir más que ácido carbónico, celulosa y otras sustancias no menos despreciables e indignas. Sufrió con paciencia algún tiempo. Pero llegó un momento en que la lucha por la existencia exigió de él un rasgo de energía para salvar las circunvoluciones de su cerebro amenazadas. Y lo tuvo.

--He dicho ya muchas veces, y lo repito ahora por última vez, que estoy resuelto a no ingerir ningún alimento vegetal. De hoy para siempre sepan todos ustedes que no quiero carbonatos en mi sangre, sino fosfatos. Si ustedes se obstinan en servirme vegetales, seré capaz de volverme a mi gabinete sin comer.

Aunque la amenaza no espantó a la familia tanto como era de esperar, se convino, no obstante, en no servirle más que alimentos fosfatados.

IX

Sintió Carlota profundo pesar cuando su marido le notició la cesantía. Quedaron ambos larguísimo rato silenciosos y tristes. Algo sonaba también lúgubremente dentro del alma de ella, profetizando la muerte de su dicha. D.ª Carolina la recibió con tranquilidad. Únicamente se le advirtió más seria a la hora de comer. Después, habiéndose suscitado una conversación propicia, expresó algunos conceptos acerca de la holgazanería, de la presunción y la ligereza que a Mario se le antojaron alusivos. Tal vez no serían: no había motivo fundado para suponerlo, pues su suegra le había dado repetidas pruebas de afecto y consideración. De todos modos, no pudo menos de sentir el corazón apretado. Cuando se retiraron a su cuarto nada dijo de esta sospecha a su esposa. Se acostaron en silencio y fuertemente preocupados.

La vida de la familia siguió el mismo curso metódico y apacible. No había pasado nada. Mario, a las horas de oficina, se iba de paseo solo o con su mujer. Por las noches continuaban asistiendo al café. A las comidas la conversación solía animarse. Presentación embromaba a su cuñado. Mario la embromaba a ella. Carlota escuchaba sonriente aquel tiroteo, tomando parte alguna vez por su marido. D. Pantaleón les asaba a explicaciones científicas: el vino, el pan, el azúcar, todo era motivo para exponer largamente la muchedumbre de secretos que iba arrancando a la naturaleza. D.ª Carolina seguía con el mismo humor benigno, rigiendo la casa a su talante, aunque siempre por delegación de su esposo.

No obstante, una nube de malestar y tristeza, de la cual en el fondo todos se daban cuenta, envolvía a la familia. Las relaciones entre ella seguían siendo en la apariencia tan cordiales; pero cada cual percibía un dejo de inquietud, cierto embarazo que procuraban ocultar exagerando la sonrisa, acentuando la nota cómica. Mario sentía la falsedad de su situación en aquella casa y notaba bien que todos los demás la sentían igualmente. La mayor amabilidad de su cuñada con él era un modo de expresárselo; el silencio de D.ª Carolina, la humildad de su esposa para responder a una y a otra, lo mismo. Un sentimiento insoportable de vergüenza iba apoderándose de él.

Carlota también lo padecía. D.ª Carolina y Presentación dejaron poco a poco de llamarla a cónclave para resolver los asuntos domésticos. Entre las dos se lo arreglaban todo, callando cuando ella aparecía. Con esto se hizo más tímida, más humilde; no se atrevía a quejarse de las faltas de la criada; trabajaba cada día más en la casa, echando sobre sí, cuando podía, el trabajo de su hermana; hacía esfuerzos por aparecer amable y simpática como si estuviera en casa extraña.

D.ª Carolina trataba a su yerno con más ceremonia. Mario se sentía turbado por esta actitud, sin entender por completo lo que significaba. No se le mandaba cerrar la puerta, ni escribir los sobres de las cartas, ni que las acompañase hasta casa de unas amigas, ni se le daban encargos para la calle. Cuando doña Carolina rechazaba cualquiera de sus servicios el inocente exclamaba:

--¡Pero, mamá, no tiene usted confianza conmigo!

--Sí, hijo, sí; pero no hay necesidad de que tú te molestes. Pantaleón, que no tiene nada que hacer, se encargará de ello.

¡Que no tiene nada que hacer! Estas palabras, pronunciadas con perfecta naturalidad y hasta con la sonrisa en los labios, sonaban a sarcasmo. Tampoco él tenía nada que hacer; demasiado le constaba a ella. A veces, cuando el matrimonio joven venía de paseo y entraba en el gabinete donde estaban la señora y su hija Presentación, aquélla les interrogaba con cierta condescendencia irónica:

--¿Qué tal, hijos míos, habéis paseado muy largo? ¿Hasta dónde habéis llegado? ¿Os habéis divertido? El tiempo está muy hermoso. Hacéis bien en no desperdiciar tardes tan deliciosas.

Carlota sorprendió en estas conversaciones más de una mirada burlona entre su mamá y hermana; pero había devorado la vergüenza sin decírselo a Mario. Era tan inocente, tan bondadoso, aquel muchacho, que daba pena hacerle sentir las espinas de la vida. Como esposa fiel y generosa las guardaba todas para sí.

Pero el poco dinero con que Mario se había quedado para sus gastos feneció muy pronto. Llegó un instante en que no tuvo un solo ochavo en el bolsillo. Nada dijo. Aquel día no fumó; al día siguiente tampoco. Su mujer lo observó al cabo y le preguntó la causa. No estaba bien del estómago, le repugnaba el cigarro. Pero ella, no fiándose, le registró los bolsillos cuando se hubo dormido y los halló vacíos. ¡Pobre Mario! Lloró en silencio largo rato. Por la mañana salió temprano a misa y tuvo valor para subir a una casa de préstamos y empeñar una sortija. Cuando su marido se levantó, le dijo sacando un billete de su cómoda:

--Oye, Mario. Cuando salgas hazme el favor de pasarte por la Mahonesa y traerme unas yemas de coco... pero que no se enteren en casa. Ya sabes que me da vergüenza... ¡Ah! Y quédate con el resto del dinero, porque a ti puede hacerte falta y a mí no.

Mario quedó suspenso. Una vaga inquietud agitó momentáneamente su espíritu; pero con la inconsciencia que le caracterizaba no pensó más en ello. Sin embargo, a la segunda vez que esto pasó no pudo menos de preguntar:

--¿Y de dónde sacas tú el dinero?

Carlota se puso colorada.

--He ido ahorrando algún dinerillo estos meses pasados para los dulces del bautizo, ¿sabes?... Pero le encajaré la cuenta a mamá... ¡vaya si se la encajaré!

Y reía a carcajadas. Pero su corazón lloraba, porque sabía muy bien que si esperaba por su madre no se comerían dulces en el bautizo del hijo de sus entrañas.

El dinero de la sortija concluyó pronto. Empeñó otra. Tampoco tardó en gastarse. A Mario le hacían falta botas y guantes; el sombrero de copa estaba ya grasiento; llegaba el verano y era necesario también hacerse ropa. Todas sus joyas de poco valor fueron pasando por la casa de préstamos. El aderezo regalo de sus padres, que era lo que más valía, lo guardaba D.ª Carolina.

--¿Pero ese gato que tienes no se agota nunca?--le preguntó inquieto Mario.

Tenía la respuesta preparada.

--Sí, hijo, sí; ya hace tiempo que se ha agotado. Pero papá me ha llamado el otro día a su cuarto y me dio dinero.

El semblante de Mario se oscureció. Quedó profundamente pensativo. No, aquello no podía tolerarse. Era preciso buscarse alguna ocupación donde quiera que fuese. Hasta entonces todas sus gestiones habían sido infructuosas. Visitó a los amigos de su padre: no le faltaron buenas palabras, promesas magníficas. Nada llegaba sin embargo. Miguel Rivera habló al ministro de quien era secretario, y éste prometió colocarle en una carrera que iba a organizar para la inspección de los ferrocarriles.

Carlota había concluido con sus objetos más o menos preciosos. Entonces la mentira que había dicho a su marido convirtiose en realidad. Antes de verle sin dinero en el bolsillo se arriesgó heroicamente a pedírselo a su madre. Fue una escena baja, sórdida, repugnante. Carlota sufrió con valor los sarcasmos de su madre y venció a fuerza de paciencia y tenacidad sus repetidas negativas. Consiguió arrancarle diez duros: se fue a su cuarto y dio rienda suelta a las lágrimas que había podido reprimir. Su marido la encontró con los ojos hinchados.

--¿Por qué has llorado?--preguntole impetuosamente.

--Por nada, hombre; no te asustes. Son cosas de mujeres. ¿No sabes el estado en que me encuentro?

Se convenció. Había oído a los médicos hablar de estas crisis.

Pero la pobre Carlota fue desde aquel día la víctima, la cenicienta de la casa. Su madre la trataba con increíble desprecio; no perdonaba ocasión de vejarla con indirectas crueles. Presentación la ayudaba en esta tarea simpática.

--A mí me gustaría colocarme así, espléndidamente, como mi hermana. ¡Casarme con un pobrete! ¡Puf! Oyes, Carlota, ¿tu marido compra por fin _mylord_ o _faetón_? Supongo que este año no dejaréis pasar la temporada del Real sin abonaros como el año pasado...

Su madre le mandaba callar con risita maligna, que era una invitación a proseguir. Rara era la tarde en que Carlota se sentase a coser con ellas que al fin no se levantase llorando. Un día, encarándose con Presentación, los ojos rasados de lágrimas, le dijo:

--Haces mal en burlarte de mí. Pretendes que deje de querer a mi marido porque no es rico. Piensa que Dios puede castigarte algún día.

De estos sufrimientos no daba cuenta a su esposo. Al contrario, en su presencia mostraba el mismo semblante tranquilo, risueño. Pero volviendo a necesitar dinero, la escena con su madre fue mucho más cruel. D.ª Carolina se enfureció, llamó pobrete, hambrón y holgazán a Mario, y se negó resueltamente a soltar un cuarto.

--Si te figuras--concluyó diciendo--que nosotros vamos a mantener vagos toda la vida, estás muy equivocada.

Esta amenaza la llenó de terror. Se humilló, procuró desarmarla prometiendo no volver a pedirle dinero. Y corrió, como siempre, a encerrarse en su cuarto para llorar perdidamente.