Chapter 19
Al fin, como era de esperar, el interés de la ciencia predominó sobre la lepra tradicional del sentimentalismo. Cierta mañana, después de haber pasado una terrible noche de insomnio, noche de fiebre y terror en que de todos los rincones de la estancia acudieron flotando grandes figuras sombrías a incitarle a proseguir en su obra de regeneración; en que escuchó voces proféticas que le anunciaron gloria inmortal, se arrojó violentamente del lecho dispuesto a todo. ¡A todo!
Observó, vigiló, espió los pasos de su familia con astucia sorprendente. Trascurrieron varios días sin que pudiese ejecutar su resolución, en forma que no se descubriese. Al cabo cierto domingo, hallándose apostado en uno de los portales de la calle Mayor, vio salir a las criadas de su hija con el pequeño Mario. Siguiolas de lejos hasta el Retiro. Allí, ocultándose detrás de los troncos de los árboles, estuvo en acecho largo rato. El niño al fin en una de sus escapatorias acertó a pasar junto a él. Le llamó, le besó, y rápidamente le arrastró consigo lejos para comprarle confites. Cuando estuvo a buena distancia de las criadas comenzó a seguir los caminos más extraviados del parque, y por ellos fue a salir a Atocha. Desde allí, dando un gran rodeo para evitar las calles céntricas, se trasladó a su casa. El pequeño se quejaba de cansancio, lloraba. D. Pantaleón le cogía a ratos en brazos.
Antes de llegar a la puerta el fisiólogo dejó al niño en la acera solo, después de cerciorarse de que no había nadie observándolos, y adelantándose con premura ordenó a la portera que fuese a comprarle cigarros mientras él se quedaba al cuidado. Salió la mujer al estanquillo, que estaba a la derecha de la casa. Mientras tanto él cogió al niño, que se hallaba a la izquierda, y más ligero que un gamo subió a la guardilla. Inmediatamente, encargándole que le aguardase sin chistar, bajó al portal y allí recibió los cigarros que la portera le trajo. Luego, con la mayor tranquilidad, subió de nuevo a su laboratorio.
¡Momentos de amarga felicidad para el sabio! Tenía en su poder el instrumento que tanto apetecía. Iba por fin a sorprender el gran secreto de la Naturaleza. Pero esta grandiosa invención costaría la vida tal vez a una criatura de su misma sangre. Una agitación irresistible se apoderó de su cerebro. Los lóbulos todos debían de hallarse en descompasado movimiento. Presa de horribles vacilaciones, de temor, de anhelo y compasión, se sentó delante de una mesa y metió la cabeza entre las manos mientras el niño, en completa libertad, curioseaba por la estancia enredando con los objetos que estaban a su alcance.
El ingenioso D. Pantaleón salió de su ensimismamiento para mirar el reloj. Eran ya más de las seis. No tardarían en llamarle para comer. No había más remedio que dilatar el experimento, tanto por esto cuanto porque convenía hacerlo a la luz del día. Cogió a su nieto, y sin decirle palabra lo llevó hasta una pieza que había debajo del alero del tejado y servía de trastera. Al abrir la puerta y ver aquella cueva tenebrosa, el niño retrocedió asustado.
--No, yo no entro ahí, abuelito.
--¡Silencio!--exclamó el antropólogo con terrible mirada. Y sacando al mismo tiempo del bolsillo del gabán un enorme cuchillo resplandeciente, añadió:--Como digas una sola palabra te corto ahora mismo el cuello.
El niño quedó paralizado por el terror. Hizo un pucherito y pronto rompería a gritar si el fisiólogo con certero movimiento no le hubiese tapado la boca. Sujetole al mismo tiempo por el cuerpo y lo metió en la trastera de golpe. Tomó del suelo una mordaza y un cordel que allí tenía preparados; le puso la primera; atole con el segundo las piernas y los brazos y lo dejó tendido boca arriba sobre un felpudo diciéndole:
--No te muevas. Si haces el más pequeño movimiento, hay ahí unos ratones que vendrán a comerte las narices.
Cerró la puerta, apagó la luz y se bajó a su casa, sentándose poco después a la mesa con la tranquilidad que otras veces. Pero apenas se habían sentado llegaron las criadas de Carlota con la noticia de la desaparición del niño. Alarmose la casa vivamente. D.ª Carolina corrió desalada a la de su hija. D. Pantaleón se vio precisado a acompañarla.
No le fue posible volver hasta las altas horas de la noche. Dejó a su esposa acompañando a Carlota y vino pretextando una indisposición. Tomó del comedor algunos comestibles, pan, leche, pastas y subió de nuevo cautelosamente a su laboratorio. Abrió la puerta de la trastera, desató al chico, y amenazándole de nuevo con el cuchillo si daba una voz le quitó la mordaza. Le mandó comer. La infeliz criatura, entumecida, fría, aniquilada por el miedo, no pudo hacerlo. D. Pantaleón le introdujo a la fuerza algunas galletas en la boca y le hizo beber unos tragos de leche.
--¿Por qué me has atado, abuelito?--articuló al fin el niño.--Yo no hice nada. Llévame con mamá.
D. Pantaleón le miró fijamente. Por sus ojos pasó un relámpago de razón. Le trajo hacia sí, abrazole tiernamente y le besó con efusión repetidas veces. El niño, animado, repitió:
--Llévame con mamá. Me has hecho mucho daño, abuelito, con el cordel. Papá no me ata ni me encierra.
Aquel relámpago inteligente se desvaneció en los ojos del viejo. No quedó más que una triste expresión de extravío y ferocidad.
--Tu papá es un ser frívolo, un hombre desequilibrado que prefiere sentir a conocer, un hombre que se ha quedado atrás en la evolución. Yo no puedo consentir en mi familia un degenerado y le he de matar más tarde o más temprano con este cuchillo.
--¡No! ¡No mates a papá!--exclamó el chico aterrado, viendo a su abuelo blandir el arma con ademán sanguinario.
--¡Silencio!--profirió con voz ronca aquél.--La ley de la selección se cumplirá... Tú también morirás quizá, pobre niño, pero tu nombre vivirá eternamente unido al mío en los anales de la ciencia y en el agradecimiento de la humanidad.
Dicho esto con brusco ademán le puso de nuevo la mordaza, arrastrole hasta la trastera, le amarró otra vez y le dejó como antes estaba tendido sobre el felpudo.
Al día siguiente no le fue posible realizar el experimento. Se le encargaron tantas comisiones para coadyuvar al descubrimiento del chico, que sólo tuvo tiempo para subir dos o tres veces a desatarlo y a darle algún alimento. Además, tenía miedo de engendrar sospechas si se retiraba a su laboratorio por largo rato. Maravillaba la serenidad, la energía y la astucia que desplegó durante aquellas críticas circunstancias.
Nada se logró en todo el día del lunes ni en toda la noche. Las esperanzas de la familia se disipaban poco a poco. Todos se entregaban desfallecidos al dolor y gemían por los rincones de la casa menos la valiente Carlota, cuya actividad crecía a medida que las esperanzas mermaban. Acompañada del inspector y algunos guardias recorría incesantemente los parajes más apartados en pos de cualquiera vaga noticia, cruzando, como una Dolorosa, las calles en busca de su hijo.
Mientras tanto, D.ª Carolina y Presentación experimentaban fuertes ataques de nervios. El mismo Mario se veía necesitado a apelar a los antiespasmódicos para no ser presa de ellos.
Amaneció por fin el martes. El ingenioso Sánchez, sintiéndose olvidado, comprendió que había llegado el instante de realizar su famoso experimento, tanto más cuanto que el estado de la criatura ofrecía ya temores. Una de las veces que fue a desatarlo lo halló privado de sentido. Necesitó hacerle respirar algunas esencias y frotarle vigorosamente encima del corazón para volverle a la vida.
A las once de la mañana subió el antropólogo a su laboratorio, echó cuidadosamente el pestillo de la puerta y se dirigió al oscuro desván donde yacía su nieto. Había llegado el momento supremo. Desatolo, le quitó la mordaza y, después de reanimarlo con palabras y caricias, lo llevó a la pieza más clara de la guardilla y lo sentó sobre una mesa que tenía al objeto preparada. El estado del pobre niño inspiraría compasión a una fiera. Pálido el rostro como la cera y descompuesto, los ojos extraviados por el terror, los labios amoratados, las manos trémulas, todo su cuerpecito agitado por un intenso temblor, parecía realmente que iba a exhalar el último suspiro.
Ya no hablaba, ya no imploraba como antes. El fisiólogo lo contempló con expresión de sorpresa, como si por primera vez le viese en aquel momento. Volvió a brillar en sus ojos opacos la luz de la razón. Su faz se enrojeció fuertemente, sus labios temblaron, tapose la cara con las manos y gritó con un sollozo:
--¿Quién ha sido; quién? ¿Quién ha puesto así a mi nieto?... Alguno de esos infames que me persiguen... ¡La cabeza me arde!... ¡Quitadlo, quitadlo de aquí! Que yo no lo vea... ¡No, no! ¡no he sido yo! Ha sido un malvado fisiólogo que quería hacer con él un experimento... ¡Matadlo! ¡Matad a ese asesino!...Me ha robado mi nieto... Me ha robado el descubrimiento. ¡Matadlo! ¡matadlo!
Después de este rapto de exaltación quedó tranquilo. Paseó con extravío sus ojos por la estancia, convirtiolos a su nieto, y su faz reflexiva se fue serenando poco a poco.
--¡Es preciso! ¡es preciso!--repitió sordamente. Y dirigiéndose a su nieto, exclamó con acento profético:--¡Alégrate, hijo mío!... Los dolores que has padecido y los que vas a padecer serán los más fructíferos que haya experimentado jamás hombre alguno. Con ellos comprarás la inmortalidad. Tu nombre, unido al mío, se repetirá de generación en generación al través de las edades. Ni Colón, ni Galileo, ni Arquímedes han prestado a la humanidad un servicio como el que tú y yo vamos a prestarle...
--Dame agua--dijo con voz débil el niño, dejando caer su cabecita hacia atrás.
D. Pantaleón se la alzó; pero como no podía ya sostenerse sentado, lo tendió sobre la mesa y fue a buscarle agua.
El fuego de la inspiración ardió de nuevo en las pupilas del sabio. Un estremecimiento poderoso sacudió su cuerpo. En un instante juntó los instrumentos que le hacían falta; trajo esponjas, agua, paños. Después de echar una profunda mirada investigadora al microscopio y cerciorarse de que estaba limpio y preparado, sujetó al niño a la mesa con una larga cuerda. Se detuvo unos momentos. Luego, con rápido ademán, tomó la mordaza y fue a ponérsela...
En aquel instante un golpe violentísimo hizo saltar el pestillo de la puerta. Batió ésta con estrépito contra la pared. Escuchose un grito extraño, desgarrador; y unas manos crispadas se agarraron como tenazas a la garganta del fisiólogo.
Éste y su yerno rodaron por el suelo. Fue una lucha furiosa, terrible. Las sillas se volcaban; la palangana, las retortas y los frascos caían y se hacían cachos. Los gritos, las imprecaciones de uno y otro aumentaban el fragor del combate. Parecía que había veinte hombres luchando en aquel pequeño recinto.
No era fuerte Mario, pero la defensa de su hijo quintuplicaba el vigor de sus músculos. D. Pantaleón era un anciano, pero el estado de exaltación de sus nervios le prestaba una fuerza portentosa. Por algunos momentos la lucha se mantuvo indecisa. Varias veces cayeron el uno debajo del otro y otras tantas se alzaron. Los gritos se fueron apagando. El combate se hizo sordo, feroz, desesperado. La voz dolorida del niño, amarrado a la mesa, repetía sin cesar:
--¡Abuelito, deja a papá!... ¡deja a papá!
El loco al fin fue adquiriendo alguna ventaja. Las fuerzas de Mario mermaban. Sus dedos cedían: el peso y el volumen de D. Pantaleón le asfixiaba. Logró éste al fin ponerse encima de él y sujetarle.
--¡Ya eres mío! ¡ya eres mío!--gritó lanzando feroces carcajadas.--Ahora voy a verte el cerebro. ¡Aguarda un poco!
Y le oprimía con sus rodillas el pecho. De tal suerte que el infeliz escultor hubiera perecido si Miguel Rivera no entrase en aquel momento. Con su ayuda pudo levantarse, y con la de los vecinos que acudieron al ruido se logró sujetar al loco y atarlo con la misma cuerda que aprisionaba a la desgraciada criatura.
XX
Algunos medicamentos recetados por el doctor calmaron en pocas horas el terrible acceso de Sánchez. Se le quitó la camisa de fuerza. Siguiose un estado de grave postración; se temió por su vida. Pero a los pocos días se inició la mejoría; no tardó en ponerse bueno, aunque disparatando cada vez más. Su locura tomó un aspecto apacible. Hablaba de todo con bastante lucidez menos cuando se tocaba el punto de la antropología. El médico, temiendo y aun augurando un nuevo acceso de furia, aconsejó a la familia que lo recluyese cuanto más pronto en alguna casa de salud, Mario se resistía, lleno de compasión.
--¡Pobre viejo!--decía.--Le vamos a dar la muerte encerrándolo en un manicomio. ¡Dejadlo al pobre! ¿Quién sabe si irá mejorando poco a poco hasta ponerse enteramente bueno? Con un par de criados que le vigilen día y noche todo queda arreglado.
Pero Carlota no quería oír de este arreglo. Su temperamento sano, equilibrado, rechazaba con profunda aversión toda insanidad del espíritu. Mientras Mario perdonaba y aun olvidaba el martirio de su hijo, ella lo tenía grabado a fuego en el corazón; no podía arrojar de su alma cierto rencor contra su padre, aunque fuese irresponsable. Tampoco Presentación le había perdonado las quemaduras del rostro. Fue necesario pensar en el establecimiento adonde le habían de conducir. Después de varias conferencias se convino en llevarlo a un manicomio de Carabanchel. Para efectuarlo sin violencia forjaron, como suele hacerse en tales casos, una comedia. Miguel Rivera fue el inventor de ella. Se escribió desde Carabanchel una carta al loco, «el más insigne antropólogo con que hoy contaba la Europa civilizada,» noticiándole la existencia de cierto individuo que ofrecía en sus funciones vitales algunas anomalías reversivas con extraños caracteres zoológicos que hasta entonces no había podido descifrar ningún fisiólogo. Se hacía una descripción, bastante cómica por cierto, de estas anomalías y se le invitaba a él, gran anatómico, gran paleontólogo, gran embriólogo, para que viniese a examinarlo y emitir su opinión.
No bien hubo leído la carta el ingenioso Sánchez, cuando comunicó a la familia su propósito de trasladarse aquella misma tarde a Carabanchel. Se aplaudió su decisión: se le facilitaron los medios. Timoteo salió a alquilar un carruaje. Tanto él como Mario se brindaron a acompañarle y sus esposas respectivas lo mismo. Miguel Rivera, que estaba allí casualmente, también quiso ser de la partida.
A las tres de la tarde salieron todos, en un _familiar_, de la calle de Ramales, célebre ya en todo el orbe, en dirección a la puerta de Toledo. El día claro y apacible. Saltaba alegremente el carruaje sobre el empedrado de las calles. El gran fisiólogo iba de humor excelente y departía sobre su famoso descubrimiento con Rivera, que apoyaba con vivos movimientos de cabeza sus disquisiciones.
Luego que salieron de la villa y empezaron a correr por la carretera tuvieron un gracioso encuentro. D. Laureano Romadonga iba de paseo en la misma dirección en compañía de su querida; una nodriza delante llevando en brazos un niño. La chula vestía ya de señora con capota y sombrilla: no le sentaba mal. Por iniciativa de Rivera, al tiempo de cruzar a su lado sacaron todos la cabeza por las ventanillas y gritaron:
--¡Adiós, D. Laureano! ¡Adiós!
El viejo seductor saludó visiblemente molestado. La chula les clavó una mirada inquisitorial, agresiva, sin hacer la más leve inclinación de cabeza.
--¿Pero se ha casado ese hombre?--preguntó Presentación.
--No lo sé--contestó Miguel riendo.--Dicen que sí. Al fin ha encontrado lo que tanto apetecía: una mujer enérgica. Creo que le da cada pie de paliza que lo deja verde.
--¡Qué horror!--exclamó la joven estupefacta.--¡Parece mentira!
--¿Mentira? Repárela usted bien.
La chula no apartaba del carruaje sus ojos con expresión tan fiera y despreciativa que fascinaban como los de una pantera.
--En efecto, debe de ser bien dominante--manifestó Carlota.
--¡Un cabo de vara!--repuso Rivera.--Lo que le hacía falta a ese cínico que se ha pasado la vida burlándose de todas las leyes divinas y humanas.
Llegaron por fin al manicomio. Carlota y Presentación se quedaron a la puerta, haciendo esfuerzos desesperados para ocultar su emoción. Los tres hombres subieron con el fisiólogo con pretexto de examinar también el curioso caso de atavismo. Recibioles el director cortésmente. D. Pantaleón se dejó conducir por él a otra estancia para conferenciar secretamente acerca de las anomalías orgánicas del ser que iba a mostrarle. Trascurrió media hora. Al cabo se presentó de nuevo el jefe.
--Ya está, arreglado el asunto. Pueden ustedes retirarse cuando gusten.
--¿Ha puesto alguna resistencia?--preguntó Rivera.
--Absolutamente ninguna. Queda tan sosegado esperando que mañana le he de enseñar el consabido individuo... Hoy no puede ser--añadió sonriendo;--se encuentra ya durmiendo.
Quedaron los tres silenciosos y tristes. Mario preguntó al fin tímidamente:
--¿Sería posible verlo sin que él nos viese, antes de irnos?
--No hay inconveniente. Se halla en el jardín en este momento... Pasen ustedes por aquí.
Los condujo al través de varias estancias y corredores hasta una puertecita. Abrió un ventanillo que tenía y les invitó a mirar. Miró primero Timoteo, luego Rivera; el último fue Mario. El ingenioso D. Pantaleón se hallaba sentado en uno de los bancos de piedra del jardín rodeado de seis u ocho individuos. Llevaba él la palabra acompañándola con graves y persuasivos ademanes. Aunque no oían lo que decía, supusieron con fundamento que disertaba sobre algún interesante problema antropológico.
Retiráronse al fin en silencio. Todos iban serios. El semblante de Mario, sobre todo, reflejaba tristeza profunda, una emoción que en vano trataba de ocultar. Después de dar algunos pasos por el corredor, todavía se volvió para mirar otra vez por el ventanillo. Le costaba trabajo arrancarse de aquel sitio donde la compasión le tenía clavado.
Cuando salieron no hallaron a la puerta a Carlota y Presentación. El cochero les dijo que las dos señoras se habían ido llorando por el camino de la derecha. No estarían lejos. En efecto, apenas habían dado algunos pasos las vieron a lo lejos en medio del campo. Sus elegantes siluetas se destacaban del fondo claro del cielo con líneas bien recortadas. Ambas se llevaban con frecuencia el pañuelo a los ojos.
Juntáronse los hombres a ellas, y sin decirse una palabra volvieran lentamente en busca del coche. Marchaban mudos y cabizbajos. Carlota, acercándose a Rivera, le preguntó al fin en voz baja y temblorosa:
--¿Ha hecho resistencia?
--Nada. Queda muy contento. Tranquilízate. El director nos ha asegurado que no tardará mucho tiempo en volver sano a su casa.
Mario se había quedado atrás y contemplaba abstraído la puesta del sol. El cielo estaba azul. Sus profundidades se extendían sin nubes sobre su cabeza. Pero la brisa del Norte había amontonado allá en el horizonte montañas flotantes de nubes de fuego formando fantásticas ciudades, cuyas flechas y cúpulas resplandecían temblorosas al través de una gasa azul. La campiña estaba dormida: el aire callado. La tierra se extendía desnuda y árida.
La bóveda celeste brillaba como un inmenso fanal de luces de oro, sublime, infinito, envolviendo los mundos que pueblan sus abismos y soledades profundas. Algunas estrellas azuladas se encendían tímidamente en los confines del Oriente. Desde el Occidente el ojo sangriento del sol las miraba severo.
El sol se acostaba en un mar de púrpura, sobre un vapor flotante y encendido, exhalando sus ardores de reposo y de amor. Balanceábase majestuoso sobre las nubes resplandecientes con melancolía infinita, escuchando graves y sublimes armonías que no llegarán jamás al oído de ningún mortal. El manto carmesí de la tarde tachonado de estrellas caía de las profundidades del firmamento.
Ante el esplendor glorioso de aquel ocaso Mario permaneció inmóvil de sorpresa y admiración. En el paisaje no había más que luz, pero la luz bastaba para llenar de colores y formas el cielo y la llanura. Allá a lo lejos las torres de Madrid temblaban en un vapor azulado debajo de la fantástica ciudad flotante de las nubes.
La noche llega. ¡Oh, quién pudiera vagar por las regiones del aire entre las brisas y los rayos de luz! El joven artista sintió una emoción intensa que enajenó su alma y la suspendió en un paraíso de inmortal claridad y alegría.
--¡Oh, quién fuese una de esas nubes de oro--pensó--para hender con mis alas el abismo azul, para flotar en el rosicler de la tarde y sacudir el fresco rocío sobre las flores dormidas! ¡Oh, quién pudiera huir sobre las olas del aire hasta el trono del sol y habitar el palacio de las noches sin nubes! Las espinas de la vida hieren mis carnes; el frío de la vida hiela mi corazón. ¡Glorioso sol, llévame contigo, llévame por encima de las montañas y las olas, sobre las verdes llanuras y las espumas del Océano; llévame lejos del triste sueño de la existencia, a reposar bajo tu pabellón tejido de estrellas! He visto a mi hijo inocente padecer horribles martirios. He visto a ese desgraciado que ahí queda infligírselos por un impulso fatal. Mi espíritu sangra y no comprende nada. ¡Glorioso sol, arrástrame contigo; condúceme al templo de la Verdad y la Bondad infinitas, a la morada de ese Poder en cuyo seno divino todas las contradicciones se resuelven, todos los dolores se apagan! Quiero ver desde esas puras estrellas que ocultas con tu presencia a esta mísera tierra encadenada a su feroz egoísmo, a su tristeza y oscuridad...
Un estremecimiento de anhelo sacudía, el cuerpo del escultor. Su faz parecía iluminada por una luz inmortal: sus nervios se dilataban por la emoción: en sus ojos extáticos, clavados en el cielo, temblaba una lágrima.
--¿Qué hace Mario allí parado?--preguntó Carlota volviendo la vista atrás.
Rivera se volvió también y, al observar la actitud contemplativa del artista y la extraña expresión mística de sus ojos, comprendió lo que pasaba en su alma.
--Déjalo--manifestó gravemente.--Tu marido quizá sepa en este momento dónde se halla el origen del pensamiento.
--¡No, por Dios!--exclamó la fiel esposa, asustada, corriendo hacia él.