El Niño de la Bola: Novela

Part 9

Chapter 93,836 wordsPublic domain

De estos Mirabeaus, Napoleones ó Balzacs _en hierba_ (_en agraz_, decimos los españoles), unos mueren ántes de llegar á los veinte años, aplastados por su propio genio ó por la desesperacion: otros se allanan lenta y penosamente á bajar al nivel de sus vulgarísimos paisanos, y acaban en Secretarios de Ayuntamiento ó en oficiales de escribanía: otros logran levantar el vuelo...; pero caen mal en la metrópoli de su patria, llámese Paris ó Madrid, Viena ó San Petersburgo, y mueren de hambre, se pegan un tiro, ó se inutilizan y frustran más deplorablemente, bajando á la sima del deshonor por el plano inclinado de la miseria...: algunos, en fin, llegan á ser grandes hombres, poetas laureados, oradores insignes, generales, ministros, millonarios..., y legan su nombre á las generaciones futuras.

No sabemos qué porvenir tendria reservada la suerte al jovenzuelo de que vamos á hablar... Pero él era á la sazon el presunto gran literato de aquella tierra; y, la verdad sea dicha, mostraba algunas condiciones para ello; inagotable ternura en el alma, mucho fuego para admirar, y una terrible soberbia contra la injusticia.--Dábale por escribir tragedias románticas: Víctor Hugo era su ídolo. Ya habia devorado todos los libros del pueblo, que ascendian á millares de volúmenes, procedentes de los extinguidos conventos de frailes y de la biblioteca de un sabio dean, muy amante de las letras profanas, que acababa de pasar á mejor vida.--Hacía el número ocho entre los doce hijos (todos varones, como los de Jacob) de un procurador no tan rico en bienes de fortuna como en herederos de su limpia fama, el cual sólo podia darles sustento y ropa, y de modo alguno carrera en la Universidad, lo cual lamentaba muy singularmente el buen hombre por este su adorado Pepito, cuyo talento le parecia superior al de todos los sabios de que hablaban las historias y al de todos los ministros que figuraban en los periódicos. Obligábale, pues, á ir á Palacio á visitar al nuevo Obispo de la Diócesis, como habia pedido á don Trajano que lo admitiese en su tertulia, tan luégo como se enteró de las buenas relaciones que tenía en Madrid la forastera, esperando sin duda el amantísimo padre (¡téngalo Dios en su santa gloria!) que Su Ilustrísima, admirado de los hermosos versos que componia el chico, lo hiciese de golpe canónigo de gracia, con lo cual ya tenía abiertos los caminos de la Mitra, de la Senaduría, del Capelo y hasta de la Tiara, ó que la prima del marqués lo recomendase á María Cristina, á fin de que esta augusta señora lo llamase á la Corte y lo pusiese en candelero.

En lo demas, Pepito vivia solo, tanto porque las gentes de la poblacion estaban heridas de su saber y de su orgullo, cuanto porque él despreciaba la conversacion de aquellos bienaventurados. Á veces no podia ya con el sublime fastidio propio de las naturalezas privilegiadas, y envidiaba la fácil dicha de los modestos, y, sobre todo, entrábale un ánsia de amor, una necesidad de ser amado, un hambre de lisonjas de mujer, que rayaba en verdadero delirio... Pero su corazon le decia á voces que las incultas y recelosas señoritas de aquel pueblo no se atreverian nunca á franquearse con él, ni él sabría tampoco hablarles en estilo y forma que no las abochornara y retrajese, y, como consecuencia de todo ello, lo pasaba bastante mal.

Verdaderamente, todavía era muy niño: diez y siete años iba á cumplir cuando nosotros lo vemos en escena: estaba feo, por resultas de una pubertad retrasada y enérgica, de cuya tardía crísis daban aún claro testimonio la hinchazon de su nariz y de sus labios y la inseguridad de su voz. No habia acabado de crecer, ó, mejor dicho, faltábale crecer por igual: su tez era verde: apuntábale el bozo, y sus ojos parecian dos ascuas.--Vestía con detestable gusto, aunque con limpieza y señorío.--En punto á religion, era discípulo de Voltaire, y en política idolatraba á Mirabeau; pero ni su padre, ni el Obispo, ni D. Trajano sospechaban semejantes horrores...--Aquellos estudios los hacía á solas en los tejados de su casa.

Tal era el jóven que se habia enamorado de la madrileña, no como de una criatura mortal, sino como de un sér ultra-terrestre, como de una sílfide, como de una musa, como de un ángel del cielo especial del romanticismo.--Y se explica esta devocion... ¡Ella venía del mundo en que él soñaba á todas horas! ¡Ella figuraba en primera línea en el Olimpo de la Corte! ¡Ella habia conocido á Larra, más glorioso entónces por haberse suicidado, que por haber escrito sus inmortales obras! ¡Ella tuteaba á Espronceda..., «_á Pepe_»..., que era como solia llamar la diosa al semi-dios de aquellos dichosísimos tiempos! ¡Ella habia sido retratada al óleo, de cuerpo entero y en tamaño natural, por el insigne Duque de Rivas, por el creador de _D. Alvaro ó la fuerza del sino_! ¡Ella era visitada por Pastor Diaz, por el inspirado cantor de _La Mariposa negra_ y de la _Elegía á la Luna_! ¡Ella, en fin, habia asistido al estreno de _El Trovador_ y de _Los amantes de Teruel_, y arrojado coronas á sus autores!

Semejantes prerogativas hacian enloquecer á Pepito de amor y veneracion hácia tan agasajada hermosura.--Además: ¡aquella mujer olia de un modo!... ¡tenía una ropa tan bien hecha! ¡lucía tan completamente el talle, yendo en cuerpo gentil, sin miedo á que se dibujasen sus formas, cuando entónces, en aquella Ciudad, todas las mujeres se ponian unos coletillos debajo del vestido y unas pañoletas encima de él, prendidas con centenares de alfileres, y luégo otro pañuelo ó manteleta más grande, que hacian perder hasta la menor idea de los naturales encantos!...--¡Ni era esto todo!... ¡Sabía Pepito..., sabian otras muchas personas..., decíase de público en el pueblo... que la forastera se bañaba diariamente!--¡Bañarse! ¡cosa de ninfas! ¡cuando ménos, cosa de sultanas, cosa de huríes!--¡En nada, en nada era como las demas mujeres! Ella no ocultaba, ni tenía para qué ocultar, sus menudos piés, siempre divinamente calzados: ella estaba á todas horas limpia como un oro: sus uñas parecian hojillas de rosa: al andar, crujia deliciosamente su ropa blanca, y crujia tambien la seda de su vestido. Tampoco temia enseñar los brazos hasta el hombro: ¡habia en ella algo de la noble franqueza de las estatuas! ¡Sin duda alguna, tenía mucho de divinidad! ¡en las estampas de la _Ilíada_ y de la _Odisea_ habia visto el jóven figuras semejantes!...--¡Aquella sí que era la realizacion de su deseo, la encarnacion de sus fantasías; la mujer de sus sueños y de sus insomnios!

La madrileña sabía de sobra todo lo que le pasaba á Pepito. Habíase hecho cargo de su edad y de sus circunstancias, y comprendia que el amor genérico y la devocion poética fomentaban á la par aquel incendio simultáneo de un cuerpo y de un alma. Gozaba, pues, muchísimo en el espectáculo de tan atroz combustion, y por nada del mundo la habria aminorado. Léjos de ello, echaba leña al fuego siempre que podia, y hasta creemos que hubiera sido capaz de mostrarse al jóven enteramente desnuda (fingiendo descuido), á fin de acabar de volverle loco..., por lo mismo que estaba decidida á no otorgarle el más insignificante favor... ¡ni tan siquiera que besara la corona bordada en su pañuelo!

Y era natural. En aquel pueblo, donde todo se veia y sabía, y en aquella austerísima casa, donde pasaba por una Santa Ursula, tenía la madrileña que olvidarse de sí propia, ó mejor dicho, tenía que acordarse de cómo estaba obligada á parecer.--Además: hay mujeres que sólo entre sus pares enarbolan bandera corsaria, y la prima del Marqués, la amiga del Duque, la festejada por los vates de moda, la recomendada por los Ministros, pertenecia á este género.--Si Pepito hubiese tenido un laurel, visado en Madrid, de poeta, de orador, de capitan ó de estadista cuando la cortesana lo encontró en aquel pueblo, de fijo lo habria considerado su igual, enlazando gustosa en una cifra de amor más ó ménos platónico su antigua corona de patricia á la del preconizado y consagrado genio...; y hasta puede asegurarse que si, rodando los años, llegó á encontrarlo en el capitolio madrileño, lleno de gloria y fama, por _él_, más que por _ella_, quedaria el que no se entrase en largas rectificaciones de conducta.--Pero, pues que entónces Pepito era un lugareño anónimo (y no tampoco ningun Adónis, ningun Hércules, ni ningun Tenorio plebeyo, capaz de seducirla y hacerle olvidar las otras consideraciones más arriba apuntadas), nada tenía de particular que la huéspeda de D. Trajano se vengase de su forzosa inaccion complaciéndose en el martirio del deseo ajeno, al modo de los reclusos que divierten sus ocios favoreciendo ó contrariando alternativamente las aficiones de tal ó cual especie de animalillos...

Negaba, por lo tanto, al atrevido mozo, segun ya hemos expuesto, cosas que para ella eran verdaderas nimiedades... Habíale negado, vg., (aunque se los pidió en unas sentidísimas estrofas) tres cabellos de sus largos tirabuzones, ¡de aquellos tirabuzones que tal vez habria saqueado muchas veces la sin ventura, para que amantes olvidadizos se hicieran cadenas de reloj, que ya no existirian!... En cambio, ella introdujo en la tertulia del señor de Mirabel la costumbre de dar la mano á los caballeros, y, cuando se la daba á Pepito, recreábase en ver la cara de gozo, de triunfo y de veneracion que ponia el infeliz...--¡Aquella mano, que tantos esfuerzos inútiles habria hecho quizás para retener á ingratos y pérfidos Eneas, pareciale á él una azucena virginal, un don del cielo, el principio de una escala mística que conducia á la gloria!...

Dichosamente, no habia en el pueblo quien pudiera desengañar al jóven.--Tal vez el Obispo, desde su palacio, adivinaba la verdad, por haber frecuentado mucho tiempo la alta sociedad madrileña... Tal vez lo sabía todo el Juez de primera instancia, que habia andado por las esferas ministeriales pretendiendo aquel y otros destinos... Pero ambos eran hombres de órden y muy cautos, incapaces de escandalizar al público con imprudentes revelaciones... y nada dispuestos á malquistarse con la recomendada de los Ministros.

En lo demas, no habia cuidado; pues las señoras y señoritas del pueblo, aunque temian acercarse á la atildada y sabionda forastera, no la detestaban ni envidiaban desde sus hogares, _visto_ que sus maridos, novios y todo género de presentes y futuros experimentaban igual temor y nunca se atreverian á decirle «los ojos tienes negros», y _considerando_ (¡cínica y terrible _consideracion_ de las más celosas!) que aquella exquisita mujer no se prendaria en ningun caso de sus ramplones caballeros.--Limitábanse, pues, á no visitarla, ya por la dicha cortedad, ya por aquel necio orgullo que suelen producir los agrios de la modestia; pero, así y todo, imitaban hasta donde podian sus trajes y modo de componerse, siendo ya muchas las damas y damiselas del país que habian encargado á la Capital, ó héchose en casa, sombreros (_gorros_ se llamaban entónces) _como los de la prima del Marqués_, ó sea una especie de galeras (poco menores que las de la Mancha) que á la sazon estaban muy de moda.

Conque basta ya de entreacto, y oigamos á Don Trajano Perícles de Mirabel y Salmeron, que va á referirnos todo lo acontecido en el asunto de Manuel Venegas despues que éste se ausentó de la Ciudad.

Dijo así el ilustre personaje:

V.

DE CÓMO SE CASÓ ANTONIO ARREGUI.

--Meses, años, lustros (ó, por lo ménos, un lustro y parte de otro) pasaron sin que volviese á haber noticias del mal llamado _Niño de la Bola_...--Digo más: hasta hace dos horas y media, no ha sabido nadie en la Ciudad si era muerto ó vivo, si habia logrado enriquecer ó estaba en la miseria, ni qué zona, clima ó region del globo presenciaba su gigantesca lucha con el Hado...

--Pero ¿por qué no escribia?--interrogó la madrileña, cuyo interes hácia aquel drama de carne y hueso, tan apropiado á los gustos literarios de entónces, se comprenderá fácilmente.

D. Trajano respondió en el acto:

--¡Tampoco escribió Diego Marsilla á Isabel de Segura en la comedia que está hoy tan de moda y que tanto entusiasma á usted!--Además (y dejándonos de comparaciones), el hijo de mi infortunado amigo no era hombre de hacer las cosas á medias, y, por lo tanto, explícase muy bien que le repugnara dar cuenta y razon de su paradero y del estado de sus fondos... Semejante oficiosidad hubiera equivalido á hallarse presente y ausente á un propio tiempo; de donde se habria debilitado el prestigio que siempre acompaña y da mayor estatura á todo lo arcano y misterioso;--doctrina artístico-literaria que se me ocurre en el calor de la improvisacion, y respecto de la cual, oh bella Marquesita, nosotros los clásicos convenimos con ustedes los románticos...

--Adelante,--repuso la veterana deidad, mirando con tentadora indulgencia al retoñado viejo.

--Ni ¿á qué escribir tampoco? (prosiguió el señor de Mirabel.)--Sus tremebundas amenazas no podian ménos de estar vivas en la memoria de estos naturales, y repetirlas era como presuponer el propio interesado que álguien pudiese echarlas en olvido.--En cuanto á escribir á la misma Soledad, hubiera sido perder el tiempo lastimosamente, dado que el astuto y vigilante D. Elías habria interceptado todas las cartas... Mas, áun prescindiendo de tal consideracion, ¿qué podia Manuel decir á la jóven?--¿Que no le olvidara? ¿que lo quisiese? ¿que lo aguardase hasta su regreso?--¡Harto sabe usted, mi querida doña Luisita, que esas cosas no se piden; y hasta me aventuro á añadir que el suplicarlas es _contra-producentem_!...--_Ergo_ no debe acusarse al hijo de mi amigo (como se le ha acusado aquí esta noche) por no haber escrito á nadie durante su prolongada ausencia...--¡Yo, en su caso, hubiera hecho lo mismo!

--¡Tú, Mirabel! (exclamó la jubilada esposa del anciano jurisconsulto.) ¡Repara en lo que dices! ¿Te vas á comparar ahora con ese muchacho?

--¡Déjame, Tecla! Tú no entiendes de estos achaques, considerados bajo su aspecto artístico...--replicó D. Trajano con tal autoridad, que su pobre mujer se arrepintió de haber abierto la boca.

Los tertulianos indígenas cerraron por su parte los ojos, como dando á entender que ellos no se atreverian en ningun caso á hacer observaciones á aquella especie de Salomon con tupé y patillas, y mucho ménos delante de la sobrehumana forastera.

En cuanto á Pepito, habia salido á buscar noticias, por indicacion de toda la tertulia, poco ántes de que D. Trajano comenzase su relacion.

--¡Pues sí! (continuó victoriosamente el neopagano.) Manuel procedió como era debido dejando rodar el mundo y pasar el tiempo, á fin de que cada cual obrara _secundum se_, _naturaliter_ y sin presion exterior ó extrínseca.--¡Lo contrario hubiera sido mantener un estado de cosas violento y falso, de muy mal agüero como prolegómeno de posibles nupcias!--Conque dejemos esto, y pongamos sobre el tapete á Soledad; pues veo, mi querida Luisa, que está usted deseando saber cómo la adorada por el _Niño de la Bola_ pudo casarse con otro hombre, ó cómo hubo hombre que se atreviese á casarse con ella...

--¡_C’est ça_!--respondió vivamente la cortesana.

--Dice que «_así es_»... (advirtió el afrancesado, dirigiéndose á su habitual tertulia.)--Pues señor... (añadió luégo:) Soledad estuvo muy mala cerca de un año, despues de la partida del osado Venegas, y, durante aquel tiempo, su padre no pensó más que en cuidarla, hasta que, dichosamente, en fuerza de mimos y desvelos, y de traer médicos de todas partes, consiguió hacerle recobrar la salud.--Dedicóse entónces D. Elías por sí, ó por medio de terceras personas, á buscarle marido, procurando que ni ella ni su madre lo notaran; pero, dicho sea en honra y gloria del amador ausente, nadie se prestó á disputarle el corazon, ó la mano, de su elegida, y eso que el antiguo usurero (me valdré de sus expresiones) _daba á la muchacha enterrada en onzas_, y se la ofreció áun á sujetos de medianísima clase y sin ningunos bienes de fortuna; y eso tambien que la tal muchacha seguia siendo un primor de belleza, de quien todos estaban suficientemente enamorados.--Realizábase, en suma, aquel diabólico plan del hijo de mi amigo «de hacerse amo de los valientes de la poblacion, como medio infalible de llegar á serlo de Soledad»; pues excusado es decir que no todos los que se negaban á casarse con la millonaria lo hacian tanto por devocion amistosa á Manuel, como por miedo á las amenazas y juramentos que profirió al marcharse...--En cuanto á lo demas, si algunos interpelaban á D. Elías Perez sobre los sentimientos de su hija (para el caso de que se decidieran á pretenderla), todos oian una misma contestacion:

--«_Ese es cuidado mio_» (les respondia el viejo con la mayor calma).--Cuente usted con su conformidad.

«¡Asómbrese usted, Luisita!...--(Y no salga esto de aquí, señores, pues voy á revelar un hecho que conocen muy pocos, y que á mí me contó el mismo riojano, un dia que vino á consultarme acerca de otros asuntos,--y yo no quiero enemistades con entes como el que tengo que nombrar ahora...)--¡Asómbrese usted, digo! Una sola persona; el jóven más feo y más cobarde de la Ciudad; una especie de _Cuasimodo_ sin belleza de alma que contrastase con la deformidad de su cuerpo... (¡Observará usted que tambien yo conozco á Víctor Hugo!...); un bicho malo y descreido, á quien todos trataban y tratan á puntapiés, por más que no pueda negársele algun ingenio y mucha (aunque detestable) ilustracion; un tal _Vitriolo_, en fin, mancebo de la botica que habrá visto usted en la Plaza, fué quien se atrevió, no ya á secundar indicaciones del usurero (que nunca se las hizo, tal vez por no considerarlo criatura humana), sino á tomar la iniciativa y dirigir una carta á Soledad y otra á su padre presentando su candidatura á la mano de la gentil doncella.--Alegaba el mísero, con la mayor formalidad del mundo, la belleza de su alma, la elevacion de su talento, su cultura (¡que el muy necio calificaba de superior á la de todo el vecindario!), su carencia de vicios, su laboriosidad, su despreocupacion en materias religiosas y políticas, y, sobre todo, la circunstancia de _no temer_ ni poco ni mucho al valenton llamado el _Niño de la Bola_.

»Dicho se está que el padre y la hija despreciaron aquellas cartas, tomándolas como una broma de mal género; pero el jóven, viendo que no obtenia respuesta, se propasó á hablar personalmente del asunto con D. Elías; y éste, que en ocasiones sacaba á relucir un genio de todos los diablos, le contestó llenándolo de improperios y de sangrientas burlas, y diciéndole para terminar:

--«¡Líbrete Dios, sierpe venenosa, de volver á mandar cartas á mi hija; pues si ella se contentó dias pasados con obligar á un perro á comerse tu ridícula declaracion de amor, yo te obligaré á tí á tragarte los demas papeles que tengas la avilantez de dirigirle!»

_Vitriolo_ se puso más verde de lo que era, y respondió con una risa que espantó á _Caifás_:

--«¡Pobre perro! ¡Procuren ustedes que no rabie!--Mi carta de amor, guardada en tal estuche, no podrá ménos de convertirse en verdadero ácido sulfúrico.»

«Y, dicho esto, se volvió á su casa, donde estuvo enfermo dos ó tres meses.

»He contado á usted esta anécdota, para que forme juicio del extremo á que llegaron las cosas por la obstinacion del prestamista en casar á Soledad con cualquiera que no fuese Manuel Venegas, y tambien para que se haga usted cargo de lo humillada y afligida que estaria por dentro la _Dolorosa_ en la difícil situacion que le habia creado la desventura...--Por lo demas, nuestra heroína seguia en apariencia lo mismo que siempre; serena, impasible, callada en todo lo relativo á Manuel, afectuosísima y zalamera con el embobado don Elías, acompañándolo á la iglesia y á paseo, gastándole cada año un dineral en vestidos y joyas, y contestando con frias sonrisas de lástima á los jóvenes que osaban dirigirle alguna galantería...--¡Dios me perdone si me equivoco; pero, en mi concepto, aquella muchacha tan hermosa y tan rica, estaba como indignada al ver que ningun hombre se atrevia á arrostrar la muerte por ella!

»De este modo pasaron seis años.--D. Elías Perez, agobiado por la edad y los sinsabores, se acercaba al sepulcro, y su desesperacion no tenía límites al pensar que dejaba célibe á Soledad y que el odiado Venegas podria regresar el dia ménos pensado y darle la mano de esposo. Ocurriósele entónces la idea de marcharse con su familia á otro país, donde no gravitaran sobre los ánimos las inolvidables amenazas del _Niño de la Bola_ y le fuese posible hallar marido para la heredera de sus millones...--¡Pero ya era tarde! Un tenaz reuma no le consentia moverse... Estaba postrado en el lecho para no levantarse más.

»Como ni D. Elías ni la _Dolorosa_ tuvieron nunca amigos ni confidentes, diferenciándose en esto de los héroes del teatro, sábese muy poco de las conversaciones que mediarian en aquel tiempo entre el padre y la hija, y sobre los verdaderos sentimientos de ésta. Sólo la madre (á quien la jóven trataba con el mismo despego y poca confianza que el riojano, cual si tampoco le perdonase el haber servido honradamente en calidad de criada al que seguia sirviendo humildísimamente en calidad de consorte); sólo la señá María Josefa, digo, habia logrado cogerles algunas expresiones; y, con referencia á ella, se asegura que D. Elías exclamó varias veces durante su larga enfermedad:

--«¡Hija mia! ¡cásate ántes de que yo me muera!»

»Y que la jóven le contestaba siempre:

--«¿Con quién? ¿con _Vitriolo_?--¡Ese es el único que me solicita!»

»Á lo cual solia poner la madre esta coleta, cuando hablaba del asunto con sus paniaguadas, ántes de que apareciese en escena Antonio Arregui:

--«¡Ya se ve! La muy picarilla conoce que está defendida por la sombra del que se marchó, á quien todos temen ver llegar de un momento á otro; y, por eso, y porque le gusta su papel de niña mimada, no le lleva la contraria á su padre.--¿Para qué, si nadie ha de pretenderla?--Mi hija quiere con toda su alma á Manuel; pero tiene mucho talento y mucha serenidad; pone todo su orgullo en no descubrir sus aficiones de ningun género, y no gusta de comprometerse á nada ni con nadie.--¡Yo no he conocido persona de más espera!»

»Muy digno de estudio me parece este comentario materno, clave y norma del carácter y de la conducta posterior y futura de Soledad; y usted, Marquesita, que tan aficionada es al análisis de los sentimientos, no podrá ménos de reconocer detras de esas palabras un corazon mucho más femenino que los que se empeñan en colocar los románticos dentro del corsé de las mujeres...

--¡Mirabel! ¡por Dios! ¡Que hay señoras!--no pudo ménos de exclamar la esposa del clásico.

--¡Tecla! ¡por la Vírgen! (replicó el preopinante:) Yo hablo de literatura..., y la marquesa me comprende...--¿No es verdad, Luisita?

--Ya discutiremos... (respondió la doctora, haciendo un malicioso mohin á la mujer del abogado, para que no la odiase.) Ahora estoy deshecha por ver á usted llegar á lo que los historiadores llaman _nuestros dias_...

--Pues continúo...--Y tú, mujer, no te escandalices de cosas abstractas...--¡Yo no estoy discurriendo aquí como hombre, sino como artista!--Conque voy á terminar en breves momentos.

«La vez primera que administraron el Viático á D. Elías Perez, es decir, tres meses ántes de su defuncion (tambien ha contado esto la señá María Josefa), se abrazó el viejo á Soledad convulsivamente y le dijo con infinita angustia:

--»¡Júrame que nunca te casarás con Manuel Venegas!

--»Yo no haré más que lo que usted me ordene,--respondió Soledad.

--»Pero yo me puedo morir... yo me estoy muriendo... ¡Júrame que, cuando cierre los ojos!...

--»Entónces haré lo que me ordene mi madre...--interrumpió la jóven.

--»¡Tu madre es una imbécil! (gritó el usurero) ¡tu madre es cómplice de aquel bandido!--¡Júrame, por lo tanto, que, aunque ella te lo ordene, no te casarás con el que hoy me mata!...