Part 7
Manuel llegaba efectivamente por la parte de la Ciudad, sin que fuera posible confundir con otra su gallarda y apuesta figura, y no tardó en penetrar en lo más apiñado del concurso, con aire ni soberbio ni humilde, aparentando no advertir la sensacion que producia y respondiendo con leves movimientos de cabeza ó brevísimas frases á las muchas personas que lo saludaban. Así avanzó hasta la mesa que servia de altar al Niño de la Bola, á quien besó los piés: dirigióse luégo á D. Trinidad, y le besó la mano, y en seguida clavó los ojos en el semblante de Soledad, con la inocente y clara osadía que acostumbraba, como quien mira lo que es suyo; como si la jóven fuese su esposa, su hermana ó su hija.
D. Elías se habia puesto verde; pero no pestañeó siquiera, y siguió hablando con un labrador que hacía minutos le dirigia la palabra sombrero en mano; el cual (dicho sea con perdon) se cubrió apresuradamente al ver llegar á Manuel Venegas.
Soledad, en quien todos tenian clavada la vista, permaneció mucho más impasible que el viejo, pues ni áun el color llegó á alterársele; y, á fin de no cruzar su mirada con la del imprudente mancebo ni con las del inconsiderado gentío, fijó los ojos en la Imágen del Niño Jesus, no simulando ciertamente una devocion extemporánea, sino estar como distraida...
Á cualquier hombre de mundo y conocedor del corazon humano le habrian causado miedo el abismo de negaciones y la feroz voluntad que no podia ménos de haber en el fondo de aquella indiferencia ó de aquel disimulo que no dejaba asomar ningun indicio de emocion á los celestiales ojos de la niña, cuando la tragedia tendia su cetro de serpientes sobre ella y sobre su padre...--Pero Manuel la amaba así; la amaba como quiera que fuese; tenía la intuicion, la fe, la evidencia de que aquel alma insondable era suya; y, en cuanto al Coro, más artista siempre que verdaderamente sensible, se contentaba con admirar la encantadora actitud, propia de un ángel, de la imperturbable _Dolorosa_, sin descender á otra clase de estudios.
En tal situacion, y cuando el público comenzaba ya á mostrar impaciencia porque no surgia ningun conflicto de que asustarse, Manuel se volvió tranquilamente hácia la comision que presidia la Rifa, y, con voz clara y entera, que alteró todos los corazones, dijo, señalando á Soledad:
--¡Cien reales, por bailar con aquella señora!
La llamada _señora_ fingió no haberlo oido; pero D. Elías se puso en pié, rojo de furia, y contestó inmediatamente:
--¡Mil reales por que no baile con él!
Un recio murmullo, semejante á un trueno de tormenta próxima, cundió por todo el anfiteatro, y las gentes que estaban más léjos se acercaron á presenciar aquella aterradora subasta.
Soledad dejó de mirar al Niño Jesus, y, bajando los ojos al suelo, tiró á su padre de la levita, como para que se sentase y no siguiera el altercado.
Manuel habia ya respondido:
--¡Cien duros por bailar con ella!
Y se deslió la faja, de cuya punta sacó un puñado de monedas de oro.
El público lanzó un rugido de aprobacion.
El avaro vaciló un momento...--Notáronlo todos, y comenzaron á mirarse y á sonreir maliciosamente.
--¡Ciento diez por que no baile!--exclamó al fin el pobre D. Elías.
--¡Aprieta, Manuel! ¡que yo te ayudo!--exclamaron algunos mozos de medio pelo.
--¡Aprieta, hijo, y cuenta con mi paga de este mes! (añadió un capitan retirado, cubierto de canas.) ¡Yo me batí en Talavera al lado de tu padre!
Manuel sonrió tranquilamente, y repuso, sacando otro puñado de oro:
--¡Quinientos duros por que baile conmigo!
--¡Bien! ¡Bien!--gritó casi todo el concurso.
¡Y hasta se oyeron palmadas, y vivas al _Niño de la Bola_!...
Soledad, que habia conseguido sentar á su padre á fuerza de tirones (tanto más eficaces cuanto más altas eran las pujas de Manuel), se puso en pié al oir la última proposicion, y comenzó á anudarse á la espalda las puntas de la cruzada mantilla, como determinándose á bailar.
El riojano quiso contenerla...; pero mil voces se alzaron á un tiempo mismo, diciéndole en variedad de tonos:
--¡Eso se impide con dinero!
--¡La Cofradía no puede perjudicarse!
--¡El Niño Jesus no debe perder los diez mil reales que se le han ofrecido!
--¡Ó usted puja, ó la _Dolorosa_ baila con Manuel Venegas!
--¡Saque usted sus millones, D. Elías! ¿Para cuándo los guarda usted?
--¡Aquí de los rumbosos, Sr. Caifás!
El usurero tenía sudores de muerte; pero, al cabo de una espantosa batalla, pudo más el odio que la avaricia, y, levantándose indignado, exclamó con rabioso acento:
--¡Basta ya de bromas! ¡Acabemos de una vez!--¡Dos mil duros por que no baile mi hija!--Soledad, vámonos á casa...--Señor Mayordomo, puede usted venir á cobrar inmediatamente.
Aquella violentísima puja era la puñalada del cobarde, ¡segura, mortal, sin salvacion posible!--¡Manuel no tenía tanto dinero ahorrado!
Conociólo el huérfano, y se quedó como estúpido...
--¡Déjalo, hombre!... ¡déjalo...! ¡que en el infierno las pagará todas juntas!--Manuel, no insistas; que el viejo quiere pillarte en una proposicion que no puedas pagar...--Vénte, Manuel; que la muchacha queria bailar contigo, y lo demas no debe importarte tanto...,--comenzaron á decir al corrido mancebo los mismos que se habian declarado sus fiadores...
Sólo el capitan retirado exclamó, todavía temblando de cólera:
--¡Dispon de mi paga de dos meses!--¡Comeré demonios vivos!...
Manuel no oia ninguna de estas cosas, y la gente comenzó á creerle anonadado, vencido, digno de lástima...
Pero D. Trinidad Muley, que conocia mejor que nadie á su pupilo, y que lo veia inmóvil, mudo, con los labios blancos, siguiendo todos los movimientos de D. Elías, como si acechase la oportunidad de saltar sobre él y despedazarlo, corrió al lado del jóven, y le dijo con grande imperio:
--Manuel... ¡véte á casa!--¡Yo te lo mando!
El hijo del héroe bramó de angustia, como brama la fiera al sentir el hierro candente del domador, y dijo con bárbara humildad:
--¿Sin matar á ese hombre?
--Manuel, ¡véte!--replicó el cura de Santa María.
--¡Me ha vencido con el dinero que robó á mi padre! (añadió Manuel, enfureciéndose de nuevo, segun que hablaba.) ¡Me ha negado, á mí, al descendiente de los Venegas, al hijo del que murió por restituirle sus mal ganados millones, el que baile con su inocente hija, el que le dé un abrazo de paz entre nuestras dos razas!--¡Ah, ladron!... ¡asesino!... ¡verdugo!... ¡Me la pagarás con tu sangre!
--¡Oye! ¡Oye! (decia entre tanto el usurero á su hija, que estaba abrazada á él, colgada de su cuello, y como sirviéndole de escudo.) ¡Oye cómo me insulta y me amenaza el que ronda tu dote! ¡Oye cómo te conquista ese tramposo, en lugar de pagarme el millon que me debe!
Manuel, á quien difícilmente sujetaba D. Trinidad Muley (habiendo tenido para ello que llamar en su auxilio al Niño Jesus, cuya efigie le mostraba con fervorosos ademanes y discursos), percibió las últimas palabras de D. Elías, y, léjos de enfurecerse más, serenóse de pronto, con aquella rapidez de transicion que le caracterizó siempre, y quedó inmóvil, suspenso, frio, como una estatua de mármol.
--¿Yo?... ¿Yo?... ¡Yo le debo á usted un millon!--acertó á decir finalmente con el acento de la más noble ingenuidad.
--¿Acaso lo ignoras? (repuso D. Elías valientemente, como quien llega á su terreno.) ¿No me debia tres tu padre? ¿No le cobré dos? ¡Pues resta uno!... Y tú, buen mozo; tú, que eres su hijo y no has renunciado á su herencia, ¡me lo debes, como yo le debo el alma á Dios!--De modo, señores... (continuó, dirigiéndose á la Hermandad:) que toda la Rifa anterior es nula, y debe invalidarse por completo dado que el dinero que ofrecia ese jóven era mio, como lo será todo el que adquiera en este mundo hasta que me pague el millon que me debe...
--¡Qué hombre! ¡Qué infamias dice!--¡Y lo peor es que tiene razon!--¿No hay quien lo mate?--comenzó á murmurar la gente más temible.
--¡Nadie le toque! (gritó Manuel severamente.) Las cosas acaban de cambiar de aspecto, y ahora me corresponde á mí defender su vida...--Yo ignoraba que era su deudor; pero, averiguado que lo soy, pues el semblante de ustedes me lo está diciendo con harta claridad, no quiero que nadie imagine que deseo la muerte de este monstruo á fin de no pagarle...--¡Le pagaré!...--¡Ninguno se asombre de lo que digo!...--¡Le pagaré!...--Tengo absoluta seguridad de que no me engaño... ¡Yo sé de lo que soy capaz!--Vive, pues, tranquilo, zorro viejo y astuto, que si D. Rodrigo Venegas murió entre las llamas para que no se dijese que habia tratado de estafarte, su hijo hará algo más terrible y doloroso, que es no volver á ver á tu hechicera hija hasta haber ganado el millon que reclamas.--Me voy del pueblo, señores... (añadió con voz solemne, dirigiéndose al público.) Me voy de España... ¡Pero volveré! ¡Volveré con oro bastante para pagar mi deuda y ahogar despues en onzas á mi deudor! ¡Volveré, sí, y vendré á este mismo sitio tal dia como hoy... (¡lo juro por el alma de mi padre!), á pujar la gloria de estrechar en mis brazos á ese ángel que el vil judío ha robado al cielo, á esa desgraciada que se llama su hija!--¡Ay del que la mire entretanto! ¡Ay del que la pretenda!--¡Soledad es mia, y yo vendré á recobrarla y á matar al temerario que haya intentado siquiera atravesarse entre los dos!--En cuanto á tí, alma de mi alma, ¡sé que sabrás esperarme!...--¡Adios, Soledad de mi vida!--¡Adios, señor Cura!--¡Adios, Niño mio!...--¡No os olvideis de Manuel Venegas!...
Así dijo, y, arrancándose de los brazos de don Trinidad Muley, y tirando con la mano un beso á Soledad y otro al Niño de la Bola, echó á correr hácia el interior de la poblacion, y desapareció de la vista de todos.
Soledad seguia impasible exteriormente desde que la vida de su padre dejó de estar en riesgo; pero, cuando quiso andar, le faltaron fuerzas para moverse, y hubo que llevarla en una silla á la carroza que fué de los Venegas.
LIBRO III.
LA VUELTA DEL AUSENTE.
I.
LA CAIDA DE LA TARDE.
Pues que ya sabemos tanto como el que más acerca del gallardo jinete que cruzaba por lo alto de la Sierra cuando levantamos el telon para dar principio al presente drama, tiempo es de que corramos en su seguimiento hasta alcanzarlo, á fin de entrar con él, despues de ocho años de misteriosa ausencia, en la morisca Ciudad que fué su cuna.
Restábale apénas una hora de sol á aquel esplendoroso dia, en el momento que nuestro héroe logró salir del laberinto de cumbres y barrancos que forma allí la gran cordillera, y descubrió á lo léjos el ámplio horizonte de su país nativo, su llana campiña, sus verdes viñedos y oscuros olivares y las conocidas siluetas de los remotos cerrajones que delimitan la comarca.--La Ciudad querida, la señora de todo aquel territorio, quedaba aún oculta detras de los arcillosos cerros que al oeste le sirven de dosel, bajo el cual duerme hace siglos su muerte histórica; pero ya era fácil distinguir (sobre todo, teniendo anterior idea de su situacion) la enhiesta aguja de la Torre de la Catedral y el Torreon del Vijía de la Alcazaba árabe, derruido pocos años despues...
_El Niño de la Bola_ detuvo su caballo para contemplar aquel nunca olvidado panorama... La más viva emocion se leia en su semblante, ménos duro y altivo que cuando la melancolía de la ausencia y las lecciones del mundo no habian trabajado aún su brioso corazon... Quitóse reverentemente el sombrero, por vía de salutacion á sus lares patrios, y lanzó un hondo suspiro, como quien llega al término de largos afanes.
--Señorito... ¿Está usted malo?--le preguntó el arriero al verle de aquel modo.
Manuel no respondió: púsose el sombrero apresuradamente, y metió espuelas al caballo, como para librarse de tan importuno testigo.
Media hora despues, cuando ya caia el sol al occidente, el malagueño volvió á alcanzar al desdeñoso personaje, el cual se habia parado de nuevo, en lo alto de la larguísima y enrevesada cuesta por donde se baja desde la última meseta de la montaña á la extendida vega de la Ciudad, y contemplaba desde allí las Cuevas, el Barrio de Santa María, las Huertas y hasta la antigua casa de sus mayores, que se distinguia entre todas por un erguido cipres que la coronaba...--Aquel edificio atraia muy particularmente su ansiosa atencion...--¡Ignoraba el desventurado que allí no vivia ya nadie! ¡Ignoraba todo lo que habia ocurrido durante su ausencia!...
Pero no adelantemos noticias que harto pronto llegarán á vuestro conocimiento...
Manuel siguió andando, muy despacio esta vez, tan luégo como se le incorporó el arriero con las cargas; y, ya fuese arrepentido de no haber contestado á la última afectuosa pregunta del pobre hombre, ya por distraerse de sus propios pensamientos, entabló conversacion con él, diciéndole:
--¿Ha estado usted en alguna ocasion mucho tiempo seguido léjos de Málaga?
El espolique se inflamó de júbilo al verse interrogado, y, en un abrir y cerrar de ojos, habia respondido todo lo siguiente:
--¿Que si he estado?--¡Ya me figuraba yo que ahí era donde á usted le dolia!--¡Usted debe de venir del fin del mundo, y por eso le ha hecho tanta operacion el descubrir su tierra!--Yo estuve primero dos años en el Moro... (no crea usted que en Presidio, sino por mi gusto), y luégo he servido al Rey, digo á Cristina, hasta que me dieron la absoluta, despues que tomamos el Puente de Luchana, donde fuí herido...--¿Dice usted que si sé lo que son fatigas?--¡Pregúnteselo usted á la pobrecita de mi madre, en quien pensaba á todas horas aquella pícara Noche-buena, llamada tambien _la Noche-triste_, en que Espartero ganó á Bilbao!...--¡Figúrese usted que yo la pasé desangrándome, sobre la nieve, en el mayor desamparo y _soledad_!...--Pero, ¿que dice este loro?
--«_Soledad_»...--habia repetido el loro con todas sus letras.
Manuel sonrió por primera vez en todo aquel viaje, y preguntó al arriero, en vez de responderle:
--¿No ha estado usted nunca en la Ciudad á que nos dirigimos?
--No, señor; no he estado; pero sé que es muy buena, aunque muy peleadora...--¡Ya se ve! Usted habrá nacido en ella, y luégo se iria á las Indias á buscar fortuna...--¡La de todos!--Si alguna vez vuelve usted á embarcarse para allá, pregunte en Málaga por Frasquito Cataduras (que es como el mundo me conoce), y lléveme consigo, aunque sea de criado; pues lo que es con la arriería no llegaré nunca á salir de capa de raja...
Manuel no escuchaba ya al malagueño, sino que habia vuelto á hacer alto, más conmovido que la vez anterior...--Oíase á lo léjos el alegre repique de unas campanas cuyo són habia reconocido sin duda el jóven... Ello es que su rostro expresaba un regocijo, una ternura, una afliccion de gozo (si vale hablar así), que á cualquier otro hombre le hubiera hecho derramar lágrimas...
--¡Vamos, señorito! ¡repórtese usted! (exclamó el arriero.)--Si teme usted algo, aquí estoy yo, y ahí llevamos cuatro escopetas...
--¡Desgraciado de tí (interrumpió Manuel), si le cuentas á álguien que me has visto de este modo!--En cambio, si callas, yo te pagaré bien tu silencio...--Soy enemigo de que se conozcan mis debilidades...--Conque vamos andando.
La verdad era que el vehemente jóven no podia ya con el peso de su alma, visto lo cual y que no habia modo de correr y adelantarse en aquella dificultosísima cuesta, resolvió seguir hablando con el arriero, á fin de no volver á oirse á sí propio en presencia de tan indiscreto observador.
--Esas campanas que repican (díjole, pues, con afectada naturalidad) son las de Santa María de la Cabeza, y anuncian que mañana, primer Domingo de Abril, habrá, como todos los años en tal dia, una gran funcion en aquella parroquia...--¡Qué alborozo respirará ahora mismo todo el barrio!--Alguna persona conozco yo que dirigia en su niñez esos jubilosos repiques...--¡Cómo pasa el tiempo, sin que las cosas dejen de ser las mismas!--¡Verás qué hermosa Procesion sale de allí mañana á la tarde! ¡la Procesion del Niño de la Bola!--Y, si te detienes en la Ciudad pasado mañana, podrás ir á la Rifa, á las Cuevas, donde siempre ocurren buenos lances...--Allí se puja todo: el baile, los abrazos, la felicidad..., la vida del alma..., el destino de las criaturas...--Pero ya se ha puesto el sol..., y la cuesta es ménos pendiente...--Vamos aprisa, á fin de pasar el vado del rio ántes de que oscurezca; pues sentiria que se mojasen esas cargas...
Y como, en efecto, la bajada fuese ya más fácil, Manuel metió espuelas al caballo, y pronto se encontró solo, en la llanura, ó sea en unas dilatadas alamedas que allí pregonan la proximidad del citado rio...--La Ciudad distaba todavía bastante; pero aquello era ya en cierto modo estar bajo sus muros...
Habia comenzado á oscurecer, y el dulce misterio de tal hora, la amenidad del sitio, la húmeda frescura del aire, en cuya primaveral fragancia reconoceria el aroma de los árboles, plantas y hierbecillas entre que se habia criado; el armonioso rumor, igual siempre, y para él tan familiar, que alzan allí, en aquella estacion del año, al caer las sombras de la noche, los más humildes cantores del Creador del mundo, ora desde las empantanadas aguas, ora desde los adolescentes trigos, todo sumergió á Manuel en una profunda paz moral, muy diferente de la ventura, pero mejor consejera del alma que el esperanzado deseo...--Estúvose, pues, parado algunos minutos en aquella tranquila márgen del Rubicon de su pobre historia, como dando reposo al fatigado espíritu ántes de las supremas emociones que le aguardaban, ó acaso preguntándose friamente si, en lugar de encaminarse hácia la dicha, se dirigiria hácia un total infortunio...--¿Viviria Soledad? ¿Le habria sido fiel, ella que nada le habia prometido nunca?--¿Habria habido algun hombre capaz de tomarla por esposa?--¿Viviria el terrible anciano? ¿Seguiria negándose á toda transaccion?--¿Se atreveria Soledad en este caso á unirse con el hijo de D. Rodrigo Venegas, despues de la espantosa escena de la Rifa? ¿Le amaba á tal extremo? ¿Le habia amado alguna vez?--¿Qué aguardaba al proscrito, á la vuelta de su largo destierro? ¿Horribles dolores? ¿Crueles desengaños? ¿Renovadas luchas? ¿Escenas de sangre? ¿Su propia muerte, por término de tantas angustias y fatigas?
La llegada del arriero con las cargadas bestias sacó al jóven de aquel estado de culminante inquietud, no ménos amargo, aunque de distinta índole, que el de Diego Marsilla cuando lo detuvieron los facinerosos casi á la vista de Teruel...
Pasaron el rio nuestros caminantes, y entraron en los largos callejones, guarnecidos de olorosos panjiles y de zarzas, espinos y otras especies de setos, que conducen, á traves de muchos pagos de viña, á las puertas de la Ciudad...; y, ya estarian como á quinientos pasos de ella, cuando, al cruzar por delante de cierta solitaria Ermita, precedida de un porche, que allí se alza desde tiempo inmemorial, oyóse una voz de mujer que decia:
--Manuel: ¿eres tú?--Hazme el favor de oir una palabra...
II.
LA REALIDAD.
Manuel refrenó el potro, y, á la luz de la lámpara que alumbraba aquel humilde Santuario, vió, de pié, á la entrada del dicho porche, separado del interior de la Ermita por unos barrotes de madera, la imponente figura de una mujer alta y vestida de negro, que añadió, al verlo detenerse:
--¿Conque eres tú?--¡Gracias á la Vírgen Santísima! ¡Temí que hubieses echado por otro camino!
--Sí, señora... Yo soy... (respondió Manuel, lleno de asombro.)--¿Y usted? ¿quién es?--Yo quiero reconocer esa voz...
--Soy la madre de Soledad...--repuso la mujer con dulzura.
Oir el jóven esta frase y estar en el suelo fué una misma cosa.
--¡La señá María Josefa! (exclamó vivamente conmovido.) Espere usted un momento, señora.--Oye tú, arriero: sigue adelante, y espérame á la entrada de la Ciudad...--¡Cuidado con hablar ni una palabra!
El malagueño siguió andando, muerto de curiosidad por saber algo de lo mismo que se le prohibia decir, y Manuel ató su cabalgadura á uno de los viejísimos álamos blancos que entónces rodeaban la Ermita, en cuya especie de atrio penetró al fin aceleradamente, diciendo con afectuosa voz:
--¿Usted aquí? ¿Usted esperándome? ¿Qué significa esto? ¿Qué ocurre? ¿Cómo ha sabido usted que yo llegaba?
--Por D. Trinidad Muley... (contestó la que ya debemos llamar _vieja_, cogiendo las manos de Manuel y llevándoselas á la cara para que tocase su llanto.)--Pero no acuses al señor Cura por haberme revelado tu secreto... ¡Era preciso que yo lo supiera!--Además, él no guarda misterios conmigo... ¡Sabe lo que te quiero!... ¡lo que te he querido desde que murió tu padre!--Ven; siéntate aquí... ¡Tenemos que hablar mucho, y estoy cayéndome!...
Así diciendo, la buena mujer acercó el jóven á uno de los asientos de cal y ladrillo que decoran todavía aquel porche y que sirven de lugar de descanso á los paseantes y á los devotos.
Manuel estaba estupefacto, ó, por mejor decir, perdido en un mar de diferentes y encontradas conjeturas...--Sentóse, pues, sin atreverse á preguntar más, de miedo á desvanecer los últimos sueños de su esperanza... Pero, viendo que su interlocutora no acertaba tampoco á explicarse, dijo al fin con trabajosa resignacion:
--Algo muy bueno ó muy malo ocurre, cuando usted ha salido á recibirme de esta manera...--No quiero ponerme en lo peor, y comienzo por admitir lo que sería la felicidad para todos...--¿Ha venido usted á aconsejarme que no éntre en la Ciudad en són de guerra, visto que su esposo de usted transige, ó podria transigir conmigo, si yo me acomodase á guardar tales ó cuales miramientos?--¡Respóndame con entera franqueza!--¡Ah! ¡Se calla usted!...--¡Luego no es eso lo que ha venido á pedirme!
--No, Manuel... No es eso... (repuso la atribulada madre.)--Lo que yo he venido á pedirte (y perdona que te hable _de tú_; pero así te hablé cuando eras muchacho, y ¡bien sabe Dios que siempre te he querido como á un hijo!...); lo que yo vengo á suplicarte es que te vuelvas... ¡que no entres en la Ciudad!--¡Te lo ruego, por lo que más ames en el mundo!
Manuel respondió sarcásticamente:
--_¡Por lo que más ame en el mundo!..._--¡Qué contradiccion y qué escarnio! ¿Cuántos amores cree usted que tengo yo?--_¡Que me vuelva! ¡Que no éntre en la Ciudad!..._--¡Eso es muy fácil decirlo; pero pídale usted á un rio que vuelva á la montaña, y verá qué caso le hace!...--En fin: ¿á qué cansarnos? Ya estoy al cabo de lo que usted tenía que decirme: que D. Elías sigue negándose á todo: que estamos como al principio: que tendré que luchar...--¡Pues lucharé cuanto sea necesario!...
--Tampoco es eso, Manuel...--Mi marido no se opone ya á nada...
--¡Ah! ¡D. Elías transige!... (exclamó el jóven, lleno de sorpresa y de alegría.) Pues, entónces, ¿qué nos detiene? ¿qué puede importarnos el resto del mundo?--Yo vengo dispuesto á todo... Yo le daré satisfaccion cumplida al pobre anciano... ¡Conozco que aquel dia estuve demasiado cruel!--Además, le traigo su millon...--Aquí lo tengo, en letras sobre Málaga...--¡Mi padre, al verme pagar esta deuda, bendecirá mi union con Soledad!...--¡Ah, señora!... Acabo de nombrar al alma de mi vida... ¡Hábleme usted de ella! ¡Hace ocho años que no tengo noticias suyas!...--Dígame usted que me quiere todavía...; que ella es la que ha vencido á su padre...--¡Se calla usted tambien!--Señora: tenga usted mejores entrañas... ¡Sáqueme de esta horrible angustia!--¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?
--Tranquilízate, hijo mio... ¡Me asusta verte así! (respondió la pobre mujer, llorando de nuevo.)--Yo te lo diré todo, si me juras volverte..., si me juras no entrar en la Ciudad...--¡Oh, no pongas esa cara!... ¡No te irrites!...--¡Dios mio! ¿Para qué querrá este hombre saber desventuras? ¿Para qué querrá ser tan desgraciado como yo?