El Niño de la Bola: Novela

Part 6

Chapter 63,910 wordsPublic domain

Diferentes causas de índole muy distinta contribuian tambien á ello...--¿Cómo no? Su noble cuna, el recuerdo de su heroico padre, sus desgracias, su excéntrica vida, su identificacion con el Niño de la Bola, sus pocas palabras y precoz austeridad, su grave cortesía con los buenos, su hermosura, su elegancia, la buena sombra que le prestaba un padrino tan popular como D. Trinidad Muley, el no conocérsele vicio alguno, la misma idea de que Soledad le amaba, y en fin, hasta el presentimiento de que algun dia castigase á _Caifás_, desagraviando á tantas y tantas víctimas de su insaciable sed de oro..., eran parte á sublimarlo á los ojos del pueblo, á acrecentar su autoridad ó su prestigio, y á convertirle en un héroe de los que luégo salen en romances y relaciones.

Y, á la verdad, aquel adolescente medio salvaje tenía mucho de legendario y superior, áun en el órden moral y metafísico. El alma heroica que heredara de su padre, si bien abandonada á sí misma por falta de educacion literaria, habia sido pulimentada por el dolor, por la soledad, por el estudio reflexivo de la naturaleza y por la ardiente devocion que fué resultado de la especie de éxtasis en que pasó tres años consecutivos. ¡Siempre meditando y callando en aquellos dos templos (la Iglesia y la Sierra); ya entregado á su dolor de huérfano, ya á su odio al verdugo de su casa, ya al amor de Soledad, ya á estos tres afectos en pugna, habia llegado á adquirir un gran conocimiento de las fuerzas de su espíritu, por lo cual no era extraño que, áun siendo tan jóven, se sobrepusiese al de los demas!--Pasábale lo que á Jacob, despues de su lucha con el Ángel.

Finalmente: hasta en el órden material, cúpole á Manuel la gloria, á la edad de diez y nueve años, de acometer y realizar una gigante empresa que lo acreditó é idealizó más que todas las anteriores en el supersticioso concepto del vulgo.--Aconteció (y con esta anécdota daremos punto por ahora al interminable relato de las hazañas del hijo de Don Rodrigo Venegas) que en el crudísimo invierno de 1831 á 1832 corrióse hasta los abrigados barrancos del Sur de aquella Sierra un enorme oso, procedente de las montañas de Astúrias, acosado por el hambre, ó sea huyendo de las copiosísimas nieves que cubrian por entero las otras Sierras de la Península. Horribles estragos comenzó á hacer el animal en los rebaños y áun en las personas, bajando á la llanura á atacar á los caminantes cuando no hallaba presa en los rediles, y pregonada fué su piel en una respetable suma por todos los Ayuntamientos de la comarca; pero cuantas partidas salieron á cazarlo, volvieron escarmentadas á sus hogares, ó muy ufanas y satisfechas... de no haber sido cazadas por él.--Así las cosas, y cuando nadie se atrevia á salir de poblado, no ya en busca del oso, sino á los asuntos más precisos, amaneció un dia la fiera cosida á puñaladas en medio de la Plaza de la Ciudad.

Indudablemente, á juzgar por las huellas de todo el camino, el cadáver habia sido llevado á rastra desde la Sierra; pero no se sabía quién era el autor de tal hazaña, ni nadie se presentó á reclamar el anunciado premio...

--«_¡Manuel Venegas ha sido! ¡Sólo él tiene enjundias para estas cosas!_»--exclamó, sin embargo, la voz popular.

Y, en efecto, pronto se supo que el llamado _Niño de la Bola_ habia llegado aquella misma noche, todo cubierto de sangre, á casa de D. Trinidad Muley, y que el barbero de éste le estaba curando tres grandes heridas que tenía en los hombros y en la espalda.

Á duras penas hízose confesar al jóven que él habia matado al oso, y referir la espantosa lucha á brazo partido que vióse obligado á mantener para ello (todo, por su manía de entónces, de no usar armas de fuego, que calificaba de _alevosas_); pero, en cambio, fué enteramente imposible hacerle recibir el mencionado premio.

--Se lo regalo (dijo Manuel) á Nuestra Señora de la Soledad, á quien encomendé mi vida y mi alma en el momento de mayor peligro.--¡Cómpresele un manto nuevo, y hágasele una funcion de primera clase!

Fácil es graduar el entusiasmo que estos hechos producirian en el público. La Ciudad entera visitó al herido durante las cinco semanas que tardó en curarse, no sin que se trajese á colacion en cada visita la gloriosa muerte de D. Rodrigo Venegas, cuyas heroicidades tenian tan digno continuador en su bizarro hijo.--Y, cuando éste salió á la calle, y se encaminó á la iglesia de San Antonio, á dar gracias á la Vírgen de la Soledad, no fueron saludos, sino aplausos y aclamaciones, los que recibió de todo el vecindario.

¿Y _Caifás_? ¿Y su hija? ¿Qué dirian á todo esto? ¿Á cómo estaban de odio y temores el uno, y de amor y esperanzas la otra, en vista del fabuloso crecimiento de aquella figura que les importaba más que á nadie?--Nada se sabía en el asunto; pues ni el padre ni la hija eran aficionados á revelar sus emociones, ni la señá María Josefa habia vuelto á parecer por casa de D. Trinidad.--Diremos, pues, únicamente (y esto debe bastarnos por ahora) _cuál era la línea de conducta de Manuel para con ellos_ (tercera parte del programa que por tan alto modo estaba cumpliendo nuestro enamorado).

En el trascurso de los tres años que duró este período de su vida, Manuel vió todos los domingos á Soledad durante una hora, bastándole para ello plantarse enfrente de su casa al amanecer y esperar allí á que saliese á misa con su madre. Era ésta muy religiosa, é incapaz por ende de tolerar que su hija dejase de cumplir _el precepto_, por manera que no hubo más arbitrio que arrostrar todas las consecuencias de aquel nuevo asedio del jóven, fuese cualquiera (que debió de ser muy grande) la oposicion que el sitiado D. Elías hiciese en un principio á tan peligrosa _salida de la plaza_.--No hay tirano doméstico con fuerza bastante para impedir que su mujer y su hija cumplan los deberes religiosos que les impone su conciencia; y, además, el prestamista, aunque _no practicara_ (por horror á poner los piés en la calle), era católico, apostólico, romano,--ó queria parecerlo.

Afortunadamente, en el programa de Manuel no entraba entónces hostilizar de manera alguna á don Elías, ni dar ningun paso directo con relacion á Soledad. Limitábase, pues, á esperarla, á verla pasar, á seguirla de léjos, á situarse en la Iglesia de modo que pudiera estar mirándola á su sabor, á aguardarla despues en la puerta, y á darle nueva escolta hasta que la dejaba encerrada en el palacio.--Ni más ni ménos hacía; pero esto, combinado con la imponente conducta que seguia respecto del público, bastaba á su atrevido propósito,--que era _hacer el vacío_ alrededor de la hija del usurero, acotarla para sí, declararla suya, estorbar que nadie la pretendiese, poner entre ella y el mundo el temido poder de su corazon y de su brazo.

La madre y la hija pasaban junto á él graves y tristes; sin mirarlo nunca (pues tal debia de ser su consigna), pero viéndolo siempre...--Las mujeres no dejan de ver jamás lo que les importa...--Ni Manuel se condolia de que no lo mirasen ni saludaran: decíale su alma leal que aquella tristeza era una especie de saludo: figurábase las terribles órdenes que habrian recibido del usurero, con quien llevaba cuenta aparte, y las compadecia profundamente, léjos de tenerles rencor...--¡Estaba tan seguro del afecto y simpatía de ellas!--Añádase á esto (aunque sea revelar una cosa muy delicada) que Manuel creia haber sorprendido algunas veces á Soledad mirándole de reojo...

La interesante jóven habia ido creciendo en gracias y hermosura, y, al terminar aquellos tres años, era una mujer tan exquisita y bella, de aire tan misterioso y poético, de talle tan fino, esbelto y seductor, con unos ojos negros tan melancólicos y tan sombreados por largas y sedosas pestañas, con una palidez tan interesante, con unas manos tan blancas y tan lindas, con tal señorío en toda su persona y tal seriedad en su lujoso vestir, que la imaginacion popular comenzó á inventarle dictados y calificativos laudatorios, y, despues de haberle llamado la _Niña de plata_, la _Perla judía_, la _Perla robada_, el _Terron de azúcar_, y otras cosas por el estilo, le puso el nombre de la _Dolorosa_, que era el que mejor le cuadraba y con el que se quedó definitivamente, segun hemos visto en otro lugar.--Parecia, en efecto, una Imágen de la Vírgen de los Dolores; sólo que su tristeza no rayaba en afliccion, y tenía más de altiva que de dulce... Pero los trajes negros, las tocas blancas y los adornos de oro y pedrería de que siempre iba recargada contribuian, en cambio, á justificar aquel peregrino sobrenombre.

Digamos además que la popularidad de Manuel se reflejaba en la que era señora de su corazon, y que todos la veian con tanto respeto y benevolencia, como odio y mala voluntad profesaban á su padre.--Ni ¿qué sabemos? ¡Es tan especiosa á veces la conciencia del vulgo para transigir con sus flaquezas é idolatrías! Los millones acaban por fascinarlo y obtener su pleito homenaje, cuando ya no se ve posibilidad de destruirlos, ó sea de privar de ellos al que los posee. De aquí el que prescriba la accion pública (ó sea la accion del escándalo) contra las riquezas ilegítimas largo tiempo gozadas, como prescriben al cabo de ciertos años algunas acciones legales, por muy fundadas que sean.--«_Poseer_ (dice un axioma jurídico) es una de tantas formas de _adquirir_»... Y hay que tener presente que D. Elías llevaba ya nueve años de quieta y pacífica posesion del caudal de los Venegas, y doble y triple tiempo de ser dueño de otros millones...--Debia, pues, de estar próximo el dia del indulto (ya que no de la amnistía) de la opinion general, y, entretanto, no pesaba su anatema sobre la inocente niña, en quien ya se reconocia, por lo visto, la indemnidad de los _segundos poseedores_; como tampoco habia pesado nunca sobre la señá María Josefa, en la cual se apresuró la plebe á reconocer otro título á su consideracion, á fin de tener abierta alguna entrada moral en casa del millonario: el título de «excelente y compasiva mujer, muy apesarada de las crueldades de su marido»;--cosa que, por otra parte, era cierta.--En resúmen: ya fuese por estas razones, ya por deferencia al benemérito Manuel ya por su propia gentileza y hermosura, ó por todos estos motivos juntos, Soledad gozaba del aprecio, de la aficion, de la simpatía del vecindario, si exceptuamos algunas hembras de su clase y edad, que le envidiaban particularísimamente el romántico amor del gallardo hijo de D. Rodrigo Venegas, sobre todo cuando éste comenzó á tener dinero, vistió con lujo y compró caballo.

Nuestro jóven no cesaba de mirar á la gentil doncella, con una ingenuidad y una valentía más propias del estado salvaje que del civilizado, desde que la veia salir del antiguo caseron hasta que la dejaba en él, y muy especialmente durante la misa, cual si creyera que su devocion á la llamada _Dolorosa_ le eximia de atender al incruento Sacrificio.--Soledad, en cambio, no quitaba los ojos del Altar, arrodillada contínuamente desde el principio hasta el fin de la santa ceremonia, rezando sin interrupcion, á juzgar por el leve movimiento de sus labios de serafin y á las muchas cuentas que pasaba del rosario...--Pero ¿quién sabe dónde estaria su alma?--Al enamorado mozo le decia el corazon que aquel ángel estaba pidiendo al cielo el triunfo de su mutuo cariño...; mas nosotros no tenemos datos suficientes para negar ni afirmar semejante cosa, ni tan siquiera para responder de que la jóven rezase verdaderamente...--¿Acaso no hay personas dotadas del don especial de no ver lo que miran y de ver lo que no están mirando? Pues ¿quién nos dice que Soledad no era una de ellas, y que, miéntras clavaba aparentemente los ojos en el Altar, no contemplaba la gallarda figura de Manuel Venegas?

Repetimos que todo lo creemos posible... Ello es que el interesado (hombre de instintos muy seguros) salia siempre de la Iglesia, loco de amor y felicidad, acariciando risueñas esperanzas...

Conque vayamos derechos al asunto, ó sea á decir cómo se preparó y realizó el mencionado lance que puso término á este período de la vida de nuestro héroe.

X.

EL EMPLAZAMIENTO.

Cuando el reflexivo y cauteloso D. Elías llegó á penetrarse de que Soledad, la única persona á quien habia amado y favorecido desinteresadamente, podia servirle de escudo y defensa contra la ira de Manuel y contra la indignacion ó la mofa del pueblo («_que tal es siempre_--observaron á este propósito los moralistas--_el fruto de las buenas acciones_»); cuando se convenció, digo, de cuánto la queria y veneraba el jóven Venegas y de cuánto la admiraba y respetaba el público (sentimientos cuyos beneficios materiales no podrian ménos de alcanzar al que, en medio de todo, era padre de tan gentil y meritoria criatura), hizo rápidamente una completa revolucion en su vida y costumbres.

Comenzó el viejo por aventurarse á ir á misa, cosa que deseaba hacía mucho tiempo, para librarse de la fea nota de _judío_, _rabote_, _hereje_ y otras lindezas que le aplicaba el vulgo; propasóse luégo á salir al campo, segun lo requeria su salud, á juicio del médico de la casa, y acabó, finalmente, por asistir á los paseos públicos y á las fiestas populares, como cualquier hijo de vecino..., ó poco ménos.--Todo ello (bueno es hacerlo constar), aprovechando la temporada que Manuel estuvo herido por consecuencia de su lucha con el oso...

Tambien debemos advertir que en aquellas salidas lo acompañaba constantemente Soledad, y nunca la señá María Josefa, á quien el millonario seguia mostrando tanta esquivez y desprecio como adoracion fanática á la hija de que le era deudor.--«_Hay hombres que son así, y que con dificultad la hacen limpia, áun tratándose de sus más sagrados afectos_»...--solia exclamar con este motivo la licurga hermana del ama de gobierno de D. Trinidad Muley.--Á misa iban á la Catedral, como templo más respetable ó respetado que los otros...--Para ir á paseo, habia habilitado el prestamista un viejísimo coche ó carroza de los Venegas, que encontró en la leñera del antiguo palacio...--Y, cuando habia procesion ó castillo de fuego que ver, nunca faltaba un balcon de tal ó cual deudor moroso, cuyo domicilio tuviese puerta falsa á alguna solitaria calleja, por donde entrar con el debido recato.

Era, pues, siempre dramática, por lo inesperada y repentina, la aparicion de D. Elías y de Soledad en la ventana ó balcon que caia á la plaza ó calle donde se preparaba la fiesta y hervia el concurso...

--«_¡La Dolorosa! ¡La Dolorosa!..._ (oíase decir por todos lados.) ¡Qué hermosa está! ¡Qué bien vestida viene! ¡Qué perlas trae! ¡Lleva un caudal encima!»...--Y sólo al cabo de algun tiempo fijábase la atencion en D. Elías Perez (ya no era moda decirle _Caifás_), á quien unos hallaban mucho más viejo que ántes, otros perfectamente conservado, algunos mejor vestido y ménos antipático que en 1823, y todos merecedor de perdon y olvido despues de tantos años de encierro.--«Si delinquió (parecia decir la actitud del Coro), ¡bien ha expiado su crímen! ¡Dispensémosle al ménos la acogida indulgente que no niega nadie á los penados que han cumplido su condena!--En medio de todo, D. Rodrigo Venegas era un despilfarrado, que de una ú otra suerte habria muerto en el hospital, y, en cuanto al _Niño de la Bola_, ¡ya veis que tampoco ha nacido para Ministro de Hacienda! ¡No bien ha reunido un poco dinero, ha comprado caballo!...--Los ricos nacen, y los pobres se hacen.»

La primera vez que nuestro héroe vió clara y distintamente al padre de su amada fué aquel dia que salió á dar gracias á la Vírgen de la Soledad despues de su convalecencia.--Huyendo de las demostraciones de entusiasmo que lo abrumaban en la calle y de las visitas que seguian inundando su casa, se encaminó á pié á un cortijo próximo, que habia sido de su padre, donde existia una fuente muy provechosa para los que necesitaban recobrar fuerzas..., y allí encontró, enteramente solo, de pié junto al manantial, y sumido en profunda meditacion, á un anciano de elevada estatura, cuyo grave y austero rostro y fria y penetrante mirada recordó haber visto hacía años, al traves de un vidrio, en un balcon de su antigua vivienda...

--¡El padre de Soledad!--pensó el jóven, retrocediendo un paso.

Don Elías alzó los ojos al propio tiempo; vió y reconoció á Manuel, y se puso más amarillo que la cera; pero no hizo movimiento alguno que demostrase la índole de aquella emocion.

Manuel volvió á andar el paso que habia desandado, y comenzó á medir al viejo de abajo á arriba y de un lado á otro, con aquella franca y valerosa mirada que le era habitual, sólo comparable á la del toro que descubre en la dehesa á un importuno, y no sabe si arremeterle ó perdonarlo...

El altivo viejo siguió inmóvil, mirando aparentemente hácia otra parte, pero sin perder de vista al bravo mancebo, cuyos ojos comenzaban á despedir cierta rojiza lumbre...

En tal situacion, de todo punto insostenible, oyóse en el vecino olivar una dulcísima voz de mujer, que gritaba alegremente:

--¡Papá! ¿Dónde te has metido?

--¡Ella!--pensó Manuel, temblando como un azogado y retrocediendo de nuevo, no ya un paso sólo, sino otros muchos, bien que con perezosa lentitud...

El anciano no respondió á su hija ni se movió de su puesto...--Pero, cuando vió desaparecer (siempre andando hácia atras) al famoso _Niño de la Bola_, sonrió de una manera indefinible, y se dirigió al sitio donde habia sonado la voz mágica, y esta vez providencial, de la que era reina y señora de aquellas dos almas enemigas.

Manuel se apostó en el camino para ver pasar á la jóven á su regreso, y quién sabe si para seguirla, como de costumbre, pesárale ó no le pesara al despótico anciano; pero el pobre no contaba con la remozada carroza de sus abuelos, que cruzó á escape entre nubes de polvo, no dejándole columbrar ni la más leve sombra del dulce objeto de sus ánsias...

Á nadie cupo despues duda de que una escena tan insignificante al parecer, y tan significativa en el fondo, contribuyó en gran parte á que D. Elías y el jóven Venegas cometiesen al cabo de algunas semanas las graves imprudencias que abrieron entre ellos un nuevo abismo...--Y fué que desde aquel encuentro, en que no hubo colision ni agravio alguno, ambos dejaron de considerarse tan extraños y terribles el uno para el otro como en realidad seguian siéndolo; ambos se acostumbraron á verse sin gran sobresalto en la calle ó en la Catedral; y ambos llegaron por consecuencia á chocar de frente el dia ménos pensado, en las peores circunstancias que pudo excogitar el infierno para hacerlos de todo punto incompatibles...

El caso fué el siguiente.

En Abril de aquel mismo año; cuando Manuel tenía 19, Soledad 17 y medio, D. Elías 68, la señá María Josefa 56, D. Trinidad 40, su ama de llaves 59, y 63 la hermana del ama, obtuvo la _Dolorosa_ de su reanimado padre que la llevara, como pretendia hacía tiempo, á las funciones que por entónces celebra anualmente en la parroquia de Santa María de la Cabeza la Hermandad del Niño de la Bola.

Consistian (y siguen consistiendo) estas funciones en una Misa con Señor Manifiesto, Sermon y Comunion general, el domingo por la mañana; solemnísima Procesion por todo el barrio, aquella misma tarde, y Baile de Rifa á la tarde siguiente;--y en todas ellas solia representar, hacía tres años, mucho papel el hijo de D. Rodrigo Venegas, como individuo de la Cofradía, y amigo particular y dos veces tocayo del Niño Jesus.--Extrañóse, pues, generalmente aquel año que Manuel, aunque se hallaba en la Ciudad, y nunca desperdiciaba medio de ver á la _Dolorosa_, no asistiese ni á la Misa ni á la Procesion, donde hubiera admirado, como todo el mundo, la hermosura, lujo y donaire de la hija del prestamista, la cual estrenó aquel dia dos trajes, hechos en la Capital por la modista de las condesas y marquesas, á cual más rico, elegante y vistoso.

Llegó así la tarde de la Rifa, ó del Baile de Rifa, que, entónces como ahora, se celebraba en las afueras del pueblo, en una especie de arrabal de cuevas abiertas á pico sobre un anfiteatro de cerros de compacta arcilla, donde vive la gente más pobre de la poblacion. Allí las madres de las criadas que sirven en el casco de la Ciudad, colocan delante de su respectivo tugurio todas las sillas que poseen, á fin de que las ocupen los amos de sus hijas, convidados préviamente á aquella fiesta, donde las señoras estiman mucho un buen puesto en que reunir tertulia al aire libre, lucir sus atavíos, ver la Rifa y el Baile, y hasta arrostrar las más encopetadas el deseado compromiso de bailar un poco, cual si fuesen humildes mozuelas de la clase baja.

Porque es de advertir (y nos urge decirlo, y no añadiremos ni quitaremos nada á la estricta verdad de lo que todavía sucede en aquella y otras comarcas de la Península española) que, en tales bailes, celebrados enfrente de un altar portátil donde se ve la Efigie del festejado Santo, Vírgen ó Señor, tiene el público facultad amplísima de pedir y rifar por medio de puja ó subasta, así el que Fulana baile ó no baile con Mengano, como el que éste no abrace, ó abrace de nuevo, á aquella con quien acaba de bailar...,--dado que lo que allí se baila y se ha bailado siempre es el fandango puro y neto, cuya danza termina de obligacion, como ya sabreis, con un inexcusable abrazo de cada pareja...--Los que no quieren que se realice lo que otro desea y paga, tienen que dar á la Cofradía, ó sea al necesitado Santo, mayor cantidad de dinero; y de esta suerte, que bien merece tal nombre, se reunen crecidos fondos para el culto de la venerada Imágen...--¡Veinticinco ducados le costó una vez á cierto Corregidor el que su esposa no bailase con el pregonero!

La mencionada tarde habian comenzado ya la Rifa y la danza, con tanta más animacion y júbilo, cuanto que la _Dolorosa_ asistia por primera vez á la fiesta y ocupaba asiento preferente delante de la Cueva en que el Mayordomo de la Hermandad y el Cura de la Parroquia (D. Trinidad Muley) habian plantado los Reales de la presidencia, ó sea el altar del Niño de la Bola.--Tambien contribuiria acaso al general contento la circunstancia de no haberse presentado tampoco en esta funcion el temido personaje humano del mismo sobrenombre, á cuya ausencia iban acostumbrándose ya todos, no sin cierta recóndita satisfaccion de algunos, pues así les era más fácil mirar á sus anchas y hasta dirigir alguna flor á la hermosa hija del millonario, ó conversar con éste acerca de cosas íntimas y desgraciadamente reales de este pícaro mundo, en el que la falta de dinero obliga muchas veces á los hombres á esconderse de sí mismos, aunque sólo sea durante pocas horas, para tener luégo que andar toda la vida cuestionando con su propia conciencia, como con una implacable esposa á quien se ha hecho alguna mala pasada...--Ello es que D. Elías Perez encontrábase allí, tan regocijado como todo el mundo, muy atendido y bien tratado por los circunstantes, cruzando algunas palabras con ellos, y hasta riéndose contra su costumbre,--cual si al pobre viejo le alegrase el alma aquel tardío rayo de popularidad refleja que doraba el ocaso de su vida en el invierno precursor de la muerte.--¡Cuánto, cuánto le debia á la hija de su corazon! Y ¡con qué embeleso se volvia hácia ella y la contemplaba, diciéndole al oido á cada instante:--«¿Qué miras? ¿Te gusta aquel aderezo? ¿Te agrada aquel vestido? ¿Quieres que te compre otro igual?...»

Pronto se nubló en la frente del anciano aquella luz de gloria, para no volver á brillar nunca...

--¡Manuel Venegas viene!...--¡Ya está ahí _El Niño de la Bola_!...--oyóse murmurar entre la muchedumbre.

Y un lúgubre presentimiento enlutó algunas almas, miéntras que otras experimentaron no sé qué gratuita y poco envidiable complacencia.