Part 5
Manuel quedó embelesado, y sin poder continuar su discurso, al reparar en los nuevos hechizos que hermoseaban á la gentil criatura con quien se habia desposado su espíritu desde la niñez, y bajó un momento los ojos, como deslumbrado por tanta belleza...
Era enteramente el reverso del famosísimo primer saludo de Fausto á Margarita: ella representaba la seduccion y él la inocencia.
--Soledad... (prosiguió diciendo el semi-salvaje, con voz tan mansa y melodiosa que hubiera enternecido al más feroz tirano.) Dile á tu padre, de parte de Manuel Venegas, que de tí depende el que él y yo seamos amigos. Dile que te quiero más que á mi vida, y que estoy pronto á perdonarlo, si consiente en casarnos cuando tengamos la edad, por cuyo medio quedarán arregladas antiguas cuentas y se evitarán muchos disgustos... Dile que yo estudiaré y trabajaré entretanto, á fin de llegar á ser un hombre de provecho... Y, en fin, dile que tu madre y D. Trinidad Muley entran gustosos en estas paces.
--«_¿Y yo?_»--pudo preguntar la niña.
Pero se guardó muy bien de preguntarlo.
Tampoco respondió cosa alguna. Sólo habia sido fácil notar que, cuando oyó al huérfano declarar su cariño en términos tan vehementes y decir lo de la conformidad de la madre y del Cura, bajó los párpados y se mordió los labios, como para ocultar y reprimir sus emociones.
Acabado que hubo Manuel su breve discurso, Soledad intentó de nuevo seguir marchando; pero el jóven volvió á detenerla con la mayor finura, y añadió lo siguiente:
--Mañana, á estas horas, te aguardaré aquí mismo para que me des la contestacion de tu padre.
Dicho lo cual, la saludó muy políticamente, quitándose el sombrero y dejándole franco el camino.
Fué entónces la misma Soledad quien se detuvo porque quiso, clavando en Manuel una larga mirada de cariño y de enojo, parecida á una reconvencion: movió luégo los labios con ternura, como para decirle alguna cosa; pero se arrepintió en seguida, y bajó los temerarios ojos, con no sé qué tardía modestia: sonrió, en fin, levemente, como burlándose de su propia audacia ó de su propio miedo, y echó á correr, que no andar, hácia el palacio.
Ya era tiempo: pues en aquel instante comenzó á tronar una voz terrible al otro lado del porton; vióse salir muy asustada á la señá María Josefa en busca de su hija, y notóse que el supersticioso criado daba explicaciones y excusas á la persona invisible que rugia dentro del portal.
Manuel, en medio del inefable arrobamiento que le habia causado la indefinible mirada de la jóven, sintió vibrar en su pecho la ira, y estuvo para correr tambien hácia el palacio. Pero luégo se dominó bruscamente, y, encogiéndose de hombros, tomó el camino opuesto con majestuosa lentitud, sin volver la cabeza para ver lo que seguia ocurriendo en la plaza,--de donde salió, á punto que cesaron las voces y se oyó cerrar el porton.
--¡Mañana veremos!...--iba diciéndose el mozo con la tranquilidad de la justicia y de la fuerza.
VIII.
PERIPECIA.
El dia siguiente, á las once de la mañana, estaba ya Manuel á la puerta del Colegio, en busca de la contestacion que aguardaba de parte de D. Elías, y, miéntras era llegada la hora de que la niña saliese de aquel santuario (donde vulgarísimas muchachas y estólidas maestras--así suelen discurrir los enamorados--tenian la gloria de verla coser y de oirla decorar sus lecciones, como si ella fuese tambien criatura mortal), el pobre mancebo se paseaba, lo más léjos posible del mudo caseron, enmarañando y devanando por centésima vez en su memoria todas las palabras que dijera la víspera á la señora de sus pensamientos y todas las temeridades y locuras que desde entónces se le habian ocurrido sobre la significacion del rubor, de la mirada, del enojo, del desenojo, del miedo, de la sonrisa y de la fuga de la intrépida y silenciosa adolescente.
De lo que no podia dudar, de lo que no dudaba, de lo que estaba segurísimo era de que Soledad le amaba: no ya porque D. Trinidad Muley se lo hubiese contado, con referencia á la mujer del usurero, sino porque á él se lo habia dicho todo su sér, enajenado de un gozo y una delicia que no podian engañar á su leal naturaleza, desde que recibió aquella mirada (reveladora de dulces y ya presentidos misterios) con que la niña, trocada en mujer, habia transfigurado al niño en hombre.
En cuanto á lo que pudiese contestar D. Elías á su demanda, Manuel estaba tambien completamente tranquilo.
--¿Qué mejor recurso le queda al acorralado _Caifás_ (decíase el jóven, rebosando júbilo, soberbia y confianza) que transigir conmigo, que escapar á mi furia, que liquidar amistosamente con el espectro de mi padre, con el público y con Dios?--¡Nada! ¡Nada! ¡Soledad es mia! ¡Terminaron mis penas! ¡Desde mañana comenzaré á trabajar, y dentro de cuatro ó cinco años seré bastante rico para casarme con mi adorada!
Á todo esto iban á dar las doce, y el cobrador del prestamista no salia del palacio en busca de la educanda...--¿No habria ido ésta aquel dia al colegio?--¡Los minutos se le hacian siglos al impetuoso Venegas, y desde aquel instante comenzó á dudar de la solidez del edificio de esperanzas que poco ántes le pareciera tan seguro!...
Dieron, por último, las tres Ave-Marías todos los campanarios de la poblacion, y las niñas comenzaron á salir del Colegio, primero en grupos, luégo desperdigadas...--¡Soledad era la única que no salia! ¡Y el criado no iba tampoco por ella!
Manuel no pudo contenerse más, y, acercándose á una colegialilla de cinco ó seis años que se habia quedado rezagada y pasó cerca de él, le preguntó con afectada indiferencia:
--Dime, niña: ¿y Soledad? ¿No ha venido hoy al colegio?
--No, señor... (respondió el gorgojo.) La han quitado... ¡por mala!
--¡Ah viejo infame!--gritó Manuel, volviéndose hácia el caseron con el puño cerrado, como amenazando derribar aquellas paredes y sepultar bajo sus escombros á D. Elías.
Y se encontró cara á cara con D. Trinidad Muley, que hacía ya un rato estaba interpuesto estratégicamente entre su atolondrado pupilo y la casa del usurero.
--¡Tienes razon! ¡Es un pícaro; y por eso he venido yo á buscarte!--dijo el clérigo, cogiendo de un brazo á Manuel.
--¡Señor Cura! (exclamó éste con respeto, pero tambien con desesperacion.) ¿Por qué no me dejó usted morirme el dia que enterraron á mi padre?
--¡Muchacho! ¿qué dices? ¡Eso es una blasfemia! (contestó D. Trinidad, estremeciéndose.)--Anda... Vámonos de aquí... Tenemos que hablar.--El dia está bueno, y tomaremos el sol en el Camino de las Huertas.--Allí no hay nadie á estas horas.
Manuel habia inclinado la cabeza sobre el pecho, y caido en una profunda meditacion.
--Vamos... vamos... Sígueme... (continuó diciendo el Sacerdote.) No te abatas de esa manera... Para todo hay remedio en este mundo, máxime cuando se tienen sentimientos cristianos...--Yo te diré la marcha que debes adoptar, en vista de la oposicion de ese zorro viejo...--Conque anda; que aquí hace mucho frio.
El jóven siguió á su protector, sin levantar la cabeza, pensando más, indudablemente, en sus propios recursos y en los atrevidos planes que formó aquel dia, que en lo que el Cura tuviera que decirle.
Llegados al próximo Camino de las Huertas, D. Trinidad Muley (de quien hemos olvidado decir que, á los treinta y siete años de edad, era ya excesivamente grueso), paróse como una nave que da fondo; quitóse el enorme sombrero de canal, limpióse el sudor con un gran pañuelo de hierbas, tomó aliento dos ó tres veces, y habló así:
--Pues, señor: ¿para qué andar con circunloquios? ¡Es menester que olvides á Soledad! Su padre te aborrece con sus cinco sentidos, y no te la entregará nunca.--«_¡No me lo nombres!...--¡Prefiero verte muerta!_» le dijo ayer, en contestacion á tu sensato mensaje: é inmediatamente mandó al Colegio por la silla y demas efectos de la muchacha, haciendo decir á la maestra que Soledad era ya demasiado grande para ir á la _amiga_.--Todo esto me lo acaba de contar la señá María Josefa con las lágrimas en los ojos...--Suyo era el recado que recibí esta mañana de que aguardase á una persona que iria á hablarme á las once y media en punto...--La pobre mujer no queria verte, y sabía que á esa hora estarias en la puerta del Colegio...--Conque ¡lo dicho! ¡Es menester que me des palabra de honor, y hasta que me jures, no volver á acordarte de Soledad!
Manuel seguia con la cabeza baja y aparentemente tranquilo, en cuya actitud, y viendo que el Cura habia callado, le preguntó muy despacio:
--Dígame usted: ¿Y Soledad? ¿qué ha respondido á su padre?
--¡Nada!... ¿Qué habia de responderle?
--Pero... ¿ha dado muestras de sentimiento?... ¿ha llorado?...
--Soledad es como tú... ¡Soledad no llora!--Tambien se lo he preguntado yo á su madre...--¿Crees que, porque estoy vestido de Cura, no entiendo yo de estos negocios?
Manuel continuó preguntando:
--Y ¿qué dice la señá María Josefa? ¿Sigue creyendo que su hija me quiere? ¿Espera que se someterá á la voluntad de su padre?
--¡Mira, niño!... (respondió el Cura muy amostazado.) ¡Aquí no hemos venido á hablar de Soledad, sino de tí!--¡Á mí no me mareas tú!
--¿De modo que no quiere usted decirme la opinion de la madre?--exclamó el jóven con sentido acento.
--¡No, señor!... ¡De ningun modo!
--Corriente. ¿Qué le hemos de hacer? Usted es mi segundo padre... y no hay más que tener paciencia.--¡Yo veré cómo me las compongo!
--¡Malo, malo, Manuel! Tú no me quieres... ¡Ya empiezas á echar bravatas!...--¡Esa pícara soberbia ha de ser tu perdicion en este mundo!
--Se equivoca usted, señor Cura. Yo quiero á usted como un hijo; ¡pero quiero tambien á Soledad con toda mi alma!
--¡Pues es menester que no la quieras, aunque revientes! Es menester que la olvides por completo...--Te lo mando... ¡Te lo suplico yo!
--¡Imposible, D. Trinidad, imposible! (contestó Manuel con un reposo y una dulzura que dieron á sus palabras más energía que si las hubiese dicho en el calor del entusiasmo.)--¡Aconsejarme que me desprenda de Soledad es pedirme toda la sangre de mis venas, y, suponiendo que la derramara, y que pudiese criar otra, tambien sería suya, á media vez que pasara por mi corazon!--Padre, mi corazon es de Soledad, como la piedra es del suelo, que, por muy alto ó muy léjos que la tiren, siempre va á parar á él.--Yo he pasado tres crueles años en la Sierra, lidiando por arrancarme este cariño, cuyas raíces corren por todo mi cuerpo y toda mi alma...; yo lo he expuesto en aquellas alturas al furor de los huracanes desencadenados, á ver si lo desarraigaban de mi sér, y sólo he conseguido fortalecerlo más y más por consecuencia de tan contínua lucha.--Dígame usted ahora qué camino me queda.--¿Morirme? ¿Matarme?--¡Pues no quiero; porque eso es alejarme de Soledad!
--Muchacho, ¡tú eres el demonio! (respondió el Cura.) ¡Tú hablas como los libros prohibidos, sin que nadie te haya enseñado!--Y lo peor del caso es que no sé qué contestarte...--Por consiguiente, dime tu plan; pues de fijo tendrás alguno...
--¿Yo? (replicó Manuel con fanática tranquilidad:) Yo no sé lo que pasará el dia de mañana, ni por dónde habrá que romper esta cadena que llevo liada al cuerpo...--¡De lo que estoy seguro es de que Soledad será mia!
--Pero... ¿si no te quisiera?...
--¿Se lo ha dicho á usted su madre?
--¡Dale, bola! Su madre no me ha dicho eso..., sino precisamente lo contrario... La pobre mujer sigue creyendo que su hija se alegraria muy mucho de que el viejo transigiese contigo...--¿Pero si (lo que es un suponer...) te olvidase la muchacha...?
--¡No me olvidará, señor Cura!
--Bien...; pero si D. Elías se empeñase el dia ménos pensado en casarla con otro...
--¡Tampoco puede suceder eso!
--¿Cómo que no?--Figúrate que la solicitara algun ricacho, algun hombre de proporciones...
--No la solicitará nadie.--Todo eso es cuidado mio.
--¡Manuel!
--¡Señor Cura!
--¡Me das miedo!
--¡Y con razon! ¡Hay veces que yo tambien me asusto de mí mismo!
--¿Qué piensas hacer?
--¡Sábelo Dios!--Soledad me pertenece, y yo trato de defenderla...--No le digo á usted más.
--Pero yo no puedo consentir... Yo no consentiré nunca que te dejes llevar de esa soberbia satánica que vas descubriendo...--¡Tenlo entendido desde hoy!--Yo soy cristiano; yo soy sacerdote...--Á mí me gustan los valientes; pero no los iracundos...; y, por lo tanto...
--¡Comprendo! ¡comprendo!...--Me arrojará usted de su casa...--¡Es natural, y yo tendré paciencia!
--¡Véte al demontre! ¿Quién te habla de semejante cosa?--Lo que digo que no consentiré es que hagas nada contra la Ley de Dios..., ni creo que tú seas capaz de infringirla...--Pero, si tal haces, cuando tanto esmero he tenido en enseñártela, me moriré de pena de que no seas mi verdadero hijo... (¡en cuyo caso te abriria en canal!), y de vergüenza de haberte criado casi á mis pechos...
--Tranquilícese usted, mi buen padre... (respondió Manuel con aquella gravedad que no debia á los años, sino á la tristeza de su vida.) Yo no quiero más que justicia seca... ¡justicia para todos!--Defenderé mi derecho, y lo haré respetar por todo el mundo: protegeré la libertad de la pobre niña, é impediré que su padre la sacrifique, como me ha sacrificado á mí; y por estos sencillos medios, no lo dude usted..., Soledad será mi esposa.
--Tú te entenderás..., y yo no te perderé de vista.--La verdad es que no hay que matar al sastre en una hora... ¡Os queda mucho tiempo!--Tú mismo, aunque saliste bruscamente de la niñez, hace seis años, cuando se murió tu padre, y te volviste un somormujo, todavía no tienes edad de pensar en casorios.--Y, en cuanto á la mozuela... ¡ya ves tú!... catorce años... nada... una hierbecilla... ¡un diablo que os lleve á los dos!--¡Jesus! ¡tengo un hambre! ¡Debe de ser más de la una!...--Todo esto sin contar, mi querido hijo, con que D. Elías pasa de los sesenta años y se puede morir cuando Dios disponga.--¡Sesenta y cinco tiene segun mi cuenta!...--¡Además, ha habido muchos padres (yo recuerdo algunos) que primero han dicho que no y luégo que sí!...--Dios es grande y misericordioso: aprieta, pero no ahoga; y, en teniendo uno la conciencia tranquila...--¡Diantre! ¡La una en el reloj de la Catedral!--Anda... anda... démonos prisa; que hoy la sopa es de fideos, y ya estará Polonia echando venablos...--Chiquillo, ¿no me oyes? ¿en qué piensas? ¿tendré yo tambien que pedirte el abrazo de paz?--¡Pues te lo pido!--¿Estás ya contento?
Manuel abrazó, en cuanto era posible, la respetable mole de D. Trinidad Muley, y no contestó palabra alguna; pero en su noble y hermosa frente se leian temerarias resoluciones.
IX.
OPERACIONES ESTRATÉGICAS.
Desde aquel triste dia hasta la fecha del ruidoso lance que obligó á Manuel á salir de la Ciudad (para no regresar á ella en el espacio de ocho años, segun indicamos en el Libro Primero de la presente historia), cumplió nuestro jóven con asombrosa firmeza de carácter el vasto programa que habia concebido en el Camino de las Huertas y cuyos pormenores no creyó oportuno explicar al buen Cura de Santa María;--programa atrevidísimo y sumamente complicado (á lo que se vió despues), que contenia tres líneas paralelas de conducta: una para consigo mismo, otra para con el público, y otra para con D. Elías y Soledad.
Respecto de sí mismo, habia resuelto trabajar, ganar dinero, conquistar su independencia, no sólo para dejar de ser gravoso á su protector, sino para ir reuniendo un pedazo de pan que ofrecer algun dia á su adorada, seguro de que ella lo aceptaria gustosísima, dejando inmediatamente á D. Elías y sus mal ganados millones por los puros goces del amor y de la virtud, únicas bases firmes y duraderas de la felicidad del alma...
La Sierra, aquel tesoro que entónces no era de nadie, y al cual por ende tenian derecho todos, á título de aprovechamiento comun, fué tambien en esta ocasion el ancho campo de la actividad y gigantesco poderío del huérfano. Pero no ya para fantasear allí, corriendo inútiles peligros, ó para gozar á sus anchas de la libre vida de la naturaleza, sino para sacar abundantísimo fruto de las sábias y providenciales lecciones que le diera su padre y del propio conocimiento por él adquirido acerca de los misterios y riquezas de la maravillosa Montaña que en otra obra nuestra nos atrevimos á denominar «_la Madre de Andalucía_.»
Industrias allí olvidadas desde la expulsion de los Moriscos, ó en desuso desde la muerte de D. Cárlos III, y no pocos provechos y explotaciones que hasta época recientísima no han merecido la atencion de las gentes, sirvieron de objeto á la pasmosa inventiva y titánica laboriosidad de Manuel, el cual, sin ayuda ajena, por no divulgar secretos que poseia él sólo, fué juntamente herbolario, cazador con destino á la peletería, maderero de especies extrañas y preciosas, colector de bichos raros, cantero de jaspes y de serpentina, y lavador de oro.
Estas tres últimas faenas, especialmente, le produjeron pingües utilidades.--Hállase el oro en abundancia entre las arenas de un rio nacido en aquellas alturas, y si tal riqueza no ha bastado hasta ahora á convertir la comarca en una especie de Perú, consiste en que la operacion de extraer y _lavar_ dichas arenas es tan larga y penosa que cualquier hombre, trabajando doce horas al dia, apénas reune el oro bastante para costear el pan que se come... Y por lo que toca á los jaspes y á la serpentina, aunque se presentan á flor de tierra en los altos barrancos rodeados de eternas nieves, su arrastre es tan difícil y peligroso, que sólo raras veces y para la decoracion de suntuosas iglesias se habia acometido el arduo empeño de utilizarlos...--Pero ¿qué eran tales inconvenientes, tratándose de un hombre de los extraordinarios recursos de Manuel? ¿Quién vió reunidas nunca tantas luces naturales, tanta fuerza física, tanta agilidad y tan inquebrantable perseverancia? ¿Quién conocia como él la Sierra? ¿Quién estaba tan hecho á sus rigores, tan familiarizado con el laberinto de sus senderos, tan práctico en el modo de trepar á sus cumbres ó de bajar á sus hondos precipicios?--Desvió, pues, las aguas de sus cauces, construyó presas y balsas, condensó por decantacion las hojuelas y pajitas de oro, como hoy se hace en la California, y, por estos medios, hubo semana que recogió más de treinta adarmes del precioso metal...--Y, para conducir rodando, sin que se quebrasen, hasta el pié de la Sierra los jaspes y la serpentina, forró de grandes hierbas y de bien trabado ramaje sus pesadas moles, y las deslizó, á riesgo de morir, por las chorreras de las nieves derretidas (sin reparar en si eran más ó ménos practicables), precipitándose él detras de cada uno de aquellos artificiales aludes, cuando el ingente envoltorio caia dando tumbos de roca en roca, por haberse convertido el lecho de torrente en escalones de catarata...
En fin; para el resto de sus mencionadas industrias; para coger las hierbas medicinales más codiciadas ó los animalillos raros, de especies hiperbóreas, cuya piel se paga á altísimos precios; para enriquecerse con todo lo que produce aquella privilegiada region (donde simultáneamente reinan las cuatro Estaciones, segun la altura barométrica, y lo mismo se da el líquen blanco que el añil, el abeto que la caña de azúcar, el ajenjo que el café, el castaño que el chirimoyo), tuvo tambien que arrostrar fatigas increibles; tuvo que pernoctar en los eternos hielos; tuvo que bajar á pavorosas lagunas, jamás visitadas; tuvo que escalar inexplorados picos; tuvo que ser un verdadero Hércules, ó, cuando ménos, un Titan semejante al prodigioso Gilliat de Víctor Hugo.
Recogida la cosecha de cada cinco dias, Manuel se encaminaba los viérnes á tal ó cual puertecillo de la vecina costa, y allí vendia todo lo que le era dado transportar por sí mismo, ó contrataba la conduccion de las maderas, de la serpentina y de los jaspes que habia dejado reunidos en terreno relativamente bajo y accesible; con lo que el sábado por la mañana estaba de regreso en su Ciudad natal, llevando en el bolsillo un buen puñado de dinero, que dividia en tres porciones iguales: una, que entregaba á Polonia para que atendiese á vestirlo con gran lujo, aunque sin salir del estilo plebeyo; otra, que entregaba á D. Trinidad, para que le mantuviese (pues ya llevaba víveres á la Sierra) y para que aumentase el culto y esplendidez de la imágen del Niño de la Bola; y la tercera, que el jóven conservaba, para ir formando su tesoro particular,--lo cual quiere decir que reunia dos tesoros á un mismo tiempo; pues el digno sacerdote le iba guardando íntegras todas las cantidades que recibia de él, sin perjuicio de aumentar á su propia costa el culto del Niño Jesus, _por cuenta del alma_ de su pupilo, segun acostumbra á decir la gente mística...
De vuelta en la Ciudad, donde permanecia hasta el lúnes por la mañana, vestíase elegantísimamente y se dedicaba á ejecutar la parte de sus proyectos relativa al público. Reducíase ésta á lo que, en sus conversaciones con D. Trinidad Muley, llamaba él donosamente «_hacer justicia_», y tenía por objeto irse captando poco á poco, no ya la lástima y el cariño que siempre le tuvieron sus conciudadanos, sino su estimacion, su respeto, su obediencia, su temor... (en el sentido saludable de esta palabra), hasta llegar á ser, como fué muy pronto, el amo, el rey, el dictador de la Ciudad.
La _justicia_ sirvió en efecto de único resorte al hijo de D. Rodrigo Venegas para lograr tan alta magistratura de hecho; pero la justicia apoyada en la fuerza, la justicia inevitable y sin apelacion, la justicia acompañada de autoridad personal para ejercerla, y consentida y aplaudida por la opinion pública...--Más claro, y en más humilde estilo: Manuel dedicó durante tres años aquellos dos dias de la semana á destronar matones, á reprimir déspotas, á defender á los débiles contra los fuertes, cuando la razon estaba de parte de aquéllos, á sostener el imperio de la Ley, en los casos no justiciables por los encargados de aplicarla, y á corregir todo abuso, toda iniquidad, toda tropelía que trajese indignados á los hombres de bien.--Buscó en sus respectivos barrios, y en medio de su corte de vencidos, á los valientes y perdona-vidas más famosos de la Ciudad, y les echó en cara sus desmanes y desafueros, diciéndoles que no estaba dispuesto á consentirlos...--Observóse que, al proceder así, iba como siempre sin armas, y alguno quiso abusar de ello y acometerle puñal en mano... Pero, ¿de qué sirve el puñal á quien tiene encima al leon? Ni ¿qué importa al leon un poco de hierro en la mano de un hombre?--Rápido como la luz, Manuel cayó sobre el atrevido; tiróle en tierra al solo impulso de su violento salto; cogióle el brazo asesino con la tenaza de sus dedos, y se lo rompió como si fuera débil caña. Revolvióse luégo contra los demas...; pero encontróse con que todos eran ya sus vasallos y le aplaudian, miéntras que llenaban de injurias al maton caido, terror poco ántes de aquellas pobres gentes.
Casi ninguna otra prueba material tuvo que hacer el osado mancebo para que se le sometiesen todos los barateros de la poblacion. Donde quiera que habia riña ó tumulto y él se presentaba, era juez y árbitro del conflicto. Una mirada de sus ojos ó media palabra de sus labios bastaba para que se marchasen tranquilos los cobardes y llenos de miedo los valientes. Y como, además, en muchas ocasiones, transigia pleitos ó remediaba daños á costa de su bolsillo; como casi igualaba á D. Trinidad Muley en la abnegacion con que socorria al necesitado y compartia sus riesgos y dolores; como ya habia salvado la vida á más de una persona, luchando, ora con el incendio, ora con la epidemia, ora con la inundacion, resultaba que su predominio, léjos de humillar, era grato y parecia justo, á tal extremo que el vasallaje se convirtió en adoracion y reverencia.