El Niño de la Bola: Novela

Part 3

Chapter 34,033 wordsPublic domain

Nada sabía el halagado pequeñuelo de la total ruina de su casa ni de las consiguientes zozobras de D. Rodrigo (quien, como se ve, lo criaba para pobre, presintiendo que llegaria á serlo); y, por lo tanto, su niñez se deslizaba tranquila, dichosa, placentera, hasta donde es posible en quien no ha conocido madre, cuando vinieron en monton y de golpe sobre su frente todos los infortunios humanos...--En un mismo dia... ¡en el espacio de pocas horas!..., vió que traian de la calle, abrasado y sin conocimiento, al ídolo, al señor, al compañero y único amigo de su vida; presenció su espantosa muerte, sin recibir ni una mirada de sus inmóviles ojos ni un consejo ni un ósculo de sus convulsos labios; se enteró de que existia _Caifás_ y de la terrible tragedia del incendio, así como de su espantoso orígen; supo que era tan pobre como los mendigos descalzos que piden limosna de puerta en puerta; comprendió que tenía que despedirse para siempre de aquellas paredes y de cuanto encerraban, inclusos los objetos que más le hubieran recordado al autor de sus dias; contempló, cual si soñase, á todos los vecinos de la Ciudad, constituidos en su casa, alrededor del cadáver de don Rodrigo, guardándolo como si fuera suyo, hasta que finalmente lo alzaron en hombros y se lo llevaron..., no sin darle ántes á él muchos besos y decirle muchas cosas, que no le supieron á nada..., y quedóse allí abandonado, silencioso, estúpido, sentado en un rincon de la cámara mortuoria, en la actitud de quien no espera ni tiene para qué esperar á nadie...

Llegada, en fin, la noche..., la primera noche de orfandad; cuando dejaron de tañer las campanas y de sonar las remotas músicas del entierro; cuando hasta las tinieblas le advertian que ya estaba solo sobre la tierra; cuando comenzaba á figurarse que él tambien habia muerto y sido sepultado, oyó una voz ronca y áspera, la voz de un sacerdote grueso y feo, que le decia lúgubremente:

--Muchacho, ¿dónde estás?--¿Por qué no has encendido luz?--Vénte conmigo... ¡Yo te recojo, y sea lo que Dios quiera!--Vámonos á mi casa...

Manuel lo siguió como un autómata, ó más bien como el pobre can que se ha quedado sin dueño.

IV.

UN CURA DE MISA Y OLLA.

Apresurémonos á decir algo (muy poco) respecto de este Sacerdote, ántes de engolfarnos completamente en la historia del que habia llegado á ser su pupilo.

D. Trinidad Muley era uno de aquellos curas á la antigua española, á quienes aman y respetan todos sus feligreses y cuantos los conocen, sin distincion de partidos políticos ni áun de creencias religiosas: curas que, sin ser liberales, ni dejar de serlo, ó, mejor dicho, por no tener opinion alguna sobre las cosas _del César_, pero sí una altísima idea de las cosas _de Dios_, no perdieron nunca ese amor y ese respeto, ni en la explosion nacional de 1808, ni en la reaccion absolutista de 1814, ni en el furor revolucionario de 1820, como tampoco los perdieron despues, cuando vino Angulema, ni por resultas del Motin de la Granja, ni en ninguna de las vicisitudes posteriores, tan fecundas en desavenencias entre la Iglesia y el Estado: curas indígenas, por decirlo así, que aman á su patria como cualquier hijo de vecino, sin tener nada de cosmopolitas, de europeos, ni áun de ultramontanos..., por lo que rara vez legan su nombre á la Historia; curas, en fin, de la clase de católicos rancios, sin ribetes de política ni de filosofía, que no suelen poseer ni exigir de nadie sutilísimos conceptos teológicos con que explicar la mente del Autor del mundo, ni inflexibles fórmulas de escuela sobre la sociedad y su gobierno, sino la práctica real y efectiva de todas las virtudes cristianas.

El ejemplar que tenemos á la vista era al propio tiempo tan natural y sencillo de suyo, tan humano y tan valiente, de espíritu tan abierto y corazon tan bondadoso, tan _padre de almas_ por esencia, presencia y potencia, que lo mismo que servia para Cura párroco de Santa María de la Cabeza, y, como tal, derramaba muchos bienes morales y materiales en cuanto alcanzaban sus recursos, hubiera servido para sacerdote hebreo, mahometano, protestante ó chino, con gran respeto y edificacion de tales gentes.--Digamos, pues, como resúmen de sus cualidades positivas y negativas, que era un verdadero hombre de bien, lleno de caridad ingénita, iluminada por la palabra de Cristo; profundamente esperanzado en otra mejor vida, como todo el que tiene un alma grande, incapaz de satisfacerse con las vanas alegrías de la tierra; pobrísimo de humanidades, pero no de ciencia del mundo ni de conocimiento del corazon humano; muy escaso de imaginacion, pero no de sana lógica ni de sentido comun; que tal vez no sabía predicar un buen sermon sobre el Dogma (ni creia necesario meterse allí en tales honduras), pero que embelesaba y mejoraba al auditorio desde el púlpito con su paternal actitud, con sus tiernas exhortaciones al bien y con su propio ejemplo...--No era, no, de la casta de San Agustin, de Santo Tomás ó de San Ignacio de Loyola; pero sí de la de San Cayetano, de la de San Diego de Alcalá y de la de San Juan de Dios, aunque ménos docto y más vulgar que ellos y que la generalidad de los curas, tenientes y beneficiados de aquella Diócesis...

Ni dependia de la voluntad del pobre Párroco el saber más textos de la Biblia y de los Santos Padres, ó el no tergiversarlos cuando se metia á predicar por lo fino, sino de su pícara memoria, tan rebelde á la cultura del estudio, que nadie comprendia cómo el buen Muley (apellido moro que allí subsiste) habia podido aprender el bastante latin para entrar en sínodo y ordenarse, y todo el mundo admiraba retrospectivamente al pacientísimo y ya difunto dómine que (con mazo y escoplo sin duda) pudo labrar lo suficiente en aquella enteriza cabeza para hacerle albergar el _musa, æ_.--Es todo lo malo que se podia decir de D. Trinidad... En cambio, no habia en el pueblo, ni en cien leguas á la redonda, quien le ganase á ceder su comida y su cama al desamparado mendigo; á cuidar personalmente á los apestados; á pasarse horas y horas dando alegre conversacion, llena de saludables consejos, á los presos de la Cárcel; á gastar los dias de nieve todo el dinero que tenía en comprar alpargatas á los niños descalzos; á sacar de bracero á tomar el sol á míseros viejos que se baldaban en sus lóbregos tugurios; á reconciliar, en fuerza de lágrimas ó de puñetazos, y hacer abrazarse cordialmente, á los matrimonios malavenidos, á los adversarios que ya habian sacado las navajas, á las clases pobres con las ricas, cuando encarecia el pan y se armaba motin, á cada uno con su cruz, á los tristes con su tristeza, á los enfermos con su dolor, al penado con el castigo, al moribundo con la muerte...--Era, pues, una veneracion que rayaba en culto lo que se sentia hácia él en la Ciudad, no obstante el genio llano, francote y hasta bromista que ostentaba con grandes y chicos cuando no habia motivo para estar serio, y todos respetaban su ignorancia, como una especie de inocencia, al modo que amamos y admiramos las montañas incultas y próvidas, por lo mismo que en ellas todo es natural, espontáneo, hijo legítimo de Dios, y no de las especulaciones y fatigas humanas.

Así se justifica que el Obispo lo hubiese nombrado Cura propio de Santa María de la Cabeza, de cuya Parroquia tomaba nombre el barrio más guerrero de la Ciudad, donde vivia casi toda la gente labradora: así se comprende la profunda estimacion que siempre se tuvieron, aunque se trataron muy poco, el difunto D. Rodrigo y el bueno de D. Trinidad; así se explica el paso que éste habia dado, recogiendo y adoptando al hijo del caballero sin consultar ni entenderse con nadie; y por eso tambien nosotros tendremos necesidad más adelante de volver á hablar de tan digna persona, con cuyo motivo podremos decir algo de su casa, de su oratoria, de sus costumbres y hasta de su bendita ama de gobierno.

No lo hacemos á la presente, porque reclama nuestra atencion el hijo de Venegas, ó sea el que ya muy pronto va á comenzar á llamarse «_El Niño de la Bola._»

V.

EL ACREEDOR DEL USURERO.

El pobre niño habia quedado como si fuese de hielo, por resultas de aquellos repentinos y bárbaros golpes de la suerte, contrayendo una palidez mortal que le duró ya toda la vida.--Nadie habia hecho caso del infeliz en el primer momento de angustia, ni reparado en que no gemia, hablaba ni lloraba; y, cuando al cabo acudieron á él, lo hallaron contraido y yerto como una petrificacion del dolor, aunque andaba, oia, veia, y daba contínuos besos á su llagado y moribundo padre.--¡No habia, pues, derramado ni una sola lágrima durante la agonía de aquel sér tan querido, ni al besar su frio rostro, despues que hubo muerto, ni al ver cómo se lo llevaban para siempre, ni al abandonar la casa en que habia nacido, ni al hallarse albergado por caridad en la ajena!--Algunas personas elogiaron su valor: otras criticaron su insensibilidad: las madres de familia lo compadecieron profundamente, adivinando por instinto la cruel tragedia que habia quedado encerrada en el corazon del huérfano, por falta de un sér tierno y piadoso que llorase á su lado.

Tampoco habia vuelto Manuel á hablar palabra desde que vió llegar en la agonía á su buen padre; ni respondió luégo á las cariñosas preguntas que le hizo D. Trinidad cuando se lo llevó á su casa; ni se le oyó más el metal de la voz en el trascurso de los tres primeros años que vivió en su santa compañía; y ya pensaban todos que se habia quedado mudo para siempre, cuando un dia que se hallaba como de costumbre en la iglesia de que era cura su protector, observó el sacristan que, encarándose con una linda efigie del Niño de la Bola que allí se veneraba, le decia melancólicamente:

--Niño Jesus: ¿por qué no hablas tú tampoco?

Manuel se habia salvado... El náufrago acababa de sacar la cabeza de entre las olas de su amargura... ¡Ya no corria peligro su vida!--Á lo ménos así lo creyó todo el personal de la Parroquia.

Desde aquel dia el huérfano habló ya algunas palabras, muy pocas en verdad, con el Cura y con el ama de gobierno, para significarles gratitud, amor y obediencia, pero ninguna referente á sus inolvidables infortunios; todo lo cual consideraron de buen agüero D. Trinidad Muley, los sacristanes y los monaguillos.

En cuanto al estado de su razon, nadie habia tenido recelo alguno durante aquellos tres años de voluntaria ó involuntaria mudez...--El ama era la única que solia decir desde el principio, y siguió diciendo siempre, que á Manuel le habia quedado una vena de loco (nada más que una vena) por resultas de no haber llorado cuando perdió á su padre...--Nosotros ignoramos lo cierto; pues entre los papeles que nos sirven de guia no figura ningun dictámen facultativo sobre el particular, y eso de decidir en nuestro pobre mundo quién se halla en su juicio ó quién está loco, es materia más peliaguda de lo que parece...--Juzgue cada lector lo que se le antoje, en vista de los sucesos que vayamos contando.

Con relacion á las personas extrañas (de quienes, siempre que tropezaban con él, recibia expresivos testimonios de compasion y de cariño), continuó encerrado el huérfano en su glacial reserva, para lo cual adoptó la siguiente evasiva, estereotipada en sus desdeñosos labios:--«_¡Déjeme usted ahora!_»;--dicho lo cual (en són de amarguísima súplica), seguia su camino, no sin haber excitado supersticiosos sentimientos en las mismas gentes que así esquivaba.

Ménos aún desechó en aquella saludable crísis la honda tristeza y precoz austeridad de su carácter, ni la pertinaz insistencia con que se aferraba á determinadas costumbres.--Estas se habian reducido hasta entónces á acompañar al Cura á la Iglesia; á coger en el campo flores ó hierbas de olor para adornar al Niño de la Bola (delante del cual se pasaba luégo las horas muertas, sumido en una especie de éxtasis), y en subir á buscar aquellas mismas hierbas y flores á lo alto de la próxima Sierra, cuando no las hallaba en la campiña por ser el rigor del invierno ó del estío.

Semejante devocion, muy en consonancia con los principios religiosos que le inculcara el difunto caballero, habia ido mucho más allá de lo natural y de lo humano, áun tratándose de personas extraordinariamente místicas. No era tan sólo culto, reverencia, piedad, adoracion fanática... Era un amor de hermano y de súbdito, semejante al que habia profesado á su padre: era una confusa mezcla de confianza, tutela é idolatría, muy análoga á lo que las madres de los hombres de genio sienten por sus gloriosos hijos: era la respetuosa proteccion, llena de ternura, que dispensa el fuerte guerrero al príncipe de menor edad: era identificacion; era orgullo; era ufanía como de un bien propio: diríase que aquella imágen le representaba su trágico destino, su noble orígen, su temprana orfandad, su pobreza, sus cuitas, la injusticia de los hombres, la soledad en que habia quedado sobre la tierra, y acaso tambien algun presentimiento de futuros martirios...

Nada de esto discerniria entónces el desventurado; pero tal debia de ser el tumulto de ideas informes que palpitaba en el fondo de aquella devocion pueril, constante, absoluta, exclusiva.--Para él no habia ni Dios, ni Vírgen, ni Santos, ni Ángeles: no habia más que el Niño de la Bola, sin relacion á ningun alto misterio, sino por sí mismo, en su forma presente, con su figura artística, con su vestido de tisú de oro, con su corona de pedrería falsa, con su rubia cabeza, con su hechicero semblante y con aquel globo pintado de azul que mostraba en la mano, sobre el cual se erguia una crucecita de plata sobredorada en señal de que el mundo estaba redimido.

Y hé aquí la razon y fundamento de que, primero los acólitos de Santa María de la Cabeza, y despues todos los muchachos de la Ciudad, y, finalmente, las personas más graves y formales designaran á Manuel con aquel singularísimo apodo de _El Niño de la Bola_,--no sabemos si en són de aplauso á tan vehemente idolatría y por fiarlo al patrocinio del propio Niño Jesus, ó como antífrasis sarcástica... (dado que tal advocacion sirve allí á veces como término comparativo de la ventura de los muy afortunados), ó como profecía de lo animoso y formidable que habia de ser con el tiempo el hijo de Venegas, supuesto que la mayor hipérbole que suele emplearse tambien en aquella comarca para encomiar el valor y poderío de alguno, se reduce á decir que «_no le teme ni al Niño de la Bola..._»

Como quier que ello fuera, así denominaban generalmente al gallardo huérfano cuando recobró el uso de la palabra á la edad de trece años, en cuya fecha (y es lo que ántes íbamos á referir) contrajo un nuevo hábito, tan inalterable y acompasado como todos los suyos, que le apartó un poco de su mística devocion é hizo prever al público sensato graves y funestas consecuencias.

Tal fué la costumbre que tomó de ir á sentarse, todas las tardes á la misma hora, en un poyo que habia á la puerta de no sé qué casa, frente por frente del antiguo palacio de los Venegas, donde seguia habitando el usurero D. Elías.--Allí se estaba solo y quieto, desde las dos, que acababa de comer, hasta que se hacía de noche, con los ojos clavados en los grandes balcones del edificio ó en el escudo de armas que campeaba sobre la puerta, sin que fuesen parte á distraer su atencion los curiosos que pasaban por aquel solitario barrio, con el mero objeto de verle hacer tan significativa centinela, ni osaran parecer por allí los chicos de su edad, ya castigados por sus puños de hierro, ni hubiesen bastado los ruegos y hasta órdenes del prudentísimo D. Trinidad Muley á hacerle desistir de aquella peligrosa manía.

Los balcones del famoso caseron estaban constantemente cerrados con maderas y todo, ménos uno, que tenía sobre los cristales cortinillas blancas.--¡Era el de la habitacion que fué despacho de su padre!--Pero las cortinillas no se meneaban nunca, ni se veia nada al traves de ellas...

Tampoco entraba ni salia alma viviente á aquellas horas por el enorme porton, cerrado tambien, como si allí no viviera nadie, ó como si detras de él no hubiese un portal con otra puerta, y en esta puerta su correspondiente aldaba.

Al fin, una tarde vió Manuel salir del palacio, y regresar á él al poco tiempo, á un viejecillo pobremente equipado, que recordó haber visto algunas veces en el despacho de su padre contando grandes montones de dinero...--Sin duda era el criado y cobrador de D. Elías.

El vejete debió de conocer tambien al niño, ó tener noticias de su persona, pues dió un largo rodeo á la ida y otro á la vuelta para no pasar cerca de él; lo miró de reojo con cierta especie de pavor, y volvió muchas veces la cabeza como para cerciorarse de que no le seguia,--ni más ni ménos que hacen los supersticiosos con las que se les figuran almas del otro mundo.

Á la tarde siguiente, observó el huérfano que detras de las mencionadas cortinillas se movia una sombra...; y luégo vió descorrerse un poco la muselina de una de ellas, y pegarse al cristal la severa cara de otro viejo, á quien no conocia, y que fijaba en él dos ojos como dos puñales...

--¡Ese es mi verdugo!--dijo Manuel, dando un salto de fiera, y avanzando hácia aquella parte del edificio.

Pero la cortinilla se corrió de nuevo, y desapareció la vision.

El niño volvió á su asiento, cesando su furia tan bruscamente como habia estallado.--Todo en él tenía este carácter de prontitud y fuerza, propio de los leones: lo mismo la cólera que el reposo; así el dolor como el consuelo; así la arremetida como el perdon,--segun que veremos más adelante.

Mucho debió de perturbar el régimen doméstico, y acaso tambien la conciencia del riojano, la especie de sitio que le habia puesto aquel diminuto acreedor, que parecia ir en demanda de su hacienda, del hogar en que habia nacido, de la vida de su padre y del escudo de armas de sus mayores, y mucho debió de asustar á las mujeres de la casa el verle allí sentado horas y horas, como un pleito mudo, como una acusacion viva, ó como una protesta perenne, anuncio de inevitables venganzas... Ello es que, á las dos ó tres tardes de haberse cruzado la primera mirada de odio eterno entre el usurero y su víctima, salió del vetusto caseron una mujer como de cincuenta años de edad, hermosa todavía, aunque muy estropeada y enjuta; de aspecto poco señoril, pero digno, y vestida más bien como una rica labriega que como una dama.--Era la señá María Josefa; la antigua criada y actual esposa del prestamista.

Manuel lo adivinó, aunque tampoco la habia visto nunca, y, no sabemos si por delicadeza de instinto, ó porque en los últimos tres años hubiera oido hablar de las buenas cualidades de aquella pobre mujer á tanto y tanto oficioso comentador de las desventuras que sobre él pesaban, no sintió aversion ni disgusto al verla...--Pero, cuando observó que la esposa de D. Elías, despues de asegurarse de que no habia testigos en la calle ni en ninguna ventana, se le acercaba resueltamente y se sentaba á su lado, experimentó una angustia indecible y se levantó para marcharse.

La mujer lo detuvo y le dijo:

--No te vayas, Manuel... Yo no te quiero mal... Yo vengo de buenas...--Dime, hijo mio: ¿qué buscas aquí? ¿Necesitas algo?--¿Por qué vistes esa ropa, impropia de tu clase? ¿Quieres que yo te dé dinero?

El niño vestía de chaqueta, porque cuando se le quedaron chicos los trajes que sacó de su casa, y D. Trinidad quiso hacerle otros del mismo estilo, se opuso á ello con gran energía, diciéndole:--«_No, señor Cura: yo no puedo costear ropa de caballero... Vístame usted de pobre..._»--Abstúvose, sin embargo, de dar aquella explicacion, ni ninguna otra, á la señá María Josefa; y, en lugar de responderle, ó de volver á sentarse, púsose á escribir en el suelo con la punta del pié y á mirar atentamente aquello que escribia.

La mujer continuó, despues de una pausa:

--No es esto decir que la chaqueta te siente mal...--Tú estás bien de todas maneras..., pues eres un muchacho muy guapo, con dos ojos como dos soles, y además el señor Cura (Dios se lo pague) te tiene muy aseado y decente...--Pero yo quisiera hacer algo más por tí, comprarte muchas cosas, costearte una carrera en la Capital...--En fin, aunque yo he hablado ya con D. Trinidad, y él cree que estos negocios debemos arreglarlos primero tú y yo, díselo de mi parte, para que te convenzas de que no te engaño; y, si te decides á ser mi amigo, verás cómo todos lo pasamos mejor...--¿No me respondes, Manuel?--¿En qué piensas?

El niño no contestó tampoco á este discurso, y siguió escribiendo con el pié en el suelo, donde ya podia leerse el nombre de su padre: «RODRIGO.»

--¿Qué escribes ahí? (preguntó, despues de otra pausa, la esposa de D. Elías.) Yo no sé leer; pero me he enterado con mucho gusto de que al fin recobraste el habla...--Respóndeme, pues.--¡Cuando tú vienes aquí todas las tardes, algo quieres!...--Dímelo con franqueza...--Ó, si no, toma, y es mejor...--Tú gastarás esto en lo que necesites...

Y le alargó un bolson de torzal encarnado, entre cuyas estiradas mallas relucia mucho oro.--Lo ménos contendria seis mil reales.

Manuel borró con el pié el nombre del difunto caballero, y se puso á escribir otro, que resultó ser el de la madre á quien no habia conocido: «MANUELA».--En cuanto al bolson, ni siquiera se dignó mirarlo; pero, para dar á entender que nada tomaria, se metió las manos en los bolsillos del pantalon.

--¡Eres muy rencoroso, ó tienes mucho orgullo, Manuel! (dijo entónces con amargura la señá María Josefa.)--Por lo visto, crees que todos los de mi casa somos tus enemigos, y lo que es en eso te equivocas...--Figúrate que tengo una hija, á quien adoro, como tu pobre padre te adoraba á tí; la cual, esta mañana le decia á mi marido despues del almuerzo:--«Mira, papá: es menester que perdones á ese niño tan hermoso que se sienta todas las tardes ahí enfrente, y que le digas _que sí_ á lo que venga á pedirte...--¡Á mí me da mucha lástima de él!--¡Dicen que ántes era más rico que nosotros y que la cama en que yo duermo ha sido suya!...»--¡Conque ya ves, hombre; ya ves! ¡Hasta mi Soledad se interesa por tí!

Manuel habia levantado la cabeza y dejado de escribir en el suelo.

--Dígame usted, señora... (pronunció entónces reposadamente:) ¿Cuántos años tiene esa niña?

--Va á cumplir doce...--respondió la madre con incomparable dulzura.

Manuel volvió á su distraccion, y escribió en la tierra: «SOLEDAD.»

--Conque ya te habrás convencido de que puedes tomar esta friolera...--añadió la buena mujer, alargándole el dinero.

Manuel retrocedió un paso, y dijo con frialdad:

--Señora... ¡bastante hemos hablado!

Y, girando sobre los talones, se alejó lentamente, hasta que desapareció detras de una esquina.

La esposa del usurero dejó caer sobre la falda la mano en que tenía aquel oro inútil, y se quedó muy pensativa y triste. Luégo se levantó, dando un gran suspiro, y penetró en la que no sabemos si se atreveria á llamar _su casa_.

En cuanto al niño, no habian transcurrido cinco minutos cuando ya estaba otra vez sentado en el poyo de la acera de enfrente.

VI.

SOLEDAD.

Á los dos dias de la anterior escena, Manuel cambió las horas de su cotidiana visita á la Plazuela de los Venegas, y, en vez de por la tarde, la hizo por la mañana, constituyéndose allí á las nueve, que terminó el servicio ordinario de la Parroquia, con indudable propósito de estarse hasta la una, que era la hora de comer en casa de D. Trinidad.

¿Por qué este cambio?--¿Presumió el niño que á tales horas habria más entrantes y salientes en casa de _Caifás_, y por lo tanto mayor campo para sus observaciones? ¿ó tuvo noticia terminante y cierta de que así le sería fácil conocer á aquella niña de que le habia hablado la mujer del usurero, á aquella defensora de doce años que tanto le compadecia, á aquella Soledad inolvidable que le habia calificado de _hermoso_?