El Niño de la Bola: Novela

Part 2

Chapter 23,739 wordsPublic domain

--No niego yo que sea hombre de bien...--¡Lo que yo niego es que sea hombre!... ¿Digo bien, doña Paz?--¡Y cuenta que yo lo conozco como nadie, y hasta le he tenido cierto cariño; pues fuí sacristan de la Parroquia que le sirvió de madre en su niñez...--Pero conozco que es un leon, un tigre... una bestia feroz...--Y, si no, que se lo pregunten á la _Dolorosa_, ó, mejor dicho, á la familia de ésta!--¡Pobre Soledad! ¡Buenos ratos le aguardan ahora! ¡La mujer más bonita del mundo!...

--D. Bernardino, ¡cállese usted por los clavos de Cristo! (interrumpió de nuevo la viuda:) ¡Doña Antonia es tia de Soledad, y nos está oyendo, más muerta que viva!...--Venga usted á ayudarme á distraerla y consolarla, y despues, cuando pasemos del _Ventorrillo_, donde ya se acaba todo miedo de ladrones, nos adelantaremos un poco y charlaremos cuanto ustedes gusten.--¡Oh, ya verá usted, señor teniente!... ¡D. Bernardino tiene razon! ¡En la Ciudad van á suceder cosas tremendas con motivo de la vuelta de este monstruo!...--¡Siento no estar allí para presenciarlas!--Porque figúrese usted que el _Niño de la Bola_..., ó sea Manuel Venegas, que tal es su verdadero nombre (pues su padre fué un caballero muy principal, aunque muy raro, descendiente, segun dicen, de príncipes moros, cuya pícara sangre se le conoce bien á este chico en medio de sus buenos sentimientos), se empeñó en casarse..., quiero decir, se enamoró perdidamente...

--Señora, ¡cállese usted por María Santísima! (interrumpió á su vez D. Bernardino:) Doña Antonia no hace más que mirarnos, y la pobre está que da lástima verla...

--Dice usted bien...--Voy á acompañarla... ¡Luégo se lo contaré yo á usted todo, mi subteniente!...--Entretanto, Sr. D. Bernardino, véngase á mi lado, no sea que vaya usted á aprovechar la ocasion para destriparme el cuento...--¡Espérese usted, Antoñita!--¡Arre, Piñon!

No creemos que el lector tenga empeño alguno en oir de labios de doña Paz la historia de los primeros veinte años del _Niño de la Bola_, relatada en el embrollado estilo de que la impetuosa viuda acaba de darnos elocuente muestra... Preferimos, pues, narrarla por nosotros mismos, con referencia á todos los datos que poseia el público, despues de lo cual correremos en seguimiento de nuestro héroe, á fin de acompañarlo en el remate de su jornada y llegar con él á la famosa ciudad que fué su cuna, donde iba á desenlazarse el perpétuo drama de su vida...

Conque digamos _adios_ al subteniente, al sacristan, á las viudas, á los estudiantes y á los aceiteros, de ninguno de los cuales hemos de volver á tener noticias... hasta que nos los encontremos el Dia del Juicio en el famoso Valle de Josaphat.

LIBRO II.

ANTECEDENTES.

I.

LA MOSCA Y LA ARAÑA.

El memorable año de 1808 vivia en la Ciudad cierto cumplido caballero, huérfano, célibe, y de unos cinco lustros de edad, llamado D. Rodrigo Venegas, que se jactaba de proceder de aquel Reduan del mismo apellido, príncipe moro con vetas de cristiano, cuyo nacimiento se debió, segun ya sabreis, al dramático enlace de un vástago de la casa señorial de Luque con la hermosísima Princesa Cetimerien, descendiente del Profeta Mahoma...

Como quiera que fuese, nuestro D. Rodrigo habia heredado de sus padres mucha hacienda y un viejísimo y destartalado caseron, con honores de palacio, en cuya fachada se veian los ambiguos escudos de armas de tan esclarecida familia, pregonando antiguas hazañas que ya no iban teniendo imitadores en tierra española...; y, por resultas de todo ello, el buen hijodalgo, hombre de entero corazon y encumbradas ideas, se consumia en aquel decaido y sedentario pueblo, no sabiendo qué hacerse de sus rentas ni de su sangre, ansiosas de correr en empeños nobles y generosos.

Imaginaos, pues, el efecto que le produciria la súbita explosion de la Guerra de la Independencia. Español al fin, aunque en realidad descendiese de españoles no bautizados, empuñó seguidamente las armas contra el frances; empero, como no era hombre de contentarse con hacer lo que cualquiera otro, llegó en su patriotismo hasta equipar, armar y mantener á sus expensas, durante cuatro años, una Partida de voluntarios de caballería, al frente de los cuales se cubrió de gloria en muchas y muy célebres batallas. Consecuencia de tan relevante conducta fué que, cuando, despues de la victoria de los Arapiles y entrada de nuestros Ejércitos en Madrid, D. Rodrigo regresó á la Ciudad, á curarse su quinta herida, y sin haber querido admitir recompensa alguna del Gobierno de la Nacion, encontróse vacíos sus graneros, muertos sus ganados, sus tierras sin arar desde 1809, y talados ó arrancados de cuajo sus olivares y viñas por los vengativos soldados de Sebastiani.--Ni paraban aquí los menoscabos de su hacienda: hallóse tambien entrampado en la respetable suma de cuatro mil duros con el más rico y feroz usurero de la Ciudad (á quien habia tenido que ir pidiendo dinero desde Bailén, desde Ocaña y desde Talavera, para sostener la benemérita Partida), y en nada ménos que otros diez mil duros que importaban los réditos, y los réditos de los réditos, de aquella cantidad, segun la socorrida cuenta del _interes compuesto_...

Todo lo llevó con paciencia, y hasta con alegría y orgullo, el magnánimo D. Rodrigo, como habia llevado los dos balazos y las tres cuchilladas que recibiera en defensa del suelo patrio; pero no se conformaron del propio modo algunas personas de su posicion, amigas suyas y conocidas del prestamista, las cuales, por oficiosidad espontánea, pidieron á éste que rebajase algo de tan crecidos réditos «en atencion al noble destino que el bizarro Venegas habia dado al capital.»

Era el prestamista uno de aquellos hombres sin entrañas que yo no sé para qué quieren vivir ni ser ricos: no hubo, pues, manera humana de hacerle bajar un maravedí de tan exorbitante usura, ni de que comprendiese cuán merecedor era D. Rodrigo de especialísimas consideraciones.--El interpelado (que se llamaba D. Elías, y á quien el vulgo llamaba _Caifás_) contestó que él no entendia de patria, sino de números, y que no reclamaba ni un ochavo más de lo que le debia el gastoso caballero, segun documentos que conservaba como oro en paño; sin que valiera decir que, al firmarlos, no habia graduado su deudor á cuánto ascenderian, caso de morosidad, los intereses de los réditos caidos; pues todo aquello era el a b c de los negocios comerciales...--Resultado: que D. Rodrigo Venegas tuvo que renovar por diez años los pagarés de dichos cuatro mil duros, con aquella acumulacion de diez mil (total, catorce), y con la de otros seis mil que nadie más que D. Elías se atrevió á prestarle para repoblar olivares y viñas (total, veinte), y con la de otros cinco mil, por réditos de los veinte _en el primer año_ (total, veinticinco)...--¡Veinticinco mil duros justos y cabales, cuando, en efectividad, sólo habia percibido diez mil!

Mucho se afanó el hijodalgo, desde 1813 hasta 1823, por ver si podia ir amortizando esta deuda ó pagar cuando ménos sus réditos anuales, en evitacion de nuevos estragos del _interes compuesto_; y, la verdad sea dicha, algunos años logró ahorrar de sus rentas diez ó doce mil reales, que entregó religiosamente al usurero (aunque éste nada le reclamaba nunca); pero al año siguiente no le pagaban á él sus labradores ó le pagaban una miseria, por causa de esterilidad, pedrisco, langosta ó cualquiera otra plaga, muchas veces fingida, y, en lugar de dar dinero á su acreedor, tenía D. Rodrigo que pedirle nuevas cantidades «para ir saliendo hasta la nueva cosecha»; todo ello bajo condiciones adecuadas á la gravedad y urgencia de cada apuro; esto es, más onerosas y aflictivas cuanto más apremiante y angustioso era el caso...

Lo único que ni por soñacion intentó Venegas en todo aquel tiempo fué trabajar, comerciar, crear industrias, montar fábricas, ingeniárselas, en fin, de cualquier modo para ganar dinero por sí mismo...; y ¡ay de él, ay de su nombre, ay de su honra, si tal camino hubiese tomado!--Dígolo, porque semejantes _oficios ó trapicheos_ (textual) eran entónces, y han seguido siendo hasta hace pocos años, tareas impropias de caballeros andaluces,--nacidos, á lo que se veia, para recordar paseándose las glorias y trabajos de sus mayores, para gastar alegremente y muy de prisa todo lo que éstos agenciaron, y morirse luégo de hambre en el último rincon de la ya subastada casa solariega, sin más testigos de su agonía que tal ó cual antiquísimo, desvencijado mueble, de esos que hoy buscan á peso de oro los magnates de nuevo cuño, y que en aquella época desdeñaban hasta los defraudados usureros.

Tan cierto es lo que acabamos de apuntar (bien que sin entera aplicacion á nuestro D. Rodrigo, de quien ya sabemos que algo noble y grande habia hecho en este mundo), que todavía ayer de mañana, como suele decirse, eran forasteros, procedentes de Santander, de Galicia, de Cataluña ó de la Rioja, todos los dignos comerciantes é industriales de las poblaciones de Andalucía, inclusas las Capitales y las aldeas.--El mismo viejo usurero á quien llamaban _Caifás_ en la Ciudad referida (como dando á entender que quien entraba media vez en su casa, podia estar seguro de ser crucificado), era natural de la Rioja, y habia ido allí á vender, _por cuenta ajena_, paños de Ezcaray y de Pradoluengo, componiéndoselas con tal arte, que á los dos años abria, _por cuenta propia_, un gran almacen de toda clase de géneros; á los cuatro, se le adjudicaban fincas de caballeros malos-pagadores; á los seis, edificaba una hermosa casa, aislada como un castillo, y traspasaba el almacen á otro riojano, para dedicarse él por completo á la usura, y á los veinte era dueño de la mitad de las tierras ganadas á los moros por los llamados «primeros pobladores de la Ciudad» y repartidas á éstos por los Reyes Católicos.

Volviendo á D. Rodrigo (lo cual no es apartarnos mucho de D. Elías, en cuyas garras lo hemos dejado), diremos que, durante los diez años transcurridos desde que volvió de la guerra hasta aquel en que vencian sus ruinosas obligaciones usurarias, habíase casado, por caridad más que por amor, con una huérfana de familia muy distinguida, pero muy pobre; habia tenido en ella un hijo; habia enviudado poco despues, cuando ya era amor la compasion que le movió á casarse; y, en uno y en otro estado, por consejo de su prudente esposa, habia ido desprendiéndose de su antiguo lujo, ora vendiendo caballos, alhajas, ricos muebles, preciadas ropas y mucha plata labrada, ora despidiendo servidores y reduciendo sus gastos á la mayor estrechez compatible con el decoro de su clase,--entre la cual, como en todo el pueblo (dicho sea sin ofender á nadie), era más querido y respetado segun que se iba quedando más pobre...

En equivalencia, la aversion general que siempre habia inspirado D. Elías (como todos los que trafican y medran con el dolor ajeno), convertida en odio y escándalo cuando reclamó á D. Rodrigo los diez mil duros de gabela, rayaba en 1823 en horror y persecucion, por el presentimiento que se tenía de que aquella deuda inextinguible, especie de cáncer que fomentaba cruelmente el prestamista, estaba á punto de tragarse, si ya no se habia tragado, todo el pingüe caudal de los Venegas.--Vivia, pues, encerrado en su casa el rico avariento, sin atreverse á salir ni áun á misa, por miedo á los desaires de toda clase de personas, y especialmente á los insultos de la gente soez y de los chicos, que le decian _Caifás_ en su propia cara; y pasábase allí meses y meses, detestando y gruñendo á la buena mujer, antigua criada suya, con quien estaba casado, y acariciando y cubriendo de perlas y de brillantes á una preciosa hija (ya de ocho años) que habia tenido á la vejez, y á la cual adoraba con sus cinco sentidos y tres potencias, ó sea con lo que en otros hombres se llama _alma_.

Así las cosas, y cuando de la última liquidacion resultaba que D. Rodrigo era en deber á D. Elías (no exageramos: podeis echar la cuenta) ciento cuarenta y siete mil doscientos nueve duros (tres millones de reales mal contados); cuando el infeliz caballero no hacía más que calcular que todos sus cortijos, viñas y olivares, y el mismo antiguo caseron, vendidos en pública subasta, y bien pagados, no producirian ni con mucho aquella cantidad; cuando, sufrido y animoso como siempre, y atento al porvenir de su hijo, pensaba (¡á la edad de cuarenta y un años!) en pedir una charretera de alférez, por cuenta de sus servicios en la Guerra de la Independencia, y lanzarse á pelear contra aquellos otros franceses que á la sazon profanaban el suelo de la Patria, aconteció que un dia amaneció ardiendo por los cuatro costados la solitaria casa del usurero.

Trabajo le costó á éste escapar de las llamas, llevando en brazos á su medio asfixiada hija y seguido de su horrorizada mujer, sin que le hubiera sido posible poner ántes en salvo ni muebles, ni ropas, ni alhajas, ni el dinero contante, ni tan siquiera los preciosos papeles que representaban sus grandes créditos contra D. Rodrigo y otras varias personas...--Y lo peor del lance era que aquel incendio no podia considerarse casual, ni lo pareció á nadie; que, sin embargo, el pueblo entero lo veia con mucho gusto ó con glacial indiferencia; que los gremios de albañiles y carpinteros (allí no ha habido nunca bomberos ni bombas) hacian muy poco por tratar de apagarlo, á pesar de las excitaciones de la Autoridad, y que el iracundo D. Elías, refugiado en casa del Alcalde, proclamaba á gritos que todo aquello era «_obra de sus poderosos deudores, para que se quemaran los recibos y vales de lo que le debian..._»

Tan graves sucesos y acusadoras especies despertaron aquella mañana de su tranquilo sueño al noble y valeroso Venegas, el cual, no diremos que sin encomendarse á Dios ni al diablo; pero sí que dejándose llevar más de sus generosos arranques que de miedo á la vil calumnia, corrió á la casa incendiada; arengó á algunos albañiles; metióse entre el humo y el fuego; trepó al piso principal por una escalera de mano; llegó al despacho de D. Elías, que era una de las habitaciones más amenazadas; penetró en ella, contra el consejo de los mismos operarios que le habian ayudado á derribar la puerta; cogió una papelera antigua, donde muchas veces habia visto al usurero meter vales y recibos, y la arrojó por la ventana á la calle...--Poco despues, salia tambien Venegas de aquel volcan, entre los aplausos de la multitud, llenas de horribles quemaduras la cara y las manos y despidiendo humo sus destrozadas ropas...--No se dejó, empero, curar, sino que inmediatamente registró la papelera, que se habia hecho pedazos al caer; apoderóse de todos los documentos suyos que contenia, y encaminóse con ellos á casa del Alcalde, adonde llegó casi ya sin aliento...

--Tome usted, Sr. D. Elías... (dijo á su abominable acreedor,--que se habia espantado al verle llegar de aquel modo, creyendo que iba á matarlo:)--Tome usted... Aquí están todos mis vales y recibos...--Puede usted disponer de mi caudal...

Y, pronunciadas estas palabras, cayó redondo en tierra, con la terrible convulsion llamada _tétanos_.

Pocas horas despues era cadáver.

II.

FINIQUITO.

No necesitamos describir, por ser cosa que se adivinará fácilmente, el profundísimo dolor, mezclado de admiracion y entusiasmo, que produjo en toda la Ciudad y pueblos limítrofes la muerte del buen caballero, ni tampoco el magnífico entierro que _le costearon_ sus iguales, dado que en él hubiese algo que _costear_, que no lo hubo, á Dios gracias, pues hasta la música de la Capilla de la Catedral asistió de balde, y el cerero no quiso cobrar la merma, y todas las Parroquias concurrieron _grátis_ y espontáneamente á compartir con la del difunto el señalado honor de dar tierra y descanso á aquellos gloriosísimos restos...--Diremos tan sólo, para que se vea hasta dónde llegó el delirio público, que la tarde de la fúnebre ceremonia (á la cual no asistió el usurero) no le cabia á nadie duda de que el mismo _Caifás_, en premio de la sublime accion de D. Rodrigo, se contentaria con reintegrarse de los diez ó doce mil duros que efectivamente le habia prestado y con una ganancia regular y módica, dejando el resto de los bienes para el pobre huérfano, de edad de diez años, que se quedaba solo en el mundo, sin más amparo que la misericordia de los buenos...

Pronto salieron de su error aquellos ilusos. Don Elías no aguardó siquiera á que acabase de humear el incendio de su casa (donde, dicho sea entre nosotros, habia perdido únicamente el valor del edificio y seis ú ocho mil duros en ropas y muebles, en las alhajas de su hija y en un poco dinero contante y sonante), sino que, el mismo dia del entierro del caballero, presentó al juzgado los vales y recibos de éste, reclamando la _totalidad del adeudo_, ó sea tres millones de reales en números redondos.

Gran repugnancia costó al Juez declarar legítima aquella peticion; pero el usurero tenía tan bien atados los cabos, y el noble deudor se habia dejado ligar tan estrechamente, que fué indispensable sacar á pública subasta todos los bienes del caballero...--Ni faltaron entónces, de parte de otros hijosdalgo y personas acomodadas, buenos propósitos, y juntas, y discursos, y hasta votaciones, en que se reconoció por unanimidad la conveniencia de presentarse á la licitacion, y pujar las fincas hasta las nubes, cargando en mancomun con el perjuicio que resultare; todo ello á fin de reunir decorosamente un pedazo de pan al hijo de Venegas...--Mas ya se sabe lo que suele ocurrir en estas cosas. Hablóse tanto, que del hablar resultaron querellas personales entre los presuntos bienhechores, sobre quién estaba dispuesto á hacer más sacrificios, y sobre los móviles secretos de cada uno, y sobre lo que sucedió cierta vez en un caso análogo, y sobre las ideas y actos políticos de D. Rodrigo en aquella tormentosa época; y, con esto, hubo tales disgustos, que se retrajeron de asistir á las juntas muchas personas que tambien debian grandes cantidades á _Caifás_, y pasaron dias, y llegó el marcado por los edictos, y, como aquellos señores no habian llegado á un acuerdo, la subasta resultó desierta.--Rematáronse, pues, á favor del prestamista, por ministerio de la Ley y con gran sentimiento del público, las viñas, los olivares, los cortijos, la casa, los muebles, las ropas y hasta la espada del benemérito patricio, en la cantidad de cien mil y pico de duros...

--¡Pierdo un millon! (dijo el terrible anciano, al firmar la diligencia de remate.) Pero ¡qué remedio!... Los bienes del maniroto y despilfarrado Venegas no valen ni un ochavo más...

--¡No pierde usted nada, sino que gana cerca de dos millones!... (le respondió severamente una persona de la curia.) ¡Verdad es que, en cambio, y segun espera todo el mundo, regalará usted una buena cantidad al inocente huérfano; se hará cargo de su educacion; cuidará de su porvenir!...

--¿Yo?--¿Cuidar?--¿Qué está usted diciendo?--¡Harto hago en cuidar á mi hija!--Por lo que toca á regalos de _buenas cantidades_, ¡ya los harán _el dia del juicio_ los admiradores del difunto héroe!--¡Es muy fácil recetar por cuenta ajena!

--Pero considere usted que ese muchacho se queda pidiendo limosna...

--Á su edad la pedia yo tambien...--replicó el usurero, volviendo la espalda.

La indignacion general contra D. Elías llegó al último límite segun que fueron sabiéndose todos estos pormenores, y gracias á que el astuto riojano, cuya casa habia quedado reducida á cenizas, continuaba viviendo en la del Alcalde; que, de no ser así, lo hubiera pasado muy mal. Sin embargo, como en el mundo no hay nada más valiente que un usurero apoyado en la Ley (de donde todos los judíos son tan amantes y conocedores de ella), y como, por otro lado, nuestro buen _Caifás_ no era cobarde de nacimiento, sino prudente conservador de sus millones y del infinito placer de aumentarlos, resolvió mudarse inmediatamente al caseron solariego de los Venegas, que ya le pertenecia; y, para ello, dispuso hacer en él una poca obra, reducida á fortificarlo bien y á proveerlo de muchos cerrojos, llaves y trancas.

Algo se habló tambien con este motivo sobre juntas y conciertos de los operarios para no trabajar en los reparos de aquella venerable mansion; pero D. Elías, que lo supo, anunció que pagaria los jornales con algun aumento, en atencion á la carestía del pan; por cuyo sencillo medio halló de sobra quien le sirviera, y pudo trasladarse muy pronto á su nueva casa, con su mujer y con su hija, aprovechando al efecto cierta noche que llovia á cántaros y en que no andaba por la ciudad persona humana...

Una vez dentro del antiguo palacio, y atrancado que hubo las puertas, respiró con satisfaccion, como quien no pensaba volver á salir á la calle en otros cuatro ó cinco años, y dijo á su mujer:

--Mañana mismo escribiré á mi banquero de la Capital para que le envie á _la niña_ cinco mil duros de ropas, alhajas y juguetes.--Tú y yo nos arreglaremos de cualquier modo.

Y dió una docena de besos á su hija, y se acostó en la cama que habia sido de D. Rodrigo y cuyos aplastados colchones conservaban todavía la huella del peso de su cadáver.

La mujer del avaro no quiso ocupar en aquel lecho dos veces fúnebre el sitio de la que fué años ántes felicísima esposa del pundonoroso caballero, y, pretextando tener que trabajar mucho, se pasó la noche dando cabezadas en una silla.

En fin..., _Soledad_, la niña mimada, la hija querida de _Caifás_, durmió en la cama que habia pertenecido al desahuciado hijo de Venegas.

¿Qué habia sido entretanto del pobre huérfano, del desheredado de diez años, del niño en cuyo lujoso catre soñaba con los prometidos juguetes la millonaria de ocho abriles?

Aquí es donde verdaderamente principia nuestra historia.

III.

DE CÓMO UN NIÑO DEJÓ DE SERLO.

_Manuel_, que así se llamaba el huérfano, era, la funesta mañana en que su padre lo dejó dormido para ir á lanzarse al fuego que devoraba la casa de D. Elías, un gentilísimo muchacho, blanco y sonrosado como el más vistoso amanecer, y alegre y retozon como una fierecilla descuidada.--Criábalo D. Rodrigo con el mayor esmero, no cifrado todavía en enseñarle nada literario, ni tan siquiera á leer y á escribir, de lo cual decia que siempre habria tiempo, sino en fortalecer y avalorar su ya robusta naturaleza física, sujetándolo á rudos ejercicios de agilidad y fuerza, aleccionándolo en la equitacion y en la natacion, obligándolo á andar largas jornadas en interminables cacerías y explicándole de paso los misterios de la Sierra, la botánica de los montesinos, la medicina de los cortijeros, la astronomía de los pastores, las costumbres de todos los animales, la manera de luchar con ellos y matarlos, ó de cogerlos vivos y reducirlos á su obediencia, y otros muchos secretos de la vida agreste y montaraz; de donde resultaba que siempre estaban juntos padre é hijo, y que se querian y trataban, más que como lo que eran, como dos hermanos, como dos camaradas, como dos compadres.