Part 19
En fin: el caso era de lo más grave y comprometido que pudieron apetecer nunca los aficionados á querellas y desastres.--Si _Vitriolo_ hubiese estado allí, se habria bañado en agua de rosas.
Un buen hombre, el viejo buñolero de la Plaza, tuvo entónces una idea muy feliz, nacida de su deseo de conjurar el inminente conflicto, llamando hácia otro lado la atencion de Manuel y de los espectadores:
--¡Un real (exclamó), por que Manuel baile con la señora Marquesa!
Y señalaba á la huéspeda de D. Trajano.
El pensamiento fué muy aplaudido y despertó en la gente una frenética y deliberada alegría, que más bien era generosidad y misericordia.--La causa del Bien acababa de ganar mucho terreno.
Nadie pujó en contra del piadoso anciano; y, como la más vulgar cortesía vedaba á Manuel oponerse á bailar con tan noble señora, y, por otra parte, convenia á su propósito que la ley tradicional de la Rifa fuese aquel dia respetada ciegamente por todo el mundo, cedió al blando impulso con que lo animaban muchas personas, y adelantóse hácia la forastera.
Esta no se hizo de rogar, y ya estaba de pié cuando Manuel llegó á ella sombrero en mano. Dirigió la beldad una amable sonrisa á nuestro héroe, por vía de saludo; tercióse la mantilla debajo del brazo, como si hubiese nacido en el propio Albaicin; y, tomando puesto entre las demas parejas (que hicieron alto inmediatamente, con gran respeto, para que la gentil madrileña y el famoso Manuel luciesen mejor su gallardía), rompió á bailar un fandango clásico, sobrio de mudanzas, pero voluptuoso como el que más, que arrancó mil aclamaciones á los circunstantes.
Manuel apénas se movia. Hubiera podido decirse que únicamente oscilaba, atraido por las alternadas idas y venidas de la bella aristócrata, cuyo traje de seda crujia á cada garbosa contorsion de sus brazos y talle, como las lucientes escamas de elegante culebra que se irgue y enrosca alternativamente, queriendo fascinar á la ansiada víctima.
Pero el infortunado jóven, á quien la negra suerte habia reservado aquel último escarnio, no levantaba la vista del suelo.
Soledad aprovechaba en tanto la general distraccion para devorar á su amante con los ojos... Seguia Antonio casi vuelto de espaldas á su mujer y al público... Y, como si todavía fuese posible que sustituyese la comedia á la tragedia, D. Trajano y Pepito sentian unos celos feroces al pensar que no eran ellos idóneos para el personalísimo arte de Terpsícore.
Acabó de bailar la llamada Marquesa, y quedó con los brazos medio tendidos, esperando el inexcusable abrazo de ordenanza.
Manuel se detuvo, cortado..., y ella permaneció tambien inmóvil, dominada por el femenil pudor.
--¡Que la abrace!--gritó el público.
Manuel avanzó tímidamente y abrazó á la hermosa forastera, entre los aplausos del gentío.
Cogióse entónces ella de la mano del jóven, para que la condujese á su sitio, y díjole á los pocos pasos, deteniéndolo:
--¡Conque ya no se marcha usted!--Vaya usted á visitarme y hablaremos de América...--Yo tengo intereses en Lima.
--Señora... (contestó Manuel lúgubremente.) ¡Lo que ha tenido usted es la crueldad de bailar con un cadáver!
La forastera sintió un escalofrío de horror, y, soltando la mano del infeliz, lo saludó ceremoniosamente y corrió á su asiento.
--¡Es un hombre finísimo!... ¡Un hombre delicioso!...--iba diciendo á izquierda y derecha, para ocultar su miedo y su humillacion.
En aquel mismo instante sonó una voz terrible, como la trompeta del Juicio Final: la voz de Manuel Venegas, que decia:
--¡Cien mil reales por que baile conmigo aquella señora!
Y señalaba á Soledad.
Todo el mundo se puso de pié, y Antonio el primero de todos.
Reinó, pues, una agitacion indescriptible.
Manuel Venegas estaba plantado en medio de la explanada, solo, con los brazos cruzados, y fijos los ojos en la _Dolorosa_.
Esta y su madre contenian á Antonio, miéntras que las Autoridades, los Prebendados, el señor de Mirabel y otras muchas personas de viso le decian que Manuel estaba en su derecho; que la peticion era legal; que sólo podia rechazarse haciendo otra oferta mayor; pero que sería temeridad intentarlo, cuando aquel hombre poseia millones y estaba medio loco.
La gente de pelea y toda la chusma de chiquillos y pordioseros gritaban entre tanto:
--¡Ya está dicho! ¡Cien mil reales!--¡Si el otro no da más, que tenga paciencia!--¡Vamos, señora!... ¡Salga usted á bailar, que se hace tarde! ¡El Niño Jesus es ántes que todo!--¡Señor Arregui, en este sitio no se pelea más que con dinero! ¡Suelte usted la mosca ó la mujer! ¡No hay escapatoria!
Antonio tuvo que desistir de su empeño de ir á concertar con Manuel un desafío á muerte (que era el plan que se deducia de sus medias palabras), y, apremiado por el Mayordomo de la Cofradía, que gritaba con voz oficial: «_¡Cien mil reales por que baile la señora de Arregui con D. Manuel Venegas!_», exclamó con irritado acento:
--¡Todo mi caudal por que no baile!
--¡Eso no sirve!--¡Esa proposicion es nula!--¡Desde lo que pasó aquí hace ocho años, quedó establecido que sólo se admiten pujas de dinero presente! ¡D. Elías no le pagó á la Hermandad aquellos dos mil duros, y los cofrades tuvimos que pechar con las costas del juicio!
Así dijeron á Antonio en varias formas y maneras los gritos de la muchedumbre y los discursos de las importantes personas que lo rodeaban.
Manuel seguia impasible, esperando en su puesto.
Soledad habia dicho ya varias veces á su marido:
--¡Déjalo! ¡Bailaré! ¿Eso qué importa?--¡Tambien ha bailado la prima del Marqués!
--¡No bailas!--replicó duramente Antonio.
--Dices bien.--¡Que no baile! (exclamó la señá María Josefa).--Vámonos á casa.
--¡Eso es imposible! (repusieron los hombres graves y la Autoridad.) ¡Hay que respetar las costumbres del pueblo! ¡Hay que evitar un motin! El Niño Jesus no puede perder ese dinero...
--Iré á mi casa y á casa de mis amigos por todo el oro que pueda reunir... ¡y pujaré hasta las nubes!...--contestóles el digno riojano.
--¡Locura! (arguyeron los otros.) ¡Pronto será de noche!--Además: ¿cómo va usted á dejarse aquí á la señora?--Ni ¿cómo llevársela, sin que baile?--¡Nadie lo consentiria!...
En tal situacion, dejó su asiento la forastera, la dictadora de aquel pueblo, la mujer de todos temida y reverenciada, y, llegándose á Soledad, la cogió de la mano y le dijo políticamente:
--Señora: quisiera tener el honor de llevarla yo del brazo al baile...--Y usted, caballero Arregui, reflexione que yo misma he bailado con la persona de que se trata...--Conque vamos, señora... Se lo suplico...
Soledad se levantó.
Arregui no supo qué contestar, y bajó la cabeza desesperadamente.
El público abrió calle, y la forastera condujo á Soledad á donde la aguardaba su atrevido amante.
Este acababa de sacar de la faja lo que habia parecido un par de pistolas, y que resultó ser un par de paquetes de onzas de oro. Contó trescientas trece sobre la bandeja que le presentaba un cofrade, y dijo naturalísimamente:
--Sobra media onza.--Désela usted á cualquier necesitado.
En seguida se volvió hácia Soledad; saludóla, quitándose caballerescamente el sombrero; y, como en esto principiase la música, comenzó tambien el fatídico baile de aquellos dos séres que no habian cruzado nunca una palabra y que, sin embargo, podia decirse que habian pasado la vida juntos, alentados por una sola alma, subordinados á un mismo destino.
Soledad no bailaba: iba y venía de un lado á otro, con los ojos fijos en tierra, como dominada por un vértigo. Manuel no bailaba tampoco: seguia los pasos de Soledad, mirándola frenéticamente, como el sediento mira el agua que va á llevar á sus labios.
Antonio temblaba con la faz oculta entre las manos, para no ver el ludibrio que se hacía de su amor, tal vez de su honra...
El público guardaba un silencio medroso, que parecia la tácita expresion del remordimiento anticipado.
Detúvose, al fin, Soledad, como dando por concluida tan espantosa danza, y levantó hácia Manuel unos ojos hechiceros, voluptuosos y malignos, en que se leia toda la carta que le habia escrito al amanecer...
Manuel se llegó entónces á su querida con los brazos abiertos, en los cuales se arrojó ella, sin poder dominar el amoroso arrebato de su alma y de su sangre. Recogióla el mísero, y la estrechó á su corazon, como el trofeo de toda su vida..., y el mundo y el cielo desaparecieron á la vista de los dos insensatos...
--¡Socorro! ¡que la ahoga!--prorumpió súbitamente la madre, corriendo hácia ellos.
--¡Asesino!--gritó Arregui, al alzar los ojos y ver lo que pasaba.
--¡La ha matado!--exclamaron otras muchas personas entre alaridos de indescriptible horror.
Y era que todos habian visto á Soledad ponerse azul, echar sangre por la boca y por los oidos, y doblar la cabeza sobre el seno de Manuel Venegas... ¡Era que los más cercanos habian oido crugir endebles huesos entre aquellas dos férreas tenazas con que el atleta loco seguia estrechando contra su corazon á la _Dolorosa_!
¡Y el desdichado (ignorante sin duda de que le habia dado muerte) miraba entretanto en derredor suyo, como desafiando al universo á que se la quitara!...
Á todo esto, la madre habia llegado, y pugnaba inútilmente por desasir á su hija de los brazos de aquel leon...
Antonio se abalanzaba por su parte al puñal que tenía á los piés el Niño Jesus, y corria hácia Manuel lanzando aullidos de venganza...
Manuel lo vió llegar; vió que le heria; sintió el golpe; pero no hizo nada para defenderse, por no soltar á su adorada...
Sólo cuando el puñal húbole atravesado el corazon, fué cuando abrió los brazos, de donde se desplomó en el suelo el cadáver de la _Dolorosa_.
Cayeron, pues, juntos los dos amantes, y la sangre de ambos, revuelta y confundida, fué devorada por la sedienta tierra.
La madre, sin sentido, formaba grupo con los muertos.
Antonio volvió á poner el puñal á los piés del Niño Jesus, y se entregó voluntariamente á la Justicia.
FIN.
ÍNDICE.
PÁGS.
LIBRO PRIMERO. En lo alto de la sierra.
I. Sinfonía. 5 II. Nuestro héroe. 10 III. Habla el coro. 16
LIBRO II. Antecedentes.
I. La mosca y la araña. 27 II. Finiquito. 37 III. De cómo un niño dejó de serlo. 42 IV. Un cura de misa y olla. 45 V. El acreedor del usurero. 50 VI. Soledad. 62 VII. Varias y diversas opiniones de don Trinidad Muley. 68 VIII. Peripecia. 85 IX. Operaciones estratégicas. 95 X. El emplazamiento. 112
LIBRO III. La vuelta del ausente.
I. La caida de la tarde. 131 II. La realidad. 139 III. De lo que aquella noche pensaron y dijeron los habitantes de la Ciudad. 153 IV. Dos retratos por vía de entremes. (Capítulo inútil, que pueden dejar de leer los impacientes). 160 V. De cómo se casó Antonio Arregui. 171
LIBRO IV. La batalla.
I. El cuartel general de _Vitriolo_. 197 II. La Procesion. 225 III. Último vuelo de un par de perdices. 256 IV. Los niños y los viejos. 285 V. El rocío del alma. 300 VI. Marcha triunfal. 318
EPÍLOGO.
I. Llegada de Desaix á Marengo. 331 II. La rifa. 350
End of Project Gutenberg's El Niño de la Bola, by Pedro Antonio de Alarcón