Part 17
--En cuanto al marido de Soledad (exclamó con enfático tono), ¡hay que reconocer que es un valiente! ¡Ya vieron ustedes lo que hizo ayer! ¡Ir, sin quitarse las espuelas, á la Ermita de Santa Luparia, en busca del célebre maton, á quien D. Trinidad Muley habia escondido en una especie de escaparate!--¡Yo no dudo de que cuando sepa (como ya lo sabrá á estas horas) que su madre política y su hijo han pasado la noche en casa del amante de su mujer, vendrá á pedir satisfaccion á éste y echará por tierra todas las artimañas del fanatismo y la cobardía!
Muchas personas se apartaron muy disgustadas de aquel energúmeno, y fuéronse en busca de otros corrillos donde se comentasen más piadosamente las maravillosas y ya públicas escenas ocurridas aquella noche en la antigua _Casa del Chantre_... Pero _Vitriolo_ no se desconcertó por ello, sino que se rió de los que le dejaban, y continuó hablando de esta manera:
--¡Por supuesto, que Antonio Arregui irá de todos modos esta tarde á la Rifa, á recoger el guante de su rival!--Así lo juró ayer, cuando se enteró de que el hijo de D. Rodrigo tuvo anteanoche el atrevimiento de ir á llamar á la puerta de su casa, estando él en la Sierra...--¡Lo sé de muy buena tinta!--¡Por consiguiente, si el _Niño de la Bola_, el de las amenazas de hace ocho años, se marcha del pueblo, sin acudir á la palestra, tanto peor para su honra y fama!--¡Verdad es que puede que todavía ignore nuestro pobre paisano (y se le haria un gran favor en contárselo) que Antonio Arregui fué ayer tarde á buscarle en són de desafío á la Capilla de Santa Luparia!...--¡Honor es de este pueblo que el asunto no se haga tablas de la manera indecorosa que se propone D. Trinidad Muley! ¿Qué dirian los riojanos, si el héroe de la Ciudad huyese de uno de ellos? ¡Dirian que los andaluces no tenemos sangre en las venas!--Y todo ¿por qué? ¡Porque los curas han sorbido los sesos á una especie de salvaje cargado de millones, á fin de sacarle el dinero!--¡Digo á ustedes que me abochorno de tan groseras supercherías!
--¡Y yo me abochorno de que usted vista el uniforme de persona humana! (exclamó el Capitan, que habia llegado momentos ántes.) ¡Usted es un bicho!
_Vitriolo_ se echó á reir.
--¡No se ria usted! (añadió el veterano, temblando de cólera) ¡Mire que hoy vengo resuelto á aplastarlo, si no deja de corromper el aire con sus viles calumnias!
--¡Amenazas y todo! (replicó el boticario despreciativamente.)--¿Lo han comprado tambien á usted? ¿Le ha tocado alguna joya de las regaladas al Niño de madera?--¡Pues me alegraré de que la disfrute!
Y le volvió la espalda, asustado de lo que acababa de decir.
--¡Lo que me ha tocado va usted á verlo ahora mismo! (rugió el Capitan.) ¡Tome usted! ¡en nombre del Ejército!
Y arrimó al insolente materialista un soberano puntapié en la parte más vil de su materia propia.
El pobre ateo se llevó las manos á la parte contusa, y huyó diciendo:
--¡Ah! ¡lo de siempre! ¡el militarismo! ¡el cesarismo! ¡la fuerza bruta! ¡el brazo secular de la tiranía!
--No ha habido tal _brazo_, mi buen _Papaveris_... (díjole Paco Antúnez, negándole el auxilio que fué á pedirle.) ¡La caricia ha sido con el _pié_, y de las buenas!
Y se alejó de él desdeñosamente.
Este lance, que hizo reir mucho á cuantos lo presenciaron, fué como la señal y comienzo de la gran derrota que habia de sufrir _Vitriolo_ aquella mañana á la vista de todos sus discípulos.
Decímoslo, porque en tal momento comenzaron á salir de casa de Manuel las famosas cargas de equipaje, precedidas del arriero de Málaga,--que estaba contentísimo, creyéndose ya, sin duda, camino de las Indias.
La emocion del público, al ver aquella prueba material de que Manuel se iba, de que D. Trinidad habia triunfado, de que la fiera perdonaba..., fué grandísima, al par que noble y jubilosa, con muy escasas excepciones.
--¡Manuel se va! (decian unos.) ¡D. Trinidad no tiene precio! ¡Eso es lo que se llama un buen cristiano!
--¡Manuel se va! (exclamaban otros.) ¡La verdad es que este desenlace tiene algo de prodigio!
--¡Los Venegas fueron siempre así! (expuso el viejo buñolero de la Plaza.) ¡Parece que poseen el don particular de entusiasmar al pueblo!--La mañana de hoy me recuerda aquella otra en que don Rodrigo salvó los papeles de D. Elías del incendio que nadie queria apagar...--¡Todos aplaudimos entónces sin saber por qué..., y ya está pasando ahora lo mismo!...--¡Miren ustedes!--La gente llora...; los chicos bailan de contento...; las mujeres se asoman á los balcones...--Voy á avisar á la mia...
--¡Lástima de dinero, que sale de la Ciudad! (decian al mismo tiempo los de otro corrillo, aludiendo á las tres voluminosas cargas.) ¡Cuidado que ahí caben onzas!
En el ínterin, _Vitriolo_, olvidado de su percance, como se olvida el General de sus heridas hasta que concluye la batalla, acercábase desesperado y medio convulso al triunfante arriero, y le preguntaba con indecible angustia:
--¿Á qué hora se marcha su amo de usted? ¿Tardará todavía algo? ¿Habrá tiempo de hablarle?
--¡Qué ha de haber, hombre! (respondió el malagueño, con voz descompasada.) ¡Lo que hay en este pueblo es un Cura que vale más que Dios!
Y, quitándose el calañés, y tremolándolo por alto, exclamó en medio de la Plaza, con un fervor y un gracejo indescriptibles:
--¡Caballeros! ¡Viva D. Trinidad Muley!
--¡Viva!--respondieron más de mil voces.
Y tampoco faltó quien convidara, en el acto, á aguardiente y buñuelos al señor Frasquito Cataduras, en pago de «la justicia que acababa de hacer á un hijo de tan calumniada ciudad.»
Desde aquel instante, la batalla estaba completamente perdida para _Vitriolo_.--Todo el público era del Cura, aplaudia su obra, respiraba la grata atmósfera del bien, daba su sancion á la pacífica retirada de Manuel Venegas.
Y tal fué el momento en que nuestro héroe apareció á caballo en la puerta de la que tan pocas horas habia sido su casa.
Un murmullo de honda conmiseracion lanzó la apiñada muchedumbre.
Manuel avanzaba rígido, cárdeno, silencioso, mirando al cielo, por no mirar al mundo, y acompañado de D. Trinidad Muley, que marchaba á pié, á su derecha, y le dirigia de vez en cuando alguna palabra consoladora.
Era, exactísimamente, el luctuoso cuadro de un reo marchando al patíbulo.
El gentío empezó por saludarlo grupo á grupo, segun que iba pasando por delante de cada uno de ellos; pero al fin acabaron descubriéndose todos de golpe, como cuando se está en presencia de un rey.
Ocurrió entónces un incidente en que repararon muy pocos.--La célebre _Volanta_ trató de acercarse á Manuel Venegas, por el lado opuesto al en que iba D. Trinidad, y áun se vió en sus manos un papel, que pudo suponerse una peticion de limosna.--Pero el Sacerdote, que lo observara, pasóse con rapidez á aquel lado; y miró y habló á la indigna vieja con tal furia, que la hizo huir y esconderse entre la muchedumbre.
Manuel no advirtió nada, sino que prosiguió su marcha triunfal, mudo, inmóvil, indiferente, clavado en el caballo, como el cadáver del Cid, y ganando, como él, aquella batalla póstuma á que no asistia su espíritu.
De este modo pasaba ya por delante de la puerta de la botica, no sin profundo dolor de _Vitriolo_, que iba á encerrarse en ella con su derrota, cuando notóse gran agitacion al otro lado de la Plaza, y vióse que Antonio Arregui, lívido de furor, corria primero hácia la casa en que Venegas habia vivido, y luégo en seguimiento de él,--indicado que le hubo álguien que aquel jinete era la persona á quien buscaba.
Pero D. Trinidad estaba en todo; y, abandonando á Manuel, voló al encuentro del indignado Arregui, al cual (justo es decirlo) detenian aquella vez muchas personas bien intencionadas, de cuyas manos iba desasiéndose á duras penas.
Pocas palabras le habló D. Trinidad para explicarle satisfactoriamente cómo y por qué su suegra y su hijo habian pasado la noche en casa del _indiano_, y pocas tambien para convencerle de lo extemporáneo y hasta sacrílego del paso que queria dar, provocando á un hombre arrepentido y valeroso, que huia del combate por creerlo injusto, y se marchaba para siempre de su patria.
Arregui quedó absorto, al hacerse cargo de aquellas inopinadas novedades; y, como tenía mucho y excelente corazon, y D. Trinidad era el grande hombre que ya conocemos, y el mudable público echaba aquel dia todo su peso en el platillo del bien, ocurrió una cosa que de otro modo hubiera sido incomprensible...
Pero digamos qué le habia pasado entre tanto á Manuel Venegas.
Tan luégo como D. Trinidad se apartó de él, corrió á reemplazarle _Vitriolo_, el cual tuvo la audacia de coger la brida y parar el caballo, miéntras que alargaba la otra mano al _Niño de la Bola_ y le decia á media voz:
--¡Buen viaje, vecino!--¿No queria usted conocer á D. Antonio Arregui?--¡Pues ahí detras lo tiene, luchando con el señor Cura, que no puede ya sujetarlo!
El aborrecido nombre del marido de Soledad despertó á Manuel de su estupor y le hizo oir las demas palabras de _Vitriolo_.--Volvió, pues, rápidamente el caballo, y preguntó, echando fuego por los ojos:
--¿Cuál? ¿Cuál es?
Y se encontró con D. Trinidad Muley, que tornaba ya en su busca, diciéndole:
--Hijo mio: completa tu obra...--Acuérdate de lo que hemos hablado...--Aquí tienes á D. Antonio Arregui...--Te suplico que le pidas perdon...
Arregui estaba dos ó tres pasos más atras, altivo, digno, dispuesto á todo, bien que no pudiendo ménos de admirar aquella noble, hermosa y dolorida figura, que veia por primera vez, y acaso, acaso compadeciendo tan inmerecido infortunio.
Manuel contempló amargamente al esposo de Soledad, y vaciló algunos instantes entre los dos abismos que volvia á presentarle la desventura.
Reinó, pues, en toda la Plaza un hondo silencio, preñado de horrores.--Los segundos parecian siglos.
--¡Piensa en mí! ¡Piensa en quién eres! ¡Piensa en D. Rodrigo Venegas! ¡Piensa en el Niño Jesus!--murmuró D. Trinidad, levantando hácia el jóven las abiertas manos, en ademan de plegaria.
Manuel tembló de piés á cabeza, como si, al renunciar á su última y suprema arrogancia, renunciase tambien á la vida, y, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó al hombre á quien habia jurado matar.
Arregui se descubrió casi al mismo tiempo, respondiendo hidalga y afectuosamente á aquel saludo.
Una salva de aplausos estalló entónces entre el gentío, miéntras que mil y mil voces ensordecian el aire gritando:
--¡Viva Manuel Venegas! ¡Viva Antonio Arregui! ¡Viva D. Trinidad Muley! ¡Viva el Niño Jesus!
Manuel habia metido espuelas entre tanto, y desaparecido como una exhalacion, sin que la _Volanta_, que corrió detras de él, consiguiera darle alcance, ni detenerlo con sus descompasados gritos.
EPÍLOGO.
I.
LLEGADA DE DESAIX Á MARENGO.
De buena gana hubiéramos terminado esta obra con el capítulo anterior...--Nada habria perdido en ello la dignidad del género humano (en cuanto puedan representarla personajes tan imperfectos y oscuros como Manuel Venegas y la _Dolorosa_), y mucho nos lo hubiesen agradecido nuestros lectores predilectos..., que, si no son los más sabidos y leidos, tampoco son los de peor alma.
Pero hoy no tenemos la libertad discrecional del novelista: hoy somos esclavos de unos hechos desgraciadamente reales y positivos, y, por lo tanto, nos vemos en la dura obligacion de referir aquí el trágico suceso que llenó de luto la Ciudad aquel inolvidable dia, y que sobrepujó á los deseos del mismo _Vitriolo_ y á las aficiones románticas de la forastera.
No creais, sin embargo, que la indicada catástrofe contradijo en el fondo (ya que sí en apariencia) el saludable concepto final que, á nuestro juicio, se desprende de lo que llevamos narrado hasta ahora. Ántes bien le sirvió de comprobacion inmediata, demostrando cuán en lo cierto estuvo don Trinidad Muley al decir á Manuel Venegas, luégo que se enteró de que habia perdido la _fe_ religiosa (cuya restauracion _por el sentimiento_ apénas se habia iniciado despues en su pobre alma):--«_¡Ya serás del último que llegue!_...» esto es: ya no tendrá para tí más _autoridad_ el Bien que el Mal: ya elegirás entre ellos segun tus aficiones, ó segun el estado de lucidez de tu conciencia: ya no regulará tus actos otra _Ley_ que la que dicten tus propios afectos: ya no servirá de límite á tu soberbio albedrío el angosto cauce de la _obediencia_: ya caerás en todos los abismos que te atraigan...
Pero dejémonos nosotros de estas filosofías ó teologías, cuyo esclarecimiento no nos incumbe; y, reduciéndonos al humilde oficio de narradores de hechos consumados, volvamos á aquella plaza de la ciudad moruna, de donde acababa de salir para su voluntario destierro nuestro inculto y apasionado protagonista.
Poquísima gente quedaba ya en ella. Antonio Arregui, cuya austeridad de carácter conocemos, no habia tardado en alejarse de aquel sitio, rehuyendo conversaciones ociosas ó dañinas. D. Trinidad Muley habia hecho lo propio, anunciando que iba á meterse en la cama, pues con tantas fatigas y emociones, aumentadas por el dolor de ver partir para siempre á su adorado Manuel, sentíase muy mal y creia que estaba amenazado de un tabardillo. El septuagenario Capitan le dió el brazo y se marchó con él, jurando no volver más á la puerta de la Botica... Y, con todo esto, se disolvió el concurso, y cada cual tornó á sus quehaceres ordinarios, despidiéndose unos de otros «hasta la tarde, en la Rifa», no obstante el escaso interes que ya les ofrecia la fiesta.
En cuanto á _Vitriolo_, cualquiera habria dicho que una especie de vértigo le dominaba, pues no hacía más que dar vueltas y vueltas en la trasbotica, mirando al suelo, como si invocase al infierno, miéntras que sus labios proferian imprecaciones tan espantosas y repugnantes contra Soledad, contra Antonio, contra Manuel, contra el Capitan y contra el Cura, que, de todos sus discípulos, solamente uno le seguia fiel y le acompañaba.--Los demas se habian marchado en pos del ideólogo Paco Antúnez, proclamando que no querian servir de juguete á viles pasiones; que ellos eran incrédulos, pero no criminales, y que harto claro veian que el desalmado farmacéutico, más que adversario de la fe en Dios, era enemigo de la especie humana, y muy particularmente de aquellos individuos que se interponian entre él y la _Dolorosa_, por la cual continuaba sintiendo todos los furores del amor, de la desesperacion y de la impotencia.
Al único discípulo que permanecia fiel á _Vitriolo_ lo conocemos ya moralmente, por un conato de fechoría que estorbó la tarde ántes el Capitan retirado, echándole mano al pescuezo en la calle de Santa Luparia.--«_Filemon_» se llamaba aquel celoso voluntario de la maldad, cuyo nombre ha conservado la Historia por el odioso papel que al cabo logró representar este otro dia, no habiendo conservado tambien su apellido, como el de Drouet, por la sencillísima razon de que era expósito.
--¡Cálmate, _Vitriolo_! (decia Filemon á su maestro.) ¡Yo no te abandonaré jamás, como esos traidores que se han ido con Paco Antúnez! ¡Yo tengo tambien en el alma mucha amargura que escupir al mundo, y te seré fiel hasta la muerte!
--¿Qué me importa? (chilló el miserable, llorando... no lágrimas, sino verdadero vitriolo.) ¿Crees que mi furor es porque esos necios me han abandonado? ¿De qué me estarian sirviendo ahora? ¿De qué puede servirme ya nadie? ¿De qué me sirve la vida?
En este momento llamaron al mostrador.
Filemon se asomó á ver quién era, y dijo á _Vitriolo_:
--Sal á despachar.
--¡No despacho!--respondió el farmacéutico.
--¡Mira que es la _Volanta_!...
--¡Ah! ¡la _Volanta_! ¡Que éntre! ¡Que éntre!--¡Es el último recurso que me queda!
La bruja entró jadeante, sin aliento, bañada en sudor, y se dejó caer en una silla. En sus verdes ojos relucia tanta perversidad en accion, que _Vitriolo_ columbró un rayo de esperanza.--Dióle, pues, á falta de aguardiente, un poco de espíritu de vino con agua y jarabe, y le dijo, en són y estilo de cómitre:
--¡Vamos pronto! ¡Desembucha!--¡Tú tienes algo que contarme!
La _Volanta_ miró á Filemon, como si le estorbase su presencia.
--¡Descuida! (añadió _Vitriolo_.) Este es de los buenos, y podrá ayudarnos, si hay algo que hacer.--Conque ¡habla!
--¡Deja que pueda respirar!... (resolló al fin la vieja.)--Vengo reventada de correr detras de ese demonio..., y es lo peor que no he conseguido que oiga mis gritos.
--¿De quién se trata?
--¿De quién se ha de tratar?--¡Del _Niño de la Bola_!
--¡Cómo! ¿Tú deseabas hablarle? ¿Tenías acaso algo que decirle? ¿De parte de quién?
--¡Conque no has observado nada! ¡Conque no me viste cuando me acerqué á él y se atravesó el Cura!...--¡Me alegro! ¡Así te cojo más de nuevas, y me pagarás mejor mi secreto!
--¿Qué secreto?--¡Dímelo pronto, ruin hechicera, ó te estrujo hasta sacártelo!
--¡Así me gusta á mí la gente! ¡Con entrañas!--Dáme otro poco de esa bebida, que está buena...--Pues, señor, recordarás que esta madrugada me fuí de acá cerca de las cuatro (despues de referirte lo que ocurria en casa de Manuel), á contárselo á Soledad, que me aguardaba para salir de dudas acerca de si se iba ó no se iba hoy del pueblo su antiguo amante, y á enterar de camino á Antonio Arregui (por consejo tuyo) de que su suegra y su hijo estaban pasando la noche en casa de Manuel Venegas...
--Bien ¿y qué?--¡No me desesperes!
--¡Vamos despacio; que no soy costal!--Llegué á casa de la _Dolorosa_, que lo tenía todo preparado para que me abrieran la puerta sin que lo notase su marido...--(¡Una vez dentro, no habia cuidado; pues, como duermo allí muchas noches, mi presencia en la casa no podia chocar á nadie!)--El bueno de Antonio no se habia desnudado, y estaba abajo, en su despacho, paseándose como un basilisco, á causa de haber recibido á prima noche contestaciones muy agrias de su mujer (que, como sabes, lo domina completamente) sobre si ésta habia llorado ó no habia llorado en la Procesion...--Es decir, que, por medio de aquella pelea, habia conseguido la muy pícara lo que deseaba, que era desterrar al pobre marido de la cama de matrimonio, á fin de esperarme sola...,--y, con este mismo objeto, habia hecho que la madre se llevase á su casa el niño, diciéndole que aquel era el mejor modo de destetarlo...
--¡Acaba, con cinco mil demonios!
--¡Allá voy, hombre! ¡allá voy!--Pues, señor: encontré á doña Dulcinea metida en la cama, con muchos encajes y moños, como de costumbre (pues es presumida y orgullosa hasta cuando duerme), y con dos ojos abiertos como los de una lechuza, aguardando las noticias que yo debia darle sobre su adorado tormento.--¡Siempre te dije que la _Dolorosa_ no habia nacido para mujer de bien!--¡Es hija de _Caifás_, y basta!--¡La triste comida que me da, en cambio de las fincas que me robó su padre, tengo que tragármela revuelta con mil burlas é insultos por mi aficion á beber una gota de lo blanco, y, desde que no vive con su madre, la mayor parte de los domingos se queda sin misa!...
--¡Lo mismo haces tú, y las dos haceis bien! (exclamó _Vitriolo_.)--¡Vamos adelante; que estoy consumiéndome de impaciencia!
--Pues atiende, que ahora entra lo bueno.--«¡Ay, Lucía! ¡cuánto has tardado! (me dijo al verme.) ¿Se va el pobre Manuel? ¿Lo ha convencido el Cura?»--Ahora mismo acaba de convencerlo... (le respondí), y creo que se marchará hoy por la mañana.--«¡Hoy por la mañana! (gritó, hecha una loca.) ¡Eso no puede ser!... ¡Tú no sabes lo que te dices»!...--Contéle entónces todo lo que habia presenciado en casa del Chantre, y, segun yo le iba hablando, ella se ponia unas veces muy afligida y otras muy furiosa, hasta que al fin se tiró de la cama, hecha un sol... (¡porque lo que es á mujer y á bonita no le gana nadie!), y me dijo, dándome un abrazo tan apretado como si yo hubiera sido _él_:--«Lucía: ¿cuento contigo? ¿puedo fiarme de tí? ¿puedo poner en tus manos mi vida y mi honra?»--¡Figúrate lo que le contestaria! ¡Ya la tenía agarrada para siempre!...--Así es que no omití medio de tranquilizarla acerca de mi lealtad y de mi cariño.--Púsose entónces un vestido blanco; se calzó las chinelas, y comenzó á escribir como una desesperada.
--¡Dáme esa carta! (prorumpió _Vitriolo_.) ¡No tienes que decirme más! Adivino el resto...--La carta era para Manuel Venegas, y tú no has podido entregársela por más que has corrido...--¡Has hecho bien en traérmela! ¡Dámela ahora mismo!
--¿Qué significa eso de _dámela_? (replicó la bruja.) ¡Ántes tenemos que ajustar cuentas!
--¡Dáme la carta!--bramó _Vitriolo_, fuera de sí.
--¡Cá! ¡no te la doy!--Si no se la he entregado á Manuel, ha sido porque Soledad empezó y rompió tantos papelotes ántes de decidirse á entregarme éste, que, cuando salí á la calle, despues de hablar con Antonio, eran ya las cinco y media, y el Cura no me ha dejado despues acercarme á su protegido...--Pero ¡entregártela á tí!... ¡Qué disparate!--¡Yo he venido únicamente á que me la leas!--¿No ves que con esta carta tengo un capital? ¡Figúrate cuánto dinero me dará Soledad por recogerla!--Ahora: como no sé leer, necesito que tú me enteres de su contenido, para calcular hasta qué punto compromete á doña Zapaquilda.
--¿Quieres que se la arranquemos?--preguntó el expósito al boticario.
La vieja saltó como una víbora, y sacó una navajilla, diciendo:
--¡Al que se acerque á mí, lo abro en canal!--¡Vaya un amigo que te has echado, _Vitriolo_! ¿No sabes que es jugador con barajas compuestas? ¿No sabes que vive de robos como el que acaba de aconsejarte?
_Vitriolo_ replicó secamente:
--¡Te compro la carta!--Tengo ahorrado algun dinero de mi sueldo... ¿Cuánto quieres por ella?
--Esa es otra conversacion.--¡No te la doy por ménos de tres duros...!
--¡Aquí los tienes! (repuso el boticario, sacando del cajon del mostrador aquella cantidad.)--Venga el papel.
--¡Toma y daca!--exclamó la vieja, riéndose y guardando la navajilla.
_Vitriolo_ abrió el pliego (cuyo sobre no tenía nada escrito), y lo primero que hallaron sus ojos fué un retrato en miniatura, que representaba á un arrogante caballero de treinta ó treinta y cinco años.
--¿Quién es este hombre?--preguntó á la _Volanta_.--¡Se parece á Manuel Venegas!
--¡Toma! ¡Como que es su padre!
--Y ¿quién se lo ha entregado á Soledad?
--¡Mira tú! ¡la Justicia!--¿No sabes que todas las fincas, muebles y efectos de D. Rodrigo fueron á poder de D. Elías?
--Es verdad...--Leamos.
_Vitriolo_ devoró con los ojos la carta de la _Dolorosa_, y una alegría satánica, mezclada á veces de un dolor infinito, fué pintándose en su lúgubre rostro, á medida que avanzaba en su lectura.--Acabóla, al fin; y, dando un alarido de feroz complacencia, exclamó, volviendo á sus vertiginosos paseos:
--¡Ni el demonio! ¡ni yo mismo! ¡nadie hubiera inventado arma tan espantosa ni tan eficaz!--Lo que ni el público, ni los celos, ni la llamada honra, ni la ira, ni las palabras empeñadas lograron de Manuel Venegas, lo conseguirá este papel, lo conseguirá el amor.--¡Oh, cómo le quiere la malvada! ¡Y cómo lo precipita en el abismo!--¡Yo completaré la obra de esa imbécil, que toma al hijo de D. Rodrigo por un adúltero vulgar!...--¡Ahora mismo... Lucía... ahora mismo!...--¡No hay tiempo que perder!...--Ve á casa del alquilador de caballos, y dile que ensille uno para Filemon, quien irá á montar en seguida...
--Todo eso está muy bien... (observó la bruja). Pero ¿qué le digo á Soledad que he hecho con su carta?
--Tienes razon..., ¡hay que sostener su esperanza, para que no deje de ir á la Rifa!--Pues bien, dile que, no habiéndote sido posible acercarte á Manuel, se la has remitido (por ocurrencia tuya) con un posta, el cual te ha jurado darle alcance y entregársela en el camino...--Corre, pues, corre... ¡No tardes!--Dile al alquilador que el caballo sea fuerte y bueno...--Filemon va detras de tí...
La _Volanta_ salió corriendo.