El Niño de la Bola: Novela

Part 16

Chapter 163,876 wordsPublic domain

Reinó desde entónces en la casa un profundo silencio, interrumpido únicamente por los cautelosos pasos del vigilante Cura, que se acercaba de vez en cuando á la rendija de la puerta á observar á Manuel, y por los cuchicheos de las mujeres, acuarteladas en la cocina.

Polonia se encontraba entre ellas, por no haber podido dominar su inquietud y desasosiego quedándose en la otra casa.--Dormia el hijo de Soledad en brazos de su abuela, despues que Basilia lo hubo amansado con algunos bizcochos.--La _Volanta_, á fuerza de llorar hipócritamente, habia conseguido que D. Trinidad dejase de mirarla con prevencion, y formaba tambien parte de aquella especie de tertulia de enfermeras, en que tan buenas cosas se estarian diciendo.--Y, por último, el arriero de Málaga roncaba en el patio, incómodamente sentado en una dura silla, como lo exigia la gravedad de las circunstancias.

Lo primero que hizo Manuel cuando se quedó solo, fué apagar todas las velas que alumbraban al Niño Jesus, con lo que el salon quedó enteramente á oscuras...

Esto afligió mucho á D. Trinidad, que todavía cifraba algunas esperanzas en la antigua devocion de su pupilo á la preciosa Efigie en cuya compañía lo habia dejado...--Pero luégo recapacitó que el mismo hecho de apagar las luces podia significar, de parte del jóven, una especie de miedo á aquel fantasma de su extinguida fe, y tan juiciosa reflexion no pudo ménos de consolarle algo.

Manuel comenzó á pasearse en las tinieblas...

De vez en cuando se paraba, é ininteligibles monosílabos, rugidos sordos ó sofocados lamentos salian de sus labios, como si dentro de él mantuviesen empeñada controversia dos séres distintos, el uno más feroz que el otro...

Indudablemente, el jóven repasaba todas sus emociones de aquel dia: indudablemente le representaba su cerebro las provocativas alarmas del público; la calle de Santa María de la Cabeza; la inesperada aparicion de Soledad, su impavidez, su hermosura, su mirada de amor, sus copiosas y amarguísimas lágrimas; el encuentro con D. Trinidad Muley; las cristianas aclamaciones en que prorumpió la muchedumbre; los santos discursos del bondadoso sacerdote, su lloro, sus caricias; la visita del Niño Jesus; el alarde de impiedad con que él la habia recibido; el dolor que esto habia causado al buen Padre de almas; la aparicion de la madre y del hijo de Soledad; el digno lenguaje de la anciana; el llanto y la sonrisa del aquel inocente niño, y los insultos y amenazas del ofendido Cura, de su generoso protector, del sér que más le amaba en el mundo...

Ahora bien: todas aquellas palabras de cariño, todos aquellos piadosos consejos, todas aquellas solemnes apariciones, todas aquellas tiernas súplicas, todas aquellas dulces lágrimas, todos aquellos paternales enojos no podian ménos de haber ablandado el corazon de la fiera...--Por eso, sin duda, gemia, en medio de su rabia, como el leon herido: por eso batallaba tanto consigo propio: y por eso, y no por otra cosa, lo dejaba solo D. Trinidad Muley, viendo clarísimamente que ninguno de sus esfuerzos por vencerlo habia sido inútil; que todos estaban obrando en el rebelde espíritu del jóven, y que este espíritu vacilaba, temia, emprendia la fuga, tornaba á la pelea, retrocedia de nuevo, y podia acabar por rendirse de un momento á otro...--Pero ¡ay del bien! ¡ay de la paz! ¡ay de la caritativa empresa del digno Párroco, si el jóven no se rendia en tan extrema lucha!--¡Entónces no habria ya esperanza de salvacion!

Largo tiempo (¡son tan largas las horas de la agonía!) duró este combate entre la soberbia y la humildad, entre la ira y la paciencia, entre la pasion y la virtud, entre el amor propio y la abnegacion, entre el egoismo y la caridad, entre la bestia y el hombre.

Á eso de las dos, Manuel no se paseaba ya, ni rugia, ni se quejaba...--Solamente lanzaba de tarde en tarde hondos suspiros, que tambien cesaron al poco tiempo...

D. Trinidad no podia ya distinguir en qué parte de la habitacion estaba el jóven, ni si se habia sentado, ni si por acaso se habia dormido...--El silencio que reinaba en aquellas tinieblas era absoluto, sepulcral, verdaderamente pavoroso.--Parecia como que el enfermo se habia muerto...

Pero ¿no podia ser que sólo hubiese muerto su enfermedad? ¿No podia ser que Manuel Venegas acabase de revivir á la razon, á la justicia, á la dignidad humana, á la vida de la conciencia?

En esta duda, el Sacerdote desistió de la idea (que tuvo un momento) de coger una luz y entrar en la sala.

Pronto se alegró de haber sabido esperar; pues no tardó en advertir una cosa que le pareció fausta, simbólica y de mucho alcance, en medio de su vulgarísima sencillez, por cuanto le trajo á la imaginacion la humilde ceremonia con que se enciende _fuego nuevo_ en la Iglesia la mañana del Sábado de Gloria...

Fué el caso que Manuel dió repentinamente señales de estar vivo y despierto, poniéndose á encender luz por medio de eslabon, pedernal, yesca y alcrebite, al uso de aquella época.

--_Lumen Christi_...--murmuró D. Trinidad, santiguándose.

Obtenido que hubo nueva luz, el jóven la aplicó á las velas que apagara ántes, con lo que el Niño de la Bola tornó á verse profusamente alumbrado y tan clara como de dia toda la espaciosa habitacion.

Sentóse entónces nuestro héroe enfrente de la Imágen, y púsose á contemplarla con honda y pacífica tristeza.--La tempestad habia pasado, dejando en la ya sosegada fisonomía de aquel hombre de hierro profundas é indelebles señales.--Dijérase que habia vivido diez años en dos horas. Sin ser viejo, ya no era jóven. Sus facciones habian tomado aquella expresion permanente de ascética melancolía que marca la faz de los desengañados.

En cuanto á la triste mirada con que parecia acariciar la Efigie del Niño Jesus, no tenía tampoco la dulzura del consuelo. Era una mirada de tranquilo, incurable dolor, como la que, pasados muchos años de la cruel pérdida y del agudo padecer, posamos en el retrato de un hijo muerto, de los padres que nos dejaron en la orfandad ó de un antiguo amor que se llevó consigo las más bellas flores de nuestra alma...

--¡No reza! ¡no llora!--pensó amargamente don Trinidad, formulando á su modo las mismas ideas que acabamos de emitir.

Y se alejó de su acechadero con mucha más inquietud que alegría le causara al principio el ver que el jóven contemplaba á su antiguo Patrono.

--¡No hacen las paces! (añadió luégo, expresando en otra forma su disgusto.)--¡Y la verdad es que el pobre Manuel está dando muestras clarísimas de querer hacerlas!--¡Misterios de Dios! ¿Qué trabajo le costaba ahora á ese Chiquito tender los brazos á mi ahijado, como se los tendió antiguamente á San Antonio de Padua?--¡Nada más que con esto saldríamos todos de apuros!

Y tornó á acercarse á la rendija de la puerta, y comenzó á rezar fervorosamente á la primorosa Efigie, como arengándola á realizar un milagro indudable.

--¡Nada! ¡No me hace caso! (se dijo, por último, viendo que el Niño Jesus no pestañeaba.)--¡Sin duda no conviene! ¡Respetemos la voluntad de Dios!--Ni ¿quién soy yo, pecador miserable, para meterme á dar consejos á las Imágenes de mi Parroquia? ¡Si los siguiesen, yo sería el Santo, que no ellas!--¡Haces bien, Niño mio! ¡Haces muy bien en desobedecerme!

Manuel se habia puesto de pié entretanto.

La tristeza de su semblante era mayor que nunca. Un profundo suspiro salió de su pecho, y pasóse ambas manos por la frente, como para echar de su imaginacion renovadas angustias...

Parecia un reo en capilla, la noche que precede al suplicio.--La conformidad de la desesperacion iba envolviéndole en su fúnebre velo...

En el fondo de la sala veíanse algunos de los grandes cofres que habia traido de América... Manuel abrió el mayor de ellos, y sacó una preciosa caja de madera, que puso sobre el velador...

D. Trinidad temió que el jóven fuese á suicidarse, y se apercibió á entrar en el aposento...

Pero tranquilizóse en seguida, al observar que lo que de allí sacaba Manuel no eran pistolas, sino vistosísimas alhajas, collares, pendientes, brazaletes, sortijas, alfileres...;--un tesoro, en fin, de perlas, brillantes, esmeraldas y otras piedras preciosas...

--¡Son las _donas_ que pensaba ofrecer á Soledad el dia que se casase con ella! ¡Son los regalos de boda que le traia el desgraciado!...--pensó el Sacerdote, lleno de conmiseracion.

Manuel fué contemplando una por una aquellas galas póstumas, aquellas joyas sin destino, aquellos emblemas de su infortunio...; y, ejecutando luégo la idea que sin duda le habia movido á tan penosa operacion, comenzó á ponerle las alhajas á la Sagrada Efigie de que era Mayordomo y á quien estaba obligado á agasajar...

D. Trinidad Muley no pudo contener su entusiasmo y su regocijo, y corrió de puntillas á llamar á las ancianas, para que contemplasen aquella piadosísima escena.

Imagínese, pues, el que leyere la emocion, los comentarios en voz baja y los dulces lloros que habria al otro lado de la puerta, en tanto que Manuel prendia á las ropas del Niño Jesus, ó colgaba de su cuello y de sus brazos, los restos del naufragio de sus esperanzas...--Estas cosas se sienten ó no se sienten; pero no se explican.

Baste decir (como resúmen de sus impresiones, palabras y pensamientos) que todos decian en voz baja, con religioso júbilo, y abrazándose cariñosamente:

--¡Se ha salvado! ¡Ha resuelto perdonar!--¡Dentro de pocas horas se habrá marchado para siempre!--¡Dios lo haga más venturoso que hasta ahora!

Miéntras D. Trinidad y las tres virtuosas ancianas hablaban así, la pérfida _Volanta_ (que todo lo habia visto y oido) deslizóse por la escalera abajo como una sabandija, sin que nadie reparara en ello, y marchóse á la calle, cuidando de no despertar al improvisado conserje...

Ni ¿cómo habian de advertir aquel suceso los que arriba seguian con el alma las operaciones de Manuel, cuando éste acababa de ejecutar otro acto que ya no dejaba ni asomos de duda acerca de sus nobles y pacíficas intenciones?

Tal fué el sublime arranque de humildad con que, sacando del bolsillo el primoroso puñal indio que aquella tarde habia llevado á la Procesion, lo desnudó, alzólo á la altura de su cara, contempló su luciente hoja y rica empuñadura, lo besó luégo, y lo colocó á los piés del Niño Jesus...

Sin la fe ciega que D. Trinidad Muley tenía ya en la redencion del jóven, hubiera temblado por su vida, como temblaron las mujeres, al verlo levantar el puñal, y no habria estorbado, como estorbó, que se precipitasen en la sala... Y tambien fué necesaria en seguida toda la autoridad del Sacerdote para impedir que estallasen en gritos de santo alborozo al contemplar aquella solemne abdicacion de la mayor soberbia que jamás cupo en corazon humano.

--¡Callad! ¡callad!... (les decia al oido el autor de tan prodigiosa obra.) ¡Callad!... ¡Dejadlo!...--¡Dios está con él!--¡No despertemos al demonio del orgullo, que ya duerme, y pronto habrá muerto, en el corazon de mi buen hijo!

Manuel consideró lo que habia hecho, y su grave rostro expresó una reflexiva y triste complacencia; pero no en modo alguno aquella devocion activa, directa, personal, que suponian las buenas mujeres y cuyos resplandores de triunfo y de esperanza hubiera querido hallar D. Trinidad Muley en los ojos del leon vencido...

--¡Eso no es _fe_! ¡Eso no es más que _caridad_! (dijo el indocto Padre de almas, dando crédito, como siempre, á su leal corazon.)--¡Mi obra puede quedar incompleta!--¡Malhaya los hombres que han secado las fuentes de la alegría en un espíritu tan bueno! ¡Miéntras Manuel no crea, no tendrá dicha propia, y sólo gozará en ver que los demas son venturosos!

El hijo de D. Rodrigo sacó en esto el reloj y miró la hora.--Pero debió de hallarlo parado; pues en seguida abrió un balcon que daba á Oriente y dominaba toda la vega; y consultó la posicion de los astros...

Corrió entónces á la puerta del salon, y, sin abrirla, dió dos palmadas, como llamando...

--Dejadme á mí...--murmuró D. Trinidad, haciendo señas á las mujeres para que se alejasen.

Y penetró en el vasto aposento.

--¿Quieres algo?--preguntó dulcemente á Manuel.

Fuese modestia, fuese cansancio, fuese aquel pueril resentimiento que el amputado guarda algunas horas al operador que en realidad le ha salvado la vida, nuestro jóven bajó los ojos, esquivando la mirada del Sacerdote, y dijo rápidamente:

--Que venga Basilia.

Don Trinidad se retiró sin enojo alguno.

Basilia entró á los pocos momentos.

--¿Está ahí el arriero de Málaga?--le preguntó Manuel con la sequedad de quien desea pronta y breve contestacion.

--Abajo está...--respondió temblando el ama de gobierno.

--Pues dígale que cargue todo mi equipaje y ensille mi caballo.--Son las tres y media... Partiré á las cinco.--Que entren por estos cofres... Pero que no me hable nadie.--Ruegue usted á D. Trinidad, de parte mia, que tome algo y se acueste.--Necesito estar solo.

Y, dicho esto, se salió al balcon que acababa de abrir, donde permaneció, vuelto de espaldas al aposento, miéntras que Basilia y Polonia, llorando silenciosamente, sacaban los baules, y miéntras que D. Trinidad y la señá María Josefa lloraban tambien en el próximo corredor y dirigian desde allí fervientes acciones de gracias y tiraban cariñosos besos á la Imágen del Niño Jesus.

Al cabo de una hora comenzó á clarear el dia...

Manuel se quitó entónces del balcon, y, cogiendo una silla, sentóse en medio de la ya solitaria estancia, y siguió mirando al cielo, con la resignada expectativa del héroe condenado á muerte que ve nacer la última luz de su existencia.

Así estuvo mucho tiempo, sumido en un éxtasis de dulce dolor que iba hermoseando cada vez más su noble rostro...--La fiera habia llegado á tener cara de hombre... El hombre no tardó en tener cara de ángel.--Dijérase que su alma habia entablado un largo coloquio con lo infinito...

Ya era enteramente de dia... Ya habian dado las cinco, y las cinco y media...--Ya estaban listas las cargas y ensillado el caballo...--¡Y nadie se atrevia á decírselo: nadie se atrevia á interrumpir aquel inefable arrobamiento en que el jóven parecia gozar anticipadamente la recompensa de su abnegacion, el premio de su sacrificio!

Salió, al fin, el sol, y su primer rayo penetró en la sala, bañando de fúlgida luz la plácida figura de Manuel Venegas...

--«_Soledad_»...--gritó entónces el loro en el balcon, donde lo habian dejado olvidado...

Manuel se estremeció convulsivamente al oir aquel nombre con que el pájaro americano saludaba todos los dias, hacía muchos años, la salida del sol, y un mundo de recuerdos y de fallidas esperanzas reapareció ante sus ojos, haciéndole volver del cielo á la tierra, de la eternidad al tiempo, del olvido á la realidad...--Pero, falto ya de soberbia para luchar con su enemiga suerte, una mortal congoja oprimió su corazon; un desfallecimiento nunca sentido aniquiló todo su sér; extendió los brazos como quien se ahoga (y áun pareció que efectivamente pedia auxilio), hasta que, por último, estalló en amargos sollozos, seguidos de copiosísimo llanto...

Y, roto por primera vez en toda su vida el dique de las lágrimas, desbordáronse éstas con tal ímpetu que pronto bañaban su faz, sus manos y su agitado pecho...--Al principio, fueron ardiente lava...; luégo, benéfica sangría y salvador desahogo de su corazon..., y, al fin, blando rocío que bajaba del cielo á templar la sed de su alma sin ventura...

D. Trinidad corrió á él y lo envolvió piadosamente en su manteo, diciéndole:

--¡Llora, llora, hijo mio! ¡llora cuanto quieras! ¡Llora en los brazos de tu padre!

Manuel se colgó del cuello del Sacerdote y le llenó la cara de besos, diciéndole entre dulces gemidos:

--¡Perdon! ¡Perdon!...

--¡Perdóname tú á mí!--sollozaba D. Trinidad.

Y las mujeres lloraban tambien desatadamente, comenzando á invadir la sala, y el mismo arriero (que habia entrado por el loro) se daba puñetazos en la cabeza, diciendo con profunda emocion:

--¡Qué lástima de hombre! ¡Maldita sea la primera mujer!

--¡Padre mio! ¡la adoro!--exclamaba entretanto Manuel, incomunicado con los espectadores por el manteo de D. Trinidad.

--¡Y yo á tí!--le respondió el Párroco, besándolo reiteradas veces.--¿Quieres que me vaya contigo?

--No... no...--Me iré yo solo...

--Pues bien: sé muy bueno: haz muchas limosnas, y verás qué feliz eres...--Toma... (añadió luégo en voz más baja.) Aquí tienes esto... Llévate tu caudal... En todas partes hay pobres...

--No... no... (le respondió Manuel al oido.) Guarde usted eso... Y haga lo que ya tenemos hablado... En esos papeles lo encontrará explicado todo...

--Está confesando...--dijeron las mujeres, retirándose al corredor.

--Pero tú vivirás... Tú me escribirás esta vez... (murmuró D. Trinidad.) ¿No es cierto?

--Sí, señor... ¡Yo viviré cuanto me sea posible!--contestó el jóven, enjugándose las lágrimas.

Y, abrazando por última vez al Cura, se levantó y dijo:

--¡Vamos!

Entónces se le acercó Polonia, con las puntas del delantal sobre los ojos.

--¡Perdon, Polonia!--exclamó el jóven, abrazándola.

--Anda con Dios, hijo mio... (respondió la anciana:) ¡Ya estás curado, y puedes ser dichoso!--¡Tu enfermedad consistia en no haber llorado nunca!

--Señor... ¡Buen viaje!--le dijo Basilia, besándole la mano...

--¡Venga usted tambien, señá María Josefa! (gritó al mismo tiempo D. Trinidad.)--Pero no suelte usted el niño...--¡Hoy hay perdon para todos!

--¡Oh!... ¡no!--pronunció Manuel, retrocediendo.

--¡Manuel, castígate! (exclamó el Sacerdote.) ¡Cuanto más te humilles hoy, más dichoso serás mañana con el recuerdo de este dia!--¡Arranca de tu corazon, ahora que están blandas, las raíces de tu soberbia, á fin de que nunca retoñen!--¡No te lleves en la conciencia ningun veneno, hoy que la has lavado con tus lágrimas!

--¡Manuel! (dijo la señá María:) ¡Yo hubiera sido muy dichosa en llamarme tu madre!--¡Harto lo sabe el señor Cura!

Manuel se quitó el reloj, y se lo entregó al niño, colgando de su cuello la larga cadena de oro de que pendia, y pronunció estas palabras:

--¡Perdono á tu madre!...--¡Dios te haga más feliz que á Manuel Venegas!

Y volvió la espalda, y se apartó algunos pasos, como despidiendo á la madre y al hijo de Soledad.

La pobre abuela se alejó hecha un mar de lágrimas, miéntras que el niño iba dando besos al reloj y sonriendo como un ángel.

D. Trinidad siguió á Manuel al promedio de la sala, y, señalándole al Niño Jesus, que refulgia á la luz del sol como un ascua de oro, con tanta rica presea como adornaba su graciosa figura, preguntóle en són de dulce ruego:

--¿Y á _Éste_? ¿qué le dices por despedida?

--¡Á Éste le pediria que resucitase dentro de mi corazon, si tal milagro fuese posible!--contestó Manuel melancólicamente.

--¡Dios querrá! (dijo el Sacerdote, levantando los ojos al cielo.)--Las raíces de tu antigua Fe están vivas, y ya ha comenzado á correr por ellas la savia de la regeneracion.--Las máximas que tu padre y yo sembramos en tu corazon de niño han vuelto á germinar esta noche bajo los auspicios de esta Efigie del Redentor del mundo...--Debes, pues, agradecimiento al Amigo de tu niñez, y, aunque hoy no veas en su dulce Imágen más que una sombra, un retrato, un recuerdo del cariño que le tuviste (y que Él no ha dejado de tenerte); aunque todavía no haya penetrado en tu nublada razon la nueva luz que ya ilumina las más altas cumbres de tu espíritu..., ¡bésalo, Manuel!... (¡Nada pierdes con besarlo!) ¡Bésalo, y verás cómo toda la soberbia que te queda en el cerebro se desbarata en lágrimas, del propio modo que se ha desbaratado la que tenías en el corazon! ¡Verás cómo, al poner tus labios en los descalzos piés del Niño en cuya divinidad creian tu padre y tu madre, conoces que estás haciendo una cosa muy santa, y vuelves á llorar de dicha!--¿Qué te cuesta probar? ¿Por qué no te atreves á ello?--¿No te dicen ese miedo y ese respeto, que el acto de sumision que te propongo es de maravillosas consecuencias?--Ven... mira... ¡Yo te daré el ejemplo, como cuando eras chico!...--Yo lo besaré ántes que tú...--¡Así se hace!... ¡así!--Y luégo se dice (llorando, como lloro yo): «¡Bendito seas, Jesus crucificado! ¡Bendita sea tu Santísima Madre! ¡Bendito sea tu Padre Celestial, que te envió á la tierra á redimirnos!»

Manuel cerró los ojos y cayó de rodillas, como una torre que se desploma...

De rodillas estaban tambien las dos ancianas y el malagueño, y con fervientes oraciones daban gracias á Dios, al ver que el jóven se abrazaba á los piés del Niño de la Bola y los cubria de besos y de lágrimas...

De rodillas, en fin, estaba D. Trinidad Muley, á quien de seguro hubieran abrazado gustosos en aquel momento hasta los incrédulos más empedernidos...; ¡porque la verdad es que en todo aquello no habia nada malo para nadie ni para nada, y sí mucho bueno para todos y para todo, ó nosotros no sabemos lo que es bueno ni lo que es malo en esta miserable vida!

* * * * *

No intentaremos describir los últimos minutos que Manuel Venegas permaneció todavía en su casa, ni los renovados, tristísimos adioses que allí se dieron aquellos séres de tan sencillo y tierno corazon...--Temeríamos afligir demasiado á nuestros lectores, que, pues todavía no han soltado esta obra en que se rinde culto á la pobreza de espíritu, seguramente tienen la dicha de pensar y sentir como ellos.--Preferimos, pues, salir á la Plaza, y confundirnos con la generalidad del público, en cuya compañía podremos ver con más frescura la solemne marcha de Manuel Venegas y los dramáticos lances que acontecieron con este motivo.

VI.

MARCHA TRIUNFAL.

Hacía una mañana hermosísima, sobre todo para aquellos felices mortales que no tuvieran fijos sus ojos en la negrura del revuelto mar de las pasiones, sino que hubiesen preferido salir al campo á espaciar su vista y su alma por el sublime templo de la Naturaleza, por la pintada Tierra, llena de prodigios, por la rutilante bóveda del Cielo, y por el propio cielo de una conciencia suficientemente limpia para poder reflejar las misteriosas visiones de lo Infinito...

No estaban de este humor aquel funesto lúnes, 6 de Abril de 1840, las muchas personas que acudian á la Plaza Mayor de la Ciudad á enterarse de los adelantos que el dolor y la ira habian hecho durante la noche en el corazon de Manuel Venegas y Antonio Arregui. Ni hay que decir que el grupo en que más excitados estaban los ánimos, por cuenta ajena, era el formado, como de costumbre, á la puerta de la Botica, ¡terrible aduana, por donde tenía que pasar el infortunado _Niño de la Bola_ al marcharse del pueblo!

_Vitriolo_ estaba más acerbo y feroz que nunca, sin poder callarse (aunque no dejaban de aconsejárselo sus discípulos), y, si por acaso interrumpia sus discursos, era para decir á los que iban á comprar medicinas:

--«_¡No hay de eso!_»...--ó--«_¡Vuelva usted más tarde!_»--ó--«_¡Dígale al enfermo que se muera; que esto que le han mandado no sirve para nada!_»

Ello es que no se apartaba del mencionado grupo, donde ya habia tronado largamente contra la imbecilidad de Manuel,--«cuya casa, dijo, habia llenado de Santos y de viejas el Cura de Santa María, á fin de separarlo del camino de la decencia y del honor y hacerle faltar á sus famosos juramentos.»

Luégo añadió:

--Segun mis informes, á las tres de la madrugada lo llevaban ya de vencida, y el cuitado estaba rezando el _confiteor_ á los piés del Niño Jesus, despues de haberle regalado una porcion de joyas, á ruegos de D. Trinidad, que es una hormiguita para su Iglesia...--¡Pobre Manuel! ¡Si su animoso padre levantase la cabeza!

El auditorio se miró, como dudando de la congruencia de aquella invocacion, y _Vitriolo_, que lo advirtiese, dobló la hoja y pasó á otro asunto.