Part 13
Esta no se movia ni pestañeaba: parecia mirar al cielo, ó á los tejados de la casa de enfrente; pero ¡demasiado sabría que Manuel se hallaba allí, delante de ella, á pocos pasos de distancia!... Los movimientos de la muchedumbre; las conversaciones de la calle, que subian hasta el balcon; la madre tristísima, la pobre señá María Josefa, sentada á su lado como una mártir; sus propios ojos, en fin, dotados, segun ya sabemos, del don de ver áun aquello que no miraban..., ¡se lo habrian dicho desde el primer momento!--Mostrábase, sin embargo, enteramente tranquila, y hasta se la vió sonreir graciosamente en contestacion á no sé qué cosa que su atribulada madre le dijo en ademan de súplica...--¡Era digna hija de aquel hombre que, sorprendido una tarde por el furibundo _Niño de la Bola_ junto á cierta fuente del campo, no se movió, ni se dió por entendido de su presencia, ni hizo nada para evitar una muerte casi segura!...
En esto, y cuando algunas personas estaban ya procurando mañosamente que Manuel alzase la vista y reparase en Soledad, comenzó el tercer repique de las campanas de Santa María; nuevos cohetes volaron y crujieron en el aire; sonó un largo redoble de tambor, seguido del acompasado toque de marcha, y viéronse salir de la Iglesia, y formarse, y ponerse en ordenado movimiento, banderas, luces, cofrades, monaguillos...--La Procesion estaba en la calle.
Aquel jubiloso estrépito, aquel animado y solemne espectáculo, los cantos religiosos que principiaron luégo; toda aquella reproduccion de escenas de mejores dias, impresionó bruscamente á Manuel, haciéndole erguir la cabeza y mirar á todos lados como buscando aire de vida y de salud para su corazon que se ahogaba, segun lo demostró el hondo suspiro que lanzó al fin su oprimido pecho...
Y entónces fué cuando el desgraciado vió relucir en el balcon de enfrente la impertérrita figura de Soledad...
¡Era ella!... No cabia duda... ¡Era su cara de ángel!... ¡Eran sus ojos, que no le miraban á él, pero que seguian iluminando y embelleciendo el mundo!...--«_¡Soledad!_»... estuvo para gritar el infeliz, loco de dicha, en el primer arrebato de su pasion...
Pero ¡ay! no... ¡no era ella! ¡No era Soledad!--¡Era la mujer de otro hombre, la mujer de un desconocido, llamado Antonio Arregui!... ¡Era la impura renegada del amor! ¡Era la sacrílega que habia escupido en mitad del corazon al más fino y consecuente amante! ¡Era la traidora que le habia dado muerte por la espalda, en la ausencia, sobre seguro, cuando más confiado y tranquilo batallaba en remotos climas por obtenerla, por llamarla su _esposa_, por alcanzar la dicha de ser su esclavo! ¡Era el execrable demonio de su vida! ¡Era la envenenadora de su alma!
Esto decia el rostro de Manuel... Esto decia su corazon, asomándose á los espantados ojos, para ver si efectivamente Soledad se atrevia á estar en aquel balcon, vestida de gala, tomando parte en una fiesta, mostrándose á la luz del sol, _despues de lo que habia hecho_...
Y lo veia, y no podia explicárselo...--Y el creciente furor de su nunca domada soberbia iba rayando en verdadera locura...
¿Cómo no temblaba la inicua? ¿Ignoraba que habia llegado su juez? ¿No se lo habia dicho su madre? ¿No sabía que él estaba allí, enfrente de ella, esperando al imbécil que se creia _su esposo_, para coserlo á puñaladas delante de todo el pueblo? ¿No sabía que ella misma, su antigua reina y señora; ella, que no se dignaba mirarle, y parecia desafiarlo con su tranquilidad é indiferencia; ella, que lo seguia insultando con aquella mundana mantilla blanca y con aquella vil hermosura entregada á otro, se hallaba tambien en el caso de temblar por su propia vida?...
Ni ¿á qué tardar?--¡Un salto bastaba para encaramarse al balcon!... ¡El puñal vibraba sediento de sangre á cada latido de su pecho!... Ya lo habia apretado varias veces con el brazo contra su corazon, como á un fiel amigo...--Además, «_Antonio_» (¡que era como le llamaria la pérfida!) estaba ausente... habia huido...--Todos acababan de asegurárselo...--Por lo tanto, no era ocasion de pensar en matarlo á él...--¡En quien habia que pensar por de pronto era en ella, en la sierpe que seguia azotándole el alma; en aquella insolente y contumaz pecadora, tan solazada y divertida en ver avanzar la Procesion, que no se curaba de los oportunos ruegos de su madre ni de las señas con que el mismo público empezaba ya á decirle que corria peligro, que se retirase de la ventana, que Manuel iba á acometerle de un momento á otro!...--Y tambien habia que pensar en aquel obsequioso público, pendiente de las acciones de él; en aquel amable gentío que no dejaba de mirarlo con anticipado asombro; en aquellas tres mil personas esperanzadas en algo extraordinario, digno del hijo de D. Rodrigo Venegas, propio del antiguo _Niño de la Bola_, adecuado á sus amenazas de otro tiempo, en consonancia con la general inquietud que hacía veinticuatro horas reinaba en la poblacion...--¡No más vacilaciones! ¡La fatalidad lo habia escrito! ¡Manuel Venegas tenía que matar á la _Dolorosa_!
Pero la Procesion habia avanzado miéntras tanto, y ya desfilaba entre Soledad y Manuel, incomunicándolos en cierto modo...
Tuvo, pues, el jóven que contenerse, sin que por ello cesara su furia...
Y, de esta manera, vió pasar ante sí, como fantásticas visiones que se mofaban de su amoroso delirio, los históricos estandartes del tiempo de la Conquista, los ciriales de la Parroquia, los muñidores con sus pértigas de metal, las devotas que cumplian _promesa_ yendo descalzas, los labriegos con sus capas de paño de Ohanes, los cofrades con sus escapularios y veneras, los Nacionales con sus morriones colgados á la espalda, los músicos con sus piporros ó bajones, los chantres con sus papeles de música, los acólitos con sus incensarios...--El Niño de la Bola, el Niño Jesus, el Niño del Dulce Nombre debia de hallarse muy cerca...; tan cerca, que ya sonaban las argentinas campanillas de sus andas; ya fulguraban sus cien luces; ya se respiraba el aroma de los pebeteros.
Manuel no habia mirado todavía á la linda Efigie que tanto amara en su niñez y en su adolescencia... En cambio, Soledad no apartaba de ella la vista, pensando sin duda en que, durante muchos años, aquel trono de flores, de frutos y de blancas palomas vivas, en que iba de pié el lujoso Niño, debióse á la diligente devocion del hombre que tanto la habia amado, que tanto la amaba, que tan infeliz era en aquel instante...--Ello es que, con gran asombro de todo el mundo, la hija de D. Elías empezó á desconcertarse, á conmoverse, á aturdirse, y que un ligero temblor agitaba sus ojos y sus entreabiertos labios, cual si estuviese á punto de llorar...--¡Entónces sí que todos la hallaron hermosa! ¡Entónces sí que parecia una Vírgen de los Dolores!
La emocion general era tambien extraordinaria... El público llegaba á uno de sus grandes y fugitivos momentos de inspiracion...--Debiérase á la Providencia ó al acaso, concurria allí tal cúmulo de circunstancias patéticas, que el gran poeta y artista llamado _Pueblo_ habia recobrado su majestad, mostrábase digno de su nombre, comenzaba á sentir noble y piadosamente.
Pasaron al fin las andas entre Soledad y Manuel...; y, como ella las iba siguiendo con la vista, y él no separaba la suya del semblante de la beldad, aconteció que sus miradas se encontraron; que la una quedó como enredada y presa en la otra; que se estableció entre ambas una corriente invencible, y que el presunto matador y la presunta víctima no pudieron ya dejar de contemplarse desatinadamente...
Y entónces vió Manuel á un mismo tiempo, amalgamadas y confundidas, la imágen del Niño Jesus, de su ídolo de tantos años, y la imágen de su otro ídolo caido, de la atribulada _Dolorosa_, que habia comenzado á llorar desconsoladamente y que lo miraba al traves de un rio de lágrimas...
¡Llorar ella! Era cosa que jamás se habia visto y que nunca se hubiera creido.--«_¡Llorar ella!_» se decia asombrado el público...--¡_Llorar ella_! clamaban las entrañas del fanático amante, del noble y sensible Venegas, del hombre tierno y generoso que sólo era fuerte contra el obstáculo, que sólo era duro contra la rebeldía...--¡Llorar su adorada! ¡llorar por él! ¡llorar en presencia de tantas gentes! ¡llorar, aunque sólo fuese de miedo! ¡llorar... acaso de cariño y pena, al verse ligada á otro hombre y aborrecida por el que siempre fué dueño de su alma! ¡Llorar su querida, estando él en el mundo!
Un alarido de infinito amor, de piedad inmensa, brotó del corazon del hijo de D. Rodrigo, y abalanzóse hácia el balcon, sin saber lo que hacía, como para consolarla, como para que lo perdonase, como para defenderla contra sí mismo, como para arrebatársela al usurpador, llamado _esposo_, que daba orígen á aquellas lágrimas...
Pero este cambio habia sido tan repentino, que la Procesion se interponia aún entre los dos jóvenes...--Ya habian pasado las andas... Mas en aquel momento pasaba el _palio_...
Debajo del palio penetró, pues, el mísero, al dejarse llevar de aquel amoroso, irresistible impulso...
--_¡Que la mata!_--habian clamado entretanto mil personas, creyendo que el furor y la muerte iban con Manuel...
Y Manuel, que oyera este horrible grito, ya calumnioso; Manuel, que no quiso dejar ni un instante al público en aquel bárbaro error; Manuel, que vió todavía arrodillada mucha gente ante la santa Efigie, arrodillóse tambien de pronto, en medio de su veloz carrera, fingiendo, con la rapidez y la astucia propia de los dementes, un tardío homenaje al Niño de la Bola.
Quedó, por lo tanto, guarecido bajo el sagrado toldo aquel pobre frenético, que á todos les pareció un pecador arrepentido...--Así lo decia el ufano semblante de los portadores del palio... Así lo decia la emocion religiosa del concurso...--Y, como á todo esto la Procesion se habia parado, contenida y revuelta por tan dramáticos accidentes, hubo tiempo de que la multitud, en renovadas olas, acudiese á contemplar el maravilloso espectáculo de aquel hombre salvaje y feroz, de aquel que poco ántes fué calificado de _asesino_, de aquel furioso que traia asustada desde la víspera á toda la ciudad, postrado debajo de las andas del Niño Jesus, humillada la frente, oculta la faz entre las manos, en la actitud de la más humilde penitencia...
En poco estuvo, sin embargo, que se desvaneciera la ilusion del público y se conociese que Manuel no era en aquel instante un pecador contrito, ni mucho ménos...--Lo decimos, porque entónces ocurrió que la madre de la _Dolorosa_ y la dueña de la casa trataron de quitar del balcon á la angustiada jóven, próxima á perder el conocimiento, visto lo cual por Manuel (desde el suelo en que mañosamente estaba acechando la ocasion de proseguir su amoroso avance), sintió un nuevo vértigo de furor y de locura; irguióse, no del todo y con mucha cautela, y deslizó un pié en aquella direccion, como el tigre adelanta las manos para dar el salto...
--¡Detenedlo! ¡detenedlo!--exclamaron los que estaban más próximos, haciéndose hácia atras.
Manuel arrojó á los que tal decian una mirada y una sonrisa espantosas, y, sin acabar de erguirse, y volviendo la cara á un lado y otro, como para impedir que lo detuviesen, avanzó resueltamente hácia el balcon...
Pero entónces oyó tronar sobre su cabeza una voz terrible que le decia con indignado acento:
--¿Á dónde vas, desagradecido? ¿Por qué no quieres verme? ¿Qué daño te he hecho yo con amarte?
Y al mismo tiempo vió que una especie de montaña de oro le cerraba el camino, interponiéndose entre él y la casa que iba á asaltar.
Era el corpulento D. Trinidad Muley, el Cura de Santa María, el Preste de la Procesion, revestido con capa pluvial de tisú de oro y plata, hecha como de molde para lucir sobre su ámplia y majestuosa figura.
Manuel, en medio de su delirio, lanzó un sollozo de amor y melancolía al encontrarse cara á cara con el digno sacerdote, con su antiguo protector, con su segundo padre, con el sér á quien más debia en el mundo, y le besó las manos y el rostro entre las exclamaciones de entusiasmo y tiernas lágrimas del gentío.
--¡Déjame! ¡Aparta! (decia entre tanto el experto D. Trinidad.) ¡La Procesion no puede detenerse!--¡Te repito que eres un ingrato! ¡Cerrarme la puerta de tu casa! ¡Desairarme delante de todo el pueblo!
Á todo esto Soledad habia desaparecido.
--¡Perdon, señor Cura!--balbuceó Manuel, avergonzado de haber ofendido á su bienhechor.
--¡Déjame! ¡no quiero verte!--replicó D. Trinidad, fingiéndose cada vez más furioso.
--No me rechace usted, señor Cura... (insistió el jóven.) ¡Piense usted que soy muy desgraciado! ¡No aumente mi desesperacion con sus desprecios!
--Pues entónces... ¡agárrate, y sígueme! (contestó su antiguo padrino.)--Pero cállate ahora... Aquí no se puede hablar...--¡Señores! ¡adelante con la Procesion!
Y, al decir esto, el Párroco alargaba á Manuel un pico de su capa pluvial, de cuya fimbria se cogió maquinalmente aquel pobre enfermo tan necesitado de verdadero cariño.
Y la Procesion se puso en marcha; y, en pos de ella, D. Trinidad Muley, cantando estentóreamente y mirando de reojo á Manuel para que no se soltase; y, en pos de D. Trinidad, el terrible jóven, asido á la sacra vestidura; y, en pos de la _rescatada oveja_ (frase de D. Trajano), un gentío inmenso que gritaba:
--¡Viva el Niño Jesus!
--¿Qué diablos es eso?--preguntaban en tanto muchas personas desde los balcones más distantes.
--¿Qué ha de ser? (respondian desde la calle algunas voces.)--¡Que Manuel Venegas iba á matar á la _Dolorosa_, cuando de pronto ha caido de rodillas debajo de las andas del Niño Jesus, y luégo ha echado á andar detras de la Procesion!...--¡Mírenlo ustedes! ¡Allí va..., cogido de la capa de oro de don Trinidad Muley!
--¡Mentira! ¡no ha pasado así! (exclamaban los discípulos de _Vitriolo_ y los catecúmenos que ya tenian en aquel barrio.) Lo que ha sucedido es que la _Dolorosa_ se ha echado á llorar al ver á su antiguo adorador; que el Padre Cura ha dicho á éste cuatro frescas, por no haberle querido recibir hoy, y que, de resultas de lo uno y de lo otro, nuestro perdona-vidas se ha ido detras de su antiguo amo, como un doctrino, como un borrego, como el último acólito de la Parroquia...--¡Estos son los valientes! ¡Mucho ruido, y luégo... la nada entre dos platos!
--¡Conque ha llorado la _Dolorosa_! (decia la parte neutra del _Coro_:) ¡Mala señal para Antonio Arregui!--Los primeros amores son los que privan.--¡Vereis cómo todo esto concluye por donde debió empezar: por entenderse los dos enamorados y por irse Antonio Arregui á la Rioja!--¡Lástima de Fábrica! ¡Hacía un paño tan bueno y tan barato!
En tal momento, es decir, cuando la Procesion estaba ya en la calle de Santa Luparia, y Soledad y su madre se habian marchado por excusadas callejuelas, y todo parecia terminado por aquella tarde, notóse gran agitacion en lo hondo de la calle de Santa María.
--¡Antonio Arregui ha llegado! ¡Antonio Arregui viene! ¡Antonio Arregui está ahí...!--Miradlo... ¡Aquél es! Y ¡qué cara trae!--decian en voz más ó ménos baja muchas personas, señalando á un hombre de buena presencia, que avanzaba muy de prisa por en medio de la calle, con la faz descompuesta por la indignacion, seguido de algunos pilluelos, y fijos los ojos en la casa donde Soledad y la señá María Josefa habian pasado la tarde.
Y entónces fué de ver la maestría con que el público se reparte los papeles y funciona en tales casos sin prévio acuerdo.--Miéntras que unos paraban al furioso riojano y le referian exactísimamente todo lo ocurrido, advirtiéndole que su mujer y su madre política se habian marchado ilesas, y rogándole con cierta sorna que fuera prudente y se encerrase en su casa..., otros echaban calle arriba, á fin de alcanzar á Manuel Venegas y ponerle al tanto de la novedad, con ánimo, sin duda, de acabar tambien pidiéndole que se dejase de trapisondas y evitara un desagradable encuentro con el irritadísimo esposo de su adorada prenda...
Dichosamente, no faltó un alma caritativa mejor aconsejada, que corriera más que estos últimos y dijese oportunamente cuatro palabras al oido á don Trinidad Muley.
--¡Corred, muchachos! (gritó entónces el Cura á los portadores de las andas.) ¡Vamos, vamos! que está oscureciendo...--¡Más de prisa aún, perezosos!--¡Basta por hoy de Procesion!--¡Y tú, Manuel mio, no te sueltes!...--¡Este diantre de capa pesa mil arrobas, y tú estás ayudándome á llevarla!
Tomó, pues, la Procesion un paso como de fuga. Los de las andas, arengados incesantemente por D. Trinidad, atropellaban por todo, sin respeto alguno al órden de la comitiva; los del palio corrian detras de las andas, midiendo el suelo con las varas á grandes trancos, y sacerdotes, seises, bajonistas, cofrades, público y escolta formaban un barullo indescriptible.
--Pero ¿qué ocurre?--preguntaban los muñidores, esgrimiendo sus pértigas...
--¡Nada! ¡nada! ¡Adelante!--respondia D. Trinidad Muley, echando los bofes.
Y, no muy seguro aún de que bastase á su propósito aquella gloriosa huida, llamó al septuagenario Capitan, que marchaba detras de él representando al Ejército; le refirió al oido lo que pasaba en la otra calle, y terminó diciéndole á media voz:
--¡En último extremo, tire usted de la espada!... Pero no pegue usted más que de plano.
Por fortuna, Manuel iba tan ensimismado y abatido, que no reparaba en ninguna de aquellas cosas y se dejaba llevar por el Padre de almas como un ciego por el que ve.
--¿Saben ustedes la novedad?--exclamó en esto un discípulo de _Vitriolo_, que llegaba á escape en aquel momento y habia conseguido acercarse á Manuel Venegas.
--¡Calla, ó te estrangulo!--rugió sordamente el Capitan, echándole mano al pescuezo y arrojándolo de aquel sitio.
Y, pretextando luégo que no podia andar tan de prisa, se cogió del brazo izquierdo de Manuel, sin perder de vista al feroz discípulo de _Vitriolo_.
Quedó, pues, nuestro héroe incomunicado con el público; y, de este modo, llevado á remolque por el virtuosísimo Cura y remolcando él al honradísimo Capitan, penetró al fin en la Capilla de Santa Luparia, donde, por pronta providencia, lo encerró D. Trinidad Muley con llave y cerrojo en un reducido despacho dependiente de la Sacristía...
Hízolo á tiempo.--Un minuto despues llegaba Antonio Arregui, seguido de muchas personas, al pórtico de la Capilla, en demanda de Manuel Venegas...
Pero se encontró con el revestido sacerdote, que ya aguardaba descuidado, y que le dijo majestuosamente:
--¡Alto, Sr. D. Antonio!--¡Mi hijo está en sagrado!...--Usted acaba de hacer, con venir aquí, todo lo que cumple á un hombre de honor y vergüenza.--Márchese tranquilo á su casa, adonde yo iré á buscarle mañana, si Dios quiere.
Y, volviéndose luégo á la multitud, añadió con destemplado acento:
--Ustedes... ¡á sus negocios! ¡á cuidar de sus hijos, que harto lo necesitan; y dejen en paz á los desgraciados!
Antonio Arregui besó la mano al Cura sin contestar palabra, y se marchó tranquilamente.
Los grupos se retiraron tambien poco á poco, elogiando en voz alta á D. Trinidad Muley y pensando al propio tiempo en el Baile de Rifa de la siguiente tarde, como el jugador que ha perdido piensa en el desquite.
Y pronto no quedó más que el recuerdo de la inolvidable Procesion de aquel dia, como del fulgente sol que habia iluminado las engalanadas y ya entenebrecidas calles sólo quedaba un vago crepúsculo en los remotos celajes de Poniente.
III.
ÚLTIMO VUELO DE UN PAR DE PERDICES.
No pocos sudores costó á D. Trinidad Muley deshacerse de otras muchas personas que habian entrado en la Capilla y en la Sacristía en pos de ambos Niños de la Bola, y que aún permanecian allí dos horas despues de terminada la Procesion.
Por una parte, los socios de la Hermandad celebraban en la Sacristía la siempre borrascosa Junta en que anualmente eligen aquella noche y en aquel sitio (tomando bizcochos y unas copitas de rosoli) nuevo Mayordomo ó Hermano Mayor; y, por otro lado, centenares de valientes, algo bebidos por cuenta propia, se arremolinaban en la Iglesia, empeñados en hablar al hijo de D. Rodrigo, á fin de ver qué efecto le producian las noticias (que deseaban darle) del regreso de Antonio Arregui y de su hombrada de haber avanzado hasta allí en busca de satisfaccion y desagravio...
Pero el buen Padre de almas se movió de tal modo; fué y vino tanto de la Iglesia á la Sacristía y de la Sacristía á la Iglesia; tuvo tan felices ocurrencias en la Junta, y suplicó en tan sentidos términos á la otra gente «que se apiadase, siquiera por aquella noche, del pobre Manuel Venegas, en vez de aumentar sus acerbos disgustos», que al cabo logró, cerca ya de las ocho, verse libre de los Cofrades y del último calamocano, bravucon y cócora...--Púsose entónces los hábitos de calle; dió al Sacristan, en voz muy baja, algunas órdenes que parecian importantísimas; apretó la cara cuanto pudo, como para tener aire de muy enfadado, y pasó á poner en libertad á su prisionero.
¡Cosa rara, ó que por lo ménos no se aguardaba D. Trinidad!--Manuel estaba escribiendo pacíficamente en un bufetillo que allí servia para apuntar nacimientos, desposorios y defunciones.--Hallábase muy tranquilo (tal vez demasiado), y en aquel instante firmaba un largo papel que habia escrito. Cerrólo con toda calma, sin darse por entendido de la entrada del Sacerdote, como quien hace una cosa tan buena que le releva de vanas cortesías; guardóselo en el bolsillo, uniéndolo á otros que tenía en él, y entónces, y sólo entónces, fijó los ojos en el estupefacto y taciturno D. Trinidad.
Este apretó más y más el rostro, al ver que aquella mirada no expresaba arrepentimiento y mansedumbre, sino mero cariño, desnudo de alegría, y la calma de inalterables resoluciones... Pero, como ni áun así consiguiese intimidar á Manuel, volvióle la espalda de un modo brusco, y se puso á examinar el techo, donde maldito lo que habia que pudiera llamarle la atencion.
El jóven sonrió dulcemente, y se adelantó hácia su protector con los brazos abiertos.
--¡Déjame!--exclamó el voluminoso Cura, mudando de sitio.
Pero Manuel consiguió alcanzarlo; abrazóle por secciones, no sé si con filial ó con paternal confianza, y al fin le dijo, en són de blanda réplica, como siguiendo la conversacion iniciada cuando se encontraron:
--Tambien yo tenía deseo de hablar con usted, y, en prueba de ello, pensaba ir esta noche á su casa.
--¡Á buena hora!--refunfuñó el Cura.
--Queria, entre otras cosas (prosiguió el jóven, con aquella apacible ingenuidad de niño que hacía olvidar sus arrebatos de fiera), entregarle á usted un papel que escribí hoy al mediodía y que ahora mismo acabo de reformar.--En el bolsillo lo llevaba esta tarde, y en él lo habria encontrado la Justicia, si mi destino hubiera sido morir en la calle de Santa María de la Cabeza.
--¡Morir! (contestó ásperamente D. Trinidad, sin dejar de mirar al techo.) ¡Ya empiezas con tus palabrotas, á fin de aturdirme! ¡Mejor harias en explicarme por qué no me has recibido esta mañana!--¡Qué vergüenza! ¡Verme desairado por tí delante del público!--Pues ¿y lo que has hecho con la pobre Polonia?--¡Dos veces seguidas ha regresado á casa llorando tus desprecios!...
--Perdóneme usted, señor Cura... (respondió Manuel con suma tristeza.) Hoy he estado mal... muy mal...--Desde anoche no he sido dueño de mí mismo.
--¿Y ya? ¿lo eres?--preguntó D. Trinidad, poniéndose de perfil y mirándole con un solo ojo, como las aves.
Manuel inclinó la cabeza, y no respondió.
--¡Quedamos enterados! (repuso con amargura el Sacerdote.) ¡Ea! ¡Vámonos á casa..., suponiendo que quieras venir á saber si se ha hundido tu antiguo cuarto y á desenojar á Polonia!...
--¡Vamos, sí!...--respondió el jóven afablemente.
--Saldremos por la puerta del Cementerio, á fin de que no nos vea nadie,--dijo D. Trinidad, rompiendo la marcha.
Su antiguo pupilo lo siguió como un autómata.
Y pronto se hallaron en una especie de corralon cubierto de altas hierbas, entre las cuales blanqueaban muchos huesos á la luz de la luna.