El Niño de la Bola: Novela

Part 12

Chapter 123,755 wordsPublic domain

El resto de la mañana fué, cual si dijéramos, una ampliacion de la tertulia que hemos presenciado en la puerta de la botica.--Tan luégo como el vecindario acabó de almorzar, llenóse otra vez la plaza de corrillos y de paseantes, cual si allí se celebrara la gran fiesta del dia, y no en el barrio de Santa María de la Cabeza. Contra la inveterada costumbre, muchas personas principales del pueblo, y desde luégo todos los hombres de armas tomar ó aficionados á ruidos y reyertas, dejaron de asistir á la solemne Misa que en aquel instante se cantaba en la Parroquia gobernada por D. Trinidad Muley.--«¿Á qué ir (parecia decirse la gente), cuando sabemos que Manuel Venegas está encerrado en esa casa?»--No apartaban, pues, los ojos de aquellos mudos balcones ó de aquella inexorable puerta los grupos diseminados acá y allá, y hasta los mismos paseantes volvian la cabeza á cada momento, para ver si daba señales de vida el albergue del infeliz recien llegado.--Tenía aquello algo de la expectativa del público en una plaza de toros, cuando los aficionados bullen todavía en el circo, esperando á que se anuncie la salida de la fiera, para quitarse de en medio y dejar á otros el cuidado de hacerle frente...--Ó, más bien, era un caso igual al de los antiguos torneos... ¡Manuel y Antonio veíanse como obligados á optar entre la pelea y la deshonra! «_¡Sangre ó rechifla!_» parecia ser el estribillo del coro.

Llegó la hora de comer (las dos de la tarde), sin que se hubiese movido ni una mosca en casa de Venegas (no obstante haber estado dos veces llamando al porton el ama de D. Trinidad Muley y otras dos un acólito de la parroquia de Santa María), y el público se retiró de la plaza...

Pero no habian transcurrido veinte minutos cuando ya se hallaban de vuelta algunas personas... (¡Parcas fueron en el comer, ó poco abastecida estuvo su mesa!)--Otras regresaron algo más tarde: acudió, por añadidura, mucha gente que no habia estado allí por la mañana, y, con todo ello, la plaza acabó por parecer un animadísimo campamento... ¡Baste decir que varios mozos, y hasta algunos sujetos muy formales, hablaban ya de su firme propósito de no ir á la Procesion, si veian que Manuel no concurria á ella, y de pasar allí el resto de la tarde!...

De pié á la puerta de su tienda el verdadero General de aquel ocioso ejército...; quiero decir, de pié á la puerta de su botica el intrépido _Vitriolo_, se restregaba las manos, al ver que todos, por comision ó por omision, estaban secundando su plan de batalla, y daba instrucciones á sus oficiales de Estado Mayor para que sembrasen entre los corrillos las ideas más conducentes al triunfo de la ira sobre la paciencia, ó, como él decia, «al triunfo de la razon sobre las preocupaciones.»

De pronto, cundió por toda la plaza una noticia que revolvió y barajó los grupos, formando otros nuevos y más numerosos, en que ingresaron hasta los paseantes...--Pepa la peinadora acababa de cruzar por allí diciendo que venía de rizar el pelo á la señora de Arregui, en forma de tirabuzones iguales á los de la forastera, y que en aquel momento la dejaba vistiéndose de tiros largos para ir á la Procesion en compañía de su madre...

No habian empezado los comentarios acerca de este grave acontecimiento, cuando ocurrió otra novedad que puso el colmo á la agitacion de la muchedumbre...--¡La puerta de la casa de Manuel Venegas se acababa de abrir, y Basilia, su ama de gobierno, estaba en el portal notificando al público que el hijo de D. Rodrigo Venegas habia comenzado á arreglarse para ir á la Procesion del Niño de la Bola!

La alegría, el miedo y el entusiasmo de la multitud no tuvieron límites... Hubo hasta aplausos de la gente baja, y silbidos y carreras de los pilluelos; advertido lo cual por el Alcalde, y temiendo un motin ó cosa parecida, aconsejó á todos, por honor de aquella Ciudad, antigua Colonia fenicia y romana, y posteriormente Corte de no sé qué rey moro, que se trasladaran á la carrera de la Procesion (donde parecia más natural que estuviesen reunidas aquella tarde las personas decentes), y que allí esperasen con la debida compostura la llegada de su querido paisano Manuel Venegas,--quien no dejaria de alegrarse mucho de poder salir de su casa como un hombre serio y formal, y no entre aquella especie de rebullicio...

Penetráronse de estas razones los agitados grupos, y casi todos se disolvieron, ó, mejor dicho, se encaminaron en masa hácia la Parroquia de Santa María, cuyas alegres campanas anunciaban ya con su primer repique que apénas faltaba una hora para la Procesion...

Sigamos nosotros el turbion de la gente, y trasladémonos tambien á aquel apartado barrio, donde nos aguardan muchas personas conocidas.

II.

LA PROCESION.

Era una hermosísima y apacible tarde, en que la Primavera, vestida de andaluza, llenaba el cielo de esplendores y sonrisas, de cálidos besos el sosegado ambiente y de fragantes rosas los huertos y balcones de la Ciudad, el lustroso peinado de las doncellas y las manos de sus felices ó desgraciados amadores.

Todavía faltaba media hora para la salida de la Procesion, y la calle de Santa María de la Cabeza (á cuyo extremo inferior se halla situado el Templo del mismo nombre) estaba ya hecha un patio del Cielo, una antesala de la Gloria, un verdadero Empíreo..., tal y como los nietos de Adan y Eva nos imaginamos y solemos representar semejantes excelsitudes desde nuestro confinamiento terrestre...

Quiero decir con esto, que todas las ventanas tenian grandes colgaduras de coco, de zaraza, de filipichin y hasta de damasco, en las cuales era fácil reconocer las colchas de novios de muchas generaciones, miéntras que el suelo de la prolongada calle y de toda la carrera que habia de llevar la Procesion veíase alfombrado de verde juncia, de amarilla gayomba, de olorosos mastranzos y de otras campesinas hierbas...--Las campanas de Santa María repicaban gozosamente por segunda vez, anunciando que ya se acercaba el momento solemne... Cohetes voladores reventaban á docenas en los aires, como notificando á los demas planetas lo que ocurria en el nuestro..., y el tambor de la Milicia Nacional daba _golpes_ y redobles de _atencion_ y _llamada_, que hacian subir de punto la general expectativa...

Todas las ventanas y azoteas, y áun los mismos oblicuos tejados, estaban llenos de gente, sobre todo de mozas aderezadas y carilimpias (muchas de ellas nada más que _cari_), habiéndose reservado los balcones para las señoras y señoritas del centro de la Ciudad, que ya ostentaban en ellos sendas mantillas ó tocas de Almagro, peinados á la francesa y demas distintivos de su elevada alcurnia.

En la calle no se podia echar un alfiler: tan atestada se veia de artesanos vestidos de _nuevo_, de jornaleros vestidos de _limpio_ y de caballeretes vestidos de _moda_. Hasta los regadores habian abandonado los campos y encontrábanse allí, apoyados en sus azadas, como dispuestos á volver á la interrumpida tarea en cuanto presenciaran el paseo triunfal del Niño de Dios.--Algunos militares retirados (entre los cuales descollaba nuestro Capitan) lucian su irreemplazado uniforme de la Guerra de la Independencia, y ¡á fe que era grato verlos embutidos en sus casacas de altísimo cuello, provisto de sudadero, que les rozaba la coronilla, con la ancha capona ó la larga charretera empinadas sobre los hombros, con el inflexible corbatin de ballena impidiéndoles toda comunicacion con el género humano, y con su morrion de carrilleras y descomunal campana, que no habria podido soportar el propio Dios Marte!...--Por último: los bulliciosos chicuelos y los circunspectos milicianos (ó sea _los nacionales_, que era como se llamaban allí entónces) se apiñaban en el atrio y gradas de la Iglesia, para servir, aquéllos de vanguardia y éstos de escolta, á la venerada Efigie del Niño Jesus,--en tanto que el sol, enfilando de lleno la calle al bajar á Poniente, daba á todas aquellas cosas divinas, humanas y pueriles un carácter glorioso, triunfante, santo, que si distaba muchísimo de la beatitud eterna, diferenciábase tambien algo de las cotidianas luchas de esta vida.

La forastera, con traje negro, mantilla blanca y muchas joyas de escaso valor, ocupaba el balcon principal de una de las mejores casas de aquel barrio; balcon enorme, con balaustres de madera color de chocolate, que podia contener quince ó veinte personas.--Hallábanse, pues, tambien allí D. Trajano, su esposa y todos sus tertulios, excepto nuestro amigo Pepito, que se contoneaba en la calle, frente por frente de aquella casa, para que la madrileña lo viese navegar por el mundo como todo un hombre y admirara de léjos su frac de tijera (refundicion del único que habia tenido su buen padre), su pantalon de color de avellana, su corbata celeste, su chaleco de mil flores y su colosal sombrero de copa...--¡El pobre ingenio parecia un mico vestido de máscara!

Á D. Trajano Mirabel le habia dado aquella tarde por hablar de política, y traia mareado á otro señor de su edad, tambien moderado acérrimo, que solia formar parte de su tertulia; pero ni éste ni nadie tenian ya atencion para otra cosa que para mirar á una hechicera mujer, tambien con mantilla blanca, que acababa de presentarse y tomar asiento en un balconcillo del entresuelo de la casa de enfrente.

--¡Es usted afortunada! (dijo doña Tecla á la prima del Marqués.) ¡Toda la tarde vamos á estar viendo á la _Dolorosa_!--¡Allí la tiene usted..., con una mantilla como la suya!...--¡Jesus María! Y ¡cómo la mira la gente!...--¡Ni que ella fuera la Procesion!

En efecto: Soledad estaba allí; donde ménos se la esperaba; en una casa humilde; en aquel peligroso balcon, tan cercano al piso de la calle... ¡casi confundida con la multitud, cuando habia podido disponer de todas las casas y de todos los balcones del barrio!

--¡Qué temeridad! ¡Qué imprudencia! (decian algunos.) ¡Elegir ese sitio, estando en el pueblo el _Niño de la Bola_! ¡Sabiendo que viene tan irritado!...

--¡Qué falta de consideracion! ¡Qué descoco! (añadian algunas.) ¡Andar de fiestas, estando ausente su marido! ¡constándole que _el otro_ piensa venir aquí!

--¡Confesemos que es muy valiente! (reponian los más tolerantes.) ¡Ella misma se lanza á la cabeza del toro!--¡Mirad qué cara tan serena y tan hermosa! ¡Mirad qué sonrisa tan altanera! ¡Mirad qué ojos! ¡Ninguna inquietud se lee en ellos!--Y, sin embargo, ¡bueno andará su corazon!

--¡Esa! ¡esa es la _Dolorosa_! (exclamaba al mismo tiempo D. Trajano, dirigiéndose á la prima del Marqués:) ¡Este golpe la retrata de cuerpo entero! ¿Sabe usted á qué viene aquí? ¡Á desarmar á Manuel con su presencia! ¡á hacerle apetecer una paz vergonzosa para Antonio Arregui! ¡á jugar el todo por el todo!--¡Ya dije á usted anoche que Soledad ama... hasta cierto punto al intrépido Venegas!--Yo soy viejo, y conozco el pecado...

--¡Es usted atroz!--contestó ágriamente la cortesana, cual si el jurisconsulto la hubiera sorprendido recorriendo con la imaginacion, por cuenta de Soledad, aquel sendero pacífico, criminal y deleitoso.

Y luégo añadió, quitándose los lentes:

--¡Pues, señor! declaro que esa mujer vale más de lo que yo me figuraba...--Aunque viste con mediano gusto y tiene una expresion hipócrita que da miedo, es muy bonita, muy graciosa, y hasta muy interesante...

¡Que si lo era!...--Permítasenos describirla por última vez... Permítasenos decir á qué extremo de hermosura habia llegado la que conocimos inocente niña y púdica doncella, cuando la vemos ya convertida en mujer de veinticinco años, esposa y madre.

Soledad no pertenecia á la raza de las estatuas griegas. Su belleza tenía más de gótica que de pagana, más de romántica que de clásica, más de las creaciones de Schiller y Walter Scott que de las de Homero y de Ovidio; más, en fin, de dama que de diosa.--Así y todo, su cuerpo era un primor de forma, cuyas suaves líneas vacilaban dulcemente entre la curva y el ángulo, dando mayor realce y gallardía á los femeniles contornos. Ni se admiraba sólo la forma en aquella exquisita figura: la misma _materia_ (cosa indiferente en la belleza gentílica) tenía en ella singular atractivo y hablaba por sí propia á la imaginacion. Era, en resúmen, una de esas mujeres finas y nerviosas (á quienes erróneamente se suele llamar _espirituales_ ó _ideales_), cuyos encantos corpóreos no se limitan al dibujo, al _modelado_ exterior, á la belleza plástica, como en las beldades olímpicas, sino que residen y se aprecian en la totalidad del sér físico, en su índole y naturaleza, en la calidad de la masa, en todo lo que de ellas puede ver el escultor y en todo lo que adivina el fisiólogo: mujeres verdaderamente _materiales_ y _terrenas_, mucho más _humanas_ que esas macizas cariátides sin nervios en que parece que todo es arcilla: ¡elásticas serpientes, de piel dócil y suelta, de carnes precisas y delicadas, de huesos cálidos y endebles, de sangre rápida y fluida, que viven y huelgan en el fuego, como se cuenta de las salamandras!

El rostro de la _Dolorosa_ acrecia el profundo interes y la ardiente curiosidad que ya despertaba en el ánimo el aspecto general de su lánguida y voluptuosa contextura. Aquella palidez inalterable y llena de vida; aquellos ojos amantes y altivos á un propio tiempo; aquellos labios sensuales y desdeñosos; aquel sentimentalismo del conjunto de sus facciones, tan incompatible con la materialidad de la vida que llevaba pacíficamente la casual esposa de un hombre vulgar ó cuando ménos prosaico; todas estas contradicciones de su sér y de su existencia, expresadas vagamente por su semblante, hacian que Soledad cautivase la imaginacion y el deseo, como todo lo misterioso, como todo lo inexplicable, como una esfinge, guardadora de trágicos y peregrinos secretos.

Dicho se está que casi ninguna de estas sublimidades pasaba por las mientes á aquellos semi-africanos que devoraban con la vista á Soledad; mas no por ello se les oscurecia la sustancia de cuanto acabamos de exponer, ni envidiaban ménos, en hipótesis, al feliz mortal que sacase de su forzosa, perdurable apatía á la malograda heroína de amor;--lo cual equivale á decir que envidiaban en futuro contingente á nuestro amigo Manuel Venegas, presunto dueño de aquel corazon encarcelado.--Por lo que respecta á Luisa y al señor de Mirabel, estaban muy al tanto de todo (á fuer de doctores en materias de arte, vicio y sentimiento), y fueron aquella tarde mucho más allá que hoy mi tosca pluma en el análisis físico-poético-moral de la _Dolorosa_.

De pronto, advirtióse en los grupos un gran movimiento, que muy luégo se propagó á ventanas y balcones, como si ocurriese alguna extraordinaria novedad...--¿Qué motivaba aquel oleaje de la muchedumbre?--¿Iba á salir la Procesion? ¿Se habia suspendido? ¿Acontecia alguna desgracia?

No: era que Manuel Venegas acababa de aparecer en lo alto de la prolongadísima calle de Santa María: era que avanzaba hácia la parte concurrida de ella, precedido de una escuadra de bullidores muchachos y escoltado á respetuosa distancia por media docena de valientes de segundo órden: era que llegaba el héroe del dia.

Casi toda la gente se apartó de las inmediaciones de la Iglesia y fué extendiéndose calle arriba para gozar más pronto de la presencia del jóven sin ventura,--el cual marchaba entretanto sosegadamente, sin mirar á nadie, con la cabeza un poco inclinada, y divirtiéndose al parecer en agitar con el baston las olorosas hierbas que alfombraban el suelo.

No podia decirse, sin embargo, que le fuera indiferente el público, cuando tanto se habia acicalado y compuesto, en medio de sus penas, para presentarse dignamente á él.--Los moros son siempre vanidosos y artistas, y acuden á las batallas con sus mejores ropas y todo el posible boato, viendo tal vez una fiesta en el peligro...--La mencionada tarde vestía Manuel como un novio, como un triunfador; no como un hombre que acaba de ser desarraigado de la vida y sólo espera ya marchitarse y morir...--Todo su traje era de rica seda negra sin brillo, con alamares del mismo color y muchos botones de plata mate: lucía un magnífico sombrero de jipijapa, de forma chamberga, al uso de ultramar: hermosos brillantes relumbraban en sus dedos y en la bordada pechera de la camisa; y pendia de su cuello una larga y muy gruesa cadena de oro, que iba á perderse debajo del ceñidor chinesco liado á su cintura, sirviendo indudablemente de sosten á un soberbio reloj, digno de tan fastuoso _indiano_.

Con mayor evidencia hubiera podido asegurarse que nuestro jóven (contra su antigua costumbre) llevaba consigo un arma, y que este arma era un puñal; pues, á muy poco que se observaba, veíase dibujarse su rígido bulto bajo la sarga de la chaqueta...--Por lo demas, si aquellos viajeros que veinticuatro horas ántes lo saludaron en lo alto de la Sierra vecina, lo hubiesen visto en tal momento, habríanse espantado y hasta condolido del profundo cambio que se advertia en su noble rostro...--Una horrorosa contraccion atirantaba todos sus músculos; despedian sus ojos una luz torva y rojiza, como los del leon durante la cuartana, y la más lúgubre tristeza tendia su velo de muerte sobre aquellas varoniles facciones: ¡tristeza desesperada y terrible; no quejumbrosa y vehemente como la sed y el ánsia de consuelo, sino fija, muda, petrificada, irremediable, muy más amenazadora en su serenidad que todos los arrebatos de la ira!

Las gentes de la calle no se atrevieron al principio más que á saludarlo á distancia, diciéndole un «_¡adios, Manuel!_»... tan natural y corriente como si no hubiesen pasado ocho años desde la última vez que lo vieran;--á lo cual respondia el jóven llevándose la mano al sombrero, sin pararse á ver quién lo saludaba...

Un poco más adelante, ya osaron algunos acercársele y detenerlo, alargándole la mano y preguntándole por la salud...--Eran (decian) _antiguos amigos suyos_... (y entre ellos reconoció á aquel maton á quien tuvo que romper el brazo derecho.)--Otros se denominaron _sus condiscípulos_... (¡cuando sabemos que nuestro héroe no habia asistido á más escuela que al despacho de D. Trinidad Muley!)--Y hasta hubo álguien que se le presentó á título de _hermano de leche_, ignorando sin duda que el jóven fué amamantado por su propia madre.

Manuel contestaba á todos en las ménos palabras posibles, y seguia su interrumpida marcha; pero rara vez dejaba un grupo, para entrar en otro, sin preguntar ántes al oido á la persona que le inspiraba mayor confianza:

--Dígame usted...--¿_Cuál es Antonio Arregui_?

--No está aquí...--No ha venido...--Dicen que se marchó ayer...--Se le aguarda de un momento á otro...--le habian respondido ya cuatro interrogados, con un aceleramiento y un temblor que denotaban complicidad mental con el pavoroso alcance de la pregunta.

Á todo esto, penetraba ya nuestro protagonista en lo más concurrido de la calle, ó sea en el trozo de ella que habia de recorrer la Procesion (la cual se dirigiria luégo por una calle transversal en busca de cierta antigua mezquita, á la sazon _Ayuda de Parroquia_, donde tendria término la fiesta)...

Las mujeres más presumidas echaban todo el cuerpo fuera del balcon para verlo pasar...--Pero él no habia levantado la cabeza ni una sola vez...--Indudablemente no sabía, ni podia ocurrírsele, que Soledad hubiese ido á la Procesion...; que estuviese algunos pasos más allá...; ¡que pronto la veria, despues de ocho años de ausencia, no separados ya sus corazones por las olas del Océano, sino por otro abismo más profundo!

El airado Venegas miraba únicamente á la calle, á los hombres, buscando á aquel Antonio Arregui á quien no conocia, pero á quien juzgaba obligado á hacerle frente, á presentarse en aquella palestra, á concurrir al duelo solemne y público para que habia sido emplazado ocho años ántes en términos generales y colectivos, y cuya citacion le fué notificada personalmente por todo el pueblo el dia que se atrevió á casarse con la _Dolorosa_.--Manuel iba allí como mantenedor de aquel desafío... ¡Caso de honra era para el amenazado consorte acudir á la demanda, no ocultarse, no obligar al provocador á ir á buscarlo en su escondite!

Entiéndase bien que nada de esto lo decimos nosotros: el público y el propio Manuel eran los que discurrian así aquella tarde.--Por lo demas, todos seguian parando y saludando al intrépido jóven, sin atreverse á tocar las heridas de su corazon, pero aventurándose ya á dirigirle preguntas asaz impertinentes...

--¿Conque vienes tan rico?--habíale (por ejemplo) interrogado alguno.

Manuel sonrió desdeñosamente y no se dignó contestar.

Entónces le habló _de usted_ la misma persona, preguntándole:

--¿Y viene usted por mucho tiempo?

--¡No sé!--contestó el desgraciado, volviéndole la espalda.

Algunas personas graves y de posicion incurrieron tambien en la debilidad de acercársele, á curiosear en su dolor, en su desesperacion y hasta en su bolsillo...

--Es menester que nos ayudes á gobernar la poblacion (díjole un concejal), y que para ello compres fincas que te den la cualidad de _elegible_... El Ayuntamiento necesita hombres como tú...--¿Te atreverias con la cortijada del Morisco?--Cien mil duros piden por ella...

--Muchas gracias... Veremos...--respondió Manuel.

--¡Yo me comprometo á hacerlo Alcalde!--exclamó otro regidor; el mismo, segun noticias, que habia ofrecido aquella _vara_ á Antonio Arregui.

Manuel saludó con finura.

--Pero ántes... (dijo un tercero, apuntándole ya al corazon) será preciso que te establezcas; que tomes estado; que elijas mujer...--Digo... ¡porque supongo que no te has casado por esos mundos!...

Venegas lo miró de piés á cabeza (helándolo de terror), y le dijo melancólicamente:

--No sé quién es usted; pero le compadezco.

Y continuó bajando la calle.

Á los pocos pasos vió el jóven entre la multitud á nuestro amigo el Capitan, y acto contínuo dirigióse hácia él (cosa que no habia hecho con nadie) y le tendió respetuosamente la mano, miéntras que con la otra se quitaba el sombrero.

El viejo agradeció mucho aquella significativa excepcion, y sólo halló fuerzas para decirle con los ojos arrasados en lágrimas:

--¡Tienes buena memoria!

--Y buena voluntad...--le respondió Manuel afectuosísimamente, apretándole de nuevo la mano.

Y prosiguió su interrumpida marcha, muy complacido de aquel encuentro.

Pasó, en fin, por enfrente del balconcillo en que se hallaba Soledad; y, como si algun misterioso instinto ó fuerza superior lo determinara, paróse maquinalmente en aquel punto, eligiéndolo para ver desfilar la Procesion.

El público lanzó un gran resoplido de contento... y de sobresalto.

Y muchas miradas se dirigieron á las bocacalles en demanda de Antonio Arregui, única persona que faltaba ya para que el drama fuese completo...

La forastera, debajo de cuyo balcon se habia detenido el jóven, seguia entretanto el prolijo estudio que de su figura comenzara á hacer desde que lo vió asomar, y decia á su colega D. Trajano, sin quitarse los lentes de los ojos:

--¡Hermoso hombre! ¡Es una estatua vestida de andaluz, bien que no de majo ni de torero!... Los perfiles americanos del traje poetizan mucho su persona...--¡Qué torso! ¡qué cuello! ¡que cara!... ¡Es un modelo de belleza masculina!...--No sé á quién compararlo...--Para Apolo, es demasiado fuerte, y para Hércules, demasiado esbelto...--Lo compararé, pues, con el _David_ de Miguel Ángel...--¿Ha estado usted en Florencia?

--No, señora...--balbuceó D. Trajano, muy confundido, pensando quizá en sus largas piernas y peraltados hombros, que ni en la juventud fueron esculturales.

En el ínterin, la atencion del público habia dejado de fijarse en Venegas para acudir á Soledad...