Part 10
--»Padre, yo no juro... ¡Eso es pecado...! (replicó Soledad gravemente.)--Pero, en lo demas, yo obedeceré siempre á mi padre y á mi madre, como lo manda Dios en la misma Ley que prohibe jurar su santo nombre en vano...
--»¡En vano! ¡en vano! (repitió el moribundo.)--¡Ah, gran hipócrita!--Tú piensas reirte de mí despues que me entierren... ¡Tú eres una ingrata, que te complaces en amargar la agonía del padre que tanto te ha idolatrado, que tanto dinero ha consumido en darte gusto, y que ya no puede servirte de nada!...
--»Yo soy una hija obediente á mis padres y á Dios...--¡á Dios sobre todas las cosas!... (exclamó la jóven seráficamente.)--Por eso no juro ni juraré, aunque usted me insulte de esta manera...
--»¡Pues, entónces, no puedo morirme todavía! (repuso el anciano con asombrosa naturalidad.) Quita de en medio todos esos jarabes, y dáme de comer.--¡Mañana estaré bueno! ¡Tu rebelion me ha resucitado! Siento en mi máquina una energía nueva con que ni tú ni yo contábamos hace poco...--¡Me has dado, cuando ménos, un año y un dia de vida, que es el tiempo que necesito para utilizar tu obediencia!
--»Usted mandará...
--»¡Ya lo creo que mandaré!--Mañana mismo entrarás de novicia en un convento, y, si durante el noviciado no puedo casarte, de mañana en un año serás monja profesa, y yo bajaré tranquilo al sepulcro, despues de legar todos mis bienes á los hospitales de la Rioja...--¿Qué tienes ahora que decir?
--»Que mañana me trasladaré al convento,--respondió Soledad, besando á su padre.»
»No se puso bueno el riojano al otro dia, ni halló fuerzas para dejar el lecho ninguna de las veces que lo intentó, ni habia de levantarse más, segun que ya he dicho; pero la verdad es que se mejoró bastante despues de aquella conversacion; tanto, que los mismos médicos que lo habian mandado administrar, lo declararon fuera de inminente peligro y hasta muy capaz de vivir todavía mucho tiempo, si no se presentaba una nueva crísis.--En cuanto á Soledad, no hay que decir que al dia siguiente entró en el convento.--¡El padre y la hija estaban cortados por una misma tijera!
»Formando cábalas andaban las gentes sobre las reservas mentales de la _Dolorosa_, á quien acá mismo juzgábamos esperanzada en que su padre moriria ántes de un año, y resuelta de todos modos á no profesar en tiempo alguno; pues hacerse monja era cerrar á Manuel Venegas todos los caminos, hasta el del adulterio...
--¡Mirabel!... ¡yo no te he oido nunca hablar así! (interrumpió doña Tecla:)--¡Esto pasa ya de castaño oscuro!...
--Porque nunca he tenido que hablarte de psicología ni de fisiología... (respondió el académico.)--Pero la marquesa me comprende...
--Vamos... vamos... ¡amigo mio! (expuso la forastera). Doña Tecla tiene razon... ¡Déjese usted de esos estudios, y sáqueme de penas de una vez!...
--¡Es usted muy amable, Luisita, en no reclamar contra unas interrupciones que lamento profundísimamente..., bien que, en medio de todo (yo soy justo), hagan honor á la castidad de mi digna esposa!... (replicó D. Trajano, dando el último golpe á su pobre mujer con este fulminante cumplido, que arrancó una indefinible sonrisa á la no tan lisonjeada madrileña.)--Decia, pues (continuó el impertérrito oráculo), que tal rumbo llevaban las cosas, cuando, á los pocos dias de entrar Soledad en el convento (¡véase lo que es el destino de los mortales!), llegó á esta Ciudad otro riojano, con carta de recomendacion para D. Elías, á fin de que éste le ayudase con sus consejos y buenas relaciones á establecer, al pié de la vecina Sierra, una fábrica de paños, movida por agua...
»D. Antonio Arregui se llamaba el recien llegado, y era un hombre como de treinta años de edad; de buena presencia; muy circunspecto y formal en su trato; poco amigo de conversaciones inútiles; bastante rico, aunque muchísimo ménos que el prestamista; de inmejorables sentimientos, bien que no brillante en sus manifestaciones, y dedicado por completo al trabajo y á los negocios.--Añádase que era soltero.
»¡D. Elías habia encontrado su hombre!--Comenzó, pues, por hospedarlo en su casa: puso en juego á todos sus deudores para que le ayudasen y protegiesen en cuanto se le fuera ofreciendo: le regaló, á título de paisano suyo y antiguo amigo de sus parientes, el terreno necesario para la Fábrica: obligóle á ir al Convento varias tardes á visitar á su hermosa hija, dándole encargos y comisiones para ella; y, cuando consideró que el buen industrial estaba ya en sazon de caer espontáneamente en el lazo que iba á presentarle, refirióle un dia con habilidad suma las que llamó «cuitas de su vejez y desventuras de su casa, que le tenian postrado en aquel lecho y acabarian por matarle muy pronto», ó sea la historia de la horrible presion que un mala cabeza, llamado el _Niño de la Bola_ (lenguaje suyo), estaba ejerciendo sobre él y sobre su pobre hija, porque eran débiles y no contaban con un brazo que los defendiera en aquella egoista Ciudad, donde no se perdonaba á nadie el delito de ser forastero...; presion que habia llegado hasta el punto de impedir que la jóven se casase con personas muy dignas, y de obligarla, por último, á pensar en hacerse monja, sin vocacion alguna á la vida del claustro, pero como único arbitrio para eludir su ridícula y peligrosa situacion; «todo ello (concluyó diciendo D. Elías), en virtud del miedo cerval que causan á un pueblo entero, á una Ciudad de doce mil habitantes, las criminales amenazas de una especie de facineroso cuyo paradero se ignora hace muchos años, y que probablemente habrá ya muerto en un patíbulo...»
»Arregui, que era riojano y descendiente de navarros, y no daba por ende cabida en su sereno corazon á los supersticiosos respetos y temores á que tanto se presta la imaginacion andaluza (yo soy tambien andaluz, mi querida Luisita; pero desciendo de portugueses), quedóse maravillado con lo que acababa de oir; tomó informes de personas sensatas, y se convenció de que todo era cierto; y, como, por otra parte, se habia prendado de la belleza, afabilidad y discrecion de la _Dolorosa_ desde que la visitó por primera vez (no comprendiendo que tan encantadora criatura, llamada á heredar no pocos millones, se enterrase en vida entre las cuatro paredes de un convento), llegóse pocos dias despues al lecho del anciano, y le dijo con su gravedad acostumbrada:
»Yo no soy valiente de oficio; pero no le temo á ningun hombre, sobre todo cuando la razon está de mi parte y puedo contar con el amparo de la Ley y de los tribunales de Justicia. Tampoco soy rico, si se me compara con usted; pero tengo tan pocas necesidades que, con mi caudal y con mi amor al trabajo, me sobra para no necesitar ajenos millones.--¡Lo que yo necesito, como paisano de usted, profundamente agradecido á sus bondades, y como muy enamorado que estoy de su linda hija, es poner término al vergonzoso estado que pesa sobre ustedes!--Tengo, pues, la honra de pedir á usted la mano de Soledad, sin desprecio ni desafío, pero tambien sin temor alguno, á las amenazas del famoso _Niño de la Bola_.
»D. Elías estrechó en sus brazos á Antonio Arregui; le besó las manos y la cara; le apellidó _hijo de su alma y de su corazon_; lloró de agradecimiento y de alegría, y, acto seguido, llamó á su martirizada mujer (que lo habia oido todo detras de la puerta), y le mandó que fuese inmediatamente en busca de su hija; pero que _ántes abrazase á su yerno_.
»La señá María Josefa llevaba ya muchos dias de presentir aquel golpe, y áun de desearlo; pues á la pobre madre le era más duro vivir sin la única prenda de su corazon y pensar que al cabo del año de noviciado la perderia definitivamente, que arrostrar los desastres á que pudiera dar motivo aquel casamiento, el dia del retorno (para muchas gentes improbable, y para ella infalible) del tremendo Manuel Venegas.--¡Lo que la infortunada queria era ver á su hija á todas horas; que no se la quitasen; que no siguiera sepultada en un claustro!--Abrazó, por consiguiente, al fabricante con cierto júbilo, procurando acallar los aciagos presentimientos que la conmovian con siniestros vaticinios, y marchó desalada en busca de Soledad, á quien no habia visto desde la tarde anterior.
»Carezco de datos para referir puntualmente las escenas que se sucedieron en la alcoba de D. Elías cuando la jóven regresó del Convento. La señá María Josefa ha sido muy diplomática en este punto, y se ha limitado á decir que los ruegos, el llanto y las órdenes de aquel extenuado padre que, casi desde el féretro, le recordaba la prometida obediencia y le amenazaba con la maldicion de Dios y la suya... (á este coloquio no asistió Antonio Arregui), así como la grave y noble actitud que mostró luégo el digno industrial, cuyo circunspecto semblante expresaba un amor que no retrocedia ante la muerte, pero que sería humilde esclavo del menor de los caprichos de su dulce dueño... (_¡Improbe amor! ¿quid non mortalia pectora cogit?_), decidieron al fin á la _Dolorosa_ á sacrificar las gratuitas esperanzas de Manuel Venegas,--«al cual (son expresiones trasmitidas por la madre) nada tenía ofrecido, ni nunca habia dirigido la palabra...»
»Pronunció, pues, la esfinge el anhelado _sí_..., y pronunciólo (dicho sea en verdad) con gran admiracion y espanto de todo el pueblo, y áun de nosotros mismos... Pronunciólo muy tranquila y valerosamente, segun unos; á costa de una formidable convulsion, segun otros...--¡Ello es que lo pronunció (mal que le pese á la escuela romántica), y que _ipso facto_ ocupó Antonio Arregui el trono de esta pendenciera Ciudad, vacío desde la marcha del _Niño de la Bola_!
»Ni faltó quien dijera entónces--y yo lo creí--que la taimada y misteriosa doncella estuvo conteniéndose hasta que su prometido se marchó al otro dia á las obras de la fábrica, y que entónces fué cuando estallaron sus nervios con tal ímpetu que se la dió por muerta durante muchas horas..., sin embargo de lo cual, no bien le advirtieron que habia regresado Antonio, recobró el imperio sobre sí misma y se le mostró sosegada, apacible y hasta sonriente...--Fenómenos son estos, mi querida Luisita, que muchas veces han servido para explicar ulteriores conflictos en varios matrimonios;--como, por ejemplo, la súbita felonía de mujeres que se casaron gustosas en apariencia y que, no obstante, abrigaban en el pecho la sierpe de otra pasion inextinguible, destinada á morder un dia al confiado marido en mitad del corazon y de la honra...--Pero yo cometeria una ligereza impropia de mi carácter, si aventurara en este punto (y con relacion al caso presente) juicios ó prejuicios tanto más temerarios cuanto que nada real y positivo se sabe ni se ha sabido nunca acerca de los sentimientos de la _Dolorosa_, y prefiero volver lisa y llanamente á mi pobre y concienzudo relato.
»Diré, pues, en las ménos palabras posibles, á fin de no fatigar al concurso, que á las pocas semanas de concertarse aquel matrimonio, comenzaron á publicarse las amonestaciones; que, durante su lectura, todos tenian clavados los ojos en la puerta de la Iglesia, esperando ver entrar al _Niño de la Bola_, en el ademan trágico y solemne del novio de _Lucía_, á desmentir y ahogar al honrado sacerdote que pregonaba tales nupcias; que, afortunadamente, no ocurrió semejante escándalo, ni ninguna otra novedad, y que de este modo llegó, como todo llega en el mundo, el dia prefijado para la boda.
»_Boda_ he dicho, y no la hubo...--Verificóse el casamiento de noche, en la alcoba de D. Elías, cuya vida estaba otra vez en mucho riesgo, pero que no consintió se aplazase el acto ni una sola hora.--Nadie asistió á él, más que el cura de aquella feligresía y los testigos...--Yo fuí uno de ellos...; y nunca lo fuera para presenciar horrores como los que allí iban á suceder.--¡No bien acabó la ceremonia nupcial, y miéntras la desposada socorria á su madre, que habia perdido el conocimiento y caido en tierra, oyóse un gran suspiro en el antiguo lecho del padre del _Niño de la Bola_, desde el cual acababa de ejercer D. Elías Perez el oficio de padrino de aquel enlace, y vimos que el viejo usurero estaba dando las boqueadas!--Apénas hubo tiempo de que el Cura le leyese _la recomendacion del alma_ en el propio libro que habia servido poco ántes para leer á los novios la _Epístola de San Pablo_...--D. Elías espiró inmediatamente...; y (¡oh miseria humana! ¡oh sarcasmo del destino! ¡oh leccion de los Hados!) aquellas mismas velas, encendidas para que sirviesen como de antorchas de Himeneo á la sacrificada hija, fueron blandones fúnebres que alumbraron el lecho mortuorio del padre tirano que ha dado márgen al conflicto en que hoy se encuentran tantos y tan sensibles corazones...»
D. Trajano Perícles se enjugó el sudor, al terminar aquel sublime esfuerzo de elocuencia, en que, sin pensarlo, rindió cierto culto al romanticismo; y luégo añadió, por vía de clásico desahogo:
--«Á los nueve meses justos y cabales Soledad dió á luz un hermoso niño.»
--¡Gracias á Dios! (no pudo ménos de exclamar la forastera.)--Pues, señor, me declaro partidaria acérrima del _Niño de la Bola_.--La razon está de su parte.--Soledad no tiene corazon, ni lo ha tenido nunca...
--Creo que confunde usted las especies... (respondió D. Trajano.) Lo que no tiene Soledad es un corazon de heroína de novela; y mucho ménos un corazon de hombre.--Su corazon es pura y simplemente de mujer...
--¡Está destornillado!--dijo doña Tecla, sonriendo en cierto modo á sus tertulios, como pidiéndoles que perdonasen á su marido.
--Pues entónces digamos que tiene un corazon _de mujer que no sabe amar_...--añadia entretanto la madrileña.
--Diga usted más bien (replicó D. Trajano) «un corazon _que ama hasta cierto punto_»...--Yo no tengo duda de que Soledad ha querido siempre á Manuel Venegas.--Creo más... (ahora que no nos oye mi mujer...) Creo que lo quiere todavía...--Pero la hija del usurero no nació para heroína; no nació para defenderse por sí propia: nació para que otros la defendieran ó la conquistasen.--Ella contaba sin duda con que el temido _Niño de la Bola_ venciese á todos los enemigos de su amor, tanto á su padre como á los pretendientes que pudieran sobrevenir... Parecíase á esas princesas de los cuentos orientales, que se dejan ganar como un premio por el contrincante más listo en descifrar charadas y enigmas, y se casan con él, aunque no sea muy de su gusto.--Indudablemente, nuestra princesa, esto es, la _Dolorosa_, hubiera preferido que Manuel saliese vencedor... Indudablemente lo amaba... Pero el pobre se descuidó, el pobre tardó en regresar de las Indias, el pobre no habia contado con que vinieran á esta Ciudad forasteros como Antonio Arregui, poco sensibles á vagas amenazas..., y la obediente jóven, con más ó ménos dolor y con peores ó mejores reservas mentales, dejóse conquistar y llevar por D. Elías, por el Fabricante, por la fatalidad, por el destino..., bien que á condicion de hacer luégo de su capa un sayo...--¡Así procedieron en todos tiempos las hembras creadas por Dios, ya que no las creadas ó falsificadas por los poetas y los novelistas! ¡Así procedió nuestra primera madre en el Paraíso terrenal, cuando, segun leemos en el Génesis...!
Por fortuna, llamaron en esto á la puerta de la calle; que, si no, ¡sabe Dios el vapuleo que habria dado el jurisconsulto á las pobres hijas y nietas de Eva, inclusas las más guapas que figuran en las historias!
--¡Ahí está Pepito! (exclamó la prima del Marqués:) Él nos traerá noticias frescas...
Lo primero resultó cierto; pero no así lo segundo. Pepito entró efectivamente en el salon, empinado y tieso para ganar estatura, y saludando á todos, aunque sin ver más que á la forastera, como la mariposa no ve más que la llama; mas ¡ay!, en cuanto á lo demas, todas las noticias que habia recogido en la calle eran negativas.
Sacábase de ellas en sustancia que Manuel Venegas no habia penetrado aún en la Ciudad, ni sabía nadie por dónde andaba;--que D. Trinidad Muley, cansado de recorrer el campo en su busca, y teniendo que madrugar para la gran funcion del otro dia (Misa y sermon con Señor Manifiesto, Comunion general, etc., etc.), se habia retirado á dormir hacía pocos instantes;--que la casa de Antonio Arregui (sita en distinto barrio que el ya vacío palacio de los Venegas) estaba cerrada como un sepulcro; pero no así la dispuesta para alojar al _Niño de la Bola_, por cuyos abiertos balcones se veian muchas luces, como si allí hubiera un muerto de cuerpo presente;--y, en fin, que hasta los Serenos, únicas personas que ya andaban por las calles, temian que á la tarde siguiente ocurriese alguna desgracia durante la Procesion del verdadero Niño de la Bola, á la cual no dejaria de asistir ninguno de los tres personajes principales del drama: Soledad, por el bien parecer, á fin de que no se dijera que le habia impresionado el regreso de su antiguo amador; Manuel Venegas, á convertir en hechos sus juramentos y amenazas de antaño, y Antonio Arregui á evitar que le creyeran huido y le infamaran con la fea nota de cobarde...--Es decir: los tres ¡por consideracion al público!
--¡Pues hay que ir á esa Procesion!--exclamó en el acto la forastera.
--Balcones tengo reservados al efecto, desde que no podian preverse estas baraundas... (respondió D. Trajano.)--Iremos á casa de uno de mis labradores...
--¡No faltaré!--dijeron los ojos de Pepito, quien no podia concebir que Manuel Venegas fuese más interesante que un hijo de las Musas.
--¡Y tambien habrá que ir pasado mañana á la Rifa! (continuó implacablemente la madrileña.) El _Niño de la Bola_ no podrá ménos de presentarse en aquel sitio á cumplir su juramento de bailar con la _Dolorosa_...--¡Deseando estoy conocerlos á los dos!
--Cuente usted con palco principal, ó sea con la cueva del Mayordomo de la Cofradía,--repuso D. Trajano, saludando á la prima del Marqués.
Y, como en aquel momento diese las once el reloj de música que habia en el recibimiento, la tertulia se levantó en masa, despidiéndose todos hasta la tarde siguiente, en la Procesion; con lo que la forastera se retiró á su cuarto, á soñar con no sé qué prestamistas de Madrid; Pepito se fué á su desvan, á componer versos eróticos á la forastera; los tertulios innominados y mudos se marcharon á descansar del trabajo de haber nacido, y el elocuente señor de Mirabel cayó bajo el brazo _secular_ de su esposa.
Descansemos nosotros tambien el resto de la noche, poniendo para ello fin al Libro Tercero; pues la gravedad de los sucesos que ocurrieron al otro dia y en el subsiguiente exige que, ántes de relatarlos, demos tregua á la pluma, paz á la imaginacion, y algun reposo á la natural zozobra del que leyere.
LIBRO IV.
LA BATALLA.
I.
EL CUARTEL GENERAL DE _VITRIOLO_.
Amaneció al fin aquel memorable domingo en que habia de tener comienzo la ruda batalla de treinta y seis horas que riñeron definitivamente el Bien y el Mal en torno de Manuel Venegas y dentro de su atormentado corazon;--batalla empeñadísima y desastrosa, en que tomaron parte más ó ménos activa, directa y justiciable todos los habitantes de la Ciudad, ó sea todos los individuos del gran Jurado que solemos llamar «_el público_.»
_Vitriolo_ habia citado la noche anterior á su gente «para el toque de diana, en la puerta de la botica», y allí estaban, en efecto, desde el amanecer, los que más atras denominamos «_mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas_»..., de que era apóstol y cabeza el pasante de farmacéutico.
Tambien se encontraban en aquel centro ordinario de noticias (y excelente acechadero en tal mañana para seguir las operaciones de Manuel Venegas, cuyo domicilio distaba pocos pasos) otras muchas personas de distinta edad, clase y condicion, todas ellas muy afanadas en averiguar ó referir lo último que se sabía relativamente á los pavorosos sucesos que se _veian llegar_..., que _eran infalibles_..., que hasta _se aguardaban con impaciencia_..., y contra los cuales no dejaria de tronar todo el mundo ni de proceder activamente la Justicia, luégo que se hubiesen consumado. Las mismas criadas que iban á la compra se acercaban á aquella gran tertulia al aire libre y metian su baza en la conversacion, indicando lo que debia hacer cada personaje, «_si tenía honor y vergüenza_»... Las más sisadoras y alegres de cascos eran las más implacables y terribles, y repetian punto por punto los juramentos y amenazas que el _Niño de la Bola_ pronunció hacía ocho años, terminando toda su arenga con la frase sacramental de: «_¡Ahora veremos si hay hombres!_»--El propio Alcalde, persona muy digna, discurria allí con la mayor seriedad, sobre si Manuel mataria á Antonio aquella tarde, ó lo dejaria para el dia siguiente en la Rifa, inclinándose á que sucederia lo primero.--Un Familiar del Obispo, todavía simple diácono, aunque ya iba para viejo, pero que comenzaba á tener fama de gran teólogo, habíase aproximado á la reunion, como por casualidad, y no perdia palabra de lo que en ella se decia, sin que áun hubiese despegado los labios por su parte...--En fin, hasta nuestro antiguo amigo, aquel Capitan retirado que ofreció dos pagas á Manuel Venegas la tarde de la célebre Rifa, hallábase entre los curiosos, á pesar de sus setenta y ocho inviernos y gloriosísimos achaques...
El único que faltaba para completar la asamblea era su presidente nato, el dueño de la casa, el insigne _Vitriolo_, encerrado hacía media hora en la trasbotica con una especie de bruja, antigua deudora arruinada por D. Elías Perez y actual paniaguada de casa de Soledad; la misma, segun creemos, que la noche anterior fué allí por medicinas para la señá María Josefa.--Los sectarios del farmacéutico, presumiendo sin duda los importantísimos asuntos que podian tratarse en aquella encerrona, guardábanse muy bien de interrumpirla, y, por el contrario, explicaban á los demas concurrentes la ausencia de su maestro, diciéndoles que se hallaba confeccionando un medicamento de todos los demonios para un pueblecillo de las cercanías.--Habíase visto, sin embargo, á _Vitriolo_ salir á la botica á tomar dinero del cajon, y, por cierto, que miéntras esto hacía, todos creyeron notar que estaba más feo, más pajizo y más excitado que de costumbre...
Entretanto, ya se habian dado, y repetido, y comentado hasta la saciedad, muchas y muy interesantes noticias á la puerta del Establecimiento.--Sabíase, por ejemplo, que Manuel Venegas entró al fin en su casa la noche anterior, cerca ya de la madrugada, con el caballo jadeando, destrozada la ropa y sin sombrero, cual si volviese de un espantoso combate: que este combate debió de ser consigo mismo, pues muchos regadores lo habian visto galopar sin rumbo cierto por los sembrados de la vega y por remotos olivares y viñas, como si lo persiguieran invisibles fantasmas: que habia hablado con algunos guardas de campo, y dádoles mucho dinero cuando se le quejaban de los destrozos que hacía, oyendo, en cambio, de boca de aquellas gentes, toda la historia de lo ocurrido en la Ciudad durante su ausencia: que, tan luégo como dejó el caballo, salió otra vez á la calle, á pié, embozado en una larga manta, y se dirigió al barrio de San Gil, donde el sereno lo vió pasearse delante de la cerrada vivienda de Antonio Arregui, y áun llamar á la puerta... (¡qué horror!), sin que de adentro respondiesen á sus repetidos aldabonazos... (¡qué ignominia!), hasta que, ya clareando la aurora, tomó la vuelta de su casa y penetró en ella; con lo que inmediatamente se cerraron sus puertas y balcones, como cerrados seguian en aquel momento...
Lo del _horror_ y lo de la _ignominia_ fueron exclamaciones involuntarias..., del Teólogo la primera, y del Capitan la segunda...
En apoyo del concepto de éste, bien que desvirtuando su oportunidad, agregó entónces un padre de familias: