El Mulato Plácido o El Poeta Mártir

Part 9

Chapter 94,023 wordsPublic domain

Varios reos, i entre ellos el mencionado don Jorje Lopez, deben ser conducidos a Matanzas i juzgados allí.

Así los designios de la Providencia mas poderosos que los conciliábulos de los hombres han hecho caer en tierra la bandera de la libertad que flameaba por primera vez en las manos del pueblo. A su sombra se han reatado las cadenas de la servidumbre i los héroes han muerto sonriendo, porque han muerto por la patria. ¡Que la tierra les sea lijera! ¡que la bendicion de Dios sea la almohada de su eterno sueño!

Pronto tendrá el placer de abrazar a Ud. aunque mui de paso, su adicto servidor i camarero.

GABRIEL DE LA CONCEPCION VALDÉS".

El mulato cartero al presentar esta correspondencia lloraba amargamente. Manfredo al recibirla le preguntó en tono insinuante i compasivo: ¿qué tienes?, ¿por qué lloras?--¡Qué ha de ser señor! ¿que no ha sabido su merced que ha fracasado la revolucion i que se ha derramado tanta sangre entre los hombres de color? dijo, i al retirarse lloraba todavia.

¡Cuán hondas i contrarias impresiones produjo la lectura de esa carta! ¡Lágrimas de dolor por la suerte infortunada de los revolucionarios, lágrimas de alegria por haber salvado Gabriel de los horrores de la revuelta! Raquel juntaba las manos sobre el seno bendiciendo al cielo por la suerte feliz del camarero. Manfredo comprimiendo la frente entrambas manos llegaba hasta a renegar de su patria al lamentarse por la suerte desgraciada de los vencidos i la ferocidad de los vencedores. "Plácido dicen que ha fugado" decia la carta, i esa frase cayó al corazon de Berta como la gota de agua al desierto abrasado.

--Ya vé Ud. señora, como el tiempo ha desmentido tan pronto sus temores, dijo Arturo.

--¡Bendito sea Dios que así haya sido!

--I así tenia que ser; porque en su carta anterior asegura que no tenia intencion de rolarse en la política. I porque al través de esa carta se trasluce un carácter pusilánime i apocado, i un cariño por Uds. que se sobrepone a todo.

--Es que Ud. Arturo no conoce a Gabriel íntimamente. Tiene al contrario un carácter impetuoso i arrebatado.

--Pero en todo caso, señora, eran lágrimas i sentimientos mui malgastados los de Ud. i su hija.

--Qué quiere Ud., ¡es tan simpático Gabriel..! ¡nos quiere tanto! Él tiene cariño hasta por las plantas del huerto, i a su vez le quieren a él hasta los perros de la casa, dijo Raquel i el tinte del rubor pareció asomar a su rostro.....

Raquel despues de muchas conversaciones del mismo tema i por el mismo estilo, ordenó a los esclavos que asearan el cuarto de Gabriel, que desempolvaran sus muebles i sacudieran su hamaca. I no contenta talvez con dar i hacer cumplir sus órdenes, fué personalmente a revisar la pequeña habitacion del camarero, como en aquel tiempo en que se instaló por primera vez en la casa. Un alborozo mal disimulado animaba sus palabras, sus acciones, su rostro i su mirada....

No sabria decirse si es mas débil la mujer para recibir impresiones o para ocultarlas. Piensan muchos i dicen todos que su talento se despliega cuando está al servicio de la mentira; pero piensan i dicen mal. La mujer miente con las palabras, engaña con las promesas, pero su mirada es mas indiscreta, su faz trasparenta mejor el sonrosado del rubor, su voz es mas suceptible de apagarse al grito de la conciencia, su aliento mas débil para cortarse con la impresion que alhaga o que acongoja, tanto mas espansiva, cuanto mas íntima. Calla a veces.... ¿i qué importa su silencio? ¿No está su rostro al capricho de sus impresiones, como las caras de esas pantallas trasparentes que cambian con el juego i los matices de la luz que las alumbra? Raquel a su pesar, trasparentaba su alegria.

XXVIII

Dos dias despues (25 de julio) las sombras de la noche comenzaban a abrazar la naturaleza. El rayo del sol, el ala de la alondra, el bullicio de las calles, empezaban a decir adios.

Manfredo i Arturo habian salido a hacer ciertas compras en el comercio. Berta lloraba en torno de un ataud, junto a un cadáver querido, al de un músico tierno. ¡Llanto lejítimo! ¡le amaba tanto! Sus dulces armonias la arrullaban a todas horas, su canto embriagaba su corazon.

El muerto era aquel canario que la visitó el dia de su natalicio, i el ataud, una jaula: esa jaula, ya vacia, que pendia desde entonces frente a su lecho. ¡Cuán silencioso estaba su aposento, antes lleno de la melodía del canto, del rumor de las alas, del ruido de las pisadas de ese naranjado pajarillo! ¡Cuán vacia estaba el alma i la memoria de Berta, sin su dulce compañero! Ya no se ocultará en los pliegues de las colgaduras de su lecho; ya no revoloteará cantando; ya no se posará en su hombro; ¡ya no regalará su sueño i la despertará por las mañanas con sus tiernas serenatas! ¡Aun los canarios saben querer! ¿Quién no comprende sus delicadas caricias cuando busca con el pico la boca de su dueño i ajita las temblorosas alas sobre su seno?

Berta al contemplar entristecida la jaula vacia, sentia tambien vacio el corazon.

Ese ensueño rosado de la naturaleza, nublada de afliccion, dejó su aposento como la luz deja el dia i dirijióse a la puerta con la mirada tan perdida que parecia haberla dejado junto a su jaula querida.

¡Tambien su enlutado pensamiento velaba enjaulado al lado de ese cántico con alas, de ese cántico para siempre apagado i de esas alas plegadas para siempre!....

De pié sobre el dintel, cruzó melancólicamente los brazos sobre el pecho e inclinó su dorada cabeza sobre el marco de la puerta.

XXIX

El sol se ocultaba detras de las montañas como un rei destronado i su manto de estrellas comenzaba a brillar, envuelto en la pálida i vacilante luz del crepúsculo. El viento silvaba como un toro herido. Las nieblas como gazas sombrias oscurecian el horizonte. Unas gotas de agua humedecian el polvo. ¡Es que el sol se despedia para negar su luz a una catástrofe; el viento se quejaba; se enlutaba la naturaleza, i lloraba el cielo!....

Una encubierta i misteriosa mujer llamó a la puerta de la calle. Raquel salió precipitadamente a su encuentro como impelida por una mano oculta. La encubierta con aire siniestro se aproximó a Raquel, balbuceó dos palabras a su oido i cuidó de taparse bien el rostro, como si los pliegues de su manto ocultaran un crímen.....

Raquel dió un grito i un paso atrás, como herida por una puñalada traidora.

La mujer desapareció.....

Raquel un momento despues estaba exánime en los brazos de su hija, que permanecia sentada en un banco de hierro que se estendia en uno de los corredores. Mezclaron sus lágrimas i sus lamentos. Raquel volviendo en sí, se echó a los piés de su hija, reclinando la frente sobre su regazo i ahogada en llanto.

La pobre Berta desconcertada, llorosa i jadeante, preguntaba en vano a su madre, la causa de su dolor. Esta sacudiendo la suelta cabellera, aturdia con sus gritos i bañaba con sus lágrimas a su hija.--Por fin haciendo un ademan, mezcla de dolor i de fiereza, saltó como un leon herido i paróse con el pié trémulo i asiendo a Berta de la mano, con aire de suprema resolucion, acudió como una loca a la calle.

Flaqueáronle las fuerzas a medio andar, en la acera de una calle. Apoyó la frente en la reja de una casa, cerró los ojos i jimió de dolor....

Levantóse como una ola la griteria de la muchedumbre lejana, que resonó en su corazon. Al oirla siguió su camino i tomó esa direccion.

--¡Madre del alma! ¿qué tienes? la dijo su hija.

--¡Hija mia! sígueme, ¡por Dios! repuso i prosiguió corriendo.

Cuanto mas avanzaban, escuchaban tanto mas distinto el bullicio de la turva frenética. Encamináronse por la calle respectiva que conduce a la cárcel; dos cuadras antes de llegar a ella i apenas trastornaron una esquina afrontáronse a la multitud, cuyo movimiento mareaba, cuya algazara ensordecia. Madre e hija, asidas de la mano, confundieron sus lamentos con la vosingleria del populacho i se perdieron en medio de esas oleadas humanas, como náufragos que envuelve la tormenta. Esa oleada, que parecia estrellarse contra los muros descoloridos de la cárcel, cambió de rumbo como el estrepitoso torrente que se abre de improviso un nuevo cauce. Dirijióse hacia al barrio de Pueblo-Nuevo. El silencio i la soledad se hizo repentinamente en torno de la cárcel. Solo dos mujeres encubiertas, desesperadas i llorosas permanecian en la puerta del presidio. Conversaban ambas con un encorvado anciano que llevaba un baston en una mano i un grueso manojo de llaves en la otra. Era el carcelero.

--Señora, profirió éste, ¡ya no hai remedio!....

Apoyóse una de ellas contra el muro, como si le arrancaran el corazon, i anegada en lágrimas esclamó: ¡Perdí toda esperanza!.... I cayó sobre un poyo que se estendia a un costado de la puerta del precidio. El carcelero conmovido se aproximó a ella i le prodigó sus cuidados. ¡Pobre mujer! helada i sin conciencia permanecia en esa actitud. Poco despues se dirijian ambas a la capilla de Santa Isabel. La multitud las precedia. El enlutado manto de la noche cubria la naturaleza. Miércoles 26 de Julio.

XXX

Cuarenta i ocho horas hacia, entre tanto, que los prisioneros de la conspiracion negrera de Trinidad habian llegado a Matanzas.

Veamos lo que pasó en esas cuarenta i ocho horas.

Acto contínuo fueron juzgados en uno de los calabozos mas espaciosos de la cárcel. Una estensa mesa cubierta con un rojo tapete ocupaba el centro del calabozo. En torno de ella permanecian sentados en sus sillones curules el fiscal don Ramon Gonzalez i los demas miembros de ese tribunal inquisitorial. Una campanilla, un libro abierto, algunos papeles revueltos, un espediente, i recado de escribir veíase sobre el tapete de la mesa.

Uno a uno ocuparon los reos el banco del acusado. Despues de juzgados, interrogados i sentenciados retiráronse a paso lento, pálidos, taciturnos e indecisos. Solo uno de ellos, simpático jóven de 28 años de edad, en cuyas pupilas ardia la chispa de la intelijencia i en cuya frente alumbraba la auréola del martirio confundida entre los laureles del jénio, arrastró con serenidad sus espléndidas cadenas. Su ademan revelaba la modesta altivez de su carácter. Sus laureles parecian quemar su sien. Melancólico i arrogante a la vez hizo una venia al tribunal i tomó asiento en el banco del acusado.

Cuando el fiscal comenzó el interrogatorio contestó majistralmente, pero derramó una lágrima que parecia esprimir toda la amargura de su infortunio. Su acento tenia la entereza del héroe, i su lágrima, la ternura de una lágrima de Romeo....

--¿Confiesa Ud. su delito de conspirador? prorrumpió el fiscal.

--No considero, señor, un delito amparar la querida patria i defender la libertad, repuso el reo.

--Pero en fin ¿confiesa Ud. el haber conspirado contra las autoridades delegadas por S. M. la reina de la metrópoli?

--Sí, señor, i me vanaglorio tanto de haber encabezado ese ensayo contra la tiranía española i la esclavitud cubana, como de ocupar este banco que será algun dia, el trono de S. M. la independencia de Cuba. Por que...

Iba a continuar; pero el fiscal contrajo el ceño i tocó despóticamente la campanilla, esclamando:

--¡Al órden!......

--¡Al deber!.... contestó el reo, irguiendo la cabeza i poniéndose de pié súbitamente.

Uno de los jueces, dando una palmada en la mesa, esclamó: es inútil proseguir; ¡el reo está confeso!

--¡E insultado el honorable tribunal, i con él la majestad real! repuso otro de ellos.

El fiscal tocó nuevamente la campanilla, esclamando: ¡cuarto intermedio! Los jueces dejaron sus asientos i se agruparon en uno de los ángulos del calabozo, menos el fiscal que permaneció en el suyo, tomó la pluma lleno de indignacion i se puso a escribir. Los jueces conferenciaban con calor. Cuál levantaba la voz, cuál dejaba oir palabras autoritarias, cuál accionaba con desenfadada exaltacion, cuál posaba la mano sobre el hombro de su colega para llamar su atencion. Los jueces recobraron sus puestos, i el fiscal con el índice de una mano perdido entre las pájinas de un código entreabierto, i desplegando una hoja de papel con la otra, leyó en ella la sentencia. Era una sentencia de muerte fulminada contra todos los reos i consignada en cláusulas sangrientas. Los jueces la escucharon haciendo ademanes de asentimiento, i el reo con una impasibilidad imperturbable, permanecia de pié con la mirada levantada como su alma i los brazos cruzados sobre el pecho. Desplegaba lijeramente sus labios e iluminaba su pupila el sarcasmo de una amarga sonrisa.

El jurado se suspendió. Los reos fueron conducidos a sus respectivos calabozos. El _reo altivo_ (llamémosle así) fué encerrado en el suyo. Oíase incesantemente el murmullo de su voz, el eco vago de un quejido, o el ruido de sus pasos.

El carcelero temiendo que hubiera perdido la razon, aproximó el oido al ojo de la llave i no alcanzó a oir sino esta palabra terrible: ¡_Condenado a muerte_!....

¡_Condenado a muerte_!.... repitió mas de una vez, se tendió sobre su cama, abrumado de dolor i como ensayando el sueño eterno. Pálido como la cera, helado como la muerte, indeciso como un sonámbulo, incorporóse en su lecho, sentóse sobre el borde dé la cama, i arrojó con lastimero acento palabras melancólicas i aisladas que vertian sus labios semejantes a las flores descoloridas que caian de las manos de la demente Ofelia. ¿Era el estravío del loco? ¿Era la suprema desesperacion del condenado? ¿Era el desvarío del sonámbulo o el delirio de la agonía? ¡Nó! ¡Era el último delirio del amante i el último ensueño del patriota!

--Pobre Cuba....¡se ha nublado la estrella!.. ¡ya veo el cadalzo!..¡adios amada mia!.. ¡mi muerte i la esclavitud..! ¡adios!....¡condenado a muerte!.. decia, ya comprimiendo la frente entre las manos, ya abriendo i cerrando los brazos en el vacio como para estrechar entre ellos a una persona querida, ya derramando una lágrima inconciente i sombria.

Anuncióse el bendito carcelero con el ruido de las llaves que empuñaba i tocó a la puerta de su ventana previniéndole que saliera.

Despertó. Se incorporó en su cama i paseó una mirada vaga i siniestra a su alrededor. ¡Despertar por primera vez en medio de las paredes de un calabozo! ¡Qué horror!.. Restregó los ojos como para disipar un sueño i volvió a escudriñar con la mirada. ¡No hai remedio! ¡Era una espantosa realidad! Parecíanle epitafios las inscripciones que otros presos dejaron en los muros; urnas fúnebres las ventanas; un sepulcro su cama; un sepulturero el carcelero. ¡Tenia tan oprimido el corazon que parecióle despertar en medio del calabozo como en el hueco de una tumba! ¡Infeliz!.. Ver la aurora i el ocaso de la vida confundidos en un mismo ser. ¡Morir!.. ¡Morir tan jóven!..

Aproximóse a la ventana; fijó los ojos en la multitud que se arremolinaba a sus piés; en el espléndido panorama de la naturaleza que se desplegaba a su vista. Su mirada atravesaba las rejas i devoraba la niebla que embolvia la atmósfera, el cierzo que la disipaba, el horizonte entoldado de nubes i las ondas de la vega que se estendian como un océano verdoso. Envió al cielo una mirada precursora de sí mismo. Cuando divisó junto a la reja al Capitan del Pueblo-Nuevo don Antonio Solis, esclamó desconsolado:

--"Esto ya está concluido: ¡nos llevan a morir!...."

Salió del calabozo i al encontrar en el patio a su consternado compañero de infortunio don Jorje Lopez le puso la mano sobre el hombro i le brindó sus consuelos. En el patio notando que iban a ponerle las esposas para encadenarle las manos, volvió el rostro a sus compañeros i con un acento que vaciaba la entereza de su alma, les dijo:

--"¡Señores, pisamos el primer escalon del cadalzo!"

Su rostro empalidecia notablemente. Inclinaba la frente bajo el peso de su infortunio. Al notar que la trémula mano de un soldado dejó caer las esposas al prepararlas para ligar sus manos, lleno de hiel i de indignacion esclamó:

--"¡Hasta los hierros se resisten a oprimir la inocencia!"

Cuando vió que don Santiago Piamonte derramaba una lágrima i le contemplaba mui afectado, le dijo entre otros, los siguientes improvisados versos:

"¡Abran del corazon las anchas venas, Corra mi sangre a consolar tus penas!..."

Volviendo el rostro demudado al calabozo del que acababa de salir, esclamó:

--¡Oh! ¿quién ocupará ese calabozo despues que yo? ¡Quien quiera que sea lo encontrará lleno de mis lágrimas, de mis lamentos i del ruido de mis pasos i mis cadenas; cualquiera que sea, será menos desgraciado que yo!

Despues, besando las esposas que encadenaban sus manos dijo consternado:--¡Basta de _cobardes lamentos_! ¡Estos lazos atados en la tierra solo se desatarán en el cielo: a ellos les deberé el encontrarme pronto en presencia de Dios!.. ¡Ai!.. morir es la felicidad del desgraciado!.. ¡Vivir sin el ánjel de mi corazon.. es vivir muriendo! Bendito sea el cadalzo para quien no ha conocido ni el rostro de los autores de sus dias; para quien vé en la madre-patria una víctima en cuyo seno se inmola la libertad. ¡Oh! ¡estos momentos han sido mas amargos que los diez años de las prisiones de Silvio! ¡Como cabe, Dios mio, la eternidad en un minuto!....

Poco despues fueron conducidos los presos al hospital de Santa Isabel, en donde estaba preparada las capilla. Un sacerdote, soldados armados, carceleros con sus linternas encendidas a su alrededor, i un inmenso jentío a sus espaldas, he ahí la comitiva que los acompañaba. Era alta noche.

XXXI

Aquellas dos mujeres que dejamos junto al pórtico de la cárcel llegaban jadeantes i desaladas a la puerta de la capilla.

Pero entremos a la capilla antes que ellas. Este reo, recojiendo encorvado sus cadenas; aquel oyendo cabizbajo i taciturno las férvidas palabras, los piadosos consuelos del confesor que fortalecian la languidez de su espíritu; el de mas allá de rodillas al pié de un crucifijo, con la frente inclinada, los brazos cruzados sobre el pecho, i a la amarillenta luz de los cirios que ardia temblando en torno de una mesa cubierta de negro terlíz, murmuraba ferviente esta plegaria improvisada por él, en ese instante supremo:

Ser de inmensa bondad, Dios poderoso, A vos acudo en mi dolor vehemente; Estended vuestro brazo omnipotente, Rasgad de la calumnia el velo odioso, I arrancad este sello ignominioso Con que el mundo manchar quiere mi frente.

Rei de los reyes, Dios de mis abuelos, Vos solo sois mi defensor, Dios mio: Todo lo puede quien al mar sombrio Olas i peces dió, luz a los cielos, Fuego al sol, jiro al aire, al Norte hielos, Vida a las plantas, movimiento al rio.

Todo lo podeis Vos, todo fenece O se reanima a vuestra voz sagrada: Fuera de vos, Señor, el todo es nada, Que la insondable eternidad perece; I aun esa misma nada os obedece, Pues de ella fué la humanidad creada.

Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia, I pues vuestra eternal sabiduria Vé al través de mi cuerpo el alma mia Cual del aire a la clara trasparencia, Estorbad que humillada la inocencia ¡Bata sus palmas la calumnia impia!

Mas si cuadra a tu suma omnipotencia Que yo perezca cual malvado impio, I que los hombres mi cadáver frio Ultrajen con maligna complacencia, ¡Suene tu voz, i acabe mi existencia......! ¡Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mio!

Dieron las tres de la mañana del dia viernes, 27 de julio. Las negras alas de la tempestad comenzaban a ajitarse ruidosas en el firmamento. El eco repetido del trueno bramaba en el espacio i parecia conmover la naturaleza. El resplandor de uno que otro relámpago iluminaba la inmensidad. ¡Parecia enlutarse el universo ante un espectáculo horrible!

Las dos mujeres que dejamos a la puerta, penetraron por fin al interior del hospital. Apenas asomaron al umbral de la capilla i divisaron al reo que oraba de rodillas, Raquel que era una de ellas, se precipitó hacia él como un rayo, dando un alarido hiriente i esclamando como una loca: ¿Gabriel?... ¡mi querido Gabriel! Berta, que era la otra, la seguia confundida i llorosa. Gabriel con los ojos que le relampagueaban volvió el rostro i acudió a su vez a arrojarse a los piés de Raquel. Exalaba éste un ronquido desapasible, erizábansele los cabellos i empalidecia como una estátua de mármol.

--Jamás perdí la esperanza de que este consuelo me visitara aun en este último asilo de mi desgracia, profirió el pobre mulato, poniéndose de pié, asido de las manos de su señora.

--El corazon, Gabriel, me ha arrastrado hasta aquí, repuso Raquel.

--¡Dios la bendiga, señora mia! ¿I quién la notició de mi llegada?

--Carolina, esa mujer que por órden mia te introdujo al seno de mi familia.

--¡Por órden suya!... dijo Gabriel atónito.

--Mi vida fué un suplicio no solo desde tu viaje a Trinidad sino desde que ví aquellas cartas que blanqueaban sobre la mesa de tu cuarto: algo funesto me presentian.

--¡Oh! señora, ¡que noble es el corazon! en efecto esas cartas eran los hilos de la conspiracion que yo manejaba desde el humilde cuarto del camarero. ¡Ah! ¡si hubiera sabido que en ellas escribia con mi propia mano, mi sentencia de muerte!

--Invado, Gabriel, la capilla despues de haber tocado sin fruto las puertas de tu calabozo, dijo Raquel ahogada en llanto, i agregó en seguida: ¡pero tu me has engañado! nos hiciste comprender que no te habias envuelto en la revolucion; que estabas libre.

--Acostumbrado, señora, a ahogar mis lamentos i mis desgracias en lo mas hondo del alma, acostumbrado a padecer en silencio, quise ahorrarles siquiera algunos momentos de afliccion.

--¡Ah! ¿i tu no comprendias que tu dolor era el mio?

--¿I a qué, señora, tener a nadie a espensas de mi dolor?

--Gabriel ... dijo ella entonces--¡Ah! Gabriel.... ¿no comprendiste jamás que mi corazon te pertenecia?....

El pobre mulato recibió como un rayo esta revelacion i quedó helado. Bajó la frente i calló....

Berta interrumpió el silencio aproximándose a Gabriel como quien se aferra a una esperanza que huye i diciéndole--Pero Gabriel, en tu última carta nos decias que te venias pronto, aunque mui de paso.

--I así es la verdad, señorita; _¡vine pronto, i de paso a la eternidad!_....

Berta enjugaba sus lágrimas con sus dedos de marfil sonrosado, i Raquel reclinó la frente sobre el hombro de Gabriel, con el pecho inchado de sollozos i diciéndole a pausas: ¡Sabe Gabriel... que debo ser para tí... el ser mas caro de la vida!....

--I así es, señora. ¿Cómo olvidaré que Ud. me hizo reconsiliarme con la felicidad cuando la felicidad me dió las espaldas, que cuando el hogar me cerró sus puertas, Ud. me abrió el suyo; que cuando me arrojó la ola del destino a merced de la miseria, me refujié en su piadoso cariño?

--¡Cumplí solo con mi deber!

--Yo tambien señora, cumplo con el mio al agradecérselo a Ud. aun al borde de la tumba. Aunque sin usted habria ya dejado de existir talvez cuanto há un huérfano infortunado, i habria habido un mártir menos entre los mártires. Porque mi vida....

--Gabriel, ¡silencio, por Dios!

--¡Oh! señora... ¡es imposible enmudecer la conciencia i ahogar el corazon! Estoi seguro que si la autora de mis dias descansa el sueño eterno, se estremecerán sus cenizas al presentir el infortunio que enjendró mi orfandad. I si ella me sobrevive, irá mi sombra ensangrentada a turbar su sueño desde la cabecera de su lecho.

Raquel sin proferir una sola palabra cubrió de lágrimas i besos las manos del mulato.

Berta aproximándose a Gabriel i bajando la voz le dijo con cautela: Gabriel, ¿es cierto que Plácido ha fugado?

Levantando el rostro, comprimió la frente entre sus manos el consternado Gabriel; se esforzó por articular una palabra. ¡Imposible! El corazon en su pecho moria como la voz en su garganta. Empapó en llanto sus cadenas; i despues de una larga pausa esclamó con voz entrecortada:

--No señorita; Plácido no ha fugado.... Plácido está preso... Plácido vá a morir... Plácido... ¡soi yo!