El Mulato Plácido o El Poeta Mártir

Part 7

Chapter 73,891 wordsPublic domain

«Cuando sus almas fogosas Ofrecen eterna fé, Nos llaman ninfas i diosas, Mas fragantes que las rosas _I las flores del café_.»

«Mas cuando ya han conseguido Cual céfiro que embebido, En el valle del Tempé, Plega sus alas dormido _Sobre la flor del café_».

«Entonces abandonada En soledad desgraciada Dejan la que amante fué, Como en el polvo agostada _Yace la flor del café_».

Yo repuse: «Tanta queja Suspende, Berta, porqué Tambien la mujer se deja Picar de cualquier abeja _Como la flor del café_».

«Quiéreme paloma mia, I hasta el postrimero dia No dudes que fiel seré; Tu serás mi poesia _I yo tu flor del café_».

"A tu vista cantaré, I lucirá el arrebol Que a mis dulces trovas dé Como a los rayos del sol _Brilla la flor del café_".

Suspiró con emocion, Miróme, calló i se fué; I desde tal ocacion Siempre sobre el corazon _Traigo la flor del café_.

PLÁCIDO.

--Acababa Berta de leer estos versos casi jadeante de emocion, cuando sintió ruido de pasos...... Versos i flores los ocultó en el seno para no ser descubierta. Era su padre.

--¿Que haces hija mia? te noto algo ajitada ¿Que tienes? la dijo..sin desprenderle los ojos.

--Nada.

--¿Nada?

--Es que me siento algo indispuesta.

--¿Que tienes?

--Tengo alguna opresion en el corazon.

Manfredo se aproximó a su hija, ciñó con el brazo su cintura i estampando un beso en su frente tíbia aun con el calor del lecho que abandonaba recien, la dijo:

--Tenemos mucho que hablar, hija mia. Se trata de tu felicidad.--Condújola despues a una otomana i sentándose en ella al lado de su hija, con sus manos entrelazadas en las suyas, comenzó a insinuarle el amor que le profesaba Arturo i las ventajas que le ofrecia ese amor.

Berta inclinó la frente, i guardó silencio:

--¿Contradecirias la voluntad de tus padres mi Berta?

--¿I mis padres contradecirian la mia? ¿sacrificarian mi corazon a un hombre que no amo?

Manfredo como movido por un resorte se puso de pié i notablemente sorprendido la dijo: ¡Qué! ¿amas a otro?

--Nó, papá; pero no amo a nadie. I el amor es i no la fortuna la base de la felicidad.

--¡Pero llegarás a querer a Arturo!

--No nace de las reflecciones el amor.

--Nó, Berta, es el único hombre que te conviene. Fíjate que si eres hermosa, ya tus padres se ven sin la fortuna de antes, i tu madre es solo la cómica de Canarias. ¿Tendrás por consiguiente partidos mas ventajosos que este? ¡Ah! piénsalo bien. No seas niña: mas tarde cuando ya no haya remedio, cuando Arturo se hubiere regresado a España, entonces conoceras recien tu error i el porvenir te dirá: ¡ya es tarde!......

--Padre, todo hombre que me ame de veras olvidará que mi madre era una mujer de bastidores.

--Te engañas Berta, habla por tí la inesperiencia. Aun las sociedades mas despreocupadas del mundo rinden su tributo a los antecedentes de familia.

--I que Arturo sea rico ¿que quiere decir papá? ¿voi yo a ligarme con su fortuna o con él?

La discucion se trabó cada vez mas calurosa. Raquel que entró en ese momento, terció tambien en ella sosteniendo enérjicamente la opinion de su esposo.

Berta enjugó algunas lágrimas silenciosas.

Las flores del café perfumaban su seno i su corazon. Al parecer todo era inútil para obligarla a ceder. ¿Vencerá la obediencia filial o el amor por su romántico poeta?

--Bien, hija mia, dijo Manfredo, en tono paternal i terminante, estoi comprometido a participar a Arturo el resultado de nuestra entrevista, i como yo ante todo debo velar por tu porvenir i por proporcionarte una suerte digna de tí i del cariño que como padre te profeso, te aseguro que no le daré a Arturo una respuesta negativa.

Berta seguia llorando en silencio. Raquel lloraba con ella, pero sin desistir de la tenacidad de sus propósitos. Manfredo se paseaba por delante de su hija interrumpiendo el silencio con reflecciones aisladas, con consejos sérios. ¿Qué contestas? la dijo a su hija mas de una vez, sin recibir de ella mas respuesta que sus calladas lágrimas.

--Bien, Berta, agregó despues, voi a decirle a Arturo que tu mano es suya.

--Que mi mano sea suya, padre mio, le contestó pero mi corazon no lo será jamás.

--Hija mia, tu no sabes que el tiempo hace lo que no puede la voluntad. Yo sé que llegarás a amarlo.

--¡Dios lo quiera! agregó Raquel. Nosotros hija mia, no queremos sino tu felicidad.

--¡Mi felicidad!.... murmuró Berta, sonriendo con amargura i llorando sin consuelo.

--Sí, hija mia, tu ventura, i nada mas, le contestaron sus padres.

--¡Mi felicidad!.. repitió Berta sacudiendo lijeramente la cabeza. ¡Mi felicidad!... volvió a decir por última vez.

Salió Raquel en ese momento del cuarto de su hija con direccion al de Arturo; pero la detuvo en el corredor uno de los esclavos negros diciéndola:

--Vengo a avisar a su merced que el camarero está enfermo; no ha salido hoi de su habitacion.

--¿Qué tiene? contestó Raquel profundamente sorprendida.

--No lo sé, señora, agregó el negro.

Raquel recibió la noticia como si se tratara de la enfermedad no del camarero, sino de un miembro de su familia, i acudió casi corriendo al cuarto de Gabriel. Estaba cerrado. Desde afuera escuchó Raquel algo como un quejido, algo como un lamento. Aproximóse a la puerta i percibió ruido de papeles, i estas palabras sueltas i significativas:

--¡Bastardo, mulato i pobre! si mi cuna no hubiera sido una pobre hamaca, i mi hogar un rancho...... ¡Oh! ¡seria feliz!..

Raquel sin poder ya contenerse empujó la puerta, entró casi sorpresivamente i encontró a Gabriel escribiendo delante de una pequeña mesa, cubierta de infinidad de papeles, cartas i herramientas. Se sentó ella junto a la mesa, i él se puso de pié, en señal de respeto.

--Siéntate, Gabriel; le dijo. Yo vengo a enjugar tus lágrimas. I en efecto gruesas lágrimas temblaban en los ojos de aquel como brillantes sobre un esmalte negro.

--Gracias, señora, mia, contestó Gabriel.

--¡Pero sé franco! ¿qué tienes? Yo te prometo, si tienes confianza conmigo, satisfacer tus deseos cualesquiera que sean i ahorrar tus lágrimas aunque sea a costa de un sacrificio. ¿Por qué llorar?

--Por nada, señora; lloro sin motivo; lloro solo por que tengo lágrimas que llorar.....

--No te aflijas, mi querido Gabriel, le dijo ella, con tierno i conmovido acento i posando su blanca mano sobre el hombro de Gabriel. Este, enternecido probablemente con el cariño de su señora lanzó un sollozo incontenible i contuvo otro. Encojió lijeramente los hombros, agachó la cabeza i enjugó una nueva lágrima.

--¿I sabes Gabriel que no debes estar triste, que tengo una buena noticia que darte?

Gabriel levantó la cabeza con los ojos que le blanqueaban diciendo: ¿Cuál mi señora?

--Que es ya mui probable el matrimonio de mi hija.

--¿I con quién, señora?

--Con Arturo.

--¡Me alegro!.. Dios quiera que sea feliz.

--Ya vez que estamos de plácemes, i que bien vale la pena de olvidar por ello aflicciones de poca monta.

--Así es señora; yo me alegro en el alma.

--Así lo comprendia, porque sé cuanto cariño tienes por todos nosotros.

--¿I don Arturo la quiere mucho?

--¡Mucho!

--¿I la señorita a él?

--Tambien: yo creo que serán felices.

--Bien, mi señora, tengo el sentimiento de comunicarle que debo hacer un viaje a Trinidad.

--¿Cuando?

--Mui pronto.

--Pero has hecho ya en la temporada pasada dos viajes a Trinidad, i ahora anuncias uno nuevo.

--Así es señora; pero este último será tambien por pocos dias.

--¿Pero qué llamas pocos?

--Quince o veinte dias, probablemente.

--¡Ah! Manfredo estoi segura que se aflijirá mucho por tu ausencia, por corta que sea, lo mismo que Berta. I yo mas que ellos, porque te diré la verdad, el recojimiento en que vives, la afliccion que te domina, las cartas que constantemente he sabido que recibes, todo, todo, me indica que talvez no vuelvas i que quieres dejarnos. Su semblante palidecia al decirlo.

--¡Ah! no, señora....

Sintióse en ese momento algo como los pasos de quien se aproximaba.

Raquel salió precipitadamente, diciendo:

--Es mejor, Gabriel, que no nos vean. Detúvose en la puerta, i viendo que no habia nadie, volvió a entrar. Gabriel no comprendió tan temerosa como estraña precaucion.

--Pero, Gabriel, supongo que no te irás sin comprometerte conmigo a que regresarás mui pronto.

--Como nó, señora.

--I tampoco será antes del cumple-años de Berta.

--Ya que Ud. me lo ordena....

El viaje de Gabriel, no sin bastante sentimiento ocupaba a todos los de la casa. Quién le preguntaba cuando se iba, quién el tiempo que duraria su ausencia, quién casi le rogaba que regresara pronto.......

Llegó el dia, fausto para la familia, del cumple-años de Berta. Todos le rindieron las ofrendas de su cariño. Manfredo le abrazó cariñosamente el cuello con una cadenilla del que pendia un medallon que contenia su propio retrato; Raquel le obsequió un anillo que conservaba desde la primera juventud como prenda de amistad; Arturo por medio de Manfredo hizo llegar a sus manos una valiosa diadema de brillantes. Gabriel hacia muchos dias a que permanecia encerrado en su cuarto. Veíasele todos los dias recibir i escribir cartas desde ese modesto retiro, en el que de dia como de noche se oia el ruido incesante de una herramienta.

Ese dia fué pues Gabriel el primero que entró por la mañana mientras ésta se arreglaba delante de un tocador. No se apercibió ella que hacia largo rato a que Gabriel estaba de pié i callado a sus espaldas sin desprenderle una larga i melancólica mirada.

--Señorita, la dijo por fin con un acento en el que vibraban la emocion i la timidez. I al volver el rostro con curiosa sorpresa encontró la mano indecisa i estendida del camarero que le alcanzaba una cajita diciéndole:

--¿Aceptaria Ud., señorita, este recuerdo antes de mi partida?

Abrió ella la caja risueña, i precipitadamente sacó una preciosa peineta de carey dorado, i en su presencia sostuvo con ella las bucles de su cabello, diciéndole:--¿I no es verdad que es obra de tus manos?

--Ellas se distrajeron, señorita, en este humilde labor.

--¡Ah! ya me esplico el ruido de una herramienta que se dejaba sentir a toda hora en tu cuarto. I... díme, ¿cuándo te vas Gabriel?

--Mañana, dijo, i dobló melancólicamente la cabeza.

--¿Pero volverás pronto? Bien sabes cuanto te estrañaremos todos.

Gabriel, sin contestar, levantó la frente abrumada; desplegó lijeramente los labios como para proferir una palabra que no podia articular i fijó los ojos atentamente en un canario que entreoculto como en una nube aleteaba gorjeando entre los pliegues de las cortinas del lecho.

--I esa avecilla, señorita, ¿es el recuerdo de hoi de alguna amiga suya? No la habia visto yo.

Berta, despues de un vacilante silencio, en tono entrecortado respondió:

--Nó Gabriel, es un canarito prófugo que ha venido a visitarme.

--¿Manda Ud., señorita, que lo pongan en una jaula?

--Hazlo; ¡mui bien!..

Este cojió entre el hueco de sus manos el dorado pajarillo, i lo soltó dentro de una jaula para que cantara sus prisiones.

--¿Recuerdas, Gabriel?, dijo ella entonces, ¿recuerdas que el primer dia que viniste a casa te negaste a cojer las mariposas del huerto, doliéndote de cautivarlas? Ya ves la crueldad con que aprisionas ahora mi canario.

--Es cierto, señorita, que ambos tienen cielo i alas para volar; pero mientras muere la peregrina mariposa entre los dedos sin dejar mas huella que el polvo de oro de sus alas, el canario aprisionado mata sus penas cantando.

Poco despues la peineta de carey pasaba de mano en mano. Todos ensalzaban su primor i admiraban la curiosidad de su obrero. Pero, ¡qué peineta de carey! ¡qué diadema de brillantes! La una, era el recuerdo insignificante de un pobre camarero; la otra, la prenda indiferente de un hombre que nada decia al corazon. El canto del canario que la despertó fué la mas dulce serenata con que un amador haya podido arrullar los rosados ensueños de quien causa sus desvelos. Esa música no aprendida embriagaba su memoria i vibraba en su corazon. ¡Lindo canario que habia arrojado por los hierros de la ventana la mano de aquel apasionado cantor que se allegaba hasta ellos para dejar estas escritas endechas!:

"Surca los aires pajarillo raro, I de mi Berta ante la faz desciende, Mientras por cielo, tierra i mar se estiende La eterna lumbre del inmenso faro. Díla que en su natal al mundo caro, Mi fé su llama sacrosanta enciende, Entre cáliz de nácar, que suspende Corintio pedestal de mármol Paro. Cubro aquel seno con tus alas de oro Donde oculto el amor placer respira, Abre tu pico de coral sonoro; Cuéntala el gozo que su edad me inspira, I entrega para siempre a la que adoro Mi corazon, mis versos i mi lira.

PLÁCIDO."

XXIII

Veinticuatro horas despues Gabriel rodeado del sentimiento de la familia preparaba sus maletas para partir.

Arturo hablaba íntimamente a Berta, mientras ella le escuchaba en silencio, apoyada de codos en el balaustre de la ventana de su aposento. Detrás, sus padres, sentados en un divan contemplaban gustosos esa pareja próxima ya a enlazarse. Ese cuadro de familia parecia tener a la vista la perspectiva del porvenir.

Presentóse en ese momento Gabriel para despedirse de todos ellos. Una sombra de dolor cruzaba por su frente. Sus ojos húmedos revelaban lágrimas recien enjugadas i lágrimas reprimidas. Sus apagados adioses resonaban entrecortados en medio del sentimiento jeneral que le rodeaba. Su sangre indómita golpeaba en sus sienes. Sus labios enmudecieron tambien. ¡Parecia, entre suspiros, abrir su alma a Dios! Jamás ningun corazon sufrió tanto. Quien quiera que hubiese sorprendido ese grupo habria leido una escena de despedida, por que el dolor de la despedida, como el semblante humano, tiene su espresion propia, i porque todo, todo, parecia decir adios.

Berta abrió su sensible corazon a la ternura de Gabriel; Manfredo le recomendaba su regreso i Raquel le seguia con el alma en la mirada; pero con una de esas miradas indiscretas que traducen una situacion i desentrañan los secretos del alma. ¡Es tan intelijente el corazon! ¿Habia entre el suyo i aquel que se alejaba algun lazo indestructible? ¡A no dudarlo!

Gabriel salió. Un ademan de jentileza fué su muda despedida. Cuando llegó al umbral de la puerta se paró de improviso como detenido por una mano misteriosa; volvió el rostro, i como luchando con ella precipitó su paso i lanzó al cielo el sarcasmo de una mirada que decia a Dios desde la tierra: ¡qué culpa tuve en nacer! Ya que me hiciste huérfano i pobre ¿por qué me desheredas de la felicidad?.... Avanzó algunos pasos i deteniéndose de nuevo frente a la casa la contempló llorando i esclamó con quebrantado acento:

--¡Cuna de mis primeras impresiones, voi a dejarte vacia...! Nido adorado que he calentado con el calor del alma, voi a alejarme de tí!... ¡Adios, santuario del pasado!

--¡Tan jóven i tan desgraciado! dijo, tragó sus lágrimas i partió por fin.

Hasta los negros esclavos de la casa le abrazaron con ternura i reunidos en la puerta de la calle le seguian con las miradas i el sentimiento, sin poder esplicarse la rara turbacion del camarero, por quien tenian tanto i tan respetuoso cariño.

Matanzas estaba tan solitaria como un cementerio. Muros, casas i silencio profundo. El viento que silvaba de un modo siniestro balanceaba las palmeras que se alzaban por do quier i arremolinaba la niebla que envolvia la poblacion.

Gabriel tomó el primer coche de posta que encontró a su paso. Se embarcó en él, i al comenzar a partir jimió salvajemente. El cochero al oir su voz se volvió diciéndole: ¿me habla Ud.?

--¡Nó, continúa! le contestó.

El coche se perdió de vista.

La niebla del olvido no oscureció por cierto el grato recuerdo de Gabriel.

Berta era un carácter fácil a abrirse a las primeras impresiones, un espíritu mecido por la inaccion, arrullado por una esquisita sensibilidad, pronto a enardecerse al primer aliento de las pasiones, i robustecido en brazos de la soledad por la virjinidad del sentimiento. Una ocacion feliz, una oportunidad propicia, i tenia ese espíritu que inflamarse, como sucedió i como sucede siempre. Porque es cosa averiguada que el amor, dormido o despierto, ajitado o latente, es innato en la naturaleza i contemporáneo de la vida; viene con ella. Pasará por lo mas íntimo de un ser desapercibido para los demas, como pasa por entre el bosque la sombra del ave que atraviesa el espacio; vivirá ignorado en el fondo del alma como la perla en el fondo del mar; permanecerá oculto como el niño dormido silenciosamente bajo sus pañales en el hueco de la cuna; dormirá como duermen en las cuerdas de un laud un mundo de silenciosas armonias; pero no dejará de existir jamás. El ave se posará en el bosque; vendrá el buzo a recojer esa perla; el niño se ajitará gritando en su cuna; las cuerdas sonarán; ¡el corazon palpitará de amor!

Berta amaba ayer una esperanza, hoi ama un recuerdo, i ¡habria amado una sombra, si esa sombra se hubiera proyectado cariñosamente sobre su corazon! Pero desgraciadamente inútil fué que regara con sus secretas lágrimas las flores i los versos del trovador incógnito, símbolos de ese recuerdo. ¡Relijioso pero vano recuerdo!

Sus resistencias para conceder su mano a Arturo se estrellaron contra la dura tenacidad de sus padres i contra la obstinada pretencion de ese feliz-desgraciado. Tuvo la debilidad no de olvidar pero sí de renunciar a su amor, porque en la sumisa pusilanimidad de su carácter no tuvo valor de sobreponerse a la voluntad paterna i a su cariño filial. Berta cedió.

Pero no es eso todo. Fué vencida en la lucha con sus padres, ¿lo será tambien en la lucha consigo misma? He aquí la cuestion. ¿Podrán decir sus labios lo contrario de lo que siente su alma? ¿Podrá siquiera su semblante disimulara su pretendiente la frialdad de su corazon? Para un alma vacia de sentimientos esas preguntas serian vanales; para el alma delicada de Berta eran una tortura horrible, la mas cruel de las torturas: la de sacrificar el corazon al interés, el amor a la conveniencia, la felicidad al deber.

Un abatimiento profundo se apoderó de su alma. Sus ojos estaban constantemente húmedos. Cuanto mas se marchitaban las flores queridas del poeta, tanto mas se descoloria su rostro i se melancolizaba su alma. Lloraba su espíritu i sonreia su semblante ante la presencia de Arturo, a quien miraba no como al escojido de su alma, sino como al mandato viviente de sus padres.

El 25 de junio de 1844 colocaba Arturo en su trémula mano la argolla de compromiso de matrimonio. ¡Aniversario de infortunio para la una i de felicidad para el otro!

La melancolía de Berta desde esa fecha, terrible para su corazon, era ya indisimulable. Su salud comenzó a declinar. En vano sus padres le prodigaban sus consuelos, en vano Arturo le pintaba incesantemente la perspectiva de un porvenir espléndido i la regalaba con la promesa de los viajes, de su fortuna i de su amor. El teatro, las diversiones i los paseos la astiaban lejos de halagarla. En todas partes veia un desierto que la rodeaba; por donde quiera la perseguia, como una sombra, un recuerdo del corazon i temblaban en su oido las notas de un laud.

Los padres preparaban con alborozo las bodas de la hija. La madre se encargó de mandar hacer el traje de gala. Sus idas i venidas del taller de la modista eran de todos los momentos. El velo blanco, las galas i los azahares con que debia adornar a la novia; la eleccion de los padrinos, de los testigos i del dia del matrimonio, eran el único tema de su conversacion i la preocupaban como una cuestion de estado. ¡Poco importaba el corazon de la hija!

Arturo que jamás atribuyó la tristeza de Berta sino al dolor anticipado que le ocasionaria a separacion de sus padres, rebozaba de satisfaccion al ver aproximarse el soñado dia de ceñir la corona de la felicidad doméstica, sin comprender que ese mismo dia iba a poner en manos de su prometida la palma del martirio del corazon.

I con razon, ¡a las luchas domésticas sobrevivió la lucha del espíritu!

Con un aire de placentera lijereza presentóse Arturo cierto dia en el cuarto de Berta que permanecia pálida i melancólicamente reclinada sobre un divan. Sentóse con delicadeza a su lado, i con espresivas palabras de cariño, puso en sus manos un rico cofre de valiosas joyas. Berta se inclinó lijeramente para recibirlo; lo puso sobre las faldas, le dió las gracias, exaló un largo suspiro, dejó caer sobre el cofre de esas donas una mirada i una lágrima.... ¡Esa lágrima era un poema!

Arturo que creyó ver en ella una lágrima de felicidad la dirijió una mirada triunfante, se incorporó de súbito i estrechando la mano de su amada la dijo entusiasmado:

--Mi adorada Berta, jamás olvidaré, se lo juro, ese testimonio de su ternura. ¡Esa lágrima es una perla mas valiosa que las que adornan esas joyas!

Berta sacudiendo lijeramente la cabeza i enjugando una nueva lágrima le contestó, con profunda amargura: ¡Gracias Arturo!..

El cofre de alhajas no sirvió sino para recordarle la cajita de ébano que atesoraba los recuerdos del poeta.

Ella sin embargo desde que se sintió ligada a Arturo, trató de matar esos recuerdos i evitar otros nuevos. Procuró en lo posible inmolar el pasado por el presente, sacrificar el amor en aras del deber. Cuidaba de tener erméticamente cerrada la puerta de la ventana.

Ni la luz de la mañana ni las flores del sentimiento penetraban ya por ella.

¡La felicidad ajena, a costa de la desgracia propia! ¡Horrible trance!

¿Pero el matar esos recuerdos significaba para Berta el deshacerse de ellos? Nó. Simplemente el privarlos del perfume de los suspiros, del calor de sus miradas, del riego de sus lágrimas, de su presencia en las horas del reposo i en los momentos de soledad.

En sus sueños sobrevivian sus pensamientos, como la noche suele llevar consigo los últimos resplandores del dia. Soñaba con el hijo de la aurora, con el cantor de las rejas. Pasaba el sueño i quedaba la realidad. Al sueño de los recuerdos sucedia el recuerdo de los sueños. Despertaba sobresaltada i se decia: ¿Habrá venido hoi? ¡Cuánto le amargará mi indiferencia! "La indiferencia es la muerte" me dijo un dia; ¿morirá de amor por mí? ¿Tendré valor para no darle mi último consuelo i mi postrer adios? Pero no, ¡Dios mio! ¡Abrir nuevamente a mi corazon las puertas de la ventana, seria cerrar a mi conciencia las puertas del deber!

Lánguida i melancólica dejó un dia su lecho, el lecho de las muertas esperanzas, i a paso lento i tímido se aproximó a su ventana querida, la contempló largo rato con una tristeza que parecia conmover las profundidades mas íntimas de su naturaleza.

Deliraba por abrir sus puertas. La quejumbrosa brisa, álito de la soñolienta naturaleza, jemia tristemente. Enjugando una lágrima se retiró del precipicio... se dirijió nuevamente a su lecho, se tendió en él, como una vision sombria, i undiendo la cabeza bajo la almohada, como el ave herida que procura refujiarse bajo sus propias alas, lloró con amargura i sin consuelo. Lloró en silencio; ¡pero sus recuerdos gritaban desesperados en su corazon!