El Mulato Plácido o El Poeta Mártir
Part 5
--Me siento mal de salud, i como la tarde está tan descompuesta voi a recojerme. I en efecto, se dirijió a su aposento i se encerró en él.
Berta i Raquel, que contemplaron esa escena llenas de pavor le seguian con la vista. Rogaron en seguida a Gabriel para que con cualquier protesto se introdujera a la habitacion de Manfredo, para zondearle la causa de lo ocurrido.
--Gabriel, por Dios, dijo Berta, confio en que tu perspicacia escudriñe la verdad de lo que le pasa a mi papá.
--Hace bien, señorita, de confiar en mí cuando es Ud. quien me lo pide.
Un momento despues consiguió, no sin alguna dificultad, introducirse Gabriel al cuarto de Manfredo. Este miró con sorpresa al jóven mulato que invadia su retiro, i el mulato a su vez fijó en Manfredo una mirada de avidísima curiosidad.
--¿Se ocurre algo Gabriel? le dijo paseándose a lo largo de su aposento, mohino i desazonado.
--No señor: he notado a Ud. mui triste i vengo a ofrecerle el pobre continjente de mi cariño i de mi humilde compañia, para ver si en alguna manera puedo ayudarle a remediar la causa de sus dolores.
--Gracias Gabriel.
--¿Talvez Ud. se sonreirá, señor, de mi pretension? pero el corazon me arrastra a su lado, i Ud. me perdonará.
--Gracias otra vez, hijo mio; déjame darte este título por que bien lo mereces.
--Pero bien, señor, ¿i qué sucede? ¿por qué se deja Ud. doblegar del sufrimiento?
--Prométeme Gabriel guardar el secreto i....
--Inútil es su encargo, señor: jamás me haria yo indigno de su confianza.
--Pues bien, lée esa carta.
--Gabriel la abrió impaciente i comenzó, de este modo su lectura, en voz alta:
--"Me veo, señor, obligado a decir a Ud. que si no me abona, en el plazo de 24 horas, la suma de 30,000 pesos que me adeuda.."
--¡Qué leo! Pero señor, dijo Gabriel ¿Cómo, cuándo ha contraido Ud. una deuda tan fuerte? i prosiguió la lectura, sin recibir respuesta ninguna. "Entre personas de honor una deuda contraída sobre el tapete de una mesa de juego es tan sagrada como si fuese sobre el escritorio del negociante, en una transaccion comercial."
--Dios Santo... ¡dinero perdido al juego! ¡Treinta mil pesos! esclamó Gabriel, comprimiendo la carta entre las manos i dando un paso atrás.
--¡Silencio Gabriel! repuso Manfredo, en voz baja i llevando el índice a los labios.
--Yo temblé, señor, de que sufriera Ud. un golpe de este jénero, desde que supe que frecuentaba Ud. la casa de un jugador, i temblaba tanto como si se tratase de mi propia familia, como si esa fortuna fuera mia.
--Comprendo Gabriel tu interés i te lo agradezco en el alma.
--Ya vé Ud. señor, que hasta su salud comienza a deteriorarse, i podria ello conducirlo a un funesto resultado, por que en su abanzada edad es imposible sobrellevar los golpes de la fortuna, resistir a las emociones del juego i a las veladas del jugador. I sobre todo, señor, ¿qué seria de su pobre familia sin la sombra del padre? ¿quién enjugaría las lágrimas de esos inocentes, en medio del luto, de la miseria i de la orfandad?
Manfredo al son de esas palabras se estremeció i cayó sobre un sillon, porque sintió sobre sí todo el peso de su desgracia.
--Perdón, señor, si le aflijo en vez de consolarle, dijo Gabriel.
Manfredo despues de un momento de silencio, en que permaneció con el rostro oculto entre las manos estendiole la diestra a Gabriel diciéndole:
--Habla, mi querido Gabriel: tus palabras me señalan el camino del deber, que lo contemplo lleno de dolor i de vergüenza, i, sobre todo, evitan talvez golpes nuevos i desgracia completa para mi pobre familia.
--Pues bien, señor; ya que tengo la dicha de que mis palabras hagan eco en Ud., quiero deberle el mas grande favor que podria Ud. hacerme en la vida: se lo pido en nombre de lo que sea mas caro para Ud; en nombre de su esposa, en nombre de la señorita Berta, en nombre de Dios, si es posible, dijo Gabriel, enjugando una lágrima.
--Habla, hijo mio, seguro de alcanzar lo que me pidas, contestó Manfredo, profundamente conmovido.
--Quiero, señor, que me prometa usted que no irá mas a esa casa de juego.
--¡Jamás!
--¡Ojalá, señor, Dios lo quiera!
--Gabriel, dijo Manfredo, es imposible ser indiferente a tu nobilísimo corazon, poniéndose de pié i estrechando entre sus brazos al jóven mulato. I agregó en seguida: te prometo que jamás mi planta pisará los umbrales de esa casa...
Crujió a la sazon la hoja de la puerta; oyóse un lijero ruido, semejante al del roce de un vestido de seda. Manfredo al oirlo se acercó a Gabriel i le dijo al oido:
--Si mi esposa o mi hija te preguntan algo de nuestra conversacion o del contenido de la carta, dilas que he recibido un billete que me anuncia el quebranto casi completo de mi fortuna, a consecuencia de un funesto negocio.
Aproximóse en seguida a paso largo i cauteloso hácia la puerta, la abrió de improviso i sorprendió a su esposa i su hija que con el oido puesto en el ojo de la llave atisvaban con anciedad.... Raquel i Berta se sobrecojieron; Manfredo dió un paso atrás, i, despues de un instante de vacilacion, rogó a su esposa que lo dejara solo.
Raquel, en compañia de su hija, se retiró sollozando. Manfredo volviéndose a Gabriel le dijo:
--Déjame un momento mi querido Gabriel, solo, entregado a mi dolor. Gabriel salió dejando la carta sobre una mesa. Manfredo dejóse caer nuevamente en un asiento, ya balbuceando palabras sueltas, ya comprimiendo las sienes entrambas manos, ya poniéndose de pié para sentarse nuevamente.
Raquel al retirarse a su habitacion, llorando i recibiendo las consoladoras caricias de su hija, le decia a ésta:
--¿Ya comprendes, Berta, en que consistió aquel fraude del comerciante habanero de que no hace mucho se quejaba tu papá? ¡Oh! a este andar quedaremos en la calle. Pobres mis hijos!
--¿Pero qué remedia usted con desesperarse? ¿no ha oido usted que mi papá le ha ofrecido a Gabriel no volver a ir a esa casa de juego?
--¡Ah! ¡me hablas de Gabriel! ¡Que bueno es Gabriel! ¿no es verdad Berta?
--Así es mamá; tiene por nosotros un interés i un cariño indecible.
--Deveras, mas parece un miembro de nuestra familia, que un simple camarero. ¡Ah! yo no creí jamás que un solo corazon pudiese encerrar tanto de noble i bueno.
--Ciertamente, mamá, Gabriel es nuestro ánjel consolador.
Raquel se dirijió a su alcoba en compañia de su hija i se reclinó sobre un divan esclamando:
--Yo disimulé mi dolor a Manfredo, por otra pérdida semejante i eso le ha autorizado a rifar la fortuna de su familia. ¡Ah! ¡los hombres son mui crueles!
Berta iba a inclinarse para abrazar a su madre i consolarla en su afliccion, pero en ese momento se oyó bullicio, ruido de pasos, voces en el aposento de Manfredo....
--Mamá, repuso Berta, no es la hora de las recriminaciones que hieren, sino del lamento i del dolor comun....
El ruido aumentó....
Berta estremecida de temor, sintió en su corazon el golpe de un presentimiento infeliz e incorporándose al lado de su madre esclamó turvada:
--Mamá, mi padre está entregado a la soledad; algo sucede con él; voi a verle.
--Vé hija mia; cumple con tus deberes de hija. Si yo no voi contigo es porque tiemblo me diga que no ha sido una pérdida parcial de nuestra fortuna, sino una bancarrota completa. Vé, i disimulándole tu dolor, consuela el suyo.
Berta salió de carrera. Al aproximarse al cuarto de su padre oyó en él un sollozo: apresuró sus pasos, i al pisar sus umbrales descubrió a su padre con el rostro lívido, el cabello lijeramente desgreñado, embozado en una larga capa i encorvado delante de su lecho, en una actitud estraña i siniestra.
Berta se detuvo en la puerta, como petrificada de espanto: algo terrible presentia su corazon: quiso dar un grito, i la voz se le ahogó en la garganta, se esforzó para dar un paso, i le fué imposible. A paso lento i con mirada escudriñadora se aproximó por fin a su padre, sin que él se apercibiera de ello, sino cuando sintió sobre su espalda el brazo de su hija. Todo fué verla i abrir los brazos para estrecharla sobre su pecho. Ella a su vez cayó a los piés de su padre pálida i desfallecida. Iba a estrechar besando las manos que le dieron el ser, iba a humedecerlas con sus lágrimas, cuando una carta enlutada cayó a su lado: inclinóse de improviso para recojerla. Manfredo entonces en el primer impulso quiso impedírselo, pero sintió latir en sus entrañas su amor de padre, i dando un paso atrás i comprimiendo la cabeza entre las manos esclamó:
--¡Mi Berta! ¡mi adorada hija! tu amor.... ¡ah! ¡tu amor me ha salvado!...
--¿Salvado? ¿de qué, padre mio?...
--Esa carta que comprimes entre tus manos i humedeces con tus lágrimas, fué tambien empapada con las mias. ¡Era la carta de despedida de un suicida! i el suicida... ¡iba a ser yo, Berta mia!...
--¡Suicida!... esclamó Berta dando un alarido desgarrador, i cayó desmayada a los piés de su padre.
Desolada i jadeante acudió Raquel al cuarto de su esposo; precipitose sobre su hija; cayó de rodillas a su lado; la levantó entre sus brazos llorando, i alzando los ojos llenos de una mirada amenazadora, díjole a Manfredo:
--¿Qué has hecho con mi hija?
--Nada; repuso Manfredo con acento conmovido.
--¿I entonces?...
--Ha descubierto el término a que pudo haberme conducido mi situacion, i eso es todo.
En ese momento entró Gabriel, nervioso, pálido i profundamente emosionado, diciendo:
--¿Qué hai señor? Señora, ¿qué sucede? ¿En qué puedo ayudar a usted? Las lágrimas temblaban en sus negras pestañas, i surcaban sus morenas mejillas, como el rocio de la noche.
--Ayúdame, Gabriel a levantar a mi hija, dijo la madre. I entrambos consiguieron alzar del suelo su cuerpo exánime i tenderlo sobre el lecho de Manfredo.
Gabriel quedó de pié a la cabecera de ese lecho, con el alma en los ojos i los ojos en Berta. Parecia acariciarla con la mirada.
--¿Llamaré a un médico señor? preguntó mas de una vez, con un acento triste i tierno a la vez. Pero antes de que se le contestara, Berta exaló un suspiro profundo i entrecortado.
Gabriel, entonces, dió un paso indeciso i al parecer involuntario para contemplarla, como si ese suspiro hubiera tenido un atractivo magnético sobre su corazon.
Berta abrió los ojos entre los cuidados i las caricias de sus padres, paseó una vaga i melancólica mirada a su alrededor i despues de llevar la mano a la frente como para disipar la impresion que deja un sueño negro que se vá, se incorporó en su lecho echando el brazo al cuello a la madre, que permanecia sentada a su lado.
Gabriel, sombrio i mudo se retiró.
--Por Dios Manfredo, prorrumpió Raquel, ¿que es del porvenir de nuestra familia?... Díme....
--¡Mamá! ¡mamá! balbuceó Berta, ¡basta de funestos recuerdos! Al verme tendida sobre esta cama comprendo que algun accidente ha pasado por mí: pues bien, si es así, ha sido ocasionado por que mi pobre padre...
--¡Silencio Berta! dijo Manfredo. ¡Para tu madre vale mas la fortuna que la tranquilidad de su esposo, que el bienestar de su hija!
--No es eso Manfredo: es que tiemblo que si nuestra fortuna no está ya del todo arrojada a la calle, los golpes presentes no sean sino precursores de los que vendrán despues.
--Raquel, ¡en nombre de Dios te juro que no será así! cánsate de torturar este pobre corazon! I sabe que una caricia de nuestra hija me ha vuelto a la vida, i me ha librado de dejar a mi mujer sin esposo, i a mis hijos sin padre.
--Raquel, entonces, sobrecojida de espanto se precipitó hácia su esposo i le dijo:
--Manfredo, perdóname que un dolor lejítimo pero irreflexivo me haya arrastrado hasta la imprudencia.
Manfredo sin proferir una sola palabra estrechó fuertemente la mano de su esposa, i Berta se inclinó para buscar con sus labios las manos entrelazadas de sus padres.
--Bien esposa mia, dijo Manfredo, es preciso que, como advierto que lo deseas, conozcas la situacion. ¡Lo hemos perdido todo!..
--¿Todo?....
--No tanto, pero en fin, no nos queda sino una parte en el valor de la casa.
--¿I el fundo?
--Hace ya mucho tiempo que no es nuestro.
--¡Ah! ¡a la sombra de esos bosques discurrió la infancia de mi hija! ¿I la quinta, Manfredo?
--Tengo que venderla para pagar mi última deuda.
--¿I no cabria una transaccion con esos hombres que por la fuerza de la casualidad o con los resortes del fraude arrebatan tan cruelmente el pan de una familia?
--No Raquel; el honor de un hombre está sobre todo. I aunque así no fuese, se me maniató por completo, obligándome a firmar un documento, ahí, sobre el tapete de esa mesa de juego, cuyo recuerdo se me presenta a la memoria, ¡como a la memoria del condenado la tabla del cadalso!
XVII
La escaces reemplazó a la abundancia, la modestia al confortable de la vida. I pasaron esos primeros momentos de afliccion doméstica, en medio de una cristiana resignacion, como pasan, por ventura, todos los dolores humanos.
Cada uno de los de la familia se esmeraba con esquisita ternura en consolar al otro. Manfredo se consagró al trabajo cotidiano para asegurar la subsistencia de su familia. I esta gozaba al verle olvidado de sus funestas veladas i entregado por completo al retiro de su casa. Pasaban en fin una mediania tranquila, ¡una pobreza feliz! La satisfaccion del deber cumplido, los encantos de la virtud, las delicias del amor, parecian haber reemplazado a las voluptuosas satisfacciones de la riqueza, al recuerdo de la desgracia ajena adormecido por la felicidad propia.
¡Oh! ¡la desgracia es la redentora del hombre! ¡La adversidad es una nodriza adusta que contrae el ceño, pero que purifica a sus favoritos arrullándoles en su regazo!
Pero no hai cielo sin nubes, no hai hogar que no esconda el espectro de una desventura cualquiera.
La tarde era fria, el cielo estaba nublado. Berta de bracero con su padre iba a salir de su habitacion, embozada hasta los ojos en una capa negra, para tomar el aire libre i balsámico del huerto. Pero Gabriel con la mirada inquieta i el aire ajitado salió a su encuentro i la dijo:
--Señorita, ¿se siente ya mejor?
--Sí Gabriel; ¡gracias!
--Yo estaba tan impresionado con el accidente que le dió a Vd. que fuí a llamar al médico temeroso de que Vd. se empeorára.
--¿Raquel te dijo que fueras? repuso Manfredo, sonriendo.
--No señor, fué mi temor el que me mandó.
--En fin, Gabriel, tu te encargarás de despedir al médico cuando venga, agregó Manfredo, i continuó su paso. Pero Gabriel volvió a detenerlo rebozando de zozobra, i le dijo:
--Quizá, señor, no sea tan inútil la venida del médico...
--¿Porqué?......
--Por que el niñito Alberto no se siente bien, señor.
--Que tiene ¿Donde está? contestó Manfredo sobresaltado.
--Lo tenia meciéndose en la hamaca de mi cuarto, cuando de repente comenzó a quejarse: observé i tenia las mejillas encarnadas, afiebrada la frente....
--Basta, Gabriel, ¿donde está mi hijo? le interrumpió Manfredo, al mismo tiempo que Berta dió un ¡ai! de espanto. I padre e hija acudieron precipitadamente seguidos de Gabriel, a la alcoba en cuyo lecho dormia delirando el niño.
--El padre le puso la mano en la frente: Berta le tomó una de las manecitas: Raquel que no tardó en apercibirse de lo ocurrido se se aproximaba inclinándose al lecho de su hijo, se retiraba de él en busca de algo que ni ella misma se daba cuenta, para volverse a aproximar i contemplarle llorando.
A Dios gracias, alguien tocaba a la puerta, i ese alguien era el médico.
Raquel al divisarlo, salió despavorida a su encuentro i juntando las manos sobre el pecho, le dijo angustiada:
--Señor, ¡mi hijo se muere! ¡prométame volverle a la vida!..
--Tranquilícese, señora, contestó el doctor con risueña indiferencia, i guiado por Berta, siguió su paso.
Cuando el doctor examinaba al niño, deliraba éste, respiraba con violencia i ajitaba las manos, sofocado por la fiebre que le deboraba.
El médico quedó taciturno i callado. Las miradas de todos le devoraban como queriendo arrebatarle el pensamiento. ¡Oh! ¡que silenciosa anciedad!
¡Pobre familia! ¡Verla contar las largas horas de la noche suministrando las prescripciones del médico, sin esperanza, ¡i con fundados temores por la vida del pobre Alberto!
Manfredo se paseaba desazonado; Berta lloraba como un niño, Raquel se desesperaba como una loca. El aturdimiento era la espresion del dolor.
Gabriel como el ánjel bienhechor de la esperanza prodigaba sus consuelos a la familia i sus cuidados al enfermo. Solícito como un hermano, sereno como un hombre maduro, sufrido como la madre que vé vacio el lecho de su hijo que acaba de morir, Gabriel lo hacia todo, lo preveía todo, no sin enjugar, de vez en cuando, una lágrima furtiva. Con el rostro melancólico i lijeramente adormecido por el insomnio, con los brazos cruzados sobre el pecho, mudo, de pié e inmóvil, a la cabecera del enfermo parecia a ratos, ese jóven mulato, la estátua del dolor.
Iba a clarear una risueña mañana de verano: la fiebre declinaba notablemente en el paciente. La luz del sol invadia sonriendo esa alcoba, i la confianza en la salud del pobre niño, luz de la felicidad, invadia tambien el ánimo de la familia. Pocas horas mas i su mejoria era rápida; despues su vida estaba fuera de peligro.
Era ya imposible que un hombre estraño por su sangre, su color i su raza a una familia se encarnase mas, sin embargo, en su vida íntima i doméstica, que Gabriel en la familia de Manfredo. La simpatia que es la precursora del cariño, el cariño recíproco, la gratitud que se reanuda en los momento de infortunio, la comunidad del sufrimiento, las lágrimas del mulato i de sus señores que corrian mezcladas en su mismo arrollo, todo, todo vinculó los corazones de aquél i de éstos.
Poco despues Alberto jugueteaba en la enramada del huerto, asido de la mano de Gabriel.
Las canas nevaron por completo las sienes de Manfredo; Berta dió un antiguo adios a la adolescencia, i Gabriel un antiguo saludo a la juventud. Espiraba el año de 1843.
XVIII
Pasaron así los años unos en pos de otros. Poco de qué gozar i mucho por qué sufrir, llegó a ser lo normal en el seno de esta familia. Sin embargo, sus sonrisas como sus lágrimas encubrian bastante las paredes de ese apartado hogar.
Presentóse a la sazon un hombre, portador de una carta.
En el aislamiento de la vida todo se hace una novedad. El cartero sonrió al verse rodeado de todos i acosado por preguntas hechas a un mismo tiempo. Pasó la carta rápidamente de mano en mano: llegó a la del padre a quien era rotulada i leyó en la direccion, esta palabra: _urjente_.
Al desgarrarse la carta esclamaba Berta: debe ser de mi tia Rosa. Nó, será de mi hermano, agregaba Raquel. Nó mamá, yo creo que es carta que a Gabriel le escribe su madre, dijo Alberto.
--Nó Alberto, Gabriel no tiene madre.
--¡I bien! ¿ninguno puede imajinarse de quién es la carta? dijo Manfredo, ajitando risueño el papel en la mano.
--¿De quién? contestaron todos a una voz.
--De Arturo de Bilbao, de mi sobrino Arturo, esclamó Manfredo, rebosando de alegria. I agregó: anuncia su próxima venida.
--¡Arturo viene! ¿Llega Arturo? ¿Cuándo? ¡Lea la carta! esclamaban todos al mismo tiempo. Madre e hijo en torno de Manfredo, mas allí el mulato cuyas chispeantes pupilas saltaban de ansiedad, escuchaban la lectura de la carta que decia literalmente así:
«Querido tio:
En pocos dias más debo hacerme a la vela para Cuba, el nido de mis sueños dorados. Puedo decir que estoi con el pié en la playa. ¡Oh! querido tio, si gozo lo indecible al recordar que pronto conoceré la vírjen América, gozo mucho mas al pensar que estrecharé en mis brazos a Ud., a su esposa i a la bellísima Berta, cuyo retrato tuve el gusto de ver en Madrid en casa de unas amigas mias. ¡Qué bella, qué encantadora debe ser mi prima!
Un tiernísimo abrazo a mi tia Raquel i un saludo cordial a Berta.
No concluiré, querido tio, sin pedirle un rincon en su hogar durante mi corta permanencia en Cuba.--Su amante sobrino,
ARTURO DE BILBAO.»
Imposible es describir la alegria de la familia. La carta fué leida mil veces. Los proyectos para la llegada de Arturo, el sentimiento de no poder hospedarlo con el confortable de antes, eran los únicos temas de la conversacion.
Pocos dias despues presentábase en la casa un gallardo mancebo, de alta i delicada estatura, de grandes i melancólicos ojos, de barba negra i aterciopelada que contrastaba con el color de su tez lijeramente pálida, con un espejuelo engastado en oro que colgaba elegantemente sobre el pecho i un chal terciado sobre el hombro.
Gabriel salió a su encuentro.
--¿Es esta la casa de don Manfredo?
--Sí, señor, repuso Gabriel, i partió precipitadamente a anunciar al recien llegado.
Un momento despues veíase el bien-venido rodeado por todos los de la casa i abrazado por cada uno de ellos en medio del bullicioso alborozo del cariño.
El recien llegado era Arturo de Bilbao.
Berta desde el primer momento quedó vislumbrada con la belleza del primo, i las miradas de ambos se encontraban a momentos.
Arturo a su vez por su mirada i su esprecion se mostraba maravillado de la hermosura de Berta. En fin, la vió i la amó.
El simpático huésped fué conducido al salon. Todas las miradas se fijaban en él.
--No te esperábamos aun Arturo, prorrumpió Manfredo.
--Es estraño, querido tio, cuando cuidé de anunciarme a Uds. con anticipacion.
--No tanta, porque tu carta hace recien tres dias a que la recibimos.
Vieron la carta i resultó haber llegado atrasada.
--Ya comprendo; ocupado con mis preparativos de viaje yo la encomendé a un amigo mio, i probablemente se tardó en despacharla.
--¿Qué tiempo piensa Ud. permanecer en Cuba? preguntó Berta a su primo.
--Mi intencion es hacer un viaje corto; pero Ud. sabe Berta que el hombre propone i Dios dispone. Nada estraño seria que molestara a Uds. prolongando mi residencia en Matanzas.
--¡Molestia! esclamaron a un mismo tiempo Raquel i Berta; ojalá tuviéramos siempre esa clase de molestias.
--Veo Berta que tiene Ud. un elegante piano. La supongo una diestra tocadora.
--Todo lo contrario Arturo.
--¿Podria tener el gusto de oirla? dijo, i condujo a Berta al piano.
Mientras ésta hacia sollozar bajo sus delicadas manos un trozo de música nacional, i con las mejillas encendidas de rubor alternaba sus ojos de cielo entre el papel de música i el teclado del piano, sentia las miradas de Arturo que la ruborizaban, al punto de hacerla equivocarse a cada momento.
Al son de las notas del piano temblaba el corazon de Arturo, i se inflamaba su alma improvisando, por decirlo así, un sentimiento que mas natural habria sido que fuera obra del tiempo.
Berta salió del salon, i al regresar a él dijo a su primo:
--Arturo, acabo de preparar su habitacion. Ud. será indulgente sino la encuentra cómoda.
--Bastára, Berta, que hubiera sido preparada por Ud.
--Gracias por la galanteria. ¿Le gustan las flores Arturo?
--Mucho Berta, yo habria querido ser jardinero en vez de comerciante:
--He colocado un ramillete de jazmines a la cabecera de su cama.
--Mil Gracias; es Ud. mui amable.
--¿I los versos le agradan?
--¡Oh! Berta lo indecible. Todas las noches tengo la costumbre de leer la poesias de Melendez i de Martinez de la Rosa.
--Siento no tener esos libros. Pero por ahora le he dejado sobre su velador "El paraiso perdido" de Milton. ¿Conoce Ud. esa obra?
--Sí, la leí en mi adolescencia.
En estas i otras, entre la cena, la música i la conversacion, llegó la hora de recojerse, i todos los circunstantes se retiraron a sus aposentos. Dejaron a Arturo en la puerta del suyo, con palabras de amabilidad.
Arturo cerró las puertas de su alcoba i abrió las de su corazon. Su sueño no fué tranquilo. Paseóse a lo largo de su cuarto hasta las altas horas de la noche; cojió mas de una vez el ramillete de jazmines que se ostentaban en un pequeño florero; lo contempló entre sus manos, absorvió mil veces su perfume i lo volvió a colocar.