El Mulato Plácido o El Poeta Mártir

Part 4

Chapter 44,214 wordsPublic domain

¡Ai!, señor don Manfredo, el corazon se me rompe de pesar, cuando recuerdo que si llegaba alguna vez mi abuelita con las manos vacias, se dejaba caer sobre una silla, lloraba sin consuelo i sollozaba con indecible amargura, ocultando su frente entre las manos, i procurando encubrir su llanto para no ocasionar el mio, porque yo lloraba tambien cuando la veia llorar. Apenas la notaba aflijida me ponia a su lado, le pasaba con las manecitas por las mejillas i la cabeza encanecida i le preguntaba con acento lastimero:

--"¿Por qué lloras, abuelita?.."

Ella sin contestarme a veces una sola palabra, levantaba las manos al cielo esclamando:

--"¡Oh, madre! ¿de qué fueron tus entrañas cuando abandonástes a tu hijo?"

--Mui buena debió ser, Gabriel, esa anciana.

--Mui buena, señor; i sobre todo mui caritativa.

--¿Caritativa sin embargo de ser pobre?

--Si señor: su caridad empezaba conmigo. Es por eso, señor, que para mi la caridad es la mayor de las virtudes. Si supieran, señor, los ricos cuántas i cuan amargas lágrimas enjugan con ceder a los pobres los mendrugos de pan que caen de sus suntuosas mesas, de sus opíparos banquetes: si supieran que una dádiva a tiempo puede salvar la pureza de una vírjen que tiembla de hambre a la orilla del abismo, tal vez mientras la mano endinerada de la seduccion la empuja a ese abismo, ¡haciendo vacilar su virtud como vacila en la rama la hoja seca que el viento asota!: ¡si supieran que con un arranque de jenerocidad cortan el camino del crímen, de la prostitucion o del infortunio, a infelices mujeres que se ven arrojadas a ese camino por la mano de la miseria!: si supieran que con esa dádiva enjugan la lágrima del huérfano desamparado, de la viuda desolada, del mendigo que toca a todas las puertas, ¡oh! entonces sabrian tambien que esa lágrima convertida en perla, la presenta a Dios, en copa de oro, el ánjel de la caridad; oh, entonces, señor, yo creo que ningun hombre daria la espalda a la mano que estendiéndose delante de él, le intercepta el paso diciéndole: _¡una limosna por amor de Dios!_

--Comprendo perfectamente toda la ingenuidad de tus palabras; porque ama siempre el sufrimiento i simpatiza con él todo el que ha sido educado en la escuela de la desgracia.

--Eso es tan cierto, señor, que recuerdo que un dia que pasaba por su calle, ví a la hija de usted, repartiendo con su propia mano en la puerta de la casa, el pan a los pobres, me pareció percibir el aroma de las virtudes de este hogar i me dije interiormente: "el cielo cubrirá a esta niña de bendiciones i de felicidad." I no me engañé al percibir desde lejos ese aroma, porque desde que yo me aproximé a esta casa he visto en ella que es un Eden de piedad, i he deseado mas de una vez besar la mano que me condujo a sus umbrales.

--¡Gracias Gabriel! Cada momento se descubren en tí mas i mas nobles sentimientos. ¡Palpita la sinceridad en tus palabras, i en tu pecho, un jeneroso corazon! Pero, prosigue tu historia porque me interesa mas que la lectura de una romántica leyenda.

--Una mañana, señor, nublada i tan triste, que parecia mas bien una tarde sombria, iba a levantarme de cama bajo la melancólica impresion de un sueño angustioso que me parecia, aun en despierto, que duraba todavia. Me restregué los ojos para disipar el sueño i.... estaban húmedos: ¡probablemente dormí llorando! Me incorporé en mi lecho para saludar como de costumbre, a mi anciana compañera, i la dije:

¡Buenos dias abuelita! I me contestó con el silencio. Repetí el mismo saludo, i me dió la misma respuesta.

Sobresaltado i lleno de temor salté de mi cama, acudí a la suya, i.... su silencio, era el silencio de la muerte. Yacia la pobre anciana durmiendo el sueño eterno, tanto mas negro que el que yo acababa de soñar.

El perrito ahullaba a mi alrededor o se esforzaba por brincar sobre la cama: la pálida luz de una vela temblaba todavia desde uno de los rincones de la habitacion, como temblaba sobre la pared la sombra de ese lecho de muerte.

Mi única idea fué entonces correr a la calle desesperado i lloroso, sin saber yo mismo por donde dirijirme: gritaba sollosando en medio de la calle: me ahogaba el dolor: tenia miedo de quedarme solo con el cadáver.

Mis pasos se dirijieron, por fin, maquinalmente a casa del cura de la parroquia. Entré a ella como un loco, llenándola con mis alaridos i mis lágrimas. El cura compadecido de mi desesperacion me condujo a mi casa despues de preguntarme por qué lloraba. Llegamos a ella. Al pisar sus umbrales i resonar el ruido de nuestros pasos abrió los ojos, i murmuró levemente:

--¿Gabriel?

--¡Yo soi! le contesté: aquí está el cura de la parroquia. Hizo entonces una señal, para que el sacerdote la ausiliara.

Tomé al cura de una mano, empapándola con mis lágrimas, i lo conduje a la cabecera del lecho, de la moribunda anciana. El sacerdote murmuró las oraciones de la agonía. Desprendió un crucifijo que estaba clavado en la pared a la cabecera del lecho, aplicólo a los labios de la moribunda: ella lo besó comprimiendo sobre sus helados labios la sagrada efijie, empañó con su último aliento la imájen de Dios; plegó los labios; me dirijió una mirada como signo de la última despedida, i cerró los ojos, i los cerró.... ¡para no abrirlos jamás!

Poco despues se refugiaban los restos de esa mujer en el seno de la tumba, i su recuerdo en mi memoria. A la noche siguiente depositaba yo sobre su sepulcro como un tributo a su memoria, una flor, una lágrima i una cruz, i gritaba como un loco, i lloraba como un niño al borde de su sepulcro, i vagaba como una vision entre los sepulcros i a la sombra de los cipreces pidiendo a zollosos, a las cenizas de los muertos que evocaran sus sombras, que se levantaran de sus urnas, para devolverme lo que el destino cruel me arrebataba.

Volví, despues de esa noche, a mi desmantelado hogar i me pareció sentir en él, el rumor de las alas del ánjel de la muerte que se batian sobre mi cabeza, i encontré tan desamparada la morada de mi infancia, como una cuna vacia, como una jaula desierta. No pensé entonces sino en levantar el vuelo para dejarla.

--¡Oh! Gabriel, esclamó Manfredo; jamás habia sentido mas desgarrado mi corazon que al oir tu triste historia; mas de una lágrima me ha costado, i hasta de los poros de las rocas brotarian lágrimas, ¡si las rocas pudieran escucharte, si las rocas supieran llorar!

Gabriel inclinó la cabeza i derramando un raudal de lágrimas, esclamó:

--Yo creia, señor, que el llanto ya se habia agotado en mis ojos i me consuelo en ver que no es así. ¡Tengo lágrimas siquiera!

--Estás, Gabriel, en la alborada de la vida i has sufrido ya tanto como el hombre que se aproxima al término natural de su existencia. ¡Huérfano!....

--¿Huérfano?.... Tal vez no, señor. Pues quizá soi un ser abandonado de los mios: es decir, un hijo sin padres, un hermano sin hermanos.... Pero esa idea es mas desesperante para mí porque tal vez mientras mi madre vivia, yo no tenia otra madre que la miseria.... Sentia hambre i no tenia pan; me devoraba desde entonces la sed de ciertas ambiciones i era un pobre mulato.

Desvelado, pálido i ojeroso estaba un dia meciéndome en la hamaca, revolcándome en mis lágrimas, sin tener a dónde volver los ojos, i buscando, como un consuelo, en mi ardiente imajinacion el rostro de la muerte, para que a lo menos ella me brindara una sonrisa, ya que jamás me habia sonreido la suerte. I Dios volvió a mí sus ojos....

A la ténue luz del crepúsculo de la tarde un hombre llegaba a mis umbrales i tocaba a mi puerta, con una voz no desconocida para mí. Me llamó por mi nombre. Salí despavorido, i me encontré, señor, con el cura de la parroquia, que asistió a mi abuela en sus últimos instantes.

¡La virtud toca siempre a las puertas del infortunio!

Despues de saludarme cariñosamente, de estrecharme entre sus brazos, i de colmarme de beneficios me dijo:

--Quizá, Gabriel, en tu desesperacion no alcanzaste a oir que la anciana moribunda me encomendó tu suerte. I como yo tengo, respeto por ese último encargo i cariño por tí, vengo a decirte que tienes abiertas las puertas de mi hogar i de mi corazon. Vente conmigo, Gabriel, agregó en seguida, en actitud de partir.

--Besé lloroso de gratitud la mano del sacerdote.

Poco despues vivia yo en su piadosa compañía.

XIV

La exactitud en el cumplimiento de mis obligaciones, (continuó Gabriel) la delicadeza de mi parte, mi contraccion, la seriedad de mi carácter me captaron mui luego la estimacion i el aprecio de mi protector. Soportaba sus caprichos, me amoldaba a la rareza de sus costumbres i de su carácter, le acompañaba con paciencia en la mayor parte de sus prácticas relijiosas i compartia de su ociosidad i del pan de su mesa.

Por la mañana ayudábale a vestirse i levantarse de cama: arrodillados ambos junto a ella elevábamos al son de los primeros trinos de las aves nuestras oraciones matinales. Poco despues le acompañaba a la iglesia i le ayudaba a decir su misa diaria.

--Por lo visto ibas tomando trasas de sacristan de aldea, repuso Manfredo.

--En verdad, señor; me parecia que andaba impregnado del olor de los cirios que encendia i apagaba todas las mañanas, del incienso que quemaba todas las noches en el oratorio. Pero en mi situacion tenia yo que amoldarme a todo.

--Pero supongo que el cura sabria corresponder bien a tu solicitud.

--En efecto, señor; no retribuia mi trabajo en dinero, por que era un hombre esencialmente avaro, pero le debo en cambio el mayor beneficio que podia hacerme.

--¿Cuál?

--Me enseñó a leer i a escribir: me hizo estudiar el catesismo, la aritmética, la gramática i la jeografia. I me daba sus lecciones con tanto mas esmero cuanto veia mi facilidad i mi contraccion para el estudio, del que se marabillaba tanto, que era el tema favorito de sus conversaciones con algunos sacerdotes amigos que le visitaban con frecuencia. Pero cuando vió que mi amor a los libros absorvia por completo mi tiempo i me hacia descuidar las prácticas relijiosas que me habia impuesto, comenzó a combatir mi desicion por el estudio que era mi única satisfaccion. Entregábame mis testos a horas determinadas, con escepcion de mi catecismo i de un libro de oraciones. Pero esa restriccion era imposible, por que mi intelijencia tenia sed de ideas. Veíame rodeado de oscuridad i anhelaba la luz.

Poco antes de la muerte de mi abuela, desesperado de ver que no podia desde su lecho socorrer mi indijencia con su mendicidad, ofrecí mis servicios por todas partes, toqué a todas las puertas, brindando mis fuerzas i mis brazos: todas ellas se me cerraron. Acudí a implorar la jenerosidad de la amistad, i la amistad me dió las espaldas. Presentéme entonces a un artesano que tenia un taller de peineteria, como dije a Ud. otra vez, i me aceptó en él. I con el escasísimo fruto de mi trabajo, pude llevar un pan al lecho de mi abuela.

El cura que estaba al cabo de todo esto, i a fin de que mi desicion, quizá exajerada, por el cultivo de la instruccion, no me alejara de las tareas piadosas, me determinó ciertas horas para que fuera todo los dias a trabajar a mi taller. Así lo hacia yo apesar de mi invensible avercion al trabajo material, por que, en fin, estaba yo en el caso de obedecer.

Así pasaron los dias i los años.

El tema favorito de mi conversacion entre mis compañeros de taller, era la triste situacion que la esclavitud impone al negro cubano. Al son monótono de nuestras herramientas lamentábamos, la servidumbre de esa raza que jime oprimida bajo las plantas del amo.

¿Cuándo dejaremos de oir, nos deciamos, el ruido de las cadenas de los pobres negros confundido con sus clamores, i el chasquido del látigo que desangra sus espaldas? ¿Cuándo dejarán de besar humillados la misma mano que asota su rostro abochornado, como si no fueran hermanos de los blancos e hijos de un mismo Dios?

¿I ciertamente no es señor lastimera la suerte de esa raza degradada? continuó Gabriel.

--Tan creo que es así, dijo Manfredo, que te aseguro que pienso como tú, sin embargo de ser español. Me ha contristado siempre que, mis paisanos, los hijos de la metrópoli, esploten el fruto del sudor de la frente del negro infeliz, sin darle en retribucion de sus servicios i de su sumision otra cosa que el condenarlos, con frecuencia a ver su pobre choza devorada por las llamas del incendio, i las cenizas de esa choza aventadas al viento.

--Es que usted señor es un hombre jeneroso, antes que español. I ancía el bien de su patria sin desear el mal de la ajena.

--Pero en fin, Gabriel, continúa la narracion de tu pasado, que ya te he asegurado cuánto me interesa.

--Bueno, señor. Cierto dia al ir de mi taller a la casa del cura me encontré en la calle con dos artesanos que, probablemente, venian de una de las mil casas de juego que plagan, como una peste este país, porque parecian estar algo ébrios; pues usted debe saber, señor, cuanto se entregan los artesanos a todos los vicios, sin escluir los mas repugnantes, en esos lupanares en que se pierde el tiempo, la plata, la moral i la salud.

--Pero bien ¿qué resultó del encuentro?

--Esos hombres señor, me habian oido, cierta ocasion, lamentarme con lágrimas en los ojos de no saber quiénes eran mis padres; de no haber recibido jamás una caricia maternal; de ignorar qué entrañas me dieron a luz, qué seno alimentó mi infancia con su sustento propio.

Mi dolor de entonces, que es mi dolor de siempre, merecia respeto. I sin embargo, apenas esos hombres me divisaron de una a otra vereda de la calle detuviéronse en actitud insultante i me gritaron diciendo:

¡"Allá vá un bastardo"!

Ese dicterio penetró a mi alma, como la fria hoja de un puñal; el eco de ese grito humillante resonó en el fondo de mi corazon i resuena hasta ahora en mis oidos.

Mi primer ímpetu fué lanzarme sobre mis agresores, que para herirme escojian la cuerda mas sensible de mi corazon: avancé algunos pasos hácia ellos, ébrio de cólera i de exaltacion, pero recordé que estaba solo i que ellos eran tres; que yo era un adolescente i ellos ya hombres. Pensé entonces que podian abusar de la superioridad del número i de la fuerza brutal. Hice un esfuerzo supremo para refrenar los impulsos de mi carácter naturalmente impetuoso i el despecho de mi amor propio herido en lo mas íntimo; i resolví contarle a mi protector el agravio que me habia sido inferido para que él lo reparara. Acudí al efecto a su casa, i me presenté a él pálido, demudado i trémulo. Quise referirle el lance ocurrido, pero mi corazon palpitaba con tal violencia que se me cortaba la respiracion: queria articular una palabra i la palabra moria en mis labios a la par que la indignacion ardia en mi alma. Balbuceé por fin una frase inintelijible. Mi pecho jadeaba i la voz se me anudaba en la garganta, como la vaga articulacion del mudo que batalla angustioso, pero en vano, por arrancar el sonido que imita la palabra.

--¡Pardiez! ¡que tu exaltacion subió de punto!

--Por cierto, señor.

--¿I qué resultó por fin?

--El cura contemplaba atónito mi turbacion. Despues de un momento en que quedó silencioso i paralizado me hizo una señal con las manos que parecia decirme: ¡habla! ¿qué te pasa? El breviario que leia en esos momentos, sentado en una mullida butaca, cayó de sus manos i rodó entreabierto a sus piés. Púsose por fin de pié i me dijo:

--¡Por Dios Gabriel! ¿qué desgracia te ha sucedido? ¿qué te tiene en ese estado de desatentada turbacion?

--¡Pobre cura! Que gratuito fué el mal rato que le diste Gabriel! esclamó Manfredo.

--En seguida, señor, prosiguió Gabriel, se me aproximó el cura, i estrechando una de mis manos entre las suyas volvió a decirme:

--¡Habla Gabriel! mira que aquí estoi yo para aliviar tus amarguras, para consolarte en tus tribulaciones. Recobrando entonces paulatinamente la tranquilidad, le contesté:

--No se alarme, señor; no es nada que importe una trascendental desgracia, pero sí una injuria que exije reparacion. Contéle entonces calurosamente el lance que acabo de referirle a Ud.

El viejo cura por toda respuesta me miró fijamente i sonriendo con ironía, me dió una palmada en el hombro i me volvió la espalda para tomar nuevamente su asiento. Al través de la indiferencia que mostró por mi indignacion me pareció, en esos momentos, notar en ese bendito sacerdote el rostro de la imbesilidad. Arrellenando su obesidad en la butaca i dándose una palmada en la frente esclamó un momento despues:

--¡Oh! Gabriel solo a tu edad son escusables esos arrebatos insensatos, esos arranques propios solo de un temperamento vilioso i ardiente como el tuyo.

--Jamás me imajiné, señor, que diera Ud. tan poca importancia al hecho de ver mancillado mi decoro, repuse lleno de enfado. Insistiendo él sin embargo en su sonrisa agregó:

--¡No seas niño Gabriel!

--Así seré siempre niño señor cura; i ojalá que de ese modo ni los viejos dejaran de serlo. ¡Todo, menos el aprecio de sí mismo puede envejecer en el hombre! le contesté.

Con el ceño algo adusto i un aire un tanto contrariado por mi impertinente tenacidad me dijo:

--¡Todo, menos la falta de cordura, es tolerable en una persona que tiene sentido comun!

Subia de punto mi exaltacion i en tono casi enfático, le dije:

--Yo quiero, i necesito saber, señor cura, si Ud. vengará esa ofensa por mí.

--¿Venganza Gabriel? ¡Que mal viene esa palabra en los labios de un hombre cristiano como tú!

La venganza es la rastrera satisfaccion de las almas pequeñas: el Mártir Divino, ese tipo de humildad, nos enseña a presentar una mejilla a quien nos ha herido en la otra.

--Bien, señor cura, aparte de que yo no soi capaz de presentar ninguna, por que ni soi mártir, ni soi divino, no comprendo cómo una persona brinde estimacion a otra i se niegue a desagraviar su honra. Por no desagradar a Ud. no quise hacerme justicia por mi mismo: i harto me pesa.

Esa fué, señor don Manfredo, mi última contestacion. I con una fria vénia me despedí del cura que silencioso i azorado me seguia con la vista. Salí de su casa i jamás volví a ella.

Entonces me ví nuevamente, señor, a merced del primer viento que soplara i arrojado por la ola de mi destino. Pasé mucho tiempo errante, sin asilo fijo, huyendo de los hombres porque perdí la fé en ellos, i deseando huir de mí mismo por que perdí la tranquilidad i la alegria de mi corazon. La mayor parte del dia la pasaba en el taller, en el que ganaba apenas lo necesario para mi subsistencia, i las noches jeneralmente en casa de un artesano, compañero mio que es el esposo de Carolina. Esa ha sido, señor, mi vida por largo tiempo, hasta el dia en que Carolina, en fuerza de su cariño por mí de haber compartido de mis sufrimientos i oido lamentarme amargamente de verme tan solo i tan abandonado en el mundo, tuvo la feliz idea de ofrecer mis servicios en casa de Ud. Probablemente la mano de Dios condujo los pasos de esa mujer aquí que es el hogar de la felicidad, por que se respira en él la virtud, el amor i la caridad, que son la felicidad del hogar; yo nunca dejaré de bendecir, señor, la hora i el dia en que la suerte me trajo a participar de ella.

--Me pidió Ud. señor, que le refiriese mi historia: he ahí mi historia. Talvez lo he cansado con ella entrando en detalles que solo para mí pueden tener interés....

--Mui lejos de eso Gabriel; te he oido con un agrado paternal; pues apesar de que recien comienzas la senda de la vida, has dejado ya algunas fibras del corazon en las zarzas de tu camino.

--Así es señor.

--I como yo, Gabriel, soi un hombre que ha sufrido mucho, comprendo i compadezco a los que sufren por que los dolores humanos tienen eco en el corazon que los ha esperimentado; por que la desgracia para quien sabe apreciarla tiene un atractivo mas poderoso que la felicidad i porque yo querria siempre consolar, llorando si es posible, a los que lloran.

Gabriel, como cansado de sufrir i de recordar sus sufrimientos, inclinó la cabeza i calló.

XV

Profunda fué la impresion con que Raquel escuchó esa larga conversacion entre Manfredo i Gabriel. I tan profunda que cuando aquél volvió el rostro a su esposa la encontró pálida con la cabeza melancólicamente reclinada en el espaldar del sillon en que estaba sentada, i la mirada cargada de dolor.

Manfredo al verla así, se levantó de su asiento, se aproximó a ella i poniéndole tiernamente la mano en la mejilla, la dijo:

--¿Qué tienes, mi Raquel? de algun tiempo a esta parte te veo dominada constantemente por una tristeza indefinible; yo no sé como ni por qué sepultas tus sufrimientos en el fondo de tu alma, sin hacer partícipe de ellos al compañero de tu existencia. ¿Me he hecho, por ventura, indigno de tu confianza?

--Mui lejos de eso, Manfredo: lo que tú supones en mí el efecto de un sufrimiento íntimo, no es sino a veces un malestar físico.

--¿Te sientes enferma, Raquel?

--Sí, siento algo afectado el corazon: tengo una constante opresion al pecho que llega a empalidecerme.

Manfredo la levantó de su asiento, le dió el brazo, i conduciéndola a su alcoba, la reclinó cariñosamente sobre su lecho, abrigóle los piés con una colcha de pieles, i despues de imprimir un beso en su frente i alizarle el cabello que ondulaba al descuido sobre sus sienes, se retiró para dejarla reposar tranquilamente.

Raquel tendida sobre su cama, con un brazo lijeramente replegado sobre el pecho i el otro caido con abandono, cerraba los párpados como esforzándose para reprimir con ellos un torrente de lágrimas oculto.

Dias i meses habian pasado sin que nada enturviara la tranquilidad de ese hogar. Raquel consagrada a sus labores domésticas i sus piadosas devociones: Berta al estudio de la música, al bordado, a la lectura i al cultivo de las flores: Albertito a sus tareas escolares: Gabriel al cumplimiento de sus obligaciones caseras. Padres e hijos cobráronle a éste un cariño tal, como si estuvieran ligados a él no solo por la comunidad de la vida sino por lazos de sangre. I él lejos de engreírse pagaba con usura, cariño por cariño. Jamás se acostaba por la noche sin que todos lo hubieran hecho antes, sin que estuvieran apagadas todas las luces de la casa: la recorria siempre mientras los demas estaban entregados al silencio, la oscuridad i el sueño. Los sirvientes le tenian una respetuosa estimacion.

XVI

Manfredo habia dado por asistir, todas las noches a una casa en la que se reunia un círculo de amigos. Allí, hasta las altas horas de la noche o a veces hasta el rayar del dia siguiente, consagraban ellos sus veladas al juego. Entraban a esa casa carteras repletas de dinero que salian vacias, cuantiosas fortunas que desaparecian de la noche a la mañana. I un vicio conduce a otro: las copas de licor se empinaban tambien con maravillosa continuidad. Manfredo cotidianamente tocaba a deshoras de la noche las puertas de su casa escitado por las emociones del juego, que palpitaban en su rostro, por los efectos de la bebida que desencajaban su semblante i entorpecian su palabra.

Jamás Gabriel dejó de esperar en pié a Manfredo, a la hora de sus llegadas nocturnas, para abrirle la puerta de la casa, encender la luz en su habitacion i acompañarlo mientras se acostaba. Inútil fué que Raquel i el mismo Manfredo se lo prohibieran.

Una tarde veraniega, en que las nubes revestian el cielo como nuncios de tempestad, i en que acompañado de su esposa i de su hija tomaba el rico café habanero, en uno de los cenadores del huerto, se presentó un sirviente. Manfredo al verlo salió precipitadamente a su encuentro, recibió con cautela la carta que le fué imposible ocultar de las miradas de su esposa. La desgarró con impaciente lijereza de manos, buscó la firma. Dejó caer una mirada ávida sobre esa hoja de papel, que, apesar suyo temblaba entre sus manos, como si fuera el nuncio de una tempestad del corazon, i devolviéndola al sirviente, casi sin leerla, le dijo:

--Dile que está bien i que personalmente la contestaré.

Volvió en seguida a tomar asiento en el fondo del senador. Su mano trémula no pudo sostener la tasa de café i dejándola sobre la mesa, dijo a su esposa: