El Mulato Plácido o El Poeta Mártir
Part 2
El comedor estaba situado en el fondo de la casa; estendíanse delante de él los floridos jardines del patio i por detras el huerto con sus jigantescos árboles que sobresalian de los muros. A uno i otro costado de la puerta de entrada habia hileras de ventanas resguardadas por sobresalientes barandas de hierro, i cubiertas por trasparentes celosías. La brisa embalsamada del huerto i de los jardines penetraba por ellas, empapada de rosa i de jazmin. El gorjeo de las aves, confundido con las melodías de un piano cilíndrico de cuerda, que solo se oia durante la mesa, hacian deliciosa esa hora apostólica del hogar doméstico.
Manfredo hacia el gasto principal de una conversacion jovial i a veces picante, i sonreia de felicidad al verse tan apaciblemente rodeado de su esposa i de esos dos carísimos frutos de su amor. El disgusto de su familia con motivo de la carta que le anunciaba el quebranto de su fortuna habíase ya disipado en esos momentos felices, Manfredo se sentia tan contento, que en un instante de entusiasmo levantó la copa, invitando a su mujer a tomar a la salud de su hija, en cuya belleza peregrina se deleitaba a ratos con cierta inocente i mal disimulada satisfaccion, que revelaban de sobra la indiscreta espresion de sus ojos i la sonrisa que invadia su rostro.
Algunos floreros de porcelana blanca que contenian grandes ramos formados de las rojas flores de la ceiba, adornaban la mesa. Frente a la entrada se mostraba la chimenea, en medio de dos ventanas, i a ambos lados de ésta, se alzaban desde el suelo dos inmensos búcaros de mármol llenos de ramas de palma. Sobre la chimenea habia un reloj de mesa, en cuya parte superior dominaba el busto de Shakspeare, con una corona de laureles en una mano i una lira en la otra.
IX
Sonó en ese momento en un corredor inmediato una campanilla cuyo resorte fué tocado en la puerta de la calle. Manfredo al oirla tocó tambien un timbre que tenia junto a su asiento para llamar a los sirvientes. I al presentarse inmediatamente uno de ellos, le dijo:
--Vé al jardin del patio i divisa desde allí quien ha tocado el tirador de la campanilla. Si es algun amigo introdúcelo aquí, i si es alguna persona desconocida condúcela al salon suplicándola que aguarde i avisándole qué estoi en mesa.
El sirviente cumplió la órden del patron, i volvió poco despues, de carrera, jadeando i lleno de un alborozo indisimulable, dijo sonriendo de alegria:
--Señor, es una mujer que pregunta por la señora.
--¿I quién es ella?
--La costurera Carolina.
--¿Pero qué de ahí? ¿Porqué tanta ajitacion? repuso Manfredo.
--Es, señor, que no viene sola....
--¡Pero, vamos! ¿Quién la acompaña?
--Viene, señor, con el mulatito que le ofreció a la señora. I acercándose a Berta, que estaba distraida atendiendo a su hermanito, la dijo al oido:
--Señorita Berta, ha llegado el mulatito Gabriel.
--¿Dónde está? esclamó ella entusiasmada.
--Está afuera.
--¡Mamá! ¡mamá!, ¡Gabriel ha llegado! Voi a conocerle, dijo palmoteando las manos de alegria, e incorporándose en su asiento para ir en su alcance. Pero el padre la detuvo, diciéndola.
--¡Tranquilízate, niña, i no te muevas de tu asiento! Ya he ordenado que lo introduzcan aquí: ya vendrá.
--¿Pero qué importa que Berta vaya tambien a traerlo? replicó la madre.
--Es que con esas exajeraciones i alharacas ensoberbecen a los sirvientes, i despues se quejan de la misma soberbia que les han inspirado.
Oyóse ruido de pasos en el corredor: todas las miradas principiaron a fijarse en la puerta.
Berta se ajitaba intranquila en su asiento. Alberto palmoteaba la mesa i proferia palabras de júbilo infantil.
Solo Raquel permanecia con una impasibilidad imperturbable, que no revelaba impresion alguna, aunque fijándose bien en su fisonomia se traslucia en su alma una melancólica indiferencia.
X
El momento deseado llegó por fin.
Un mulato adolescente pisaba con cierto aire modesto i arrogante a la vez, el umbral de la puerta del comedor, seguido de la consabida costurera que le acompañaba con esa risueña complacencia que se anticipa a veces a un éxito feliz.
De una estatura que parecia anticiparse a su edad, espigado, de cara casi redonda, frente preñada i lijeramente espaciosa, de negros, grandes i chispeantes ojos, mejillas algo abultadas en las que se revelaban la salud i la lozanía, labios encendidos i pronunciados cuya sonrisa mostraba las curvas de su dentadura tan blanca como un teclado de concha de perla en miniatura, de cabello tan crespo i menudo como el de un negro. Tenia tambien en su aspecto cierto erguimiento natural que parecia la emanacion involuntaria i sincera de un amor propio bien entendido i cierta, elegante flexibilidad en su porte i sus maneras que contrastaba con su aspecto i su color. La dulzura de su espresion, que parecia traslucir la bondad de su carácter se armonizaba con la seriedad de su continente, que anunciaba la madurez casi prematura de su juicio i de su intelijencia. En el movimiento de sus labios prontos a desplegarse a la primera impresion, en el fuego de sus rasgados ojos sobre cuyas negras pupilas parecia arder la chispa del talento, en su ceño al parecer casi siempre contraido por la fuerza del pensamiento, se revelaba, a primera vista, que el rayo de luz que iluminaba su intelijencia, reflejábase tambien sobre su rostro oscuro pero simpático.
Apenas el mulato se presentó en la puerta del comedor, todos los ojos llenos de curiosidad se volvieron i se fijaron en él. Todos, pues ya habian acabado de comer, se levantaron de la mesa con mas o menos precipitacion i rodearon a Gabriel. Este, despues de hacer una vénia profunda i respetuosa, permaneció de pié en direccion a la puerta.
Manfredo i Berta le colmaron de preguntas, i como a todas contestase con monosílabos, golpeándole Manfredo la espalda, i sonriendo con jovialidad le dijo:
--Vaya que eres un hombre de pocas palabras; la concision de tus respuestas te hace adecuado para ministro de Estado.
Gabriel al oir estas palabras, inclinó lijeramente la cabeza como para ocultar una sonrisa picarezca.
Alberto, el niño mimado de la casa, brincaba de alegria, palmoteaba, i dando gritos de júbilo infantil, al verse con un nuevo compañero, abrazó de la cintura a Gabriel i sin desclavarle los ojos le decia:
--¡Ya tengo con quien corretear en el huerto! Mira, tu jugarás conmigo al volantin; yo te regalaré los juguetes que me dió mi papá en premio de la buena leccion de lectura que le dí a mi madre.
Gabriel miraba, sonreia i acariciaba al niño en silencio.
Raquel entretanto contemplaba fijamente i con la frente algo inclinada al mulato huésped. Habia cierta vaguedad sombria en el semblante de esa mujer, cierta espresion de tristeza en su mirada, en su actitud, i hasta en la posicion de su mano sobre la que descansaba su sien con una especie de melancólico abandono.
--Pero, en fin, prorrumpió nuevamente Manfredo, dirijiéndose a Gabriel, ¿cuál es tu oficio? ¿cuál ha sido tu ocupacion hasta ahora? ¿quienes te conocen a tí que puedan recomendarte por tu buena conducta? ¿Cuál es tu familia? ¿Tienes padres? Las recomendaciones que hace de tí Carolina, son en verdad mui satisfactorias, pero, con todo, es preciso que te oigamos a tí mismo, porque nadie mejor que tu puede darnos cuenta exacta de tu vida, de tu conducta, de tu oficio (si lo tienes) i sobre todo, de tu nacimiento, porque las condiciones de un hombre, en cualquiera esfera a que pertenezca tienen su oríjen por punto de partida.
Gabriel, dirijiendo una significativa mirada a Manfredo, le contestó:
--¿Para todo, señor hace Ud. tanto gasto de desconfianza?
--¡Qué respuesta tan oportuna! murmuró volviendo el rostro Raquel.
--¡Ah! yo no te creo uno de esos aventureros errantes, sin asilo fijo, que no son útiles para nada, i lo que es mas, que no saben de dónde vienen ni a donde van en el camino de la vida; pero tu ves que es natural que antes de introducir a una persona en el seno de una familia, se cerciore uno de todo lo que se relaciona a su respecto. I tanto para mostrarte que soi franco contigo, como por inspirarte confianza, te diré que te esperábamos favorablemente predispuestos, i que noto desde luego que has causado una buena impresion en los de mi familia. I si tu proceder como lo espero, es ajustado, tendrás en mi esposa i en mí, algo mas que los _señores_ que no presentan a sus sirvientes i esclavos sino un ceño airado, conforme a la despótica educacion española.--Ademas, Gabriel, satisfaremos tus necesidades; haremos las veces de tus padres, i vivirás bajo el ala de nuestra proteccion i cariño.
Despues, Manfredo, como indicando que habia acabado de hablar, se sentó sobre un mullido sillon de balance i comenzó a mecerse en silencio fijando con atencion la vista en Gabriel.
Este a su turno bajó la cabeza i los ojos, pasó la mano por la frente, mas de una vez, como para reprimir su emocion, i calló.... ¿Calló para no proferir una palabra mas? ¿Calló por que su conciencia se sentia abrumada al peso de las interpelaciones de Manfredo, o por que se ruborizaba, tal vez, de no tener que contestar satisfactoriamente?
Nó; rompió su largo silencio con la voz tan trémula de emocion que parecia anudársele en la garganta, i dijo:
--¡Ah!, señor, me ha arrastrado Ud. por las mas violentas i opuestas emociones. Sus palabras han hecho vagar mi corazon entre la humillacion i la complacencia, entre el temor i la desconfianza, entre el dolor i la felicidad. Detrás del primer impulso de simpatia con que Uds., me favorecian vinieron las sospechas i las desconfianzas de mi persona. I a la verdad, señor, que no sé qué contestar a las diferentes preguntas que me hace Ud., ni sé tampoco por cual comenzar.
--Mas calma Gabriel; si tomas el peso de mis palabras verás que todo lo que te he dicho está en sus cabales i que no hai en ellas nada de irregular.
--Señor, no crea usted que he perdido el sociego: voi a probárselo.
--¿Como?
--Contestando con serenidad a todas sus preguntas.
--Te oiré con gusto.
--Bien señor; me preguntaba usted por mi oficio. Mi oficio, señor, es el humilde oficio de peinetero. Apesar de mi poca edad he adquirido una destreza tal en la fabricacion de peines i peinetas de carei, que muchísimas señoritas de Matanzas, prefieren las mias a la de cualquier otro artesano. I puedo asegurarle con lejítimo orgullo, que hé adquirido ya alguna celebridad en mi oficio.
--I te encuentro razon para estar contento de ello, dijo Manfredo, interrumpiéndole.
--En verdad, señor; por que aun que esa humilde celebridad del artesano no tiene el noble lucimiento de una profesion científica, o la brillantez aristocrática de la carrera literaria, puesto que es debida a simple destreza de manos que el hombre mas imbécil puede adquirir con un poco de paciencia i asiduidad, sin embargo, asegura a lo menos el sustento diario. La mayor parte, señor, de las personas que van al taller del que soi oficial, preguntan con marcada preferencia por las peinetas fabricadas por Gabriel.
--¿I de donde te viene tanta celebridad?
--La razon es sencilla señor.
--¿Cuál? Por que por buenas que sean las peinetas que tú haces, tú comprendes que no pueden igualar a las estranjeras.
--Es verdad, señor: pero el patron de mi taller vendia mas baratas las mias que las estranjeras, i ademas contribuyó para que yo adquiriera lo que los artesanos llamamos _parroquianos_, el que yo distribuia mis peines i peinetas por todas las casas, lo que no hacia nadie.
--En efecto, Gabriel, era esa una ventaja considerable.
--I ademas, señor, puedo agregar, en obsequio de la verdad, que tuve la suerte de ser simpático a mis _parroquianos_, a tal punto que noté mas de una vez que habia casas en las que preferian mis peinetas a otras de igual precio i superior calidad, en fuerza de la simpatia que yo inspiraba.
--¿I en donde estaba tu taller?
--Mi taller, señor, está en la esquina de la plaza, cerca de la botica alemana.
--¡Ah! ya recuerdo haber visto allí una peineteria. I si mi memoria no me engaña, creo alguna vez haberte divisado al pasar por ahí.
--No seria raro, señor.
Rafael, Berta, Albertito i la costurera Carolina escuchaban entre tanto atentos el diálogo de Manfredo i Gabriel.
--Ya usted comprenderá, señor, agregó Gabriel, que no faltan personas que me conozcan. De entre ellas podria indicarle cuantas guste para que me recomienden ante usted. En cuanto a mi honradez, me humilla señor, sobre manera, que el que ha sido siempre escrupulosamente severo con ella, tenga, sin embargo, necesidad de probarla.
Yo creo, señor, que el trabajo que santifica al hombre, un nombre oscuro pero sin mancilla i el pan que se lleva a los labios cuando ha sido amasado con el sudor de la frente, responden de la honradez de una persona.
--Pero si tu oficio aseguraba tu subsistencia i tenias cariño por él como se trasluce al travez de tus propias palabras, ¿por que lo abandonas a trueque del servicio doméstico, cuyos salarios son tan mezquinos en este país, en donde el rico esplota el trabajo del pobre? I aun cuando esos salarios fuesen grandes, ¿podrian nunca igualar a las ganancias que te proporcionabas probablemente siendo ya un acreditado artesano?
--¡Ah! señor, cualquiera que escuchara sus reflecciones las creeria incontestables a primera vista, i sobre todo sin oirme. Pero no es así, el avaro artesano, en cuyo taller trabajaba yo, esplotaba de tal modo mi trabajo, que solo me dejaba de las utilidades tan escasísima parte, que apenas si alcanzaba a satisfacer mis necesidades i las de una pobre anciana que vivia a mis espensas en los últimos dias de su vida.
--Pero Gabriel, ¿no contaste con el porvenir?
--¡El porvenir!.... esclamó desconsolado Gabriel.
--I a la verdad, me parece que debiste haberlo tomado en cuenta, porque mas tarde habrias podido poner un taller, ser su jefe, i ganar mucho, i quizá llegar a enriquecer.
--Para poner, señor un taller propio, habria necesitado un capital o una proteccion que no tenia. El trabajar como dependiente, en el taller ajeno, no es sino para verse esplotado en beneficio de otros.
--Pero esos, a mi ver, no eran inconvenientes insuperables, Gabriel.
--Usted, señor, no me conoce aun. I el abandono de mi oficio ha sido un tributo a la independencia de mi carácter. Ademas, mientras otros quieren el dinero, yo lo miro con el mas profundo desprecio. Jamás he llevado impreso en mi corazon ese pedazo de vil metal que los hombres adoran. Prefiero mil veces las delicias de las dulces afecciones domésticas, de las que me he visto siempre desheredado, el aprecio íntimo de una persona querida o los encantos del hogar, a una montaña de oro. Prefiero una mirada cariñosa, una caricia sincera, un seno donde reclinar la cabeza, a todas las fortunas del mundo. Yo desde mui niño sabia que la jeneralidad de los hombres no piensan ni sienten como yo a este respecto; pero me inspira un goce indefinible la idea de ser una escepcion entre ellos. Por otra parte, señor, yo sentia mortificado mi amor propio al tener que tocar, a la manera de los mendigos, las puertas de los opulentos, para ofrecerles, como quien pide una dádiva, el fruto de mi trabajo honrado. Si la fortuna hubiera podido conducirme a una digna posicion social, la habria mirado como un don inapreciable para mí, como el ala de mis mas nobles aspiraciones. ¡Ah! pero eso era imposible, ¿De qué me habria servido, señor, tener una fortuna si todos hubieran dicho: Gabriel de la Concepcion Valdés, el mulato, el bastardo, el artesano?
--¿Bastardo? esclamó Manfredo.
--Hé ahí por qué, señor, continuó Gabriel, prefiero vivir, sepultado en el fondo de un hogar doméstico, olvidado de los conocidos de antes e ignorado de todos. Al menos, no habria humillacion en ese olvido, no lo habria en servir a mis señores, porque el cariño recíproco me ligaria con ellos i me elevaria a su altura.
--¡Bastardo! te he oido decir con sorpresa, mi querido Gabriel.--¿Eres bastardo?
--Bastardo... dicen que soi, señor. Yo no conozco mi oríjen. Mi pasado está lleno de vacio i oscuridad. Yo soi el fruto que ignora de que árbol se ha desprendido. No recuerdo haberme mecido en el regazo maternal. ¡Oh! ¡qué entrañas debió tener esa madre, si es que fuí abandonado por ella!.... Es imposible que esa mujer sea feliz, pero Dios quiera que lo sea, porque yo, aun sin conocerla, ¡la amo i la perdono!..
Calló i permaneció un momento con la frente inclinada....
Raquel contemplaba atónita ese cuadro tan triste i tan recargado de sombras: como una nube en el cielo, cruzó otra sombra por sobre su frente. Una gruesa i silenciosa lágrima surcó su mejilla, talvez, despues de otras lágrimas que en el curso de esa escena palpitante de dolor, de sinceridad i de ternura pasaron desapercibidas....
Quedó tan conmovido Gabriel, que parecian paralizárseles todos los resortes del alma, al contemplar la lágrima de esa mujer que cayó a su vista como un rayo sin tempestad. Aproximóse a ella con la mirada apasionada i chispeante i la dijo:
--¡Oh! señora, usted es la mujer mas buena que he conocido en el mundo. ¡Mis desgracias han hecho eco en su corazon, mis lágrimas han arrancado otras lágrimas de sus ojos! ¡Si yo pensaba antes de ahora en ser su camarero, de hoi mas, seré su esclavo, pero un esclavo voluntario!
Raquel fijó en el jóven mulato una mirada tristísima, balbuceó una palabra que, por el ademan, se inferia que era una palabra de agradecimiento, i profundamente impresionada bajó los ojos.
Gabriel a su turno la miró en silencio.
Manfredo fijó entonces en Raquel otra mirada penetrante i acudiendo a su lado la dijo con ternura:
--¿Qué tienes, esposa mia? ¿Por qué lloras?
--Nada, nada; contestó Raquel, con los ojos llorosos i el semblante risueño. ¡Es tan triste la historia del infortunado Gabriel, es tan simpática la desgracia i él sabe contar la suya con tanto sentimiento!
--¡Pero, vamos! repuso Manfredo: este es ya un diluvio de llanto. I a la verdad, ¿a qué hacer tanto gasto de sentimiento? Hai tanto porqué llorar i sufrir en este valle de lágrimas.
En ese momento el reloj de mesa que oscilaba sobre la chimenea, dió las dos de la tarde.
--Vaya que ha sido larga la sobremesa, agregó Manfredo. Yo tengo algunos asuntos que arreglar, i distraido con lo ocurrido, sin sentirlo he perdido el tiempo. Raquel, la dijo en seguida; ház que los sirvientas i nuestros hijos, hagan reconocer a Gabriel la casa i el huerto, para que los conozca.
I diciendo esto tomó su sombrero, palmeó risueño el hombro de su esposa, en señal de despedida i partió.
XI
Raquel se levantó de su asiento i haciendo una señal con los ojos a la costurera Carolina, que se hallaba presente, salió con ella como abrumada por un secreto pesar, i ambas se dirijieron al salon. Sentóse la primera sobre un sofá, reclinándose en un cojin. La otra tomó asiento en uno de los sillones que estaban colocados en las estremidades del sofá i comenzaron a hablar en voz baja i al parecer de una manera confidencial.
Al mismo tiempo Berta apoyada de codos en la baranda de una de las ventanas del comedor que daban al huerto, Gabriel i Alberto a su lado, contemplaban desde allí el horizonte del cielo cubierto de cenicientas nubes, que descendian revistiendo como con una mortaja las cumbres de las montañas lejanas: la opaca luz de un dia nublado: la espesura del huerto que blandamente mecida por la fresca i balsámica brisa, dejaba ver, allí en su fondo los pedazos del lago que correspondian a los claros de la arboleda que se abrian o cerraban alternativamente con el vaiven del follaje, semejante al flujo i reflujo de las olas de un mar verdoso: la alondra que volando rizaba con su alas vibrantes la faz del lago: los pájaros canoros que saltaban de rama en rama; el movimiento de las errantes golondrinas que se agrupaban debajo de las cornizas de las ventanas de las que pendian sus nidos: el ladrido del perro amarrado en uno de los rincones del huerto: los jilgueros i canarios que se ajitaban gorjeando dentro de sus jaulas, colgadas aquí i allí en las copas de los árboles.
Berta entonces dirijiéndose a Gabriel le dijo:
--¿Quieres que despues de conocer las habitaciones bajemos al huerto?
--Con mucho gusto, señorita, le contestó.
--Es preciso que te orientes en la casa i que la conozcas desde luego.
--Tiene usted razon, señorita, contestó Gabriel, con cierta tristeza que armonizaba i aumentada talvez con la tristeza de la naturaleza.
--Vamos entonces, dijo Berta. I salieron los dos, seguidos de Albertito que brincando con travesura seguia a su hermana jugando con los lazos rosados que ceñian su cintura i que caian a lo largo de su vestido de muselina blanca.
Atravesaron una parte del corredor, entraron al costurero, deteniéndose poco en él i pasaron al salon de recibo en el que encontraron a Raquel conversando aún con la costurera Carolina.
En el ángulo del salon correspondiente al en que estaba el piano habia una pequeñísima mesa circular llena de pequeños floreros i adornos de bronce i porcelana, sobresaliendo de en medio de ellos un retrato grande de Raquel, con sus ojos tan inflamables i sombrios que parecian dos estrellas nubladas; con su negra i ondulante cabellera que cubre sus hombros como un manto lleno de pliegues i con su graciosa i pequeña frente entreoculta por los bucles naturales de su cabello; con su tipo romano.
Gabriel se detuvo como paralizado delante de ese retrato, i despues de devorarlo con una mirada chispeante, murmuró:
--¡Que hermosa mujer! Hágame el bien señorita Berta de decirme ¿quién hizo este retrato de su mamá?
--Un fotógrafo que tiene su tienda en la calle de la Compañía, cerca de la plaza de armas.
--¡Ah! ya caigo en cuenta. He oido decir que es el mejor fotógrafo de Mantanzas, i que no hai ni en la Habana ninguno que merezca compararse con él.
--Así he oido tambien.
Con estas últimas palabras recorrieron sucesivamente las alcobas de Manfredo, i de Raquel, que estaban una en seguida de otra; i bajando por una plataforma escalonada se dirijieron al huerto. Atravesando a lo largo de la calle central de árboles, llegaron a la orilla del lago, contemplaron a su borde las hojas secas que flotaban en la superficie del lago, las sombras de los árboles que temblaban sobre sus ondas azules, no sin sostener una conversacion animada.
A momentos blanqueaban los ojos del jóven mulato al fijarlos en Berta, con cierta mal disimulada impresion.
En ese momento una nube de mariposas se posaron sobre las flores de uno de los jardines, i apenas Berta las divisó, ¿vamos Gabriel a cojerlas? esclamó, rebozando de alegria, i sosteniendo con una mano un rozon mal prendido de su peinado i recojiendo con la otra los diáfanos pliegues de su vestido, acudió corriendo por entre las tortuosas sendas de rosas i jazmines en pos de las mariposas. Casi todas volaron, espantadas, a los jardines inmediatos, i solo una quedó cautiva entre sus dedos de marfil.
Gabriel aparentemente impasible quedó de pié en el mismo lugar, siguiendo con la vista a esa encantadora niña, que parecia una vestal haciendo las veces de jardinera.
Berta regresó de prisa, ajitando las manos, a juntarse con Gabriel, i le dijo:
--Ya ves lo que tiene el no ser neglijente como tú. Si ustedes los hombres necesitan armas para cazar, a nosotras las mujeres nos bastan las manos. Si tú hubieras ido conmigo en persecusion de las mariposas talvez habrias esclavisado otra mas.
--Es que yo desde mui niño he odiado la esclavitud, señorita Berta. Es por eso que me aflije hasta la esclavitud de las mariposas, que deben ser tan libres como el hombre, pero no como el hombre cubano; porque Cuba es ya el único asilo de la esclavitud. Yo daria mi sangre por borrarla de nuestro suelo. I la libertad, por desgracia, es aún considerada por los cubanos, como una bella quimera, como uno de esos sueños dorados que probablemente ha tenido usted, señorita, i en los que ha visto flotar las flores del huerto, i las estrellas del cielo.