El molino silencioso; Las bodas de Yolanda
Chapter 8
El molino se anima. Por la puerta completamente abierta sale una claridad que se esparce en las tinieblas... Una linterna pasa a través del patio, desaparece, vuelve a aparecer, y de repente, lanzada al aire, atraviesa la atmósfera describiendo una curva como un meteoro...
XXVII
Martín dormía en su lecho. Llaman a la puerta.
--¿Quién está ahí?
--Yo... David.
--¿Qué quieres?
--Abra, mi amo... Tengo que decirle una cosa urgente.
Martín salta del lecho, enciende una vela y se viste de prisa. Lanza una mirada a la cama de Gertrudis: está vacía... Seguramente ella está en la sala, dormida sobre su labor, porque, desde hace tiempo, el sueño no le llega con regularidad.
--¿Qué hay?--pregunta Martín al viejo David, que ha entrado en el vestíbulo, calado hasta los huesos.
--¡Mi amo!--dice el otro, mirándolo con el rabillo del ojo por debajo de la visera de su gorra...--Llevo veintiocho años a vuestro servicio... y vuestro difunto padre ha sido siempre bueno conmigo...
--¿Para contarme eso has venido a despertarme a media noche?...
--Sí; pero sucede que esta noche, cuando me desperté al oír el ruido de la lluvia, me dije con inquietud que las esclusas no estaban levantadas... que eso acabaría por retener las aguas y que mañana no podríamos moler...
--¿No te he dicho quinientas veces, animal--exclama Martín,--que no hay que levantar las esclusas más que en caso de extrema necesidad?
--No las he levantado--responde David.
--¡Ah!... ¿Entonces?
--Pues, al llegar a la presa, veo, dos enamorados en el puentecillo...
--¿Y para eso?...
--Y entonces me dije que era una vergüenza y un escándalo, y que eso no podía durar...
--¡Déjalos que se amen, por todos los diablos!
--Y que yo debía hacer saber a mi amo... que el señor Juan y la señora...
No puede continuar; la mano de su amo lo ha cogido por la garganta.
¿Qué le sucede a Martín?... ¡Infeliz! El rostro se le pone amoratado y se congestiona, las venas de la frente se hinchan, los ojos parecen querer saltar de sus órbitas, una espuma blanquecina aparece en los labios.
Exhala una queja, semejante al aullido de un chacal; y, dejando a David, se rompe el cuello de la camisa... aspira el aire profundamente, dos o tres veces, como si se ahogara; después ruge, con una violencia desencadenada de repente:
--¿Dónde están?... ¡Ah! ¡me las pagarán!... Han representado una comedia... Se han burlado de mí... ¿Dónde están?... voy a aplastarlos inmediatamente!...
Arrebata la linterna de las manos de David, lleno de estupor, y se lanza fuera. Desaparece bajo el cobertizo y reaparece un momento después; encima de su cabeza brilla un hacha... Hace girar tres o cuatro veces la linterna y la arroja lejos de él, en medio del agua; después, se precipita hacia la presa...
--¡Viene alguien!--murmura Gertrudis apretándose estrechamente contra Juan.
--Sin duda van a hacer algo en las esclusas--responde él en el mismo tono.--No te muevas y no tengas miedo.
La sombra avanza rápidamente... Un grito, una especie de rugido animal, atraviesa la noche, dominando el ruido de la tempestad.
--¡Es Martín!--dice Juan, retirándose algunos pasos.
Pero en breve se serena, aprieta a Gertrudis entre sus brazos y la arrastra consigo hacia la presa, donde se ocultan en la sombra más espesa.
Cerca de ellos, al nivel de su cabeza, pasa Martín ciego de furor. El hacha que lleva brilla al débil resplandor de la espuma blanca.
Se detiene al otro lado de la presa. Parece interrogar con la mirada la vasta llanura que se extiende, sin un árbol, sin un arbusto, sumida en una obscuridad uniforme.
--¡Vigila la esclusa del molino, David!--grita hacia la casa con voz de trueno.--Están en la pradera; voy a buscarlos.
Juan deja escapar una exclamación de horror. Ha comprendido la intención de su hermano; va a alzar el puente levadizo para encerrarlos en la isla... ¡Y justamente detrás de Gertrudis pende la cadena que hay que tirar para levantar el puente!
Su primer pensamiento es: «Defiende a la mujer.» Se arranca de los brazos de Gertrudis y transpone de un salto el talud de la orilla, para ofrecerse como víctima al furor de su hermano.
Gertrudis lanza un grito estridente. Juan de este lado, en peligro de muerte... al otro lado, Martín fuera de sí... El hacha brilla... Pero detrás de ella está la cadena, la anilla de hierro que le toca la cabeza... La toma con sus manos temblorosas, se cuelga de ella con todas sus fuerzas; y, en el momento mismo en que Martín va a poner el pie en el puentecillo, éste se levanta crujiendo.
Juan no ve nada de eso; no ve más que la sombra allá arriba, y el brillo del hacha. Unos pasos más, y la muerte caerá sobre él. Entonces, ante lo inminente del peligro, acude a su memoria el recuerdo de su madre y lo que ella dijo un día a Martín furioso:
--¡Piensa en Fritz!--grita a su hermano que avanza.
Entonces a éste se le escapa el hacha, vacila y cae... Un choque... un remolino de agua... Ha desaparecido.
Juan se lanza hacia adelante, su pie tropieza con el puente levantado; delante de él hay un negro agujero.
--¡Hermano! ¡hermano!--exclama con loca angustia.
No piensa ya en nada, no siente nada. Sólo una idea: «¡Salva a tu hermano!» le zumba en la cabeza.
Con ademán violento suelta su capa; da un salto, y se oye el golpe sordo de una caída contra la roca viva.
Gertrudis, medio desvanecida, se agarra a la cadena; en el agua transparente ve pasar un bulto obscuro que desaparece en el torbellino de espuma. Un segundo después pasa otro bulto... Pasan como dos sombras delante de ella.
Alza los ojos. Allá arriba todo está tranquilo... todo está vacío... La tempestad aúlla... las aguas mugen... La joven cae en la orilla, sin conocimiento.
Al día siguiente, por la mañana, retiraron del río los cadáveres de los dos hermanos. Se balanceaban uno al lado del otro en las olas, y los enterraron juntos...
XXVIII
Gertrudis estaba como paralizada por el dolor.
Atontada, sin lágrimas, con los ojos inmóviles, alejaba a todos sus parientes, incluso a su padre, y sólo permitía que estuviese a su lado Franz Maas. Este le demostró una amistad leal, alejando a los extraños de la casa, y encargándose de arreglar el asunto con las autoridades. Poco faltó para que, a causa de las insinuaciones ambiguas de David, se entablase un juicio contra ella.
Pero, aunque las declaraciones del viejo criado eran demasiado incompletas y confusas para que pudieran servir de base a una acusación, bastaron para herir a Gertrudis presentándola a los ojos del mundo como una criminal.
Cuanto más prescindía ella de toda sociedad, cuanto más decididamente cerraba la puerta del molino a los extraños, más extravagantes eran los rumores que corrían sobre ella. Llamáronla desde entonces «la bruja del molino;» y las historias que de ella se referían pasaron de una generación a otra.
El molino era conocido en el pueblo con el nombre de «el molino silencioso.» Los muros se descascararon, las ruedas se pudrieron, las limpias aguas fueron invadidas por las hierbas; y cuando el Estado hizo un canal que desvió la corriente principal arriba de Marienfeld, el arroyuelo se convirtió en un foso fangoso.
¿Y Gertrudis? Se aisló completamente; muy pronto ni siquiera quiso tolerar junto a ella a su amigo, y le cerró la puerta. Se consideraba criminal. Sus angustias la llevaron a un confesor, la arrojaron en los brazos de la iglesia católica. Desde entonces se la ve prosternada delante de un crucifijo, arrodillada a la puerta de las iglesias, desgranando su rosario, con la frente sobre las piedras...
Expía el gran crimen que se llama juventud.
FIN
LAS BODAS DE YOLANDA
I
Estar de pie ahí, ante la tumba abierta todavía de un viejo camarada, es horrible, señores, les aseguro... simplemente horrible. Los pies se hunden en la tierra recién removida, uno se retuerce el bigote con expresión idiota y al mismo tiempo, querría aullar de pena.
Todo, pues, había concluido... nada había que hacer ya... Su muerte nos arrebata un verdadero genio en el arte de inventar grogs, ponches y cherry gobblers, fríos o calientes. Cuando uno se paseaba con él por el campo, les aseguro, señores, con sólo ver su manera de sorber el aire, se podía estar seguro de que acababa de tener una inspiración. Al sentir el aroma de una maleza cualquiera, había adivinado en qué clase de vino habría que ponerla en infusión para conseguir una bebida excelente, extra fina...
¡Y qué entretenido era! Nos veíamos todas las noches, desde hacía años, fuera que él viniera a mi casa en Ilgenstein, o que yo me trasladase a caballo a Döbeln; y nunca me había parecido largo el tiempo que con él pasaba.
Tenía una manía, sin embargo, una idea fija: el casamiento... Para mí, se entiende; porque él...
--¡Gran Dios!--decía;--no espero sino que esta bendita agua se me meta en el corazón, y entonces... reviento.
Y eso había sucedido precisamente... el hombre había reventado... Ahí estaba, tendido a mis pies, en el gran cajón blasonado; me parecía que tenía que golpear la tapa y llamarlo: «¡He, Pütz! basta de farsas! ¡sal de ahí, que tenemos que hacer nuestro piqué!»
No se rían señores... el hábito es la más exigente de las pasiones, y ustedes no saben a cuántos hace morir todos los años la pérdida de sus costumbres: «no hay poema, no hay canción que las celebre», diré, como mi amigo Uhland.
Hacía un tiempo como para no sacar afuera las narices: lluvia, granizo y viento, todo a la vez. Varios se habían echado encima el impermeable, y el agua formaba arroyuelos sobre la prenda; lo hacía también a lo largo de sus mejillas, de sus barbas... bien puede haber sido que se mezclaran a ella lágrimas, por que el buen Pütz no dejaba enemigos.
Para llevar el luto, lo que se llama propiamente llevar el luto, no había más que su hijo Lotario. Este servía en los dragones de la guardia, en Berlín, y no había podido llegar sino el día del fallecimiento. Se había mostrado buen hijo: había besado las manos de su padre, había llorado mucho, después me había dado las gracias y luego se había puesto a dictar órdenes a troche y moche, porque, como ustedes comprenden, un tenientillo así, cuando de repente... En fin, basta; yo estaba allí y me había portado también lo mejor que había podido.
Y mientras miraba al guapo mozo de reojo, y lo veía hacerse el valiente y contener las lágrimas, me vinieron a la mente las palabras de mi amigo... Era la víspera de su muerte: «Hanckel--me dijo,--ten lástima de mí cuando esté en la tumba... no abandones a mi hijo.»
Pienso en estas palabras, y, cuando me llega el turno de echar las tres paladas de tierra en la fosa, dejo caer también en ella un juramento silencioso: «No amigo, no abandonaré nunca a tu hijo... Amén.»
Todo tiene fin. Los sepultureros habían formado con el barro una especie de montículo sobre el cual habían arreglado, medio bien, medio mal, las coronas; no había mujer alguna en el entierro que se encargara de eso. Los vecinos se habían retirado; no quedábamos ya sino el pastor, Lotario y yo.
El joven parecía petrificado; miraba la tumba como si hubiera querido volver a abrirla con los ojos, y el viento le subía el cuello de la capa militar por arriba de las orejas.
El pastor le palmeó suavemente el hombro:
--Señor barón, ¿quiere permitirle a un viejo que le dirija algunas palabras?
Pero yo lo llevé a un lado y le dije:
--Vuelva a su casa, mi querido pastor, y haga que su mujer le dé un buen grog. Su túnica me parece un poco liviana.
--Hum...--contestó con expresión maliciosa;--nadie lo diría, pero tengo debajo una levita.
--No importa--repliqué;--será mejor que se vuelva. Del joven me encargo yo; sé mejor que usted dónde tiene la herida.
Y nos dejó solos.
--Vamos, muchacho--dije a Lotario;--tú no puedes devolverle la vida. Vamos a tu casa, y, si quieres, pasaré la noche a tu lado.
--No vale la pena, mi tío--respondió.
Me llamaba tío desde que habíamos convenido en ello una vez, bromeando. Y su semblante duro y cerrado parecía preguntar: «¿Por qué me incomodas en mi dolor?»
--Tal vez tengamos que hablar de intereses--insistí.
El no dijo una palabra.
Todos ustedes saben, señores, lo que es una casa mortuoria cuando se vuelve así del cementerio... el olor a féretro, un olor a madera fresca, y las ramas de abeto... y las hojas caídas de las coronas... y las flores pisoteadas... Atroz, simplemente atroz. Mi hermana--ella era la que me cuidaba la casa entonces, ha muerto también hace mucho tiempo, la buena vieja...--se había esforzado por poner un poco en orden la casa de Pütz; había hecho sacar los paños negros, el catafalco... pero, en tan poco tiempo, no se había podido hacer gran cosa, fuera de eso. La dejé irse. Después fui a buscar al sótano de Pütz una botella de su mejor Oporto, y me instalé frente al joven que, sentado en el sofá, hacía bailar la punta de su sable sobre la bota.
He dicho ya que era un soberbio buen mozo. Grande, vigoroso, un verdadero dragón... un mostacho enmarañado, cejas negras, gruesas; y debajo, ojos como dos carbunclos. La frente un poco hosca, porque los cabellos estaban plantados demasiado abajo, pero esto sienta bien a los jóvenes; y la cabeza era hermosa. En fin, en toda su persona, esa elegancia, ese chic de los dragones de la guardia que todos hemos ambicionado, pero que no se encuentra en ninguna otra arma... el diablo sabe por qué.
Brindé con él, a la memoria del viejo, por supuesto, y le pregunté:
--¿Y qué piensas hacer?
--¿Qué sé yo?--masculla, lanzándome una mirada de animal acosado.
Sí, sí, la cuestión era esa... La fortuna del viejo nunca había sido brillante... y sin hablar de su pasión por todo lo que se bebe... y luego, ustedes saben, donde hay un pantano, las ranas afluyen a él siempre; y, sobre todo, el hijo que vivía desde hacía años como si los margales de Döbeln hubieran sido minas de plata...
--¿Y sube a mucho la cosa, muchacho?... Todavía no, tal vez ¿eh?--pregunté.
--Una suma respetable, mi tío--responde.
--Eso cae mal--dije;--toda la posesión está gravada con hipotecas, hay reparaciones urgentes que hacer, y tú lo sabes, la agricultura no rinde nada.
--¿Entonces, mi dimisión?--pregunta mirándome fijamente como el acusado que espera el fallo del consejo de guerra.
--A menos que tú tengas _in petto_ alguna rica heredera que te saque del atolladero....
Meneó violentamente la cabeza.
--Entonces, sí; tu dimisión.
--¿Y si dividiera la propiedad, o lo que queda de ella?... ¿qué te parece?
--No te da vergüenza muchacho?--dije.--No se vende la camisa que se tiene en el cuerpo, ni se hace fuego con la madera de la cama.
--Hablas de la cosa muy cómodamente, mí tío... ¿No estoy entre las manos de los usureros?
Yo pregunto:
--¿Cuánto es?
El me dice una suma... No la repetiré, porque soy yo el que la ha pagado.
Le planteé entonces mis condiciones. Primo: dimisión inmediata. Secundo: obligación de dirigir personalmente los cultivos. Tercio: renuncia al pleito.
Este pleito, entablado contra Krakow de Krakowitz, había sido durante años el deporte favorito de mi viejo amigo. Se trataba de una herencia y, como sucede siempre en tales casos, los gastos del juicio se habían tragado ya tres veces lo que valía el guiñapo. Como Krakow era de mal dormir, la querella se había enconado y había degenerado en odio personal; por lo menos, de parte de Krakow, porque Pütz, con su flema bondadosa, se obstinaba en ver sólo el lado humorístico de la cuestión.
El otro, por el contrario, había jurado ante testigos que no se daría por satisfecho sino cuando hubiera echado a Pütz y a los suyos de Döbeln, corridos por los perros.
Sí; esas eran mis condiciones, y Lotario las aceptó. De buen grado o no, no lo sé; no traté de aclarar ese punto.
Resolví dar yo mismo los primeros pasos junto a Krakow para llegar a un arreglo, bien que no estuviese yo para él en olor de santidad. Por el contrario, yo podía pensar fundadamente que sus amenazas se dirigían a mí también, pues los dos habíamos tenido ya nuestros dimes y diretes en el concejo municipal.
Pero... vamos a ver, mírenme un poco; sin alabarme, tengo talla como para derribar a un dogo de un puñetazo, no como para emprender la fuga ante miserables gozquecillos.
¡Ah, pero!...
II
Señores, esperé tres días para dejar que la cosa madurara un poco; después, mi carruaje de caza fuera de la cochera, mis dos trotones con las pecheras, y en camino a Krakowitz.
Linda propiedad, no hay que decir. Un poco despechugada, pero soberbia... Demasiadas tierras negras de barbecho... pero quizás para la colza del invierno... ¿El trigo?... así, así... ¿El ganado?... magnífico.
Entro en el patio de la posesión... ¿Saben ustedes, señores?... Para mí, el patio de una granja es como el corazón humano. Por poco que sepa leer en él, ya no habrá medio de hacer tomar a ustedes una X por una V. Hay corazones que están abandonados, pero se adivinan lingotes de oro debajo del barro; otros son brillantes... corazones bien nutridos, por decirlo así, de arsénico... Relucen, centellean de lejos como de cerca; al verlos, no se puede menos de exclamar: «¡Rayos y truenos!...» y no son más que oropel. Los hay que se espantan, los hay que se encogen, hágase lo que se haga... En fin, adelante. Un poco de todo eso era el patio de Krakowitz. Graneros espléndidos... carretones mal cuidados... magníficos montones de estiércol, y caballerizas en desorden. Se comprendía que el capricho reinaba allí soberano, con un asomo de avaricia quizá... ¿o de escasez? ¡Es tan difícil poder determinar eso en el primer momento!
La casa de los señores: dos pisos, un techo de tejas rojas con canaletas amarillas, yedra alrededor; buen aspecto, en resumen. Y un no sé qué de... en fin, ustedes comprenden...
--¿El señor barón está en casa?
--Sí; ¿a quién tengo que anunciar?
--A Hanckel, al barón Hanckel de Ilgenstein.
--Tómese la molestia de entrar.
Entré, pues... Todo viejo, en todas partes; viejos muebles, viejos cuadros... el conjunto un poco apolillado, pero cómodo.
Oigo que echan votos detrás de la puerta:
--¿Ese maricón? ¡Pues es descaro!...
¡Era el alma maldita de Pütz, el muy canalla!
«Lindo recibimiento», pensé.
Voces de mujeres se interpusieron:
--Pero, papá...--maúlla una.
--Pero, hombre...--chilla otra.
¡Oh, la, la!...
Ahí entra, Señores. Si yo no lo hubiera oído en ese mismo instante, con mis propias orejas... Me tiende las manos; su cara de viejo pícaro resplandece, sus ojos de garduña pestañean de placer.
--¡Vecino!... ¡amigo!... ¡qué felicidad!
--Vea, Krakow. Ande con tiento, porque lo he oído todo.
--¿Qué ha oído, querido amigo? ¿qué es eso?
--Los títulos que me ha acordado usted: maricón, y Dios sabe qué más.
Y él, sin alterarse en lo más mínimo:
--Siempre lo he dicho, todos los días se lo estoy diciendo a mi mujer: las puertas no sirven para nada. Pero no hay que tomarlo a mal, mi viejo amigo. ¿Comprende?... siempre me ha fastidiado que usted se hubiera puesto de parte de Pütz. Y en este momento las señoras están preparando un ponche... con esto le digo todo. ¿Por qué no venía usted nunca a mi casa?... ¡Yolanda!... Es mi hija... ¡Yolanda!... Es la alegría de mi alma... No me oye. Bien decía yo a usted... las puertas no sirven para nada. Pero ellas están espiando por el ojo de la llave... ¡Largo de ahí, escuerzos!... ¿Siente usted como escapan? ¡Je, je!... ¡estas mujeres!...
¿Cómo enojarse, señores? No fui capaz de eso. ¿Tengo el cuero demasiado grueso? En fin, no pude hacerlo.
¿Qué figura tenía el hombre?... No me pasaba una línea de la cintura. Redondo, gordo, con las piernas como una O; y, sobre esa panza, una verdadera cabeza de apóstol... Pedro, Andrés o cualquiera de ellos. Una linda barba redondeada, con dos mechas blancas que bajaban de la extremidad de los labios; una piel de pergamino amarillento, toda arrugada alrededor de los ojos, la cabeza calva, pero con dos tupés grises desgreñados, arriba de las orejas.
Y el buen hombre da vueltas en derredor mío, como picado por la tarántula.
No crean, señores, sin embargo, que me dejé impresionar por sus visajes. Lo conocí hacía ya mucho tiempo para saber lo que el hombre podía tener en el vientre... Pero--trátenme de sinvergüenza, si quieren,--el hombre me gustaba. Y el ambiente también me gustaba.
Había allí cierto rinconcito junto a la ventana... maderajes esculpidos... A fuera, la yedra trepaba... y el sol brillaba a través del follaje verde... Muy atrayente... Sobre la mesa, un ovillo de lana en una concha de marfil; a un lado, un diario ilustrado y un pedazo de torta cercenada... Muy atrayente, les digo... Nos sentamos, pues, y una criada trajo cigarros.
No valían nada, pero el humo bailaba tan alegremente a los rayos del sol que me olvidé de tirarlo cuando la punta empezó a quemar.
Quiero empezar a hablar de intereses, pero él me pone la mano en el hombro y dice:
--Amigo, generoso amigo, después del café...
--Permítame, Krakow...
--Amigo, generoso amigo, después del café.
Me informé entonces cortésmente de sus propiedades, y lo dejé entregarse a desatinadas jactancias a propósito de sus innovaciones, que no valían un clavo, según lo sabía yo de mucho tiempo atrás.
La baronesa hizo su entrada. Un viejo objeto de arte... fino, distinguido. Grandes ojos azules alargados, cabellos de plata cubiertos por una pequeña toca de encaje negro, una sonrisa dolorida, manos muy delgadas; el conjunto un poco delicado para la mujer de un hidalgo rural y, sobre todo, de un patán como ése.
Me da cortésmente los buenos días, mientras el viejo grita a voz en cuello:
--¡Yolanda!... ¡Eh! ¿dónde te has metido? Hay un soltero aquí... un pretendiente... un pretendiente...
--¡Krakow!--le digo, todo turbado;--¡no se burle así de un viejo gruñón como yo!
Y la baronesa salva la situación, diciendo con expresión graciosa:
--No tema nada, barón; nosotras, las madres, hace diez años que lo hemos abandonado a usted como incurable.
--¡Pero bien podría dejarse ver, a pesar de todo!--aúlla el viejo.
Al fin, llega ella...
¡Caramba, señores! ¡atención! Me quedé con la boca abierta... ¡De la raza, señores, de la raza!... Un cuerpo de joven reina... largos cabellos que desarrollan sus anillos sobre los hombros, cabellos de color moreno dorado, como una melena... un cuello blanco, carnudo, voluptuoso... la garganta no muy alta, y un poco ostentosa... eso que llamamos, en términos ecuestres, un pecho de león... Parece que respira con todo el cuerpo, tan poderosamente pasa el aire por ese organismo joven y vigoroso... hombros y brazos elegantes... las caderas poco desarrolladas todavía, pero bien formadas para la dilatación normal.
Señores, no soy nada entendido en mujeres, pero no en vano soy criador; sé muy bien cuánto cuesta conseguir un ejemplar acabado de cualquier especie que sea; cuando uno se encuentra frente a un ser tan perfecto, no hay más que hacer que juntar las manos y rezar: «¡Dios mío! yo te agradezco que hayas puesto en el mundo seres semejantes; mientras existan cuerpos así aquí abajo, no debemos desesperar de las almas...»
Lo que no me llenó en el primer momento fueron los ojos. Eran demasiado soñadores, de color azul demasiado pálido para esa criatura exuberante de vida. Parecían ahogarse en éxtasis; sin embargo, los párpados, medio bajos, dejaban escapar una mirada inquieta, recelosa, como la que tienen los perros malos a quienes se castiga con frecuencia.
El viejo la toma por los hombros y se da sus aires de grande.
--¡Esta es _mi_ obra! ¡Soy _yo_ el que ha hecho esto! ¡_Yo_ soy su padre!...--etcétera.
--Ella se desprende y se pone de color de púrpura. Tiene vergüenza.
Entonces las señoras preparan la mesa para el café. Barquillos cuscurrosos, confituras rusas, mantelería adamascada, cucharas y cuchillos de mango de cuerno... y, por arriba de todo eso, un fino vapor azulado que se escapa del aparato del café y que da al conjunto cierto tono más íntimo.
Nos sentamos y bebimos. El viejo se holgaba extraordinariamente; la baronesa se sonreía con expresión resignada, y Yolanda me hacía ojitos.
Sí, señores; me hacía ojitos.