El molino silencioso; Las bodas de Yolanda

Chapter 7

Chapter 74,117 wordsPublic domain

Cuando Martín empieza a notar que lo engañan, se apodera de él el desaliento. Regresa al molino y se encierra por dos días en su _despacho_. Durante ese tiempo, se pregunta si no sería conveniente pedir ayuda a los gendarmes de Marienfeld. Con su autoridad, sería fácil arrancar la verdad a la gentes. Pero no... hacer buscar a su hermano con la policía es cosa que no permite el honor del nombre de los Felshammer; su padre se estremecería en la tumba.

Un constipado adquirido en sus viajes nocturnos, lo obliga a guardar cama. Y, durante dos mortales semanas, en las que Gertrudis permanece sentada a la cabecera del lecho, noche y día, vive torturado por las alucinaciones de su delirio, en el que sus dos hermanos, el muerto y el vivo, van a rondar alrededor de él, ora distintos ora confundidos en un sólo ser monstruoso, especie de espectro de dos cabezas.

Tan pronto está casi restablecido hace preparar su carruaje. Es fuerza que acabe por encontrarlo.

XXIV

Al fin lo encuentra.

Una noche, muy tarde, a principios de septiembre, sus investigaciones lo llevan a B... aldea situada dos leguas al norte de Marienfeld. A través de las ventanas cerradas de la taberna, se oye un ruido confuso, pataleos, gritos y cánticos avinados.

Baja pesadamente del carruaje y ata el caballo a la puerta del patio. La llama turbia de la linterna vacila al soplo del viento de la noche. Grandes gotas de lluvia golpetean el suelo.

Levanta el cerrojo y empuja la puerta, que se abre de par en par. Una densa humareda azul, de tabaco, le da en el rostro, mezclada con el olor de la cerveza agria.

Y allí, en el extremo de una larga mesa, con las mejillas abotagadas, los ojos ribeteados de rojo y afectados por el brillo vidrioso propio de los borrachos, los cabellos revueltos, la camisa sucia y las ropas en desorden, cubiertas de aristas de paja, restos sin duda del último lecho, estaba su hermano adorado, aquel que lo era todo para él y al que veía convertido entonces en un vicioso precoz, condenado a irremediable desgracia.

--¡Juan!--exclama, y la fusta que tiene en la mano cae al suelo con ruido.

Un silencio de muerte se esparce por la sala llena de gente, y los bebedores contemplan con la boca abierta al intruso.

El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rígido por una angustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor; da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzo trata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos.

Es inútil; la mano de Martín lo sujeta.

--Quédate--gruñe a su oído una voz sorda.

Y al mismo tiempo se siente empujado con fuerza prodigiosa.

Martín abre la puerta; y, mostrando con el puño de la fusta la obscuridad de la noche, se planta en medio de la sala.

--¡Vamos! ¡fuera!--grita con una voz que hace temblar los vasos sobre la mesa.

Los bebedores, jóvenes calaveras en su mayor parte toman sus sombreros y se retiran intimidados; apenas se oye un murmullo ahogado.

--¡Vamos! ¡fuera!--repite Martín haciendo un gesto como para saltar a la garganta del primero que proteste.

Dos minutos después han salido todos... Sólo el tabernero está allí todavía, paralizado por el miedo, detrás del mostrador. Al volverse Martín hacia él, con una mirada amenazadora, comienza a quejarse en tono llorón del transtorno causado en su tienda.

Martín mete la mano en el bolsillo, le tira un puñado de monedas de plata y le dice:

--¡Quiero quedarme solo con él!

Y cuando ha cerrado la puerta, detrás del tabernero, que sale inclinándose, se aproxima lentamente a su hermano, que, con el rostro entre las manos, permanece inmóvil, agazapado en un rincón. Coloca suavemente la mano sobre su hombro; y, con una voz trémula de dulzura infinita y de inmensa tristeza:

--Levántate, hijo mío, y hablemos.

Juan no hace un solo movimiento.

--¿No quieres decirme qué tienes contra mí? El desahogo consuela... Alivia tu corazón contándome tus penas.

--¡Consolar mi corazón!... ¡Ay!...

La angustia que contraía sus facciones se ha cambiado en una arrogancia sorda, reprimida.

Martín, lleno de disgusto y de lástima contempla aquel rostro, cuyas arrugas profundas apenas dejan conocer al Juan de otros tiempos, tan franco de corazón, tan tierno. Es fuerza que las pasiones más viles se hayan apoderado de ese hombre para desfigurarlo de un modo tan terrible en seis cortas semanas.

Se incorpora entonces y lanza una mirada del lado de la puerta.

--Me has encerrado, ¿no es verdad?--dice con una nueva explosión de risa, que penetra a Martín hasta los tuétanos.

--Sí.

--¿Quieres, pues arrastrarme contigo como un criminal?

--¡Juan!

--Eres, en efecto, el más fuerte. Pero te declaro una cosa; que no soy tan débil que no pueda defenderme. Me tiraré carruaje abajo y me romperé la cabeza contra una piedra antes que ir contigo.

--¡Piedad, Dios mío!--exclama Martín.--¿Qué han hecho de ti?

Juan se pasea a lo largo, y hace sonar a su paso las tapaderas de los frascos de cerveza.

--¡Acabemos!--dice al fin, deteniéndose.--¿Qué quieres de mí para venir a encerrarme de este modo?

Martín, sin decir nada, va a la puerta y corre el cerrojo; después vuelve a colocarse delante de su hermano. Su pecho jadea, como si quisiera sacar las palabras de lo más profundo de su alma. ¿Pero de qué le sirve eso? Su voz se queda en la garganta. Nunca ha sido elocuente el pobre rústico; ¿cómo encontrar de pronto conceptos expresivos para arrancar aquel extraviado a su locura? No puede articular más que estas palabras:

--¿Qué te he hecho? ¿Qué te he hecho?

Las repite dos veces, tres veces; las repite infinitamente. ¿Qué más puede decir? Toda su ternura y todo su dolor están ahí.

Juan no responde nada. Se sienta en el banco y hunde las dos manos en sus cabellos incultos. Por su rostro vaga una sonrisa, una sonrisa horrible que no admite consuelo ni esperanza... Al fin interrumpe a su desgraciado hermano, que repite interminablemente su frase, como si esperara verla causar un efecto mágico.

--Basta; no sabes qué decirme y no puedes decirme nada. He acabado conmigo mismo, contigo y con el mundo entero. ¡Si supieras por lo que he pasado en estas seis últimas semanas!... Desde que salí del molino no he dormido bajo techo, porque estaba convencido de que el techo me aplastaría...

--¿Pero, en nombre del cielo, qué tienes?

--No me preguntes nada; no conseguirás saberlo... Deja las palabras; son inútiles... y aunque me jurases por la memoria de nuestros padres...

--Sí; por nuestros padres...--balbucea Martín con alegría.

¿Por qué no he pensado en ello más pronto?

--¡Déjalos tranquilos en su tumba!--replica Juan con su sonrisa odiosa.--Eso no reza conmigo. ¡Ellos no pueden impedir que esté perdido; no pueden impedir que te odie!

Martín lanza un gemido violento y vuelve a caer, como aniquilado, sobre el banco.

--Siempre he pensado en ellos; siempre me he acordado de que Martín Felshammer es mi hermano. Y por eso he llegado adonde estoy... ¡Me ha costado un duro sacrificio, puedes creerlo!... Por lo tanto, no te quejes... Créeme... me he portado muy bien contigo... ¡ay, hermano!... muy bien.

Martín no tiene necesidad de averiguar más; ve claramente ya la solución del enigma: la víctima de otro tiempo sale de su tumba para pedir venganza. Entonces, con las manos juntas murmura dulcemente:

--¡La expiación! ¡La expiación!...

El otro continúa:

--Pero haces bien en recordarme a nuestros padres; no tengo derecho a arrojar una mancha sobre su nombre, sobre el nombre de los Felshammer... Esa es una idea que me atormenta desde hace un tiempo... Y, a decir verdad, me alegro de haberte encontrado... Podemos hablar de ello tranquilamente... me voy a América.

Martín contempla por un instante su rostro abotagado; después murmura dulcemente:

--¡Que Dios te acompañe!

Y deja caer pesadamente su frente sobre la mesa.

--Muy pronto--continúa el hermano.--Ya me he informado; el primero de octubre parte un buque de Brema; es preciso que salga yo de aquí la semana próxima... Tú sabrás qué es lo que me corresponde por mi herencia... Debo haber derrochado una buena parte... Dame a cuenta de ella lo que tengas en dinero; envía los fondos a Franz Maas, que yo iré a casa de él a buscarlos...

--¿Y no vendrás siquiera una vez al... al?...

--¿Al molino? ¡Jamás!--exclama el joven, levantándose con un resplandor inquieto, de deseo y de angustia, en los ojos.

--¿Y te he de decir adiós aquí... aquí... en este lugar inmundo?... ¡adiós para toda la vida!...

--No puede menos de ser así--dice Juan, bajando la cabeza.

Y Martín vuelve a su idea y murmura:

--¡Es la expiación!

Juan fija una mirada ardiente en su hermano, que, con el alma y el cuerpo quebrantados, permanece agobiado delante de él... Está firmemente resuelto a no volverlo a ver... Pero es preciso que le tienda la mano... en el momento de la separación.

--Adiós, hermano--dice aproximándose a Martín, que se deja estar sentado, inmóvil.--Sé feliz y consérvate bueno.

Pero, de repente, siente como un chorro de calor dulce... Por su cerebro pasan en un mismo instante, un sinnúmero de imágenes. Se vuelve a ver niño, protegido, mimado por su hermano mayor; se vuelve a ver mozo, andando orgulloso del brazo de él; se vuelve a ver, de pie con él, junto al lecho de muerte de los viejos padres; se vuelve a ver con él, en el momento solemne en que, con las manos enlazadas, se prometieron no separarse nunca y no dejar que nadie se introdujese nunca entre ellos...

¡Y entonces!... ¡entonces!...

--¡Hermano!--exclama.

Y con ruidosos sollozos cae a sus pies.

--¡Mi nene! ¡mi querido nene!

Y Martín, en medio de sus lágrimas, lanza gritos de alegría y lo besa, lo aprieta contra él, como si quisiera no dejarlo marchar.

Al fin te encuentro... ¡Oh Dios! Ahora todo irá bien... ¿no es verdad? Di... todo esto no era más que pura fantasía, pura locura. ¿Tú no sabes lo que has hecho, eh? Ya no te acuerdas. Apostaría a que ya no tienes la menor idea de eso ¿eh? Despiertas, ¿no es verdad que despiertas?

Juan, triste, aprieta los dientes y apoya su rostro en el pecho de su hermano. Pero, de pronto, se le ocurre una idea que le pesa sobre el corazón y le zumba en los oídos, una idea semejante a un vampiro frío y viscoso que bate las alas a su alrededor; en ese brazo, en ese, Gertrudis se ha abandonado... ¡ese mismo día!

Y se pone en pie violentamente. ¡Tiene que salir de aquella sala, tiene que dejar de respirar aquella atmósfera, o va a volverse loco!

Da un salto hacia la puerta... Descorre el cerrojo y... desaparece.

Rígido de estupor, Martín lo sigue con los ojos un momento; después se dice, como para librarse de la inquietud que se apodera de él.

--Está demasiado impresionado y necesita respirar el aire fresco; volverá.

Su mirada se fija en la percha que hay en el muro; sonríe completamente tranquilo:

--Juan ha dejado su gorra... afuera está lloviendo... el viento es fresco... volverá.

Después, Martín llama al tabernero; hace llevar su caballo a la cuadra y manda preparar para su hermano un grog caliente y una cama: «porque, dice con una sonrisa, volverá...»

Y cuando todo queda preparado, se sienta y se absorbe en sus meditaciones. De vez en cuando murmura, como para reanimar su valor que se extingue:

--¡Volverá!

Afuera, la lluvia golpetea las ventanas, el viento de otoño silba sobre la taberna; y cada gota de lluvia, cada silbido anuncia:

--¡Volverá! ¡volverá!

Pasan las horas, la lámpara se apaga, Martín se ha quedado dormido en su espera y sueña con la vuelta de su hermano...

Al día siguiente por la mañana, lo despiertan. Asustado y tembloroso, mira a su alrededor. Sus ojos se posan sobre la cama vacía, en la que su hermano debía acostarse, su primer lecho después de seis semanas. Se deja estar allí tristemente, de pie, con la mirada fija.

Después manda enganchar el carruaje y se va.

XXV

Ese año, el otoño ha llegado muy pronto. Desde hace ocho días sopla un viento nordeste, agudo y penetrante, como si se estuviera en noviembre. Los aguaceros azotan en los vidrios, y ya se extiende sobre el suelo una capa de hojas de tilo, de color amarillo obscuro que la humedad convierte en barro.

¡Qué pronto llega la noche! En la tienda del panadero, la lámpara se enciende antes de la hora de comer. Franz Maas está sentado bajo la claraboya, muy ocupado en hacer sus cuentas. Delante de él, sobre la mesa, donde se ven casi siempre en orden, blancos y redondos, pequeños montones de harina de flor, brillan entonces pequeños montones de monedas de plata; y en lugar de los _bretzel_ miserables se oye el crujido de los billetes de banco.

Es el tesoro que Martín le confió el último domingo con el encargo de entregarlo a Juan.

Ha entregado igualmente una nota en la cual la cuenta de la herencia está detallada hasta el último céntimo. Después se ha presentado todas las mañanas a hacer la misma pregunta: ¿«Ha venido?» y, al ver la seña negativa de Franz, se ha vuelto sin decir nada. Ese tesoro embaraza al joven panadero. Todas las noches cuenta la suma sobre la mesa, para cerciorarse de que nada ha desaparecido durante el día.

En esos momentos está entregado precisamente a esa ocupación. Es viernes; por fuerza Juan tiene que estar allí entonces si quiere llegar a tiempo de alcanzar el vapor que sale de Brema.

Juan ha abierto la puerta sin ruido y se detiene detrás del panadero, cuando éste se dispone a guardar bajo llave los cartuchos de monedas.

--¿Todo eso es para mí?--pregunta poniéndole la mano sobre el hombro.

--¡Alabado sea Dios! ¡Al fin has venido!--exclama Franz alegremente.

Después de una ojeada examina a su amigo, de la cabeza a los pies. Martín había exagerado cuando le anunciaba, con lágrimas en los ojos, la aparición de un ser miserable y abatido. Juan Felshammer lleva un traje muy limpio y cuidado: tiene una linda capa nueva, un poco entreabierta, que deja ver un flamante traje gris; sus cabellos, bien peinados, caen sobre el cuello; hasta se ha afeitado... Pero, a decir verdad, su mirada turbia, por la que pasan resplandores inquietantes, las bolsas bajo los ojos, el horrible color de las mejillas, son tristes síntomas en ese rostro, fresco y juvenil hasta hace poco.

Y Franz le toma entonces las dos manos.

--Juan, Juan, ¿qué te ha sucedido?

--Paciencia, ya lo sabrás todo--responde Juan.--Será preciso que lo confiese todo a un ser humano, a uno solo... o eso acabará por ahogarme.

--¿Es cierto entonces? ¿Quieres?...

--Esta noche me voy en la diligencia. Ya tengo billete... Antes de venir a verte he atravesado la aldea por última vez. Había obscurecido; podía aventurarme a eso; y me he despedido de todo. He ido hasta la tumba de mis padres, delante de la puerta de la iglesia... y también a la Corona, porque debía aún una miseria al dueño...

--¿Y has olvidado el molino?

Juan se muerde los labios, se retuerce el bigote y murmura:

--Ya iré.

--¡Oh! ¡qué alegría tendrá Martín!--exclama Franz Maas, rojo también por la emoción.

--¿He dicho acaso que iré a ver a Martín?--pregunta Juan entre dientes.

Y su pecho se levanta como para librarse del peso formidable que lo oprime.

--¿Qué? ¿acaso vas a introducirte furtivamente en la casa de tu padre como un ladrón, sin dejarte ver de nadie?

--¡No! Iré a despedirme... pero no de Martín.

--¿De quién, entonces?... ¡Desgraciado!... ¿De quién, entonces?--exclama Franz Maas en el cual se despierta una terrible sospecha.

--Cierra la puerta y siéntate--dice Juan.--Voy a contártelo todo.

Pasan las horas. La tempestad sacude las hojas de las ventanas. El aceite crepita en la lámpara que humea. Los dos amigos están sentados, con las miradas fijas uno en el otro. Juan hace su confesión; no oculta nada, desde su primer encuentro con Gertrudis hasta el instante en que un estremecimiento de horror lo arrancó de los brazos de Martín para arrojarlo a la noche lluviosa.

--Lo que ha pasado después--termina,--puede decirse en dos palabras. Corrí sin saber adónde, hasta que el agua y el frío me volvieron a la realidad. El correo de Marienfeld llegaba en ese momento; subí a él y por lo menos me encontré a cubierto. De ese modo llegué a la ciudad, donde he permanecido hasta hoy. Löb Lévi me ha dado cien táleres, y con eso me he comprado ropa; no quería presentarme harapiento delante de Gertrudis.

--¡Desgraciado!... ¿quieres?...

--¡Nada de sermones!--protesta el joven en tono huraño.--Todo está ya convenido. Le he enviado un billete con un muchacho que encontré en la calle y cuya vuelta he esperado. La halló sola en la cocina, y nadie lo ha visto. A las once estará ella en la presa... y yo ¡ay!... yo también.

--Juan, no hagas eso... ¡te lo suplico!--exclama Franz con angustia;--¡te va a suceder una desgracia!

Juan responde con una carcajada; y con los ojos brillantes, la boca pegada a la oreja de Franz, murmura:

--¿Crees tú, pues, mi pobre amigo, que yo sería capaz de ir a vivir y a morir al extranjero sin haberla visto antes una sola vez? ¿Crees tú que tendría yo valor para contemplar el mar durante cuatro semanas, sin precipitarme en él, si no la hubiese visto otra vez?... ¡Me faltaría la respiración, el alimento se me quedaría en la garganta, me consumiría vivo, si no la hubiese visto una vez más!

Entonces, Franz renunció a disuadirlo.

La mirada inquieta de Juan se alza a cada instante hacia el reloj.

--Ya es hora--dice, tomando su gorra.--A las doce pasa la diligencia. Espérame en la posta y llévame dos billetes de cien táleres; eso me bastará para la travesía. Lo restante puedes devolvérselo a él; no lo necesito... Hasta luego.

Cerca de la puerta, se vuelve para preguntar:

--Dime, ¿me huele el aliento a aguardiente?

--Sí.

El joven lanza una risotada:

--Dame dos o tres granos de café para mascarlos. No quiero causar repugnancia a Gertrudis en el último momento.

Y cuando Juan ha satisfecho su deseo, desaparece en la obscuridad.

XXVI

Hay crecida.

Sibilantes y rumorosas, las aguas salen precipitadamente de la presa para ir a perderse con un gruñido sordo y quejumbroso en el golfo de espuma, encima del cual parece levantar una bóveda brillante el polvo de las olas que se estrellan.

Al rumor de la caída se mezcla el rugido de la tormenta. Los viejos álamos que bordan el río se inclinan unos hacia otros, como fantasmas gigantes que bailan a media noche, en largas filas, una danza mágica.

El cielo está velado por nubes sombrías, todo es negro en los alrededores; sólo la espuma, de color de nieve, esparce un resplandor incierto, que, como la bruma, difuma los contornos de las cosas. Arriba resalta la balaustrada del pequeño pasadizo.

En medio de éste es donde los dos se encuentran.

Gertrudis, con la cabeza envuelta en un pañuelo obscuro, estaba desde hacía bastante tiempo debajo de los árboles, abrigándose de la lluvia; y, al ver surgir la alta figura de Juan al otro lado de la presa, se ha lanzado a su encuentro.

--¿Eres tú, Gertrudis?--pregunta él apresuradamente tratando de ver su rostro.

Ella guarda silencio y se ase a la balaustrada.

La espuma baila delante de sus ojos y se tiñe de mil colores.

--Gertrudis--dice el joven tratando de tomarle la mano;--he venido a decirte adiós para siempre. ¿Vas a dejarme partir sin una palabra?

--Y yo, yo he venido para dar reposo a mi alma;--dice ella, retrocediendo ante la mano que la toca.--Juan, he sufrido mucho por causa tuya... he envejecido veinte años lo menos... Estoy débil y enferma... ten piedad de mí... no me toques... no quiero volver a entrar en la casa de tu hermano manchada con una falta.

--Gertrudis ¿has venido aquí para torturarme?

--¡Silencio, Juan, silencio!... ¡No me hagas daño!... Vamos a separarnos puros y honrados... y a llevar con nosotros paz y valor para toda la vida. No nos dejemos arrastrar... ni por el amor ni por el resentimiento.

Se detiene aniquilada. Su respiración es fatigosa.

Después, reuniendo con trabajo todas sus fuerzas, continúa:

--Yo sabía que vendrías... hace mucho tiempo, antes de recibir tu billete... y he reflexionado mil veces hasta sobre la menor palabra... que tenía que decirte. Pero es preciso que no me hagas perder la calma.

Los ojos de Juan brillan en las tinieblas, su respiración es ardiente; con una risa estrepitosa dice:

--No nos rodea de una aureola este bien inútil; estamos condenados en la tierra y en los cielos. Por lo tanto, aprovechemos al menos...

Se interrumpe, prestando atención.

--¡Calla!... He creído oír... en la pradera...

Escucha conteniendo la respiración... No se siente nada... no se ve nada... Fuera lo que fuese, se lo ha llevado la noche y la tormenta.

--Bajemos a la orilla--dice.--Nuestras figuras se dibujan aquí contra el cielo.

Ella marcha delante, y él la sigue. Pero el suelo está húmedo y la joven resbala; entonces él la toma entre sus brazos y la lleva hasta abajo, a la orilla del río. Sin defensa, ella se aferra a su cuello.

--¡Qué poco pesas desde aquel día!...--dice él en voz baja, dejándola bajar al suelo.

--¡Oh! apenas me reconocerías, si pudieras verme;--replica ella en voz también muy baja.

--¡Oh! ¡cuánto daría por verte!

Y trata de apartarle el pañuelo que le cubre el rostro. Un óvalo pálido, dos círculos de sombra negra, en el lugar donde están los ojos, es todo lo que la obscuridad permite distinguir.

--Me parece que estoy ciego--dice él.

Y su mano trémula baja de la frente de Gertrudis hasta sus mejillas, como para reconocer, tocándolas, esas facciones queridas. Ella no retrocede ya y deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan.

--¡Cuántas cosas tenía que decirte!--murmura la infeliz.--Y ahora no se me ocurre nada, absolutamente nada.

El la aprieta entre sus brazos más estrechamente; y los dos permanecen silenciosos e inmóviles, mientras la tormenta los sacude y la lluvia los azota.

Entonces, desde la aldea, llegan de tiempo en tiempo los sonidos de la trompa del conductor de la diligencia, medio apagados por el ruido del viento y de la lluvia.

--¡Ha concluido!--dice él temblando.--Tengo que irme!

--¿Ya?... ¿esta noche?--balbucea ella con voz sorda.

El dice que sí con un ademán.

--¿Y no te veré ya nunca?

Un grito domina el ruido del huracán.

--¡Juan!... ¡por piedad, no me abandones!... ¡no puedo... vivir sin ti!

Sus dedos se hunden en los hombros de Juan.

--No partirás... no lo quiero.

El trata de apartarse a la fuerza.

--¡Ah!... te vas... ¡cruel!... Me moriré si me abandonas... No puedo... Llévame contigo... ¡Llévame contigo!

--¿Has perdido la razón, desgraciada?

Y se oculta el rostro en las manos gimiendo.

--¡Ah! Llamas a esto perder la razón... Acaso el cordero no se rebela cuando lo llevan a... ¿Y tú querrías? ¿Así es como me amas?...

--¿No piensas en Martín?

--¡Es tu hermano! ¡lo sé!... Pero sé también que moriré si sigo por más tiempo al lado de él. Me pongo a temblar sólo al pensarlo... ¡Llévame contigo, Juan! ¡Llévame contigo!

El la toma por las dos muñecas, y sacudiéndola le dice con voz ahogada:

--¿Pero sabes también que yo no soy más que un miserable, un ser vil y perdido, un borracho, que no sirve para nada? ¡Si me pudieses ver, te daría asco!... Las personas honradas se apartan de mí; me he convertido para ellas en un objeto de repulsión... ¿Y te figuras que yo podría amarte? Jamás te perdonaría haber venido a meterte entre Martín y yo; jamás te perdonaría el crimen que he cometido con él por culpa tuya. Ese crimen se alzará entre nosotros dos mientras vivamos. Te colmaría de injurias y de golpes cuando estuviera ebrio. Tu vida sería un infierno conmigo... ¿Qué dices ahora?

Ella baja la cabeza como para someterse, y con las manos juntas exclama:

--¡Llévame contigo!

Un grito de alegría feroz se escapa de los labios de Juan.

--Entonces, ven... pero ven corriendo... La diligencia se detiene sólo un cuarto de hora. Nadie nos verá más que Franz Maas... pero él no nos hará traición. Cuando llegues a la ciudad te comprarás vestidos... ¿Eh? ¿qué es eso?