El molino silencioso; Las bodas de Yolanda

Chapter 6

Chapter 64,190 wordsPublic domain

--¡Ah! ¡si no se ocultase hoy para nosotros!--exclama abriendo los brazos.

--¡Bueno! ¡ordénaselo!--dice Juan.

--¡Sol, te mando que te quedes con nosotros!

Y, mientras el globo de fuego se hunde cada vez más, ella se pone a temblar de pronto y dice:

--¿Sabes qué idea acaba de ocurrírseme? Que ya no lo veremos salir más.

Después, lanzando una risa clara:

--¡Sí, ya sé, es pura locura! ¡Vamos a bailar!

Una nueva danza acaba de empezar. Cruzan apresuradamente la sala de baile, trémulos de alegría y embriagándose uno al otro, y desaparecen en un rinconcito obscuro que han elegido cerca del tablado de los músicos para substraerse a las miradas indiscretas de las otras parejas, porque todas quieren conocer a la bella molinera.

Los cabellos de Gertrudis se han desprendido y flotan libremente; brilla en sus ojos una llama que sólo se ve en las personas ebrias de felicidad; todo su ser parece sumido en el deleite de esos momentos.

--Si no me ardiese el pie como fuego del infierno...--dice cuando Juan la lleva a su sitio.

--¡Descansa un poco!

Ella se echa a reír. En ese instante Franz Maas se adelanta para invitarla, en su calidad de rey de la fiesta, a la danza de honor; ella acepta su brazo y se aleja en un torbellino.

Juan pasa la mano por su frente ardorosa y mira a la pareja; pero las luces y las personas se confunden en sus ojos en un caos tumultuoso; le parece que todo gira a su alrededor. Vacila y tiene que apoyarse en una columna para no caer; y ruega a Franz Maas, que vuelve en ese momento con Gertrudis, que sirva de caballero a su cuñada por media hora porque tiene necesidad de salir, de respirar el aire puro...

Sale a la noche clara y fresca, en contraste con ese local cálido, cargado de vapores, donde un par de arañas llenas de bujías esparcen un humo intolerable. Pero hasta allí lo persiguen el bullicio y la música. En las barracas de tiro chocan las flechas de las ballestas; delante de las rifas suena la voz ronca de los rifadores anunciando la jugada; y los caballitos de madera, que giran con ruido ensordecedor, iluminan la obscuridad con su brillo fugitivo. Y, por entre todo eso, ruedan las sombras de la multitud.

Detrás del bosque de pinos, cuya corona sombría y silenciosa domina todo ese movimiento, se enciende un resplandor de oro; dentro de media hora la luna verterá sobre aquella escena su luz sonriente.

Juan avanza a pasos lentos entre las tiendas; se detiene delante de la posada de la Corona y mira por la ventana. Pero, al ver a Martín allí sentado, con el rostro abrasado, en medio de un grupo de bebedores alegres, se precipita en la sombra como si temiera encontrarse con él. De la casa vecina salen cantos ruidosos; vacila un momento, y al fin entra, porque la lengua se le pega al paladar. Lo acogen con gritos de alegría. Ante una larga mesa cargada de cerveza están sentados una porción de antiguos condiscípulos, pilluelos la mayor parte, a los que evitaba en otro tiempo.

Se le rodea, se le invita a beber y se le obliga a tomar asiento.

--¿Por qué te dejas ver tan poco, Juan?--le grita uno desde el extremo de la mesa.--¿Dónde te metes de noche?

--Está cosido a las faldas de su bella cuñada;--responde otro con aire burlón.

--¡Deja en paz a mi cuñada!--le dice Juan frunciendo el entrecejo.

El tumulto lo disgusta, los gritos roncos lo ensordecen, las bromas torpes le hacen mal. Bebe apresuradamente dos vasos de cerveza fresca, y sale, librándose con gran trabajo de las instancias importunas de sus camaradas.

Se dirige pausadamente hacia la linde del bosque y hunde sus miradas en la obscuridad, que se anima entonces con los pálidos reflejos de la luna; después se interna un poco bajo los árboles aspirando la atmósfera dulce y aromática de los pinos. Quiere dominar a toda costa la embriaguez inexplicable que le penetra hasta los tuétanos. Pero cuanto más se aleja del lugar de la fiesta, tanto más aumenta su turbación...

Al punto de entrar en la sala de baile ve a Franz Maas, que se lanza hacia él presa de una agitación manifiesta. Una vaga sospecha de desgracia comienza a torturar su alma.

--¿Qué ha sucedido?--exclama.

--¡Al fin te encuentro! Tu cuñada se ha indispuesto.

--¡En nombre de Cristo!... ¿Y adónde la has llevado?

--Martín la ha llevado a vuestra tienda.

--¿Cómo ha sucedido eso? ¿cómo ha sucedido?

--Desde hacía un momento notaba yo que se había puesto pálida y silenciosa; y, al preguntarle qué tenía, me dijo que le dolía el pie. A pesar de eso, no quiso sentarse, y de repente se desmayó en medio de la sala.

--¿Y entonces, entonces, qué?

--La levanté y la llevé en seguida a su sitio mientras mandaba buscar a Martín.

--¿Por qué no me mandaste buscar a mí, animal?

--En primer lugar, porque no sabía dónde estabas; después, porque era justo que fuese primero el marido...

Juan suelta una risa estridente:

--Claro, muy justo... ¿y después?

--Abrió los ojos antes que Martín llegase. Su primer cuidado fue alejar a las mujeres que la rodeaban; después me dijo: «No le hable de mi desmayo.» Y cuando él se lanzó hacia ella con el rostro pálido, Gertrudis se mostró muy alegre en apariencia y le dijo: «Me hace daño el zapato; nada más.»

--¿Y entonces?

--Entonces se la llevó. Pero alcancé a ver que se ponía a sollozar escondiendo la cara en el hombro de su marido. Y me dije: «¡Dios sabe dónde le aprieta el zapato!»

Juan no quiere escuchar más; sin una palabra de agradecimiento se lanza fuera.

La cortina que cubre la entrada de la tienda de los Felshammer está completamente corrida. Juan escucha un instante. Un ligero rumor de llanto, mezclado con la voz de Martín que trata de apaciguar a su mujer, llega hasta él del interior. Quiere levantar la cortina, pero ésta no cede; parece sólidamente sujeta al marco de la puerta.

--¿Quién es?--grita la voz de Martín.

--¡Yo, Juan!

--¡No entres!

Juan se estremece. Aquel «no entres» le ha atravesado el pecho como una puñalada.

Cuando se trata de estar junto a la que sufre, de llevarle el consuelo y la paz, le gritan: «¡no entres!»

Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina, atravesada por un débil resplandor rojizo.

--¡Juan!--grita de nuevo la voz de su hermano.

--¿Qué hay?

--Anda a ver si nuestro carruaje está ahí cerca.

Cumple lo que le ordenan. ¡Sólo sirve para hacer recados! Recorre la fila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda.

La cortina aparece levantada ya. Ella está allí, con un chal claro en los hombros... ¡tan pálida y tan bella!

--¡Estoy soñando! Di orden para que no viniese el carruaje sino mañana al amanecer.

--¿Quiere marcharse Gertrudis?--pregunta Juan impresionado.

--Gertrudis tiene que irse--dice la joven.

Y con los ojos llenos de lágrimas le dirige una mirada, en la que se esfuerza por poner una sonrisa.

--¡Tranquilízate, hija mía!--dice Martín acariciándole los cabellos.--Si no se tratase más que de tu pie no sería un gran mal. Pero tus lágrimas, tu agitación... Creo que la enfermedad te dura todavía y el reposo te hará bien. ¡Si no se necesitara tanto tiempo para ir a buscar el carruaje! Me parece que lo mejor será que hagas a pie el corto camino a través de la pradera... si no sientes ningún dolor, se entiende.

Gertrudis lanza una mirada a Juan, y se apresura a decir que sí.

--El aire es tibio, la hierba está seca--continúa Martín, y Juan podrá acompañarte.

Gertrudis se estremece y la sangre sube a sus abrasadas mejillas. Los ojos de Juan buscan los suyos, pero ella los evita.

--Tú puedes estar de vuelta en media hora--añade Martín, que toma el silencio de Juan por mal humor.

Juan menea la cabeza y responde, lanzando una mirada a Gertrudis, que él también está cansado.

--¡Entonces, Dios os acompañe, hijos míos!--dice Martín.--Y cuando me haya librado de mis amigos iré a buscaros.

Juan pasea su vista a lo lejos; la llanura que se extiende delante de él, plateada por la luz de la luna, le hace el efecto de un golfo sobre el cual flotaran brumas; le parece que el brazo que en aquel instante se desliza bajo el suyo de modo tan dulce, tan acariciador, lo arrastra allá abajo, al fondo de ese abismo.

--Buenas noches--murmura sin mirar a su hermano.

--¿No me das la mano?--dice Martín en tono de amistoso reproche.

Y, al tendérsela Juan vacilando, se la aprieta cordialmente... ¡Ah! ¡cuánto daño puede hacer un apretón de manos!

XXI

El tumulto de la fiesta se extingue a lo lejos. El ruido de las mil voces no es más que un débil zumbido, sobre el cual descuella solamente, con notas agudas, la algazara de los caballitos de madera; y cuando la orquesta del baile, que se ha callado por un tiempo, empieza a tocar otra vez, ahoga los demás ruidos con el estallido penetrante de sus cornetines.

Pero sus notas van debilitándose también; el bombo, que hasta entonces había hecho discretamente su parte, suena más fuerte, en cambio, porque sus sordos golpes llegan más lejos que los otros sones.

Caminan juntos en silencio; ni uno ni otro se atreve a hablar. El brazo de Gertrudis tiembla bajo el de Juan; éste contempla las brumas de reflejos verdosos que se alzan de las praderas. Ella camina valerosamente, aunque no puede menos de cojear un poco; y de cuando en cuando exhala un débil quejido.

De pronto, la joven se vuelve y muestra, tendiendo la mano, el hormigueo de las luces en el lugar de la fiesta, que brillan sobre el fondo obscuro del pinar.

--Mira qué bonito--murmura tímidamente.

El responde con un ademán.

--¡Juan!

--¿Qué, Gertrudis?

--¿No me guardas rencor?

--¿De qué?

--¿Por qué abandonaste el baile?

--Porque hacía demasiado calor para mí en la sala.

--¿No es porque bailaba yo con otro?

--¡Oh! de ningún modo.

--Mira, cuando te marchaste, me sentí tan sola, tan abandonada, que tuve necesidad de todo mi valor para no estallar en sollozos. «Hubiera podido prohibirte que bailases con otro», me decía yo... «¿Por quién he venido a la fiesta sino por él? ¿por quién me he puesto tan guapa sino por él?...» Y el pie me ardía mil veces más que antes sufrí un desmayo, y después... de repente... ya sabes lo que me sucedió.

Juan aprieta los dientes, un estremecimiento sacude sus brazos como si a pesar de él, fuesen a abrazar a Gertrudis. Ella inclina lentamente su cabeza sobre el hombro del joven y su mirada clara y brillante se alza hacia él; pero de pronto lanza un grito agudo... su pie dolorido, que se arrastra penosamente por el suelo, acaba de tropezar con una piedra. Extenuada por el dolor, se deja caer sobre la hierba.

--Querría quedarme tendida aquí un momento--dice enjugándose el sudor frío que cubre su frente.

Después esconde su rostro entre el césped y permanece así algunos segundos, sin movimiento. El se inquieta.

--Ven--dice;--te vas a resfriar.

Ella le tiende la mano derecha, volviendo el rostro.

--Levántame.

Pero, cuando quiere caminar, sus rodillas se doblan bajo su peso.

--Ya ves, no puedo--dice con triste sonrisa.

--Bueno, te llevaré yo--dice él abriendo los brazos.

Se escapa un murmullo de los labios de Gertrudis, mitad de júbilo, mitad de queja; un momento después, su cuerpo, levantado del suelo, está en los brazos de Juan.

Ella lanza un profundo suspiro, y, cerrando los ojos, apoya la cabeza contra su mejilla.

Pecho contra pecho, sus cabellos ruedan como una onda sobre el cuello de Juan, y su respiración tibia le acaricia el rostro. ¡Adelante, adelante, cada vez más lejos, aunque las fuerzas le falten, hasta el fin del mundo!... Siente palpitaciones violentas, un velo rojizo se extiende delante de sus ojos, le parece que va a caerse y a entregar el alma. ¡No importa!... ¡más lejos, más lejos siempre!

Allá abajo, el río lo llama, la cascada muge sordamente a través de la noche silenciosa, y las gotas que saltan brillan a los rayos de la luna.

Ella deja caer su cabeza hacia atrás, sobre el brazo de Juan; una sonrisa dolorosa vaga por su boca entreabierta; sus párpados se han alzado, y en su pupila obscura se refleja la luna.

--¿Dónde estamos?--murmura.

--A la orilla del agua--dice él jadeante.

--Déjame en el suelo.

--No quiero... no puedo...

Al fin, cerca de la orilla, la pone en el suelo; después se tira sobre la hierba, apoya la mano sobre el corazón y hace un esfuerzo para tomar aliento. Le laten las sienes y está a punto de perder el conocimiento... Pero se incorpora con esfuerzo vigoroso, inclina el busto sobre la corriente y coge agua en las palmas de las manos para bañarse la frente.

Esto lo ayuda a serenarse. Se vuelve hacia Gertrudis. Ella se oculta el rostro en las manos y gime dulcemente.

--¿Sufres mucho?--le pregunta él.

--Esto me escuece.

--Mete el pie en el agua; se te refrescará.

Ella deja caer sus manos y lo mira con sorpresa.

--Eso me ha hecho bien a mí--dice él mostrando su frente, por donde corren todavía las gotas de agua.

Gertrudis se inclina hacia adelante para quitarse el zapato; pero su mano tiembla, y se detiene fatigada.

--Deja que te ayude--dice él.

Un movimiento brusco, y el zapato salta al lado de ella, le sigue la media, y, arrastrándose hasta la orilla del río, la joven sumerge hasta el tobillo el pie desnudo en la frescura de la corriente.

--¡Oh! ¡qué bien hace esto!--murmura aspirando el aire profundamente.

Después, volviéndose a derecha e izquierda, busca un apoyo para su cuerpo.

--Apóyate contra mí--dice él.

Y ella deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan. Un estremecimiento corre por los brazos del joven pero no se atreve a enlazarle el talle; respira con dificultad; mira con fijeza el agua transparente a través de la cual resplandece el pie blanco de Gertrudis como una concha de nácar que hubiera en el fondo.

Uno al lado de otro, permanecen sentados, en silencio. Delante de ellos, en la presa, las aguas mugen formando torbellinos. La espuma tiende una especie de puente de plata a través del río, y la corriente se desliza tranquila a sus pies. De vez en cuando, el dulce viento de la noche les trae sonidos amortiguados de la música; al gruñido monótono del timbal se mezcla el grito sordo del alcaraván.

De pronto, Gertrudis se estremece.

--¿Qué tienes?

--Tengo frío.

--Retira inmediatamente el pie del agua.

Ella hace lo que él le dice, y después saca del bolsillo el fino pañuelo de batista que ha llevado al baile.

--No puede servir de mucho--dice Juan, y con mano temblorosa coge su grueso pañuelo.--Déjame secarte el pie.

Muda, con una mirada tímida y suplicante, Gertrudis deja hacer; y cuando él siente entre sus manos ese pie suave y fresco, lo asalta un vértigo, lo invade un deseo ardiente y loco; se agacha y posa sobre él su frente ardiente.

--¿Qué haces?--exclama ella.

El se incorpora... Sus miradas se cruzan llenas de embriaguez, y, lanzando un grito furioso, caen en brazos uno del otro.

Sus besos ardientes se posan sobre la boca de Gertrudis. Ella ríe y llora a la vez, le coge la cabeza entre las manos, le acaricia los cabellos, apoya la mejilla del joven contra la suya, y lo besa en la frente y en los ojos.

--¡Oh! ¡cuánto, cuánto te amo!

--¿Eres mía?

--Sí, sí.

--¿Me amarás siempre?

--¡Siempre! ¡siempre! Y tú... no me dejarás nunca sola, como hoy... para que Martín...

Se calla de golpe. El silencio pesa sobre ellos. ¡Y qué silencio!... A lo lejos suena el timbal... El agua muge...

Los dos se miran entonces pálidos como la muerte. Y ella se pone a lanzar gritos penetrantes:

--¡Jesús! ¡Jesús!

Su voz suena en medio de la noche.

Con un gemido violento él se oculta el rostro entre las manos. Un sollozo sin lágrimas sacude todo su cuerpo. Una llama se enciende delante de sus ojos, llama sangrienta que se alza como si fuese a abrasar al mundo entero. Ha visto claro de repente. El resplandor que la víspera de San Juan empezó a parecerle siniestro, y que la noche en que Gertrudis estalló en sollozos en medio de su canto, cruzó su frente como un relámpago para extinguirse un instante después, ese resplandor sube ahora ante sus ojos como el disco chispeante del sol. Y cada una de sus llamas lo incita al odio, cada chispa hace estremecer su alma con las torturas de los celos, cada rayo le atraviesa el corazón con un sentimiento de terror y de remordimiento... Gertrudis se ha echado de bruces en el suelo, y llora, llora amargamente... Con la frente inclinada y las manos juntas, él contempla fijamente el cuerpo encantador que yace delante de él, sumido en la desesperación.

--Entremos--dice con voz sorda.

Ella alza la cabeza y apoya los brazos en el suelo; pero, cuando él quiere levantarla, lanza un grito agudo.

--¡No me toques!

Por dos o tres veces trata de ponerse en pie; sus piernas se doblan. Entonces tiende los brazos sin decir palabra, y se deja levantar por él, que sostiene sus pasos vacilantes a través del patio del molino. Se secan sus lágrimas; el estupor de la desesperación se lee en sus facciones rígidas y pálidas; ella vuelve el rostro y se deja arrastrar por él como si no tuviera ya voluntad. En el umbral del emparrado, retira su brazo del de Juan y, reuniendo sus últimas fuerzas, se precipita sola hacia la puerta. Luego, desaparece en la sombra espesa del follaje.

Los aldabonazos suenan sordamente, una vez, dos veces. Después se oyen pasos en el interior; la llave gira, y una luz amarillenta se esparce fuera, en la claridad de la luna.

--¡En nombre del cielo! ¡qué cara trae usted!--exclama asustada la criada.

Y la puerta se cierra.

El se deja estar allí largo tiempo, con los ojos fijos en el sitio por donde ella ha desaparecido.

Una sensación de frío que lo hace temblar de la cabeza a los pies lo despierta de su ensimismamiento. Maquinalmente se desliza a través del patio, iluminado por la luz de la luna; acaricia a los perros que, con ladridos alegres, lo saludan; echa una mirada estúpida a la rueda inmóvil, sobre la cual se desliza el agua sin ruido, como una brillante serpiente. Una fuerza misteriosa lo arroja de allí; el suelo del patio le quema los pies.

Se dirige a través de la pradera hacia la presa, hasta el sitio donde ha estado sentado con Gertrudis. Sobre el césped brilla el zapato azul, y a poca distancia la larga media, tan fina... ¡Gertrudis ha entrado cojeando, con un pie desnudo, sin notarlo!

Lanza una risotada estridente, toma los objetos y los lanza lejos, a las aguas espumosas.

¿Adónde ir entonces? El molino ha cerrado su puerta detrás de él, para siempre. ¿Adónde ir? ¿Se tenderá, para descansar, sobre un montón de heno? ¡No podrá dormir!... ¡He ahí un grupo de muchachos alegres! Poco antes los ha desdeñado, pero entonces llegan en buen momento.

XXII

Cuando, como a las dos de la mañana, Martín Felshammer ha conseguido desasirse de sus compañeros, bebedores sempiternos, se acerca de buen humor al lugar de la fiesta, donde la claridad insegura del día gris que nace ilumina las idas y venidas de los retrasados. Ve acercarse entonces un grupo de mozos ebrios, que aullando cantos obscenos pasan en fila a través de la gente; a la cabeza de ellos marcha el cerrajero Farmann, bribón famoso, y detrás de él van otros perdidos.

Resuelto a echarlos de allí, va directamente hacia el grupo; pero de repente se detiene petrificado, con los brazos caídos... En medio del grupo, con los ojos terribles, avanza tambaleándose su hermano Juan.

--¡Juan!--exclama estupefacto.

Este se estremece; su rostro enrojecido se pone lívido; en sus ojos brilla un resplandor de espanto; tiembla, extiende los brazos como para defenderse, y retrocede, vacilando, dos o tres pasos.

Martín siente que se apacigua su cólera. El deplorable espectáculo despierta su compasión. Sigue a Juan, y, reteniéndole por el brazo, le dice con voz llena de ternura:

--Ven, hermano; es tarde; vamos a casa.

Pero Juan, haciendo un ademán de horror, retrocede más ante la mano que lo roza; y dirigiendo a Martín una mirada llena de angustia mortal, le dice con voz ronca:

--¡Déjame!... ¡no quiero, no quiero tener nada que ver contigo! ¡ya no soy tu hermano!

Martín, sobrecogido, se agarra con las dos manos a la mesa que está junto a él, y se deja caer, como herido de una puñalada, sobre el banco inmediato!

Juan se aleja apresuradamente y desaparece en el bosque.

XXIII

Desde aquel día, la tristeza se cierne sobre la casa de los Felshammer.

Cuando Martín entró en su casa por la mañana, todo estaba tranquilo, en una calma profunda. Descolgó de la pared la llave del molino y se deslizó hasta la triste habitación de que había hecho una especie de templo de su falta. Allí lo encontraron sus gentes a la hora del almuerzo, tan blanco como la cal de los muros, con la frente entre las manos y murmurando sin cesar:

--¡Fritz, Fritz! ¡ésta es la expiación! ¡ésta es la expiación!

El espectro, el antiguo, el temible espectro, al que creía desterrado para siempre, se ha echado de nuevo sobre él, y sus garras le aprietan la garganta hasta estrangularlo.

Ha sido casi necesario emplear la fuerza para sacarlo de su retiro. Con paso torpe ha salido tambaleándose del molino. Ha encontrado a su mujer acurrucada en un rincón, con las mejillas pálidas y la mirada temerosa. Entonces le ha cogido la cabeza con las dos manos, fijando un instante sobre la infeliz, toda trémula, sus ojos sombríos, y después ha murmurado esas palabras melancólicas:

--¡La expiación! ¡la expiación!

Al oír esta frase siniestra, un escalofrío recorre el cuerpo de Gertrudis. «¿Sabe algo? ¿Se lo ha confesado todo Juan? ¿Ha descubierto por casualidad el secreto?... ¿O no tiene más que sospechas?...»

Y desde entonces se llena de terror delante de ese hombre; y se consume de pasión por el otro, a quien ha despedido para siempre. Palidece y adelgaza; anda vagando de un lado a otro como una sonámbula. Alrededor de sus ojos se dibujan surcos azules que se ensanchan cada vez más alrededor de su boca se forma un pliegue que se contrae sin cesar.

Martín no ve nada de eso. Todo su ser está embargado por el dolor de haber perdido su hermano. Durante los primeros días ha estado esperando hora tras hora verlo llegar; quizá no se ha dado cuenta de lo que decía en su embriaguez... ¡y él, Martín, será ciertamente el último en recordárselo!

Pero pasan los días, unos después de otros, sin que Juan reaparezca; su angustia crece entonces. Comienza a informarse del desaparecido, con poco fruto al principio porque las relaciones de aldea a aldea son muy escasas. Sin embargo, poco a poco van llegando noticias al molino; lo han visto hoy aquí y ayer allí, como un vagabundo, pero rodeado siempre de alegres compañeros. En cuanto «el diablo de Juan», como le llaman, se presenta en alguna parte, se llena la taberna, saltan los tapones y chocan los vasos; y, cuando la fiesta está en todo su apogeo, a través de los cristales hechos añicos salen las botellas a la calle. Pero «el diablo de Juan» paga todo lo que rompe. Convida a todos los que encuentra por el camino... ¡Ah sí! es un gran compañero y un bebedor insigne «el diablo de Juan.»

Poco a poco van apareciendo a la puerta del molino toda clase de personajes tenebrosos como Löb Levi, de Beelitzhof, el acaparador de granos, y Hoffmann, de Grünhalde, el corredor de fincas; presentan papeles amarillos y grasientos sobre los cuales la mano de Juan ha firmado cantidades a tanto por ciento y a tantos días... Martín contempla largo rato las letras inciertas que se precipitan, como ebrias, unas sobre otras; después, va a su caja de caudales y paga, sin decir palabras, la deuda y los intereses exorbitantes. ¡De buena gana daría la mitad de su riqueza por conseguir la vuelta de su hermano!

Al fin, manda enganchar el carruaje y él mismo va a buscarlo. Anda leguas y leguas, pasa en vela noches enteras, sin conseguir nunca atrapar a su hermano. Las noticias que obtiene de los taberneros son incompletas y confusas; unos le responden de un modo incierto y cohibido, otros con aparato de misterio y en tono socarrón; todos parecen temer que tan pronto como el dueño del molino de Felshammer haya encontrado al borracho de su hermano desaparecerán sus pingües beneficios.