El molino silencioso; Las bodas de Yolanda

Chapter 4

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La escena es en extremo cómica, y Juan y Gertrudis creen que van a morir de risa. David, que sabe muy bien de qué lado debe buscar a sus enemigos, les lanza una mirada llena de odio. Procura limpiarse, pero el terrible negro de humo, mezclado con el alquitrán se pega de tal modo, que parece ser el color natural de su piel. Al fin, Martín, lleno de lástima por el pobre diablo, lo hace entrar en el cuarto de los criados y dice a Gertrudis, que de tanto reír tiene los ojos llenos de lágrimas, que vaya a buscarle un traje viejo de trabajo.

Al mediodía, durante la comida, los jóvenes cuentan a Martín la broma que tan bien les ha salido. El menea la cabeza desaprobando, y dice que hubiera sido mejor comunicarle el descubrimiento que habían hecho. Después al abandonar la sala, se le oye murmurar palabras como «veintiocho años de servicios» y «bromas de chiquillos».

Gertrudis y Juan cambian una mirada de inteligencia que quiere decir: «¡Qué aguafiestas!»

Durante tres días más, el suceso es para los jóvenes un manantial de alegría, que saborean en secreto.

XIII

El domingo, Martín va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volverá antes de la noche. Los molineros se han ido a la taberna. El molino está desierto.

--Voy a despedir también a las criadas--dice Gertrudis a Juan.--Estaremos entonces completamente solos y podremos hacer alguna cosa.

--¿Qué cosa?

--Ya encontraremos--dice ella riendo; se dirige a la cocina.

Al cabo de media hora reaparece:

--Ya se han marchado. Ahora estamos libres.

Se sientan uno frente al otro y buscan en su imaginación.

--Nunca volveremos a encontrar una diversión como la del domingo pasado--dijo Gertrudis suspirando.

Y, después de un momento:

--Escucha, Juan.

--¿Qué?

--¿Sabes que tú eres para mí un verdadero don del cielo?

--¿Por qué?

--Desde que tú estás aquí, soy tres veces más feliz. Ya ves... él es bueno... y tú sabes que lo quiero mucho, mucho, pero... ¡está siempre tan serio! ¡me trata con tanta altura! Cualquiera diría que yo soy una criatura estúpida, sin sombra de inteligencia. Sin embargo, soy laboriosa y manejo la casa como una mujer madura. Si Dios me ha hecho alegre como un pájaro, yo no tengo la culpa; y, después de todo, eso no es un crimen. Pero cuando estoy delante de él y él me mira con su cara grave y enfurruñada, se me pasan las ganas de hacer locuras... y de estar sentada e inmóvil una se aburre a menudo, una...

Se detiene y reflexiona. Querría quejarse pero no sabe de qué.

--Contigo, es otra cosa--continúa.--Tú eres un buen muchacho, que no dice nunca que no. ¡Contigo se puede hacer lo que una quiera!... Tú no tienes la sonrisa desdeñosa que aparece siempre en sus labios, cuando se le refiere algo, y que quiere decir: «Te escucho, pero no estás contando más que tonterías.» Entonces se me ahogan las palabras en la garganta... Mientras que a ti... sí, a ti se te puede confiar todo lo que le pasa a una por la cabeza.

Apoya pensativa su rostro en las dos manos, mientras que con un movimiento de vaivén balancea sus codos sobre las rodillas.

--¿Y qué te pasa por la cabeza en este momento?--pregunta Juan.

Ella se pone colorada y se levanta vivamente.

--¿A que no me pillas?--grita parapetándose detrás de la mesa.

Pero, cuando él va a perseguirla, ella se adelanta tranquilamente.

--¡Deja!... vamos a hacer algo. Ahí están las llaves... quizás se nos ocurra alguna idea.

Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol del mediodía lanza sus rayos ardientes.

--Abre el molino--dice Gertrudis.--Allí hace fresco.

El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbra de la sala, donde reina el silencio del domingo.

--Sola, tendría miedo aquí--dice, volviéndose hacia él y mostrando con el dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misterioso en medio de la semiobscuridad.

La joven aparta los dedos y tiembla.

--¿Nunca te ha dicho nada?--susurra al cabo de un instante inclinándose hacia su oído.

El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala húmeda y sombría; respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz.

Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmósfera cargada de vapores, en aquel mediodía misterioso; el sol, filtrándose por las claraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas de oro, donde miriadas de partículas de polvo danzan una zarabanda.

El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensación agradable; baja la cabeza y trepa con precaución la escalera, como si quisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galería, lanza un grito; Juan, lleno de inquietud, le pregunta qué tiene; ella responde que ha querido simplemente dilatar el pecho. Sube a una tolva, transpone la balaustrada y vuelve a bajar deslizándose por la escalera. Después desaparece en la sombra de las máquinas, en el sitio en que las ruedas poderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces no hay peligro, entonces todo está inmóvil.

Algunos segundos después, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y, echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo una llavecita atada a un cordón de negro.

--¿Qué es esto?--pregunta en voz baja.

Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis como interrogándola.

Ella hace un signo con la cabeza.

--¡Colócala en su sitio!--exclama él asustado.

La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metal que brilla.

--Un día, por casualidad, se la vi ocultar allí--murmura.

--¡Colócala en su sitio!--exclama él, una vez más.

La joven frunce las cejas; después, con una leve risa.

--¡Esto es lo que podíamos hacer!...

Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta y trata de leer en su rostro lo que piensa.

El corazón de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma el presentimiento de que van a cometer una falta.

--La cosa quedará entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero.

El cierra los ojos. ¡Qué hermoso sería tener un secreto con ella!

--Y además, ¿qué mal hay en eso?--continúa la joven.--¿Por qué es él tan misterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus más cercanos parientes, en el mundo?

--Por eso precisamente no deberíamos engañarle.

La joven golpea la tierra con el pie.

--¡Engañarle! ¡qué expresiones usas!

Y en tono enfurruñado añade:

--Vaya, no hablemos más.

Se dispone a llevar la llave a su escondite. Pero le hace dar dos o tres vueltas entre los dedos, y finalmente, con una alegre explosión de risa:

--¡Qué diablo! no es la misma.

Se acerca a la puerta y compara, meneando la cabeza, el agujero de la cerradura con el tamaño de la llave; después, con movimiento rápido, mete la llave en el ojo.

--¡Pues entra!...

Y, fingiendo sorpresa, mira por encima del hombro a Juan, que, de pie detrás de ella, sigue con ansiedad los movimientos de su mano.

--Hazla girar--dice ella en tono de broma y retrocediendo un paso.

Juan tiembla. ¡Oh, Eva tentadora!

--Hazla girar y déjame asomar la cabeza por la abertura--dice la joven riendo.--Tú no tienes necesidad de ver nada.

Entonces, cediendo a un violento impulso, Juan hace girar la llave; por la puerta, abierta de par en par, les llega de la ventana un rayo de luz ofuscadora.

En el rostro de Gertrudis se pinta el desencanto. Tiene delante de ellos una pieza muy sencilla, amueblada como el despacho de un comerciante, con las paredes peladas y blancas. En el centro se ve una gran mesa de trabajo, toscamente pintada y llena de muestras de granos y de libros de contabilidad; en una de las paredes están colgadas ropas usadas; en la otra, hay un estante cargado de cuadernos azules y le libros de encuadernación modesta. Juan echa a su alrededor una mirada tímida; después se acerca a los libros y se pone a leer los títulos.

¡Qué biblioteca tan lúgubre! Son obras de medicina, que tratan de las enfermedades del cerebro, de las lesiones del cráneo y de otros asuntos del mismo género; disertaciones filosóficas sobre la herencia de las pasiones: una _Historia de los accesos de cólera y de sus terribles consecuencias_, un _Tratado del dominio sobre sí mismo_, y una obra de Kant, _El Arte de dominar por la voluntad los sentimientos mórbidos_. Hay también libros de literatura, casi todos sobre el fratricidio. Al lado de novelas lúgubres, como _El fin trágico de toda una familia en Elsterwerda_, se encuentran: _La novia de Messina_, de Schiller, y _Julio de Tarento_, de Leisewitz.

También la teología está representada por cierto número de pequeños tratados sobre el pecado mortal y su perdón. Al lado, en los cuadernos azules, están compilados cuidadosamente algunos extractos, diferentes estudios, mezclados con consideraciones melancólicas sobre las experiencias y los pensamientos personales de Martín.

Juan deja caer las manos.

--¡Pobre, pobre hermano!--murmura, suspirando, con el corazón entristecido.

Entonces la mano de Gertrudis se posa sobre su hombro. La joven señala con el dedo un rótulo colocado arriba de la puerta y pregunta en voz baja y ansiosa:

--¿Qué significa eso?

En el rótulo se lee, en gruesas letras de oro, estas tres palabras: _¡Piensa en Fritz!_

Juan no contesta. Se deja caer en una silla, oculta el rostro entre las manos y llora amargamente.

Gertrudis tiembla de pies a cabeza. Lo llama por su nombre, le echa los brazos al cuello y trata de apartarle las manos del rostro; y, como todo es inútil, se deshace también en lágrimas.

Al ruido de sus sollozos se levanta Juan lentamente y mira a su alrededor, con mirada terrible. Ve unas ropas colgadas de la pared; ropas de niño de una época muy antigua. Las conoce perfectamente.

Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se las había enseñado un día, diciéndole: «son los vestidos de tu hermanito muerto.» Desde el día que ella había abandonado el mundo, los vestidos habían desaparecido. Por lo demás, él no había vuelto a pensar en ellos.

Un frío estremecimiento le recorre todo el cuerpo.

--Ven--dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar.

Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino.

--Guarda primero la llave--dice él.

Bajan juntos los escalones que conducen a las máquinas; y, cuando han colgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias los persiguiesen.

XIV

Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegría de otros tiempos.

Se han convertido en cómplices.

¡Con qué alegría hubieran confesado a Martín la tontería que han hecho! Pero comparecer juntos ante él y decirle: «¡Perdónanos, hemos pecado!...» no es posible; sería un espectáculo demasiado teatral; y el que se encargase de hacer esa confesión tendría sobre su cómplice una gran ventaja; estando igualmente unidos a Martín, el primero que rompiese el silencio pasaría necesariamente por el más sincero y el menos culpable. Además, se han prometido una discreción absoluta; y están tanto más dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocar el asunto: ni siquiera se atreverían a hablar de eso entre ellos abiertamente.

Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y los misterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea, tiene para ellos un sentido particular más grave; toda mirada que cambian es para ellos la señal de una inteligencia secreta.

Martín no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que «sus dos niños» han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotan ya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que han tenido alguna disputa y que están todavía incomodados.

A la semana siguiente, un día que Martín se ha encerrado en su despacho Gertrudis se arma de valor y dice:

--Mira, Juan; es una locura que estemos atormentándonos de este modo. Dejemos dormir esa tonta historia.

--¡Si fuera tan fácil hacer como decir!--exclama él con expresión melancólica.

Ella lanza una alegre carcajada, y él ríe también.

--En realidad es muy fácil.

Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hábito. La menor broma tiene un encanto más, porque es preciso «a toda costa» que Martín no sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, se separan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complots criminales.

No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temer la luz del día; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia.

Llega la víspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra está como embriagada; desaparece bajo las flores.

Las plantas de jazmines parecen cubiertas de blanca espuma, las rosas primaverales abren sus cálices, y los botones de los tilos empiezan a abrirse.

Gertrudis, sentada en el emparrado, ha dejado caer su labor sobre las rodillas y se abandona al ensueño. El perfume de las flores, el calor del sol le han turbado la cabeza; pero poco importa eso. Querría bañar sus miembros en ese soplo abrasado, querría vaciar todos los cálices si hubiera dentro de ellos algo que pudiera beberse.

En el molino ha cesado el trabajo un poco antes de lo acostumbrado; los mozos quieren ir a la aldea a festejar San Juan. Van a bailar, a quemar toneles de alquitrán, a hacer los locos mientras tengan fuerzas.

Gertrudis suspira. ¡Quién pudiera ir también! Martín querrá quedarse en casa; pero Juan, Juan debería ir...

Precisamente está a la entrada, haciéndole una seña con la cabeza. Después se sienta en el banco, a su lado... Está cansado, tiene mucho calor; ha trabajado rudamente.

Algunos minutos después se levanta:

--Yo no me quedo aquí. Hace un calor sofocante.

--¿Adónde vas?

--Voy al río. ¿Vienes?

--Sí.

Y ella deja la labor y se apoya en su brazo.

--Hoy van a bailar allá, en la aldea--dice.

--¿Querrías ir tú también, gatita?

Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo.

--«_Pero, como no puedo, me quedo en casa_»--murmura él.

--¡No he bailado nunca contigo, y querría bailar!... Tú bailas muy bien.

--¿Cómo lo sabes?

--¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo?--dice ella afectando cierto despecho;--acuérdate de la fiesta de los cazadores, hace tres años. Las muchachas contaban de ti cosas maravillosas; decían que eras encantador, que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; que eras un mozo arrogante. Esto bien lo veía yo ¿pero para qué me servía? Tus miradas desdeñosas pasaban por encima de mí como si yo no hubiera existido.

--¿Qué edad tenías entonces?

Ella vacila un instante, y responde a media voz:

--Catorce años y medio.

--¡Ah! entonces...--dice él riendo.

--Pero estaba muy crecida... completamente desarrollada en aquella época--replica ella vivamente.--No habrías comprometido tu dignidad haciéndome dar una vuelta o dos por la sala.

--¡Bueno! Las daremos dentro de quince días en la fiesta de los tiradores.

--¿De veras?--pregunta ella con los ojos brillantes.

--Martín es uno de los jefes de la corporación de los tiradores; necesariamente ha de ir allá.

Gertrudis lanza un grito de alegría; después, de repente, exclama:

--Pero no tengo zapatos de baile.

--Mándalos hacer.

--¡Ah! ¡Son tan pesados los que hace el zapatero de la aldea!

--Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad. Bastará que me des la medida.

--Sí... ¿quieres? ¡mi querido, mi buen Juan!...

Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita:

--¡Atrápame!

Y huye como el viento.

Juan se pone a perseguirla; pero está fatigado y no puede alcanzarla. Atraviesan el puente levadizo y continúan su carrera por el prado inmenso, que termina allá, en el bosque de abetos. Gertrudis da un regate hábil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que él haya podido seguirla está al otro lado del río. Sin aliento, toma la cadena con que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas: la pieza de madera chirría girando sobre sus goznes, y se levanta en el aire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente. Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrándose a la viga, consigue detener su impulso al borde del abismo.

Gertrudis se ha puesto lívida; toda desconcertada, lo mira fijamente. El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombría corriente.

--¡No había pensado en ello, Juan!--balbucea la joven implorando su perdón con los ojos.

Juan se echa a reír. Una alegría feroz, que le hace olvidar todo peligro, se apodera de él.

--¡Espera! ¡espera!--exclama, abriendo los brazos;--te pillaré de todos modos.

Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesa el río como un puente.

--¡Juan!... ¡por el amor de Dios!... ¡Juan!

El joven no oye. Debajo de él las aguas hierven en el abismo; se esfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da un paso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado.

--¡Corre!--dice, lanzando un grito de alegría salvaje.

Pero Gertrudis permanece inmóvil. Paralizada por el espanto, lo mira fijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, la toma en sus brazos, la aprieta contra él; ella cierra los ojos, respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente y alterada sobre los labios trémulos de la joven; ella lanza un grito de dolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazos de Juan. Entonces, él la deja en el suelo, y con mirada temerosa observa a su alrededor. ¿Los ha visto alguien?... No, nadie... ¿Y después de todo?... ¿Qué importa?... El hermano de Martín puede besar muy bien a la mujer de Martín. ¿No exigió eso él mismo, un día?

La joven abre los ojos; parece salir de un sueño. Su mirada evita la de Juan.

--No está bien lo que has hecho, Juan. Te prohíbo que vuelvas a hacerlo en adelante.

Sin responder, él se inclina para recoger la rosa que se ha caído de su pecho.

--Quiero volver a casa--dice Gertrudis, paseando su vista en derredor, con expresión inquieta.

Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro.

Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras él respira ávidamente la rosa que ha recogido.

--Huele bien--dice en tono inocente.

Ella dice que sí.

--¿Te gustan las rosas?--continúa él.

La joven vuelve los ojos hacia él. «¡Como si no lo supieras!» dice su mirada.

--Oye--agrega él vivamente.--¿Por qué no pones ya flores en mi cuarto?

Ella no responde.

--¿Porque no las merezco?

--Me lo ha prohibido él--balbucea Gertrudis.

--¡Ah! eso es otra cosa--dice Juan, desconcertado.

La conversación termina de pronto.

XV

En el emparrado, Martín recibe a Gertrudis con reproches afectuosos: tiene un hambre de lobo y la cena no está servida todavía. Gertrudis se dirige apresuradamente a la cocina.

Cenan en silencio. Los dos jóvenes no alzan los ojos del plato.

Un calor sofocante, intolerable, pesa sobre la tierra. Un viento caliginoso levanta pequeñas nubes de polvo; velos de vapor azulado descienden lentamente sobre el suelo.

Juan apoya la cabeza en los vidrios de la galería; pero están calientes como si hubiesen permanecido todo el día en un horno.

De pronto, Gertrudis se levanta.

--¿Adónde vas?--pregunta Martín.

--Al huerto--responde ella.

Un momento después se oyen sus pasos en la escalera que conduce a la buhardilla.

Cuando vuelve a entrar, echa tímidamente una mirada a Juan; después se sienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos.

De la aldea llegan gritos de alegría, aclamaciones con las cuales se mezclan las notas agudas del violín y los sonidos graves del contrabajo.

--¿Iríais de buena gana, eh?

Los jóvenes no responden, y Martín toma su silencio por una aquiescencia.

--Bueno, vamos.

Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juan con vacilación; después dice meneando la cabeza.

--No tengo ganas.

--¿Qué es eso?--exclama Martín completamente atónito.--¿Desde cuándo no tienes ganas de bailar? ¿Todavía estáis reñidos, eh?

Juan se ríe levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la joven se levanta, dice buenas noches y desaparece.

Un momento después los dos hermanos se separan.

Juan sube pesadamente la escalera, abre la puerta de su cuarto; un embriagador perfume de flores flota en el aire. Respira profundamente y exhala un suspiro de satisfacción. Por eso, sin duda, ha vuelto ella tan tarde del jardín. Al lado de su almohada hay un gran ramo de rosas y jazmines. Se tiende en la cama como si quisiera hundirse en aquella masa de flores. Por un instante, da rienda suelta a su fantasía; pero su respiración se hace cada vez más penosa, sus pensamientos se obscurecen; a cada pulsación, un dolor, penetrante como una aguja, le atraviesa las sienes; le parece que va a ahogarse bajo la intensidad de los perfumes.

Reuniendo todas sus fuerzas, se levanta y abre una de las hojas de la ventana. Pero tampoco encuentra allí reposo ni frescura. Una verdadera oleada de perfumes sube del jardín hasta él, un soplo ardiente le azota el rostro, y gotas de lluvia tibia le acarician las mejillas. Por momentos, los toneles de alquitrán que arden en la aldea lanzan llamaradas a través de las masas de vapor obscuro que velan el horizonte.

Juan fija sus miradas abajo. Espera. El corazón salta en su pecho. Su deseo le parece todopoderoso; va a forzar la ventana de abajo, a abrirla y... Oye un leve chirrido de goznes... después se abre una de las hojas; y, atrevidamente inclinado hacia fuera, envuelto en sus cabellos destrenzados que flotan, el rostro de Gertrudis se levanta hacia él, mudo y apasionado.

Permanece así un segundo... y desaparece.

¿Debe gritar de alegría, debe llorar? No lo sabe.

Entonces puede entregarse a un embotamiento delicioso... ¿qué efecto ejercerán sobre él los perfumes?

Se desnuda y se mete en la cama; pero, antes de disponerse a dormir, se levanta otra vez, coge el vaso con mano temblorosa y hunde su rostro en las flores.

¡Qué semejanza con la primera noche y, sin embargo, qué diferencia! Aquella vez tranquilo y alegre; y entonces...

De pronto lo asalta un recuerdo que le hiela el rostro; sus dedos aprietan violentamente el vaso; presta oído... Le parece que la música tan franca de aquella noche, cuyo sonido subió hasta él a través del suelo, va a sonar otra vez. Escucha con una angustia creciente, hasta que su cabeza se llena de un zumbido que murmura, que estalla como una risa aguda... Un horrible sentimiento de odio y de envidia se despierta en él de repente; con una risa feroz, arroja lejos el vaso, que se rompe en medio del cuarto.

A la mañana siguiente, Juan está lleno de vergüenza. Todo eso le parece un mal sueño. Recoge los fragmentos del vaso, los ajusta y piensa en ir a comprar con qué pegarlos. Reflexiona y no alcanza a ver claramente el sentimiento que le ha hecho cometer ese acto estúpido; todo lo que sabe es que era un sentimiento muy bajo, execrable. Aprieta la mano de su hermano más cordialmente que nunca, y lo mira en silencio en el fondo de los ojos, como si tuviera que hacerse perdonar una falta grave.

Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio. Su mirada evita la de Juan, y la taza de café que le ofrece suena en sus manos temblorosas.

No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile, para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martín. Este no opone objeción alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidas inmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato en presencia de Juan, éste la llama «remilgada.»

La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece toda confusa con la medida, y Juan puede enviar su carta.

Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazón; y, cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente:

--Escucha, he hecho una mala acción.

--¿Cuál?

--He roto tu vaso.

--¡Ah!... ¿Y eso es una mala acción?

--¿Qué quieres que sea?

--Creía que lo habías hecho a propósito--replica ella, muy indiferente en apariencia.

El no responde nada y Gertrudis menea dulcemente la cabeza como diciendo: ¡Tenía razón, pues!

XVI