El molino silencioso; Las bodas de Yolanda
Chapter 3
--¡Alabado sea Dios! Entonces no soy yo sola la tonta... Cuando tengo que decirle algo, es preciso que llame a la puerta... Vamos, di la verdad, ¿te parece que eso está bien? Yo no soy una chiquilla para que... Pero me callo; no hay que hablar mal del marido. Sin embargo, tú eres su hermano; intercede por mí junto a él, ruégale que me diga qué hay dentro. ¡Si vieras cuan intrigada estoy!
--¿Te figuras que me lo dirá?
--Entonces tendremos que consolarnos juntos... Ven.
Y, de un salto, transpone los tres peldaños que conducen al umbral de la puerta.
Durante el almuerzo, adopta de improviso una fisonomía seria, y habla con importancia de los cuidados que le da el manejo de la casa. Había adquirido, es cierto, en su familia, la costumbre de salir de apuros sola, porque su pobre madre había muerto hacía muchos años, y antes de la confirmación, había tenido que dirigir la casa de su padre; pero la tarea no era muy pesada: su padre no tenía a su servicio más que un criado para el molino y los trabajos del campo... ¡se extenuaba de trabajo el pobre padre!
Sus ojos se llenan de lágrimas. Confusa, vuelve la cabeza. Después se levanta vivamente y pregunta:
--¿No tienes ganas?
--No.
Luego continúa.
--Ven conmigo al jardín. Conozco una espesura donde se está muy bien para hablar.
--Allá, en el extremo de la alameda. Es también mi lugar favorito.
VIII
Penetran juntos en el jardín que el sol inunda con sus rayos ardientes, y respiran más libremente bajo la bóveda de verdor que los envuelve en su fresca sombra.
Gertrudis se echa negligentemente sobre el banco de césped y coloca bajo su cabeza, a guisa de almohada, sus brazos, bruñidos por el sol.
A través del tupido follaje se deslizan aquí y allá algunos rayos que adornan sus vestidos con manchas de oro, ruedan sobre su cuello y sus mejillas, y rozan su frente, poniendo un claro fulgor en su cabellera obscura y rizada.
Juan se sienta frente de ella y la contempla con una admiración que no procura disimular.
Está persuadido de que en su vida ha visto tanta gracia. ¡Qué encanto en la actitud de esa joven cuñada medio tendida! Las palabras de su hermano le vuelven a la memoria: «¿Me habría sido posible no amarla?»
--No sé, pero hoy siento ganas de charlar--dice Gertrudis con sonrisa confiada;--y coloca más cómodamente su cabeza.--¿Y tú, estás dispuesto a escuchar?
Él hace un signo afirmativo.
--Entonces... el pan no era abundante en casa y los pedazos estaban contados. En cuanto a la manteca para poner en él, inútil es hablar de ella. Si yo no hubiese cuidado el huerto, cuyos productos se vendían en la ciudad, nos habría sido imposible vivir. ¿Por qué la gente lleva toda su harina al molino de agua de los Felshammer, sin pensar que en los molinos de viento los pobres molineros necesitan vivir también? Esto es lo que nos decíamos a menudo; y mirábamos con odio vuestra casa... Pero he aquí que, de repente, llega Martín. Quiere, dice, vivir en buenas relaciones con sus vecinos. Se muestra amable y cariñoso con el padre, amable y cariñoso conmigo. Lleva a los muchachos pasteles y azúcar cande, y todos nos enamoramos de él. Y al fin declara al padre que me quiere por mujer... «¡Pero si no tiene nada!--dice mi padre.--«Tampoco quiero yo nada» responde él. Y figúrate... ¡me toma sin un céntimo de dote!... Ya puedes comprender mi alegría, pues el padre me había repetido con frecuencia: «Hoy todos los hombres van detrás del dinero; tú eres pobre, Gertrudis; prepárate para quedar soltera». Y, sin embargo, me he casado antes de los diez y siete años... Por lo demás, yo profesaba desde hacía mucho profundo afecto a Martín; porque, aunque era un poco tímido y avaro de sus palabras yo había leído en sus ojos su buen corazón. No puede franquearse tanto como quisiera, y eso es todo. Yo sé cuán bueno es; y a pesar de su talante gruñón, a pesar de las reprimendas que me echa, no dejaré de amarlo toda mi vida.
Guarda silencio un instante y se pasa la mano por el rostro como para echar al rayo de sol que le dora las pestañas y hace brillar sus ojos con colores vivos y tornasolados.
--Mira si es bueno para los míos--continúa con apresuramiento, como si creyera no poder encontrar bastante afecto para acumularlo sobre la cabeza de Martín.--Quería darles cada año una pensión, no sé de cuánto; pero yo no lo he consentido, porque no podía conciliarme con la idea de que mi padre estuviera reducido a aceptar una limosna en sus últimos días, aunque se la diese su yerno. Pero me he reservado una cosa: continuar aquí el cultivo del huerto, al que estaba acostumbrada en nuestra casa, y quedarme con lo que produzca.
El empleo de ese dinero es cuenta mía.
Se sonríe mirándolo con aire triste, y continúa:
--Tienen verdadera necesidad de él en casa; porque, ya lo ves, hay tres chicos todavía, que alimentar y vestir sin contar que, desde que yo partí, tienen que valerse de una criada.
--¿No tienes hermanas?--pregunta Juan.
Ella menea la cabeza y dice, lanzando de improviso una risotada:
--¡Es escandaloso! Ni siquiera una, de la cual pudieras hacer tu mujer.
El ríe con ella y dice:
--No es una mujer lo que necesito ahora.
--¿Entonces, qué?
--Una hermana.
--Pues bien, ya tienes una--dice ella levantándose de un salto y acercándose a él.
Después, avergonzada sin duda de su vivacidad, se deja caer ruborosa sobre el banco de césped.
--¿De veras?--dice con los ojos brillantes.
Ella hace un leve mohín y dice vivamente:
--¿Hay que hacer tanto esfuerzo acaso? La mujer de un hermano es casi una hermana ya.
Y, midiéndolo de pies a cabeza con una sonrisa, añade:
--Creo que, con un hermano como tú, se podría ir a cualquier parte.
--Cinco pies y diez pulgadas, ex hulano de la guardia... ¡si basta eso!...
--Y en último término, tú serías también un buen compañero de juegos.
--¿Necesitas uno?
--¡Oh sí!--responde ella con un suspiro;--la vida es aquí tan tranquila, tan seria... No hay nadie con quien pueda uno correr como hacía yo en otro tiempo con mis hermanos. Con frecuencia he estado a punto de tomar por el cuello a un mozo del molino; pero ¡la dignidad!... ¡el respeto!...
--Bueno, pues ahora estoy yo--dice él, riendo.
--Por eso fundo en ti grandes esperanzas.
--Entonces, tómame por el cuello.
--Tienes demasiada harina encima.
--¡Vaya una mujer de molinero, que tiene miedo a la harina!--dice Juan en tono burlón.
--Deja--concluye ella,--que ya llegará la hora en que ponga a prueba tus habilidades de jugador.
IX
Mientras los tres descansan en el emparrado, a la hora del crepúsculo, Juan, que con la cabeza oculta entre los pámpanos sueña en silencio como su hermano, siente de pronto una cosa redonda, que no acierta a definir, chocar contra su frente y caer al suelo. «Quizás sea una cochinilla» se dice; pero el ataque se repite por segunda y tercera vez.
Entonces lanza una mirada recelosa a Gertrudis, que estatua viva de la inocencia, canturrea melancólicamente la tonada: _En un fresco valle._ Sin embargo, entretanto fabrica a hurtadillas las bolitas de pan que le sirven de proyectiles.
Juan reprime un acceso de risa y coge disimuladamente una rama de viña, de la que penden todavía algunos racimos secos del año anterior. Ella le lanza un nuevo proyectil; y él le dispara, pronto para la respuesta, un grano a la nariz. Ella se estremece, lo mira un momento toda desconcertada; y, al inclinarse el joven hacia ella, con el rostro más serio del mundo, lanza una ruidosa y alegre carcajada.
--¿Qué pasa?--dice Martín, arrancado violentamente a su somnolencia.
--¡Ha pasado por la prueba!--responde Gertrudis lanzándose a su cuello.
--¿Qué prueba?
--Si te lo digo vas a reñirnos; prefiero callarme.
Martín interroga con una mirada a su hermano.
--¡Oh, nada!--dice éste con tímida sonrisa.--Era una broma... Nos bombardeábamos.
--Está bien, hijos míos, bombardeaos;--dice Martín, que continúa fumando en silencio.
Juan está muy avergonzado, y Gertrudis contempla a su nuevo camarada de juegos con una mirada maliciosa y provocativa.
«Revoltosa». Sí; ese era el nombre que había dado Martín Felshammer a su mujer...
X
Desde aquel día, se repiten las bromas en las horas tranquilas y silenciosas del crepúsculo, que Martín ama tanto.
En las apacibles alamedas del huerto suenan gorgeos y risas; sobre el césped pasan como una tromba dos figuras humanas que se persiguen; se bromea, se suelta a los perros para que hagan ruido; se caza a los gatos de la vecindad que se dan las citas amorosas en el molino; se juega al escondite detrás de los montones de heno y de los setos.
Martín los deja en plena libertad, y contempla esas locuras con la mirada benévola e indulgente de un padre. En el fondo, preferiría la calma de antes; pero son tan felices ellos, en su juventud y su inocencia, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, que sería un crimen turbar su alegría con observaciones molestas. Después de todo son unos niños.
Además ¿no hay también horas menos ruidosas? Cuando Gertrudis dice: «Juan, ven a cantar», se sientan juiciosamente uno al lado del otro en el emparrado, o cuando se pasean lentamente a la orilla del riachuelo; y cuando Martín ha encendido su pipa y está dispuesto a escucharlos, sus voces resuenan claras y vibrantes en la sombra de la noche.
Bien pronto llegan instantes de solemne encanto. Los pájaros, que van a entregarse al sueño, gorjean en las ramas, una leve brisa sopla en los pámpanos y el sordo murmullo de la presa sirve de acompañamiento... ¡Cómo ha cambiado su humor de repente! Estaban alegres al empezar; pero las tonadas que cantan son cada vez más tristes, y el acento de sus voces cada vez más quejumbroso. Hace apenas unos minutos, sus cabezas se tocaban; entonces están serios, con las manos juntas y los ojos puestos en el cielo arrebolado. Sus voces suenan admirablemente unidas. Juan tiene una voz de tenor clara y suave, que concierta muy bien con las notas de contralto, llenas y graves, de Gertrudis, y nunca le falta oído cuando se trata de acompañar de improviso una canción nueva.
Lo extraño es que nunca puedan cantar cuando están solos. Si, mientras están cantando, tiene Martín que alejarse, llamado por algún asunto, en seguida sus voces pierden la seguridad y los jóvenes se miran sonriendo; uno u otro, por lo regular, deja escapar una nota falsa, y la canción queda inconclusa.
Cuando Martín está ausente de la casa o se encierra en su despacho, lo que sucede una vez o dos por semana, los dos guardan silencio, como de común acuerdo; ninguno de ellos se atrevería a invitar al otro a cantar.
En cambio, tienen otras ocupaciones más interesantes, a las que sólo pueden dedicarse cuando no hay que temer la indiscreción de un tercero.
Mientras estaba en el servicio, Juan se ha hecho un lindo cuaderno de música, en el que ha compilado las canciones alegres y sentimentales que más le gustaban. El género sentimental es el que lo entusiasma. Las desesperaciones de amor, los cantos fúnebres, se alternan allí con las consideraciones poéticas sobre la vanidad de la existencia, y lo corona todo el estallido de desesperación de Kotzebue, desbordamiento de sentimentalismo que ha sido durante medio siglo la más popular de las poesías alemanas.
Ese cuaderno responde perfectamente al gusto poético de Gertrudis. En cuanto se ve sola con Juan, le murmura en tono de súplica:
--Ve a buscar las canciones.
Entonces se sientan en un rincón retirado, y juntan sus cabezas; durante la lectura sienten con delicia que un estremecimiento de voluptuosidad les recorre el cuerpo.
He aquí, en primer lugar, esa poesía extraña:
EL CONDE ORSINSKI A SU AMADA
En señal de adiós, recibe las quejas de mi corazón, Transformadas en dulce armonía, Pero no trates nunca de adivinar lo que estos acentos dicen.
Y esta antigua romanza popular:
Enrique descansaba junto a su reciente esposa, Rica heredera de las orillas del Rin... Suena la media-noche, y a través de la cortina, Pasa de pronto una mano blanca y delicada: ¿A quién vio? A su Guillermina, Que se erguía ante él envuelta en un sudario.
Al llegar a eso, Gertrudis se estremece; y, llena de angustia, con sus grandes ojos azorados, mira fijamente delante de ella, a través de la sombra del crepúsculo... pero su sonrisa pone de manifiesto, al mismo tiempo, un delicioso éxtasis.
Pero lo maravilloso en ese cuaderno es una composición titulada: _La bella molinera_.
--¿Dónde has encontrado esto?--pregunta Gertrudis, impresionada por el título.
--Un camarada, que era músico, tenía estas canciones en un gran cuaderno. De allí las copié yo. El que las ha hecho se llamaba Molinero de apellido y creo que ejercía además ese oficio.
--¡Lee, lee, pronto!--exclama Gertrudis.
Pero Juan se niega.
--Es demasiado triste--dice cerrando el libro.--Será otra vez.
Pero Gertrudis le suplica tanto, que tiene que acceder a sus deseos.
--Ven esta tarde conmigo a la presa--dice;--tengo que hacer allá. Nadie nos incomodará entonces, y te lo leeré siempre que... naturalmente...
Y guiña el ojo en dirección al _despacho_. Gertrudis hace una señal con la cabeza. Se entienden a maravilla.
XI
Después de comer, Martín se retira a su escritorio, seguido por las miradas impacientes de Gertrudis, que espera el momento en que va a conocer los secretos de «la bella molinera.»
Atraviesan de bracete la pradera, para ir a la presa. La hierba está húmeda de rocío. El cielo, surcado de bandas rojizas. Sobre el fondo luminoso resalta, perfectamente recortada, la figura negra del bosque de abetos, que, triste y silencioso, rodea el llano. A medida que se aproximan, los mugidos del agua llegan cada vez con más fuerza a sus oídos... Los rayos del sol poniente se reflejan en los torbellinos de las ondas, y las gotas de espuma que saltan son otras tantas chispas. Del otro lado de la presa, el río tranquilo parece un espejo; los árboles lanzan su sombra y reflejan su imagen en las aguas, demasiado profundas para ser transparentes.
Se acercan en silencio a la presa.
En esa época, durante los calores del mes de junio, la presa no da gran trabajo; pero, en los primeros días de la primavera, y en el otoño, durante las grandes avenidas, cuando es preciso alzar las compuertas para dar paso a las aguas y a los carámbanos, sin que encuentren obstáculos, hay que poner un poco de atención y hay que apelar a todas las fuerzas para no verse arrastrado con las piezas de madera por el torbellino de las aguas.
Juan alza dos esclusas. Eso basta por el momento. Después suelta la palanca y apoya el codo en el pretil del puente levadizo. Gertrudis, que durante todo ese tiempo ha estado contemplándolo sin decir nada, se lanza por sobre la gran viga que atraviesa la corriente de agua de una orilla a otra, a algunos pasos de ella.
--Vas a sentir vértigo, Gertrudis--dice Juan echando una mirada inquieta a la esclusa, por la que las aguas pasan con rapidez espantosa, sobre el fondo de tablones inclinados, para precipitarse en seguida espumosas en la corriente.
Gertrudis suelta una risotada y dice que muchas veces ha estado sentada allí horas enteras, mirando las aguas, sin sentir vértigo alguno. Además, ¿no está allí entonces por necesidad? Su mirada, en la que se lee una curiosidad impaciente, está fija en el bolsillo de Juan; y cuando éste saca su cuaderno de música, la joven exhala un gran suspiro, encantada ante la idea de los esplendores que presiente, y junta las manos como una criatura a quien su abuela va a contar una historia. Juan comienza.
Las palabras conmovedoras del poeta brotan de sus labios como un canto.
Los viajes son la pasión del molinero...
Gertrudis deja oír una alegre exclamación y marca el ritmo dando con el pie en los montantes de la esclusa.
He oído murmurar un riachuelo...
Gertrudis contiene la respiración, esperando lo que sigue:
He visto brillar el techo de un molino...
En su alegría, Gertrudis palmotea y muestra la granja al otro lado.
¿Es eso lo que quiere decir tu murmullo?
En este pasaje, la bella molinera entra en escena y Gertrudis se pone seria.
¡Que no tenga mil brazos para golpear!
Gertrudis hace leves signos de impaciencia.
No interrogo a las flores, no interrogo a los astros...
Una sonrisa de satisfacción vaga por los labios de Gertrudis.
Me placía dibujarla en la corteza de los árboles...
Gertrudis lanza un profundo suspiro y cierra los ojos. Y sigue la lectura, con los sueños del joven molinero ebrio de amor, hasta este grito de alegría, que domina el canto de los pájaros, el murmullo del arroyo, el ruido de las ruedas.
¡La hermosa molinera es mía!
Gertrudis abre los brazos, una sonrisa de dulce beatitud pasa por su rostro, y se mueve su cabeza como diciendo: «¡Dios mío! ¿qué más puede suceder?»
Entonces la molinera siente de pronto una pasión misteriosa por el color verde, se oye resonar el coro en la floresta, aparece el fiero cazador. Gertrudis experimenta inquietud.
--¿Qué viene a hacer ese aquí?--murmura dando con el puño en la viga.
El pobre molinero lo comprende en seguida. Su triste canción dice:
Quisiera partir, perderme en la inmensidad del mundo, Si todo no estuviera tan verde, tan verde en el bosque y en los campos...
Gertrudis, agitada por el temor y la esperanza, hace en el aire un ademán. ¡Eso no es posible! ¡es preciso absolutamente que todo concluya bien!
Y después:
Florecillas que me dio ella, Que os pongan a todas en mi tumba.
Los ojos de Gertrudis están húmedos de lágrimas, pero la joven sigue confiando en la desaparición del cazador y en la conversación de la molinera. No puede, no debe ser de otro modo. El molinero y el arroyo comienzan su diálogo melancólico; el arroyo quiere consolar al molinero, pero éste no conoce más que una sola quietud, un solo reposo:
¡Ay! querido arroyuelo; tu intención es buena... Pero ¡ay! ¿sabes tú acaso el mal que el amor hace?
Gertrudis aprueba vivamente con la cabeza. ¿Qué quiere decir ese estúpido arroyuelo?... ¿Qué sabe él de amor ni de penas?... En seguida viene la misteriosa barcarola que cantan las ondas. Sin duda, el joven molinero se ha dormido a la orilla del arroyo; un beso va a despertarlo, y, cuando abra los ojos, la molinera se inclinará sobre él para decirle: «¡Perdóname! ¡siempre te he amado!» Pero no... ¿qué significan esas extrañas palabras de _cámara de cristal azul_? ¿Por qué es preciso que duerma allí hasta que el mar haya absorbido la última gota de los riachuelos? Y puesto que para cerrarle los ojos la mala muchacha tiene que tirar su pañuelo al agua, eso prueba que el dormido no reposa en la orilla, sino en el fondo.
Gertrudis oculta su rostro entre las manos y estalla en sollozos convulsivos; y, como Juan quiere continuar la lectura, le dice:
--¡Basta! ¡basta!
--Gertrudis, ¿qué tienes?
Ella le hace la seña de que la deje. Sus lágrimas son cada vez más abundantes y su cuerpo tiembla todo; busca un apoyo y se inclina hacia atrás.
Juan lanza un grito de angustia, y, de un salto, se precipita para recibirla en sus brazos.
--¡Por el amor de Dios, Gertrudis!--dice con la voz trémula, respirando con esfuerzo.
Un sudor frío cubre su frente. La joven inclina su cabeza sobre el pecho de Juan, le echa los brazos al cuello y llora.
Al día siguiente dice Gertrudis:
--Ayer me porté como una chiquilla, Juan, y creo que, a poco más, caigo al agua.
--Ya habías perdido el equilibrio--dice él.
Y se estremece al recordar el terrible instante.
Una sonrisa sentimental pasa por los labios de Gertrudis.
--Entonces habría concluido para siempre--dice la joven con un profundo suspiro.
Pero, un instante después, se ríe ella misma de su locura.
XII
Pasan los días. Juan, como camarada de juegos, ha sobrepujado todas las esperanzas de Gertrudis. Los dos son inseparables; y Martín se ve reducido al papel de espectador... no puede, con una sonrisa gruñona, hacer más que decir amén a todas sus locuras.
Es un encanto verlos atravesar el patio, persiguiéndose uno al otro, como si tuviesen alas en los talones. Gertrudis corre tan ligera que sus pies apenas tocan el suelo. Sin embargo, Juan es más ágil; por mucho que dure la carrera, siempre la alcanza. Viendo que no hay posibilidad de escapar, la joven se agazapa como un polluelo, asustado; y cuando él, triunfante, la toma en brazos, su cuerpo esbelto se yergue como si, al contacto de Juan, la sacudiese una conmoción eléctrica.
David, el viejo criado, observa sus juegos con gran atención, por la claraboya del granero, donde ha establecido su residencia; rasca su cabeza gris, y murmura entre dientes toda clase de cosas incomprensibles.
Gertrudis lo ve un día y se lo muestra a Juan.
--Habrá que hacer una broma a ese viejo cazurro--murmura la joven.
Juan le refiere la mala pasada que jugó a David en otro tiempo, al descubrir el escondite en que el viejo guardaba la harina que robaba.
--¿Si pudiéramos conseguir hacer hoy lo mismo?--dice Juan riendo.
--Lo buscaremos.
Dicho y hecho, o casi hecho. El domingo siguiente, el molino está parado; los criados y los molineros han salido. Juan coge el manojo de llaves colgado de la pared y hace una seña a Gertrudis para que le siga.
--¿Adónde vais?--pregunta Martín alzando los ojos del libro.
--Una gallina está poniendo fuera del gallinero;--dice vivamente Gertrudis.--Vamos a buscar el nido.
Y ni siquiera se pone colorada.
Hacen entonces una investigación escrupulosa en los establos, en la granja, en el granero y en el pajar; pero registran sobre todo el molino, suben y bajan las escaleras, y revuelven el cuarto de los trastos viejos.
Escudriñan sin ningún resultado, durante dos horas, por lo menos, y de repente, Gertrudis, que no tiene miedo de meterse en el rincón más recóndito del granero, anuncia que ha encontrado lo que buscaba. Entre los haces de leña que se deshacen en polvo, las ruedas de engranaje inservibles y los restos de los diez últimos años, aparecen varios sacos de harina y de avena; al lado se ve un buen número de utensilios pequeños: martillos, tenazas, cepillos, cuchillos de mesa. Con los ojos brillantes, el rostro lleno de tierra y los cabellos cubiertos de telarañas, Gertrudis sale del escondrijo lanzando gritos de alegría; cuando Juan se ha cerciorado de que no hay error, el consejo de guerra se reúne y delibera.
¿Conviene enterar a Martín del secreto? No; se incomodaría y acabaría por echarles a perder la broma. Juan tiene una idea. Vierte el contenido de los sacos en una medida igual, después llena esos sacos de tierra y de arena, y esparce encima una capa de negro de humo, como el que usan los cocheros para teñir los arneses. Sumerge por un momento los instrumentos en el tonel de alquitrán; y, cuando ha vuelto a poner todas las cosas en su orden primitivo, considera terminada su tarea.
Abandonan el molino penetrados de una alegría profunda; se trasladan a la balsa para lavarse la cara y las manos, se ayudan mutuamente a limpiarse las ropas, y entran en la casa esforzándose por adoptar la expresión más inocente posible. Sin embargo, Martín no tarda en notar en sus labios leves movimientos que les hacen traición; los amenaza sonriendo, pero no les dirige la menor pregunta.
Pasan tres días en la más viva impaciencia; después, una mañana, Juan, sin aliento, corre al jardín en busca de Gertrudis, con el semblante enrojecido a fuerza de contener las ganas de reír. Al instante, ella suelta la azada y se precipita con él al patio. Delante de la balsa está el viejo David furioso y desfigurado, medio blanco, medio transformado en deshollinador. Tiene el rostro y las manos negras como el carbón, y sobre sus ropas aparecen enormes manchas de alquitrán. En las ventanas del molino se ven las caras de los molineros que ríen a carcajadas, y Martín se pasea delante de la casa vivamente sobreexcitado.