El molino silencioso; Las bodas de Yolanda

Chapter 2

Chapter 24,104 wordsPublic domain

Juan mira a su alrededor y suelta un grito de admiración. No quiere creer en sus sentidos. Todo ha cambiado, todo está embellecido. El patio, que la lluvia en otro tiempo convertía en un horrible pantano y que durante el verano era un hoyo lleno de polvo, luce entonces un verde césped y parece una pradera cubierta de flores. Las puertas del granero y de las cuadras brillan con un hermoso color obscuro y tienen números pintados de blanco. En medio del patio se alza sobre la hierba un palomar artísticamente construido, que recuerda los _chalets_ de la Suiza. Delante de la vivienda sube un emparrado nuevo, cubierto de pámpanos, que se entrelazan alrededor de las ventanas, brillando al sol, y que prometen un abundante follaje.

El molino aparece a sus ojos deslumbrados como un asilo donde reina la paz y la inocencia.

Impresionado cruza las manos y pregunta:

--¿Quién ha hecho esto?

Ella pasea su mirada por el contorno y guarda silencio.

--¿Usted?--pregunta el militar sorprendido.

--He contribuido un poco--responde la joven modestamente.

--¿Pero es usted la que ha tomado la iniciativa?

Ella sonríe. Esta sonrisa le da más años, esparce sobre su rostro de niña la gracia de la mujer.

--Benditas sean sus manos--dice el joven en voz baja y tímida, y con más gravedad que de costumbre.

No puede menos de acordarse de su madre muerta, que continuamente estaba quejándose del polvo insoportable y de que no hubiera en todo el patio el más pequeño sitio para descansar.

--¡Qué lástima que no pueda ver esto!--dice a media voz, siguiendo su pensamiento.

--¿La madre?--pregunta ella.

El, sorprendido, la mira. No ha dicho: «_su_ madre»; esto le sorprende al principio y luego le causa una sensación de bienestar, como no la ha experimentado nunca en su vida. Se siente penetrado de un dulce calor que le invade el corazón y no quiere disiparse. Hay, pues, en el mundo, fuera de la familia, una mujer joven y bella que habla de la madre de él como de la suya propia, como si ella fuese una hermana, aquella hermana tan deseada en los años infantiles, cuando sus ojos se fijaban con admiración secreta en las muchachas de la aldea.

La joven repite dulcemente la pregunta.

--Sí... la madre--responde él dirigiéndole una mirada de reconocimiento.

Durante un segundo la joven sostiene esa mirada; después baja los párpados y dice, un poco turbada:

--¿Dónde estará Martín?

--En el molino, seguramente.

--¡Ah! sí en el molino;--confirma ella en seguida.

Y añade alejándose prestamente:

--Voy a buscarlo.

Maquinalmente casi, el militar sigue con los ojos la figura de la muchacha que atraviesa el patio con paso leve. Todo en ella flota y se agita: sus faldas, las cintas de su delantal, el pañuelo que rodea su cuello, la masa en desorden de sus rebeldes bucles.

Permanece así un instante, inmóvil, como fascinado, siguiéndola con los ojos; después menea la cabeza y se dirige hacia el emparrado. La primera cosa que le llama la atención es una mesita sobre la cual se ve una canastilla de paja para la labor. De esa canastilla sale un bordado comenzado, una larga tira blanca donde están trazadas hojas y flores como las que las mujeres emplean para adornar la ropa blanca. Sin saber lo que hace, coge la tira y sigue el trabajo complicado de los puntos, hasta el momento en que resuena en sus oídos la voz jovial de su cuñada. Bruscamente, como un niño cogido en falta, deja caer el bordado; la joven aparece en la esquina de la casa conduciendo alegremente a un hombre de aspecto rollizo, cubierto de harina, que trata de librarse con ademán torpe de las manitas que lo sujetan, y esparce a su alrededor densas nubes de polvo blanco. Ese hombre es... no cabe duda es...

--¡Martín! ¡querido Martín!

Y Juan se precipita para caer en sus brazos.

Los torpes miembros del otro se detienen en su movimiento, se arquean las espesas cejas y una sonrisa tranquila y bondadosa aparece en sus labios; nuestro hombre siente que recorre su cuerpo un estremecimiento, y da un paso atrás, tambaleándose, para lanzarse luego al encuentro del niño querido a quien, al fin, vuelve a ver.

Sin decir una palabra, los dos hermanos se abrazan tiernamente. Después, al cabo de un momento, Martín toma entre sus manos la cabeza del hijo pródigo; y, frunciendo las cejas con aire sombrío, mordiéndose el labio inferior, por largo tiempo clava en silencio sus miradas en los ojos brillantes y alegres del hermano.

Luego se sienta en el banco del emparrado; y, apoyando los codos sobre las rodillas, se pone a contemplar el suelo.

--¿Qué piensas Martín?--pregunta Juan con voz cariñosa colocando una mano en el hombro de su hermano.

--¡Eh! ¿por qué no he de pensar?--replica el molinero con el sordo gruñido que le es peculiar y que acompaña siempre a sus lacónicos discursos. ¡Eh pilluelo!--continúa--y la bonachona sonrisa que lo caracteriza en las horas de buen humor se extiende sobre sus facciones toscamente trazadas, y las ilumina.--¿Te has incomodado, eh?

Entonces se levanta, y, cogiendo a su mujer de la mano, agrega:

--Míralo, Gertrudis, se ha incomodado... ¡Ven acá, pilluelo!... Es ella... mírala bien... ¿Es con ella con quien has pretendido incomodarte?

Se deja caer sobre el banco tan pesadamente, que una nueva nube de polvo blanco se alza a su alrededor; levanta los ojos hacia Juan, se sonríe, y acaba por decir a Gertrudis:

--Ve a buscar un cepillo.

Gertrudis lanza una risotada y se va cantando. Cuando vuelve, blandiendo en el aire el objeto pedido, el molinero le dice en tono de mando:

--¡Cepíllalo!

--Cuando los molineros y los deshollinadores quieren ser buenos, sucede siempre una desgracia;--dice Juan bromeando con expresión cohibida.

Y pretende sacar a la joven el cepillo de las manos.

--Por favor, déjeme usted--dice ella defendiéndose y ocultando vivamente el cepillo debajo del delantal.

Martín golpea en el banco con el puño.

--¿Déjeme usted?... ¡Cómo! ¿No os tuteáis todavía?

Juan guarda silencio, y Gertrudis le pasa fuertemente el cepillo por la espalda.

--Apuesto cualquier cosa a que todavía no os habéis besado.

Gertrudis deja caer de pronto el cepillo. Juan dice: «¡hum!» y se entrega afanosamente a la tarea de hacer girar a lo largo del cepillo de hierro que hay delante de la puerta una de las rosetas de sus espuelas.

--¡Es preciso! ¡Vamos!

Juan da media vuelta rápidamente y se pone a retorcerse el mostacho; espera salir de tan comprometida situación adoptando aires de conquistador, pero ni siquiera tiene valor para inclinarse hacia la joven. Se deja estar tieso como una estaca y espera que ella le presente la boca y adelante los labios; entonces, por un instante, posa en ellos los suyos temblorosos y siente un leve estremecimiento en todo el cuerpo.

Los dos se quedan uno al lado del otro, sonriendo tímidamente, con las mejillas encendidas.

Martín se golpea las rodillas con los puños y dice que acaba de asistir a una escena cómica capaz de hacer morir de risa. Después se levanta bruscamente, y se va a disfrutar de su dicha en la soledad.

V

Por la tarde, los dos hermanos se dirigen juntos al molino. Gertrudis los sigue con los ojos, desde la ventana; Juan se vuelve, ella sonríe y oculta su cabeza detrás de la cortina.

Juan se detiene en el umbral; se apoya contra una de las hojas de la puerta y lanza una mirada de profunda emoción a la penumbra de la vieja y querida sala, mientras el ruido de las ruedas llega ensordecedor a su oído, y nubes grises de harina y vapor de agua, llevadas por la corriente de aire, le azotan el rostro.

Delante de él se alinean en su puesto las diferentes ruedas del molino. A la izquierda, cerca del muro, el viejo tamiz para la harina; después el triturador y la muela donde se mezcla el salvado a la harina; después la muela mondadora, que separa la cebada de su cáscara, y finalmente un cilindro de sistema completamente nuevo, que durante su ausencia se ha agregado a los otros. Hay también un tornillo sin fin y un tubo ascensor, como lo requiere la moda.

Martín, con las dos manos en los bolsillos del pantalón, tranquilo, satisfecho, mueve su corta pipa en la boca. Después, coge a Juan por la mano para explicarle los mecanismos nuevos; le muestra la harina fina, molida por el tornillo sin fin, pasando por el tubo ascensor, donde pequeños depósitos que suben a lo largo de una correa circular la elevan a través de dos pisos, casi hasta el techo, para volcarla luego en los tubos de seda cilíndricos, porque es preciso que pase en polvo fino a través de esa estrecha trama antes que pueda servir.

Respirando apenas, Juan escucha; caza al vuelo las frases raras, que su hermano sólo pronuncia en fragmentos, y se admira mucho al ver hasta qué punto se embrutece uno en el regimiento, pues todo eso es griego para él.

Los negocios florecen. Todas las ruedas trabajan, y los mozos del molino tienen bastante que hacer allá arriba, en la galería, echando el grano en los vertederos, y abajo, vigilando la caída de la harina y del salvado.

--Ahora tengo tres--dice Martín, señalando a los compañeros, blancos como la nieve, que tan pronto suben como bajan por la escalera.

--¿Y tienes todavía a David?--pregunta Juan.

--Naturalmente--responde Martín haciendo una mueca.

Se diría que la sola idea de que David pudiese faltar del molino lo ha llenado de terror. Juan se echa a reír:

--¿Dónde está, pues, ese pícaro viejo?

--¡David! ¡David!

Y la voz potente de Martín resuena a través de la sala, dominando el ruido de las ruedas.

Entonces, del rincón obscuro de las máquinas, cuya masa gigantesca surge del suelo detrás del armazón de las ruedas, se adelanta pausadamente una larga figura vacilante, cubierta de harina de pies a cabeza; aparece un rostro pálido, en el cual sólo se lee esa especie de estupidez que producen los años; una nariz ligeramente colorada que baja hasta la barbilla, unos ojos enfurruñados que se ocultan bajo gruesas cejas, y una boca que parece agitada por un movimiento eterno de masticación.

--¿Qué me quiere mi amo?--pregunta el viejo colocándose delante de los dos hermanos, sin soltar la pipa de barro que pende y se balancea entre sus labios.

--¡Ahí lo tienes!--dice Martín golpeando en el hombro al viejo, mientras asoma a su rostro una sonrisa de tierno respeto.

--¿No me reconoces, David?--pregunta Juan tendiéndole amigablemente la mano.

El viejo lanza por entre sus dientes un salivazo negruzco, medita un instante y murmura:

--¿Por qué no lo he de reconocer?

--¿Y qué tal te encuentras?

El viejo vuelve a meditar, se rasca la cabeza y dice:

--¿Cómo me he de encontrar?

Y comienza a atar y a desatar entre sus dedos nudosos el hilo de un saco de harina; después, cuando está bien convencido de que no lo necesitan, vuelve a hundirse en su rincón obscuro.

El rostro de Martín está radiante.

--Tiene un gran corazón. ¡Veintiocho años a nuestro servicio, y siempre laborioso, siempre fiel a sus deberes!

--¿Qué hace ahora?

Martín no sabe qué contestar.

--Difícil es decirlo... Ocupa un puesto de confianza. ¡Ah! tiene un gran corazón... un gran corazón...

--¿Ese gran corazón roba todavía un poco de harina de los sacos?--pregunta Juan riéndose.

Martín se encoge de hombros con disgusto y murmura algo como: «Veintiocho años de servicios» y «hay que cerrar los ojos.»

--Parece que todavía me guarda algún rencor porque me permití descubrir el escondrijo donde amontonaba, como la marmota, lo que iba robando.

--Estás prevenido contra él--gruñe Martín;--lo mismo que Gertrudis... Sois injustos, cruelmente injustos con él.

Juan mueve alegremente la cabeza; y, señalando con el dedo una puerta que conduce a una habitación de madera, recién construida, pregunta.

--¿Qué es eso?

Martín, un poco cortado, menea dulcemente la cabeza.

--Mi despacho--balbucea al fin.

Y como Juan da un paso para abrir la puerta, lo detiene por el faldón de la chaqueta.

--Te ruego--refunfuña--que no franquees ese umbral; ni hoy, ni nunca... tengo mis razones.

Juan lo mira disgustado y está a punto de preguntarle: «¿Desde cuándo tienes secretos para mí?» Pero la súplica que lee en los ojos de su hermano le cierra la boca, y los dos salen juntos del molino cogidos del brazo.

VI

Ha llegado la noche... La rueda grande se ha detenido, condenando a la inmovilidad a todo el engranaje de las pequeñas. El silencio reina en el molino; sólo a lo lejos, en la esclusa abierta, las aguas en movimiento cantan su monótona melodía.

Delante de la casa, el arroyuelo está tranquilo como si no tuviese más que hacer que columpiar los nenúfares, y el sol poniente se refleja en sus aguas profundas. Como una cinta de oro serpentea a través de los arbustos, donde un ejército de ruiseñores, ignorando su mérito, afinan sus gargantas para entrar en lucha con las ranas instaladas abajo.

Los tres seres hermanos destinados a vivir juntos desde entonces en aquella soledad florida, donde todo inspira canciones, están reunidos en círculo íntimo. Sentados en el emparrado, alrededor de la mesa cubierta por un mantel blanco, no han hecho gran honor a la cena esa tarde, y sus miradas fijas en el suelo expresan un profundo sentimiento de bienestar. Martín, con la cara apoyada en las dos manos, saca de su pipa densas nubes de humo, lanzando de vez en cuando un sonido que participa de la risa y del gruñido.

Juan está completamente hundido en el tupido follaje, y deja que los pámpanos, que tiemblan y se agitan al soplo de su aliento le acaricien el rostro.

Gertrudis lanza de tiempo en tiempo una mirada furtiva a los dos hermanos; se la podría tomar por una criatura indisciplinada que quiere hacer alguna travesura, pero cerciorándose antes de que nadie la vigila. Evidentemente, el silencio no es de su gusto; pero está demasiado bien educada para romperlo. Sin embargo, se divierte sola en hacer a escondidas bolitas de pan para lanzarlas en medio de una banda de gorriones glotones que picotean alrededor del emparrado. Hay uno, sobre todo, un sucio granujilla, que con su destreza y rapidez vence a todos los demás. Desde el momento que llega rodando una pelotilla, abre las dos alas y se pone a gritar como un poseído después, disputando a derecha e izquierda con los otros, procura hacer salir a aletazos la bolita del campo de batalla para tomar posesión de ella, con toda comodidad, mientras sus camaradas cambian todavía entre ellos furiosos picotazos.

Esta maniobra se repite cuatro o cinco veces y le da siempre la victoria; pero al fin otro, que no carece de valor, descubre su táctica y la aplica mejor todavía.

Ante ese espectáculo, Gertrudis siente grandes ganas de reír; quiere reprimirlas a la fuerza, se mete el pañuelo en la boca y contiene la respiración hasta que el rostro se le pone morado. Después, renunciando a la esperanza de poder dominarse por más tiempo, se levanta para huir; pero no ha llegado aún a la puerta cuando estalla la risa. Desaparece, entonces en la sombra del vestíbulo, lanzando gritos de alegría.

Los dos hermanos, sacados de su ensueño, se incorporan.

--¿Qué pasa?--pregunta Juan asustado.

Martín menea la cabeza, dirigiendo su mirada a la joven, cuyas locuras y niñerías conoce perfectamente. Al cabo de un instante, coge la mano a Juan y dice, señalando la puerta con el dedo:

--Responde, ¿te parece que ella quiera hacerte partir?

--¡De ningún modo!--dice Juan con risa un poco forzada.

--¡Ah, muchacho!--exclama Martín rascándose la cabeza desgreñada;--¡por cuántas desazones he pasado! ¡Cuántas veces me he agitado en el lecho pensando en ti y en la falta que había cometido tal vez contigo!...

Después de una pausa continuó:

--Y sin embargo al verla tan dulce, tan inocente, dime, muchacho ¿me habría sido posible no amarla? Desde que la vi, no fui dueño de mi persona. Me recordaba a mi Juan de tantas maneras... era jovial y tenía los ojos brillantes, donde se leía una loca alegría, exactamente como en ti. Era una criatura, es verdad, y sigue siéndolo hasta hoy... descuidada, turbulenta, traviesa como un niño. Y, cuando no se le tiene la rienda un poco corta, amenaza trastornarlo todo. Pero me gusta así--y un resplandor de ternura ilumina sus rasgos--y pensándolo bien, yo no podría pasarlo sin sus locuras. Ya lo sabes, siempre tengo necesidad de hacer el padre con alguno; en otro tiempo te tenía a ti, y ahora la tengo a ella.

Después de haber desahogado su corazón, Martín se sume en un profundo silencio.

--¿Y eres feliz?--pregunta Juan.

Martín lanza densas bocanadas de su pipa; en medio de la nube en que se ha envuelto, murmura después de una nueva pausa:

--¡Hum! eso depende...

--¿De qué?

--De que tú no le guardes rencor.

--¿Yo, guardarle rencor?

--Vaya, vaya, no te defiendas.

Juan no responde. No le costará mucho trabajo convencer a su hermano; y, cerrando los ojos, hunde de nuevo la cabeza en los pámpanos que agita el aire.

Un rayo de luz le hace alzar los ojos.

Es Gertrudis que, de pie en el umbral de la puerta, con una lámpara en la mano, aparece toda confusa. Su gracioso rostro está cubierto de vivo color y sus pestañas bajas lanzan sobre sus mejillas dos sombras semicirculares.

--¡Qué loquilla eres!--dice Martín acariciando tiernamente sus cabellos en desorden.

--¿No quieres ir a acostarte, Juan?--pregunta ella con gran seriedad.

Pero su voz hace traición todavía a una leve risa que trata de reprimir.

--¡Buenas noches, hermano!

--Espera, que subo contigo.

Juan tiende la mano a su cuñada, que vuelve la cabeza para disimular su sonrisa.

Martín le coge la lámpara y sube la escalera precediendo a su hermano. Una vez en lo alto, se apodera de la mano de Juan, y, sin decir nada, fija un instante su mirada franca y bondadosa sobre el rostro de su hermano, como si no pudiese dominar aún su felicidad, se dirige a la puerta y sale.

Juan suspira y se despereza, con las dos manos apoyadas en el pecho. Le ahoga la alegría que invade su alma. Quiere alcanzar a su hermano para consolar su corazón con algunas palabras de ternura y de reconocimiento, pero oye los pasos de Martín repercutiendo ya abajo, en el vestíbulo. Es demasiado tarde. Antes de meterse en cama necesita calmarse. Apaga la lámpara y abre una de las hojas de la ventana. El aire fresco de la noche, que le acaricia el rostro, le produce bienestar y lo apacigua.

Se inclina sobre el alféizar y silba un aria hundiendo sus miradas en la sombra.

Debajo de él, el manzano en plena florescencia balancea la masa blanca de sus flores. ¡Cuántas veces, siendo niño, ha trepado por sus ramas! ¡Cuántas veces, cansado de jugar, se ha apoyado en el tronco, perdido en un sueño, mientras las hojas le susurraban lindas historias! Y después, en otoño, cuando una ráfaga pasaba sobre el árbol, caía casi entre sus brazos una lluvia de manzanas doradas. ¡Era una delicia aquello!

¡Qué de pensamientos acuden a la mente cuando se silba de ese modo! Cada nota despierta una nueva canción, cada tonada resucita nuevos recuerdos. Con las canciones de otro tiempo despiertan también los antiguos sueños, que vuelan con sus alas de mariposa y recorren su vasto imperio, desde que aparece la luna hasta que asoma la aurora...

Y, mientras contempla la tierra, donde todo se sumerge en las tinieblas, ve que se abre suavemente una ventana debajo de él, y aparece una cabeza con el rostro vuelto hacia arriba. En el óvalo pálido, que resalta sobre la sombra de los cabellos, ve brillar dos ojos negros picarescos que le miran con malicia de gata joven.

De pronto deja de silbar; entonces suena en su oído una risa burlona, y la voz alegre de su cuñada le dice:

--Vamos, Juan, continúa.

Y, como él no quiere acceder a esa petición, la joven frunce los labios y se pone a silbar imperfectamente algunas notas.

Entonces se oye gruñir, en el interior de la casa la voz profunda de Martín, que dice paternalmente, en tono de reproche:

--No hagas tonterías, Gertrudis; déjalo dormir.

--¡Pero si no duerme!--responde ella en el tono enfurruñado del niño a quien reprenden.

Después la ventana se cierra y las voces se apagan.

Juan menea la cabeza riendo y se mete en la cama; pero no puede dormirse a causa de las flores que Gertrudis ha puesto a la cabecera y cuyas hojas llegan hasta el borde del lecho. Con los manojos de lilas violáceas se mezclan los narcisos de cáliz estrellado de suave blancura. Se vuelve, después de arrodillarse en la cama, y hunde su rostro en las flores. Los pétalos delicados lo acarician y besan sus párpados y sus labios.

De pronto presta oído. Del suelo sube el rumor de una risa apenas perceptible, como si llegase del centro de la tierra; una risa leve como el ala del viento rozando la hierba... ¡pero tan alegre, de tan loca alegría!...

Escucha un instante y espera oírla por segunda vez; pero todo queda en silencio.

--¡Qué loquilla!--dice alegremente.

Vuelve a caer sobre la almohada, y se duerme con la sonrisa en los labios.

VII

A la mañana siguiente, Juan busca en el cuarto sus ropas de trabajo. Le aprietan un poco en los hombros. ¡Cristo! ¡cómo ha engrosado!

Ya está alto el sol. Le parece que pone menos luz y calor en cualquier parte que no sea en aquella soledad florida. Es una cosa particular el sol del país natal. Dora todo lo que toca, y brotan canciones de los labios que acaricia. ¡Qué hermosa es la vida en la casa paterna! ¡Viva la alegría!

--Tengo ahora en casa todo un nido de alegres pájaros;--dice riendo Martín, que va a darle los buenos días. Sigue cantando, muchacho... Estoy acostumbrado desde que vive aquí Gertrudis... Pero ¿qué vas a hacer con esa blusa blanca?

--¿Crees acaso que voy a estar aquí de brazos cruzados?

--Descansa un día más.

--¡Ni una hora! Mis ropas de holgazán están colgadas ya de un clavo.

Martín ha visto las flores que están a la cabecera del lecho, y dice riendo de mala gana.

--¡Habrase visto! Le he prohibido que haga eso conmigo y te da a ti esa mala broma. Por eso estás hoy tan pálido.

--¿Pálido, yo? No lo creo.

--No le digas nada. Yo le prohibiré que haga estas tonterías.

Y bajan los dos juntos.

No se ve a Gertrudis en ninguna parte de la casa.

--Está en el jardín desde las cinco--dice Martín sonriendo con complacencia.--Todo marcha aquí al vapor desde que ella tiene la dirección de la casa... Es viva como una ardilla, y está en pie desde el alba; y siempre contenta... siempre entonando canciones y soltando gritos de alegría.

Al dirigirse al molino, los dos hermanos ven pasar por arriba de ellos, rozando sus cabezas, un tronco de zanahoria.

Martín se vuelve riendo, y hace con el dedo un ademán de amenaza.

--¿Quién es?--pregunta Juan, recorriendo con la mirada el patio, donde no se ve alma viviente.

--¿Quién quieres que sea, sino ella?

--¿Y no ves nada que indique dónde está?

--Nada absolutamente... Es un verdadero diablillo, se hace invisible cuando quiere.

Y, con el rostro radiante, sigue a su hermano al molino.

Pasan las horas. Juan quiere demostrar lo que puede hacer, y trabaja con gran energía. Mientras está vigilando en la galería el trituramiento del grano en la tolva, siente que le tiran de la blusa.

Mira hacia abajo. Gertrudis, de pie en la escalera, con las mejillas tostadas por el sol y los ojos brillantes, le hace una seña con el dedo:

--Ven a almorzar.

--Al instante.

Termina su trabajo y se coloca a su lado.

--¡Brrr!--exclama la joven sacudiéndolo;--¡cómo te has vestido!

--¿Y qué?

--Ayer me gustabas más.

Dicho esto, le tiende la mano para darle los buenos días, y baja apresuradamente la escalera, divirtiéndose en esparcir delante de ella una lluvia de harina.

Al pasar por delante de la habitación que Martín llama _su despacho_, su rostro toma una expresión misteriosa, y deteniéndose, levanta las dos manos en el aire, como para conjurar un espíritu.

Al cabo de un instante, pregunta en voz baja:

--Di, ¿qué hay ahí dentro?

--No sé.

--Yo tampoco. ¿No tienes permiso para entrar ahí?

--No.