El molino silencioso; Las bodas de Yolanda

Chapter 12

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El acceso de furor de su querido papá le había hecho ver que ya no tenía nada que esperar; y, en su desolación, había resuelto aprovechar el único medio de aproximarse, por lo menos, a su amado.

--No era muy bonito eso, corazón--le digo.

--¡Sufría tanto lejos de él!--me responde, como si esa explicación pudiera ser satisfactoria.

--Perfectamente... no había más que hacer. Pero tú, hijo mío, ¿por qué no te has acercado a mí y me has dicho: «Tío, yo la amo... ella me ama... de modo que déjala estar?»

--Yo no sabía si ella me amaba--responde.

--¡Cada vez más lindo! Son ustedes dos inocentes; dos corderos... ¡Completamente!... ¿Y cuándo, pues, lo han puesto todo en claro?

--Esta tarde, mientras tú dormías.

Y me contaron la cosa: después de la comida, en un solo apretón de manos, habían sentido todo el horror de su situación, y, no encontrando otra salida, habían resuelto morir aquella misma noche.

--¡Cómo! ¿tú también?

En lugar de responder, ella saca del bolsillo un frasquito de aspecto enteramente divertido, con su cabeza de muerto sobre el rótulo.

--¿Qué hay ahí dentro?

--Ácido prúsico.

--¡Diantre! ¿Y de dónde lo has sacado?

Un joven farmacéutico, del que había recibido lecciones de baile, y al que había trastornado la cabeza, le había hecho una vez ese encantador regalo...

--¿Y te ibas a beber eso, perra?

Ella me miró con sus grandes ojos resueltos e inclinó dos o tres veces la cabeza... Comprendí muy bien, y sentí un calofrío... ¡por un poco más, aquélla habría sido una linda noche de bodas!

--Pero ahora, ¿qué voy a hacer yo con ustedes dos?

--¡Sálvanos!... ¡ayúdanos!... ¡ten piedad de nosotros!

Se han arrojado a mis pies y me lamen las manos. Ahora bien: como ustedes saben, señores, yo soy un buen muchacho; esa es mi profesión... Encontré, pues, un medio de anular cuanto antes mi matrimonio frustrado.

Juan recibió orden de enganchar; y, un cuarto de hora más tarde, llevaba a mi desposada de doce horas a Gorowen, al lado de mi hermana, bajo la égida de quien debía permanecer hasta que el divorcio hubiera sido concedido; por nada del mundo quería volver ella a la casa de su padre...

Lotario me preguntó con toda candidez si no podía acompañarnos.

--¡Lárgate de aquí cuanto antes, mocoso!--le dije.

Sé mostrarme severo cuando es menester, señores...

Cuando volví a casa, el reloj marcaba las cinco... Ya no podía más de cansancio; las piernas se me entraban en el cuerpo.

Todo estaba en silencio. Antes de partir, había mandado a mi gente que se acostara. Al atravesar el vestíbulo, donde ardían las luces todavía, vi una puerta rodeada de guirnaldas. Daba al famoso dormitorio cuya entrada me había prohibido mi hermana, a fin de que tuviera una gran sorpresa el día de mis bodas.

Abrí por curiosidad, y mis miradas se hundieron en una verdadera capilla ardiente, de la que se desprendían perfumes desconocidos... Colgaduras por todas partes, alfombras... una lámpara de iglesia pendía del cielo raso... y, allá, en el fondo, sobre un estrado, se alzaba una especie de catafalco, con adornos dorados y un cubrepiés de seda...

¿Y allí dentro era donde habría tenido que dormir yo?

¡Brrr!... hice, cerrando la puerta y escapando tan rápidamente como me lo permitían mis cansadas piernas.

Y, una vez en mi aposento encendí mi buena y hermosa lámpara de trabajo, que me sonreía como el sol.

Ahí estaba, arrimada contra la pared, mi vieja cama estrecha, con sus montantes rojos, su jergón gris y su piel de ciervo raída... ¡Ah señores! ¡qué consuelo sentí al verla!

Me quité las ropas, tomé un buen cigarro... Me metí entre las cobijas... y me puse a leer un capítulo apasionante de la guerra francoalemana...

Y puedo asegurar a ustedes, señores, que nunca en mi vida he dormido mejor que en mi noche de bodas.

FIN

* * * * *

NOVELAS DEL MISMO AUTOR

PUBLICADAS EN LA BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

El Deseo Vol. 80

El Pasado indestructible » 220 y 221