El molino silencioso; Las bodas de Yolanda

Chapter 10

Chapter 104,067 wordsPublic domain

Y, entretanto, siempre este pensamiento lancinante: «Hanckel, te estás poniendo en ridículo.»

Sin embargo, mi llegada a Krakow fue magistral. Una yunta de caballos de pelo gris, nacidos en mis tierras, el landó nuevo, acolchonado con raso granate... La entrada de un príncipe no habría sido más triunfal; a pesar de todo, me habría batido en retirada... tan cobardemente me latía el corazón.

El viejo me recibió en la puerta, como si no tuviera la menor idea de lo que se preparaba... Y, cuando le pido un momento de conversación a solas, adopta el gesto reservado del que teme ser objeto de un pedido imprevisto de dinero.

«Está bien; pronto levantarás bandera de parlamento», me digo; y espero la respuesta, que ha de dar lugar a una buena escena, muy conmovedora, con abrazos, lágrimas de alegría, y todo el aparato escénico del caso... Porque uno se hace terriblemente vanidoso, señores, cuando tiene el portamonedas bien provisto.

Pero el viejo zorro era entendido en negocios; sabía que, para dar valor a la mercancía a los ojos del comprador, hay que hacérsela desear.

Cuando hube presentado mi demanda, me respondió hinchado por una dignidad repentina:

--Disculpe, señor barón. ¿Quién me asegura que ese matrimonio, esa unión... _contra naturam_, confiéselo... va a tener buen resultado? ¿Quién me garantiza que, dentro de un año o dos, no volverá aquí mi hija, en cabeza, en camisa, a declararme: «Padre mío, yo no puedo vivir ya con ese viejo... Téngame a su lado?...»

--¡Ah, señores! ¡eso era duro!

--Ahí tiene usted--continuó,--ahí tiene usted la razón de que, como padre prudente, yo no me atreva a entregarle mi hija.

¡De modo que me manda a paseo!... ¡se burla de mí!...

Me levanto, porque la entrevista me parece terminada; pero el viejo se precipita y me obliga a sentarme otra vez:

--...Sin embargo, se la entregaría guardando las formas que un hombre como yo se cree obligado a imponer a un hombre como usted... o, para hablar más claramente, observando las formalidades por medio de las cuales un padre debe asegurar el porvenir de su hija... o, para ser más preciso todavía, la dote...

Entonces lo comprendo todo, y suelto la carcajada. ¡Ah, viejo fullero! ¡viejo fullero! ¡Para no soltar dote era para lo que había representado toda esa comedia! Al verme reír, manda al diablo el énfasis afectado, el pudor y la dignidad, y se echa a reír también con toda la boca; luego me dice:

--¡Oh! desde el momento que usted toma así la cosa, amigo mío... Si yo lo hubiera adivinado... Pero, usted bien lo sabe, hay que tantear siempre el terreno... y si cuaja, tanto mejor...

De modo que estábamos de acuerdo.

Entonces se llamó a la baronesa; y, digámoslo en honor suyo, olvidó el papel que tenía que desempeñar; se me echó al cuello en cuanto su marido hubo acabado, para salvar las apariencias, de explicarle la situación.

¿Y Yolanda?

Pálida como la muerte, con los labios apretados, los ojos entornados, apareció en la entrada del salón y me tendió silenciosamente las dos manos. Después, con paso de autómata se acercó a sus padres y se dejó abrazar por ellos.

Vean, señores, esto me dio que pensar otra vez.

V

Lo que me temía, señores, no sucedió...

A lo que parece, yo no tenía la menor idea del aprecio y de la amistad de que era objeto dentro de nuestro círculo. Mis esponsales tuvieron la aprobación de la nobleza y también del grueso público; por todas partes no vi más que caras sonrientes y manos afectuosamente tendidas que me felicitaban.

Es cierto que, en una ocasión como ésa, el mundo entero parece conjurarse contra uno para empujarlo, con gestos y ademanes de júbilo, hacia el destino; hasta el momento en que, como la cosa empieza a aburrir, todos se vuelven contra uno y le enseñan los dientes. La verdad, sin embargo, es que poco a poco fui dejando de sentirme avergonzado de mi felicidad; y hasta acabé por creer que tenía derechos reales sobre tanta juventud y belleza.

Mi pobre hermana vieja se mostró abnegada, hasta un extremo conmovedor; sin embargo, ella era la única persona a quien mi matrimonio causaba directamente un daño: tenía que salir de Ilgenstein el día de la boda para instalarse en nuestra pequeña posesión materna en Gorowen. Derramó torrentes de lágrimas, lágrimas de alegría, me aseguró que su plegaria de todas las noches había sido oída, y se apasionó de mi prometida antes mismo de conocerla.

¿Qué hubiera dicho mi amigo Pütz, que había bajado a la tumba sin ganar la comisión que esperaba recibir por mi casamiento?

«A su hijo--me dije,--es a quien tengo que pagarla.»

Escribí a éste una larga carta; le pedí perdón casi por haber ido a buscar mujer en la casa de su enemigo hereditario; «pero--agregué,--confío que de esta manera la vieja disputa se arreglará por sí sola».

La respuesta se hizo esperar mucho tiempo.

Contenía unas cuantas palabras de felicitación bastante secas, y me anunciaba que Lotario aplazaría su regreso hasta después de mi casamiento; le sería muy penoso encontrarse tan cerca de mí y no poder estar a mi lado ese gran día.

Esto, señores, me apenó; porque yo lo amaba de veras, al muy bandido.

Sí, sí... y mi novia también me tenía inquieto.

Seriamente inquieto, señores.

No veía en ella una alegría sincera. Siempre que llegaba, la encontraba con el rostro pálido, la expresión fría, la mirada turbia por entre los párpados bajos. Sólo cuando me la llevaba a un lado y le hablaba alegremente, acababa por animarse y por demostrarme una especie de ternura filial.

Pero también, señores, ¡cuán delicado me mostraba yo con ella! ¡extraordinariamente delicado, les aseguro!... La trataba como si fuera la princesa de un cuento de hadas; todos los días descubría yo en mi corazón nuevas fuentes de delicadeza, y me sentía positivamente orgulloso de mi refinada finura.

A veces, sin embargo, me asaltaban impulsos de contar un cuento picante o de soltar un juramento gordo. Esta perpetua vigilancia sobre mí mismo me abrumaba. Gracias a Dios, tengo el corazón bastante tierno y bastante generoso para comprender las exigencias de otro corazón, sin que haya afectación de mi parte. Pero hasta cierto punto eso me hacía el efecto de estar en la situación de un acróbata que avanza por la cuerda con los ojos vendados. Un movimiento falso a la derecha, un movimiento falso a la izquierda... ¡patatrás!... al suelo.

De modo que, cuando me veía otra vez en mi vasta casa vacía, en la que podía silbar, jurar, gritar, echar pestes y maldiciones a mi gusto, y hacer Dios sabe cuántas cosas más, sin chocar ni incomodar a nadie, experimentaba un verdadero bienestar y me decía más de una vez: «¡A Dios gracias! ¡todavía soy libre!»

Sí, pero no por mucho tiempo... Como nada se oponía al matrimonio, éste debía celebrarse dentro de seis semanas.

Una horda de tapiceros, de carpinteros, invadió mi querido Ilgenstein y lo puso patas arriba. Todos mis deseos se veían contrarrestados por la frase:

--¡Oh, señor barón! ¡eso no es de buen gusto!

Y, a fe mía, que los dejaba hacer; porque en aquella época yo sentía todavía un santo respeto por el famoso «buen gusto». Sólo mucho más tarde fue cuando comprendí que, por lo común, eso no es más que una pantalla para disimular la pobreza de espíritu.

En fin, lo cierto es que, so pretexto del maldito buen gusto, en poco tiempo la banda devastadora no dejó ni un rincón intacto en Ilgenstein. No conseguí poner a cubierto de la invasión nada más que mi gabinete de trabajo. Allí sí; prohibí enérgicamente toda tentativa de buen gusto... Y mi viejo catre... naturalmente... nadie se había atrevido a ponerle las manos encima.

¡Ah, sí, señores! esa cama...

Vean, oigan esto... Un buen día, viene a verme mi hermana... Dicho sea de paso, ella hacía causa común con toda esa gentuza... Entra, pues, en mi aposento, mostrando en sus labios la sonrisita falsa que adoptan las solteronas cuando se hace alusión delante de ellas a la manera cómo vienen al mundo las criaturas.

--Tengo que hablarte, Jorge--me dice, tosiendo afectadamente, sin mirarme.

--¡Bueno! ¡Empieza!

--Es a propósito...--balbucea,--es decir, me parece que... ¿qué piensas tú al respecto?... tú no puedes continuar durmiendo en esa cama espantosa, sobre un jergón...

--¿Y si a mí me gusta dormir así?

--No me comprendes...--murmura, cada vez más turbada;--después... cuando... en fin, una vez que te cases...

--¡Diantre! ¡no había pensado en eso!...--Y yo, un viejo lobo, me pongo tan turbado como ella.

--Habrá que avisar al ebanista--digo.

--Mi querido Jorge--dice ella con importancia;--perdóname si creo que entiendo el asunto mejor que tú.

--¡Hum, hum!--le digo, amenazándola con el dedo, porque mi mayor placer ha sido siempre plantar en el banquillo su pudor de solterona.

Ella se pone colorada de vergüenza, y continúa:

--He visto en casa de mis amigas, en casa de la señora de Houssel y de la condesa Finkenstein, dormitorios espléndidos... es preciso que tengas tú uno igual.

Yo pregunto:

--¿Cómo es?

Debo decir a ustedes, señores, que, al encontrarme con que el gran tacaño de mi suegro no quería pagar ni siquiera el arreglo de la casa, yo había dicho que el mobiliario estaba completo y había encargado en seguida lo indispensable a Berlín y a Königsberg. Naturalmente, me había olvidado de la cama.

--¿Qué prefieres?--insiste ella;--seda rosa cubierta de tul ilusión o seda adornada con puntillas? Tal vez se podría decir también al pintor que está haciendo el cielo raso que lo adorne con unos cuantos amorcillos.

¡Ay, ay, ay, señores!... yo no me sentía a gusto... ¡Yo y Cupido!...

--En cuanto a la cama--prosigue ella, implacable,--no habría tiempo de terminarla...

--¡Cómo!--replico;--¡seis semanas para hacer una cama!...

--¡Pero Jorge!... Los dibujos, los planos solamente requieren un mes.

Dirigí una mirada entristecida a mi vieja cama querida. Para ésa no había habido necesidad de dibujos. Me la habían hecho en medio día; seis tablas y cuatro montantes.

--Lo mejor--continúa ella,--sería escribir a Lotario pidiéndole que elija en Berlín lo más bonito y más fino que encuentre en las tiendas.

--¡Haz lo que quieras, y déjame en paz!--le dije, enervado.

Y mientras la pobre se retira un poco ofendida, le grito:

--Y, sobre todo, encomienda al pintor que trate que los amorcillos se me parezcan.

Ahí tienen, señores, cuál era mi estado de ánimo durante el período de noviazgo... Y cuanto más se acercaba el día de la boda, tanto más incómodo me sentía.

No porque tuviese miedo... o más bien, sí... tenía un miedo horrible... pero, aparte de eso, experimentaba la sensación de haber cometido una falta, de haber hecho daño a alguno... ¿cómo decir?... Pero, ¿a quién?... A ella no, por cuanto ella lo había querido así. A mí, tampoco, ¿no era yo el más feliz de los mortales? ¿A Lotario?... Muy bien podría ser.

El pobre muchacho había contado conmigo como un segundo padre, y yo lo abandonaba, pasándome al enemigo con armas y bagajes. ¡Vean ustedes cómo cumplía yo la palabra que había dado a Pütz en su lecho de muerte!

Señores, aquel de ustedes a quien las circunstancias hayan obligado a alistarse en las filas de los bribones... y ¿cuál es el hombre honrado que no ha tenido que hacer eso alguna vez en su vida?... ese me comprenderá.

Me devanaba los sesos día y noche, y me roía las uñas hasta hacerme sangre; y, no encontrando otra manera de arreglar las cosas, resolví reconciliar a mi costa a las dos partes.

Confieso que me costó algún trabajo decidirme a ello; porque nosotros, los cultivadores, estamos muy aferrados, señores, a nuestros cuartos... Pero ¿qué es lo que no haría uno, cuando lo han declarado oficialmente «un buen muchacho?»

Me voy, pues, una tarde a casa de mi futuro suegro, y entro en su pretendido gabinete de trabajo. Estaba en preparativos para repantigarse en su diván, y lo incito, no sin vacilar, a que se reconcilie con Lotario... naturalmente, para tantear ante todo el terreno. Como lo había previsto, en seguida monta en cólera, jura, se sofoca, se pone lívido, y me señala la puerta.

--Pero--digo yo,--supongamos que él reconoce su error y abandona el pleito...

Señores ¿ha acariciado alguno de ustedes alguna vez un tejón?... quiero decir un tejón joven, medio domesticado. ¿Han notado ustedes los ojitos, medio burlones, medio dulces, con que mira mientras resuella suavemente? Enteramente igual fue la cara que puso el viejo; luego, me dijo:

--El no querrá.

--Pero, ¿y si consintiera?

--Entonces ¿eres tú el que paga los platos rotos?--me lanza a quema ropa el viejo pícaro.

--Yo me pregunto: «¿Tengo que negar?»

¡Bah! ¡Que el diablo lo lleve!... y convengo en la cosa.

--Pues no--dice el otro secamente;--nada de eso, hijo mío, no acepto.

--¿Y por qué?

--A causa de los hijos, por supuesto... Tengo que pensar en los nietos que tu magnanimidad me otorgará sin duda. Yo no les doy dote; ¿y voy a quitarles también la paja del nido donde van a nacer? De todos modos, estoy seguro de ganar el pleito si las cosas se prolongan uno o dos años más; puedo esperar.

Entonces, ensayo la persuación.

--El dinero quedará en la familia--digo;--yo pago, y tú guardas el dinero. Y, cuando te mueras, ese dinero volverá a mi poder.

--¡Ajá! ¡conque cuentas ya con mi muerte!--grita el viejo, montando otra vez en cólera;--¡querrías seguramente enterrarme vivo y tirar en seguida el manotón a Krakowitz para redondear tus tierras! ¿Le has echado el ojo a mi Krakowitz desde hace tiempo, eh?

Imposible hacer entender razones a ese energúmeno; me decido a emplear los grandes recursos.

--Oye entonces mi última palabra:--le digo.--Yo no puedo entrar en tu familia sino con una condición: tu reconciliación con Lotario Pütz. Si te niegas, tendré que romper mi compromiso.

Eso le puso blandito.

--¡Qué cabeza hueca!--dijo;--no hay medio de hablar de sentimientos contigo. Yo pienso en tus hijos, en esas pobres criaturas que están por nacer todavía; y tú, tú no piensas más que en una ruptura y en otras borricadas por el estilo... Arregla el asunto así, si eso te place; yo no me opongo personalmente, no tengo nada contra Lotario Pütz. Al contrario: debe ser un mocetón enérgico, muy caballero, bastante aficionado a las muchachas lindas... Y, a propósito, hijo mío, te voy a dar un buen consejo. Tú vas a tener una mujer joven. Si ella no fuera mi hija, y no estuviera por eso mismo arriba de toda sospecha, yo te diría: «Riñe con él; no le prestes más dinero y reclámale lo que te debe...» Como tú comprenderás, la prudencia es una gran cosa.

Señores, hasta entonces, yo había tomado al viejo por su lado bueno; pero desde aquel momento se me hizo odioso. Bueno... el casamiento ante todo; que, después, ya sabré librarme de él.

Había que tragar todavía una píldora bastante gorda. Convencer a Lotario de que el viejo había reconocido su error y renunciaba a seguir el pleito. Eso anduvo como sobre rieles. Lotario se sorprendió tan poco que se olvidó de agradecérmelo...

¡En fin, qué quieren ustedes!

Ya les he hablado de mi prometida; suficientemente, me parece. Nuestras relaciones, con sus altibajos de confianza o de temor, de esperanza o de abatimiento, formaban una madeja demasiado complicada para que mis manazas pesadas pudieran desenredarla.

Debo decir, en honor de Yolanda, que ella se esforzaba lealmente por darse conmigo... Trataba de adivinar mis gustos; sí, trataba de asociar sus ideas con las mías. Pero eso no era posible. Allí donde su joven inteligencia esperaba encontrar en mí la vida, el interés, no había, por lo general, más que un desierto seco, hacía ya mucho tiempo. Porque, vean ustedes lo que es terrible en la vejez: cada año atrofia un nervio más en nosotros; y, cuando estamos por llegar a los cincuenta años, el trabajo y el reposo nos son igualmente mortíferos.

Entonces estaban de moda las corbatas de color punzó; yo usaba, por lo tanto, una corbata punzó; usaba también zapatos puntiagudos, e hice poner forros de seda a mis trajes.

Hacía a mi novia costosos regalos: un collar de turquesas de quince mil francos... y un solitario célebre que había sido rematado en París. Todos los días, el ferrocarril le llevaba rosas frescas y orquídeas, porque, en cuanto a las flores de mi jardín, el cultivo de ellas no me daba tan buen resultado como la cría de potros. Diré de paso que mis potros... pero no, no es de eso de lo que quiero hablarles.

VI

Ahí está. Y ahora, señores, hago una raya y paso directamente al día de mi casamiento.

Mi señor suegro, que, como los gatos, caía siempre sobre sus patas, había resuelto aprovechar mi popularidad y renovar relaciones, en ocasión de nuestras bodas, con un montón de gente que, por prudencia, había dejado de tratarse con él desde hacía años. Desató, pues, los cordones de su bolsa, y organizó una fiesta monstruo en la que el champagne debía correr a mares, según su expresión.

Es fácil comprender que toda esta faramalla me daba miedo... Pero un novio no es más que un ente ridículo al que se le han suprimido momentáneamente los órganos de la voluntad.

A la mañana del gran día estaba yo sentado en mi pieza, de muy mal humor, con la casa entera hediendo a encáustico, cuando de repente se abre la puerta y se presenta Lotario.

Muy alegre... en apariencia... muy animado... con sus grandes botas. Se echa en mis brazos:

--¡Hurra! ¡mi tío!

Ha pasado toda la noche en viaje... La víspera, en las carreras de Hoppegarten, se ha ganado el gran premio... una carrera infernal... sin embargo, no se ha desnucado... Después, ha bebido como un pozo... y, con todo, ahí lo tienen ustedes fresco y resuelto como un joven dios... Dice que va a bailar como un trompo... Ha traído chascos, fuegos artificiales... Necesita inmediatamente dos docenas de hombres para enseñarles el manejo de las piezas, etcétera.

Todo esto brota y sale de sus labios sin interrupción, mientras sus gruesas cejas negras no hacen más que subir y bajar, y sus ojos brillan como brasas.

«¡Esta es la juventud!» pensé, ahogando un suspiro; «¡ah! si pudiese yo, aunque sólo fuera por veinticuatro horas, tener sus ojos... y todo lo demás!»

Le digo:

--¿Y no me pides noticias de mi novia?

Se echa a reír ruidosamente:

--¡Mi tío! ¡mi tío!--exclama.--¡Esta si que es aventura!... ¡Casarte, tú! ¡tú, casarte!... ¡Es realmente como para tirar bombas! ¡Hurra!

Y, riéndose siempre, sale del aposento.

En cuanto a mí, me dejo estar donde estoy, y concluyo mi cigarro; me siento muy abatido. Después, voy a inspeccionar las piezas recientemente arregladas.

Delante de la puerta del dormitorio me detiene mi hermana, que está preparando sus valijas.

--Aquí no se puede estar--dice,--es una sorpresa para ustedes dos.

¡Nosotros dos!... ¡qué tontería!

Como a las once, me pongo a la tarea de vestirme. El traje me incomoda en las escotaduras; los zapatos me aprietan los dedos; hace treinta años que los dedos de los pies se me hinchan... los grogs de Pütz tienen la culpa. La camisa está más dura que una tabla, la corbata me estrangula. ¡Es atroz!

A las dos de la tarde parto en el coche... entonces, señores, comienza un sueño... no un bello sueño... ¡no, por cierto!... sino una pesadilla espantosa, con todas las sensaciones correspondientes: vértigos, sofocaciones, opresión y caída en el vacío... y con uno que otro intervalo feliz, cuando me decía: «Todo saldrá bien. Tú tienes buen corazón y buena voluntad. Tú la guiarás para que pueda vencer los obstáculos. Ella hará su camino en el mundo festejada como una reina, y no sentirá las cadenas...»

Mientras los carruajes de los invitados iban entrando unos tras otros en el patio principal, y las ventanas se adornaban al mismo tiempo con rostros desconocidos, yo recorría el jardín como un poseído, embarraba mis lindos zapatos de charol en la tierra húmeda, y lloraba a moco tendido.

No me dejaron tranquilo mucho tiempo. Me llamaban de todas partes, y entré en la casa. El viejo, triunfante por haber reunido alrededor de él a sus antiguos enemigos y adversarios, a todos aquellos a quienes había ofendido o perjudicado, o engañado de alguna manera, corría del uno al otro, estrechándoles las manos y jurando a todos una amistad eterna.

Yo habría querido dar los buenos días a algunos amigos, pero en seguida se apoderaron de mí, y me empujaron, gritando, hacia el aposento donde, según decían, me estaba esperando mi novia.

Allí estaba ella, gallardamente erguida en su traje de seda blanca. El velo de tul la envolvía en una nube transparente, y la corona de mirto descansaba sobre sus cabellos como una corona de espinas.

Tuve que cerrar por un momento los ojos, deslumbrado. ¡Estaba tan hermosa!

--¿Estás contento?--me dijo, con una mirada tierna y sumisa.

Su rostro, al sonreírse, parecía una máscara de mármol. Entonces me sentí aplastado por la felicidad y por la conciencia de mi falta. Habría querido echarme a sus pies, pedirle perdón por haberme atrevido a pretenderla; pero no podía hacerlo, porque mi suegra estaba detrás de ella... Había también allí damas de honor y otras tonterías... Balbucí algunas palabras que yo mismo no comprendí, y, no sabiendo qué actitud debería guardar, me puse a andar de un lado a otro por la pieza, abotonándome y desabotonándome los guantes. Mi suegra, que tampoco sabía qué decir, arreglaba los pliegues del velo, y me miraba de reojo con una expresión de reproche y de estímulo al mismo tiempo. Cada vez que en mis paseos llegaba al extremo del aposento, me encontraba delante de un espejo, en el que, quisiera o no quisiera, tenía que mirarme. Veía en él mi frente calva, mis mejillas escarlatas, con bolsas debajo de los ojos, y una verruga en el ángulo de la boca. Veía el cuello postizo de mi camisa, demasiado estrecho aun cuando había pedido el número más alto, y mi pescuezo colorado que se desbordaba por arriba de él formando un pliegue gordo. Veía todo eso, y, un poco por clemencia y otro poco por lealtad, sentía impulsos de gritar a Yolanda: «¡Ten piedad de ti misma! ¡todavía estás a tiempo! ¡No te cases conmigo!...»

Nota breve: en aquella época, el matrimonio civil no existía aún.

Por mí, yo podría haberme estado así siglos enteros, dando vueltas alrededor de ella sin animarme nunca a decirle nada; pero, cuando el viejo se deslizó dentro de la pieza con la agilidad de un hurón, gritando: «¡Vamos! ¡el pastor está esperando!...» me enfurruñé, como si eso hubiera contrariado mis intenciones.

Ofrezco el brazo a Yolanda... Ábrense de par en par las puertas.

¡Caras! ¡caras! ¡nada más que caras, pegadas unas a las otras, que me miran irónicamente como diciéndome: «¡Hanckel, te estás poniendo en ridículo!» Han formado un doble cerco, y nosotros pasamos por el medio; y me sorprenda que nadie rompa con una carcajada el silencio que allí reina. Llegamos al altar que el viejo había fabricado artísticamente con un gran cajón cubierto por un paño rojo. Encima, hay una verdadera exposición de flores, de luces; en el centro, un crucifijo, como si se tratara de un entierro.

El buen viejo del pastor está delante de nosotros; adopta la expresión que imponen las circunstancias, y se recoge y vuelve a recogerse las mangas de la sobrepelliz, lo mismo que un escamoteador que se dispone a comenzar sus juegos.

Ante todo, un cántico... después, la plática. Maldito si oigo una palabra de ella; estoy embargado por una idea horrible que ha entrado en mi mente con la rapidez del rayo y que no me deja ya: «Ella va a decir _no_. Ella va a decir _no_...»

Y, cuanto más se acerca el momento decisivo, tanto más me aprieta el miedo la garganta. Al fin, ya no dudo absolutamente de que ella va a decir _no_.

Señores, ella dijo _sí_... Respiré entonces como un malhechor que acaba de oír su absolución.

Pero, lo más extraño fue esto. En cuanto oí esa palabra y cesó mi angustia, sentí un vivo pesar. «¡Ah! ¿por qué no había dicho más bien _no_?»