El Marqués de Bradomín: Coloquios Románticos
Part 2
Rezar. Prescindir de cualquier interés mundano. Busque usted ejemplo en la vida de los santos. María Egipciaca, mirando al piadoso objeto llegar á Jerusalén, no teniendo al pasar un río moneda que dar al barquero, le ofreció el don de su cuerpo. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto, Capitán!
LA DAMA
¡Qué gran consuelo me da usted, señor Abad!
EL ABAD
¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
Los perros van y vienen con carreras locas, persiguiendo sobre la yerba la sombra de un largo bando de palomas que vuela en torno de la torre señorial. La dama y el clérigo conversan en un banco de piedra, sostenidos por dos grifantes toscamente labrados, á los cuales da un encanto de arte el musgo que los cubre. La Señora escucha con los ojos bajos, entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas quedan deshojadas en su falda, y las remueve lentamente, hundiendo en ellas sus manos de enferma, que parecen más pálidas entre la sangre de las rosas. La dama solía buscar aquel paraje del jardín para llorar sus penas. Le placía aquel retiro donde mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador en torno de una fuente abandonada. Con lánguido desmayo se incorpora, y por la húmeda avenida de castaños se retorna al palacio, seguida del Abad. En la puerta del jardín asoma un ciego sin lazarillo, y los mendigos, al verle, hacen comentos.
MINGUIÑA
Ahí está Electus, el ciego de Gondar.
LA QUEMADA
¡Famoso prosero!
ELECTUS
¡Santa Lucía bendita vos conserve la amable vista y salud en el mundo para ganarlo! Dios vos otorgue que dar y que tener. Salud y suerte en el mundo para ganarlo. ¡Buenas almas del Señor, haced al pobre ciego un bien de caridad!
EL MORCEGO
Somos otros pobres, Electus.
ELECTUS
¡Mía fe que os tuve por indianos!
LA QUEMADA
¡Qué gran raposo!
EL MANCO DE GONDAR
¿Cómo vienes sin criado?
ELECTUS
Muy poco á poco. Como tengo de irme para no tropezar.
MINGUIÑA
Oye una fabla, Electus.
ELECTUS
Considera que bajo este peso me doblo. Deja tú que llegue adonde pueda reposarme.
El ciego sacude las alforjas escuetas, y algún mendigo, escondida la mano entre los harapos, se rasca y ríe. El ciego pone una atención sagaz, procurando reconocer las voces y las risas. Tanteando con el bordón, busca sitio en el corro. Es un viejo jocundo y ladino, que arrastra luenga capa, y cubre su cabeza con parda y puntiaguda montera.
LA QUEMADA
Aquí estamos esperándote con un dosel.
ELECTUS
Pues agora voy á sentarme debajo.
MINGUIÑA
Tú que andas por los caminos y tienes conocimiento en todas las aldeas, para un nieto mío, no podrás darme razón de una casa donde me lo miren con blandura, pues nunca ha servido?
ELECTUS
¿Qué tiempo tiene?
MINGUIÑA
El tiempo de ganarlo. Nueve años hizo por el mes de Santiago.
ELECTUS
Como él sea despierto, amo que le mire bien no faltará.
MINGUIÑA
Dios te oiga.
ELECTUS
Sí que me oirá. Aun cuando es muy viejo no está sordo.
MINGUIÑA
Deja las burlerías, Electus.
Aquel mendicante prosero, tiene un grave perfil monástico, pero el pico de su montera parda, y su boca rasurada y aldeana, semejante á una gran sandía abierta, guardan todavía más malicia que sus decires, esos añejos decires de los jocundos arciprestes aficionados al vino, y á las vaqueras, y á rimar las coplas. Sucede un momento de silencio, y el ciego, que está sentado á par de la vieja mendiga, alarga el brazo hacia el lado opuesto, y palpa, queriendo alcanzar á la Inocente.
ADEGA LA INOCENTE
Esté quedo, señor Electus.
ELECTUS
¿Quién es?
MINGUIÑA
¡Buen cazallo estás! Ya has venteado que es una rapaza.
ELECTUS
Y la rapaza, qué hace?
MINGUIÑA
¿Esta rapaza? Esta rapaza no es sangre mía.
ELECTUS
¿No tienes padres, rapaza?
ADEGA LA INOCENTE
No, señor.
ELECTUS
¿Y qué haces?
ADEGA LA INOCENTE
Ando á pedir.
ELECTUS
¿Por qué no buscas un amo?
ADEGA LA INOCENTE
Ya lo busco, mas no le atopo.
LA QUEMADA
Los amos no se atopan andando por los caminos. Así atópanse solamente moras en los zarzales.
ELECTUS
Válate Dios. Pues hay que sacarse de andar por las puertas. Eso es bueno para nosotros los viejos, que al cabo de haber trabajado toda la vida no tenemos otro triste remedio. Los mozos débense al trabajo.
LA QUEMADA
Y no deben sacar la limosna á los verdaderos pobres.
ADEGA LA INOCENTE
¡Pobres! Pronto lo serán todos los nacidos. Las tierras cansaránse de dar pan.
MINGUIÑA
Electus, no eches en olvido á mi rapaz.
ELECTUS
El rapaz, como sea despierto, acomodo habrá de tener, y buen acomodo. Al criado que tenía enantes abriéronle la cabeza en la romería de Santa Baya, y está que loquea. Aunque yo conozco los caminos mejor que muchos que tienen vista, un criado siempre es menester. ¡Y ser criado de ciego es acomodo que muchos quisieran!
LA QUEMADA
Y ser ciego con vista mejor acomodo.
ELECTUS
¿Quién habla por ahí?
LA QUEMADA
Una buena moza.
ELECTUS
Para el señor Abade.
LA QUEMADA
Para folgar contigo. El señor Abade ya está muy acabado.
EL MANCO DE GONDAR
¿Y para mí no sabes de ningún acomodo?
EL TULLIDO DE CELTIGOS
¿Y para mí?
ELECTUS
Tal que pueda convenirvos, solamente sé de uno.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
¿Dónde?
ELECTUS
En la villa. Las dos nietas del señor mi Conde. Dos rosas frescas y galanas. Para cada uno de vosotros la suya.
Se alboroza la hueste y el ciego permanece atento y malicioso, gustando el rumor de las risas como los ecos de un culto, con los ojos abiertos, inmóviles, semejante á un dios primitivo, aldeano y jovial. En este tiempo baja la escalinata y cruza por entre los mendigos, el señor Abad de Brandeso.
EL ABAD
¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
MINGUIÑA
¡Nuestro señor le acompañe!
EL ABAD
¡Adiós!
LA QUEMADA
¡Vaya muy dichoso!
EL ABAD
¡Adiós!
EL MANCO DE GONDAR
¡Páselo muy bien!
EL ABAD
¡Adiós!
ELECTUS
¡Vaya muy dichoso el señor abade y la su compaña!
LA QUEMADA
No lleva compaña.
ELECTUS
¿Cómo no lleva compaña?
MINGUIÑA
No la lleva.
ELECTUS
Vos queréis burlar del ciego. ¿Pues no lleva los canes?
LA QUEMADA
¡Válate un diaño!
EL MANCO DE GONDAR
¿Pues no dice?..
Florisel sale del palacio acompañando á la dueña de los cabellos blancos, cargado con una cesta, de donde desbordan las espigas del maíz. Aquella es la limosna que habrá de repartirse entre la hueste de mendicantes, y todos se atropellan por acudir á cobrarla. Doña Malvina alza los brazos con un susto pueril.
DOÑA MALVINA
¡Despacio! ¡Despacio!
ELECTUS
Primero deberíais rezar por todos los difuntos de la señora.
EL MANCO DE GONDAR
Eso dices porque te dejemos ir delantero.
LA QUEMADA
¡Condenado raposo, cuántas mañas sabe!
ELECTUS
¿Quién habla que parece el canto de un pájaro del cielo?
LA QUEMADA
Ya te dije enantes que una buena moza.
ELECTUS
Y yo te dije que fueses adonde el señor Abade.
LA QUEMADA
Déjame reposar primero.
ELECTUS
Vas á perder las colores.
Nuevamente ríen los mendigos. El ciego recibe la limosna antes que ninguno, y entona su prosa de benditas gracias, con la montera colgada en el bordón. De aquella salmodia sólo se percibe un grave murmullo que tiene algo de eclesiástico. La Inocente, olvidada de la limosna, vaga por el jardín cogiendo rosas. Doña Malvina alza los brazos y la voz.
DOÑA MALVINA
¡Eh!.. Tú, rapaza, no arranques las flores.
ADEGA LA INOCENTE
¡No! ¡No!
DOÑA MALVINA
Luego se enoja la señora.
ADEGA LA INOCENTE
Sí... sí... La señora las cuida con las sus manos blancas, y solamente ella puédelas coger.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
¡Pobre rapaza! A la cuitada acúdela por veces un ramo cativo, y mete dolor de corazón verla correr por los caminos, cubierta de polvo, con los pies sangrando.
Doña Malvina, desde lo alto de la escalinata, vigila el reparto de la limosna. Los mendigos, después de recibirla, salmodian un rezo. Florisel va de uno en otro llenando las alforjas. Las dos viejas, Minguiña y la Quemada, la reciben juntas y besan las espigas.
MINGUIÑA
Sé buen cristiano, mi hijo; que en buena casa estás.
FLORISEL
A mí paréceme que la conozco. ¿Vostede no me dijo que era de San Clemente?
MINGUIÑA
De allí soy, y allí tengo todos mis difuntos.
FLORISEL
Yo soy poco desviado.
MINGUIÑA
¿Y cómo has venido á servir en el palacio?
FLORISEL
La señora es mi madrina. Yo me llamo Florisel.
ADEGA LA INOCENTE
¡Florisel! ¡Qué lindo pudo ser el santo que tuvo ese nombre, que mismo parece cogido en los jardines del cielo!
El Marqués de Bradomín, llega á caballo, y se detiene en la puerta bajo el arco que tiene cimeros cuatro blasones de piedra. Piafa el potro que monta, y sobre la losa del umbral, que parece una sepultura, los herrados cascos resuenan fanfarrones, valientes y marciales, con el noble estrépito de las espadas y de los broqueles. La hidalga figura del jinete desaparece bajo un capote de cazador, y una boína de terciopelo cubre su guedeja romántica, que comienza á ser de plata.
DOÑA MALVINA
¡El señor Marqués! Tenle el estribo, Florisel.
ADEGA LA INOCENTE
¡Quiera Dios que encuentre á la señora con los colores de una rosa! ¡Así la encuentre como una rosa en su rosal!
DOÑA MALVINA
¡Páguele Dios el haber venido! Ahora verá á la señorita. ¡Cuánto tiempo la pobre suspirando por verle! No quería escribirle. Pensaba que ya la tendría olvidada. Yo he sido quien la convenció de que no. ¿Verdad que no, señor Marqués?
EL MARQUES DE BRADOMIN
No... Pero dónde está?
DOÑA MALVINA
Quiso esperarle en el jardín. Es como los niños, ya el señor lo sabe. Con la impaciencia temblaba hasta batir los dientes, y tuvo que echarse.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Tan enferma está?
DOÑA MALVINA
Muy enferma, señor. No se la conoce.
ADEGA LA INOCENTE
Cuando se halle con la señora mi Condesa póngale, sin que ella lo vea, estas yerbas bajo la almohada. Con ellas sanará. Las almas son como los ruiseñores, todas quieren volar. Los ruiseñores cantan en los jardines, pero en los palacios del rey se mueren poco á poco.
DOÑA MALVINA
¡No haga caso, señor! ¡La pobre es inocente!
ELECTUS
Rapaces, que tocan las doce, y es cuando Nuestro Señor se sienta á la mesa y bendice á toda la Cristiandad.
Bajo los viejos árboles, que cuentan la edad del palacio, los mendigos se arrodillan y rezan á coro. Las campanas de la aldea tocan á lo lejos, y pasa su anuncio sobre la fronda del jardín como un vuelo de tórtolas. Una sombra blanca aparece en lo alto de la escalinata.
LA DAMA
¡Ya llegas! ¡Ya llegas, mi vida! ¡Temí que no vinieses, y no verte más!
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y ahora?
LA DAMA
¡Ahora soy feliz!
ASÍ TERMINA LA JORNADA PRIMERA
JORNADA SEGUNDA
[Ilustración]
El sol poniente dora los cristales del mirador. Es un mirador tibio y fragante: Gentiles arcos cerrados por vidrieras de colores le flanquean con ese artificio del siglo galante, que imaginó las pavanas y las gavotas. En cada arco las vidrieras forman tríptico, y puede verse el jardín en medio de una tormenta, en medio de una nevada y en medio de un aguacero. Aquella tarde el sol de otoño penetra hasta el centro, triunfante, como la lanza de un arcángel. El Marqués de Bradomín lee un libro. Florisel, con la montera entre ambas manos, asoma en la puerta.
FLORISEL
¿Da su permiso?
EL MARQUES DE BRADOMIN
Adelante.
FLORISEL
Dice la señorita mi ama que me mande en cuanto se le ofrezca.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Tú sirves aquí en el palacio?
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Hace mucho tiempo?
FLORISEL
Va para dos años.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y qué haces?
FLORISEL
Pues hago todo lo que me mandan.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Pareces un filósofo estoico!
FLORISEL
Y puede que lo parezca, sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Fué la señorita quien te ha mandado venir?
FLORISEL
Sí, señor. Hallábame yo en la solana adeprendiéndole la riveirana á los mirlos nuevos, que los otros ya la tienen bien adeprendida, cuando la señorita bajó al jardín y me mandó venir.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Tú aquí eres el maestro de los mirlos?
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y ahora, además, eres mi paje?
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Altos cargos!
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y cuántos años tienes?
FLORISEL
Paréceme, paréceme que han de ser doce, pero no estoy cierto.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Antes de venir al palacio, ¿dónde estabas?
FLORISEL
Servía en la casa de Don Juan Manuel Montenegro, que es tío de la señorita.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y qué hacías allí?
FLORISEL
Allí enseñaba al hurón.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Otro cargo palatino!
FLORISEL
Sí, señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y cuántos mirlos tiene la señorita?
FLORISEL
Tan siquiera uno. Son míos... Cuando los tengo bien adeprendidos, se los vendo.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿A quién se los vendes?
FLORISEL
Pues á la señorita, que me los merca todos. ¿No sabe que los quiere para echarlos á volar? La señorita desearía que silbasen la riveirana sueltos en el jardín, pero ellos se van lejos. Un domingo, por el mes de San Juan, venía yo acompañando á la señorita. Pasados los prados de Lantañón, vimos un mirlo que muy puesto en las ramas de un cerezo, estaba cantando la riveirana. Acuérdame que entonces dijo la señorita: Míralo, adónde se ha venido el caballero.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es una historia digna de un romance. Tú mereces ser paje de una reina y cronista de un reinado.
FLORISEL
Hace falta suerte, que yo no tengo.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Di, ¿qué es más honroso, enseñar hurones, ó mirlos?
FLORISEL
Todo es igual.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y cómo has dejado el servicio de Don Juan Manuel Montenegro?
FLORISEL
Porque ya tiene muchos criados. ¡Qué gran caballero es Don Juan Manuel! Dígole, que en el Pazo todos los criados le tenían miedo. Don Juan Manuel es mi padrino, y fué quien me trujo al palacio para que sirviese á la señorita.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Y dónde te iba mejor?
FLORISEL
Al que sabe ser humilde, en todas partes le va bien.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Es una réplica calderoniana! ¡También sabes decir sentencias! Ya no puede dudarse de tu destino: Has nacido para vivir en un palacio, educar mirlos, amaestrar los hurones, ser ayo de un príncipe y formar el corazón de un gran rey.
FLORISEL
Para eso, además de suerte, hacen falta muchos estudios.
Por la avenida de mirtos llega una sombra blanca: sus manos de fantasma tocan en los cristales del mirador. El jardín se esfuma en la vaga luz del crepúsculo. Los cipreses y los laureles cimbrean con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas, algún tritón cubierto de hojas borbotea á intervalos su risa quimérica, y el agua tiembla en la sombra con latido de vida misteriosa y encantada. Se oye una risa de plata que parece timbarse con el rumor de la fuente.
LA DAMA
¿Tienes ahí á Florisel?
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Florisel es el paje?
LA DAMA
Sí.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Parece bautizado por las hadas.
LA DAMA
Yo soy su madrina.
FLORISEL
¿Qué me mandaba?
LA DAMA
Que subas estas rosas. Todas son para ti, Xavier.
La sombra, que se esfuma detrás de los cristales, muestra su falda donde las rosas desbordan como el fruto ideal de unos amores que sólo floreciesen en los besos.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Estás desnudando el jardín.
LA DAMA
Algunas se han deshojado. ¡Míralas, qué lástima!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es el otoño que llega.
LA DAMA
¡Ah, qué fragancia!
Hunde en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas, y alza la cabeza y respira con delicia, cerrando los ojos y sonriendo, cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, una rosa blanca. A modo de lluvia arroja sobre el Marqués de Bradomín las rosas deshojadas en su falda.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Volveremos á recorrer juntos el jardín y el Palacio.
LA DAMA
Como en otro tiempo, cuando éramos niños.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Hermosos y lejanos recuerdos!
LA DAMA
Cuando te fuiste, yo elegí este retiro para toda mi vida.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es más poético que un convento.
LA DAMA
No te burles de mi pena, Xavier.
EL MARQUES DE BRADOMIN
No me burlo, Concha: solamente me sonrío, y una sonrisa es á veces más triste que las lágrimas.
LA DAMA
Yo sé eso. En esta hora de la tarde el jardín parece lleno de recogimiento.
EL MARQUES DE BRADOMIN
El jardín y el palacio tienen esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor. Bajo la fronda del laberinto, sobre las terrazas y en los salones, han florecido las risas y los madrigales, cuando las manos blancas que en los viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de encaje iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de los corazones.
LA DAMA
¡Mis manos también las han deshojado!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y las hojas, al volar, te han dicho cuánto yo te quería.
LA DAMA
Me han engañado.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Divinas manos de Dolorosa!
LA DAMA
Manos de muerta.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Manos de princesa encantada, que han de guiarme en una amorosa peregrinación á través del palacio y del jardín.
LA DAMA
Como en otro tiempo, cuando yo te guiaba para que jugásemos, unas veces en la torre, otras en la biblioteca, otras en aquel mirador ya derruído que daba sobre las tres fuentes. ¡Tiempos aquellos en que nuestras risas locas y felices turbaban el recogimiento del palacio, y se desvanecían por los corredores oscuros, por los salones, por las antesalas!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y al abrirse lentamente las puertas de floreados herrajes, exhalábase del fondo de los salones el aroma lejano de otras vidas.
LA DAMA
¡Tú también te acuerdas! ¿Y te acuerdas de un salón que tiene de corcho el estrado? Allí nuestras pisadas no despertaban rumor alguno.
EL MARQUES DE BRADOMIN
En el fondo de los espejos el salón se prolongaba hasta el ensueño, como en un lago encantado, y los personajes de los retratos parecían vivir olvidados en una paz de siglos.
LA DAMA
¿Te acuerdas? ¿Y te acuerdas cuando nos cogíamos de la mano para saltar delante de las consolas y ver estremecerse los floreros cargados de rosas, y los fanales adornados con viejos ramajes y los candelabros?..
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡También me acuerdo, Concha! Mi alma está cubierta de recuerdos, como ese viejo jardín está cubierto de hojas. Es el otoño que llega para todos. Concha, tú sonríes y en tu sonrisa siento el pasado, como un aroma entrañable de flores marchitas que trae alegres y confusas memorias.
Hay un silencio. En la penumbra de la tarde las voces apagadas tienen un profundo encanto sentimental, y en la oscuridad crece el misterio de los rostros y de las sonrisas. Lentamente la dama alza su mano diáfana como mano de fantasma y toca la mano del Marqués de Bradomín.
LA DAMA
¿En qué piensas, Xavier?
EL MARQUES DE BRADOMIN
En el pasado, Concha.
LA DAMA
Tengo celos de él.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es el pasado de nuestros amores.
LA DAMA
¡Qué triste pasado! Fué allá, en el fondo del laberinto, donde nos dijimos adiós.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y, como ahora, los tritones de la fuente borboteaban su risa, aunque entonces tal vez nos haya parecido que lloraban.
LA DAMA
Todo el jardín estaba cubierto de hojas y el viento las arrastraba delante de nosotros con un largo susurro. Las últimas rosas de otoño empezaban á marchitarse y esparcían ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. Nos sentamos en un banco de piedra. Ante nosotros se abría la puerta del laberinto, y un sendero, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria y triste. ¡Mi vida desde entonces!
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Nuestra vida!
LA DAMA
Y todo permanece lo mismo y sólo nosotros hemos cambiado.
EL MARQUES DE BRADOMIN
No hemos podido ser como los tritones de la fuente, que en el fondo del laberinto aún ríen, con su risa de cristal, sin alma y sin edad.
LA DAMA
Te escribí que vinieses, porque entre nosotros ya no puede haber más que un cariño ideal... Y enferma como estoy, deseaba verte antes de morir. Y ahora me parece una felicidad estar enferma. ¿No lo crees? Es que tú no sabes cómo yo te quiero.
Exhala las últimas palabras como si fuesen suspiros, y con una mano se cubre los ojos. El Marqués de Bradomín besa aquella mano sobre el rostro, y después la aparta dulcemente. Los ojos, los hermosos ojos de enferma, llenos de amor, le miran sin hablar, con una larga mirada. Por la vieja avenida de mirtos que parece flotar en el rosado vapor del ocaso se ve venir al señor Abad de Brandeso.
EL ABAD
¡Vamos, Carabel! ¡Vamos, Capitán!
LA DAMA
Aquí tenemos al Abad de Brandeso.
EL ABAD
Saludo á mi ilustre feligresa y al no menos ilustre Marqués de Bradomín.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Señor Abad, cuántos años sin vernos. Yo le hacía á usted cuando menos canónigo.
EL ABAD
De esta madera se hacen, señor Marqués.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y los papas también.
EL ABAD
Los papas yo no diré tanto. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto, Capitán!
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y qué, hay todavía muchas perdices por esta tierra?
EL ABAD
Todavía hay algunas.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Usted siempre tan incansable cazador.
EL ABAD
Ya no soy aquel que era. Los años quebrantan peñas: Cuatro anduve por las montañas de Navarra con el fusil al hombro, y hoy me canso apenas salgo á dar un paseo con la escopeta y los perros. ¿Y qué se ha hecho el señor Marqués durante tantos años por esas tierras extranjeras? ¿Cómo no ha pensado en escribir un libro de sus viajes?
EL MARQUES DE BRADOMIN
Ya escribo mis memorias.
EL ABAD
¿Serán muy interesantes?
LA DAMA
Lo más interesante no lo dirá.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Digo sólo mis pecados.
EL ABAD
De nuestro ilustre Marqués se cuentan cosas verdaderamente extraordinarias. Las confesiones, cuando son sinceras, encierran siempre una gran enseñanza: recordemos las de San Agustín.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Yo no aspiro á enseñar, sino á divertir, señor Abad. Toda mi doctrina está en una sola frase. ¡Viva la bagatela! Para mí la mayor conquista de la humanidad es haber aprendido á sonreir.
LA DAMA
Yo creo que habremos sonreído siempre.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Es una conquista. Durante muchos siglos, los hombres fueron absolutamente serios. En la Historia hay épocas enteras en las cuales no se recuerda ni una sola sonrisa célebre. En la Biblia, Jehová no sonríe, y los patriarcas y los profetas tampoco.
EL ABAD
Ni falta que les hacía. Los patriarcas y los profetas por seguro que no habrían dicho Viva la bagatela, como nuestro ilustre Marqués.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Y en cambio cuando llegaba la ocasión, cantaban, bailaban y tocaban el arpa.
EL ABAD
Señor Marqués de Bradomín, procure usted no condenarse por bagatela.
LA DAMA
En el infierno debió haberse sonreído siempre. ¿No se dice sonrisa mefistofélica?
EL MARQUES DE BRADOMIN
El diablo ha sido siempre un ser superior.
LA DAMA
No le admiremos demasiado señor Marqués. Ese es el maniqueísmo. Ya se me alcanza que usted adopta ese hablar ligero para ocultar mejor sus propósitos.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Mis propósitos?
EL ABAD
La misión secreta que trae del Rey nuestro señor.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¿Una misión secreta? ¿De veras sospecha usted eso?
EL ABAD
Y conmigo, muchos. Yo comprendo que ciertas negociaciones deben ser reservadas, pero, á fe, no creía que eso rezase con un viejo veterano.
EL MARQUES DE BRADOMIN
¡Pero, señor Abad! ¿cómo imagina usted que yo ande en una aventura tan loca?
LA DAMA
Por lo mismo que es loca.
EL ABAD
¿No sigue usted fiel á la Causa?
EL MARQUES DE BRADOMIN
Sí.
EL ABAD
Pues entonces...
EL MARQUES DE BRADOMIN
Señor Abad, yo soy carlista por estética. El carlismo tiene para mí la belleza de las grandes catedrales. Me contentaría con que lo declarasen monumento nacional.
EL ABAD
Confieso que no conocía esa clase de carlistas.
EL MARQUES DE BRADOMIN
Los carlistas se dividen en dos grandes bandos: uno, yo, y el otro, los demás.
LA DAMA
¡Uno, tú!