Chapter 9
Estas metamorfosis tan originales, que subsecuentemente elevan y rebajan al ser indeciso, haciéndolo alternar entre dos vidas tan distintas, es, con toda verosimilitud, condición de las especies inferiores, de las medusas que todavía no han podido penetrar en la carrera irrevocable de la emancipación. Por lo que toca á los demás, fácil sería creer que sus deliciosas variedades marcan progresos interiores de vida, grados de desarrollo, los juegos, las gracias y las sonrisas de la nueva libertad. Esta, admirable artista, sobre el sencillo tema de disco ó umbrela que flota, cual tenue araña de cristal que relumbra á los rayos del sol, ha formado una creación infinita de lindas variantes, un diluvio de pequeñas maravillas.
Todas estas preciosidades, unas tras otras, flotando sobre el verde espejo, adornadas de colores alegres y suaves, con una coquetería infantil que sólo ellas poseen, han preocupado á los hombres científicos, que para darles un nombre tuvieron que recurrir á las reinas de la Historia y á las diosas de la Mitología. Esta es la ondulante Berenice cuya rica cabellera al arrastrarse por las ondas constituye otra onda; aquélla la pequeña Oritia, esposa de Eolo, que, al soplo de su compañero, pasea su urna blanca y pura, incierta, apenas afirmada por el delicado enredo de sus cabellos, que con frecuencia enlaza por debajo; más allá, Dionea, la llorona, parece una copa de alabastro que deja desbordar, en hilos cristalinos, espléndidas lágrimas. De esta suerte he visto en Suiza esparcirse cascadas fatigadas y perezosas, que, habiendo dado muchos rodeos, parecían rendidas de sueño, de languidez.
* * *
En el grandioso cuadro de luminarias que despliega el mar en las noches borrascosas, la medusa desempeña un papel aparte. Sumida como tantos otros seres en el fósforo eléctrico de que están penetrados todos, lo devuelve á su modo con una gracia personal.
¡Cuán sombría es la noche en el mar si no lo alumbra ese fósforo! ¡Qué vastas y temibles esas tinieblas! En tierra la sombra no es tan obscura; se reconoce uno á la variedad de los objetos que toca ó cuyas formas se presienten y que aparecen como una señal. Mas, la dilatada noche marítima, ¡una negrura infinita! ¡Nada, siempre nada!... ¡Mil peligros posibles, desconocidos!
Se presiente todo esto si se vive en la playa, junto al mar, y ocasiona no poca alegría cuando, cargado el aire de electricidad, se descubre á lo lejos una tenue cinta de fuego. ¿Qué significa aquello? Lo hemos visto en nuestra propia casa al contemplar algunos peces muertos, por ejemplo los arenques. Empero vivos en grandes masas, y en las enormes estelas viscosas que dejan tras de sí, aún es más luminoso. Ese brillo no es de ningún modo privilegio de la muerte. ¿Acaso será efecto del calor? No, existe en los dos polos, en los mares Antárticos y en los de la Siberia así como en nuestros mares y en todos.
Es la electricidad común que despiden en tiempo borracoso esas aguas semi-vivientes, inocente y pacífico rayo de que son conductores inocentes todos los seres marinos. Lo aspiran y espiran, restituyéndolo con largueza al morir. El mar lo da y vuelve á tomarlo. A lo largo de las costas y de los estrechos, los estregones y remolinos le hacen circular poderosamente. Cada ser toma una parte, más ó menos grande, según su naturaleza. Aquí, inmensas superficies de pacíficos infusorios forman una especie de mar lácteo, de suave y blanca luz, que, animándose por momentos, se vuelve de un color azufrado encendido; allá, conos de luces van haciendo piruetas sobre sí mismos ó rodando en forma de balas rojas. Prodúcese un gran disco de fuego (pirosoma), que, empezando por el color opalino, vuélvese verde un instante, luego se irrita, trocándose en rojo y naranjado para terminar en azur. Tales metamorfosis tienen cierta regularidad que indicaría una función natural, la contracción y dilatación de un ser que atiza el fuego.
Sin embargo, serpientes inflamadas agítanse en el horizonte en una grande extensión (en ocasiones veinticinco ó treinta leguas). Los bíforos y las salpas, seres transparentes que atraviesan el mar y el fósforo, dan ese espectáculo serpentiforme. Sorprendente asociación que origina tan desenfrenadas danzas, y luego se separa. Una vez separados, sus miembros libres producen otros pequeñuelos asimismo libres, que á su turno engendrarán repúblicas danzantes, las cuales renovarán en el mar aquella bacanal de fuego.
Grandes masas más pacíficas pasean sobre las ondas innumerables luces. Los velelos iluminan al llegar la noche sus barquillas; las beroes se ostentan triunfantes como llamas; empero ninguna luz tan espléndida como la de nuestras medusas. ¿Es sólo puro efecto físico, como el que hace serpentear las salpas inyectadas de fuego? ¿Es un acto de aspiración, como hacen presumir otros seres? ¿O es únicamente capricho, como entre tantas criaturillas que se divierten con las chispas de una vana ó inconstante alegría? No, las nobles y deliciosas medusas (tales como la Oceánica coronada y la encantadora Dionea), parecen expresar graves ideas. Debajo de ellas sus luminosos cabellos, semejantes á una sombría lámpara de noche, lanzan misteriosos rayos de esmeralda y otros colores que, relumbrando ó palideciendo, revelan un sentimiento y cierto misterio inexplicable. Diríase el espíritu del abismo meditando sus secretos; el alma que llega ó la que algún día debe vivir. ¿O acaso debemos ver en ello el melancólico ensueño de un destino imposible que nunca ha de alcanzar el término apetecido? ¿O el llamamiento á la dicha de amor, único consuelo que en este mundo nos queda?
Sabido es que, en la tierra, ese fuego es para nuestras luciolas la señal, la declaración de la amante que se da á conocer, indica su morada y se traiciona á sí misma. ¿Tiene igual sentido entre las medusas? Se ignora. Lo positivo es que vierten juntas su llama y su vida. La savia fecunda y virtud genésica de ellas, están contenidas en esto, y á cada destello se escapa y disminuye.
Si se desea el cruel entretenimiento de redoblar ese cuento de hadas, no hay más que exponerlas al calor. Entonces se exasperan, centellean y se vuelven tan hermosas, tan hermosas... que todo concluye. Llama, amor y vida acaban de evaporarse, todo desaparece á un tiempo.
VII
El picapedrero.
Cuando el bueno del doctor Livingstone penetró por entre las míseras tribus del Africa que, trabajosamente, se defienden de los traficantes en carne humana y de los leones, como las mujeres le viesen armado de todas las artes protectoras de la Europa, invocándole, no sin justicia, como una providencia amiga, decíanle esta conmovedora frase: «¡Procuradnos el sueño!»
Esta es la súplica que todo ser vivo, cada uno en su lengua, dirige á la madre Naturaleza. Del primero al último desean y sueñan con la seguridad; y esto no ofrece ningún género de duda al ver los ingeniosos esfuerzos que todos hacen por obtenerla. Dichos esfuerzos han creado las artes, no habiendo inventado ni una sola el hombre sin apercibirse de que los animales habíanla inventado antes que él, inspirados por el instinto, tan grande y notable, que poseen de salvación.
Sufren, están atemorizados y quieren vivir. No es dado creer que los seres poco avanzados, embrionarios, sean casi sensibles: muy al contrario. En todo embrión, lo primero bosquejado es el sistema nervioso, es decir, la capacidad de percepción y de sufrimiento. El dolor es el aguijón por medio del cual se estimula poco á poco la previsión, empujando, forzando al ser á ingeniarse. El placer también sirve para el caso, y notáislo ya en los que se supondrían más fríos. Precisamente hase observado en el caracol la sensación que experimenta, después de penosas investigaciones de amor, al encontrarse con el objeto amado. Macho y hembra, con una gracia conmovedora, ondulando sus pescuezos de cisne, se prodigan mutuas caricias. ¿Y quién afirma esto? El severo, el muy verídico Blainville. (_Moll., p. 181_).
Mas, ¡ay! ¡cuán ampliamente se prodiga el dolor! ¿Quién no ha visto con tristeza los lentos y penosos esfuerzos del molusco sin concha que se arrastra sobre el estómago? Chocante, pero fiel imagen del feto que una cruel casualidad hubiese arrancado del vientre de la madre y arrojado por los suelos indefenso y desnudo. La triste bestiezuela condensa su piel tanto como puede, dulcifica las asperezas y da suavidad al camino que recorre. No importa. Es preciso que experimente uno tras otro todos los obstáculos, los choques, las puntas aceradas de los guijarros; convengo en que esté endurecida, resignada, mas, con todo, á su contacto, se retuerce, se contrae, dando señales de una gran sensibilidad.
A pesar de todo, la grande Alma de armonía, que es la unidad del mundo, ama; ama, y por la alternativa de placer y dolor cultiva todos los seres y les obliga á subir.
Empero para subir, para pasar á un grado superior, preciso es que hayan apurado cuantas pruebas, más ó menos penosas, contiene el inferior, todos los estimulantes de inventiva y arte de instinto. Y aun es preciso que hayan exagerado su genio y hayan hallado el exceso que, por contraste, hace sentir la necesidad de un género opuesto. Así se constituye el progreso por una como oscilación entre las cualidades contrarias que, sucesivamente, se desprenden y se encarnan en la vida.
Traduzcamos esas cosas divinas al lenguaje humano, familiar, indigno de su grandeza, mas por el cual serán conocidas:
Habiéndose complacido la Naturaleza por mucho tiempo en hacer y deshacer la medusa, en variar hasta lo infinito ese tema gracioso de la libertad naciente, cierta mañana, golpeándose la frente, se dijo: «He hecho una cabeza. Esto es delicioso, mas olvidé asegurar la vida de la pobre criatura, y tan sólo podrá subsistir por lo infinito de su número, por el exceso de su fecundidad. Ahora me hace falta un ser más prudente y resguardado. Si es preciso, que sea tímido; empero, sobre todo (lo quiero), ¡que viva!»
Desde el momento que aparecieron esos tímidos, se echaron en brazos de la prudencia hasta un límite desconocido; huyeron de la luz del día, encerráronse. Para librarse de los contactos duros, secos, cortantes de la piedra, emplearon el sistema universal, la muda, secretando de su muda gelatinosa un envoltorio, un tubo que va dilatándose á la par que se dilata su carrera. Mísero expediente que mantiene á esos menores (los taretos) alejados de la luz y del aire libre, causándoles un dispendio enorme de sustancia. Cada paso que dan les cuesta lo que no es decible, el gasto entero de una casa. Un ser que de tal suerte se arruina para vivir, sólo puede vegetar, y es incapaz de progreso.
No es mucho mejor el recurso de amortajarse un momento, esconderse en la arena durante la baja mar, remontando cuando se presenta el flujo. Es lo que practican los solenos. Vida variable, incierta, fugitiva dos veces al día y de constante inquietud.
Entre seres mucho más inferiores había empezado á despuntar cierta cosa, obscura todavía, y que á la larga debía cambiar la faz del Universo. Las simples estrellas marinas, en sus cinco rayos tenían cierto sustentáculo, algo como una armazón de piezas articuladas, algunas espinas por afuera, chupaderas que adelantan y retroceden á voluntad. Un animal asaz modesto, aunque tímido y serio, hase aprovechado, al parecer de tan grosero bosquejo. Opino que ha hablado de esta suerte á la Naturaleza:
«Nací sin ambición: no pido, pues, los brillantes dones de los señores moluscos; no fabricaré ni nácar ni perla; no quiero colores vivos, lujo que atraería sobre mí las miradas de los demás. Menos deseo la gracia de vuestras casquivanas medusas, ni el ondulante encanto de sus cabellos inflamados que atraen, las crean enemigos y las ayudan á naufragar. ¡Oh madre! sólo deseo una cosa, ser... ser uno, y sin apéndices externos y comprometedores--ser rechoncho, fuerte en mí mismo, redondo, pues es la forma más á propósito para podernos librar de las garras de los demás,--el ser, en fin, centralizado.
»Apenas poseo el instinto de los viajes. De la plea á la baja mar, bastante hacemos con ir rodando. Pegado estrictamente en mi roca, resolveré allí el problema que vuestro futuro favorito, el hombre, debe buscar en vano, el problema de la seguridad: _excluir estrictamente el enemigo, al paso que recibimos al amigo_, sobre todo el agua, el aire y la luz. No ignoro que esto me costará no poco trabajo, un esfuerzo constante; cubierto de espinas movibles, me haré temer. Erizado, solo como un misántropo, llamaráseme el _esquino_.»
¡Cuan superior á los pólipos es ese discreto animal, los cuales pegados en su propia piedra que forman de pura secreción, sin trabajo real, carecen, no obstante, de seguridad! ¡Y cuán superior parece á sus mismos superiores, esto es, á tantos y tantos moluscos cuyos sentidos son más variados, empero carecen de la fija unidad de su bosquejo vertebral, de su perseverante trabajo, y de las ingeniosas herramientas que dicho trabajo ha inventado!
Lo maravilloso es que, siendo á la vez él mismo, la pobre bola rodadera que se supone una castaña espinosa, _es uno y es múltiple; es fijo y es movible_; constando de dos mil cuatrocientas piezas que se desmontan á voluntad.
Veamos cómo se creó.
Erase un angosto ancón del mar de Bretaña. No tenía allí un blando lecho de pólipos y de algas como los esquinos del mar de las Indias, que están dispensados de industria. Encontrábase frente á frente del peligro, de las dificultades, como el Ulises de la Odisea, el cual, arrojado, traído por el oleaje, prueba de agarrarse á las rocas con sus uñas ensangrentadas. Cada flujo y reflujo era para el pequeño Ulises sinónimo de una gran borrasca; mas, su fuerza de voluntad, su poderoso deseo le hizo besar de tal suerte la roca, que ese continuado beso creó una ventosa, la cual hizo el vacío y lo unió á la roca misma.
La cosa no paró aquí: de sus espinas que escarbaban y querían agarrarse, se subdividió una, convirtiéndose en triple pinza, verdadera áncora de salvación que secundaría á la ventosa si ésta se aplicaba mal á una superficie poco lisa.
Cuando hubo pellizcado, aspirado poderosamente su roca, sintióse afirmado, comprendiendo más y más cada vez, que era ventajosísimo para él si, de convexa que aquélla era, llegaba á trocarla en cóncava, fabricando á su medida un agujerito, haciéndose un nido, pues la juventud pasa y nos abandonan las fuerzas. ¡Qué dulzura si algún día el jubilado esquino podía desprenderse un tanto del esfuerzo de aquella áncora que prosigue día y noche!
Así pues, empezó á cavar: ésta es su existencia. Fabricado de piezas sueltas, obra por medio de cinco espinas que, empujando siempre á un tiempo, se soldaron y constituyeron un pico admirable para horadar.
Este pico, con cinco dientes del más precioso esmalte, está sostenido por una armazón delicada, aunque muy sólida, formada de cuarenta piezas, las cuales se deslizan por una especie de vaina, salen, penetran; en fin, su mecanismo es perfecto. Por medio de esa elasticidad evitan los choques violentos; más aún, repáranse si sobreviene algún accidente.
Ese héroe del trabajo, raras veces esculpe en la piedra común que desprecia, sino en la roca, en el granito; y cuanto más dura y resistente es la roca, más firme se halla. Por otra parte, ¿quién le apura? El tiempo le sobra, es dueño de los siglos. Si mañana fenece, después de usar su vida y su herramienta, otro ocupa su lugar, y prosigue la obra comenzada. Esos solitarios se comunican muy poco en vida, empero existe la fraternidad para ellos por la muerte, y el joven que sobreviene y encuentra la obra medio acabada, goza de las fatigas de su antecesor bendiciendo su memoria.
No creáis que se trate de golpear y sólo golpear. Su trabajo es un arte. Cuando ha atacado suficientemente el cimiento que une la roca y excavándola bien, muerde sus asperezas como con unas tenacillas, y desarraiga el sílex. Obra de mucha paciencia, que implica dilatadas huelgas para que el agua obre también en los sitios descarnados. Entonces, de la primera capa puede pasarse á la segunda, y por medio de procedimientos lentos y seguros, terminar la tarea.
En esa vida uniforme hay, sin embargo, las mismas crisis que en la del obrero. El mar huye de ciertas playas; en el verano, tal ó cual roca se caldea de un modo insoportable. Es preciso, pues, tener dos casas, una de estío y otra de invierno.
Grande acontecimiento semejante mudanza para ser sin pies y que ostenta púas por doquiera. M. Caillaud halo observado y admirado en tales momentos. Las débiles y movibles varillas que juegan, se adelantan y retroceden, no son insensibles, aunque garantice hasta cierto punto la secreción á su derredor de una cantidad de blanda gelatina que, sin duda, constituye un colchón. Por fin, es preciso; se lanza, se afirma sobre sus púas, como sobre otras tantas muletas, rueda su tonel de Diógenes y, como puede, llega á puerto.
Encerrado allí de nuevo y en su cáscara erizada, en el pequeño nido que casi siempre encuentra empezado, concéntrase en sí mismo, en su regocijo solitario de seguridad benéfica. Que ronden mil enemigos por afuera, que las olas truenen ó mujan, todo esto le sirve de recreo. Si tiembla la roca á los embates del mar, sabe perfectamente que nada tiene que temer, que la que causa aquel ruido es su bondadosa nodriza. Encuéntrase mecido, le vence el sueño y dícela: _Buenas noches_.
VIII
Conchas, nácar, perla.
El esquino ha asentado el límite del genio defensivo. Su coraza, ó si se quiere, su fortaleza de piezas movibles, retráctiles y reparables en caso de accidente, esa fortaleza, aplicada y anclada invenciblemente á la roca, y más aún á la roca socavada que forma como un muro, de suerte que el enemigo no encuentre punto vulnerable para volar la ciudadela, es un sistema completo imposible de sobrepujar. No hay concha que pueda comparársele, y mucho menos las obras de la humana industria.
Es el esquino la _última palabra_ de los seres circulares y radiantes: él representa su triunfo, su más completo desarrollo. Pocas variantes tiene el círculo; es la forma absoluta. En el globo del esquino, tan sencillo á la par que complicado, alcanza una perfección que termina el primer mundo.
La belleza del mundo que sigue será la armonía de las formas dobles, su equilibrio, la gracia de su oscilación. De los moluscos al hombre, todo ser está formado de dos mitades asociadas. En cada animal se encuentra (mejor que la unidad) la _unión_.
La obra maestra del esquino fué más allá del objeto propuesto: el milagro de la defensa había hecho un prisionero; no tan sólo se encerró, sino que se amortajó, abrióse una sepultura. Su perfección de aislamiento habíalo secuestrado, pero aparte, privado de toda relación que inicia el progreso.
Para que el progreso se haga por ascenso regular, preciso es descender mucho, hasta el embrión elemental, que al principio no tendrá más movimiento que el de los elementos. El nuevo ser es el siervo del planeta, hasta el punto de que dentro de su huevo da vueltas como la tierra, describiendo su doble rueda, su rotación sobre sí mismo y su rotación general.
Y aun emancipado del huevo, creciendo, haciéndose adulto, permanecerá embrión; es su nombre, _muelle ó molusco_. Representará en vago bosquejo el progreso de las vidas superiores: será su feto, la larva ó ninfa, como la del insecto, en el cual, encogidos ó invisibles, se encuentran, sin embargo, los órganos del ser alado en que se ha de metamorfosear.
* * *
Estoy temblando por un ser tan débil. El pólipo, aunque tan blando como él, no obstante arriesgaba menos. Teniendo la misma vida en todas sus partes, la herida, la mutilación, no le mataban: vivía y aun parece olvidaba la porción destruida. La vulnerabilidad del molusco centralizado es otra cosa. ¡Qué puerta se abre á la muerte!
El incierto movimiento propio de la medusa y que en ocasiones casualmente podía ser su salvación, apenas lo tiene el molusco, á lo menos al principio. Lo único que se le concede es poder con su muda, con la gelatina que trasuda, constituirse dos muros que reemplazan la coraza del esquino y la roca donde se pega. El molusco tiene la ventaja de sacar de sí propio su defensa. Dos valvas forman una casa; casa ligera y frágil: los que flotan la llevan transparente. A aquéllos que quieren pegarse el _mucus_ hilante, pegajizo, proporciona un cable de anclaje que se nombra su biso, el cual se forma, precisamente, como la seda, de un elemento gelatinoso al principio. La gigantesca tridaena (acetre de los templos) se amarra tan fuertemente por medio de ese cable, que engaña á las madréporas, quienes la toman por una isla, edifican encima, envuélvenla y acaban por asfixiarla.
Vida pasiva, vida inmóvil, no alterándola más suceso que la visita periódica del sol y de la luz, ni tiene otra acción que absorber lo que llega y secretar la gelatina que fabricó la casa y paulatinamente construirá el resto. La atracción de la luz siempre en un mismo sentido centraliza la vista: he aquí el ojo. La secreción, fija en un esfuerzo siempre uniforme, hace un apéndice, un órgano que ha poco era el cable, y más tarde conviértese en pie, masa informe, inarticulada, que puede presentarse á todos los usos. Son las nadaderas de los que flotan, el punzón de los que se esconden y quieren hundirse en la arena, por último el pie de los trepadores, un pie contráctil poco á poco, que les permite arrastrarse. Algunos, se aventurarán á blandirlo como un arco para saltar torpemente.
Pobre rebaño, muy expuesto, perseguido por todas las tribus, flagelado por las olas y molido por las rocas. Los que no consiguen fabricarse una casa buscan por frágil cabaña un lecho vivo, pidiendo abrigo á los pólipos, perdiéndose entre la blandura de los alciones flotantes. La avícula productora de la perla busca algún reposo en la copa de las esponjas; la frágil ostra pena sólo se aventura entre la hierba cenagosa; el folado anida en la piedra, vuelve á empezar las artes del esquino, mas ¡en qué grado tan inferior! En vez del admirable cincel que envidiaría el más hábil picapedrero, sólo posee una escofinita, y para abrir una morada á su frágil concha gasta esta misma concha.
Con muy raras excepciones, el molusco es el ser tímido que sabe sirve de pasto á todo el mundo. El conoce tan bien que se le acecha, que no se atreve á salir de su morada, y muere allí temeroso de la muerte: la voluta, la porcelana, arrastran lentamente sus lindas habitaciones, escondiéndolas cuanto pueden; el casco sólo posee para mover su palacio un piecico chinesco, de suerte que casi renuncia á andar.
Tal vida tal habitación. En ningún otro género encuéntrase identidad entre el habitante y su nido; mas siendo aquí extraído de su substancia, el edificio es la continuación de su manto de carne, cuyas formas y tintas adapta. Debajo del edificio, el arquitecto es por sí propio la piedra viva.
Arte asaz sencillo para los sedentarios. La ostra inerte, que el mar se cuidará de sustentar, sólo desea una buena caja para carne, que se entreabra un poco cuando el anacoreta necesita comer, la cual cierra bruscamente si teme ser á su vez pasto de algún ávido vecino.
El asunto es más complicado para el molusco viajante, que dice para sí: «Tengo un pie, un órgano para andar; por lo tanto andar debo.» Mas, no puede abandonar su preciada casita y recogerse en ella á voluntad, siéndole de absoluta necesidad cuando anda. Entonces se verá atacado. Preciso es, pues, que abrigue á lo menos la parte más delicada de su ser, el árbol por donde respira y que extrae la vida por medio de sus raicitas, sustentándolo y reparando sus fuerzas. La cabeza no tiene tanta importancia, muchos la pierden impunemente; mas, si las visceras no estuviesen protegidas de continuo por su escudo natural, si fuesen heridas, el molusco moriría.