Chapter 8
¿Una clase? esto es, un mundo, el abismo de la vida blanda y semiorganizada á la que aún falta la vértebra, la centralización huesosa, el sostén esencial de la personalidad. Interesan tanto más esos seres, cuanto que visiblemente por ellos empieza la vida. ¡Humildes tribus, descuidadas hasta entonces! Reaumur colocó los cocodrilos entre los insectos; el ilustre conde de Buffon no se dignó siquiera indagar los nombres de aquel populacho ínfimo, dejándolos fuera del Versalles olímpico que elevó á la Naturaleza. Y tuvieron que aguardar á Lamarck para ser clasificados esos grandes pueblos obscuros, confusos; esos desterrados de la ciencia, que, sin embargo, lo llenan todo y todo lo han preparado. Precisamente se había prohibido la entrada á los primogénitos. Era fácil tarea contar á los admitidos; y si se hubiese tenido que juzgar por el número, dijérase que lo excluido, lo olvidado, dejaba á la calle á la Naturaleza misma.
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El genio de las metamorfosis, acababa de ser emancipado por la botánica y por la química. Fué un atrevimiento, pero fecundo en resultados, el desviar á Lamarck de la botánica, donde había pasado lo mejor de su vida é imponerle la obligación de ocuparse de los animales. Aquel genio ardiente y acostumbrado á obrar milagros para la transformación de las plantas, lleno de fe en la unidad de la vida, sacó á los animales y al animal grande (el globo) del estado de petrificación en que se hallaban, restableciendo, de forma en forma la circulación del espíritu. Semiciego, á tientas, tocó intrépidamente mil cosas á que los más perspicaces no osaban aún acercarse. Siquiera él obraba instigado por el ardor de la ciencia. Geoffroy, Cuvier y Blainville los encontraron calientes y con vida. «Todo está vivo--decía aquél,--ó lo estuvo. Todo es vida, presente ó pasado.» Grande esfuerzo revolucionario contra la materia inerte, que conduciría hasta suprimir lo inorgánico. Nada estaría completamente muerto. Lo que ha vivido puede dormir y conservar la vida latente, una aptitud para revivir. ¿Quién está verdaderamente muerto? Nadie.
Esta teoría ha dado un empuje extraordinario á las velas con que marcha nuestro siglo: atrevida ó no, ella nos ha llevado adonde nunca hubiéramos estado. Nos hemos puesto en demanda, preguntando á todas las cosas, ya de historia ó de historia natural: «¿Quién eres?--Soy la vida.»--La muerte ha ido de vencida bajo la mirada de las ciencias: el espíritu siempre adelanta y hácela retroceder.
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Entre esos resucitados, lo primero que veo son mis madréporas. Hasta entonces, la piedra muerta y el calizo grosero tuvieron el interés de la vida. Cuando Lamarck los juntó, explicando su constitución en el Museo, acababa de sorprendérseles en el misterio de su actividad, ocupados en sus inmensas creaciones, habiéndonos enseñado cómo se fabrica un mundo. Se empezó á sospechar que, si la tierra produce el animal, éste también produce la tierra, desempeñando ambos á dos la obra de la Creación.
La animalidad existe por doquiera: todo lo llena, todo lo puebla. Sus restos ó huellas se encuentran hasta en minerales, tales como el mármol estatuario y el alabastro, que han pasado por el crisol de los fuegos más destructores. A cada paso que damos en el conocimiento de lo actual, descubrimos un pasado enorme de vida animal. El día en que fué dado á la óptica divisar el infusorio, viósele fabricar montañas y empedrar el Océano. El duro sílice del Trípoli, es una masa de animálculos, la esponja un sílice animado. Nuestros calizos son todo animales. París está edificado con infusorios; una parte de Alemania, descansa sobre un mar de coral, hoy día amortajado. Infusorios, corales, testáceos, todo es cal, creta, pues, sin cesar, la extraen del mar. Mas, los peces que devoran el coral, lo expelen en forma de creta, restituyendo ésta á las aguas de donde ha salido el mar. Así el mar de Coral, en su obra de alumbramiento, de agitaciones, de movimientos, en sus construcciones incesantemente aumentadas ó desaparecidas, fabricadas, arruinadas, es una fábrica inmensa de calizo, que va alternando entre sus dos vidas: vida _diligente_ hoy, vida _disponible_ que obrará mañana.
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Forster ha visto, visto perfectamente (lo cual se ha negado sin razón) que esas islas circulares son cráteres de volcanes, levantados por los pólipos. En la hipótesis contraria, no es posible explicar la identidad de forma, constituyendo siempre un anillo de unos cien pasos de diámetro, asaz bajo, azotado exteriormente por las olas, si bien el interior forma una concha tranquila. Algunas plantas de tres ó cuatro géneros distintos, constituyen una corona de verdura, de trecho en trecho en la parte de adentro. El agua es de un verde magnífico; el anillo está formado de arena blanca (residuos de corales disueltos), contrastando con el azul subido del Océano. Bajo las aguas amargas, están trabajando nuestros obreros, según sus especies ó sus caracteres: los más atrevidos en las rompientes, en las apacibles costas la gente tímida.
He aquí un mundo poco variado. Esperad. Los vientos, las corrientes, trabajan para enriquecerle. Bastará una fuerte borrasca para que las islas inmediatas hagan su fortuna: ésta es una de las más espléndidas funciones de la tempestad. Cuanto más imponente, furiosa y turbulenta se presenta arrastrándolo todo, más fecunda es. Pasa una tromba sobre una isla; el torrente que produce, cargado de limo, de despojos, de plantas muertas ó vivas, á veces de bosques enteros arrancados de cuajo, plaga negra, cenagosa, traspasa el mar, y empujado luego por las olas aquí y allá, distribuye esos presentes entre las islas cercanas.
Un gran mensajero de vida y de los más transportables es la sólida nuez de coco, la cual no sólo viaja, sino que, arrojada sobre los arrecifes, basta que encuentre un poco de arena blanca para medrar en sitios donde perecería otra planta cualquiera. El agua salobre no le amedrenta, se sirve de ella como del agua dulce, y crece también. Germina, se hace grande, conviértese en árbol, en un robusto cocotero. Donde hay un árbol no tarda en haber agua dulce, y despojos, y por lo tanto tierra; esto convida á otros árboles, y al poco tiempo vese levantar su copa á algunas palmeras. De los vapores que esos árboles detienen se forma un arroyuelo que, manando del centro de la isla, mantiene en la blanca cintura un hoyo que respetan los pólipos, habitantes de las aguas amargas.
Conócese actualmente la rapidez extrema de su trabajo. En el puerto de Río Janeiro, después de cuarenta días de parada, desaparecían ya los botes bajo los tubulares que de ellos se habían apoderado; un estrecho inmediato á Australia contaba antes veintiséis islotes, y á la fecha hay ciento cincuenta bien establecidos, anunciando el Almirantazgo inglés que son en mayor número y que dentro de veinte años en toda su longitud de cuarenta leguas será impracticable.
El arrecife oriental de la Australia tiene trescientas sesenta leguas (ciento veintisiete sin interrupción), y el de la Nueva Caledonía ciento cuarenta y cinco leguas. Grupos de islas en el mar Pacífico cuentan cuatrocientas leguas de largo por ciento cincuenta de ancho. Sólo la cordillera de las Maldivas tiene cerca de quinientas millas de longitud. Añadid á todo esto los bancos de la Isla de Francia y los bajos del Mar Rojo, que se elevan continuamente.
Timor y sus cercanías ofrecen un mundo completamente animal: allí sólo se pisan cosas vivas. Las rocas ofrecen formas tan extrañas y tan ricos colores, que la vista se encanta, se deslumbra. Contempláis á aquellos seres por espacio de muchas leguas en medio del agua del mar, que no tiene profundidad (tal vez un pie), fabricando muy tranquilamente, empero sin cejar en su oficio de creadores.
El primer observador inteligente fué Forster, compañero de Cook, que los vió empeñados en su obra. Cogiólos infraganti en su gran conspiración para levantar _piano piano_ islas á millares, cordilleras de islas, y más tarde todo un continente.
Y esto ocurría á su vista como en los primeros días de la Creación. De las profundidades submarinas, el fuego central hace brotar una cúpula, un cono, que entreabriéndose, con su lava, constituye por algún tiempo un cráter circular. Mas, la fuerza volcánica se agota. Ese cráter tibio vese coronado de hielo animado, animal y polípero que, arrojando constantemente de sí un _mucus_, va elevando ese círculo hasta la baja mar, no más arriba, pues más altos estarían en seco; ni tampoco más abajo, porque necesitan luz. Y si no tienen órgano especial de la visualidad, la luz les penetra. El poderoso sol de los trópicos, que atraviesa de parte á parte su pequeño ser transparente, tiene, al parecer, sobre ellos la atracción de un invencible magnetismo. Cuando baja el mar y quedan al aire libre, permanecen abiertos como estaban y beben la luz.
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Dumont d'Urville, que con tanta frecuencia solía visitar sus islotes, dice: «Es un singular suplicio el ver de cerca la tranquilidad que reina en esa concha interior, y debajo el agua, poco profunda, bancos avanzados donde se pavonean los corales con toda seguridad cuando nos rodea por todas partes la tempestad.» Aquel mundo agradable es un escollo; tocadlo y os estrelláis. El transparente mar os muestra un abismo á pico de cien brazas. No confiéis en el áncora; no hay cable que con el frotamiento no se use, acabando por romperse. La ansiedad es extrema en las noches interminables en que la marejada austral os empuja hacia esas cortantes cuchillas.
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Y, sin embargo, los inocentes fabricadores de escollos tienen una respuesta para las acusaciones que se les dirigen. Dicen: «Concedednos el tiempo requerido. Esos bordes, dulcificados paulatinamente, haránse hospitalarios: dejadnos obrar. Los bancos, enlazados con los inmediatos bancos, perderán sus terribles remolinos. Estamos fabricando un mundo nuevo por si llega el caso de que el vuestro fenezca. Tal vez algún día nos bendeciréis si acontece un cataclismo; si, como afirma no sabemos quién, el mar se derrama de uno al otro polo cada diez mil años. Os daréis por muy contentos de encontrar estas islas australes que os servirán de punto de refugio.
»Preciso es confesarlo--añaden;--aunque por desgracia se perdiesen en esto sitio algunas embarcaciones, nuestra obra es útil, buena y grandiosa. Nuestro improvisado mundo podría mostrarse con cierto orgullo: sin mencionar sus espléndidos colores, que dejan muy atrás cuanto existe en la tierra, sin hablar de los círculos graciosos, de las curvas de nos placemos, tantos y tantos problemas obscuros que os detienen, entre nosotros parecen haber sido resueltos. La distribución del trabajo, una encantadora variedad, en medio de una gran regularidad, un orden geométrico que, no obstante, obstenta toda la gracia de una libertad naciente, ¿encontraríase todo esto entre los hombres?
»Nuestro incesante trabajo para aligerar el agua de sus sales crea las magníficas corrientes que constituyen la vida, la salud. Nosotros somos los espíritus del mar, y le damos movimiento.
»Verdad es que no se nos muestra ingrato, pues nos sustenta con oportunidad, y con igual exactitud nos acaricia la cálida luz, nos engalana con sus ricos colores. Somos los mimados del Altísimo, sus obreros favoritos, que nos ha señalado la tarea de bosquejar sus mundos. Todos los segundones de ese globo que se presentan aquí, tienen necesidad de nosotros. Nuestro amigo el cocotero, ese gigante que inaugura la vida terrestre encima de nuestra isla, sólo prospera merced al polvo que le prestamos. En el fondo, la vida vegetal es un legado, un don, una limosna de nuestras liberalidades. Rica por nosotros, alimentará la creación superior.
»Mas, ¿para qué sirven los otros animales? Somos un mundo completo, armónico, y que es suficiente. El círculo de la Creación podría cerrarse con nosotros. Escogiónos Dios para coronar su isla; sobre su antiguo volcán de fuego ha creado un volcán de vida, mejor todavía, el descogimiento de ese paraíso viviente. Ha obtenido lo que se propuso y ahora descansa.»
Todavía no, todavía no. Una creación debe subir por encima de la vuestra, cosa que vosotros no teméis. Y ese rival no es la tempestad, pues la desafiáis; ni el agua dulce, ya que estáis fabricando junto á ella; ni tampoco es la tierra que paulatinamente ha ido invadiendo y cubriendo vuestras construcciones. Esta nueva potencia, ¿dónde está? En vosotros mismos. El pólipo no se resigna á quedarse pólipo: existe en vuestra república tal ó cual ser inquieto que afirma que la perfección de esa vida vegetativa no es vida, soñando otra mejor: irse y navegar solo, ver lo desconocido, el dilatado mundo, crearse, exponiéndose á naufragar, algo que va á despuntar en él y permanece obscuro entre vosotros:
El alma.
VI
Hija de los mares.
Los primeros meses del año 1858 deslizáronse para mí en el agradable pueblecillo de Hyères que mira de lejos al mar, á las islas y á la península que presta abrigo á su costa. A tal distancia, el mar atrae más poderosamente tal vez que si uno estuviese á bordo. Los senderos que á él conducen convidan á recorrerlos, ya se dirija uno al lado de las huertas por los setos de jazmines y mirtos, ya, subiendo un tanto, se atraviesen los olivares y un bosquecillo sembrado de laurel y de pinos. Sin embargo, los árboles no impiden que de vez en cuando se distingan algunos rayos del mar. Ha sido llamado este sitio, y no sin razón, Costa Bella. Paseábame por él en los mejores días de un invierno muy suave, soliendo encontrar al paso una enferma interesantísima, joven princesa extranjera venida de quinientas leguas de distancia, para prolongar algunos días su desfalleciente vida. Aquella corta existencia se había deslizado triste y combatida por el infortunio; y apenas vislumbraba la felicidad, se iba extinguiendo por momentos. La pobre se arrastraba apoyada tiernamente en otro ser que vivía de su vida y no contaba sobrevivirla. Si los votos y las oraciones bastasen á prolongar la vida, aquella joven no hubiese muerto; tenía en su apoyo los de cuantos la conocían, particularmente de los pobres. Empero la primavera llegó y con ella el fin de sus días. Cierta mañana de abril en que todo renacía, vimos pasear aún las dos sombras por aquel bosque pálido, como un Elíseo de Virgilio.
Llegué al golfo embargado el ánimo con tan tristes pensamientos. Entre las ásperas rocas, las lagunas que dejaba el mar conservaban ciertos animalillos demasiado lentos para seguirle. Veíanse asimismo algunas conchas encogidas y macilentas por haber quedado en seco: en medio de ellas, sin cáscara, sin abrigo, explayada, yacía la umbrela viviente llamada con harta impropiedad _medusa_. ¿Por qué haber dado tan horroroso nombre á un ser tan encantador? Nunca había fijado mi atención en aquellos náufragos que con frecuencia se encuentran en la playa. La á que me refiero era pequeña, del tamaño de mi mano, pero bella en extremo y de matices suaves y ligeros; su color blanco ópalo con un tinte diáfano lila que formaba una corona. La brisa la había volteado: su coronilla de cabellos lilas flotaba por encima, y la delicada umbrela (es decir su propio cuerpo), encontrándose debajo, se rozaba con la roca. Muy magullada la pobre, herida, tenía arrancada parte de su fina cabellera, esto es, lo que constituye sus órganos de respiración, de absorción y aun de procreación. Y aquella masa informe recibía de plano los rayos del sol provenzal, áspero al despertar, y más áspero en aquellos momentos á causa de la aridez del _mistral_ que no cesaba de soplar. Doble suplicio que desgarraba á la transparente criatura. Viviendo en una zona acariciada por el contacto del mar, la desdichada umbrela no se reviste de una epidermis resistente, como nosotros, animales terrestres; de suerte que recibe los golpes en lo vivo.
Cerca de su enjuta laguna había otras lagunas repletas y que se comunicaban con el mar: la salvación estaba á dos pasos. Mas, para ella que sólo se mueve con el auxilio de sus ondulantes cabellos, esos dos pasos eran una barrera infranqueable. Expuesta á los rayos de aquel sol abrasador, era de creer que no tardaría en quedar disuelta, absorbida, evaporada.
Nada más efímero, más fugitivo que esas hijas de los mares. Las hay más flúidas, por ejemplo, la tenue faja azur nombrada _cinturón de Venus_, la cual apenas salida del agua se evapora y desaparece. Un poco más consistente la medusa, es más dura en el morir.
¿Estaba la mía muerta ó moribunda? Cuéstame mucho trabajo creer en la muerte; así, pues, sostuve que estaba viva. De todos modos poco costaba sacarla de aquel suplicio y echarla á la laguna del lado. Si he de ser franco, diré que experimentaba cierta repugnancia en tocarla. La deliciosa criatura con su inocencia visible y el iris de sus suaves colores asemejábase á un copo de nieve tiritante, resbaladizo y que se escurre. Desechando, pues, toda repugnancia, deslicé la mano por debajo y levanté cuidadosamente el cuerpo inmóvil, del que cayó la cabellera, tomando la posición natural que conserva cuando nada. En esta postura la coloqué en la charca inmediata, donde se sumergió sin dar el más pequeño indicio de vida.
Hecho esto, comencé á pasear orillas del mar, mas, transcurridos diez minutos, fuí á ver mi medusa, la cual ondulaba á merced del viento, movíase y volvía á ponerse á flote. Con una gracia peculiar, sus cabellos, que la servían de nadaderas, alejábanla suavemente de la roca. Verdad es que no adelantaba mucho en su camino, pero adelantaba, y al poco rato vila bastante lejos.
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Sin duda no hubiera tardado mucho en zozobrar por segunda vez, pues no es posible navegar con medios más débiles y de una manera más peligrosa que lo hacen esos seres. Mucho temen la playa, donde hay tantos objetos duros que las hieren, y en pleno mar á cada momento el viento las voltea. En este caso, como sus cabellos-nadaderas permanecen encima, flotan á la ventura, presa de los peces y con gran contento de las aves marinas que se divierten arrancándolas de su elemento.
Durante toda una estación pasada á orillas del Gironde, veíalas, empujadas fatalmente por el canalizo, ser arrojadas á la costa á centenares, y secarse allí míseramente. Estas eran grandes, blancas, muy lindas al llegar, como arañas de cristal con ricas girándulas, y en las que los rayos del sol producían tan variados matices que brillaban cual si fuesen pedrerías. ¡Ay! ¡qué diferencia al cabo de dos días! Afortunadamente que la arena se hundía y las enterraba.
Las pobres, sirven de pasto á todo el mundo, mientras que para sí propias no tienen otro alimento que la vida poco orgánica, vaga aún, los átomos flotantes del mar. Ellas los entorpecen, los eterizan, por decirlo así, y los chupan sin hacerles sufrir. Carecen de dientes: no están armadas, ni tienen ninguna defensa. Sólo algunas especies (y no todas, dice Forbes), pueden, cuando se les ataca, secretar un licor algo picante, como la ortiga. Sensación tan débil, por otro lado, que no tuvo reparo Dicquemare en recibirlo en un ojo, sin que le produjese malos resultados.
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He aquí una criatura apenas garantida, que vive al acaso; y eso que es superior. Tiene sentidos, y á juzgar por sus contracciones, una susceptibilidad notable de sufrimiento. No se puede, cual acontece con el pólipo, dividirla impunemente: en este caso el pólipo se dobla, mas ella muere. Gelatinosa como aquél, parece un embrión, pero el embrión salido demasiado aprisa del seno del mar común, extraído de la base sólida, de la asociación que constituyó la seguridad del pólipo, y lanzado á la ventura.
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¿Por qué ha emprendido la marcha? ¡Imprudente! ¿Cómo sin vela, remo ni timón, se aventuró á dejar el puerto? ¿Cuál es su punto de partida?
En 1750 Ellis vió surgir una medusita sobre un pólipo, y en nuestros días, varios observadores han visto y por lo tanto la cuestión está juzgada, que es una forma de pólipo, salida de la asociación. La medusa, hablando llanamente, es un pólipo emancipado.
¿A qué sorprendernos? dice perfectamente el discreto M. Forbes, que ha dedicado tantas vigilias á su estudio. Esto es sólo un indicio de que á tal grado el animal sigue aún la ley vegetal. Del árbol, ser colectivo, sale el individuo, el fruto que se desprende, cuyo fruto formará otro árbol. Un peral es como una especie de pólipo vegetal, en que la pera (individuo libre) puede darnos otro peral.
Lo mismo (prosigue Forbes) que el tallo de una planta que iba á cubrirse de hojas se detiene en su desarrollo, se contrae, conviértese en órgano amoroso, esto es, en flor, el polípero, contrayendo algunos de sus pólipos, transformando sus estómagos contraídos, hace la placenta, los huevos de donde sale su flor movible, la tierna y graciosa medusa. (_Ann. of the Nat. hist., t. 14, 387_)
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Hubiérase podido adivinarlo al ver su gracia indecisa, esa debilidad desarmada que nada teme, que se embarca sin instrumentos náuticos, demasiado confiarla en su propia existencia: es el primero y conmovedor rayo de luz del alma nueva, salido, indefenso, de las seguridades de la vida común, probando tener vida propia, obrar y sufrir por su cuenta--blando bosquejo de la Naturaleza libre,--embrión de la libertad.
Ser uno mismo, ser por sí solo un mundito completo, ¡gran tentación para todos! ¡Seducción universal! ¡Bonita locura que constituye el esfuerzo y el progreso todo del mundo! Mas, en sus primeros ensayos ¡qué injustificada parece! Diríase que la medusa ha sido creada para zozobrar.
Cargada por encima, mal afirmada por debajo, está construida al revés de la fisalía, su parienta. Esta, sólo mantiene fuera del agua un glóbulo, una vejiga insumergible, dejando arrastrar por el fondo sus prolongados tentáculos, extremadamente largos (veinte ó más pies), que la afirman, barren el mar, entorpeciendo á los peces con sus golpes, de los que hace presa. Ágil ó indolente, hinchando su globo nacarado y matizado de azul y púrpura, arroja por medio de sus dilatados cabellos de un azur siniestro, cierto veneno sutil que abate cuanto toca.
Aunque menos temibles, tampoco perecen los velelos, los cuales tienen la forma de almadía. Su pequeño organismo es algo sólido; y saben navegar, voltear al viento su vela oblicua. Las porpitas, que parecen una flor, una margarita, tienen en su favor la ligereza, flotando aún después de muertas. Otro tanto sucede con innumerables seres fantásticos y casi aéreos, guirnaldas con campanillas de oro ó guirnaldas de botones de rosa (fisóforo, estefanomia, etc.), cinturones azurados de Venus. Todos estos seres andan y sobrenadan invenciblemente, no temiendo más que á la tierra; engólfanse bogando en el Grande Océano, y por enmarañado que esté, allí encuentran su salvación. Las porpitas y los velelos tienen tan poco temor al Océano que, pudiendo sobrenadar siempre que les plazca, hacen esfuerzos para hundirse, y cuando se desencadena la borrasca, escóndense en las profundidades del mar.
No acontece lo mismo con la pobre medusa, que ha de resguardarse de la playa al mismo tiempo que de la tempestad. Podría hacerse pesada á voluntad y bajar, mas, le está prohibido el abismo; sólo vive á la superficie, en plena luz, rodeada de peligros. Ve, oye, y tiene muy delicado el tacto, demasiado delicado por desdicha suya. No le es dado guiarse por sí misma: sus más tenues órganos la sobrecargan y con facilidad hácenla perder el equilibrio.
Así, pues, nos dan tentaciones de creer que se arrepiente de un ensayo de libertad tan peligroso y que echa de menos el estado inferior, la seguridad de la vida común. El polípero produjo la medusa, y ésta hace el polípero volviendo á la asociación. Mas esa vida vegetativa es tan engorrosa, que á la siguiente generación vuelve á emanciparse y lánzase otra vez al acaso de su inútil navegación. Extraña alternativa, en la que flota eternamente. Movible, sueña con el reposo; inerte, se desvive por moverse.
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