El Mar

Chapter 7

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Todo esto en medio de una riqueza enorme y excesiva que humilla la pobreza del mundo visible. Sin hablar de los rizópodos que con sus capitas han ayudado á la constitución de los Apeninos, sobrealzado las cordilleras; sólo los foraminíferos, esa numerosa tribu de átomos conchíferos, cuenta hasta dos mil especies (Carlos d'Orbigny). Los hay contemporáneos de todas las edades de la tierra, presentándose siempre á diversas profundidades en las treinta crisis que ha experimentado el universo mundo, variando un tanto las formas, pero persistiendo como género, y quedando cual testimonios idénticos de la vida del planeta. Al presente, la fría corriente del polo austral, que la punta de América divide entre sus dos grandes playas, envía imparcialmente cuarenta especies hacia la Plata y otras cuarenta, hacia Chile. Empero, la, gran manufactura que los crea y organiza parece ser el cálido río del mar que se desprende de las Antillas. Las corrientes del Norte los matan, arrastrándolos muertos el gran torrente paterno con dirección á Terranova y á nuestro Océano, cuyo fondo constituyen.

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Cuando el ilustre padre de los átomos (es decir, su padrino), Ehrenberg, los bautizó, los patrocinó, introduciéndolos en la ciencia, fué acusado de debilidad hacia ellos, y se dijo que daba demasiada importancia á esos pequeñuelos. Ehrenberg los encontraba complicados, de una organización muy elevada, llegando á tal punto su liberalidad hacia los mismos, que les concedió ciento veinte estómagos á cada uno. El mundo visible se sulfuró, y, por una reacción violenta, Dujardin los redujo á la última expresión de sencillez. Según él, esos pretendidos órganos sólo lo son en la apariencia. No pudiendo negar, sin embargo, su fuerza de absorción, les concede el don de improvisar á cada momento, estómagos al caso, y del grandor de las partículas que quieren tragarse. Esta opinión no ha logrado cautivar á M. Pouchet, quien se inclina por la de Ehrenberg.

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Lo incontestable y admirable en ellos es el vigor de sus movimientos. Varios tienen todas las apariencias de una individualidad precoz, no permaneciendo mucho tiempo avasallados á la vida comunista y polípera do se arrastran sus superiores inmediatos, los verdaderos pólipos. Muchos de esos invisibles, de un salto se convierten en individuos, es decir, en seres capaces de ir y correr de acá para allá solos, á su capricho, libres ciudadanos del mundo que sólo depende de ellos en lo tocante á la dirección de sus movimientos.

Cuanto puede imaginarse de locomociones diversas, de modos de andar en el mundo superior, es igualado, sobrepujado de antemano por los infusorios. El impetuoso torbellino de un astro poderoso, de un sol que arrastra como á sus planetas cuantos seres débiles encuentra en su carrera, el curso más irregular del cometa cabelludo que atraviesa ó que dispersa mundos vagos á su paso, la graciosa ondulación de la esbelta culebra que sigue el agua ó nada en tierra, la barca oscilante que sabe virar á tiempo, decaer del rumbo para ir más lejos, en fin, el rastreo lento y circunspecto de nuestros tardígrados, que se apoyan, se agarran á cualquier cosa, todos esos diversos aires se observan entre los imperceptibles. Mas ¡con qué maravillosa sencillez de medios! Los hay que no siendo más que un hilo, para avanzar se disparan como un tirabuzón elástico; otros se valen de su ondulante cola ó de sus pequeñas cejas vibrantes á guisa de remo y gobernalle; las preciosas vorticelas, cual jarrón de flores, se agarran juntas sobre una isla (plantecica ó cangrejito), y luego se aislan descolgando su delicado pedúnculo.

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Lo que aún llama más la atención que los órganos de movimiento, es lo que podríamos nombrar las expresiones, las actitudes, los signos originales del humor y del carácter. Hay seres apáticos, otros muy activos y fantásticos, otros agitados por la guerra, otros diligentes sin causa aparente y poseídos de una vana agitación. En ocasiones, á través de una masa de gentes tranquilas y pacíficas, un atolondrado, sordo y ciego, lo echa todo á rodar.

¡Prodigiosa comedia! Parece como que están ensayando entre ellos el drama que representará nuestro mundo, el noble y serio mundo de los grandes animales visibles.

A la cabeza de los infusorios coloquemos con cierto respeto los majestuosos gigantes, los dos jefes de orden, el alto tipo del movimiento y el de la fuerza (lenta, pero temible) armada.

Tomad un poco de musgo de un tejado cualquiera, dejadlo algunos días en agua, y observad después con un microscopio. Un poderoso animal, el elefante, la ballena de los infusorios, muévese con un vigor y un garbo de vida que no siempre tienen semejantes colosos. Respetémoslo. Es el rey de los átomos, el rotífero, así nombrado porque en ambos lados de la cabeza lleva dos ruedas, órganos de locomoción que lo asimilarían al barco de vapor, ó tal vez armas de caza que lo ayudan á apoderarse de los más débiles.

Todos huyen, cejan ante él, y uno solo resiste, no temiendo nada, confiado en sus armas. Es éste un monstruo, empero provisto de sentidos superiores, el cual tiene dos ojazos de púrpura. Poco movible y verdadero tardígrado, en cambio ve y está armado, pues ostenta en sus sólidas patas uñas muy pronunciadas, que le sirven para asirse en caso de necesidad y sin duda también para pelear.

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¡Poderoso preludio de la Naturaleza que, en esa economía de sustancia y de materia, con nada comienza á crear tan majestuosamente! ¡Sublime abertura! Estos (¿qué importa su tamaño?) tienen una potencia colosal de absorción y de movimiento, que estarán muy lejos de poseer los enormes seres clasificados mucho más alto en la serie animal.

La ostra pegada en su roca, la limaza que se arrastra sobre su abdomen, son para el rotífero lo que yo sería al lado de los Alpes, de las cordilleras; seres tan desproporcionados que no pueden medirse con la vista, y apenas por el cálculo y la imaginación.

Sin embargo, ¿qué se han hecho entre esas montañas animales la presteza y el ardor de vida que desplegaba el rotífero? ¡Qué caída la nuestra al ascender la escala!... Mis átomos estaban llenos de vida, se movían vertiginosamente, y esas bestias gigantescas están atacadas de parálisis.

¿Qué sería si el rotífero pudiera concebir al ser colectivo donde dormita un infinito, por ejemplo, la magnífica, la colosal esponja estrellada que vemos en el Museo de París? Esta, por su magnitud, está á igual nivel del rotífero que el hombre con el globo terráqueo, de nueve mil leguas de ruedo. Y sin embargo, estoy convencidísimo que, lejos de verse humillado por la comparación, el átomo rebosaría de orgullo exclamando: «Soy grande.»

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¡Ah!, ¡rotífero!, ¡rotífero! No conviene menospreciar nada.

Conozco muy bien tus ventajas y tu superioridad; mas, ¿sabemos acaso si esa vida de cautiverio que te mueve á risa no es un progreso? Tu descompasada y vertiginosa libertad, ¿es, por ventura, el término de las cosas? Para tomar su punto de partida hacia más elevados destinos, la Naturaleza prefiere experimentar un encanto inmovible, penetrando en el obscuro sepulcro de ese triste comunismo en que cada elemento desempeña un papel insignificante, y enseña á dominar la inquietud individual, á concentrar la substancia en beneficio de las vidas superiores.

Dormita allí por algún tiempo, como la _Linda de la selva durmiente_; empero, sueño ó cautiverio, sortilegio ó lo que fuere, semejante estado no es la muerte. La áspera materia de la esponja vive rellena de sílice: sin moverse, sin respirar, sin órganos de circulación, sin ningún aparato de los sentidos, vive. ¿Cómo se sabe eso?

La esponja pare dos veces al año; tiene sus peculiares amoríos y con más exuberancia que otros seres. En día dado unas esferillas se desprenden de la madre esponja, armadas de débiles nadaderas que las procuran algunos instantes de animación y de libertad. Una vez fijas, conviértense en esponjitas delicadas, que irán aumentando paulatinamente en tamaño.

Así, pues, en medio de la carencia aparente de sentidos y de organismo, envuelto todo en misterioso enigma, en el dintel dudoso de la vida, la generación la revela y nos descubre el preludio del mundo visible cuya escala vamos á recorrer. Sólo se divisa la nada, y en esa nada ya aparece la maternidad. Lo mismo que entre los dioses de Egipto (Isis y Osiris) que engendran antes de nacer, aquí el Amor nace antes del ser.

IV

Flor de sangre.

En el eje del globo, en medio de las cálidas aguas de la Línea y en su fondo volcánico, el mar superabunda de vida hasta el punto de no poder, á lo que parece, equilibrar sus creaciones; y sobrepujando á la vida vegetal, de buenas á primeras, sus alumbramientos producen la vida animada.

Mas, esos animales se atavían con un extraño lujo botánico, con libreas espléndidas de una flora excéntrica y lujuriosa. Divisáis hasta donde alcanza la vista flores, plantas y arbustos; á lo menos, tales os parecen por sus formas y colores. Y esas plantas se mueven, los arbustos son irritables, las flores tiemblan con naciente sensibilidad, do va á posarse la voluntad.

¡Oscilación encantadora, gracioso equívoco! Al límite de los dos reinos y bajo esas flotantes apariencias tan fantásticas, el espíritu da testimonio de sus primeros albores. Es el alba, la aurora matutina. Con sus resplandecientes colores, sus nácares y esmaltes, señala el sueño nocturno y la idea del día que aparece.

¡Idea! ¿Nos atreveremos á pronunciar esta palabra? No: es un sueño, sueño no más, pero que poco á poco se esclarece como los ensueños matutinos.

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Al norte de Africa, ó más allá del Cabo, el vegetal que reinaba como soberano en la zona templada ve surgir á su lado rivales animados que también vegetan, florecen, le igualan y no tardan en sobrepujarle.

El grande encantamiento comienza, va en aumento siempre y adelantando hacia el Ecuador.

Arbustos extraños, elegantes, las gorgonas, las isis, extienden su rico abanico; el coral adquiere su color rojo bajo las olas.

Al lado de las brillantes praderas irisadas de todos colores comienzan las plantas-piedra, las madréporas, cuyas ramas (¿diremos sus manos y sus dedos?) florecen en helados copos rosados, parecidos á los de los melocotones y manzanos. Por espacio de setecientas leguas antes de llegar al Ecuador y por otras setecientas del lado de allá continúa la mágica ilusión.

Hay seres inciertos, como por ejemplo las coralinas, que los tres reinos se disputan. En sí encierran algo de animal, algo de mineral, y últimamente acaban de ser clasificadas en la nomenclatura de los vegetales. Tal vez sea el punto real en que la vida obscuramente despierte del sueño de piedra, sin desprenderse aún de su rudo punto de partida, como para advertirnos, á nosotros tan soberbios y que miramos desde tan alto, la fraternidad ternaria, el derecho que el obscuro mineral tiene á subir y animarse, y la aspiración profunda que existe en el seno de la Naturaleza.

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«Nuestras praderas, nuestros bosques--dice Darwin,--parecen desiertos y vacíos si se comparan con los del mar.» Y en efecto, á cuantos han recorrido los transparentes mares de las Indias, les ha llamado la atención la fantasmagoría que ofrece su fondo, siendo sorprendente en primer término por el extraño cambio que se opera en las plantas y los animales en sus insignias naturales, en su apariencia. Las plantas blandas y gelatinosas, con órganos redondos que no parecen ni tallos ni hojas, afectando gordura, la dulzura de las curvas animales, diríase que quieren engañar al que las mira y hacerse pasar por seres del reino animal, mientras que los animales verdaderos parece como que se ingenian para ser plantas y asemejarse á los vegetales, pues imitan todos los caracteres del otro reino. Unos tienen la solidez, la casi eternidad del árbol; otros se descogen y luego se marchitan, como las flores. Así, pues, la anémona marina se abre cual pálida margarita rosada, ó como áster granate adornado con ojos de azur; mas desde el momento que se ha desprendido un hilito de su corola, ó sea una nueva anémona, veisla disolverse y desaparecer.

Mucho más variable aún el proteo de las aguas, el alción, toma todo género de formas y de colores, haciendo el papel de planta, de fruta; despliégase en forma de abanico, se convierte en seto lleno de matorrales ó en graciosa cestita. Mas, todo ésto es fugitivo, efímero, de vida tan tímida que desaparece al menor movimiento, y nada queda: en un instante ha vuelto todo al seno de la madre común. Hallaréis la sensitiva en una de esas formas ligeras; la cornularia, al tacto se repliega sobre sí misma, cierra su seno como la flor sensible al fresco nocturno.

Cuando os asomáis al borde de los arrecifes, de los bancos de corales, observáis el fondo del tapiz bajo el agua, verde de astreas y de tubíporas, fungias amoldadas en bolas de nieve, meandrinas historiadas en su laberintito y cuyos valles y colinas están indicados con los colores más vivos. Los cariófilos (ó claveles) de terciopelo verde matizado de naranjo al extremo de su ramo calizo, pescan los alimentos meneando suavemente en el agua sus preciosas estambrillas de oro.

Encima de ese mundo de abajo, como para resguardarlo del sol, ondulando cual sauces y bejucos, ó balanceándose como palmeras, las majestuosas gorgonas de varios pies de alto, constituyen un bosque con los árboles enanos del isis. De uno á otro árbol, la plumaria enreda su espiral muy parecida á las tijeretas de las viñas y los hace corresponder entre sí por medio de sus finos y ligeros ramajes, matizados de brillantes reflejos.

Este espectáculo encanta, turba la imaginación: es un vértigo y como un sueño. El hada de las aguas añade á esos colores un prisma de tintas fugitivas, una movilidad sorprendente, una inconstancia caprichosa, la vacilación, la duda.

¿He visto bien? No, no es eso... ¿era un ser ó un rellejo?... Sin embargo, seres son, pues veo un mundo real que se aloja allí y se divierte. Los moluscos viven confiados, arrastrando su nacarada concha; los cangrejos tampoco desconfían, y corren y cazan. Peces extraños, ventrudos y rechonchos, vestidos de oro y de cien colores distintos, están paseando su pereza. Anélidos color de púrpura y violáceos, serpentean y se agitan al lado de la delicada estrella (el ofiuro), que bajo el influjo de los rayos solares, alarga, encoge, arrolla y desarrolla sus elegantes brazos.

En medio de esa fantasmagoría y con más gravedad, la madrépora arborescente ostenta sus no tan subidos colores. Su belleza consiste en la forma.

Y la belleza de ese mundo está en el conjunto, en el noble aspecto de la ciudad común: el individuo es modesto, mas la república impone. Aquí tiene la fortaleza del áloe y el cactus; más allá es la cabeza del ciervo, su espléndido atalaje; á mayor distancia la extensión de las vigorosas ramas de un cedro que, después de tender horizontalmente sus brazos, se dispone á empinarse más y más.

Esas formas, despojadas ahora de millares de flores vivas que las animaban, las cubrían, tienen tal vez en su estado severo mayor atractivo para el ánimo. Por lo que á mí toca, me complazco en contemplar los árboles en invierno, cuando sus elegantes ramas desnudas del lujo abrumador de las hojas, nos dicen lo que son por sí solos, revelando delicadamente su escondida personalidad. Otro tanto sucede con las madréporas. En su desnudez presente, convertidas de pinturas en esculturas, más abstraídas, digámoslo así, parece que intentan revelarnos el secreto de esos pueblecillos cuyo ornamento constituyen. Varias de ellas, diríase que nos hablan por medio de extraños caracteres: tienen enlaces, roleos complicados que visiblemente indican algo. ¿Hay alguno que pueda interpretarlos? ¿Con qué palabras los traduciríamos á nuestro idioma?

Presiéntese perfectamente que hoy aún existe una idea allí dentro. Uno no puede desprenderse fácilmente de aquel sitio; y por más que se abandone, allí se vuelve. Deletréase, se cree comprender; luego se os escapa ese rayo de luz y os golpeáis la frente.

Los enjambres de abejas, con su fría geometría, no son, ni con mucho, tan significativos. Estas constituyen un producto de la vida; mas, aquello es la misma vida. La piedra no fué simplemente base y abrigo de dicho pueblo, sino un pueblo anterior, la generación primitiva que, suprimida paulatinamente por los jóvenes de encima ha tomado tal consistencia. Luego, todo el pasado movimiento, el tinte de la ciudad primitiva, están allí visibles y sorprendentes, con una verdad flagrante, cual vivo detalle de Herculanum ó Pompeya. Empero aquí todo se ha fabricado sin violencia ni la más pequeña catástrofe, por un progreso natural; la más serena paz reina en dicho sitio, que tiene un singular atractivo de dulzura.

El escultor admiraría las formas de un arte maravilloso que en un mismo asunto ha sabido producir infinitas variantes, las cuales bastarían para cambiar y renovar todas nuestras artes de adorno.

Pero otra cosa hay que considerar á más de la forma. Las ricas arborescencias donde se descoge la actividad de esas tribus laboriosas, los ingeniosos laberintos que parecen buscar un hilo, ese profundo juego simbólico de vida vegetal y de toda vida, es el esfuerzo de una idea, de la libertad cautiva, sus tímidos tanteos hacia la prometida luz, relámpago encantador del alma joven comprometida en la vida común; pero que, suavemente, sin violencia, con gracia, se emancipaba de ella.

Poseo dos de estos arbolillos, de especie análoga, y sin embargo distinta. No hay vegetal que pueda comparárseles. Tiene el uno inmaculada blancura, como el alabastro sin brillo, y en su amorosa riqueza cada rama ostenta capullos, botones, florecitas, y jamás dice: Basta. El otro, no tan blanco pero más tupido, en cada rama encierra un mundo. Ambos son agradabilísimos por su semejanza y desemejanza, su inocencia, su fraternidad. ¡Oh! ¡quién podrá revelarme el misterio del alma infantil y encantadora que fabricó ese juguete de hadas! Vésela circular aún esa alma libre y cautiva á la vez, mas con cautiverio amoroso, y que sueña con la libertad sin quererla por entero.

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Hasta ahora las artes no han sabido apoderarse de esas maravillas que tanto las hubieran auxiliado. La magnífica estatua de la Naturaleza que se eleva á la puerta del Jardín de Plantas, de París, debiera estar rodeada de tales atributos. Aquella estatua había de figurar con el cortejo triunfal que nunca la abandona, era preciso realzar con todos sus dones el majestuoso trono do se sienta. Sus primeros seres, las madréporas, dichosos de enterrarse en el suelo hubieran suministrado los fundamentos, por medio de sus alabastrinos ramajes, sus meandros y sus estrellas. Encima sus ondulosas hermanas, con sus cuerpos y sedosos cabellos habrían constituido un blando lecho viviente para abrazar cariñosamente á la divina Madre en medio de sus ensueños de eterno alumbramiento.

La pintura no ha sido más hábil que la escultura en la utilización de este asunto, puesto que pinta las flores animadas semejantes á las flores terrestres, cuando sus colores son extraordinariamente distintos. Los grabados al plomo que poseemos dan muy pobre idea de la cosa. Por más que se diga, sus tintas chabacanas, pálidas, no retratan ni con mucho la suavidad, la dulzura, la emoción de las flores del mar. Si se emplearan los esmaltes, lo cual ensayó Palissy, el asunto saldría rudo y glacial: admirables en la reproducción de los reptiles, de las escamas de pescado, son demasiado lustrosos para imitar esas suaves y tiernas criaturas que hasta de cutis carecen. Los pulmoncitos exteriores que presentan los anélidos, los delgados filamentos nebulosos que lanzan al viento ciertos pólipos, los móviles y sencillos cabellos que ondulan sobre la medusa son objetos no sólo delicados sino conmovedores. Ofrecen todos los matices, son finos y vagos, pero cálidos: es como un hálito perceptible, y nuestros ojos atónitos ven en ellos el color del arco iris. Para aquellos seres es algo muy serio, su propia sangre, su tenue vida traducida en tintas, en reflejos, en resplandores cambiantes, que se animan ó palidecen, aspiran, espiran... Tened cuidado. No ahoguéis la almita flotante, muda, y que, á pesar de todo, os revela un mundo, demostrándoos su íntimo misterio en sus palpitantes colores.

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Los colores poco sobreviven, pues la mayor parte se disuelven y desaparecen. Aun las mismas madréporas sólo dejan su base, que diríase inorgánica, siendo no obstante la vida condensada, solidificada.

Las mujeres, que tienen ese sentido mucho más delicado que nosotros, no se han engañado, presintiendo aunque confusamente que uno de dichos árboles, el coral, era una cosa viva. De ahí la predilección que demuestran por él. Y aunque la ciencia sostenga primero que sólo es una piedra, luego un arbusto, el sexo bello ve en el coral algo más.

«Señora, ¿por qué prefiere usted á todas las piedras preciosas ese árbol de un encarnado dudoso?--Caballero, dice á mi cara. El rubí hace palidecer; éste, mate y no tan vivo, hace resaltar mejor la blancura.»

Y la señora tiene razón. Los dos objetos son parientes. En el coral, lo mismo que en los labios y mejillas de la dama, el hierro da el color (Vogel); encarnado el uno y el otro rosado.

«Pero señora, esas piedras brillantes son de una finura incomparable.--Ciertamente, mas el coral es suave; tiene la suavidad del cutis á la par que su color. A los dos minutos de llevarlo, paréceme mi misma carne, mi propio ser.

»Señora, hay encarnados más bonitos.--Doctor, no me prive usted de éste, pues le quiero. ¿Por qué? Lo ignoro... ¡Oh, sí! hay un motivo para quererlo (y es éste tan bueno como otro cualquiera); dicho motivo es su nombre oriental y verdadero: llámasele «Flor de sangre.»

V

Los fabricantes de mundos.

Nuestro Museo de Historia Natural, en su harto reducido recinto, es un palacio de hadas, residiendo allí, al parecer, el genio de las metamorfosis de Lamarck y de Geoffroy. En la sombría sala del piso bajo, las silenciosas madréporas fundan el mundo, más vivo por momentos, que se eleva encima de ellas. Más arriba, habiendo el pueblo de los mares alcanzado su completa energía de organización en los animales superiores, prepara las existencias terrestres. En la cúspide están los mamíferos, sobre los cuales la tribu divina de los pájaros despliega sus alas y parece que todavía canta.

La muchedumbre no hace caso de los primeros, pasando rápidamente por delante de esos primogénitos del globo, su habitación es fría, húmeda: los curiosos dirigen sus pasos hacia la luz, hacia el punto do brillan tantos objetos. Nácar, alas de mariposa, plumas de aves, esto es lo que la encanta. Yo, que me detengo más tiempo abajo, heme hallado con frecuencia solo en la pequeña y obscura galería.

Me agrada esa cripta de la iglesia grande: allí presiento mejor el alma sagrada, el espíritu presente de nuestros maestros, su enorme, su sublime esfuerzo, á la par que la audacia inmortal de los viajeros salidos de aquel sitio. Doquiera que estén sus huesos, ellos se ostentan en el Museo reproducidos en valiosos tesoros, tesoros que pagaron con la vida.

El otro día (1.º de octubre) me detuve más de lo regular en aquel sitio, entreteniéndome á leer, no sin trabajo, los rótulos de algunas madréporas. Una de ellas, colocada junto á la puerta, llevaba el nombre de _Lamarck_.

Mi sangre toda afluyó al corazón, sintiendo como un impulso de religioso respeto.

¡Gran nombre y ya viejo! Es lo mismo que si en las tumbas de Saint-Denis se leyera el nombre de Clodoveo. La gloria de sus sucesores, su imperio, sus discusiones, han obscurecido, hecho retroceder á aquél que se adelantó á lo menos de un siglo á su época. Fué Lamarck, ese ciego Homero del Museo, el que por el instinto del genio creó, organizó, dió nombre á lo que todavía estaba envuelto en la obscuridad: la clase de los _Invertebrados_.